5 segundos
Con el primer escalónle cubrió una ola de calor, y con el segundo ese calor se convirtióen sudor frío. La acera se volvió un regazo cálidoy J. remoloneó dentro de su chaqueta mientras rememoraba el tactodel bolsillo, cuando sus nudillos se deslizaban por el tejido sintéticoy luego volvían atrás dejando tras de sí la tarjetaplastificada del autobús. Todo ese material tan frío le parecióalgodón cuando calculó la diferencia de precio que tendríaque pagar si perdiera esa tarjeta. De pronto un golpe de viento le devolvióa la realidad. El pequeño auricular derecho se movió, J.lo notó por el viento que siseaba entre los pliegues de su pabellón.Ladeó la cabeza y colocó disimuladamente el pequeñopedazo de caucho. La música se hizo patente, aunque en realidadel disco ya estaba terminando.
Vestía siemprede negro. Aunque eso era mentira, era la imagen que tenía de ella.Debesentirse más segura, pensó mientras la dibujaba encogidade hombros cuando no llevaba ropa oscura. Sus ojos volvieron a ella. Suszapatos estaban sucios, así como los bajos de los pantalones.Tenía las piernas cruzadas, por lo que la tela dibujaba mejor losmuslos. El abrigo no dejaba ver las nalgas, aunque él se agachóligeramente para intentar ver su contorno. Pocas veces mostraba sus curvas,más bien parecía no desear ser femenina. Para él nadade eso tenía que ver con la feminidad, qué ingenuas sonlas mujeres, no entienden lo que pueden hacer con nosotros, ni el poderque tienen. Se sorprendió a sí mismo sonriendo, y encogióel gesto lo más que pudo para disimular. La miró otra vez.Su mano izquierda sostenía el bolígrafo ocultando para éllo que escribía. Los movimientos eran cortos, lo que le hizo fijarseen la cruz que colgaba de su cuello y que se balanceaba con el ritmo dela escritura. Un enorme mechón de pelo cubría la cara, ysólo se distinguía la tez pálida y suave. Élapartó la mirada cuando ella se incorporó. Se quedócomo siempre con la misma idea. Quiero besar esa piel.