Corto cumple 40 años...

Hugo Pratt creó en julio de 1967 la novela
gráfica con las aventuras de un marinero,
hijo de un galés y una gitana

Por OSCAR BELTRÁN DE OTÁLORA

Hugo Pratt defendía la teoría de que para empezar a contar una buena historia lo más importante es tener un buen final. Cuando el dibujante falleció, el 20 de agosto de 1995, creó el mejor final posible para su obra más importante, el marinero y aventurero Corto Maltés. En ese momento, sólo los derechos de autor por los álbumes de este personaje suponían una fortuna, dinero al que se debían sumar las distintas posesiones que Pratt tenía en distintos lugares del planeta. Su herencia era un tesoro de esos que su creación, Corto Maltés, buscaba por medio mundo, en Siberia, Brasil, Venecia o el desierto de Etiopía. Cuando se leyó su testamento, su familia tembló de odio. El heredero universal de ese tesoro era Corto Maltés, una figura de ficción que este año cumple su cuarenta aniversario.

Para la mitología del cómic, Corto Maltés nació en julio de 1967 en las páginas de la revista ‘Sargento Kirk’, fecha en la que se comenzó a publicar ‘Una ballata del mare salato’ (La balada del mar salado). Para entonces, el marinero ya tenía la biografía más interesante de todas las obras del cómic mundial. Había nacido el 10 de julio de 1887 en Malta, hijo de un marinero galés y una gitana del sevillano barrio de Triana. Cuando era un adolescente, una adivina se asustó al ver que en su mano no aparecía la línea de la fortuna. El futuro pirata corrió a por una navaja de afeitar de su padre y se la dibujó de un certero tajo. Luego estudió la Cábala, viajó por el mundo en busca de tesoros y aventuras, se mezcló con personajes de toda ralea y conoció a mujeres fascinantes. Siempre, en la frontera de lo real y lo soñado. Fue amigo de Jack London cuando éste cubría como periodista la guerra ruso-japonesa; se hizo colega de Stalin en Italia; de Hemingway, con quien robó un cargamento de oro escondido en una iglesia italiana; de Butch Cassidy; ayudó al IRA en 1918 en Irlanda; presenció la muerte del Barón Rojo y tuvo un extraño sueño en la casa de Hermann Hesse, en el que bebió el elixir de la eterna juventud.

Una de las claves del éxito de Pratt como guionista es que sus personajes históricos están acompañados por unas figuras inventadas con tanta fuerza como los reales. En cierto sentido, los ‘secundarios’ de Hugo Pratt son a veces los verdaderos protagonistas de cada uno de sus cómics y el marinero maltés se convierte en un testigo de sus aventuras. El primero de ellos es Rasputín, un soldado ruso, desertor de la guerra ruso-japonesa, que aparecerá de forma regular en las aventuras del marino. Rasputín, feo, barbudo, con nariz ganchuda, es el álter ego de Corto, su contrapunto. Mientras que Corto puede llegar a ser romántico y solidario, Rasputín es un depredador, un psicópata violento sin escrúpulos. Pero es el mejor amigo del héroe. Pratt, que en todas sus obras huye del maniqueísmo, sitúa siempre la frontera entre el bien y el mal en un punto imposible de definir, como la sinuosa línea que separa el mar de la arena en una playa. En la misma playa en la que Corto se tumba para observar el vuelo de las gaviotas.

Además de Rasputín hay personajes como Jeremiah Steiner, alcohólico, profesor de Kafka y amigo de Freud; el judío Levi Colombia, un erudito obsesionado con la búsqueda de lugares míticos como El Dorado o la Atlántida. Y Cush, un enigmático guerrero etíope, islamista convencido y en el que el fanatismo se mezcla con un riguroso sentido de la amistad. Será el último amigo de Corto que hable de él. Pero, sin duda alguna, los compañeros más interesantes de Corto Maltés son las mujeres. El feminismo militante de Pratt hace que sus protagonista sean fuertes, poderosas e inteligentes. Son ellas las que llevan las riendas de la acción, con una determinación que nada tiene que ver con las hasta entonces heroínas ñoñas de las historias de aventuras. En todo el elenco de personajes femeninas aparece Boca Dorada, una bruja de Salvador de Bahía que lo mismo apoya a las revoluciones sudamericanas de comienzos de siglo que se sumerge en las empresas más mercenarias entre contrabandistas y piratas. Es Boca Dorada la que mantienen el siguiente diálogo con el marinero:

–Corto Maltés: «Sería bonito vivir un cuento».
–Bocadorada: «Tú ya lo haces constantemente aunque ya no te das cuenta. Cuando un adulto entra en el mundo de los sueños es para siempre, ¿no lo sabías?»

Cosas parecidas le dicen Esmeralda, la mulata que lleva en la mejilla izquierda un pequeño tatuaje con los cuatro palos de la baraja francesa, o Venexiana Stevenson, una peligrosa ladrona de Venecia; o Banshee, una miembro del IRA que trae la desgracia a los hombres que conoce, al igual que Pandora Grovesnore, la primera mujer que aparece en la saga del maltés.

Burdeles en puertos

La teoría de Pratt: toda buena historia necesita un buen final. Así que a una de las mujeres de Corto le da uno de los mejores finales de la historia del cómic. En las últimas páginas de ‘Corto Maltés en Siberia’, Shangai Li, una revolucionaria china que está dispuesta a hacer de todo con tal de robar el oro del zar tras la Revolución de Octubre, recibe la visita de Corto y le confiesa que durante toda la aventura que han vivido juntos, ella le ha traicionado. No sólo le ha robado el tesoro sino que ella, de quien el marinero parece haberse enamorado, está casada. En las viñetas finales, Corto Maltés escucha las explicaciones de su amiga entre mariposas que vuelan a su alrededor. El dibujo se va haciendo más esquemático en cada viñeta. El marinero sujeta la cabeza de la joven entre sus manos y mirándola a los ojos le dice: «Basta, es inútil hablar». Entonces se marcha y ella queda sola entre las mariposas, con un árbol al fondo. Shangai cruza sus brazos en señal de desamparo y mira al suelo.

Otra de las claves que aparece en toda la obra de Corto Maltés es la introducción de un mundo místico donde mezcla La Cábala y las mitologías más diversas, y que contrasta con el materialismo de unos personajes que corren en pos de tesoros y botines robados y no paran de fumar y beber en burdeles de todos los puertos del mundo. Para entender esta afición de Pratt es imprescindible leer un texto que se incluye en la edición de ‘Fábula de Venecia’, en la que Pratt describe su infancia en los patios de los judíos de la ciudad flotante y su relación con distintos aspectos de las sabidurías de la Thorah. En un momento de ese texto, el dibujante escribe que todo ese mundo «ofrece, en mil reflejos colorados, lo que desea cada cual». Y por eso, ‘La Fábula de Venecia’, tiene un final único –de nuevo, Pratt buscaba una terminación perfecta– en el que Corto Maltés llama a escena a todos los personajes del cómic para que saluden al lector y luego se pierde en una puerta mágica. Entonces, Pratt, escribe: «Hay en Venecia tres lugares mágicos y recónditos: uno es la calle Dell’amor degli amici, otro en las proximidades del Puente delle Maravegie y el otro en la calle Dei Marrani, cerca de San Geremia, en el Barrio Antiguo. Cuando los venecianos se cansan de la autoridad establecida acuden a estos tres lugares secretos y, al abrir las puertas, se adentran en lugares maravillosos». Porque para Pratt, cada una de sus historias era una puerta a un lugar único, una entrada al país de los sueños, un puente al mundo donde cada uno es lo que quiere ser. Y esos sueños se reflejaron en doce álbumes que cambiaron la historia del cómic.

Con la publicación hace ahora cuarenta años de la primera aventura de Corto Maltés, Pratt crea el concepto de novela gráfica, algo poco común en un campo acostumbrado a la obra por entregas. El creador italiano dio un paso de gigante para transformar un tipo de producto dedicado al lector adolescente o juvenil en una obra destinada a los adultos. Pratt –un apasionado de Borges, de Joseph Conrad, de Stevenson o de Kipling– consiguió un tipo de creación increíble hasta el momento al llevar la gran literatura a un producto destinado al consumo popular. Introdujo temas como el feminismo o la fusión entre culturas cuando esos términos eran un tabú. Y prescindió de todo el maniqueísmo de las novelas de aventuras al dejar claro que su personaje, aunque siempre procura estar con los perdedores, es un anarquista desconfiado.

Umberto Eco dijo de Hugo Pratt que el creador de Corto Malés «escribía en viñetas» y conseguía con ellas que «el placer de las palabras y las imágenes se renueve a cada momento». Sus dibujos, en este sentido, evolucionaron hacia una sencillez total, en la que supo resumir historias complejas con trazos simples. Pero esta simpleza tenía sus contrapuntos. Como siempre buscaba mezclar el realismo con los sueños, encargó a un arquitecto –Guido Fuga– que pintase con perfección absoluta los trenes, los aviones o cualquier máquina que apareciera en los álbumes. Así consiguió una obra irrepetible.

Gracias al marinero maltés, Pratt se convirtió en un autor de culto. Y gracias a Pratt, Corto se convirtió en un icono del siglo XX. Su imagen con las patillas, el pendiente y la gorra blanca han sido empleadas en todo tipo de merchandising –desde calzoncillos hasta la colonia Dior–. El aventurero ha sido llevado al cine de dibujos animados con desigual fortuna y en Internet se pueden comprar reproducciones de su gorra de marino. Pratt tenía que buscar un buen final para Corto Maltés. Según los planes del dibujante, el marinero debía haber muerto en la Guerra Civil española, ayudando a la República en su lucha contra Franco. Ese álbum tenía que haber cerrado la historia del maltés, su periplo por medio mundo en busca de aventuras, sueños y tesoros. Su muerte, además, marcaba el fin de una forma de entender la civilización, mucho más humana
y comprometida, que desaparecería con la Segunda Guerra Mundial. Así que Pratt decidió no dibujar nunca el cómic con la muerte de Corto Maltés. Fue incapaz de acabar con la vida de su máxima creación. Se limitó a que uno de sus amigos, Cush, afirmara en una obra posterior –‘Piccolo chalet’, de la serie ‘Los escorpiones del desierto’– que Corto había desaparecido en la Guerra Civil española. Según le explica a un militar polaco, la última noticia que tuvo del marinero fue gracias a que le envió un regalo: un halcón de cetrería que acompaña al guerrero dankalo. Pratt conseguía así que el marinero siguiera con vida. Y como le había hecho beber el elixir de la eterna juventud, quizás sea posible todavía cruzarse en alguna
playa desierta con un marinero que fuma mientras mira con nostalgia hacia el mar. En su oreja izquierda lleva un pendiente y se cubre con una gorra blanca. Es Corto.

Hugo Pratt, la mano de Dios

La editorial Dolmen acaba de publicar ‘Hugo Pratt, la mano de Dios’, del experto en cómics Ángel de la Calle. Este libro es, sin duda, el mejor estudio en castellano que se ha hecho sobre la figura del dibujante italiano y todas sus obras. El libro comienza con una declaración de Pratt en la que, al ser preguntado por la fama, se compara con Maradona. El dibujante recuerda que al ‘Pelusa’ le aplauden cien mil personas en Maracaná pero cuando él vende 200.000 álbumes de Corto es como si otras tantas personas se pusieran en pie para lanzarle una salva de aplausos. En el mundo de la cultura popular, la figura de Pratt es indispensable. Según Ángel de la Calle «su importancia es trascendental, ya que marca un antes y un después en la historia del cómic». Según el experto, si un cómic de los años 70 ha conseguido mantenerse, con más vigor si cabe, en el siglo XXI ello se debe «a la perfecta sintonía entre lo que se cuenta y la forma de contarlo». «Su supervivencia se debe a la genialidad en el dibujo, la belleza de sus historia, añadidas a la inimitable manera de llevar la narración adelante. En realidad, no es un cómic de los setenta».

«Los clásicos», puntualiza Ángel de la Calle a EL CORREO, «no tienen fecha de caducidad». En el libro ‘La mano de Dios’, no sólo hay una biografía de Pratt, sino también un análisis de su influencia en autores actuales como Frank Miller, el creador de ‘Sin City’ así como un repaso a todas sus obras, desde las primerizas de ‘As de picas’ hasta las últimas, entre las que se encuentra ‘Brisa de mar’, una de las historias más bellas jamás escritas o dibujadas. En esta última, los personajes femeninos vuelven a ser inolvidables.

«Una de las claves de Pratt es que siempre demostró un gran respeto por la mujer. En su obra siempre fueron elementos activos y fundamentalmente inteligentes. Las bellas mujeres que dibujaban Pratt tenían la capacidad de parecerse a las mejores chicas que nos encontramos en nuestra vida real», afirma el escritor.

Artículo aparecido en EL CORREO / SÁBADO 24 DE NOVIEMBRE DE 2007

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