Eduardo López Hinton
 

La isla perpetua

        Así quedó Leticiade nuevo impasible, de pie, a la espera del instante, como unas cuantashoras antes, cuando improvisó un viaje dentro de otro viaje y emprendióel camino que la había de conducir hasta las puertas del mercadillode Sa Mola.
Frente a éstas sentía la fatiga por los esfuerzos y losexcesos realizados, como sentía la sonrisa irónica, la muecade un triste realismo, mientras observaba a los coches insultándosebuscando sitio, las parejas que iban y venían, los grupos que seiban formando a las puertas,  reducidos colectivos reunidos y dispersospor el lugar al que escaparon, décadas atrás, los primeroshippies. De ellos debía quedar algún vestigio, algúntestimonio vivo tras los puestos y tenderetes, tras los pareos, los vestidos,los bolsos, anillos, collares y pulseras. Caminaba Leticia sin comprarnada, abstraída y receptiva a cada detalle, por las estrechas callejuelas,casi pasillos de muchedumbres, del mercadillo, con una capacidad de observaciónque le resultaba ajena.
 No le quedaban ganas ni fuerzas para ponerse a comprar. No buscababisutería alguna, ni ropa con la que adornarse. Sonrió, esosí, cuando vio las lagartijas dibujadas o talladas en los ceniceros,y las recordó escondiéndose a su paso, mientras venía.En realidad ese rastro no era distinto a los puestos que encontrópor las calles de Ibiza, a los pies de Dalt Vila, mientras hacíatiempo para subir al barco que la llevase a Formentera. En éstepudo saber, por unos que hacían una especie de reportaje, que esaisla estuvo abandonada y que fue refugio de piratas, que en ella los yacimientos,antiguos como la historia, eran los más importantes del archipiélago,que una bici es el vehículo ideal para la isla.
        Con las primeras pedaleadasse adentró por polvorientos senderos, vaciados del ruido de lascivilizaciones y los coches. En las saladas aguas de los estanques se reflejabanlos edificios y los hoteles. Por entre las piedras del camino se entrelazabanlas huellas de otras bicicletas. Bastaban para indicar los caminos e invitara surcarlos.
Cruzaba los núcleos urbanos y salía de ellos casi sinenterarse. Visitó fondas, plazas y supermercados, y dio con el caminoviejo de Sa Mola, isla dentro de una isla, refugio último de lapuesta en práctica de las utopías. A medida que avanzabacelérica por el camino, Sa Mola iba formándose ante ella.Surcaba el brazo de tierra y playas sin acordarse de las carreteras, escuchandoel huidizo viento en el trigo, mecida por los pedaleos y las fraganciasde los higueros, sin saber que las tierras que cruzaba se formaron conlos sedimentos que amontonaron las mareas y los vientos. Subió aSa Mola a través de los restos de un camino romano que las lluviashabían tornado en torrente empedrado, ruina adornada con vegetaciones.Llegar al mercadillo fue volver a las muchedumbres y a sus compras, sentarseen el suelo, frente a un falso escenario y hacer que escucha a los músicos,al otro lado de la fila de discos en venta a mil quinientas.
        Vives en una fantasía,Leticia. No hay fundas de guitarras gastadas, ni sombreros invertidos.Qué esperabas.
        Entonces salió delmercadillo, rumbo hacia el faro que se divisaba a lo lejos, al otro extremode una carretera recta como la obstinación. El faro del fin delmundo, tal y como lo bautizó Verne, el de la luz perpetua sobreel mar inmenso, elevado y altivo sobre el vuelo de los pájaros.Dejó la bici en el suelo tirada y se adelantó hasta el bordedel acantilado, ante un mar tan vasto e infinito como el que se agitabadentro de ella y se derramaba en sus lágrimas.
        Algo después, cuandoel velo del día empezaba a descorrer el firmamento, dio media vueltay se encontró con los ojos de un anciano que estaba sentado en laterraza del bar junto al faro, en el que se venden souvenirs. Parecíaentretenerse con las reacciones de los turistas, y sonreía. Susojos hacían imposible esconder su sonrisa bajo las arrugas.
        Leticia le devolvióla sonrisa. Se miraron sin moverse, lejos el uno del otro, entre piedras,como las lagartijas, ancestrales residentes, propietarias primeras de laisla.

(Aparecido en CN #3)
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