Cómo no va a haber guerras.

        Una persona maravillosa que conozco me dijo "si nos peleamos con nuestros hijos o con cualquier allegado por un quítame allá esas pajas...".
         Parece que hasta un cierto grado (de alguna manera consensuado) todo está permitido, mientras que cuando se cruza esa línea se entra en el ámbito de la barbarie. Si nuestro hijo, de un colocón-sábado-noche,quema una papelera, probablemente nos enfadaremos con él y tal, pero al fin y al cabo es la juventud, la inmadurez, ya se le pasará. Si algún desconocido, por la razón que sea, quema una montaña, esa persona es un asqueroso pirómano, un ser despreciable, merecedor de todos los males del universo conocido.
         Es decir, a nuestros cínicos ojos, las cosas no son buenas o malas. Todo depende del grado en el que nos afecten. ¿Que no se me entiende? Otro ejemplo: vamos caminando por la calle, y se nos cruza un despistado que nos pisa y nos pega sin querer un empujón. Como mínimo, le lanzaremos una mirada desagradable. Eso le causará al despistado, probablemente, una reacción negativa en su interior, aunque sea fugaz y prácticamente imperceptible. A pesar de tener motivos, momentáneamente y en muy leve grado, hemos causado dolor. Hemos respondido a un posible mal con otro mal. ¿Que no se puede comparar un tropiezo por las Avenidas con la respuesta armada de los yanquis contra los malos malísimos de la barba? He aquí nuestro cinismo. La cuestión es: mal por mal.
         Supongamos, siguiendo con el fuego como ejemplo, que hay un incendio en un bosque. ¿Con qué apagamos el incendio? ¿Echando muebles de madera seca?¿Podríamos apagar el incendio arrojando espantapájaros rellenos de paja para asustar al señor fuego y que se marche? Creo que sólo un loco o una loca lo haría. En cambio, en las relaciones humanas, continuamos devolviendo mal por mal.
         Esta vez, vamos por Avenidas, pero conduciendo un coche. Otro vehículo que iba por delante nuestro y a la derecha, se nos cruza en un giro repentino. Nosotros montamos en cólera, tocamos el claxon con vehemencia e insultamos al conductor de ese vehículo. ¿Que eso no se puede comparar con lo de las torres gemelas? Quizá no. Pero la cuestión es: mal por mal. Si hay una terrible inundación por las lluvias, sólo un loco o una loca combatiría la inundación echando cubos de agua sobre las riadas. En cambio, en las relaciones humanas, continuamos devolviendo mal por mal.
         Nos hallamos de viaje por un país exótico, videocámara en ristre, muy felices, con nuestra familia. Con la barriga llena y un poco borrachos, después de un festín en un caro restaurante (también muy exótico, claro), paseamos por las playas.  Repentinamente aparece un jovencito muy moreno, sucio y desaliñado, que nos arranca de un tirón nuestra preciosa videocámara y se va corriendo. Terriblemente ultrajados, salimos tras él al grito pelado de "mi cámara, cabrón, mi cámara". Un policía que presencia la persecución se une a ella y finalmente captura al ladronzuelo, para posteriormente meterlo en la camioneta a patadas y porrazos. Acto seguido, nos entrega con una amable sonrisa nuestra valiosísima pertenencia. Quizá nos sepa un poco mal pensar que al chaval lo han puesto a caldo y que quizá es muy joven para ir a la cárcel, pero es que la cámara nos ha costado un pastón... ¿Que no se puede comparar a un asesino como Bin Laden con un vulgar ladronzuelo? Quizá no. Pero la cuestión es: mal por mal. Si estamos cocinando y accidentalmente se nos cae en la cara aceite hirviendo, no nos pondremos rápidamente a calentar más aceite para darnos otra pasadita por las quemaduras. Sólo un loco o una loca lo haría. En cambio, en las relaciones humanas, continuamos devolviendo mal por mal.
         Se me puede censurar arguyendo que lo que digo es absurdo. En cierto modo lo es. Pero ¿acaso no es absurdo el mundo en el que vivimos? No hace falta que lo digamos en público, ni siquiera ante nuestras amistades o familiares. Asolas, en nuestra habitación o en el cuarto de baño, seamos sinceros con nosotros mismos por una sola vez. Todos contribuimos al mal, pero todos achacamos la existencia del mal a los demás.
         Alguien me podría decir: "lo que nos cuentas es muy bonito, pero es una utopía. Además, no has descubierto la sopa de ajo. Todo el mundo piensa como tú, pero las cosas están así y tú solo no lo puedes cambiar. No se puede ser bueno en esta vida, si no ya lo verás. A ti es que todavía no te han pegado ningún palo, ¿no? Lo del pacifismo está muy bien, pero por desgracia las armas hacen falta. Piénsalo, si el ejército se disolviera, como poco nos invadirían los moros y no veas..."
         A esta persona le respondería que efectivamente tiene razón. Sin embargo, ello presupone el hecho de que un país aislado se desarme de repente, de un día para otro, así porque sí, mientras que el resto de países del mundo sigan igual, lo cual es un sin sentido.(Además, puestos a lanzar hipótesis, creo que antes que los norteafricanos, nos invadirían los norteamericanos). Pensemos una cosa: un árbol enorme y fuerte, nace de una semilla pequeñita. No se produce de un día para otro, pero en cierto modo ¿no es algo milagroso? De la semilla de un fruto, de un insignificante huesecillo, puede surgir un gran árbol, del que además brotarán frutos, cuyas semillas pueden hacer más árboles. ¿Que a dónde voy a parar? Muy sencillo. Si plantamos la semilla del odio, el rencor, la ira, etc. en nuestra mente, esa semilla contribuye al odio, al rencor, la ira, etc. en el mundo. ¿Con qué derecho podemos censurar los actos ajenos que responden al odio, si nosotros también albergamos esos mismos sentimientos en nuestra mente? Mire usted, yo me parto la cara con ese idiota que se ha saltado el stop y me ha destrozado la delantera de mi apreciado coche, y otros bombardean países. Así de claro. Y si no, que nos pongan a cada uno una temporadita a gobernar un país, a ver si no íbamos a hacer barbaridades...
         Hay un detalle queme divierte mucho sobre todo esto. En los tiempos en los que me gustaba filosofar, hablaba con personas de todo tipo. Eran personas que podían pertenecer a grupos sociales (por decirlo  así) diferentes, pero en realidad todos queríamos ser felices y no sufrir. Sin embargo, muchas veces empezaban sus razonamientos de este modo: "es que la gente es así y asá...". Después hablaba con otra persona que quizá en algún aspecto de su vida se comportaba de una manera que para la primera persona era criticable. Pero esta segunda persona también empezaba sus razonamientos: "es que la gente...". Posteriormente hablaba con una tercera persona cuyo comportamiento en algún aspecto de la vida era criticable por la segunda persona, y sin embargo, esta tercera persona también comenzaba sus quejas afirmando que "la gente es tal y cual...". En fin, que todos hablamos como si "la sociedad" o "la gente" fuera una especie de fuerza invisible extraterrestre o yo qué sé. El mundo va mal siempre por culpa de algo exterior, ajeno a nosotros, mientras que en nuestra vida no medimos en absoluto nuestros actos, no nos planteamos casi nunca que para los demás nosotros somos "la gente". Si no nos importa el hecho de que quizá contribuyamos a que la persona que está al lado sufra un cáncer por inhalar el humo de nuestro cigarro, ¿con qué derecho podemos criticarla guerra bacteriológica?
         Amigos y amigas, la paz en el mundo depende también de nosotros. Empecemos a plantarla semilla del amor y la comprensión. ¿Que hablo como un hippy de mierda? ¿Que hablo como un cura barato? ¿Que dala risa con sólo pensar en "la semilla del amor"? La respuesta a todas estas preguntas es sí. Soy perfectamente consciente de que en este mundo el cinismo, el sarcasmo y la hipocresía mandan; por tanto no es de extrañar que palabras como esas causen carcajadas o, en el mejor de los casos, pudor. Pero al menos seamos consecuentes. Si no estamos dispuestos a ir por ahí sonriendo siempre como tontos, al menos dejemos de criticar y de lamentarnos por los males del mundo. Al menos eso, ¿no? Vamos, digo yo.
 

       Fdo.: El Utópico.

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