Mueve con la cucharilla el café, y por éste se pierde su mirada, inadaptada a las tempranas horas de la mañana. Queda menos de una hora para el examen y el tiempo parece albergar todos los momentos que, fugaces, entrelazan ocio y obligación. Así, dos figuras dialogan entrando en el agua mientras un interrogante retorcido se dibuja a sí mismo en una página blanca. Ese mismo desierto blanco al que se va a tener que enfrentar.
Sincronizados los pasos de distintas vidas en un mismo caminar, las mañanas estivales albergan una biblioteca justo frente a la puerta de la cafetería de la universidad, como si una imperceptible genialidad arquitectónica las hubiese enfrentado en antagónica lucha, separadas por un pasillo que parece el río del olvido necesario para comunicar ambas vidas bajo una misma piel. Pasillo por el que han pasado también visiones y revisiones de otras asignaturas muy distintas. Los espacios que determinan la extensión de su memoria menos mediata. Horas descatalogadas y dispersas en un espacio no considerado.
La paradoja del insomnio, l cualidad onírica que lo envuelve todo, no sólo a los que sucesivamente van llegando a la cada vez menos desértica cafetería, sino también al cigarro apagado en sus labios, a los pensamientos, a los dos últimos temas apenas leídos, a las palabras multiformes que se deslizan por los apuntes y por la mirada de una memoria fatigada, al tiempo que parecen símbolos indescifrables que alberguen un sentido último, mientras golpean su cabeza como si andasen faltos de sitio.
Y qué bueno que está este café. Incluso tiene más espuma que de costumbre. Camarera nueva, claro. Todavía no ha sufrido un buen octubre. Dentro de poco se le amargarán todos los cafés. Pasará de perder tiempo porque aquí no hacemos artesanía, ni tributos. Hacemos cafés, y cuanto más rápidos los hagas, mejor. Así que ponte las pilas que ya me he quedado contigo. Y así irá aguantando a alumnos, a profesores y, sobre todas las cosas del mundo, al encargado de las mañanas.
Sigue moviendo la cucharilla del café mientras se enciende el cigarro hasta entonces apagado en sus labios. Se dispone a leer por última vez los apuntes cuando su mirada queda detenida ante la armoniosa danza del humo del cigarro y la espuma del café, compartiendo un mismo movimiento, una espiral de luz matérica, un contoneo seductor que le resulta familiar, formasen un contexto amorfo. La belleza resultante de la armonía entre dos elementos que se anhelasen para otorgar sentido, para regalarlo a quien pudiese disfrutarlo, en participativo éxtasis por formar parte de una inmensa canción que sonase desde siempre. La auténtica forma del tiempo en una melodía formada por los sonidos del movimiento. Así pudo verse en el otro extremo de su mirada, contemplándose a sí mismo contemplando. También los rostros del que habías ido a lo largo de su vida lo miraban desde su multiplicidad única, desde esa móvil quietud, contradicción que se burlaba de esas mismas palabras, ahora calladas en su cabeza, interpuestas y dispuestas en oligárquica posición, y que no albergaban ya nada, sino que lo ocultaban, como la letra de una canción que impidiese escucharla música.
¿Qué queda entonces de real en mí? ¿Qué permanece cuando todo se desmorona? ¿Cuánto hay de fiable si ni siquiera soy capaz de ver el bosque por los árboles? Identidad, en una ficción creada por un personaje inventado que hubiese olvidado al actor. Personalidad donde sólo hay imaginación y memoria. Dilatación hacia los dos extremos de un segmento que en esos momentos era tan circular como el quieto movimiento de la espuma sobre el café.
Ya ni le preocupaba el examen, ni el pensamiento, anudado a su memoria como el anzuelo arrancado de una pesca proscrita, como una herida de guerra, como una asignatura pendiente. Pasado falsamente asumido que se anclaba sobre arenas de tiempo quieto. Rencor callado y ropajes raídos. Dicotomizada pugna, desgaste inútil, cuando esa lucha es el acto que impide el movimiento. Actos, movimientos, escondites últimos de su personalidad, volátil y espumosa.
Puede que en el fondo ni me guste fumar. Hasta ese punto me desconozco. Consumidor, devorador malcriado y egoísta de todo lo que me vendan. Perseguidor de tranquilidad tras los cigarros, de identidad bajo la marca de las camisetas de marca, de seguridad en el dinero, cuando seguramente lo único de propiedad sea la decisión de qué hacer con él. Viruta, insignificante y torcida, la madera que nunca será la rama de un árbol, la metonimia imposible por su inaceptable traslación de significados.
La pecunia, sentido intrínseco de mi cualidad más primitiva y básica, cadena y bola de mis vuelos. Persecución, la eterna e inacabable persecución que nunca acaba y cuyo inicio nadie recuerda. Fuerza malgastada, desperdicio tras desperdicio siempre tras de, por, para, según, sin, sobre todo sin, y ya me podrían preguntar las preposiciones porque de eso sí que me acuerdo.
-¿Has sobao?
-Qué va. Hace tiempo que no duermo seis horas.¿Tú has dormido?
-Un poco –mintió. ¿Me da tiempo aun café?- y se sentó.
-Sí. Total, no creo que apruebe –afirmó mientras se encendía el cigarro de antes del examen.