José Oliver Marroig
Ahora que se han cumplido... años del nacimiento de Jorge Luis Borges, creo que essumamente interesante que los honorables miembros de la Logia T.... a losque hoy me dirijo conozcan aquello que el propio escritor argentino meconfió hace mucho tiempo: un secreto aterrador que quizáhaga cambiar la idea que el mundo tiene de él.
Conocí a JorgeLuis Borges hacia 1919, en un viaje que realicé a Suiza para seguiruna investigación antropológica. Allí, el denominadogrupo de artistas ultraístas se reunía para hablar y leersus obras. Contacté con Borges casi por casualidad, en la BibliotecaNacional. Todavía recuerdo como si de ayer se tratara nuestra coincidenciaen la sección de ciencias ocultas un soleado mediodía delinvierno cantonés. Entonces buscaba yo un ejemplar raro del RexCaldei de Fray Eulogius, un manuscrito del cual había tenidonoticia hacía muy poco por un profesor de Boston. Recuerdo perfectamentesu gallarda figura a contraluz, en una de las mesas de madera, ojeandoun anitguo volumen encuadernado en piel negra. Cuando quise darme cuenta,habíamos pasado toda la tarde hablando del Dr. Dee, del conde Kauphman,de Blavatsky y de diversas doctrinas teosóficas. En los díasque siguieron, trabamos una gran amistad. Paseamos largamente por las callesde Ginebra conversando en su perfecto inglés; seguimos asistiendoa aquellas tertulias ultraístas, que cada vez parecían importarlemenos. Poco después, me anunció que había de partirhacia Buenos Aires, donde me invitaba fervientemente a visitarle.
Yo volví ala facultad de Arkham, desde donde mantuve una larga y grata correspondenciacon él. Durante años nos escribimos, y supe de sus estudiossobre Coleridge, de su fascinación por Wells, Schopenhauer, y tantosotros. Al mismo tiempo, le comenté mi devoción por los textosen sánscrito y por las antiguas civilizaciones de la Polinesia.
En una carta fechada en 1937 me comentaba que había empezadoa trabajar en una biblioteca -de la que sería destituido en 1946por el gobierno de Perón- y, de forma marginal, me reseñabala muerte de H. P. Lovecraft. Entonces yo no conocía la obra delautor de Providence; la verdad es que no era conocido por el mundo aún.Recuerdo que Borges escribía en esa carta: Aquel Howard era,en cierta medida, como yo. Tras esos cuentecillos de ciencia-ficción,tan bellamente escritos, se ocultaba un hombre preocupado por el tiempo,por la Eternidad. Sí, James, porque ¿acaso una mente no preocupadapor la eternidad, por el desolador vértigo de los eones podríaplasmar ese terror a aquello que, de tan anciano, hasta el tiempo teme?¿Quién podría concebir sin un amago de mareo, la horribley constatada presencia de aquello que es más viejo que el mismotiempo? (Este fragmento y el resto que cito corresponden al volumenque tengo en preparación: Borges. Correspondencia inédita,1921-1956. Debo aquí, como en el futuro prólogo a esta obra,agradecer a su viuda María Kodama el permiso que me ha otorgadopara la publicación de dichas cartas.)
Estaba claro que Borgesse sintió cautivado por Lovecraft y pronto, como me notificó,se consagró a su estudio, aunque, como atestigua la vasta obra quenos ha legado, no lo notificó a nadie excepto a sus amigos másíntimos. Sé, empero, que durante cierto tiempo estuvo ocupadoen encontrar vestigios reales de libros como el Libro de Eibon oel De Vermis Misteriis, que se citaban en las obras de Lovecraft.
En los añossiguientes apenas tuve contacto con él. En unas pocas cartas meinformaba -hacia 1944- que cierta infección ocular se le agravabay que había terminado Ficciones, una de sus obras maestras,la cual contiene un texto revelador a todo aquello que quiero contar. Dél, Borges me decía: Léelo bien, James, léelobien, porque en él hay algo mucho más real de lo que parece...En este pequeño relato, incluido en Artificios, se nos cuentacomo una orden está en posesión de una gran secreto, el cualno aparece explicitado en todo el relato. ¿Qué me queríadecir Borges con eso? ¿Qué extraño secreto de aquellacomunidad y de él mismo ocultaba y a la vez quería revelar?
En mayo de 1950, pocodespués de haber publicado El Aleph, me escribe: Voy trasde un volumen que, de ser cierta su existencia, cambiaría toda miforma de pensar. Lo he estado buscando durante años, cuando, alparecer, lo tenía a mi lado. Ya te contaré. Son añosen que su prestigio va en aumento, en contraste con la amargura que sufreen casa. Pocas cartas me llegan de él. Hasta 1955.
Ese año, conla caída del general Perón, es nombrado director de la BibliotecaNacional. Poco después, me escribe: Amigo James, no puedes imaginarteel descubrimiento que he hecho. Como director de la Biblioteca Nacional,me está permitido tener acceso a los volúmenes másraros y extraños de nuestra colección. Pues he aquíque en el segundo sótano, después de varias puertas cerradascon una cerradura que la misma llave -la mía- abría, despuésde innumerables pasillos de tomos que duermen el sueño de los justos,llegué a un armario cerrado que mi llave también abrió.Y estaba allí, James. Como lo decía él, como lo atestiguabaaquel librero de La Mandragore de París, sólo queno estaba en la Universidad de Buenos Aires. El Necronomicón.Un volumen increíble e inexplicable. Sí, James, allífue cuando vislumbré el fondo del pozo de la sabiduría humana.Era una edición muy antigua, quizá del XIV, en castellano,pero sin el nombre del amanuense, casi completo, salvo por el final...
En esa carta Borgesparecía completamente fuera de sí. Intenté, durantelas siguientes semanas, llamarle por teléfono para hablar con ély calamarle, pero fue imposible localizarlo. Me llegaron cartas de BioyCasares comunicándome el azoramiento de Borges. Parecía quesu decubrimiento le había trastornado. No era para menos. En aquelsótano, Borges se encontró con que, de pronto, todo aquelmundo de fantasía, vislumbrado apenas, quizá temido, se convertía-como en una de esas pesadillas cortazarianas- en realidad, que los términosde idea y mundo se invertían y negaban.
A finales de aquelaño, recibí una carta suya. En ella se encontraba mucho mástranquilo y sereno. Finalmente, me decía, todo ha terminado,con mi ceguera. Mi visión es ya nula; dependo de mi madre y de misamigos. El Necronomicón me ha mostrado cosas terribles, no quierosaber nada más de él. De ahora en adelante jamás lomencionaré ni citaré siquiera su existencia.
Desde entonces, hastasu muerte y más allá, siempre me he preguntado quévio Borges en el Necronomicón y qué leyó. ¿Yesa frase tan ambigua, "todo ha terminado, con mi ceguera", tan extrañamentepuntuada para un perfecto conocedor del idioma como él? ¿Sellódefinitivamente el Necronomicón la ceguera de Borges? ¿Acasofue una misericordia divina que ésta se le agravara en esas circunstancias?¿Oquizá Borges se provocara él mismo aquella ceguera, comosi de un decadente Edipo se tratara, para huir de la amenaza de aquel libro? Ciertamente, no lo sé. Y Borges nunca quiso aclarármeloen posteriores cartas.
Quizá la mentemás lúcida que nos ha dado este siglo fue una de las mássilenciosamente torturadas. Ahora que se cumplen ... años de sunacimiento y hace tanto que nos dejó, creo que este episodio desu vida puede servirnos a todos para valorarlo y comprenderlo un poco más.
Publicado en la revista Bolsa de Pipas nº 25 (juliode 2001).