Una abuela veneciana

Tenía yo cuatro o cinco años, tal vez seis, en la época en que mi abuela me pedía que la acompañase al Viejo Ghetto de Venecia. Ibamos a visitar a una de sus amigas, la señora Bora Levi, que vivía en una casa antañona. Se llegaba al cuarto de esta señora por una escalera exterior de madera, llamada la "escalera loca", "la escalera de las ratas de alcantarilla", o también la "escalera turca". La buena mujer me daba una peladilla, una taza de chocolate espeso y ardiente y dos bizcochos sin sal que no me gustaban nada. Luego, mi abuela y ella solían sentarse a jugar a las cartas, sonrientes, murmurando frases para mí incomprensibles. Para entretenerme, sólo me quedaba el recurso de pasar minuciosa revista a cada uno de los cien medallones, colgados de la pared forrada de terciopelo rojo oscuro, que me observaban detrás de su óvalo de cristal. Digo que me observaban, porque aquellos medallones contenían viejos retratos de severos caballeros con uniforme de los Habsburgo, o retratos de rabinos con finas trenzas negras y sombreros de ancha ala. Todos parecían mirarme con una insistencia cercana a la indiscreción.

Ya un poco violento, iba a la ventana de la cocina y contemplaba desde allí una plazoleta salpicada de hierba y un pozo con brocal cubierto de hiedra. Su nombre: Patio Secreto, llamado Arcano. Para llegar a aquel lugar había que abrir siete puertas, cada una de las cuales tenía grabado el nombre de un shed, demonio de la casta de los Shedim engendrada por Adán cuando éste fue separado de Eva después de su acto de "desobediencia". Cada una de las puertas mostraba al abrirse una palabra mágica: nada menos que el nombre del demonio. Aún recuerdo esos nombres: Sam Ha, Mawet, Ashmodai, Shibbetta, Ruah, Kardeyakos, Na'Amah.

Un día, la señora Bora Levi me tomó de la mano y me llevó al Patio Secreto, alumbrando nuestro camino con un menorah, el candelabro de siete brazos. Cada vez que ella abría una puerta, apagaba una vela. El patio estaba lleno de esculturas y de graffiti: un rey armado de arco y flechas ensartando a un dios, un recién nacido, una cazadora también con arco y flechas, una vaca con un solo ojo, una estrella de seis puntas, un círculo trazado en el suelo para hacer bailar en él a una muchacha desnuda, los nombres de los ángeles caídos: Samuel, Satael, Amabiel. La dama judía me hablaba de todas estas cosas y contestaba a mis preguntas. Luego abría una puerta al fondo del patio y me conducía por una callejuela en la que crecía alta la hierba, y que llevaba a otro patio maravilloso. Creí volverlo a ver mucho más tarde, lleno de flores, en una casa de la Judería de Córdoba.

Recuerdo que en el Patio Secreto había una señora muy hermosa, siempre rodeada de niños y de adolescentes que jugaban alrededor de una gigantesca mariposa hecha de trozos de cristal de colores. Era Aurelia, la mariposa gnóstica. La gnosis presentándose a sí misma como fuente inagotable de sabiduría y ofreciendo, en mil reflejos coloreados, lo que desea cada cual.

Estas dos plazuelas, unidas por esa callejuela escondida, de nombre "Pasaje Estrecho de la Nostalgia", constituían el centro fabuloso en el que se fundían dos mundos secretos: uno, el de las disciplinas talmúdicas; el otro, el de las disciplinas filosóficas esotéricas judeo-greco-orientales. Todo aquel laberinto de escaleras, callejas, patios y plazuelas se llamaba "Serrallo de las Bellas Ideas", o bien "Serrallo de los Hebreos". En tan espléndido lugar, yo jugaba con niños judíos que lo mismo sabían cantar las cosas de los tiempos antiguos que escalar las tapias prohibidas. Las niñas tenían, además, inquietantes sonrisas que yo leía en sus ojos, a la sombra dorada de los desvanes. Todos ellos fueron los primeros en hacerme descubrir los Abraxas de Basílides y los símbolos pitagóricos, las serpientes en creciente de luna y los dibujos de Menandro y de Saturnino. Fue allí donde, por vez primera, oí los nombres de Simón el Mago, Manes, Orígenes, Arrio, Valentín,Justino, Carpócrates, Epifanio, Tertuliano, Agustín, Hipatia y tantos otros. Fue en ese mundo fascinante donde se me habló también de la Clavícula de Salomón y de la esmeralda de Satán, la cual, según la tradición hermética, se habría desprendido de la frente del ángel del mal para convertirse en el símbolo de la "ciencia maldita" entre los hombres.

Al cabo de algún tiempo, mi abuela decidía que ya era hora de volver a casa(nosotros vivíamos al otro lado de la ciudad, en la Bragora) y con verdadero dolor físico me separaba de aquellos misteriosos amigos. Yo era todavía demasiado joven para que mis padres me dejaran salir solo y tenía que esperar toda una semana, a veces más, para volver al ghetto. En el camino de vuelta, pasábamos por el Río della Sensa, en la Madonna dell'Orto, donde se encuentran empotradas, en los muros del antiguo "Fontego degli Arabi", las estatuas de tres hermanos sarracenos: El Rioba, Sandi y Afani. Cuando yo preguntaba quiénes podían ser esos personajes vestidos "a la griega" , mi abuela respondía que eran moros, mamelucos turcos, dándome a entender que aquello era algo de lo que no había que hablar. Después de lo cual, ella iba a jugar un número al "loto", según la cábala veneciana de las loterías.

Aquellas preguntas sin respuesta acerca de turcos, sarracenos y árabes excitaban mi curiosidad hasta el punto de llevarme a pedir explicaciones a losmuchos miembros de mi familia. Así me enteré de que los Genero, por parte de mi madre, procedían de la ciudad española de Toledo, y eran de origen judeo-sefardita, convertidos al cristianismo a raíz de las cruentas persecuciones de 1390, en España. Los Genero tenían lazos de parentesco con los Toledano, los Greggyos y los Azim; estos últimos eran sopladores de vidrio bizantinos en Murano.

En la familia se hablaba a menudo de mercaderes o de espías árabes llegados a Venecia en busca de lo que los piratas venecianos les habían quitado. Se puede decir que esto era incluso un tema cotidiano entre nosotros. Me acuerdo de que, un día, uno de mis tíos me llevó a una plazoleta escondida muy cerca de San Marsilian y me enseñó un murciélago de mármol verde en un nicho de alabastro. Me explicó que era el símbolo de una secta de aventureros sarracenos relacionada con los Templarios y los Caballeros Teutónicos. Fue pasando el tiempo. Empecé a ir solo al ghetto, y frecuentaba cada vez con más asiduidad a los amigos que vivían en las dos plazuelas y también sus casas.

Después, los acontecimientos me llevaron a Africa. En Etiopía, en Addis Abeba, encontré el mismo ambiente veneciano en la comunidad greco-armeno-judeo-egipcia. En las bibliotecas de Debra Marcos, Debra Ghiorghis, Debra Mariam, en los libros y en las representaciones coptas de la reina de Saba y del rey Salomón, descubrí que siempre están las siete puertas secretas en la vida de los hombres que quieren saber. Vi que las fórmulas mágicas son siempre siete, que los diablos son siempre los mismos, los libros ocultos se parecen mucho y que los ángeles caídos son algo más numerosos. En la literatura copta se hallan historias antiguas con aditivos apócrifos. Mis nuevos amigos de Africa oriental, un poco más viejos, me contaban historias maravillosas sobre los viajes de Enoch y los Jardines del Edén. Las muchachas tenían la misma sonrisa inquietante que las niñas del ghetto, pero los ojos de mayólica de las unas eran muy diferentes de los ojos venecianos de las otras.

Llegó la guerra y pasé algún tiempo en Dancalia y en el Ogadén, entre camellos y contrabandistas. Un camellero dáncalo me enseñó que para entrar en el Al-Jannah al-Adn, el jardin del Edén, hay que abrir siete puertas en el desierto, y que para eso hay que conocer los nombres de los siete ángeles terribles de la tribu de los Shaitans, o bien ir acompañado de un poeta que tenga una llave de oro debajo de la lengua. Luego, un árabe eritreo me informó de que el Adriático se llamaba Giun Al-Banadiqin, el "Golfo de los Venecianos" y de que los egipcios denominaban a Venecia Al-Bunduqiyyah.

Cuando regrese a Italia, aún no había terminado la guerra: las casas del ghetto de Venecia estaban cerradas, y. los judios que habían huido de ellas se escondían en casas de venecianos. Por la noche, en voz baja, se contaban otra vez antiguas historias hispano-árabes, se hablaba de la ciudad cabalística de Safed en Palestina, donde se encontraba la tumba de Simón Ben Yohai, a quien se le atribuye la autoría del Zohar, el "Libro de los Esplendores. De nuevo, los días de fiesta, yo comía los bizcochos sin sal que no me gustaban.

Acabó la guerra. Desde entonces voy y vengo por el mundo, casi sin rumbo. Pero siempre acabo volviendo a Venecia. Me paseo por sus callejuelas, cruzo los canales, me detengo en los puentes y me doy cuenta de que, en las orillas, ya no se ven esos cangrejos que, por la tarde, holgazaneaban al sol. Hace mucho que desaparecieron. Busco los lugares que conocí de niño, pero muchas veces no los reconozco. Ya no existe la "escalera loca", ni tampoco esta la señora Bora Levi. Las ventanas de su casa aparecen tapiadas: es otro sitio. Mis preguntas quedan sin respuesta, bien porque los jóvenes no saben, bien porque los viejos no se quieren acordar.

Un día, encontré el nombre de la vieja señora judía que me daba la peladilla y la taza de chocolate ardiente, grabado en una placa de mármol junto al portal de la antigua Schola Española, con los de otros judíos deportados que no volvieron al final de la guerra. Estos nombres no son muy numerosos, pues Venecia escondió sus judíos. Los escondió en sus " Patios secretos", en sus "Arcanos". Patios ocultos aún hoy detrás de celosos muros, cuyos números cambian ante la mirada demasiado insistente de un profano. Quedan los nombres vetustos que se van borrando en sus grandes rectángulos blancos orlados de negro, como esquelas mortuorias, y los gatos atigrados que parecen plantear una adivinanza y sugerir que todo esta allí, como antaño. Se trata de querer buscar. Desde el otro lado del Ponte Ebreo, se puede llegar a las tabernas donde todavía se juega, con las antiguas cartas árabes, a la sarracena, a la mahometana, a la bella judía. Juegos de oriente y de España. Los judíos sefarditas habían conservado sus cartas, y las viejas llaves de las casas españolas en los marcos de las puertas venecianas.

Como una promesa para la diáspora debida a la Inquisición española. También en mi casa había una llave española de Toledo; me la dejó en herencia mi abuela, a la vez que su fatalismo irónico y que un juego de cartas árabes, que seguramente son mágicas.

En la Fondamenta que va hacia la Madonna dell'Orto y San Marsilian, hay un palacio con una cruz teutónica, una rosa y un camello de piedra. A mucha gente, esto no le dirá nada; pero, cuando se es veneciano de corazón, se comprende enseguida que detrás de un símbolo teutónico se esconde seguramente un enigma; un rosal que se enrosca en torno a una cruz vendrá a añadir misterio. La presencia de un camello acabara de seducir del todo el alma de un veneciano, infinitamente inclinada hacia cuanto suponga intriga.

HUGO PRATT  
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