Eduardo López Hinton

        Eduardo LópezHinton, prometedor escritor, fue uno de los ganadores del concurso Nome toques los mitos (1997) con el relato Por un puñado deverbos. Colaborador habitual de Cisne Negro y Lázaro, recientementeha terminado su novela corta La cárcel de los poetas (2001).Actualmente combina su trabajo en Correos con sus estudios de Filología.


Las últimas páginas

        Dos melodías adornabansu sueño, o más bien una, que simultáneamente estabaformada por dos cantos, en la que ninguno predominaba sobre el otro. Unode ellos era proferido por ese mitológico y vetusto ser que en sudevaneo lo llevaba a través de montañosos parajes hacia elnorte, hacia un pequeño pueblo que días atrás ni tansiquiera conocía. El otro era igualmente rítmico, otorgabaéste la armonía de las olas cayendo sucesivas sobre la arena,robando con esos besos el modesto y desinteresado lirismo. Y asísu despertar fue un simultáneo estar en ambos lugares, en ese inhabitadovagón y en las orillas de ese mar que robaba los versos, le escribopoemas al mar, que el anciano, mis recuerdos se marchan con las olas, habíaescrito en la arena y en sus sueños, mis palabras se van con lasmareas, con una rama retorcida, le escribo poemas al mar.
         ¿Y por quéese sueño?¿Por qué un anciano escribiendo efímerosversos sobre la arena? Tal vez fuese fruto de la invitación porla que se encontraba, habiendo emprendido un viaje cuya finalidad desconocía,en ese tren que surcaba rústicos parajes, decorados con semihabitadospueblos que denotaban retiro. Porque quien lo había invitado erael mismo escritor que tantí admiró en su no lejana juventud.Una invitación que le otorgó mayor sensación de triunfoque los premios adquiridos en los últimos años, como si esacarta, con una escueta invitación, con ese remitente que ya nadieconocía tras ese largo período de silencio que habíansido los últimos años de un escritor que había hechode su vida un sueño para otros, un anhelo inalcanzable, pudieserealmente dotar a ese otro escritor, mucho más joven, de la cualidadde elegido. Finalmente llegó  a ese pueblo, en cuya estaciónnadie había esperándolo. Pequeña aldea tras las montañas,era el idóneo lugar para establecer la distancia. Y ni tan siquieravivía en el pueblo, sino que su casa se hallaba en las afueras,en las colinas, como si su insociabilidad no permitiese compañíaalguna. Incluso sabiendo la dirección me ha costado encontrarlo,comentó el viajero depositando su bolsa de viaje en el camino, esperandopor parte de esa figura desaliñada una cortesía que no lefue dad. Y así quedaron, como dos figuras estáticas, recortadassobre el paisaje del atardecer.
         La cena fue adornadacon escasas conversaciones y abundante silencio, un silencio que en variasocasiones el invitado se atrevió a quebrar con modestos elogiosque fueron ignorados. Cenaron en quietud, como si estuviesen solos, sinhablar de literatura, ni de sus vidas, ni de nada. El joven escritor unasveces observaba con disimulo esa casa en la que se intuía la soledaden indicios como el cuidadoso desorden en el que se hallaban distribuidostodos los objetos, y otras veces intentaba recordar aquellos versos soñados,ocultos ya bajo las olas.
         Durante toda mi vidahe intentado ser consecuente con mis ideologías, comentóel anciano escritor, siempre he detestado que las redujesen a simples prendascon las que vestirse, y así de paso no verse a sí mismosen estado puro. Puede que no lo soportasen.
         Era inevitable, prosiguió,que acabase aquí. Llega un momento en el que los redundantes elogiosparecen insultos, en el que aquello por lo que siempre has vivido se tornamero comercialismo, y tu nombre figura en letras de tamaño mayoral título de tus novelas. Todas las obras deberían ser anónimas.Así seguro que habría mejores obras y mejores escritores,además estarían en el lugar que les corresponde, y no enese estúpido teatro de la cultura y del espectáculo. Lleguéaquí porque me cansé de ser mi propio títere, en unteatro erigido por mí mismo, bailando canciones estúpidaspara un público idiotizado. Aquí al menos no puedes creertemás de lo que en realidad eres.
         Nada respondíael joven, abrumado por esa brusca muestra de sinceridad. No hallaba palabras,ni tampoco las buscaba. Había imaginado ese encuentro en incontablesocasiones desde que había recibido la invitación, y en ningúnmomento había esperado encontrarse con esto. No reconocíaque posiblemente se sentiría decepcionado. Tal vez porque eso implicarauna vanidad que no estaba dispuesto a admitir. Creía que iban ahablar durante días, como un discípulo que ha encontradoa su maestro, para por fin compartir experiencias y conocimientos.
         El verdadero triunfo,como individuo que pretende alcanzar la sabiduría, unos conocimientosauténticos, intransferibles, fruto de uno mismo, radica en el fracaso;o mejor dicho, triunfar en la medida en la que estás triunfandotú, en tu joven e ignorante vida, es fracasar en lo que realmenteestás buscando. Aunque posiblemente ni tan siquiera entiendas esto.Tu rostro no muestra que hayas vivido realmente. La vida te deja huellasen la mirada, y tú no pareces tener ninguna. Pero qué vasa entender tú...
         Siguió hablandodurante largo tiempo, como si repasase todo aquello que hasta ese díasólo había podido decir a su soledad. Abandonaba temas paraluego retomarlos en un irreparable desorden, sin dar lugar al diálogo,divagaba acerca de pensamientos que no se limitaba a explicar con antelación,recordaba también, aunque muy brevemente, sus años ya distantes,olvidados en el tiempo, con el crepitar de la leña ardiendo comouna indescifrable canción compuesta sólo para ellos. Ya nosabía si no lo interrumpía por respeto o por lástima.Ese viejo vencido por sí mismo, condenado a soportarse en soledad,sin la tregua, o escondite, de una familia. Tal vez esté aquí,pensó, para ser el último oyente de sus palabras. La sutildespedida sin gloria, forjada por el miedo a morir solo. Toda una victoriadedicada al conocimiento para acabar siendo víctima de su propiasabiduría. Y así fue como el joven conoció la perpetuatristeza que sólo allí podía haber aprendido. Sintióla necesidad de marcharse, dejar atrás ese pueblo que pronto desapareceríaentre el paisaje y volver a su mentira para olvidar que una vez estuvoaquí, y perderse entre los brazos de cualquier madre, y buscar bajosu piel un sueño reparador que situase esta visita en la lejaníade la memoria. Por vez primera sintió la prematura melancolíapor los días perdidos, y ese frío agujero en el pecho llamadomiedo. Su atención se centró de nuevo en el experimentadoescritor, que ahora estaba de pie frente a él. Le había comentadoalgo y no se atrevió a demostrar que ni tan siquiera sabíade qué le estaba hablando, por lo que adoptó una posturade moderado interés. Ahora vuelvo, dijo el escritor dejando al invitadoa solas con su oprobio, cada vez más incómodo. Ten, dijoal volver, tendiéndole un grueso paquete de folios amarillentos,son las páginas que he escrito desde que estoy aquí. Creíque podría escribir sin que me importase el no tener un lector,egoísmo puro, pura literatura, pero ni esto he conseguido. Éstaes la razón por la que estás aquí, quiero que seasmi último lector. No me atrevo a destruirlas, ni quiero que, trasmi muerte, las encuentre cualquiera. Quiero tener una última influenciasobre ellas. Escribimos sólo por el deleite de personas que ni conocemos,y es algo que mi misantropía no ha logrado vencer.. Guárdalaspara que no muera intranquilo y luego haz lo que te plazca con ellas, comosi quieres publicarlas con tu nombre. Al fin y al cabo lo estoy haciendopor mí, no por ti.
         Las obras, en manosde su nuevo propietario, pesaban no sólo por su cantidad sino tambiénpor lo que representaban: las últimas páginas de una vidacondenada al fracaso, la última e incomprensible voluntad de eseanciano que ya había la habitación, dado por terminada lavisita. Ya nada quedaba por hacer allí, su presencia ya no era unanecesidad. Una silenciosa despedida cuya límpida perfecciónjamás lograrían alcanzar las palabras.
         Guardó laspáginas en su bolsa de viaje. Salió de la casa dejando atrásno sólo una ilusión, sino una parte de sí mismo. Cruzóun pueblo habitado por sombras y recuerdos ajenos. Llegó a una irrealestación y se sentó en el andén a la espera del albay de un tren cualquiera. Puede que el destino sea circular, pensó,y me vea algún día en una estación como ésta,iniciando un viaje sin retorno, cargando conmigo el falso valor de losdeseos cumplidos.
         Abrió su bolsade viaje y observó las últimas páginas de una vidaque ya no parecía tan admirable. Extrajo al azar una de aquellaspáginas y comenzó a leer.
 


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