Con la palabra hemos topado.
...Y me piden que escriba.
¿Qué puedo escribir, sin embargo? Las palabras son tan falsas como la mente. Y tan verdaderas como el mundo. Una palabra es el intento de atrapar la corriente de un río en un cubo de plástico duro. Y la mente que construye las palabras es un colador invertido. Ese colador deja pasar por sus agujeros sólo lo pesado, lo basto, lo duro, lo tosco; mientras que mantiene estancado lo sutil, lo ligero.
A pesar de todo, me regodeo constantemente en el mar embravecido de lamente. Hay una parte de mi ego que se empeña en aferrarse a un concepto de Dios.
Muchos espíritus hambrientos (y pido perdón a los budistas, por robarles esta idea con el fin de tergiversarla) intentan obcecadamente personificar a Dios, que es como pintar una puerta en un muro de ladrillos e intentar, a toda costa, traspasarla a cabezazos. Ciegos como murciélagos, pretendemos conocer DIOS poniéndole nombre. Y no he cometido ningún error gramatical. Digo conocer Dios, no conocer a Dios, puesto que podemos conocer a nuestra madre, conocer a un amigo, conocer a un famoso presentador de concurso televisivo. Pero no podemos conocer a Dios.
La palabra "Dios", como cualquier otra, es tan falsa y tan verdadera como quien habla la quiera pensar. Hace mucho tiempo, nuestros antepasados desperdiciaron cientos de miles de palabras (ya en plegarias, ya en ensayos filosóficos) intentando, como el que clava un clavo de madera en una barra de metal, inventar un Dios verdadero (¡juguemos a construir la verdad de Dios!).Pasó el tiempo, los espíritus hambrientos no se vieron saciados, y los "pensadores libres" dieron la vuelta a la tortilla. Garabatearon miles de hojas en blanco con la intención de negar a Dios (¡juguemos a construir la mentira de Dios!). El señor Nietzsche, cuyo espíritu sufría colosal hambruna, gritó -dejándose la garganta en ello- : "¡Dios ha muerto!". Menudo despilfarro de energía, para seguirle el juego a las famélicas almas que le precedieron. Como si Dios fuese algo que se pudiera hacer vivir o morir a gusto de cada cual.
De hecho, el tener que repetir cada dos por tres esa maldita palabra en estas líneas ya me está tocando las narices.
Yo quiero pensar (genial ironía) que existen espíritus que han dejado de pasar hambre, y no piensan en Dios. Dicen "Dios" como pueden decir "mesa", "perro", "algodón". ¿Por qué cargar de significado, arbitrariamente, a unas palabras más que a otras, si todas son tan falsas como verdaderas? Yo me he aburrido de luchar por la verdad. Me he aburrido de luchar por la falsedad. Me he aburrido incluso de este texto.
De manera que, con un nudo en el estómago y con la lengua cual papel de lija, porque odio aconsejar a nadie...
...a quien pueda leer esto, le digo:
Calla tu mente. Haz con el ruido de las palabras lo mismo que hacen los poetas (¿nunca os habéis dado cuenta de por qué nos parece tan bella la literatura?).
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