Tomeu Mascó López

JUSTICIA

     ¡Dios!, ¿por qué yo? ¿Porqué me tiene que pasar a mí? Todo esto es una verdadera putada…No me lo merezco. Nadie lo merece, pero alguien tiene que pagar los platos rotos…
     No estoy loco, ni nada por el estilo. He cometido fallos, he hecho estupideces, pero supongo que todos los seres humanos las hacen, ¿no? Sólo me equivoqué… ¡Está bien!, reconozco que mi última metedura de pata fue gorda. Yo no quería que sucediera aquello… pero sucedió. Fue un error…fue el último error que cometí y será el último que cometa.
     Y ahora estoy aquí. Lo único que puedo hacer es esperar. Dejar que el tiempo pase y mi vida con él.
     Tuve mucho tiempo para pensar en este momento. Me dije a mí mismo que les demostraría lo que valgo, que no me acobardaría. Me mantendría firme y me reiría de ellos en su cara. Y mírame ahora. Aquí estoy, temblando de miedo, con una triste sonrisa en mi cara, atado a esta miserable silla. No puedo verme la expresión de la cara, pero supongo que es lamentable.
     Estoy muy asustado…
     Hace poco que he dejado de sentir los dedos de las manos. Esos cabrones me han atado bien fuerte la correa de las muñecas. Y encima tengo esta maldita cosa en la boca.
     Tampoco puedo ver nada, estoy en completa oscuridad. Pero lo prefiero así. Les pedí que me vendaran los ojos. No soportaba tener a esa gente enfrente mía, mirándome de esa manera. El problema es que, aún con los ojos vendados, sigo viendo esos rostros, esas miradas fijas en mí…
     Les oigo susurrar. Supongo que deben de estar deseando que llegue la hora, que llegue mi final.
     Tengo miedo. Estoy empapado de sudor y el corazón me late a mil por hora. Me falta el aliento. Me cuesta respirar. Joder, no quiero morir. Aún no. Ni tampoco así.
     Antes me gustaría pedir perdón. Pero no sé a quién. Ni si serviría para algo… o si me perdonarían… quizás… ¡oh, yo que sé!. A lo mejor tendría que hablar con el sacerdote que está por aquí. Antes no le tendría que haber hecho callar, pero es que su tabarra me daba dolor de cabeza. Podría llamarle. Pedirle que me perdone los pecados y todo eso. O a ti, Dios, si estás ahí. Pero creo que ya es demasiado tarde para eso… Les oigo a mi alrededor. Joder, dicen que ya es la hora. Dios, NO. Por favor, por favor, por favor… Quiero salir de aquí. No puedo moverme. Tengo que salir de aquí...NO, NO, NO. Tengo que quitarme las correas. OH, DIOS. Me van a freír. NOOO. Es inútil, no puedo. Aguanta. Por lo menos sé que no gritaré. No con esto en la boca. Además no les daría esa satisfacción. PIEDAD, POR DIOS. NO QUIER…
 

     Una palanca se accionó. Las bombillas que iluminaban la escena perdieron brevemente la vida. Un cuerpo se convulsionó y se retorció de dolor. Unas miradas se clavaron en él. Lo observaban fijamente, expectantes, ansiosas por contemplar algo que debía ocurrir. Otras se desviaron para fijarse en cualquier otro lugar…
     Pero nadie se libró de escuchar los gritos ahogados, mezcla de lamento y sufrimiento. Ni de los sollozos.
     -Otra más.
     La palanca volvió a accionarse. Esta vez las bombillas no fueron las únicas en perder la vida… pero sólo ellas la recuperaron poco después. El cuerpo, finalmente, dejó de luchar.
     Se hizo el silencio.
     Ya nadie se fijó más en el condenado. Ni siquiera los hombres que lo desataron de la silla y se lo llevaron de allí. Nadie quiso mirarle los ojos, unos ojos llenos de terror. Ni ver su cara desencajada por el dolor. Tampoco se percataron del cuerpo que yacía sin vida. Una vida que ellos habían arrebatado.
     Dándole la espalda, a unos metros de la mortal silla, unos hombres se felicitaban y se daban la mano efusivamente porque, según ellos, se había hecho justicia.

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