“Cuando un nuevo y misterioso enemigo, aparentemente imbatible, empieza a avanzar por esta zona de la galaxia, todos tendrán que unirse para combatirlo"

Gene Rodenberry y George Lucas presentan: Star Trek-Star Wars

Capítulo 4

Reagrupación

Tercera parte

Escrito por LLorenç Carbonell

Nota: Esta maxiserie esta situada tras el capitulo 24 de la temporada 7 de Star Trek Espacio Profundo Nueve.

Capítulo 4

Reagrupación

Dark Angel

– Todo está dispuesto – dijo el segundo de a bordo entrando en su cabina.

– Gracias Treson – replicó Zahn lanzando la vista del informe de ingeniería que tenía encima de la mesa del pequeño despacho. En él se especificaba los cambios realizados en su sistema de propulsión hiperespacial. Datos y números que para alguien sin conocimientos de ingeniería sonaban como gruñidos de wookiee –. Contacte con la Alianza, informe que estamos preparados para… el suprehipersalto – dijo intentando recordar como había nombrado el hermano de su ingeniero a aquellos cambios –. E incluya estas especificaciones.

– Pediré una nave correo.

– Perfecto. ¿Sabemos ya cuanto tiempo estaremos en ese hiperespacio?.

– Según los datos que capturamos en el carguero, varias semanas.

– Impresionante – reflexionó Zahn en voz alta tras lo cual cambió de tema –. ¿Cómo está la moral de la tripulación?

– Alta. Con ganas de empezar la misión. Saben que es muy peligrosa y eso les motiva aun más – explicó Moritz con una sonrisa de complicidad.

– Inicie los preparativos inmediatamente, en cuanto salga la nave correo saltaremos a ese superhiperespacio.

– Sí, señor – replicó este y salió de las cabinas de su superior.

Moritz se dirigió directamente al puente. No estaban lejos de una base rebelde, por tanto la nave correo no tardaría en llegar. Sería un caza Ala-Y modificado para dicho uso. Cuando acabó de dar las órdenes al técnico de comunicaciones Moritz se dirigió a su despacho, situado en la misma cubierta que el puente de mando. Tenía que revisar el inventario de los suministros y si tenía suficiente comida o repuestos, si faltaban tendría que pedirlos a la misma base que les enviarían la nave correo.

Al llegar a su despacho se sentó tras la mesa y conectó la terminal del ordenador. Al lado de este tenía un holograma con la imagen de su familia. Su esposa y sus tres hijos. El mayor ahora tendría dieciocho años y el pequeño once. Recordó el momento que hizo aquella fotografía en una excursión al campo poco antes de partir de Alderaan. Poco antes de la llegada de la Estrella de la Muerte.

Luego pensó en su comandante. Zahn era extraño, solitario, amargado y al mismo tiempo frío como el acero. Pero en ocasiones tenía salidas que aun le sorprendían: como aquella pregunta sobre la moral de la tripulación. Hacía tiempo que servía bajo su mando, aun así no se llegaba a acostumbrar a que le diera órdenes un antiguo oficial imperial, los mismos que habían asesinado a su esposa e hijos. Y se preguntó si sería capaz de cumplir la orden que el general Modine le había dado personalmente poco después de asignarle al Dark Angel. Miró el holograma de su familia y se deseó que nunca llegara ese momento.

Barkon IV

Era verano y hacía calor, aun así Gia continuaba trabajando en el taller que había construido en casa de su padre. Aun conservaba los instrumentos de Jayden, el hombre de las Nieves que les había visitado unos años atrás. No solo los conservaba, sino que los utilizaba para sus investigaciones.

– La comida está en la mesa – le anunció su padre entrando en el taller.

– Ahora voy padre – respondió esta y entonces notó como la mesa de trabajo estaba temblando. Era casi imperceptible, pero poco a poco el temblor fue aumentando y los papeles y aparatos que tenía sobre el tablero saltaron como enloquecidos, mientras las paredes se agitaban como zarandeadas por un huracán. Y del exterior se oía un rugido cada vez más ensordecedor y unos alaridos como si salieran del mismísimo infierno.

Gia y su padre salieron al jardín y ante su mirada atónita apareció, surgiendo de las nubes un gigantesco monstruo en forma de “ballena”. Y como revoloteando a su alrededor varios “insectos” sobrevolaron el poblado, haciendo que los dos barkonians se tiraran al suelo aterrorizados. Tenían una esfera en el centro de dos alas planas que parecía que no se movían y eran tan grandes como el cobertizo.

A varias miles de metros de donde Gia y su padre se habían tirado al suelo asustados por la llegada de las tropas imperiales, el capitán Paddock observaba desde el puente del destructor Geonosis el despliegue de sus fuerzas.

– Las primeras tropas han llegado a la superficie – le informó uno de sus oficiales y este asintió. Las órdenes las había recibido directamente del Gran Moff Daran, debía de ocupar aquel planeta cuyos habitantes aun estaban en la edad media. Más adelante tenía que proteger el sistema, mientras se construían una guarnición imperial en la superficie. No le habían dicho exactamente cual eran los propósitos de aquella misión, tan solo que su secreto era de la mayor importancia para el futuro de la presencia imperial en los Nuevos Territorios. Aunque a Paddock poco lo importaba aquello. Tan solo le importaba cumplir con las órdenes asignadas.

El Temible

El destructor Imperial se hallaba en órbita al planeta Earhart, una importante colonia de la Federación ahora convertida en montones de cenizas. La batalla se había desarrollado bajo el mando directo del Gran Almirante Gorden desde el Verdugo.

Shanthi se había defendido como una fiera y sus más de doscientas naves habían infligido daños considerables de la Flota Imperial. Aun así la batalla estaba decidida de ante mano y las fuerzas de la Federación fueron acorraladas cerca de la luna del planeta, donde la aplastante potencia de fuego del superdestructor les había barrido de las estrellas.

Ahora el Temible reparaba los daños sufridos durante la batalla, al tiempo que desplegaba las unidades de tierra para ocupar todo el planeta.

– Capitán Ilbrol – le llamó uno de sus técnicos –. Hemos detectado la salida del hiperespacio de un transporte no autorizado.

– ¿Dónde?

– En la cuadrícula 23, señor – respondió este mientras daba las órdenes al ordenador para identificarlo –. Es un Galeón Espacial.

– Justo entre los restos de la batalla. Abra comunicación – ordenó Ilbrol.

– No responden – replicó el técnico poco después –. Parece que ha sufrido daños en el casco. Es posible que haya sido atacado.

– Siga intentando comunicarse con él.

– Está cambiando de rumbo, se aleja.

– Que la fragata Morbal le intercepte – ordenó Ilbrol siguiendo el protocolo.

– Está a punto de saltar al hiperespacio... Le hemos perdido, señor.

– Otro día será – replicó Ilbrol, que tenía ya suficientes problemas reparando los daños que le había causado la batalla –. Informe del incidente al Alto Mando.

– Sí señor.

El Persilla

La nave salió del hiperespacio allí donde tenían previsto: justo frente a la Base Estelar Earhart. Lo que no estaba previsto era lo que se encontraron allí. Justo frente de ellos podían ver los pedazos retorcidos de lo que quedaba de la fuerza de Shanthi.

– Esa es la Magellan – indicó Homeier refiriéndose a lo que antes había sido el plato de una nave de la clase Galaxy –. Y esa la Potter y la G’mat.

– ¿Esa no es la Veracruz? – preguntó otro oficial profundamente afectado.

– Hemos de salir de aquí – indicó Odo.

– Ahora calculo otra ruta – replicó Bashir que empezó a introducir los cálculos que realizaba en su cabeza. No tenía mucha importancia el lugar a donde dirigirse, mientras salieran de allí.

– Nos están llamando – indicó un oficial desde una de las consolas.

– No responda – indicó Homeier –. Piloto vire la nave, en cuando el doctor Bashir indique, saltaremos.

– Una nave se aproxima – indicó Kira desde su consola.

– Ya está – anunció Bashir y segundos después aceleraban de nuevo para entrar en el hiperespacio.

Un silencio sepulcral se apoderó del puente de la Persilla. Ante sus ojos acababa de pasar la última oportunidad de unirse a una resistencia organizaban y lo sabían. También sabían que estaban solos, a bordo de una nave extraña, rodeados un enemigo que parecía invencible en todos aquellos lugares donde se habían enfrentado. ¿Cómo lograrían vencerlos?

– ¿Qué haremos ahora? – preguntó Shaakar rompiendo el silencio.

– Hemos de buscar más supervivientes. Ha de haber – replicó Bashir.

– ¿Adónde nos dirigimos? – preguntó Homeier.

– He invertido las coordenadas.

– No podemos volver al lugar de donde venimos, allí no hay nada – indicó el capitán de la Bradbury.

- Deberíamos utilizar el transmisor klingon e intentar localizar a otros – indicó Shaakar

–. Lo modificaremos para que no puedan localizarnos. Ya lo hicimos cuando estabamos en la resistencia bajorana.

– Estoy de acuerdo – asintió Homeier –. Doctor Bashir, detenga la nave. Si los imperiales nos han identificado no esperarán que nos escondamos tan cerca de Earhart.

Poco después el galeón espacial salía del hiperespacio, deteniéndose no muy lejos de una estrella gigante blanca.

– Parece un buen lugar para refugiarnos – indicó Kira. E instantes después la Persilla viraba hacia el brillante punto en el firmamento.

– Tardaremos un par de horas en llegar – confirmó el piloto.

– Detecto una nave aproximándose a gran velocidad – indicó poco después uno de los técnicos.

– Es de los nuestros – indicó Homeier –. ¡Activen ese maldito aparato de radio!

Una señal previamente grabada fue emitida desde el Persilla indicando que la nave estaba llena de oficiales de la Flota capturados en Bajor que habían tomado el control del galeón y apresando a su tripulación.

– ¡Están contestando!

– Abra comunicación. Soy el capitán Ralf Homeier de la nave estelar Bradbury. Estamos muy contentos de verles – dijo al tiempo que una nave de la clase Akira aparecía frente al puente del Persilla, con su torre de armamento repleta de torpedos de photones, colocada directamente frente al puente.

– Espero que no crean que es una trampa – indicó Odo.

Aquí el capitán Piort Sergeyevich Shatilov de la  USS Akula. Me alegro de oírles, prepárense para recibir un equipo de misión a bordo.

Segundos después un cairn empuñando una pistola se transportó en el puente junto a varios oficiales de seguridad armados con rifles phasers. Al ver quien le rodeaba bajó el arma.

– Lo sentimos señor, pero teníamos que comprobarlo – justificó el oficial, que presionó su comunicador –. Capitán, todo despejado.

Muy bien teniente – replicó Shatilov por el comunicador y poco después se materializaba a bordo del Persilla. Era un hombre alto, de ojos azules y rasgos rectos.

– Es un honor poderle estrechar la mano, capitán – se adelantó Homeier.

– Tuvieron suerte – replicó Shatilov –. Estuvimos a punto de disparar contra ustedes.

– Doy gracias a los profetas porque no lo hiciera – intervino entonces Shaakar.

– Le presento al primer ministro bajorano – indicó Homeier – La mayor Kira, primer oficial de Espacio Profundo Nueve, el Doctor Bashir y el Condestable Odo, también de EP9.

– Así que usted es el cambiante – dijo Shatilov observando a Odo con detenimiento. En su mirada no había el odio que en ocasiones había percibido en algunas personas, más bien curiosidad.

– ¿Proceden de la Base Estelar Earhart? – intervino Bashir entonces.

– No. Mi nave y la Challenger nos dirigíamos allí cuando se produjo el ataque – explicó Shatilov –. Luego encontramos otras dos que sí habían podido escapar de la batalla. Estamos en estos momentos reparándolas. Parece que fue una carnicería.

– Sí, hemos visto los restos flotando cerca del planeta – comentó Homeier –. ¿Cómo se desarrolló la batalla?

– Según nos han dicho los supervivientes de la Monarch y de la John Kelly el enemigo surgió en una amplia formación de ataque, su eje estaba dominada por una nave de diecinueve kilómetros de largo. Shanthi había reunido doscientas treinta y tres naves y unas cuarenta klingons bajo el mando del general Nu’Daq. Estas estaban ocultas y debían aparecer durante la batalla para reforzar las líneas. Pero el enemigo concentró su fuego contra estas destruyendo a la mayoría antes incluso de poder desactivas sus sistemas de ocultación y alzar escudos.

– Pensaba que el Dominion era el único capaz de detectar las naves ocultas – le interrumpió Homeier sorprendido por el anuncio.

– Ahora también ese Imperio Galáctico. Nuestras líneas fueron diezmadas una tras otra y al final nuestras fuerzas se encontraron acorraladas. Entonces Shanthi ordenó romper la formación y que cada una se retirara como pudiera. Sabemos que por lo menos una veintena o tal vez más pudieron salir de la ratonera.

USS Enteprise-E

– Detecto varias naves acercándose – informó Data.

– ¿Cuál es su número? – preguntó Picard.

– Cinco, señor. Identifico a la Rhode Island, la Defant, la Azanty y la Hypocrates. La cuarta nave no es de la flota, un transporte de pasajeros, clase Cup.

– Salúdeles, señor Daniels – ordenó Picard levantándose de su sillón.

– Responden el saludo.

– Que continúen hasta entrar en la Parcela Espinosa. Estaremos más protegidos.

Las cinco naves entraron en el interior de las gigantescas nubes de gas metreon y se colocaron junto a la Enterprise.

Poco después frente a Picard se materializaron cinco personas, Lwaxana Troi, el hijo de esta, el señor Homm, una mujer fabrini y un joven.

– ¡Hola Deanna! – grito Ian nada más acabar el transporte y saltó hacia su hermana, que lo cogió en brazos.

– ¡Estas enorme!

– Tu estas muy guapa – replicó este con una sonrisa que le ilumina la cara.

– Jean-Luc es un placer volverte a ver – saludó Lwaxana bajando de la plataforma. Pero Picard notó algo diferente en su tono de voz, no era alegre ni jovial como en otras ocasiones –. Le presento a mi consejera la embajadora Sandar de New Yonada.

– Es un honor conocer al famoso capitán de la Enterprise – dijo esta.

– El honor es mío. Conozco su reputación y me alegro de conocerla al fin – respondió este con una inclinación de la cabeza.

– ¡Oh Jean-Luc este no es el momento! – Intervino Lwaxana con una sonrisa pícara ­–. Me gustaría hablar contigo. Luego habrá tiempo para otras cosas – dicho lo cual se giró hacia su hija. “Dime querida, ¿continúas saliendo con el comandante Riker?”.

– Mamá, yo también me alegro de verte – dijo esta rehusando cualquier enfrentamiento con su madre. No tenía ganas ni tampoco era el momento.

– Así, ¿cuántas naves están sujetas al Operativo Omega? – preguntó Lwaxana después de que Picard le informara de los últimos acontecimientos.

– No conozco la cifra con exactitud, en nuestro grupo diez por el momento, no sé cuantas llegarán de los astilleros de Beta Antares – respondió Picard –. El almirante Paris indicó que había otros grupos. Pero tampoco sé el número de estos ni las naves con que cuentan.

» Según las órdenes de Paris, cuando estemos instalados en un lugar seguro empezaremos a utilizar un sistema de comunicaciones especialmente diseñado para esta situación: su nombre en clave es Minotauro.

– Bien. Aparte de un detalle, creo que es una buena idea el Operativo Omega – comentó Lwaxana –. Hemos de reagruparnos y reunir el mayor número de fuerzas posibles. Tiene que haber otras naves como la Defiant, supervivientes del ataque Imperial y hemos de buscarlas. Esa debe de ser ahora nuestra prioridad.

» Me llevará a ese planeta, Laredo. Allí organizaré el gobierno de la Federación en el exilio y a la primera oportunidad quiero hablar personalmente con los almirantes Paris, Nechayev y Toddman.

» Una última cuestión. Creo que la seguridad ha de ser prioritaria. Toda esta zona está plagada de naves Imperiales. Como el mismo operativo indica, en estas circunstancias hemos de hacer todo lo posible para salvar a la Federación, incluso violar algunas de nuestras leyes. Quiero que todas las naves sean equipadas con el sistema de ocultación de la Defiant.

– Sí Presidenta.

– Me gusta como lo dices Jean-Luc – dijo Lwaxana volviendo al tono jovial que siempre desplegaba, ruborizando al capitán de la Enteprise. El cual estaba sorprendido al ver aquella nueva faceta de la embajadora Troi, dura y realista.

Picard entró en la sala de ingeniería, donde Geordi, Data y el jefe O’Brian acababan de sintonizar el sistema de ocultación que habían copiado de la Defiant.

– Señor, es un placer volverle a ver – le saludó O’Brien.

– A mí también me alegra, Jefe – replicó Picard sincero por la supervivencia de la Defiant donde también servía Worf, su antiguo y estimado jefe de seguridad klingon –. ¿Cómo marchan las modificaciones?

– Estamos acabando de desviar la energía hacia el sistema de ocultación – explicó Geordi mostrando las modificaciones en el tablero de la mesa master del sistema.

– El comandante Worf está acabando de hacer lo mismo en la Rhode Island. Luego iniciaremos los trabajos en las otras naves – explicó Data.

– Perfecto. En cuanto estemos listos partiremos – indicó Picard.

En aquel momento Riker y su oficial de seguridad entraron en la sala de ingeniería.

– Capitán, me gustaría que oyera a Daniels – le indicó Riker.

– Señor, he estado pensando en lo que indicó la Presidenta Troi, de buscar más naves de la Flota – empezó a explicar –. Esta es una tarea ingente, sobre todo teniendo en cuanta el territorio en que pueden estar dispersas, sin olvidar que muy probablemente estarán escondidas. Por otro lado, es muy probable que nuestras comunicaciones están interceptadas por el Imperio, incluso podrían estar perfectamente descifrándolas.

» Y debido a la destrucción de las Estaciones Repetidoras Subespaciales, nuestras comunicaciones tardan mucho tiempo en llegar. Hay cientos de miles de mensajes descontrolados. Millones de personas separadas por años luz de sus familiares y amigos, quieren saber que es lo que les ha pasado a estos y viceversa. Nos enteramos de la caída de Betazed por mensajes civiles.

– ¿Adónde quiere llegar a parar? – le interrumpió Picard.

– Utilicemos estos millones de mensajes para localizar a nuestras naves. Podríamos enviar mensajes por canales civiles, incluso por otros que no sean de la Federación. Es dar palos de ciego, pero es una forma de localizarles. El Imperio no puede, por muy poderoso que sea, captar tantas comunicaciones y para cuando sé de cuenta de estas, ninguna de las dos naves estará ya en la posición en que recibió o envió el mensaje. Es lento, ya que tardaremos horas o días en saber si el mensaje ha llegado, pero por eso mismo es seguro. Incluso podemos esconder la verdadera intención.

Picard se quedó pensativo. No dejaba de tener razón, era dar palos de ciego. Y utilizar los canales habituales era muy arriesgado. ¿Cuántas naves o bases podrían haber caído en manos del enemigo? No se podía descartar que en alguna el Imperio hubiera logrado los códigos de acceso, había muchas maneras: drogas, torturas, coacción. Y era cierto que había millones de mensajes circulando por el subespacio sin que las Estaciones de Repetición los canalizaran. Era una posibilidad.

– Hágalo. ¿Por donde había pensado empezar?

– La USS Challenger. Mi hermano sirve en ella.

El Persilla

Las reparaciones de la Monarch y de la John Kelly habían concluido y las cinco naves estaban listas para partir. En los días anteriores se habían puesto de acuerdo en dirigirse a los límites del territorio de la Federación y desde un lugar seguro realizar algún tipo de lucha contra el Imperio. Todos lo habían expresado de aquella manera, podían estar vencidos, pero no derrotados.

La mayoría de los prisioneros liberados en el Persilla habían sido trasladados a las otras naves estelares, sobre todo a las dos dañadas en la batalla de Earhart. El resto, con una tripulación mínima bajo las órdenes del capitán Homeier restarían en la nave imperial capturada, aunque no sabían muy bien como manejarla. Bashir ya había calculado que pronto se produciría una avería que no podrían reparar por sí solos. Además Bashir había enseñado a interpretar un poco el básico a otros oficiales y poco a poco el manejo de aquella nave había dejado de ser tan misterioso. Al mismo tiempo ingenieros de la Akula y la Challenger habían investigado su funcionamiento interno: el multiplicador de hiperespacio, el sistema de comunicaciones y otros sistemas de a bordo.

También había acomodado un poco la nave a sus necesidades, con numerosos replicadores portátiles, muy útiles a la hora de alimentar a los cerca de 200 prisioneros imperiales que tenían. Así como otros equipos que les podían ser útiles.

En aquel momento pocas horas antes de la marcha, la actividad a bordo del Persilla era frenética. Homeier quería revisar los sistemas y era una tarea muy ardua, teniendo en cuenta que no se conocía el funcionamiento de los equipos.

– Persilla, aquí el capitán Riley – reprodujo, tras un pitido, el transmisor klingon instalado en el puente.

– Aquí Persilla, habla el doctor Bashir – respondió este.

Informe al capitán Homeier y al primer ministro Shakaar que se presenten a bordo de la Challenger, inmediatamente – indicó.

Poco después los dos hombres acompañados por Kira y Odo estaban alrededor de la mesa del observatorio de la nave estelar. Junto a estos también estaba el capitán de la Akula Piort Shatilov, Palak capitán cait de la Monarch y Fel Daral de la John Kelly.

– Imagino que se preguntarán el motivo de mi llamada – empezó Riley –. Hace apenas media hora hemos recibido un mensaje por un canal civil, destinado a uno de mis oficiales el teniente John Daniels. Véanlo ustedes mismos.

Apretó un botón de la mesa y en la pantalla apareció un hombre vestido con ropas civiles sentado en una habitación que podía pertenecer a cualquier lugar.

– Hola John, no sé nada de ti, espero que estés bien. Te envío este mensaje para decirte que papá se encuentra mejor y que desea verte. No deja de hablar de aquel lugar que tanto nos gustaba de pequeños y está deseando volver a ir, los tres, en la lanzadera. Nos veremos pronto.

La transmisión se terminó y un silencio se apoderó del observatorio.

– Su hermano es el teniente Thomas Daniels y sirve de oficial de seguridad a bordo de la Enterprise – explicó Riley –. Pero no solo eso, su padre murió hace diez años y cuando eran pequeños observaban con su padre el cielo que se veía desde la colonia de Tendara: la nebulosa Comora. Los dos hermanos siempre jugaban a explorarla a bordo de una lanzadera que se habían construido con tablones de madera.

» Mí Daniels sugiere que su hermano le está citando en la nebulosa Comora dentro de tres semanas.

– ¿Cómo recibieron la comunicación? – preguntó Homeier.

– Por canales civiles. El mensaje llevaba el prefijo civil para las naves de la Federación. Estamos captando todas las llamadas que viajan por el subespacio y cuando el ordenador identificó la señal la filtró al buzón personal del teniente Daniels.

– Un poco rebuscado, ¿no? – preguntó Palak, retorciéndose los pelos marrones de su bigote.

– Pero en una situación como en la que nos encontramos: con el enemigo en todas partes e interceptando las comunicaciones, es una forma segura de que nos llegue el mensaje sin que este pueda identificar el origen a tiempo – indicó Kira.

– En la resistencia utilizábamos métodos parecidos – explicó Shakaar –. Si los cardassianos escuchaban la conversación, la clasificaban como personal y de poca importancia. Con el Imperio podría pasar lo mismo.

– ¿Han autentificado el mensaje? – preguntó Homeier.

– Sí. Mi oficial científico afirma que no es una simulación, ni tampoco ha sido alterado. Incluso ha identificado que se oye de fondo el ruido de un motor anti-materia que utilizan las naves de la clase Sovereing – explicó Riley –. Y mi Daniels afirma que es su hermano. Dice que entre gemelos, estas cosas se saben.

– Eso es cierto – indicó Palak –. Fuimos seis hermanos en mi camada. Instintivamente reconoces a los seres que compartieron tu mismo útero.

– Hay algo más – intervino Shatilov –. Si fuera un mensaje falso enviado por el Imperio. ¿Por qué?. Es mucho más fácil enviar un par de sus naves contra nosotros y no tener que falsificar comunicación que puede ser desenmascarada, para llevarnos hasta una nebulosa y citarnos allí con tres semanas de separación.

– Entonces, si aceptamos la validez de este mensaje, ¿estamos dispuestos a ir hasta la nebulosa Comora? – preguntó Riley.

– Por mi sí – confirmó Palak –. Además, si nos cita Jean-Luc Picard es porque ya han empezado a organizar la resistencia. Estuve en la batalla del sector Thyphoon, seguiría a Picard hasta la mismísima Unimatrix Zero Borg si fuera preciso.

– Estoy de acuerdo con mi amigo felino – le apoyó Daral que no había dicho nada durante la reunión.

– Es la mejor idea. Tampoco tenemos ningún otro sitio donde ir – dijo Shatilov.

El Aplazamiento

El general Jerome Golan observaba desde lo alto de la torre de mando como las diferentes oleadas de asalto iban saliendo de su nave insignia. La fuerza de asalto estaba desplegada alrededor del planeta, mientras que su fuerza de protección lo había hecho para impedir que cualquier nave pudiera escapar. En ese momento tres lanzaderas Titan, cargadas de andadores AT-AT salieron escoltadas por varios cazas TIE hacia la superficie, mientras una lanzadera Sentinel cargada de heridos regresaba de la superficie.

Un oficial de enlace se acercó y le entregó el informe de los progresos en el planeta: sus tropas ya habían ocupado la capital así como los centros industriales más importantes. Golan se sentía satisfecho, la victoria ya estaba en sus manos y solo había desplegado la mitad de sus fuerzas. No sería necesaria desembarcar el segundo Corps con que contaba, así que dio las órdenes para que no salieran más naves.

Era agradable combatir en mundos tan pacíficos como los de la Federación: la ocupación se realizaba sin contratiempos, ni con una destrucción innecesaria, pensó. No como contra aquellos malditos klingons. Aun no se había podido rehacer de la derrota sufrida en la colonia de Maranga. La resistencia había sido tan férrea, que tras la sangría de uno de sus grupos de batalla, había decidido retirar sus tropas y que la marina diera su merecido a aquel pusilánime punto sin demasiada importancia estratégica. Claro que ahora la vida en aquel planeta tendría que esperar unas cuantas décadas para volver a implantarse. Aunque como bien había dicho su buen amigo el general Marlow: “No hay mal que por bien no venga. Aplastar Maranga había mostrado a los cercanos Gorn que la resistencia al Imperio será una pérdida de tiempo y de vidas”.

– Señor, tiene un mensaje de máxima prioridad desde el Verdugo – le informó uno de sus ayudantes al poco tiempo.

Jerome asintió y atravesó el puente en dirección a la sala de conferencias que estaba adjunta. Eso significaban nuevas órdenes procedentes del mismísimo Daran y no podía hacerle esperar. Al entrar en esta se digirió hacia el proyector holográfico y tras conectarlo apareció la figura en tres dimensiones de su comandante en jefe. Y por lo que le parecía algo más alta que el verdadero Daran.

– Gran Moff, es un honor hablar con usted – saludó servicial Golan.

– Soy portador de malas y buenas noticias – continuó secamente Daran –. El general Marlow ha sufrido un accidente mientras se transportaba a la superficie de Cait y ha muerto. Ahora el 21º Grupo de Ejército está ahora bajo su mando.

Jerome se quedó en silencio, conmocionado por aquellas dos noticias. Conocía a Marlow desde hacía años y le consideraba un gran amigo y compañero de armas. Algo que no se podía decir de la mayoría de altos oficiales Imperiales más preocupados en su beneficio personal que en cualquier otra cosa.

– No sé que decir… – farfulló Golan.

– Recuerde que todo lo que hacemos es para gloria del Imperio y de nuestro amo el Emperador Palpatine. Ningún sacrificio es suficiente para nuestro señor.

– Larga vida al Imperio.

– Larga vida al Emperador, general.

La imagen de Daran desapareció de la estancia, haciéndose un silencio sepulcral.

Jerome se dirigió despacio hacia las ventanas y observó el planeta que tenía a sus pies. No era muy diferente a su mundo natal. Pero cuan lejos estaban aquellos dos lugares. Y no eran los dos millones de años luz lo que les distanciaba. Daran V estaba a punto de ser conquistado y muchos otros planetas le seguirían. Nada podía impedirlo.

En aquel momento se sorprendió de sus propios sentimientos. Por un lado estaba abrumado por el nombramiento. A partir de entonces pasaba a tener cuatro a doce Corps, casi un millón de hombres, lo que hubiera equivalido en su galaxia a un Ejército de Sector, normalmente bajo el mando de Gran Moff y con el honorable título de Mariscal de Campo. Desde su más tierna infancia había deseado tener aquel título y ahora lo tenía, por lo menos honorífico. Y más si era tener bajo su mando al 21º Grupo de Ejército, la fuerza de asalto móvil más poderosa asignada a la invasión. Los mejores soldados; las mejores máquinas de guerra y las naves de transporte más modernas. A pesar que fuera debido a la muerte de un gran amigo. Pero Marlow se hubiera alegrado que sus tropas pasaran a manos de alguien en quien podía confiar y no a un burócrata inepto y falto de intelecto militar, como muchos de los altos oficiales en el Imperio.

No, Marlow no era como los otros. Era mucho mejor. Se había alistado en el ejército de la República durante las Guerras Clon y había ido ascendido por sus propios méritos. Esa era una de las contradicciones de su gran Imperio. Capaz de empujar las carreras de oficiales eficientes y valiosos y al mismo tiempo corrupto para otros. Allí le había conocido, cuando eran los dos tenientes y estaban cubiertos de barro en Saleucami. Desde entonces, ya hacía muchos años, las dos carreras habían ido paralelas dentro del Nuevo Orden, ascendiendo escalón a escalón con sangre y sudor. Hasta que los dos habían llegado al grado de general y como en un pulso personal entre ellos, habían continuado ascendiendo victoria tras victoria. Pero siempre sin envidias mal sanas, sino todo lo contrario, festejando los triunfos del otro juntos, admirándose y enseñándose mutuamente. Y cuando habían sido asignados a la invasión de los Nuevos Territorios habían luchado juntos para conseguir aumentar la calidad de sus hombres y equipos, codo con codo, en  una de las batallas más crueles que habían realizado jamás: contra la burocracia Imperial. Mucho más peligrosa que muchas de las razas que habían conquistado.

– Adiós viejo amigo – dijo pensando en Marlow –. Y larga vida al Emperador.

Por otro lado sintió que echaría de menos el mando que ahora tenía el 31ª Ejército Independiente. Lo había asumido cuatro años atrás y desde entonces lo había formado a su voluntad, lo que le había costado mucho esfuerzo. Por un lado el de entrenar a sus hombres, en su mayor parte reclutas y “voluntarios forzosos” cuya lealtad al Imperio no era la más férrea que se pudiera aplicar. Sin olvidar sus nulas actitudes para el combate: perezosos y holgazanes sin disciplina. Desde entonces los había moldeado en carácter y destreza hasta convertirlos en una fuerza de elite comparable a las mejores tropas Imperiales. Aun no podían compararse a los stromtrooper, pero todo llegaba en la vida si uno perseveraba.

A ello se tenían que sumar los esfuerzos que había tenido para armar a sus soldados. Con recursos limitados, el material llegaba a cuenta gotas y cuando llegaba el equipamiento normalmente era obsoleto o procedente de almacenes con equipo de las Guerras Clon. Un buen ejemplo de ello era la nave donde se encontraba: una veterana nave de bloqueo Lucrehulk de la Sociedad Hoersch-Kessel, que había sido construida durante las guerras Clon. De estas se podía decir que su velocidad sublumínica era penosa y su maniobrabilidad nula. Lo único que tenían a su favor era la increíble capacidad de carga que podía llegar a soportar: un Corps entero: con sus setenta y cuatro mil hombres y más de seis mil vehículos, más las naves de desembarco y las alas de cazas TIE. En aquel sentido quien las sacó del basurero donde se estaban pudriendo sabía lo que se hacía. Aunque había tenido que pasar casi un año en los astilleros para modernizarlas y prepararlas para el servicio.

Ahora que le habían trasladado, se sentía orgulloso de haberlas tenido bajo su mando y las echaría de menos.

Laredo

La Enterprise anunció su llegada unas horas antes, indicando también que estaban utilizando un sistema de ocultación. Al entrar en el sistema las cinco naves lo desactivaron.

Al llegar lo primero que vieron fueron el numeroso grupo de naves de todo tipo en órbita a la azulada luna de Laredo. Y junto a estas las estructuras de los diques estelares, cada una con una nave en su interior.

– ¿Cuántas naves detectan, señor Data? – preguntó Picard que se había levantado de su asiento, con la mirada clavada en la pantalla.

– Cuarenta, más tres en la superficie del planeta – respondió Data.

– Más las cinco que vienen con nosotros – pensó Picard en voz alta y se giró hacia Lwaxana, que también estaba en el puente –. Aquí está su flota. Y le aseguro que vendrán muchas más.

– Le creo, Jean-Luc – replico Troi con media sonrisa en los labios –. Le creo.

La explanada donde unas semanas antes se habían transportado Riker y su grupo ahora ya no parecía la misma. Se había empezado la construcción de decenas de edificios traídos desde el depósito colonial de la Base Estelar 220. La mayoría eran bloques prefabricados de formas compactas: esféricas, cuadradas u octogonales, de unos tres o cuatro pisos de alto. Algunos tenían una estructura más amplia en la parte superior, que se asemejaba a los Diques espaciales de la Tierra o Tarsas III. Cuando estuvieran acabados cada uno albergaría varias familias y se tenía previsto construir una escuela y un hospital, entre otros equipamientos. Aunque por ahora tan solo la escuela estaba concluida y se había extendido la mayor parte de una tela asfáltica que formaba calles regulares.

Sobrevolando el poblado se veían numerosas abejas trabajadoras que transportaban materiales, planchas prefabricadas de los edificios o grandes contenedores de un lugar a otro, en una febril actividad. La misma que se podía ver en las calles, donde la gente se acababan de hacer los últimos toques a las casas construidas o simplemente caminando de un lugar a otro. Todos parecían atareados.

Pero la colonia de Laredo, como ya se la denominaba, se extendía por todo el valle. En el otro extremo se estaban construyendo los edificios y las instalaciones de la Base Estelar Laredo. El edificio más alto se destacaba por encima del resto, tenía unos ocho pisos de alto y la parte superior era más grande y tenía forma de hongo. A su lado habían otros más pequeños, que albergaban las instalaciones de los hangares del espacio puerto, almacenes y los generadores que proporcionaban energía a toda la colonia, así como a los futuros escudos con los que estaría más protegida.

Al lado de estas instalaciones ya se habían acabado de construir unos módulos científicos y de investigación. Estaban diseñados para soportar cualquier tipo de atmósferas y eran completamente independientes del resto de la colonia: tenían sus propios generadores, sus almacenes y viviendas. Eran las instalaciones más modernas de la Flota y en su equipo contaban con avanzados ordenadores, salas holográficas, completos laboratorios físicos, exobiológicos y de ingeniería.

Lwaxana se transportó junto a uno de los hangares del espacio puerto, donde se habían congregado los cuadros de oficiales de las naves reunidas en Laredo, así como un buen número de civiles. Esperaban la llegada de la Presidenta de la Federación, que les había congregado allí para hablar con ellos. A su lado estaba Sandar que ahora se había convertido en su vicepresidenta y los otros embajadores a bordo de la Rhode Island: los embajadores Odan de Trill, el anciano Engon de ktaria y el Zaranite Jungi.

Cuando Lwaxana subió a la tarima todos callaron y prestaron atención a lo que iba a decir, los oficiales se pusieron firmes. En ese momento sintió cientos de mentes que bloqueó para poder pensar con claridad, algo que siempre hacía cuando debía de pronunciar una conferencia. Aunque antes había notado todo tipo de sensaciones: había respeto, miedo, esperanza, camaradería, odio, rencor, casi ninguna alegría, como mucho de que sus seres queridos estuvieran a salvo y muchas dudas. Aquellos hombres, mujeres y seres de sexo indefinido, lo que tenían en común era su temor ante aquel futuro desconocido que tenían delante.

– Descansen por favor – dijo mirando a aquella multitud –. Como sabrán en Betazed se reunió el último Consejo de la Federación con libertad. Ahora hay demasiados de nuestros planetas y colonias ocupados por el enemigo para reunirnos de nuevo y decidir con la independencia que nos caracteriza – empezó despacio –. Allí se escogió al embajador Lojal de vulcano como sucesor del Presidente Jaresho-Inyo. Y me pidió que fuera su vicepresidenta, con la misión de sucederle si a él le pasara algo. Poco después Lojal se rindió a las fuerzas Imperiales para que mi pueblo, Betazed, no sufriera represalias por haber opuesto resistencia. Jamás se lo podré agradecer como merece, a él y a los oficiales de la Flota que le acompañaban a bordo de la Valley Forge por este sacrificio. Y a ustedes, sus compañeros, les extiendo mi agradecimiento. No solo por Betazed, sino por defender nuestros hogares ante este nuevo, poderoso y misterioso enemigo.

» Hace algunos años el Alto Mando de la Flota previendo una situación como la que hoy tenemos, realizó los planes necesarios para que el espíritu de la Federación sobreviviera a un desastre como este. Y gracias al Operativo Omega hoy estamos aquí reunidos, preparándonos para la lucha que en el futuro liberará a nuestros hermanos, amigos y ciudadanos de la opresión del Imperio Galáctico.

» Yo, como ciudadana de la Federación Unida de Planetas os pido que no desfallezcáis en estos momentos de derrota. Como Presidenta, os ordeno que trabajéis con esfuerzo y valor para el futuro. Un futuro que será mejor con ayuda de todos. A los civiles os pido que para construir ese futuro trabajemos todos unidos para el bien fin de esta amarga situación.

» La Federación y su Flota Estelar no han sido vencidas. Tal vez hayamos perdido la primera batalla. Pero no la guerra. Y esta la ganaremos – continuó en un tono más agresivo –. Porque luchamos en casa, por nuestras casas, por nuestro futuro, por nuestros hijos. Y bien sabe el Gran Pájaro de la Galaxia que resistiremos y al final, venceremos.

Hubo unos segundos de silencio, luego, alguien al final del grupo empezó a aplaudir y un instante después el ruido era ensordecedor.

Lwaxana sonrió con cierto orgullo, pero también sabedora de la tremenda responsabilidad que caía sobre sus hombros. Ahora era su líder y no debía, no podía defraudarlos, ni a ellos, ni a los millones de seres que ahora vivían bajo la opresión del Imperio Galáctico.

Bajó de la tarima y se dirigió a varios capitanes que habían puesto en marcha el Operativo Omega.

– Capitán Robert DeSoto, es un placer conocerle – dijo Lwaxana.

– El placer y el honor son míos – replicó este.

– Ahora mi gustaría hablar con los oficiales al mando de las naves.

– No hay ningún problema, todos están aquí reunidos. Podremos ir a una de las salas del edificio principal, donde estaremos más cómodos.

– Me parece muy buena idea, capitán.

Aun había estaciones de trabajo y placas de enlace con el sistema informático LCARS sin conectar y los paneles del techo falso sin colocar. Aun así la sala de situación estaba lista para recibir a los capitanes de la Flota.

Antes de transportarse al planeta le había pedido a su secretario Jono Arkor que junto a la capitana Whatley confeccionaran una lista de las naves que habían llegado a Laredo y como habían llegado allí. Ahora los tenía delante.

En total había cuarenta capitanes y oficiales superiores. Algunos como DeSoto, Jean-Luc o la comandante Archer habían actuado bajo el Operativo Omega desde el principio. Otros se habían sumado a esta en los astilleros de Antares, como Argen de la Phoenix. Mientras que otros eran supervivientes de diversas batallas en el sector 001 o Bajor, como Hawk Eye de la Wounded Knee o Sisko de la Defiant. O el comandante Mark Jordan y el capitán Klag, del crucero klingon Dilyum, que se habían encontrado con la Jupiter, con el propósito de transferir a los supervivientes de la Base Estelar 156 y que finalmente se había unido al Operativo federal.

– Bien caballeros y señoras, aunque no lo parezca, no me gustan los discursos – empezó Lwaxana intentando suavizar la tensión que había en la habitación. Sobre todo en los que aquella situación ejercía mayor presión sobre su responsabilidad: por mantener con vida a su tripulación, por servir a la Flota, por que no podía mostrar el dolor que tenían dentro –. La situación es grabe, muy grabe. En realidad la peor que se podía imaginar: la derrota total de la Flota Estelar y la ocupación del territorio de la Federación. Pero ustedes todo esto ya lo saben.

» Por este motivo el Alto Mando ordenó que se iniciara el Operativo Omega. El objetivo de este es preservar la esencia de la Federación en un ambiente asimilado por el Borg. Pero el enemigo que nos ha atacado no ha sido el Borg, por tanto creo que no tenemos que conformarnos con sobrevivir. Hemos de luchar para liberar a nuestros mundos, a nuestros amigos, a nuestros hermanos de la opresión de este Imperio Galáctico. No será fácil y muchos nunca volveremos a ver nuestros hogares de nuevo libres. Pero sé que todos lucharemos con todas nuestras fuerzas para conseguir ese objetivo.

» Y para ello hemos de reagruparnos, reunir todos los supervivientes de nuestras fuerzas. Y de otras potencia, como los klingons. Y volver a luchar, sin descanso hasta que este sea expulsado de nuestras casas y nuestras estrellas. Para ello utilizaremos todos los medios que dispongamos, incluso algunos que nos parezcan incómodos, que nos hagan sentir extraños, pero ante situaciones dramáticas las decisiones y los actos también han de serlo. El primer paso ha sido ordenar al capitán Jean-Luc Picard que su nave fuera equipada con el sistema de ocultación de la Defiant. Ahora les transmito la misma orden al resto.

» Lo siguiente que debemos hacer es crear un estado mayor de nuestras fuerzas, de esta manera controlaremos nuestros recursos y unificaremos fuerzas. Estudiar al enemigo para luchar en igualdad de condiciones. Para este fin, propongo que el capitán Jean-Luc Picard al mando de la USS Enterprise la nave insignia de la Flota, ostente la jefatura de este estado mayor – Lwaxana miró hacia Jean-Luc, que estaba sorprendido ante aquel anuncio. Aquello le gustaba –. En situaciones como en la que nos encontramos el liderazgo es muy importante y creo que el capitán de la Enterprise reúne las condiciones idóneas para este cargo.

» Por último les pediré que centren su prioridad en encontrar más naves estelares que están hay fuera perdidas, solas. Utilizando un método desarrollado por un oficial de la Enterprise, ya hemos encontrado a tres naves: la Challenger, la Malinche y la Hibernian. Les pido que hagan lo mismo. Estoy segura que hay muchos otros compañeros hay fuera esperándonos. Concentren sus esfuerzos en esta tarea. Gracias.

Lwaxana descendió de la tarima mientras los oficiales aplaudían respetuosamente. Troi buscó algún tipo de sentimiento en contra de lo que había dicho, pero no encontró ninguno, salvo en Jean-Luc. Aquello le tranquilizó y la hizo sonreír.

– Bien caballeros – intervino entonces DeSoto –. Ahora el comandante Peter Harkins les explicará el funcionamiento del sistema de comunicaciones Minotaruro.

Un hombre con el uniforme dorado de la división de ingenieros se alzó entre los oficiales y se dirigió a la tarima, allí respiró profundamente antes de empezar a hablar.

– Buenos días, antes de todo. Hace unos años a un reducido grupo de ingenieros especializados en comunicaciones se le encargó el diseño de un sistema impenetrable. En aquel momento, ni yo ni mis compañeros fuimos advertidos de la naturaleza de este proyecto, del cual no podríamos hablar con nadie que no estuviera dentro de nuestro equipo. Se tardaron cinco años en desarrollar este sistema y no fue hasta el cuarto cuando supimos su verdadera naturaleza y no sin la amenaza de dejar el proyecto, ya que cada vez que lo presentábamos, nos lo rechazaban por inadecuado. La idea era tener no solo el mejor, sino un sistema impenetrable para el colectivo borg.

» Se le puso el nombre de Minotauro en honor a la bestia que vivía dentro del laberinto de la isla de Creta. Se diseño para comunicaciones encubiertas a larga distancia y a grandes rasgos está dividido en tres partes. La primera es la compresión de los datos para que ocupen el menor espacio posible e impedir su interceptación. La segunda parte es su codificación bajo un código de encriptado fractal, el cual se considera virtualmente indescifrable al estar basado en una combinación infinita de adgoritmos fractales. Fue desarrollado por el Comandante Data, sin que este conociera su verdadera utilidad. Y finalmente en cada mensaje se cambia la banda del subespacio, nunca repite una misma frecuencia de comunicación y utiliza virtualmente millones de ellas. Tanto el segundo y el tercer punto está pensado para que ninguna señal sea igual a otra.

» Una medida de seguridad adicional, fue que si el código no era ejecutado correctamente, el mensaje sé auto degradaba hasta hacerse virtualmente imposible de entender. Otra medida suplementaria fue la incorporación de una rutina de autodestrucción dentro del programa, si su sistema de diagnóstico creyera que el aparato receptor o emisor, estaban en peligro.

» Esto hace al sistema él más seguro, complejo y sofisticado que ha tenido la Federación. El proyecto Minotauro fue concebido para realizar muy pocas comunicaciones en un entorno dominado por el Borg, tan solo de nivel táctico y desgraciadamente se calculó que Minotauro caería tras unos cientos de mensajes si todo el poder del Colectivo actuaba sobre él.

» Ahora la situación en la que nos encontramos es muy distinta para la que fue diseñado el Minotauro. He de estudiar con mayor detenimiento la tecnología del Imperio, sobre todo el nivel informático, pero creo que se puede realizar un uso más amplio de Minotauro entre nuestras fuerzas. Por supuesto guardando los mismos protocolos de seguridad que se realizarían si el enemigo fuera el Borg. No podemos permitir que el Imperio encuentrara una brecha en Minotauro a causa de un error involuntario.

» Si alguno de ustedes quiere hacer alguna pregunta… – concluyó Harkins.

– Perdone comandante – se alzó el capitán Rixx – tengo una cuestión, aunque no sé si usted me podrá responder. El capitán DeSoto nos ha informado que el Almirante Owen Paris tiene diversos grupos activos dentro del Operativo Omega. Pero usted está con nosotros. ¿Cómo utilizaremos a Minotauro para comunicarnos con ellos?

– Sí, claro. Esto tal vez haya sido un descuido en mi explicación – contestó Harkins después de mirar a DeSoto –. Actualmente trabajaba en el proyecto Pathfinder para comunicarnos con la Voyager. Y es con este equipo de ingenieros con el que fui evacuado de la Tierra. El comandante Skork, jefe del proyecto Minotauro, se le ordenó evacuar sus instalaciones en vulcano con instrucciones de encontrarse con el Almirante Paris. Este nos dejó varias fechas para ponernos en contacto. Pronto llegaremos a la primera de estas citas, donde informaremos al almirante de nuestra situación y él de la suya. Espero haber resulto su duda, capitán.

– Perfectamente, Comandante – respondió el boliano sentándose de nuevo.

La reunión se alargo una hora más mientras acababan de explicarse procedimientos y normas del operativo Omega, así como otros procedimientos que se seguirían en Laredo. Por ejemplo siempre habría el número de naves necesarias para evacuar a la población civil. El capitán Sisko explicó la cita que tenía con Damar en unos pocos días, al igual que Picard con los Romulanos en Ruah IV.

Al medio día se interrumpió la reunió, aunque Picard tenía una cosa que hacer.

– ¿Por qué yo? – fue lo único que quería preguntarle.

Lwaxana se giró despacio y le observó con una mirada capaz de perforarle como una taladradora y sacar cualquier pensamiento de su interior. Precisamente lo que estaba haciendo la embajadora betazoide. Picard supo que Lwaxana hacía tiempo que tenía la respuesta preparada para aquella pregunta.

– Eres uno de los oficiales más respetados de la Flota Estelar – le dijo Lwaxana –. Pero la respuesta no es tan sencilla. Te conozco bien Jean-Luc. Conozco cuales son tus principios morales, de justicia, de libertad, los cuales están por encima de ti. Eres justo y luchas por ello. Has cuestionado las órdenes que has recibido si no crees en ellas. Este mismo año has arriesgado tu carrera, tu posición, por algo en que creías realmente, desobedeciendo las órdenes que creías injustas de tus superiores.

» Representas los valores de la Flota Estelar, por lo que fue creada la Federación. Prefieres negociar que luchar y eso es algo que admiro en cualquier persona, Jen-Luc. Es más fácil luchar que hablar, pero tu prefieres el camino difícil. Aun así te has enfrentado a mil y un peligros a lo largo de tu carrera. A los Borg, Klingons, Romulans y has salido casi siempre victorioso. No sin heridas, pero victorioso.

 » ¿Cuántas personas pueden tener esa rectitud, Jean-Luc? – le preguntó antes de concluir con la razón más importante de todas –. Y puedo confiar en ti Jean-Luc. Con los ojos cerrados.

 

Continuará…