El barón del metro
Loco, ataviado siempre del color que caracterizasu pensamiento: negro, serio, sin risas estúpidas matizando su dolienterostro, su cruenta e irónica mirada. A veces se le veía conla cabeza en alto y las palmas de sus manos juntas en actitud oratoriaentonando con suave voz y ronca a la vez: algunos pasajes de las lamentacionesbíblicas.
Zapatos viejos que dejaban ver en sus tacones uncaminar disparejo, risible, un pantalón que le hacía vermucho más delgado, camisa obscura y brillante por el avanzado uso,una corbata guinda metálico completa el funesto encuentro del saconegro roído por el polvo y el smog de la ciudad, y, a pesar de nonecesitarlo, siempre traía consigo un bastón de madera teñiday un sombrero...
Caminando diario, hora tras hora, hasta el últimomomento, hasta que el cansancio o el ansia lo vencía, hasta quelo sacaban de allí.
Nunca mira totalmente de frente, sólo lanzacual bestia de caza disimulados y penetrantes juegos de negros ojos ahuyentandoindirectamente a los hijos bastardos de la bestia naranja.
Supongo que no escuchaba las mil murmuraciones dichasa sus espaldas, pues sus oídos eran cubiertos por el placebo delmundo etéreo de la música, su redención...
Siempre lo mismo, el mismo lugar lleno de burlasy correrías, lugar de la misería siamesa de la prole, lugarde “alta seguridad”, su lugar favorito: “el metro”; por eso era conocidoen ese infierno urbano como “el loco”, “el darketo”, “el Barón delmetro”.
Loco, completamente loco. ¿Quiénesson ellos para catalogarlo de esa forma? ¿Acaso gozan de lafalaz cordura? ¡Malditos ignorantes! Le temen por el consenso y laimagen que tienen del delincuente; le temen porque es desconocido a suimbécil y carente sentido común. Te temen, gran Barón,te piensan malo, asesino, vampiro, ¿y lo eres?
Barón del metro burlonamente te reconoceny no saben en realidad... No saben de tu amor por ella, del abandono delos tuyos, de tu alma pútrida en el negro de tu vieja ropa semejandoeterno luto, de tu vida rodeada de soledad y rechazo, de tus mil escritoshablando de históricos desprecios y quiimeras petrificadas respirandola polución desfrazada de progreso y status social en esta ciudadde odio e ignorancia. ¡¡Malditos!! Gritasa veces cuando la enorme bestia devoradora de personas llega a una de susvarias e ínfimas madrigueras, y siempre trae algo nuevo, pero porhermoso o bizarro que sea, nunca trae lo que tanto deseas.
Y recuerdas, recuerdas el 16 de septiembre, recuerdasa “los malditos buscando como perros en celo las feromonas, origen de suexaltación al entrar al reino de los desconocidos, recuerdas. Perotu no eras así, eras amable, amigable, cedías tu lugar, turopa era del color de tu alegría, no eras “el Barón”, erasuno de los miles en el reino de los sin rostro hundido en la pasióndel enamoramiento. Y antes de que el metro llegue tomas a tu amada de lamano y esperas diez centímetros antes de la línea de seguridad,la gente no importa...
-Paula: aún me hechizas con el sotilegiocafé obscuro de tus ojos, ¡te amo!
Y se acerca el metro en su cotidiano e incansableir y venir, entonces besas a Paula, la abrazas y comienzan a moversecadenciosamente en una suerte de muy estúpida danza de amor. Y,sumergidos en el mar de la pasión, respirando humos mutuos, no temenla llegada de la bestia naranja, están a diez centímetrosde la linea de seguridad y tan perdidos en su embrujo personal.
Todo pasó tan rápido, al punto delo irreal, fue en las entrañas de su vaivén, cuando ella,tu amada Paula, la creadora y dueña de tu feliz vida, pasósin querer, empujada por el autismo provocado por tu saliva, másallá de los diez centímetros de la línea de seguridad,cayó y pudo besar con la misma pasión el metal electrificadode los durmientes que esperando estaban al encuentro de la bella, los mismosque en un instante con su vida terminaron antes que el metro terminaradespedazando su débil e inerte cuerpo.
¡¡Malditos!! Lo único que hacenes murmurar y nada más, como perros hambrientos atraídospor el olor a sangre y morbo, y por más que estúpida e inconscientementepido ayuda, todos me miran con asquerosa y obligada lástima, y sinrecibirla escucho entre risas, gritos y lamentos:
-Pobrecito.
-Vi como la aventó; no seas güey, laneta ella se suicidó...
-¡¡¡Ayuda!!!
-Ave María, pobre chamaca...
-Ábranse, ahí vienen los de seguridad.
-¡¡¡Ayúdenme!!!-
-Silencio...
-Y desde ese día estás en silenciosoluto, deambulando, velando mi recuerdo muerto, recordando mi cuerpo relegadola nada, carne y sangre, a un instante; fúnebre. Y aquí vienesdiario como si esperaras mi regreso. Amado: nunca volveré, perojúrame que nunca dejarás de asistir aquí, al lugarde nuestro beso último. Anda querido, reza las obscuras lamentaciones,ruega por mí y respira cada día un poco de mi alma.
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