Guillermo Carnero

Guillermo Carnero

            Guillermo Carnero (1947) es especialista en literatura española y comparada de los siglos XVIII y XIX y en las vanguardias. Fue uno de los seleccionados por Castellet en su célebre antología Nueve novísimos poetas españoles. Sus sucesivos libros (El sueño de Escipión, 1971; Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyère, 1974; El azar objetivo, 1975; Divisibilidad indefinida, 1990) han sido recopilados recientemente en Dibujo dela muerte. Obra poética (1998). Guillermo Carnero ha ido pasando de un culturalismo duro en su primera época a un acercamiento de vida y poesía en su libro Verano inglés (1999), que mereció al año siguiente el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura, y en 2002 el Premio Fastenrath de la Real Academia Española. Para Cisne Negro, este libro es su mejor obra. Recientemente ha publicado Espejo de gran niebla (2002).


El poema no escrito

               Me gusta contemplarte al salir de la ducha,
        como a Susana los ancianos bíblicos.
        Por la puerta entornada te acecho cuando envuelves
        en la toalla el muslo o el tobillo,
        el pecho rebosante tras la línea del brazo:
        odasliscas de Ingres, pastoras de Boucher
        cálidas, sosegadas, inocentes,
        ninfas de Bouguereau, esclavas de Gérôme,
        Venus de Cabanel -horizontal espuma-,
        tan redonduelamente comestibles.
        Tendrá un nombre ese pliegue de la axila
        que se bifurca en dos entre los dientes;
        el leve mofletillo que bordea redondo
        el friso de la media, debajo de la nalga;
        ese cuenco rosado en que acaban las ingles,
        donde el pulgar se tensa en breves círculos
        entreabriendo el estuche de la lengua.
        Tengo que consultar a un catedrático
        de Anatomía.
                               Ya escribiré un poema
        cuando esté muerta el arte del deseo.
 
 

Amanecer

Resbala el Sol naciente en la curva del río
y enaltece el trigal con su aureola,
tamo oloroso y leve que tiembla en la ventana.
Columnillas de humo hacia el fondo del valle
huelen a miel, a hierba mojada, a pan caliente,
a cecina, a hojas muertas esponjadas y húmedas,
a leña de cerezo, de algarrobo, de olivo;
abre como un breviario la guarnicionería
con su aroma de yute, de cinchas aceitadas.
El eco de la luz designa tu cintura
y recobro en tu piel los colores del sueño:
perfume de milhojas, de marquesas de coco,
pomas de chocolate con su pezón de guinda.
La campana impaciente tañe de gotas de cera
y nos llama al sacrificio más goloso:
aroma de tu sexo entre las sábanas
-corazón encendido en caridad, quemando
con su rubia corona de rizadas espinas-,
bendición candeal para cruzar el tiempo
hacia el jirón de fe que ondea en los almiares.

 
 
 
 
 

Frowning upon me

        Enciendo tantas luces para verte
salir, entre un redoble de tambor,
del pastel, con chistera y tacón rojo,
y tengo otra mirada que te sabe
con más profundidad y más anchura,
abrazando la forma que se pierde;
me las apagas todas con sonrisa
de llevar la otra luz en un estuche,
envuelta en seda negra con su brillo.
Vuelves a sonreír, y si requieres
el arco de una ceja y me disparas
esa condescendencia flechadora
me desmenuzas y liliputizas
y me voy al rincón con un azote
en pantalones cortos sin domingo,
un setter arrastrando las orejas,
el gusano que vuelve a su manzana
y huye de aqueste mar tempestuoso,
pero no: me rescatas con tu risa,
un beso en la nariz y estáte quieto
tumbado ahí como una circasiana,
yo que quería, a guisa de varón,
estrujarte en un puño temblorosa
como King-Kong a la mujer de oro,
desgarrarte el satén con una uña.
Así estoy en tu luz crucificado,
espero y creo en tu misericordia
y sé que harás de mí lo que prefieras:
después de lacerarme con un bucle
y encender en mi piel las cinco heridas
jugando con la lengua y las pestañas,
me dejarás vacío
con un golpe certero de los labios.

                                                               De Verano inglés (1999)


 
 

Noche de la memoria

La gran natural de los sentidos
no tiene fundamento donde anclarse
y así flota sin rumbo ni certeza,
escrita sobre el agua por el soplo del tiempo.
Sus olas se suceden en la noche
y en la miseria del entendimiento,
que no sabe leerles su designio
de ser un leve rasgo de blancura
en la página negra, noche clara
por la luz cegadora del sonido.
Con la caligrafía de su arrullo
el tiempo disemina sobre el agua
ese significado que no puede
ser certeza y nombrarse,
y existe como pájaro que asciende
siendo sólo rasguño de color,
la huida de la imagen de haber sido,
mientras la terquedad de su pregunta
se revuelve en su noche y en la mía.
Debería bastarme la verdad
en que se desvanece la figura
en el paralelismo de las líneas
descendiendo y borrándose en la página
rasgada por el viento en el que mueren,
en la oclusión del blanco enmudecido.
Las veo replegarse y retenerse
al tiempo que las alza la marea
a las aguas azules del gran río,
y allí tejen un leve diagrama
entrecruzando líneas que no saben
detenerse: se cruzan detenidas
en el ojo vidriado por el tiempo,
y sólo allí persisten.
   Así es vida
no saber ni nombrar, pero morir
es también pasar sólo, sin nombrarse;
y si en la luz rotunda de las cosas
no pensadas ni escritas hay acaso
mejor y más total conocimiento,
también la noche inquiere como espejo
ante el que no es posible hurtar el rostro:
dos hileras solemnes de farolas
que no pueden estar así brillando
sin interrogación, porque conducen
a la estación vacía, duda cóncava
persistente en su luz.
   Si la luz brilla
a medianoche tengo que pensarme
porque sabe de mí, trae mi espejo.
Los raíles se engarzan detenidos
en la estación vidriada por la muerte.
Por el cristal trasero, en el último coche,
los veía danzar, aproximarse,
desunirse, cruzarse sobre el puente,
mientras debajo, en verde y gris, crecía
la marea, pautando, el río azul.
Su realidad huía conciliada
en la fugacidad del movimiento
de un puñado de líneas con su brillo.
No puedo retenerlas ni volver
a la mirada viva donde estaban
siendo al perderse.
   Qué poca realidad,
cuántas formas distintas de no ver
para llegar al fin al gran engaño:
un puñado de líneas que se cruzan
sin brillo y sin color en la memoria.
El tren remonta el río; en sus colores
suena la gravidez de la marea.
Desde el andén lo veo remontar
la ingravidez del tiempo, mero signo
incoloro por ley de la memoria,
mudo tras su cristal. Su geometría
no resplandece como en la luz griega
el torso cenital de un dios desnudo;
sus doce aristas urden en el vacío
en la expansión de cuatro diagonales
calcinadas, un signo de extrañeza
en la luz que no viene desde el cielo
y no trae su ofrenda complacida
de realidad, el don de los sentidos
que no sabemos retener; se pierde
como espejo de agua entre las manos
esperando a existir al ser leído
en la distancia inmóvil de algún sueño.
Memoria, no me salvas en el tuyo,
eres mal tejedor. Algunas veces
recuerdas el acento y las palabras,
el cómo y el por qué, traes la efigie,
el atrezzo, la luz y el escenario;
otras, tan sólo briznas y fragmentos
de indeterminación, leves jirones
de músicas, retazos de color
sin el lugar y el rostro que tuvieron,
huérfanos de su norte y su sentido
pero con terquedad de tatuaje,
entremezclando vidas como naipes
en muchas otras manos y en las mías;
o el vacío de cosas que he olvidado,
con la aureola intacta de su olvido.
Eres pájaro burdo y azaroso
al reclamar la voz y el alimento:
chapoteas, enturbias, encenagas,
no sabes avistar el pececillo
brillante en la quietud del agua límpida.
Acudir a tu juego es cubrirse
las aguas del espejo de gran niebla:
un reducido número de estampas
indecisas, que pierden
densidad y volumen, como el humo;
el guía que me burla y llega siempre
a desaparecer tras los recodos,
escurridizo, artero, suplantándose
sin que nunca le pueda ver el rostro,
que es el mío: palabras
en un espejo escrito y aplazado,
en las apariciones de una sombra
que se esconde detrás de la cortina,
confunde su papel y olvida el gesto
o impone su evidencia mentirosa
de actor de cine mudo que ha pasado
con demasiadas muecas al sonoro;
un texto que se pierde en el reverso,
el espesor y el margen del papel,
que nace con las dudas
de su sentido y de su desaliento,
paréntesis inscrito en una historia en blanco.


                                                                           De Espejo de gran niebla (2002)
 

Bibliografía de urgencia:
*Carnero, Guillermo: Dibujo de la muerte. Obra poética. Ed. Cátedra. Madrid.
*Carnero, Guillermo: Verano inglés. Ed. Tusquets. Colección Nuevos Textos Sagrados. 1999.
*Carnero, Guillermo: Espejo de gran niebla. Ed. Tusquets. Colección Nuevos Textos Sagrados. 2002.
 
 

En esta página vamos a experimentar un nuevo nivel de intertexto: en vez de añadir los cuadros a los que se refiere Carnero al final, nos hemos atrevido a ponerlos como enlace en el mismo poema. ¿Qué os parece? ¿Creéis que afea el poema? Comentadnos.

Volver