Francisco Brines

Francisco Brines

"Cuánto olor en el aire, y el aire se lo lleva..."

        Francisco Brines, igual que otros autores de la llamada "promoción de los 50", tiene una línea poética muy definida por su temática. En el caso de Brines, el tiempo, el amor y la muerte se convierten en ejes temáticos sobre los que gira su obra. Desde Las brasas (1960), que fue premio Adonais de poesía en 1959, hasta La última cosa (1995), Brines ha seguido una dirección que le ha caracterizado y que puede captarse en esta breve selección de poemas. En 1999 recibía el Premio Nacional de las Letras Españolas.


Palabras para una mirada

   Miras, con ojos luminosos,
 mientras hablo, los míos. Los cabellos
 son fuego y seda,
 y el rosa laberinto del oído
 desvaría en la noche,
 acepta las razones que doy sobre una vida
 que ha perdido la dicha y su mejor edad.
 ¿Cómo me ven tus ojos? Yo sé, porque estás cerca,
 que mis labios sonríen,
 y hay en mí delirante juventud.
 Inocente me miras, y no quiero saber
 si soy el más dichoso hipócrita.
 Sería pervertirte decir
 que quien ha envejecido es traidor,
 pues ha dado la vida
 o dado el alma,
 no sólo por placer, también por tedio,
 o por tranquilidad;
 muy pocas veces por amor.

   He acercado mis labios a los tuyos,
 en su fuego he dejado mi calor,
 y emboscado en la noche
 iba espiando en ti vejez y desengaño.


 

 Lastimoso enamorado

   Quejoso, lastimero, en la lívida
 luz del día, me topas. De la noche
 tú regresas cadáver, y apresuras
 tu inanidad: tiemblas, lloras, maúllas.
 Anegados están de tu miseria
 caudalosa, amigos y enemigos.
 Tú que eras sordo, y digno, y dominabas
 la carne y el espíritu, ridícula
 muestras ahora tu figura, la edad,
 tu lujosa experiencia. La ufanía
 del gesto y la conciencia se te mustian.
 El amor te degrada, e incomprensible
 si pienso en quién lo causa, fiel reflejo
 del sol que sois. Pues ya no crees en Dios,
 por amor de tu dama hazte ermitaño,
 hasta que cures tú, y mis orejas
 no tapones con roncos estertores;
 pues no viví tu gloria, yo no viva
 tal bosquejo de infierno. ¡Al desierto!,
 y regresa de allí como tú eras:
 odioso y suficiente; sólo elijo
 el mal menor. Con estimarte poco,
 me puede divertir tu erecta cresta,
 pero vencido, no; busco piedad,
 e impío soy para el aburrimiento.
 Todavía el tiempo
   Oyendo aquí los pinos, miro el cielo;
 mis ojos, inocentes; soy el niño
 que se esconde a mirar y oír el mundo,
 a sorprender la noche cómo roba.

   Sigo oyendo los pinos, sigue el cielo,
 y mis ojos se apagan, ¿qué será
 del que soy? Ya no es posible el daño;
 sereno el corazón aguarda todo.

   Y sigo oyendo el tiempo, sombras
 crecientes que penetran flacas
 en mi cuerpo vacío,
 hospicio de algún mal inacabable.
 Posible es la alegría, me consuela la noche:
 creía carecer de bien alguno,
 y siguen devastando mi inocencia.

 Cuando yo aún soy la vida
                                                        A Justo Jorge Padrón
   La vida me rodea, como en aquellos años
 ya perdidos, con el mismo esplendor
 de un mundo eterno. La rosa cuchillada
 de la mar, las derribadas luces
 de los huertos, fragor de las palomas
 en el aire, la vida en torno a mí,
 cuando yo aún soy la vida.
 Con el mismo esplendor, y envejecidos ojos,
 y un amor fatigado.

   ¿Cuál será la esperanza? Vivir aún;
 y amar, mientras se agota el corazón,
 un mundo fiel, aunque perecedero.
 Amar el sueño roto de la vida
 y, aunque no pudo ser, no maldecir
 aquel antiguo engaño de lo eterno.
 Y el pecho se consuela, porque sabe
 que el mundo pudo ser una bella verdad.

                                                                     De Aún no (1971)
 
 

La última costa

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
                   Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
                           Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.

Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
                                                           flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
                                   La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.

Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco
en el viaje aquel de todos a la niebla.

                                                             De La última costa, 1995.




Bibliografía de urgencia:

*Brines, Francisco: Las brasas; Rialp, Valencia 1960.
*Brines, Francisco: Palabras a la oscuridad; Ínsula,Madrid, 1966.
*Brines, Francisco: Aún no. Llibres de Sirena, Barcelona,1971.
*Brines, Francisco: Insistencias en Luzbel; Visor, Madrid, 1977.
*Brines, Francisco: El otoño de las rosas; Renacimiento, Sevilla,1986.
*Brines, Francisco: La última costa; Tusquets, Barcelona,1995.
*Brines, Franciso: Poesía completa; Tusquets, Barcelona, 1999.

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