Con las luces del alba
Con el alba,
las primeras luces han cambiado las formas de la habitación. Me he
despertado buscando tu calor. Todavía aturdido, mi mano se pasea por las
dunas, ya conquistadas y poseídas de tu cuerpo, deslizándose por
debajo de las sábanas extrañas y reconociendo cada ruta de un mapa que tú misma me ayudaste dibujar. Anoche, en la
oscuridad, fuimos simplemente cuerpos, cuerpos buscando su esencia en otro
cuerpo, masas informes que a fuerza de entrega se moldearon siguiendo los
precisos preceptos del deseo.
Y ahora, con las luces
del alba, la luna, que nos dio su abrigo, nos ha abandonado. Afuera, un mundo de prisas, de horarios, de obligaciones, de esposos y
esposas empieza a golpear la ventana. Me siento desamparado. Me incorporo y con
mi dedo escribo mi nombre en tu piel. Contemplo tu belleza dormida y recuerdo el momento exacto en que tu corazón latía en mi piel,
mientras tus manos, recorriendo mi espalda, me empujaban contra tu pecho.
Te observo anhelando
poder retenerte con la mirada. Es inútil. Sé que te despertarás
y, ya en la calle, los rayos de sol difuminarán tu silueta hasta que desaparezca entre los ruidos de la ciudad. Pero, no lo olvides:
en mis manos se quedará el perfume oscuro de tu piel y viviré el día soñando, ansiando que llegue la noche. Entonces,
entre el maremágnum, seguiré el rastro de tu piel en otros
cuerpos, esperando que, una vez más, su sexo se quiera convertir en el
puerto de mis deseos.
El autista.
Como otras tardes de
invierno, allí están los dos en el café de siempre. Ella
enciende un cigarrillo pese al ya habitual gesto de desaprobación de él.
El cristal está empañado. Él habla sin cesar. Ella absorta posa el cigarrillo en el cenicero y coge su taza con las dos
manos, finalmente se pierde más allá de la ventana.
Ha empezado a llover y
pronto la calle se mancha con las pinceladas coloristas de los paraguas
abiertos. Antes de que vuelva a coger el cigarrillo, él sin que ella
pueda creérselo la besa. Deja un billete sobre la mesa, la coge de la
mano y ya afuera, se han empapado de un cielo que ardía sobre su piel. En el pequeño apartamento sus cuerpos al unísono
siguieron el ritmo marcado por olas de ternura. Luego ella se ha preparado un té.
Sostiene la taza con ambas manos y sonriendo mira por la ventana empañada.
De pronto, ella siente
el contacto de una mano fría rozando la suya.
-Eh, ¿sigues aquí? –le pregunta
él mirando por la ventana del café intentando averiguar porqué se sonríe.
-Sí, sí, claro. –contesta acercándose
el cigarrillo a los labios- Es que ha empezado a llover.
-Te decía que… Yo te entiendo, a tilo que te pasa es que no quieres seguir sola mucho tiempo (créeme
que me doy cuenta de ello, porque yo tengo sensaciones parecidas), pero lo único que haces es crear barreras a tu alrededor…
Ella no puede evitar sonreír irónicamente, mientras
piensa si alguna vez se dará cuenta de a quien no pone barreras de ningún
tipo, aunque contesta:
-Tendríamos que irnos ya, tengo
una cantidad increíble de trabajo atrasado.