Fragmento de: CARTAS DE AMOR QUE NUNCA ESCRIBISTE de Sara Sánchez Jara

V

 

HUGO CORTO

 

Alguien le contó que la posición de Gracián había sido aniquilada. Ellos en cambio habían tenido suerte, tan solo tres heridos. Los diez hombres que defendían aquellas ruinas parecían no tener miedo a los obuses. Desde los primeros días del asedio Hugo se había dado cuenta que no tenían experiencia militar, sin embargo aprendían rápido y entre ellos mantenían una extraña relación de íntima fraternidad compartiendo el alimento, las mantas, el miedo. Hugo enseguida se sintió uno de ellos. Nunca he visto el mar, ¿cómo es el mar? Le preguntó uno de aquellos hombres. Todos eran anarquistas extremeños de un pueblo llamado Pasarón de la Vera. Habían huido de sus casas ante el avance de los rebeldes hasta Madrid, llevaban viejos mosquetones Mauser que disparaban sin apuntar. Hugo se había traído del barco su rifle Enfield y una mochila con peines de munición. A todos les asombró su puntería. Un disparo, un hombre muerto. Les enseñó a tomar las miras, a apuntar, a respirar despacio, a apretar el gatillo lentamente, a matar hombres.  ¿cómo es el mar?. Hugo no sabe que aquel hombre dos años después, mirará largos días el mar encerrado entre las alambradas de un campo de concentración en el sur de Francia y recordará tus palabras y las recordará después en la barcaza que le acerca a las playas de Normandía y la nombrará de nuevo sesenta años más tarde a un niño que le pregunta con las mismas palabras la misma cosa indefinible ¿abuelo, cómo es el mar? . Hugo no sabe que los seis hombres que le acompañan ahora tras el parapeto volverán a reunirse muchos años después en el mismo pueblo del que huyeron, ya viejos, tomados por forasteros o turistas jubilados porque en su voz suenan acentos extraños, porque tienen pasaporte argentino, inglés, francés, brasileño. Entrarán en el bar nuevo de la plaza y brindarán con cerveza fría por ti, gritando tu nombre ante la mirada indiferente de los otros parroquianos.

Hugo entró en del depósito donde yacía el cadáver de su amigo Gracián. Vámonos de aquí, ese ya no es él. Le dijo a Ariadna. Salieron juntos a la calle, el aire era muy frío pero no lo sintieron. Ella se dejó llevar. Vagaron despacio por las calles de Madrid hasta la Taberna del Rojo. Hugo Corto pidió una botella de Jerez, dos pequeños vasos, un plato de aceitunas machadas y mojama.  Cuando le dije a tu hermano Vadclav que venía a España te hizo jurar que te protegería pero ahora sé que no lo necesitas. Ella le tomó la mano herida por una esquirla de metralla. Conocí a tu hermano en la Isla de Fanata, yo pilotaba un pequeño vapor en esos archipiélagos del Pacífico y me contrataron para recoger a un chiflado sabio que andaba aprendiendo las lenguas de los salvajes. Me sorprendió que fuera un jovenzuelo cuyo único equipaje era un baúl lleno de cuadernos escritos. Estábamos en cubierta mirando cómo se alejaba la isla y él me contaba que allí vivía un pueblo maravilloso que tenía la lengua más rica y diversa del mundo. En ese momento vimos cómo un maremoto se tragaba la isla entera para siempre y desaparecía todo. Ahora siento lo mismo. Vendrá un maremoto y arrasará este país.
La esquila le había hecho una fea herida en medio de la palma. Mira, esta cicatriz es mi línea de la fortuna, me la hice de niño con la navaja de mi padre cuando la gitana Amalia me quiso leer la mano y dio un grito al descubrir que no tenía. Pero el trozo de granada  ha cortado mi cicatriz. Ariadna mira a los ojos negros de ese miliciano de acento indefinible que le sirve el vino y le relata con otras palabras aquel hecho terrible que años atrás le contó Vadclav entre sollozos. Su cuerpo delgado y largo, sus manos huesudas, el aro de su oreja, la gorra de marinero que a veces se pone cuando hecha de menos el mar, hacen de Hugo un tipo extraño.

Muchos años después recordará Ariadna al marinero, la taberna de Rojo que ya no existe, el sabor del vino frío, el olor a salazón, su voz contando historias fabulosas, aliviando su corazón del dolor insufrible. Muchas noches durante muchos meses pasearán juntos por Madrid y él le hablará de sus recuerdos, de las callejuelas de Córdoba en las que anduvo de niño,  de las llanuras de China y de la Patagonia, de sol demoniaco de Etiopía o de la dulce brisa en una playa de La Antigua, de Samarkanda, Venecia, Estambul, Dublin, Hong-Kong, nombrará para ella su vida entera, sus amigos Teihard de Chardin, Pandora, el bueno de Jack London, el inquieto Butch Casidy, su amigo Raspa, Soledad Lokaarth, el silencioso Herman Hesse o el mismísimo Stalin a quién conoció cuando no era nadie en 1907. Hugo Corto sueña muchas noches con  la isla del pacífico arrasada por el tsunami. Si hubiéramos permanecido media hora más junto al arrecife el vapor habría desaparecido también.

Sin embargo está aquí, ahora, hablando de su vida como si ya no fuera suya, como si estuviera contando la historia de otro a una chiquilla desconocida, también extranjera como él. Hugo siente que de alguna forma esa esquirla de granada que le han sacado esta mañana de la mano ha cambiado la línea de su fortuna. Esta guerra es diferente a todas las guerras en las que ha participado. Llegó a España desde Odessa con un cargamento de contrabando de armas para un grupo anarquista y se quedó en Valencia, se unió a los Cenetistas y llegó a Madrid en los primeros días de la batalla. Conoció a Gracián por azar unos pocos días antes de su muerte, cuando las Vickers se encasquillaban y sólo él, el marinero misterioso, el traficante de armas, sabía ajustar el cerrojo. Compartieron el frío y el coñac por las noches, el miedo y los recuerdos de Praga y él le mostró a la luz del amanecer, antes de la siguiente ofensiva, la fotografía de esa chiquilla que ahora, muchos años después os recuerda a todos y le cuenta esta historia a su nieta antes de dormir, igual que si le estuviera leyendo un cuento de aventuras. Hugo Corto sabe que se acaba su tiempo, tal vez su vida. la guerra de España es el comienzo de un mundo nuevo de atrocidades meticulosas, de nuevas formas de muerte en las que la mano asesina ya no empuña un fusil si no una idea, de maremotos de odio que arrasarán una por una todas las islas, todas las ciudades, todos los cuerpos del mundo donde se esconde aún el paraíso.  Hugo y Ariadna durmieron juntos muchas noches, protegiéndose del dolor, haciendo con el calor de sus cuerpos un pedazo de mundo habitable, con el aliento de sus palabras un camino posible al futuro.

Fue la primera noche, cuando ella por fin se derrumbó en el sueño agotada de dolor. Él se levantó de la cama sin hacer ruido y descubrió las cartas. Al principio pensó que eran cartas de Gracián hacia ella, pero venció el pudor de escuchar la voz íntima del amigo muerto y leyó las primeras letras a la luz de un cabo de vela. Sin embargo Hugo Corto no leyó esas cartas una tras otra sino que fue leyendo a saltos, solo unas pocas líneas de cada hoja, sintió que sus ojos eran guiados por la misma fuerza mágica que descubrió en Mû algunos años antes. Cuando no pudo resistir la certeza, el secreto que había descubierto en esas frases volvió a doblar las cartas y a colocar sobre ellas la pistola de Gracián.

Durante toda su vida había logrado salvarse, había huido cuando las cosas se ponían feas, tenía un instinto de supervivencia que le había salvado de todos los peligros y sin embargo ahora, era esa misma fuerza interior quién le obligaba a no huir, a seguir en Madrid arriesgando su vida cada día en las trincheras de la Ciudad Universitaria y después, mucho después, con la guerra ya casi perdida, a aguantar los meses de la batalla del Ebro,  sobre los montes de Cabals, defendiendo día tras día esos peñascos desnudos, aguantando una tras otras las ofensivas fascistas, las miles de toneladas de bombas  que aniquilaron a todos sus amigos.

Me voy al Ebro, no te dejes matar, así viviremos todos en tu memoria. Es otra forma de estar dentro de ti, de amarte. Dijo Hugo a Ariadna haciéndole un guiño cómplice antes de irse. Y esas mismas palabras le susurrará Ariadna a su nieta muchos años después, antes de leerle a la chiquilla, ya una adolescente, las páginas de una novela que acaba de comprar, se titula  “los últimos hijos del lince” y cuenta como murió su amigo Hugo Corto en la retirada del Ebro, cubriendo las espaldas con su prodigiosa puntería a un puñado de soldados republicanos, casi unos niños, que le recordarán siempre igual que le recuerda ella ahora. Por que el amor en la memoria es acaso el único que sirve para seguir viviendo.

Home  |  Corto Maltés  |  Hugo Pratt  | Los Albumes  |  Personajes  |  Galeria  |  Articulos  |  Enlaces  |  El autor