El acólito anónimo
por
José Oliver

I

        Mi nombre no importa. La verdades que ya nada importa. Y ahora que estoy en posesión de tan terribleshechos, debo narrar los acontecimientos que me han sucedido, y por el biende quien lea esto, espero que nunca tenga oportunidad de vivirlos. Lo másprobable, sin embargo, es que el lector no crea la horripilante historiaque transcribo, pero debo hacerlo por lo menos para sanear un poco mi yamaltrecha y debilitada cordura y poder, al fin, descansar en paz.
        El caso es que soy un adolescentenormal, que pudiera vivir en cualquier ciudad del mundo, y estudiar encualquier instituto. La verdad es que eso no tiene importancia. Siemprehe sido de naturaleza solitaria, con muy pocos y contados amigos, que pudieranser llamados algo más que compañeros. En los estudios nome destaqué precisamente por mis fracasos, y siempre tuve ciertainclinación innata por las letras. Cuando empecé los estudiosde latín me sentí tan atraído por esta disciplina-evocadora de los enigmas del pasado- que enseguida me puse de los primerosde la clase. En cuanto a aficiones, siempre me encantó leer, y enmi infancia tuve entre mis favoritos a autores como Verne o Poe. Cuandoingresé en el instituto pude conocer la literatura de un escritorpoco conocido llamado Howard Philips Lovecraft, un autor de ciencia-ficciónque basaba sus terroríficas novelas en seres horribles y blasfemosque en un pasado olvidado por el hombre habían habitado nuestroplaneta. Y eran éstas unas entidades terribles y abominables, sinpunto de comparación a toda la vida orgánica que ha conocidoel hombre, carentes incluso de materias físicas, seres primordiales,dioses... Me fascinó el mundo que encerraba este escritor -y otros-en su denominado ciclo de los Mitos de Cthulhu, un compendio de narracionescortas sobre esos monstruos.
        Me enfrasqué en todoslos libros que pude conseguir de ese autor, dejando mis otras lecturasaparcadas. Conocí a Cthulhu, el que duerme y sueña en sumorada de R´lyeh; a Yog-Sothoth, el que acecha en el umbral; a Hastur,el innombrable; a los Mi-Go, la raza de crustáceos voladores deYuggoth; a la Gran Raza, que acumula el archivo de todo lo que fue y seráen Yith; al silencioso y rápido Wéndigo; a Nyarlathotep,el mensajero de los Dioses Primigenios; a Shub-Niggurath, la cabra de losmil retoños; a los terribles anfibios Profundos; a los ghoules,dholes, tcho-tchos, tsathogguas, cthonnians, y una larga lista de criaturasblasfemas. Estas narraciones mencionaban a escritores que tuvieron la valentíade referirse a seres que desafiaban la imaginación del loco másenajenado de su época: libros como  el terrible Necronomicóndel árabe loco Abdul Alhazred, o el De Vermiis Misteris, o el Librode Eibon, o... pero no voy a incordiar citando obras y seres que, en realidad,nadie habría de conocer. El caso es que entre toda esa amalgamade seres primordiales y libros malditos se movían mis horas libres,incluso los pequeños descansos entre clase y clase. De hecho, esaafición me embargaba de una manera tan fuerte que mis compañerosno tardaron en advertirlo. Fue en esa época cuando empecéa tener extraños sueños relacionados con lo que leía.Los sueños, que cada vez se repetían con más insistencia,eran siempre los mismos. Me veía a mí mismo en un confusorecinto lleno de voces inhumanas, delante de un altar blanco manchado desangre, vistiendo un hábito negro, levantando los brazos y clamandoal cielo algo que ahora se me antoja ininteligible: "Ia Yog-Sothoth, IaShub-Niggurath, n´gahrlgnaá iegn´laaan....". Gritabay gritaba, a pleno pulmón, hasta desfallecer en el momento en queuna criatura innominable, que no podía ver bien, aparecíaentre las tinieblas que me rodeaban. Era una visión tan pavorosaque, por más que conociera vagamente lo que estaba haciendo (esobvio que estaba relacionado con las espantosas invocaciones a los seresprimigenios que solían aparecer en los libros que leía),no podía evitar despertarme gritando empapado en sudor frío.Casi sin notarlo fui cambiando de carácter, y aunque fuera tímido,retraído, y más bien débil físicamente, empecéa mostrar mis resentimientos con las personas con las que  me llevabamal, (pues hasta el momento simplemente las evitaba), bien con alguna sagazironía, bien con alguna mirada, más que severa, aterradoraa juicio de algunos. Eso me llevó a crearme más enemistadesde las que quisiera, aunque francamente, no me preocupaba en demasía.La verdad, bueno, es que sí me importaba un poco. Estaba ella. Eramuy hermosa. Lucía una larga cabellera castaña que brillabaa la luz del sol con un fulgor dorado; sus ojos eran verdes y profundoscomo un abismo insondable en los que mi mirada se perdía, y su cuerpomodelado -casi cincelado por la obra de un insólito demiurgo- meatraía irremisiblemente. Estaba en la misma clase que yo, aunquepocas eran las palabras que hasta entonces habíamos cruzado. Cuandola conocí, me impactó de tal manera que la amé fatalmente, en una especie de obsesión infundada. No sabía por qué,quizá porque creía que era el único lazo agradablecon el mundo real que me quedaba, el nexo racional de mi caóticavida. Ella era encantadora, simpática y alegre, pero misteriosay mística a la vez. Así fue que por ella manteníael contacto con las responsabilidades de mi alrededor. Por aquel entonces,mi hobby era ya para mí una droga; mis sueños, repetitivos;y mi obsesión por esos primordiales seres me llevaba a nombrarlosa cada instante.
 
 

II

        Pero hasta aquí sólohe explicado el prólogo de la diabólica función. Lasituación viró de una forma imprevista cuando, pocas semanasdespués, volvía a casa solo. A través de las callessolitarias del barrio llegué a una esquina donde me parecióoír las voces de un hombre y una mujer. Iba a doblarla cuando vique las voces eran las de mi amada y de un sujeto que rondaría lostreinta años, mal arreglado, que hablaba agriamente moviendo unpequeño cuchillo entre las menos. A su lado había otro personaje,igualmente mal vestido, que callaba y asentía. Todo sucediómuy rápido. Al ver reflejado el pánico en la cara de ella,y aun siendo yo débil, y ellos dos y armados, decidía actuarpor miedo a que tomara daño. Me lancé contra el individuodel cuchillo y lo derribé de un puñetazo con el que yo caítambién sobre él. Sin prestar atención al acompañanteempecé a pegarle ciegamente, como impulsado por una bestia interior,agazapada pero al fin suelta, que anhelaba matar todo lo que le habíanprivado. Pronto la nariz del violador empezó a chorrear sangre ysu cara quedó empapada en el líquido rojizo. Incapaz de detenerme por el extraño placer de masacrar la cara del asaltante, no sentícomo el otro me levantaba de encima de su compañero con una bruscaestirada. Me lanzó al suelo y enseguida sentí una aguda penetraciónen el costado. Cuando el hombre retiró el arma vi que me habíaclavado su cuchillo y la herida sangraba abundantemente como un reguerosin fin. El dolor empezó a afectarme y me cubrí la heridacon las manos, retorciéndole de sufrimiento. Sentí como selevantaba el agresor  maldiciendo mi presencia. Siguieron pegándomepatadas, y en medio de la paliza conseguí medio incorporarme y mirándolosa los ojos con rabia infinita, susurré lo primero que pensé:"Ia Yog-Sothoth, llévate a estos hijos de puta..." Antes de desmayarme,oyendo los gritos de mi amada, que huía en dirección contrariaa lo que lo hacían los dos delincuentes, me acuerdo que notéun gélido viento que provenía de detrás de mí,y la inquietante presencia de alguien allí mismo. Lo últimoque pensé fue que serían alucinaciones del insoportable dolor,pero poco tiempo después habría de ver que no fue así...
 
 

III

        Me desperté en la camade mi casa, en las tinieblas de mi habitación. Sentí unapresencia extraña que me observaba, pero que al intentar averiguardonde se ocultaba desapareció. Fue entonces cuando reparéen que, al lado derecho de mi cama, durmiendo en una butaca, se encontrabami estimada amiga. Cuando me recliné de nuevo en la cama, ella despertó.
    -¿Cómo te encuentras? -me preguntócariñosamente, incorporándose y acercándose a la cama.
    -Oh, bien. -contesté turbado.
    -El médico ha dicho que no es nada. Una heridapoco profunda... En pocos días estarás bien. Unos pocos puntoshan bastado.-intentó sonreír para animarme.
    -¿Cuánto tiempo...
    -Eeh... dos días, quiero decir, desde lode...
        Los dos, de repente, nosencontramos separados por un muro de silencio bastante incómodo.La verdad es que no había tenido muchas ocasiones de hablar conella a solas. No podía perder la oportunidad de dejarla sin decirlealgo, ni insinuar no que sentía por ella.
    -No tenías que haberlo hecho. Podríanhaberte matado -me dijo.
    -Y a ti también. Pero no lo hicieron.
    -Ya lo sé... Mira, te estoy muy agradecida,no creas que no; pero un poco de dinero no vale una vida....
        A medida que hablaba, podíasentir como paulatinamente iba alzando el tono de voz.
    -No podía dejar de ayudarte -masculléobstinadamente.
    -Supongo que no. Pero, ¡otra cosa es intentardar una paliza a un ladrón cuando uno es... bueno, enclenque comotú!
    -Yo...
    -¿Tú qué? -contestógritando, acercando su cara a la mía- ¿Acaso estástan ciego que no viste que, si hubieran querido, te habrían matadoallí mismo?
    -Yo... -dije poniendo mi nerviosa mano sobre lasuya- lo hice... porque... te quiero.

        Su expresión de enfadocambió a perplejidad.
    -Dios... te quiero... por eso lo hice...-repetímirando al suelo, incapaz de aguantar su mirada, su expresión enese momento.
    -Oh... -se retiró un poco. El inquietantesilencio volvió a apoderarse de la habitación - yo... tengoque irme.
Se incorporó un poco, pero le sujeté la mano que teníaen la mía, y, venciendo todos mis miedos, la miré, con unamezcla de amor sincero y honestidad. Ella se paró.
    -Adiós... -se acercó y me besóla mejilla. Le solté la mano. Se alejó. Oí como laspuertas que iba dejando atrás se cerraban.
    -Mierda.
 
 

IV

        Aunque la visita de mi amadame había dejado con un amargo sabor de boca, más que nadapor su inesperado final, el hallazgo más macabro que hice fue unapar de días más tarde, cuando recogí el periódicoque una vecina me prestó para entretenerme. Era de unos díasantes... creo que perdí el conocimiento por unos instantes al leeraquella tétrica noticia.

Hallados dos cadáveres brutalmente mutilados.

 <<Ayer efectivos de la policía encontraron enel callejón sin salida de la calle X  los cuerpos de dos personashorriblemente mutilados. En el callejón, que suele ser frecuentadopor  algunos mendigos y drogadictos, se encontraron pequeñosrestos humanos disgregados, como manos y piernas cercenadas, entre lasparedes totalmente bañadas en sangre. Aún se desconocen losmotivos y los culpables de semejante carnicería, que ha conmovidoa todo el barrio bajo de la ciudad. La policía no ha querido hacerdeclaraciones, simplemente ha comentado el extraño hecho de queno hayan aparecido testigos, lo que apuntaría posiblemente a unmacabro ajuste de cuentas entre malhechores.>>

         Ciertamente me preocupóla nueva. ¿No podían ser aquellos delincuentes que nos atacaron?¿Había sido yo el causante, en mi desesperada maldición?Quizá algún ajuste de cuentas... ¿con esa sádicacarnicería? No. Oh, Dios, hasta ese momento todos el mundo de losMitos había sido una vía de escape de la realidad. Pero,¿qué maldita proporción adquiría ahora? Penséque si había podido destruir a dos atracadores así, casisin quererlo, ¿qué podría hacer deliberadamente? Pensé,locamente, en matar a todos los enemigos de la sociedad, a todos los adversariosdel mundo que yo quería.... pero, oh no, no podía ser.        Tenía que ser una coincidencia. Sí. Tenía que convencermede que así era.
         En los díassiguientes, mis sueños de invocaciones cthulhuideas fueron repitiéndose,y la sensación de que alguien me observaba, incluso dentro de mihabitación, en la inquietante oscuridad, fue a más. Estohizo que la hipotética teoría de que aquellos delincuenteshubieran muerto por causas ajenas a mí se tambaleara seriamente.Decidí que la manera de solucionarlo sería probar de realizarlode nuevo.
         Me concentréen el recuerdo de un compañero de estudios que siempre se habíametido conmigo en el pasado, tachándome de debilucho, riéndosesiempre que podía a mi costa. En verdad ese carácter burlón,y en cierta manera la creencia de su superioridad hacían que pensaraen él a la hora de realizar esa horrorosa prueba de mi supuestopoder. Recuerdo que, en una ocasión, estaba leyendo unos cuentosde Machen, como siempre entre clase y clase, cuando vino este sujeto, yme quitó las gafas. Le pedí amablemente que me las devolviera,a lo que contestó:
     -¿Por qué no vienes túa buscarlas? Te irá bien algún ejercicio.
         Me levantéy él retrocedió jugando con mis lentes, pasándoselasde mano en mano, hasta que en un intencionado descuido cayeron al sueloy se rompieron. Los dos nos quedamos mirándolas, yo enfadado y él,con un ademán irónico profirió una falsa disculpa,para marcharse después. Mientras se marchaba, y yo lo veíaalejándose, una sonrisa malévola afloró en mis labios.Recordé algunos textos de Poe, donde el protagonista, ansioso dematar a su enemigo, procuraba antes su amistad y, merecedor de su confianza,disponía el momento más propicio para ejecutarle. Yo no haríaigual, pero juré que algún día ese cerdo me pagaríatodas sus ofensas.
         Me concentré,pues, enfocando todo mi odio, toda mi rabia hacia él, invocandoa Yog-Sothoth nombrándolo una y otra vez, a la vez que pensaba comosería de terrible su muerte...
         A la mañanasiguiente, y aunque a duras penas podría haberlo imaginado, me asustésobremanera cuando leí:

Confusa muerte de un joven en la calle X
 <<Ayer tuvo lugar el más macabro incidente dela historia de nuestra ciudad: en el domicilio de C. J. S., un joven estudiantede vida normal, se encontró a éste decapitado en el suelode su habitación-gimnasio. Parece ser que la cabeza de la víctimaexplotó a juzgar por la masa encefálica y la sangre que ensuciabatoda la habitación. La policía no se explica el suceso: sedescarta el suicidio y se está investigando a la familia del muertopor si pudiera haber alguna relación con el no menos horripilanteasesinato del callejón X de hace unos días...>>

        ¡Dios, era real! Enmí estaba el maldito poder de la destrucción, y ya lo habíaprobado dos veces. Ahora sí que la teoría se hacíapráctica. Podría... no, la situación habíaadquirido un tono demasiado lúgubre. Tenía que alejarme deese poder. Sí. Era malo... pero se podrían hacer tantas cosascon él... Me debatí furiosamente por controlar la situación,tenía que olvidarme de todo esto si no quería ser destruidopor mis propios poderes, pero ¿cómo? ¡Claro! Ella,mi amada, mi nexo con la realidad. Con ella podría ser feliz y olvidaríatodas mis pesadillas. Me olvidaría de Yog-Sothoth. De Lovecraft.De todo. Sí.
         Fui a su casa. Teníaque verla, estar con ella. Era lo mejor que podía hacer. Caminédistraído hasta su hogar, en un día que amenazaba tormenta.Las nubes habían encapotado todo el cielo. Así supuse queallí la encontraría. En la rápida salida habíadescuidado el paraguas. Llegué a su casa y llamé a la puerta.Me abrió una mujer de aspecto afable, de parecido a mi amada, asíque supuse que sería su madre.
     -Buenas tardes, señora ¿estásu hija? -pregunté.
     -Esto... no. Ha salido. No sé cuandovolverá... -"mierda", pensé- ¿Quieres que le digaalgo?
     -No, no hace falta -contesté abatido-.Yavolveré. Adiós.
     -Hasta luego, chico.

         La misma presenciade su progenitora me recordaba la belleza y el encanto de mi amada. Erauna mujer encantadora, me había caído bien. Ojalá,pensé, ella fuera así en el futuro. De todas maneras, elplan se me había chafado.
         Entristecido en partepor el hecho anterior, llegué merodeando hasta el parque, la zonaverde más bonita de la ciudad.     Me sentéen un banco, cabizbajo, y cuando levanté me quedé petrificado.Delante de mí, y separada por un seto, había una pequeñacolina verde, adornada por un árbol, y de espaldas a mí estabami amada chica conversando alegremente con un chico, tumbados en la hierba.En ese momento empezó a llover, pero no me di cuenta. Ellos sí,porque los dos se levantaron a la vez que el chico abría un paraguas.Ella se aferró a él, y él la besó.
         No puedo describiraquí lo mal que me sentí en ese momento. El mundo se hundiópara mí y yo caía y caía en un abismo sin fin en elque unos tentáculos me cogían, y me destrozaban. Ellos sefueron. Pero yo permanecí inmóvil bajo la tremenda lluviaque caía, absorto por la visión que acababa de contemplar.Sentí rabia, impotencia, y una tristeza infinita. Por una milésimade segundo, por un instante, la odié y deseé su muerte, perorápidamente deseché esos pensamientos. La quería demasiadopara eso. Cayó un espectacular rayo y le siguió un truenoque retumbó ampliamente y me hizo estremecer.... porque másque un trueno era la risa del demonio...
         Un hombre pasócorriendo y me sacó de mi ensimismamiento pegándome un empujón.
     -Chico, ¡ponte a cubierto! ¿Esque estás tonto?
         Volví a casalentamente, por las desiertas calles, entre rayos, truenos y la brutalcaída de agua. Llegué empapado, pero no me importaba. Alanochecer no esperé más y me fui a la cama.
         Pero fue peor.
         Mi sueño fueuna debacle acuática, una orgía de calles solitarias rodeadasde casas de las que asomaban extremidades deformes de bestias innominables.Corría y corría bajo la lluvia persiguiendo la sombra deuna pareja. Veía como él desaparecía en la bruma yquedaba bajo el aguacero junto a ella. Yo llevaba una cinta en la frentey un cuchillo lleno de grabados rúnicos de inquietante familiaridad.Me aproximaba a ella alzando el arma, salmodiando nombres malditos de diosesprimordiales, y ella, pálida, -casi desnuda, como ahora podíareparar- no reaccionaba.
     -¡¡Nooo!! -gritaba yo, observandoimpotente la escena, como un lejano espectador.
         Me quedé atónitocuando finalmente mi figura se acercó a ella con una macabra risay le clavó una infinidad de veces el cuchillo, y ella se derrumbóenvuelta en sangre.
     -¡¡¡Noooooooo!!!!
         Me despertégritando como un poseso. El corazón me latía descontroladamente,podía retumbando con el eco de cien martillazos en mi pecho. Esanoche no pude dormir más.
 
 

V

         A la mañana siguiente,a la entrada del instituto, todo el mundo parecía entristecido,incluso vi a alguna chica llorando. Una gota de sudor me resbalópor la frente. Pregunté a un compañero qué era loque ocurría.
     -¿No te has enterado? Dios, han matadoa X.... la encontraron muerta en la cama, no me dijeron de qué.Dios Santo....
         Me puse blanco derepente. Tuve que sentarme porque creía que iba a vomitar.
         La noticia se extendióy se confirmó. Las clases se suspendieron. Se organizó lacapilla ardiente y el funeral. Fuimos hasta allí. Pude ver a sumadre, aquella mujer tan simpática, llorando desconsoladamente sobreel féretro de su hija. No pude más. Me alejé corriendoen una huida sin sentido. La había matado. DIOS, LA HABÍAMATADO. Sólo por pensar por una milésima de segundo, porun instante, su muerte. Tenía que terminar todo aquello. MalditoYog-Sothoth. No podía seguir permitiendo que el destructivo y ancianopoder se cobrara más vidas. Ahora lo veía claro: desde unprincipio, el poder blasfemo de los dioses primigenios se escapa de lasmanos de los humanos. Muchos lo han intentado, pero nadie ha podido. Nopodemos ni siquiera pensar en utilizarlo. Yo lo he hecho y el precio quehe pagado aun no ha sido saldado...

         Este es mi relato.Ahora mi alma ya descansa en paz. Lo único que me queda por cumplires abandonar este loco mundo para que Yog-Sothoth no se cobre másvíctimas. He quemado todos los libros malditos de Lovecraft. Quizásahora entiendo por qué murió tan joven.
         Aún no se cómolo haré. Pero eso es lo de menos. Lo que el lector tiene que haceres aprender de este relato para que no se repita. Hay cosas que el hombreno debe conocer; está destinado a no saber. Sólo viviremosfelices con los ojos cerrados a la realidad cósmica que es en rea...Mierda, un ruido por la ventana. Dios mío, no puede ser. Se acercalentamente. Es un ruido escalofriante, como el horrible chapoteo de unamasa informe. Viene hacia aquí. És ÉL. Lo sabe. Vienea por mí. Quiere que vaya con él. Santo Dios... Esto es innominable,es
 
 
 
 

Manuscrito hallado en casa  de X, cuyo cadáver no presentabaninguna agresión externa que justificara su muerte, pese a que seencontró una pistola en la habitación del sujeto. El casofue investigado, e intentado de relacionar con las muertes, tambiénen extrañas circunstancias, de dos drogadictos, del estudiante X,y de la joven X (los tres adolescentes era, curiosamente, compañerosde clase), sin que se encontraran nexos o posibles relaciones. El casoquedó archivado como muerte por colapso.
INFORME 00310245X-6F. Cuerpo Nacional de Policía. Secciónde Homicidios.
 

Palma.  Escrito el 18-9-1995
Revisado 18-9-1999
 
 

Volver al Índice de autores colaboradores