La clavícula de Salomón
Juan Francisco Pérez Ruiz

Según me indicó Hugo Pratt, o quizás Corto Maltés, en el hombro derecho del león de piedra que guarda la entrada del Arsenal de Venecia, descubriría grabadas unas iniciales que me permitirían hallar la Clavícula de Salomón.

Salomón, hijo de David, Rey de Israel, fue famoso en la antigüedad por su sabiduría y por la construcción del Templo de Jerusalén en cuyas ruinas levantarían siglos más tarde los Caballeros de la Orden del Temple su cuartel general.

Un guerrero varego, mercenario, al servicio del Basileus de Constantinopla, conoció de boca de un marinero árabe la leyenda y localización exacta de la esmeralda de Salomón. El musulmán explicó a Oleg que estaba oculta en Venecia, y éste, para evitar que el secreto se divulgase, asesinó esa misma noche a su confidente. Más adelante, en una incursión que hizo al Pireo en Grecia (1040) contra los enemigos del Emperador de Bizancio, grabó, sobre el hombro derecho de un león de piedra que había junto a una fuente, el lugar exacto donde hallar la esmeralda de Salomón.

Oleg murió en una conspiración de palacio, pero, casualmente, siglos más tarde (1687) los venecianos robaron el león de piedra y lo ubicaron en su actual emplazamiento.

A mediados del siglo XX muchos fueron los que intentaron descifrar la inscripción rúnica: masones, poetas, aventureros, buscafortunas, fascistas, pseudotemplarios, iluminados, etc., etc., no faltando a la cita crímenes inconfesables, pero lo cierto es que nadie supo interpretar correctamente las indicaciones del vikingo sobre el mármol. La clavícula de Salomón, como Troya, aún espera su Schliemann.

Permanecí un largo rato frente a la puerta del Arsenal, contemplando al león que guarda el secreto. La inscripción, desafortunadamente, es hoy día sólo un recuerdo que el tiempo y la contaminación se han encargado de borrar. Pese a ello, por unos momentos creí estar a punto de descifrar el enigma, pero la Clavícula de Salomón, hecha del mismo material que los sueños, se desvaneció lentamente y yo me confundí como uno más entre la masa de turistas que inunda Venecia.

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