José Oliver

        José A. Oliver Marroig (1979) es licenciado en Filología Hispánica. En su etapa universitaria codirigió la revista Lázaro. En la actualidad, malgasta su tiempo libre en el proyecto Cisne Negro (fanzine, webzine, bitácora, etc.), la guionización de las tiras El joven Lovecraft y otros muchos proyectos. En 1997 fue galardonado con el premio No me toques los mitos por el relato Aurora, en 2001 recibió una mención especial en Art Jove  por Citerea en ruinas. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas literarias Revelaciones Insanas, Gargaroi, La Bolsa de Pipas, y las digitales Puertas Abiertas, Ariadna-rc, El coloquio de los perros, Qliphoth, etc.


Cthulhu

                                                                                                   A Henry Armitage

                   Bajo el pútrido ponto
           en que criaturas impías
           realizan sacrílegos rituales,
           descansa un ser
           cuyo nombre a cien sabios enloqueció,
           y su onírico altar
           es la anciana R´lyeh,
           donde duerme y sueña
           alimentándose de mis pesadillas.
           Esperando que un día
           el signo sea retirado
           y su presencia de nuevo nos maldiga,
           Cthulhu me devora en sueños,
           para vomitarme en la vigilia.

                              Publicado originalmente en Revelaciones Insanas nº2 (1998)
 
 

Septiembre

                   Silenciosas, tristes tardes de otoño,
           de calles desiertas, de un sol enfermo
           por la amargura.
           Las raíces de un pino
           horadan el asfalto.
           Los niños duermen.
           Un grillo perfora la memoria
           de la tierra con su lenta sonata.
           Y todas las calles del pueblo huelen
           a humo, a pan, a ti.

           El sol dibuja una sombra (mi sombra)
           que te persigue
           y a veces se confunde
           entre los pinos.
                                    De Citerea en ruinas y otros poemas (2000)
 
 

Citerea en ruinas

                   Llegué a Citerea y sólo encontré ruinas.
           Pedazos de columnas
           yacían sobre la hierba,
           hundidos en la tierra, olvidados.
           El blanco marmóreo
           de las piedras brillaba
           con la luz del ocaso.
           No quedaban ya ni templos ni horcas.
           Algunas gaviotas se posaban
           en una venus negra, mutilada
           por el tiempo.
           Y, sin embargo, aún
           se respiraba en la isla
           el aroma de sus muslos.

                                      Publicado en Lázaro nº 2 (2000)
 
 

The memory remains

Cuando el calor se apague entre nosotros,
cuando el fuego se extinga
y hayas hecho brotar otra llama
en el ánimo de otro afortunado;
cuando en la habitación
en la que consumimos el deseo
de tantas noches lúbricas
sólo quede de ti
un rescoldo del olor de tu piel,
ten por seguro
que la memoria permanecerá
y que el placer
que grabaste a fuego en mi interior
será una herida que sangrará
siempre que oiga tu nombre.




Prosa
 

El segador

               Perdido en la obscuridad, en aquel año en que el aire se volvió rancio y cruel, el pálido resplandor de la hoja de la hermana de Morfeo vio pasar de cerca mi angustiado y sudoroso hábito monacal. Los visitantes de Hades se acumulaban ante mis ojos y la podredumbre delas calles revolvía con sarcasmo mis maceradas tripas. Apolo se ocultó definitivamente en el reinado de Poseidón casi al mismo tiempo en que mi alma caía en los brazos de Hipnos de una forma tan obnubiladora que mi estado quisieron confundirlo los augurios."Voto a Dios -dirían- que eras muerto; tu faz parecía decirnos<<ven conmigo y sueña para siempre>>, por eso lo hicimos".Mi turbada ánima no recuerda más que obscuros pasajes de ese macabro paseo, trasportado por varios Atlas, fraternales y apesadumbrados; rítmicos estremecimientos y confusos ecos de voces que recordaban con horror pasados temores. Entre al neblina de Selene avanzaron hacia el oficio de mi propio réquiem. Si les hubiera podido decir "venid conmigo y contemplad cómo mi sueño ha acabado, cómo mis ojos se han abierto"... pero mi camino era ya inescrutable; mi epitafio sería sólo una agonía órfica que nadie escucharía jamás.
               Caí, sí, caí en la noche eterna del alma, en el sopor de las tinieblas,  abrazado y confuso por Caronte, como si me hubiera echado de su barca mortuoria; y de repente, sentí las pútridas aguas de la laguna Estigia en mis ojos, ciegos por la obscuridad, y mi entumecido cuerpo chocó con el resto de cuerpos que esperaban en las puertas del Averno, lentamente devorados por Cancerbero. La rigidez del buen cristiano allí sentí, y también la maligna flacidez de aquella perversa bacanal sangrienta; todos, todos allí, como víctimas de la hecatombe, como en el sacrificio de cien bueyes, como las almas que esperan entrar en el Jardín de las Delicias perdido cuando ya todo es corrupción. Estaba atrapado en el reino del gusano que todo lo horada, inmóvil por el miedo y el peso de la angustia; enrarecido el aire y plagado de insectos repugnantes. Mi agonía había de terminar, la puerta se cerraba.
               Mi espíritu flotaba entre las inmundas y putrefactas aguas, divagando sobre la hoja del Segador, cuya cosecha maldita llevaba ya atada a la espalda. Nada me unía ya a Gaia, tan sólo fastuosos mármoles que recitaban nombres inmisericordes a mi recuerdo... Intenté ascender, aferrándome locamente a mi alrededor, sintiendo la lividez y la corrupción en mis manos; mi situación no variaba, y me di cuenta de que no podía moverme; de que mi rigidez no difería en nada a la de mis semejantes, amontonados en una macabra torre de Babel en pos de una salida que ninguno de ellos alcanzaría, de un rostro divino que ninguno vería;  de que su infernal apariencia erala mía; y me di cuenta de que yo estaba con ellos, que el Segador me llevaba con él en su manojo, de que desde el principio su hoja había rasgado la plata de mi cuello y que mi agonía nunca empezó.

                                                   Publicado originalmente en Cisne Negro nº 1 (2000)
 
 

        Relato corto: El acólito anónimo
(por su extensión, lo incluimos en otra página).

Otro relato corto: De un fragmento no narrado de la vida de Borges

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