Hospital
Variando ligeramente la famosa frase atribuida
a Juan Pablo Castel, puedo confesar sin rubor que siempre tuve aversión a los hospitales, en especial a los de la Seguridad Social.
Evito entrar en ellos siempre que puedo,
y cuando no, trato de permanecer en su interior el menor tiempo posible.
Pero ese dos de Marzo hube de resignarme
a acompañar a mis ancianos padres, que debían someterse a unos análisis de sangre.
Al principio, me animó la convicción
de que tales pruebas no podían precisar demasiado tiempo. ¡Cuán
equivocado estaba!
A las ocho y media, recuerdo, entrábamos
en el Hospital General, que muy pocos conocen por ese nombre. (Sabida es nuestra perversa afición a rebautizar los edificios públicos
con nombres de fácil memoria o irónico desdén). Por
indicación de los celadores, llegamos a una sala atiborrada de gente,
donde revisaron los papeles extendidos por el médico del ambulatorio
rural y nos asignaron un número. Allí, entre toses asmáticas
y miradas de hostil desconfianza, debíamos esperar a que nos avisaran.
El calor asfixiante, las inevitables
conversaciones sobre dolencias y enfermedades, el inconfundible olor, el
amontonamiento, comenzaron a afectarme. Media hora más tarde, mi ánimo había
decaído hasta el punto de recluirme en un hosco silencio, apenas
quebrantado por susurrados monosílabos o anhelantes suspiros provocados
por la falta de oxígeno.
Sobre las nueve y media, nos llegó el turno para la extracción.
Entré con mi madre en la pequeña consulta, asistí sin demasiado interés a los preparativos, esperé a que
la enfermera hiciese su trabajo y luego, con mi madre cogida a mi brazo, salí
de allí con la incierta esperanza de poder abandonar de inmediato aquel lugar. Pero tal intención se vio frustrada por las
palabras que la joven nos dirigió en el momento justo de cruzar el umbral
de la consulta:
-Como ya sabrán, a partir de las diez
se entregan los resultados. Les aconsejo que vayan a tomar algo y vuelvan, ya les llamaremos.
Desilusionado, conduje a mis padres por
pasillos, escaleras, rampas y ascensores, hacia la cafetería, no menos lúgubre
que el resto de las instalaciones. Desayunamos churros y dobladillos, intentando
retrasar al máximo el regreso al corredor de las consultas. En algún
reloj cercano sonaron las diez. Mi madre dijo:
-Vamos. No sea que lleguemos tarde.
Desandamos el camino. En el corredor, el
amontonamiento era quizá mayor que antes. Algunos, con mayor fortuna o previsión,
esperaban sentados en sillas de plástico, dispuestas en grupos de cuatro. Otros, los más, se recostaban contra las paredes, con
los ojos semicerrados y una expresión de intolerable cansancio. La
doctora no vino hasta las diez y media.
Unos quince minutos más tarde, comenzó
la visita. Con increíble lentitud, fueron desfilando los pacientes. Sobre las once, para matar el tiempo, para no llenar mi mente de imágenes
tristes, decidí dedicarme a observar a las enfermeras.
Pasaban con prisa entre la gente, por el centro del pasillo, con
sobres de color marrón en las manos o pequeños tubos llenos de
sangre o inmersas en interminables conversaciones con otras colegas. Iban y venían
de una sala a otra, atravesaban diligentes el corredor, cruzaban puertas que cerraban tras de sí, siempre atareadas, siempre
apresuradas, como queriendo acelerar el paso del tiempo para acortar la distancia
que les separaba de la hora del relevo. Con sorpresa al principio, y con aprensión
más tarde, pude comprobar que ni una sola de ellas era bonita. Con
creciente desazón, confeccioné una lista. Pude contabilizar hasta veintitrés muchachas relativamente jóvenes. Me
dijeq ue era insólito que en un censo tan elevado no hubiese al menos dos o tres mujeres hermosas o, cuando menos, interesantes. Ese hecho
anormal me instó a realizar una vigilancia exhaustiva. Comprobé
quea lgunas de ellas debían haber sido bellas en el pasado, pero ahora su rostro estaba marchito. Eso podría haber sido algo natural
si estuviésemos hablando de mujeres de treinta y cinco o cuarenta años,
pero la mayoría no pasaban de los treinta. Atribuí el aparente
deterioro a la mortecina luz de los pasillos, al aire enrarecido, al contacto
constante con enfermos... Pero ninguno de tales razonamientos consiguió disipar o atenuar la inquietud que me atenazaba.
Se dice que todas las novias, por efecto del
blanco de sus vestidos, son hermosas. En aquellas chicas, el blanco de sus batas
despertaba sensaciones de mortaja. Se me ocurrió que parecían
novias, sí, pero de las tinieblas… Sus rostros excesivamente blancos,
sus ojos saltones que jamás miraban de frente, el gesto repentino e involuntario de separarse casi con brusquedad cuando a su paso
rozaban a algún paciente, la ausencia de sonrisas… delataban algo más
sutil, algo que me resultaba inexplicable y tormentoso.
Pude notar que en sus recorridos había
un lugar común: Una puerta tras la que, en uno u otro momento, todas se habían refugiado durante unos instantes. Supuse que acaso
fuese el vestuario o el baño, pero nada apoyaba esa presunción. Al filo de las doce y media, dejé mi cazadora en el regazo de
mi madre, que dormitaba en una silla, y fingiendo buscar los retretes, me
introduje por aquella puerta. Lo que vi tras ella no puedo contarlo, pues se ha borrado de mi mente. Sé, porque así me lo han
dicho, que salí de la habitación gritando enloquecido, que derribé
en mi loca carrera a dos o tres ancianos, que fui reducido por forzudos
celadores cerca de los ascensores, que se me inyectó un calmante y se me trasladó a la novena planta, que es donde recluyen a
los enfermos mentales.
Y aquí estoy ahora, con los pies atados ala cama, confuso y asustado, esperando que la enfermera (de rostro
horrible) me traiga la sopa y me ponga la inyección del día. Me
dicen que todo esto es por mi bien, que tengo un grave desequilibrio nervioso,
producido por un deficiente funcionamiento de mi aparato respiratorio, que es mejor que no reciba visitas. Me dicen que muy pronto estaré
bien y podré marcharme, pero esta mañana, al mirarme en el espejo del baño, he visto frente a mí el rostro de otro
hombre, de ojos saltones y expresión ausente; he visto un rostro pálido
que me contemplaba con cierta ironía y he cerrado los ojos al comprender
que no había escapatoria.