La balada de Corto Maltés

Ivan Pintor
El presente artículo da cuenta de algunas reflexiones surgidas en torno a Corto Maltés, el personaje de historieta creado por Hugo Pratt, merced al curso El Arquetipo Masculino en la Historia de los Géneros Cinematográficos, impartido por la Dra. Núria Bou, dentro del programa del Doctorado en Comunicación Audiovisual dirigido por el Dr.Josep M.Baget i Herms.
La historia comienza cuando un marinero de Cornualles desembarca en Gibraltar y conoce a una hermosa gitana de Sevilla. Y prosigue en la ensenada de La Valeta. Una casa de patio porticado y enrejados de hierro, entre St.John Street y Kingsway, asiste al nacimiento del hijo de ambos la mañana del 10 de julio de 1887. Del padre, se dice que desapareció frente a la costa chilena de Iquique, que dio con sus huesos en Adelaida tras una turbia reyerta, o aún que fue asesinado en el río de las Perlas. La madre, sin embargo, tomó casa en la Judería de Córdoba para criar al pequeño. Sus primeros juegos frente al Guadalquivir menudearon con la instrucción del rabino Ezra Toledano. Un día, junto a la Mezquita, una amiga de su madre se encaminó hacia el muchacho, a la sazón casi un adolescente, para echarle la suerte. Cuál no sería su sorpresa al comprobar que carecía de línea de la fortuna. Sin dudar, el chico corrió a su casa en busca de la navaja de afeitar que fuera de su padre. Y con ella trazó una línea sobre la palma de su diestra. Poco después, Toledano se lo llevó a la escuela judía de La Valeta. Corto Maltés -así se le conocía- apareció cinco años más tarde, en 1904, en pleno enfrentamiento ruso-japonés en Manchuria, acompañado por el entonces joven periodista Jack London; a los 26 años fue rescatado en el Pacífico tras haber sido atado a unas maderas y arrojado al mar por una tripulación amotinada. Y desde entonces y durante el primer cuarto de este siglo, erró por más puertos que cualquier otro aventurero.
La muerte de Hugo Pratt en agosto de 1996 privó a su personaje, Corto Maltés, de un final que le hubiera acechado en las tierras aragonesas asoladas por la Guerra Civil, junto a las Brigadas Internacionales. Ese último viaje del veneciano dejó también una biblioteca de más de 35.000 volúmenes en Lausana. A todas esas páginas, a sus incansables viajes y a las tertulias con amigos entre los que se contaron Dizzy Gillespie, Arlt, Octavio Paz o, circunstancialmente, Borges y Lugones, cabe agradecerles las correrías del maltés. Pratt dijo ser "un novelista, un tipo que hace literatura, un fabulador que escribe con dibujos". Su más despojado manejo de las imágenes se apoyó primero en los guiones de Héctor Oesterheld, pero sobre todo en sus propios relatos, nutridos de la lectura insaciable de Stevenson, Conrad, Hawthorne, Zane Grey, Fenimore Cooper, Jack London, Ridder Haggar, Dumas, François Villon, Henry de Vere Stacpoole o Somerset Maugham.
Corto Maltés cristaliza la exploración en el diseño de caracteres que Hugo Pratt realizó desde Ernie Pike a Cato Zulú pasando por Tipperary O'Hara, Simon Girty, Jesuita Joe o el mismo Saint-Exupéry. Éste, protagonista del último álbum que dibujó, exhibe a las claras una de las primeras reflexiones a las que induce el género de aventuras. Su raigambre literaria requiere atender a fronteras permeables acotadas a partir del criterio testimonial o documental. Esto es, el gérmen de la crónica de viajes de Marco Polo o González de Clavijo dista de la voluntad que anima el Erec y Enide de la materia de Bretaña o los relatos de London o Stevenson. Las correrías del marino maltés se abrevan en una plétora de fuentes, entre las cuales no reviste la menor enjundia la paridad entre aventura y geografía tan cara a la expansión imperialista del siglo XIX, cuyos ecos restallan sobre la infancia de Pratt en Etiopía y sobre sus forzados alistamientos primero en la policía colonial mussoliniana y, durante la IIª Guerra Mundial, en las filas del Ejército Alemán, de las que desertó para unirse a los aliados.
Ni la polémica elucidación de la crónica de viaje o del género de aventuras ni los procelosos cauces biográficos de Hugo Pratt pretenden ocupar estas líneas. No obstante, ponderar la fecundidad de una aproximación arquetipológica a su obra precisa sopesar ambos aspectos. La profusión de culturas, lenguas y geografías con las que convivió el narrador veneciano así como su instrucción en la Cábala, el Tarot y otras tantas disciplinas esotéricas ligadas al uso de imágenes arquetípicas confieren un particular interés a la lectura de su obra desde la gramática de las estructuras figurativas que subyacen al Imaginario Simbólico propuesta por Gilbert Durand. Un acercamiento groseramente simplificador revela en las historietas de Corto Maltés la prominente actualización de la tensión entre la impermanencia de lo representado y la permanencia de un sentido latente vinculado al uso de esos arquetipos y resuelto en un caudal de recursos narrativos y gráficos.
En los orígenes de Corto se concitan circunstancias como la ausencia del padre, el exiguo legado de un ejemplar de La Isla del Tesoro de Stevenson, o la genealogía materna que emparenta al maltés con La Belle Zélie retratada por Ingres. Pero es la resuelta incisión de la línea de la fortuna la que suscita una iniciación que, según Jung, se hace imprescindible para cualquier héroe. Corto subsana su inusitada carencia con un filo que hace brotar su sangre al hendirse sobre la palma de la mano. Con ello, no sólo toma las riendas de su fortuna, sino que también accede a la aceptación de Cronos. Lo hace asimilando los ciclos temporales, ligados a lo que Durand denomina régimen nocturno y, a la par, una constelación de representaciones antes nocturna y femenina que diairética. Esto es, las aventuras del maltés revisan infinidad de relatos construidos en torno a la arraigada representación de lo masculino, afín a esquemas ascensionales, verticalizantes, uranianos y purificadores surgidos de una matriz antitética con respecto al régimen nocturno del Imaginario Simbólico y a los rostros del tiempo durandianos. Sin embargo, la reformulación de todos ellos observa la dominante del régimen nocturno y eufemizador de dichos rostros. La búsqueda se troca en delectación por el camino; las concretas ubicaciones espaciales en subrayada temporalización. Los depurados trazos de Pratt y la suspensión del relato en favor de silencios y juegos de miradas recuerdan la conciliación de sensualidad y abstracción en el tratamiento del tiempo de maestros de la escritura visual como el cineasta Yasuhiro Ozu. Sin embargo, esa demora sensual no lastra el relato. Al contrario, lo sumerge en una dialéctica de modelos de representación que lo enriquece y provoca nuevas vías en una estética que afloró de la tinta de Milton Caniff.
Pero el itinerario de Corto Maltés observa dos iniciaciones. La primera se abre a la fortuna al labrar un tajo que, siguiendo a Durand, se entronca con las imágenes del surco vaginal; la sangre aflorada añade un acervo de significados que exigiría más prolijo análisis. Y esa cisura la ocasiona una navaja, antítesis de la herida feminizada e isomorfa de la espada, uno de los tres arquetipos básicos en virtud de los que Durand establece su dialéctica de regímenes: el cetro-bastón, la espada, la copa y la rueda-denario, conforme a la clasificación de las cartas en los juegos de naipes y, en especial, en el Tarot. La segunda iniciación se corresponde con la aparición real del personaje en las viñetas de La Balada del Mar Salado, prohijado más por la sensibilidad de Conrad y Stevenson que por la de Defoe. La línea trazada le alumbra en una mar por fortuna sorda, quemado por el sol y amarrado a unos maderos en forma de cruz. Y no cabe olvidar cómo enceta Pratt su Balada: "Soy el Océano Pacífico y soy el más grande....". Ya no es Ismael, sino que son las aguas las que tienen el verbo. Así, si a la primera de las iniciaciones le subyacía la síntesis de lo diurno, masculino y separador -navaja- con la estructura femenina de la herida; la segunda concilia el arquetipo efracto de la cruz con el supremo tragador ictiomorfo, antífrasis de la feminidad fatal. Nunca la dominante es diairética en la relación de las aguas con la luna -epifanía dramática del tiempo para Durand- en los relatos de Corto Maltés. Así la curiosa confusión del astro femenino al principio de La Casa Dorada de Samarkanda, las dos lunas parlantes de Tango...Y Todo a Media Luz, o su sorprendente ausencia en el relato más decididamente onírico del marino, Las Helvéticas, reverso catamorfo y carrolliano de una búsqueda griálica iniciada en la morada de Herman Hesse y en compañía de un extraño avatar del caballero Klingsor.
La aceptación de los ciclos y la sensualidad de la demora acompañan a un aventurero cuyo comportamiento se acomoda a una muy particular asimilación del código de honor militar en que Pratt se formó. Meditativo, con su incisivo perfil fumando un purito Tre Stelle y su aparente pasividad femenina, Corto Maltés llega a Siberia para robar un cargamento de oro, a Irlanda para vengar a su difunto amigo y miembro del IRA Pat Finnucan y volar un cuartel del ejército inglés, al Kafiristán para usurpar el Gran Oro, sol mítico oculto en una montaña y protegido por la divinidad persa Ariman, o a Buenos Aires para vengar a toda costa el asesinato de Louise Brookszowyc -Tango...-. El maltés, en virtud de los isomorfismos señalados así por Mircea Eliade como por Gilbert Durand, asume el rol de héroe atador, pero capaz asimismo de recurrir a las armas propias del imaginario diurno para enfrentarse abiertamente a los peligros que le acechen. Justifica, por ende, su afán errático en la persecución y pillaje de tesoros que jamás consigue o en la venganza y se acompaña únicamente de Rasputín, un asesino compulsivo sin el menor escrúpulo y con un turbio sentido del humor. Esa búsqueda que Corto sabe infructuosa concilia la sublimación del objeto motivador con el cinismo eufemístico de una conciencia horizontal y no ascensional del viaje.
Si, por otra parte, Denis de Rougemont asegura que el amor feliz carece de historia, la del marino se revela nutrida. A la interpelación de su amiga Esmeralda, una prostituta, acerca de si ha estado enamorado, responde con forzado tono crepuscular que hace demasiado tiempo de eso. Una miríada de personajes femeninos -Pandora Groovesnore, Lady Rowena Welch o Banshee- cuyo estudio resultaría tan fructífero como el de Corto Maltés median en su andadura, pero Pratt huye del happy end que hubiese asegurado tanto el cine clásico como las historietas de la Época Dorada de Caniff, Noel Sickles, Coulton Waugh o Frank Robbins. Un erotismo difuso dimana de esa pasividad de Corto, que siempre desaparece tras haber cambiado el curso de los acontecimientos. Pratt utiliza taciturnos patrones masculinos del género negro y redibuja el carácter del Pat de Terry and the Pirates o de Jonhy Hazard para construir un personaje desengañado, anarquizante y romántico en el sentido menos devaluado del término, pero no tan ácido como el teniente Koïnsky de Los Escorpiones del Desierto, una serie que Pratt desarrolló a la par que los álbumes de Corto Maltés.
La extensión no recomienda abundar en la prodigalidad de isomorfismos y la aplicación de la gramática de Durand a las historietas de Hugo Pratt, tanto más fértil cuanto debiera sustentarse en las pertinentes referencias gráficas. Sin embargo, sí que cabe insistir en la necesidad de estudiar la constitución del personaje en relación a los códigos genéricos que interfieren, e insistir también en la conveniencia del propósito que Durand plantea de adoptar una perspectiva antropológica a la que "nada de lo humano debe ser ajeno" desde un pluralismo de racionalidades bachelardiano. El propio Durand resume magistralmente su propuesta al señalar que "En definitiva, el Imaginario no es más que este trayecto en el que la representación del objeto se deja asimilar y moldear por los imperativos pulsionales del sujeto, y en el que, recíprocamente, como lo demostró magistralmente Piaget, las representaciones subjetivas se explican por medio de las acomodaciones anteriores del sujeto al medio objetivo". Las representaciones afines a este marino de malversados romances y ajeno a los espejos demandan una búsqueda, en cuyo extremo se halla Hugo Pratt. Y con él sus conocimientos de ávido lector, su trazo conciso y sobre todo, su vida y su rostro, el que regaló al marino maltés, iniciado en Córdoba y alumbrado de nuevo en el Pacífico.
BIBLIOGRAFÍA
-Pratt, Hugo, (la totalidad de los álbumes de Corto Maltés están publicados en español por las editoriales Editorial new Comic, S.A. y Norma Editorial S.A).
-Caamaño, Mª Ángeles y Fátima Gutiérrez, Entrevista a Gilbert Durand. El Bosque. Enero-Abril de 1993. Diputación de Huesca-Diputación de Zaragoza (Cultura, Turismo y Deporte).
-Durand, Gilbert, Las Estructuras Antropológicas de lo Imaginario. Introducción a la Arquetipología General. Trad. de Mauro Armiño. Taurus Ediciones S.A., Madrid, 1981.
-Apuntes del curso El Arquetipo Masculino en la Historia de los Géneros Cinematográficos. Dra. Núria Bou. Curso 1997-1998. Programa de Doctorado en Comunicación Audiovisual (Dir: Dr. Josep M. Baget i Herms).
-Historia de los Comics. Dirección: Javier Coma / Producción: Josep Toutain. Toutain Editor, Barcelona, 1982.

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