MIRADA DE AGUA Y MIEL
Desde el mismo instante que comencé a bajar los desgastados peldaños de la escalera, me sentíe nvuelto y arrastrado por una asfixiante marea humana. Como un autómata, como cada día laborable al amanecer, cientos de codos y hombros ajenos me encauzaron hacia el torno, apenas sin tiempo de sacar el abono transporte del bolsillo. En un momento dado tuve que empujar a esa masa de desconocidos, antes de que me llevaran como una leva hacia el andén inadecuado, que me hubiera hecho viajar en sentido inverso al de mi destino. De repente, el aire fresco de la mañana madrileña se había trastocado en efluvio desagradable, sin llegar a pestilente, y comenzó a sobrarme buena parte de la ropa con la que me había pertrechado para aquel crudo día de invierno.
El metro no es el mejor medio de transporte para los que estamos casi al límite de padecer de claustrofobia; si bien es el más rápido para trasladarse en la gran ciudad. Hora punta. Cientos. Cientos no, miles de criaturas soñolientas y silenciosas viajaban envueltos en una gran masa informe de extraños y recelosos desconocidos. De repente, algunas caras me recordaron otros muchos amaneceres de características similares. Nadie cruzaba tan siquiera una palabra. Cada uno consigo mismo. Solos. Acompañados de una ingente y abigarrada soledad, en medio de una masa de callados ignotos, nos tocó esperar un par de minutos la llegada del próximo convoy. Cuando éste llegó, vomitó una arcada ferrosa de figuras humanas y, al instante, fuimos absorbidos todos los que esperábamos en el andén como si de un electroimán o extractor se tratase.
Me sobraron los guantes, la bufanda y el chaquetón, aunque tuve que limitarme a guardar los guantes en el bolsillo, deshacer el nudo de la bufanda y abrirme el chaquetón. En el metro y en hora punta, el espacio es tan ralo como el aire.Tenía por delante una media hora de camino. La llegada a la siguiente estación era anunciada por megafonía y decidí desentenderme. Hice del aislamiento un escorzo intimista y me zambullí en la lectura. De repente, un frenazo en pleno túnel. Algún gamberro o despistado había tirado del freno de emergencia y se había detenido el tren: pánico, murmullos y de nuevo silencio. Nadie lo había hecho. Posiblemente habría sidodes de otro vagón. Al llegar a la siguiente estación bajaron y subieron mayor número de personas que en las anteriores. No estaba atento. Seguramente sería una de esas en las que coinciden varias líneas y la muchedumbre se entrecruza haciendo transbordos.
Me sorprendieron sus ojos clavados en la portada de mi libro. Es posible que Manuel Rivas pusiera bastante intencionalidad al titularlo "¿Qué me quieres, amor?" Volví la mirada a sus páginas y regresé de inmediato buscando la mirada. Allí estaba. Esos ojos no pestañearon ni una sola vez o lo hicieron coincidiendo con el cierre involuntario de los míos. Sólo tenía al alcance de mi vista su cara y ésta iluminada por una mirada de agua y miel que no he podido olvidar. Nunca supe si había estado allí todo el tiempo o si acababa de subir en la última estación. Regresé a la lectura buscando la descripción de "La chica del pantalón pirata", relato que iba leyendo en ese momento, pero no acerté a continuar con la lectura. Allí seguía. Miraba con fijeza intemporal y dulce. Posiblemente hubiera salido de las mágicas páginas de un cántico o de la inspirada pluma de un sutil poeta. Nunca supe el origen.Me olvidé de respirar. Me olvidé de mí mismo. Me desentendí de la lectura. Me limité a dejarme arrastrar por la ráfaga de sus ojos y clavé los míos con descaro e intriga en el rayo embaucador que me había electrizado. Estaba apenas a dos oprimidos cuerpos del mío, pero me resultaba imposible intentar conseguir un leve roce, un fugaz y ardoroso contacto. Debajo del guante con el que se asía a una de las barras, intuí una mano de piel suave y unos dedos finos y largos, como ejercitados en la disciplina musical de algún instrumento de cuerda. Sin duda haría calor en el compartimento a causa de tanta aglomeración de cuerpos. No lo sé. Recuerdo que sentí el escalofrío indudable y frío de un ardoroso sudor extraño. Absorto. Obsesionado y absorto, me dejé fundir por su firme mirada, como marinero que avista el destello del faro que le abrigará a puerto. No sabía qué hacer. Sólo sentí la necesidad de no salir jamás de su campo visual. Absorto. Obsesionado y absorto, me dejé fundir por... (creo que esto ya lo he dicho) Sin dudas era todo un hechizo LA MIRADA. Así quiero que la encuentres, lector, escrita enfáticamente con mayúsculas.
No tenía certeza de si me miraba a mí o se adentraba en algunos de los relatos de Rivas. El tino literario del jodido gallego me hizo dudar. Sin lugar a equívocos Manuel está tocado por la varita mágicade una meiga. Rechacé el recuerdo del autor, después de haber sentido celos, e hice un ejercicio de confirmación de mi probable atractivo personal. Fue entonces cuando decidí tomar la iniciativa y evocando (burdamente, tal vez) la arrogancia de Bogart, clavé mis ojos en los suyos haciendo por vencerle. El que retire antes la mirada será el vencido, (me dije). Si no hubiera rendición, habré sido cortejado y seducido sin posibilidades de escapatoria, (pensaba).
Ni oía ni veía nada. Únicamente me miraba en su mirada de agua y miel, y esperaba ansioso el momento de oírle pronunciar mi nombre entre susurros y jadeos. Sus ojos seguían mirándome con fijeza, mientras los míos ardían en impaciencia. Seguían firmes. Acuosos y dulces, seguían mirándome sin la más leve distracción. Ya es mía, (pensé). La haré mía, (imaginé).Me fundiré en el arco voltaico de su mirada de agua y miel hasta el éxtasis, (anhelé).
De pronto se detuvo el convoy sin que me hubiera percatado de que entrábamos en una nueva estación. Se abrieron las puertas y su mirada seguía mi figura como si tratara de radiografiarme. Al abrirse las puertas, sin esperarlo, fui empujado fuera del vagón y antes de que pudiera reaccionar ya se habían cerrado de nuevo las puertas neumáticas y reanudaba la marcha hacia el interior lúgubre del túnel. Hacia esa espesa negrura se dirigió mi desconsolada mirada durante no sé cuando tiempo. Tal vez aún no he dejado de mirar hacia el interior de subsuelo madrileño que se fagocitó con malévola inquina la mirada con la que fui... embrujado, sometido a abducción o qué sé yo qué. Desde entonces, no he podido olvidar aquella radiante mirada de agua y miel.