“Cuando un nuevo y misterioso enemigo, aparentemente imbatible, empieza a avanzar por esta zona de la galaxia, todos tendrán que unirse para combatirlo"

Gene Rodenberry y George Lucas presentan: Star Trek-Star Wars

Capítulo 2

Operativo Omega

 Primera Parte

Escrito por LLorenç Carbonell/ Portada: Esteban Decker

Nota: Esta maxiserie esta situada tras el capitulo 24 de la temporada 7 de Star Trek Espacio Profundo Nueve.

Espacio Profundo Nueve

La lucha se había extendido por la promenade hasta las cubiertas inferiores. Parte del anillo exterior había caído, aunque la lucha proseguía en algunas zonas aisladas sin demasiada esperanza. El anillo de viviendas estaba casi en su totalidad en manos enemigas, así como todos los pilones de atraque. Los intrusos se habían abierto camino cortando literalmente el casco de la estación, equipados con armaduras fuertemente acorazadas que habían dejado paso a pequeños grupos de asalto, igualmente provistos de otras armaduras más livianas. Los equipos de seguridad bajoranos y federales hacían todo lo que podía pero la resistencia pronto cesaría, era inevitable, les superaban en número y lo peor de todo es que parecían estar en todas partes. Al ver lo desesperado de la lucha Odo había intentado abrirse camino hacia Ops, pero todos los caminos parecían bloqueados.

Esquivando los pasillos más grandes el condestable de la estación consiguió avanzar hasta la promenade, donde sus hombres habían luchado hasta el último aliento. Ahora el silencio se había apoderado de ella, tan solo el rumor lejano de disparos y explosiones perturbaba aquella fantasmal calma. Tirados por el suelo, apoyados en las columnas o colgando de la pasarela superior estaban los cuerpos sin vida de los combatientes. Mezclados había uniformes bajoranos, federales y los de los enemigos enfundados en aquellas armaduras blancas, que parecían sacadas de aquel ridículo programa holográfico del Rey Arturo de Jadzia.

De la enfermería oyó alboroto y varios disparos y Odo se escondió detrás del kiosko para ver como diversos soldados enemigos sacaban a empujones a Bashir y a varios enfermeros. Por la expresión de Julian acababan de matar a los heridos.

Otros soldados aparecieron por la pasarela llevando más prisioneros. En previsión de que los fueran a ejecutar, Odo alargó el brazo y cogió del suelo una pistola phaser bajorana y la cargó para matar.

Uno de las puertas de acceso se abrió con el ruido del aire comprimido y de ella surgieron varios soldados más que flanquearon la puerta, dejando paso a un hombre rubio con uniforme verde. Fue la primera vez que el cambiante veía a aquel enemigo. Uno de los soldados se cuadró e intercambiaron varias frases. El oficial miró de un lado a otro de la promenade y luego asintió. El que tenía armadura hizo un ademán al resto de los soldados y con la misma puerta de acceso se llevaron los prisioneros. Entre los que bajaban del piso superior pudo ver a Nerys.

Odo dejó el arma en el suelo y se ocultó en la pared, fundiéndose con esta.

Sector 001

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Desde el puente del superdestructor Verdugo se podía ver la destrucción de las naves de la Flota Estelar sin ninguna piedad. Como en otros muchos lugares el fuego de los cañones de iones había hecho mella en las defensas, dejando a las naves sin escudos, indefensas contra los disparos de los turbolásers imperiales.

– ¡La batalla es nuestra! – dijo jactancioso el Gran Almirante Gorden desde el extremo del puente.

– Es el momento de dirigirnos a la Tierra – dijo la voz de Gran Moff Daran detrás del Gran Almirante, que se giró molesto por aquella intromisión.

– Sí. Aquí ya no nos necesitan – contestó este acercándose al Gran Moff, que estaba junto a las consolas de comunicaciones, donde el capitán Crol coordinaba los mensajes que llegaban –. Replieguen la Flota, que el grupo del Conqueror remate la victoria.

– Sí, señor – replicó Crol girándose hacia los operarios.

– El almirante Vantorel ya ha enviado su informe – le Daran a Gorden –. Cardassia ha caído al igual que la Base Estelar 375 y Espacio Profundo Nueve con Bajor. Todo en el tiempo previsto.

– ¡Magnífico! – se alegró Gorden –. Con esta victoria los sectores más importantes de la Federación ya están en nuestras manos.

– Envíe un mensaje al almirante Vantorel con mi enhorabuena – indicó Daran, que miró a Gorden con cierto desdén –. ¿Y supongo que con la suya también?

– Sí por supuesto – contestó este entre dientes –. He de reconocer que es uno de los mejores oficiales que han servido bajo mi mando – admitió Gorden con cierta resistencia. No podía olvidar que Vantorel no era del todo humano. Y parecía que mostrar su irritación por ello deleitaba a Daran.

– El Carida informa que la última bolsa de resistencia en el Imperio Klingon ha sido erradicada en Boreth – dijo uno de los oficiales de puente.

– Que se dirija a sus objetivos en la Federación – le ordenó Daran –. Con el permiso del Gran Almirante Gorden, claro.

– Envíe las órdenes – confirmó este.

– La Flota está lista señor – informó Crol.

– Prepárense para un salto hacia el sistema solar – ordenó Gorden.

En el exterior los Destructores Estelares se colocaron alrededor del Verdugo, así como el resto de otras naves más pequeñas. En total había medio centenar, desde los modernos cruceros Strike, hasta los veteranos Dreadnaught, pasando por los Galeones estelares, fragatas y corbetas de diversas clases y tipos.

Tras recuperar a los cazas y bajo la orden del Verdugo, activaron sus sistemas de hiperespacio e hicieron un pequeño salto hasta el borde exterior del sistema solar.

– Transmitan el siguiente mensaje por todas sus frecuencias… – indicó Daran –. Les habla el Gran Moff Daran del Imperio Galáctico. Cualquier resistencia a la hora de ocupar el sistema será aplastada sin contemplación y las represalias recaerán sobre la población civil. Desactiven todos los sistemas defensivos y prepárense para rendirse. Cualquier otra actitud, será considerará resistencia y la población civil sufrirá las consecuencias. Se prohíbe todo viaje espacial no autorizado por y fuera del sistema, cualquier nave que viole esta condición será destruida. Sé prohíbe a su vez cualquier comunicación dentro o fuera del sistema. La violación de esta prohibición será castigada con la muerte. Todos los derechos de los ciudadanos de la Federación, quedan anulados.

Dique Espacial, la Tierra

La actividad en el interior de los diques era frenética mientras las últimas naves se apresuraban a abandonarlo. En previsión de un ataque los más de setenta mil ocupantes, entre miembros de la Flota y civiles habían sido evacuados a la Tierra, donde se suponía que estarían más seguros. Permanecía una tripulación mínima para su funcionamiento y defensa.

– Tenemos energía en todas las secciones – informó el cadete vulcano sentado en la consola de ingeniería. En la pantalla la Trident y la Curry acababan de salir por las puertas del Dique Espacial.

– Entonces es hora de irnos – indicó su capitán satisfecho –. Pida permiso al control para abandonar el Dique.

– Permiso concedido – respondió quien ocupaba la consola de comunicaciones.

– Piloto, adelante. Y tenga cuidado, está tocando un pedazo de historia – le advirtió Montgomery Scott, más conocido por todos como Scotty. Segundos después la nave museo USS Enterprise-A, despacio pero segura, se separaba de los enganches en los que había estado estacionada los últimos 82 años.

– Control nos desea suerte – indicó entonces el cadete que estaba en el antiguo puesto de la comandante Uhura.

– Devuelva el saludo y dígales, que volveremos.

– Sí, capitán Scott – replicó el joven con una sonrisa en los labios.

– Scotty – le rectificó el viejo ingeniero milagroso, mientras la antigua nave de su buen amigo el capitán James Tiberius Kirk salía al espacio, poniendo de nuevo la proa rumbo hacia las estrellas.

En la memoria del veterano oficial aquel momento se llenó buenos recuerdos. ¿Cuántos viajes como aquel había hecho con sus compañeros de aventuras: el capitán Kirk, Spock, el doctor McCoy, Sulu, Chekov y su querida Uhura?: incontables. La huida de aquel mismo dique con la Enterprise original. V'Ger; la sonda que había llegado en busca de los cetáceos extinguidos y el viaje en busca de George y Gracie. Los primeros contactos con los gorn, los tholianos, la horta, los belicosos klingons y tantas otras aventuras que ahora llenaban los libros de historia.

Tras vagar un par de años a bordo de la lanzadera Goddard, que tan amablemente le había prestado el capitán Picard, Scotty había regresado a la Tierra. La Academia le había ofrecido un puesto como profesor de la historia de la ingeniería. También le ofrecieron ser el responsable de la Nave Museo Enterprise, estacionada en el Dique Estelar. Esto le había permitido acondicionar su vieja nave y dejarla lista para entrar de nuevo en acción si hiciera falta. De esa manera había tenido la oportunidad de ofrecer la Enterprise-A cuando se dio la orden de evacuar la Academia y a sus estudiantes. Ahora esta volvía a estar en servicio activo en la Flota con una tripulación compuesta por cadetes de segundo, tercero y cuarto curso. Su misión era incierta, pero a bordo se respiraba resignación y esperanza.

– Todo recto y la próxima estrella a la Derecha – murmuró Scotty.

– ¿Cómo dice, señor? – le preguntó el timonel.

– Nada, nada. Pongan rumbo… prefijado.

San Francisco, la Tierra

Image:San Francisco attacked2.jpg

La sala del control espacial del sistema estaba con el personal mínimo, la mayoría del personal había sido evacuado. Tan solo algunos controladores y oficiales que habían estado observando la batalla y coordinando la salida de cientos de naves de la Tierra y de todo el sistema Solar.

– Creo que es hora de que se marchen – dijo el almirante Hayes.

– Algunas naves enemigas se desvían hacia Jupiter, Saturno y Marte – informó uno de los técnicos.

– ¿Qué hará usted ahora? – le preguntaron.

– Iré a París para estar junto al Presidente Jaresh-Inyo y el resto de los miembros del Consejo de la Federación. Ahora márchense, ya es muy tarde.

Teiron, transporte para tres.

– Buena suerte almirante – le desearon –. La necesitará.

– Ustedes también – devolvió el saludo Hayes y ordenó el transporte –. Energía.

Ante sus ojos las tres figuras se disiparon como si nunca hubieran existido.

– Almirante – le dijo una voz detrás de Hayes. Este se giró viendo un oficial vulcano de mirada fría. El comandante de la Flota no se movió, sabía que no sufriría y que era necesario.

En órbita seis lanchones, idénticos a las naves holográficas del planeta Ba’ku que habían sido transformadas para el transporte y desembarco de tropas, activaban los sistemas de ocultación y desaparecieron.

Utopia Planitia, Marte

Image:UtopiaPlanitiaFleetYards.jpg

Las instalaciones de los astilleros habían sido evacuadas horas antes a la superficie de Marte. Tan solo quedaban algunos técnicos y supervisores en el corazón de una de las estaciones del complejo orbital. Desde aquella sala de control se regulaba el intenso tráfico de lanzaderas, naves y workbees que siempre había entre las docenas de diques secos que se alargaban por encima del planeta rojo. Ahora la mayoría de estos estaban vacíos. Como había ocurrido durante la Guerra contra el Dominion, se habían enviado a la batalla naves inacabadas, algunas con el casco, los motores y las armas. En otros los armazones de los cascos yacían inertes en la tranquilidad del espacio.

Aunque no todos el personal de los astilleros marcianos habían sido trasladados a la superficie. Otros habían salido del sistema solar para escapar de la inminente caída de este y esconderse en lugares remotos o en sus planetas de origen. Aquella desbandada se había repetido por todo el sector 001 y se había llevado a cabo a bordo de todo tipo de naves: cargueros, transportes de pasajeros, yates deportivos, naves científicas no pertenecientes a la Flota e incluso en lanzaderas de corto alcance.

Todo aquel tráfico sin control pareció desaparecer de golpe cuando se trasmitió por todos los canales el mensaje de Daran.

– Es hora de marcharnos – indicó Sanik, ingeniero vulcano.

– Espera un momento… – replicó su compañera que estaba inclinado sobre la consola de ordenador central de los astilleros –. Bien preparen protocolo de seguridad cero-cero-omega. Código de seguridad, Leah Brahms Omega-Uno.

Segundos después los controles empezaron a parpadear y al cabo de un instante estallaron debido a una sobrecarga en todos los sistemas. La luz se apagó y la sala de control se iluminó gracias a las chispas y los rayos eléctricos, semejantes a relámpagos que saltaron de consola a consola. Cuando cesaron los fuegos pirotécnicos y el humo de los circuitos fundidos inundó la amplia sala de control Leah Brahms se giró hacia su compañero.

– Sí, es hora de marcharnos.

Los dos se transportaron a bordo de una pequeña nave, a cuyos mandos se encontraba el marido de esta. La nave había sido construida unas décadas antes por un boliano y estaba formada por un compartimento de mando para cuatro personas y un potente motor binario, unido por un pequeño cuello y una sección para la carga.

– ¿Ya está? – le preguntó su esposo que estaba a los mandos.

– Sí. Tardarán un poco en poder utilizar Utopia Planitia – respondió la doctora Brahms satisfecha de su obra –. Todos los ordenadores conectados a la computadora central están inservibles y he activado un subprograma que ha derretido la mayoría de los reactores de los diques secos. No será fácil repararlos.

La pequeña nave se despegó de la estación orbital y se alejó hacia el espacio profundo. Pero antes de salir de las instalaciones de Utopia, cuatro pequeños cazas se colocaron justo detrás de ellos. Y sin perder tiempo empezaron a disparar contra la nave que huía. El primer par de disparo alcanzó la nave de lleno, haciéndola ladearse violentamente por culpa del impacto, al tiempo que una de las consolas estalla por la sobrecarga. El segundo par de haces fueron dirigidos a los motores, aunque alcanzaron la bodega de carga abriendo un agujero en el casco.

Sanik se adelantó hasta la consola del copiloto y haciéndose con los mandos aumento la velocidad. Había participado en la construcción de aquella nave y sabía muy bien como funcionaba y el rendimiento que podía darle. Desvió la energía a los campos de fuerza para cerrar el casco y sin perder más tiempo aceleró hasta alcanzar la velocidad de curvatura y salir del sistema solar.

Cuando dejó aquellos cuatro cazas bien lejos, se giró hacia su viejo amigo y aunque no era médico, supo que no se podía hacer nada. Leah lloraba detrás.

USS Wounded Knee

En el puente aun estaba saturado de humo del incendio que se había producido al estallar varias consolas y que acababan de apagar. El capitán Eugen Hawk Eye se sentó en su silla y volvió a respirar. Giró la pequeña pantalla que tenía en el respaldo del asiento y comprobó la lista del control de daños, donde iban apareciendo nuevos datos. Los más grabes parecía ser un boquete abierto en el lado de babor plato, que atravesaba varias cubiertas y los desperfectos sufridos en una de las barquillas de curvatura. Otras partes del casco también habían recibido impactos directos, pero por suerte no peligraba la integridad de la nave. Los escudos estaban por debajo del diez por ciento y la carena secundaria se había resentido seriamente. Tenían cerca de una treintena de muertos, once desaparecidos y más de un centenar de heridos, algunos de ellos grabes. Se habían producido catorce incendios de diversa magnitud y algunos sistemas secundarios no funcionaban. Por otro lado habían podido rescatar a los ocupantes de cuantas cápsulas de escape había encontrado de la Thomas Paine.

Luego comprobó cuantas naves habían podido salir de aquella trampa junto a él. Tan solo cuatro: la Firefox, la Cronos, la Centaur y la Saladin. Cinco de más de seiscientas. Parecía que nadie les seguía, la flota enemiga se estaba replegando, para todos la batalla se había acabado y por suerte habían podido escapar. Pensó en los hombres y mujeres, amigos suyos que habían muerto aquel día. Era un guerrero cheyenne, nómadas de las praderas y sus antepasados habían luchado en Little Big Horn. Viendo la magnitud del desastre de la Batalla del Sector 001, alguien podría pensar que había sido un cobarde al huir. Pero para un descendiente de guerreros como él, tan solo se había retirado para volver a atacar más a delante. Como lo haría un boxeador al esquivar un derechazo.

– Capitán detecto una señal extraña – dijo entonces su oficial científico Takara.

– ¿De que tipo?

– No estoy seguro. Pero está frente a nosotros.

– En pantalla – ordenó Hawk Eye.

Delante de él apareció algo que ninguno de los presentes había visto nunca. Parecía una medusa flotando en el espacio, con grandes esferas alrededor de la parte superior, semejantes a ojos, con cinco patas acabados en pequeñas garras y ganchos.

– He filtrado la señal – informó y pasó al audio lo que estaba captado. Una especie de pitidos sin sentido se oyeron por todo el puente.

– Nos está escaneando – indicó entonces el oficial de seguridad, el teniente Malcolm –. Detecto un pequeño escudo y sensores infrarrojos, electromagnéticos y radar superamplificado de medio alcance.

– Una sonda – susurró Hawk Eye.

– Se aleja – indicó Malcolm.

– Atrápenla con el rayo tractor y transpórtenla a bordo – ordenó el capitán.

Segundos después aquella extraña sonda era atrapada en la fuerza del rayo e inmediatamente explotaba.

– ¡Se ha autodestruido! – indicó Takara sorprendida.

– Imagino que no quieren que sea capturadas. Igualmente transporten los restos a una de las bodegas – indicó Hawk Eye sin dejar de observar los restos en la pantalla. Poco después estos se desmaterializaban.

– Es posible que haya informado de nuestra posición – dijo Malcolm –. Sugiero cambiar de rumbo y alejarnos de aquí a máxima velocidad.

– Era lo que iba a ordenar teniente – le replicó su capitán –. Alférez, ya ha oído a su oficial. Alejémonos de aquí a toda máquina.

– Sí señor – respondió el piloto. Los motores aumentaron potencia y Wounded Knee aceleró al máximo que le permitían sus dañados motores, acompañada de cerca por las cuatro naves que habían logrado huir de la batalla.

Bajor

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Los pasos del joven monje resonaban por los pasillos de la residencia de la Kai. Sabía que tras la muerte del Vedek Solbor, la Kai Winn se había recluido en sus estancias y había dado órdenes estrictas de nadie la molestara. Pero las circunstancias eran más que extraordinarias. Ya había querido avisarla cuando el primer ministro Shakaar les había pedido que informara a la Kai de la batalla que se estaba librando alrededor de DS9. Pero los sirvientes más mayores se lo habían impedido, temerosos por lo que estaba ocurriendo en las últimas semanas en aquella casa. Ahora la situación era diferente. La llamada de Shakaar era clara: la batalla estaba perdida y las naves enemigas se dirigían hacia Bajor. De nuevo iban a ser ocupados. Tenía que avisar a la Kai, para que se escondiera. O por lo menos que estuviera advertida del peligro que se acercaba.

Llamó a la puerta nervioso sin lograr ninguna contestación. Volvió a llamar, esta vez más insistentemente. Entonces se abrió la puerta de golpe, sobresaltándolo.

– ¡Ordené que nadie me molestara! – ladró Kai Winn, que llevaba el pelo suelto, cayéndole por encima de los hombros.

– Una invasión, su excelencia. Están invadiendo Bajor – replicó este bajando la vista.

– ¿El Dominion? – preguntó una voz masculina desde el interior de la habitación.

– No. Un nuevo enemigo – respondió el monje –. Espacio Profundo Nueve  ha caído y las naves federales han sido destruidas.

– ¿Un nuevo enemigo? – preguntó Anjohl Tennan, que apareció por detrás de la Kai. El joven monje conocía al amante de la Kai, pero como al resto de sirvientes nunca le había hecho la más mínima gracia. Hacía unas semanas la Kai les había ordenado que le echaran a la calle. Pero había regresado aquella mañana y nadie había osado detenerle.

» ¡Respóndeme!. ¿Qué nuevo enemigo? – insistió Anjohl que impaciente zarandeó al monje.

– Mira – le dijo la voz de Winn desde el fondo de la habitación.

Anjohl dejó al monje y se dirigió al balcón desde donde se veía toda capital, con la cúpula del templo. Las columnas de humo ya empezaban a asomar por la zona de los cuarteles de la milicia y los edificios del gobierno, mientras unas pequeñas naves parecidas a insectos surcaban el cielo disparando hacia los edificios. Tenían una carlinga esférica y dos alas octogonales. Al fondo, descendiendo desde las colinas otras más grandes se acercaban hacia la ciudad. Dukat no reconoció ninguna de ellas. No eran del Jem’Hadar, ni Breens, ni de ninguna raza conocida. ¿Quieres eran?. Se preguntó. Eso afectaba a sus planes de forma irremediable. Ahora que estaba tan cerca.

– ¡Noooo! – gritó desesperado golpeando la barandilla con el puño –. ¡Ahora no pueden hacer esto!.

En ese momento por encima del palacio apareció una de aquellas naves, acompañada del zumbido de sus motores. Tenía un aspecto alargado, con la proa en forma de pico y tres alerones, uno encima del casco y los otros dos en la parte trasera mirando hacia abajo. El vehículo empezó a maniobrar para tomar tierra y los dos alerones traseros se plegaron girando hacia arriba.

– Hemos de marcharnos – dijo Kai Winn, pero Anjohl observaba aquella extraña nave, como hipnotizado, preguntándose quienes eran.

Esta tomó tierra y de una rampa empezaron a descender los soldados. Al ver a aquellos seres metidos en sus corazas blancas, tuvo un presentimiento. Era muy distinto a los que había tenido antes. Era como si el mal reconociera al mal. En ese momento una pareja de aquellos cazas de alas planas y cabina abovedada sobrevoló la residencia.

Poco después los soldados de corazas blancas entraban por la puerta, desplegándose por la habitación y reduciendo a los dos bajoranos que había, poniéndoles de rodillas. Detrás de ellos entró un humano que lucía un uniforme completamente negro. Era un hombre joven, bastante alto, ojos oscuros, el pelo debajo de su gorra era castaño con las patillas grisáceas por las canas, al igual que su perilla. Se planto en el centro de la estancia, con los brazos a la espalda, completamente seguro de sí mismo y les observó con detenimiento. En sus ojos había una mirada extraña: no había desprecio, más bien una solemnidad imperante, como si supiera que era lo que estaba sucediendo en aquella habitación.

– Escolten a la Kai a la lanzadera – les ordenó.

– ¿Qué hacemos con los bajoranos? – preguntó otro de los soldados. El oficial volvió a mirar a Anjohl detenidamente, como si estuviera pensando que hacer.

– Reclúyanlos con el resto.

Dicho lo cual dos soldados cogieron a la Kai por los hombros y se la llevaron sin que esta opusiera resistencia, tan solo una compostura altiva. Los otros soldados cogieron a Anjohl y al monje sacándolos arrastras. Lo último que Anjohl vio antes de que le sacaran de la habitación fue como aquel oficial cerraba el libro que había sobre la mesa con sumo cuidado. En su interior Anjohl lanzó un grito de desesperación, de laguna manera sabía que aquel oficial conocía el significado de aquel libro.

París, la Tierra

Ante la ventana del despacho del Presidente de la Federación Jaresh-Inyo contempló como aterrizaban varias lanzaderas de cuyas rampas empezaron a salir soldados vestidos con armaduras blancas que se desplegaban por el recinto presidencial. Decidió que lo mejor era sentarse en su butaca y maldijo el día que había aceptado ocupar aquel despacho. Miró a los hombres que le rodeaban: el comandante supremo de la Flota Estelar Almirante Hayes; la Presidente de las Naciones Unidas Marta Liberman y varios de sus más fieles consejeros. Pensó en el futuro que les aguardaba a todos.

Los alborotos en los pasillos se oían cada vez más cercanos, hasta que la puerta se abrió de golpe, dejando paso a uno de aquellos soldados de impolutas armaduras. Aunque esta vez llevaba una de color gris.

– ¿Quién es el Presidente de la Federación? – preguntó este con voz metálica apuntándoles con su arma.

– Soy yo – dijo Jaresh-Inyo poniéndose en pie.

– Queda usted arrestado. En nombre del Imperio.

Inmediatamente después media docena de soldados entraron en el despacho y se distribuyeron por su interior.

– ¿Usted quien es? – preguntó el soldado de gris entonces a Hayes.

– Soy el Comandante Supremo de la Flota Estelar.

– Perfecto, entonces tenemos trabajo para usted – replicó este, que había entregado su arma a uno de sus compañeros y paseaba tranquilo por el despacho –. Según tengo entendido hay unas leyes para los prisioneros, ¿verdad?.

– Así es – contestó este mirando fijamente aquel casco, que intentaba asemejarse a una cara. Aquel soldado se movía seguro de sí mismo, seguramente sería un oficial.

– El Imperio no tiene ese tipo de reglas – le soltó con cierta diversión en su tono de voz –. Pero he de reconocer que nos portaremos bien con ustedes. Si colaboran.

– ¿Con quien tengo el gusto de hablar? – le preguntó Hayes.

– General Pion, 141º Legión Stormtrooper. ¡Ahora muévase!.

Belak

Era un planeta muy antiguo que apenas sufría movimientos sísmicos, en consecuencia la superficie estaba cubierta de amplias llanuras cubiertas de hierba y colinas onduladas. En la superficie había prosperado una antigua civilización, extinta mucho antes de la llegada de las primeras naves romulanas en el albor de su imperio. Belak se consideraba el primer asentamiento tras su llegada a Romulus y la colonia la más antigua del imperio. Ahora contaba con una población de 823 millones y una industria agrícola muy próspera. También tenían la segunda Academia Militar más antigua del Imperio y la base orbital contaba con unos astilleros con 21 diques secos. Según se decía los habitantes de Belak eran incluso más arrogantes que los propios romulanos de Romulus.

Ahora la capital con su casco antiguo de distinguidas y antiguas casas coloniales, con sus jardines y monumentos a sus más distinguidos senadores y militares, se habían convertido en ruinas humeantes. El bombardeo orbital había durado varios días, para pasar a ataques desde vehículos aéreos que disparaban a todo movimiento en la superficie, así como a aquellos lugares susceptibles de convertirse en núcleos de resistencia, como el Fórum o el Capitolio. Tras varias horas así, aparecieron las primeras naves de asalto: de forma triangular habían descendido a las afueras de la capital, descargando a las tropas y sus vehículos blindados que ya habían penetrado en la antigua Academia Militar.

Pero los altivos habitantes de Belak no iban a dejar que la toma del planeta fuera sencilla y obligarían a los invasores a pagar un alto precio en sangre por ocupar sus ciudades y llanuras. Mucho antes de la llegada de la primera nave enemiga se repartieron entre la población civil miles de rifles y pistolas disruptoras, granadas de plasma y cualquier cosa que pudiera ser útil en aquella defensa desesperada. Cuanto las primeras tropas pisaron la superficie comprendieron que la resistencia sería tenaz.

Los combates duraron una semana con sus días y sus noches, la ciudad fue de nuevo bombardeada por los cazas y desde las naves de asalto que habían aterrizado no lejos de la capital.

Ahora los vehículos blindados del enemigo se internaban despacio entre las barricadas y los escombros de los edificios en un lento avance hacia el interior de la ciudad. En los barrios periféricos donde se alzaban las grandes mansiones de los comerciantes y políticos, los combates se habían alejado aun así las patrullas enemigas, montadas en sus veloces motos deslizadoras, hacían difícil moverse. A pesar de ello tres figuras se deslizaban sigilosas entre las ruinas. Dos iban armados con fusiles, mientras que el tercero empuñaba una pistola. En la pared que dividía un jardín de una casa reducida a una montaña de cascotes, las tres figuras se detuvieron. Uno de los vehículos de seis patas del enemigo parecía acercarse por la avenida cercana. Avanzaba despacio con una hilera de soldados de blancas armaduras a los lados. De repente unos disparos alcanzaron a una de las filas y derribaron a varios de los asaltantes. Sus compañeros respondieron inmediatamente al igual que aquella bestia, que giró uno de los cañones y disparó varias ráfagas hacia el lugar de procedencia de los primeros disparos. Luego varios soldados se acercaron y se produjo un corto tiroteo. Finalmente la bestia prosiguió su avance, sobrepasando la pared donde aquellas tres figuras habían esperado escondidas a que concluyera la escaramuza.

Cuando el ruido de las pisadas se perdió, las tres figuras reanudaron al amparo de la noche ya incipiente su marcha hacia las afueras de la ciudad. Al pasar junto a cadáver del soldado enemigo abatido, se detuvieron. Quien empuñaba el arma observó la armadura de aquel soldado e inundado de curiosidad le quitó el casco.

– ¡Humanos! – exclamó sorprendido.

– Embajador, por favor – insistió uno de sus acompañantes nervioso.

– Fascinante – concluyó el otro y los tres prosiguieron su marcha hacia la lanzadera que les esperaba oculta en el bosque, aun a muchas horas de distancia.

USS Enterprise-E

– ¿Alguna noticia de la Tierra? – le preguntó Beverly cuando la puerta del despacho de Jean-Luc se cerró detrás de ella.

– La batalla se ha perdido – dijo Picard descorazonado –. El sistema Solar ha sido invadido, lo han transmitido por todas las frecuencias. Y Andor ha transmitido una señal de socorro: sus defensas acaban de caer.

– ¿El Mando de la Flota ha enviado alguna comunicación?

– Todavía no. Aunque en la Base Estelar Earhart estaba organizando un grupo de batalla para defender el sector.

– ¿Podríamos unirnos a ellos? – sugirió Beverly –. Tenemos cuatro naves aquí.

– Ya lo he pensado. Pero nuestras órdenes eran muy estrictas, no podíamos movernos hasta nueva orden. Y el silencio de radio indica que nos están reservando para algo y no quieren que nadie sepa donde estamos – le explicó Jean-Luc –. La cuestión es saber para que o por que.

Capitán recibimos una transmisión de la Flota – informó la voz de Riker.

– Bien, pásela a mi despacho – ordenó este.

Está transmitida por el Código 47 – puntualizó Riker.

Beverly y Jean-Luc se miraron. No hizo falta nada más para que esta saliera. Cuando se quedó solo giró la pantalla que tenía encima de su mesa. Tan solo había utilizado aquel canal una sola vez, hacía bastante tiempo y en circunstancias que resultaron muy penosas. Una transmisión tan solo para los capitanes y que no dejaba constancia de haberse hecho. Precisamente por eso mismo se creó el Código 47, pensó Picard antes de identificarse. El símbolo de la Federación desapareció de la pantalla y en esta apareció la cara del capitán DeSoto, que no había cambiado desde la última vez que se habían visto hacía cuatro años en una conferencia en Menk.

– Hola, Jean-Luc – le saludó formal, pero amistoso.

– Robert.

– Tengo nuevas órdenes para ti y las naves estelares que están contigo – le dijo sin más preámbulos –. Hemos de reunirnos con en el sistema Huiar en la fecha estelar 53107.5. No trasmitas e intenta camuflar la firma del warp. Es importante la discreción. Tú y tu nave quedáis bajo el Operativo Omega. Es decir: no obedeceréis ninguna orden que no proceda de mí hasta nuestro encuentro. Los protocolos de seguridad están en el ordenador de tu nave bajo el código: Alfa, Tango, Sierra, Cero, Uno. Prefijo, Charlie. Comunica esto al resto de capitanes que están contigo. Nos veremos en Huiar.

– ¿Nada más? – le preguntó Jean-Luc.

– Por ahora no. No sabemos si las comunicaciones son seguras.

– Bien Robert, hasta dentro unos días.

Dicho lo cual regresó el símbolo de la Federación a la pantalla.

USS Defiant

Sintió una punzada en el cuello y poco a poco empezó a volver en sí. Abrió los ojos, estaba aturdido y le dolía la cabeza, como si un grupo de herreros se dedicaran a martillear sin cesar. Por suerte la visión doble se disipó y pudo enfocar mejor.

Se encontraba en la enfermería de la Defiant que estaba abarrotada de heridos que ya no cabían en las camas y estaban estirados por el suelo. A su lado estaba Dax, su fiel amiga, su viejo mentor.

– ¿Y la batalla? – farfulló Sisko.

– Para nosotros ha acabado, Benjamin – dijo Ezri con una media sonrisa.

Espacio… – Siko no continuó cuando Ezri negó con la cabeza.

– ¿Cuántos han sobrevivido? – prosiguió con debilidad.

– Que nosotros sepamos, nadie más – continuó Ezri con pesar. Benjamin cerró de nuevo los ojos y se quedó pensativo un tiempo en los camaradas caídos, en los amigos que habían tenido que dejar atrás. Luego abrió de nuevo los ojos.

– ¿Qué daños tiene la Defiant?

– O’Brien ha vuelto a activar el reactor y está intentando reparar el warp, pero no superará el factor 4. Los escudos están fundidos, solo tenemos los cañones phaser de estribor, los sensores están a un 35% y la integridad estructural al 46%.

– ¿Cuántas bajas hemos tenido?

– Ocho muertos y una veintena de heridos. Algunos grabes. Pero la enfermera Bandee lo tiene bajo control. Hemos recibido una señal de la Estación Lya Alfa. Está siendo atacada.

Kora II

Los restos de las naves del jem’hadar y cardassianas flotaban alrededor del planeta. La lucha había sido encarnizada, como era costumbre entre las dos belicosas razas y sin la llegada de las fuerzas Imperiales era muy posible que la suerte se hubiera decantado a favor de los primeros. Ahora los cardassianos celebraban la derrota de sus antiguos aliados a los que habían llegado a odiar profundamente.

Pero la ayuda en Kora no había sido gratuita y aquel remoto sistema guardaba una importancia capital para las fuerzas imperiales. En uno de los asteroides el Dominion había construido una instalación de clonado Vorta y del jem’hadar.

El asalto a la base del asteroide había sido cuidadosamente preparada por el capitán Broan del crucero Sark. Mientras la lucha se libraba alrededor de las instalaciones orbitales de Kora II su nave había surgido del hiperespacio junto al campo de asteroides y tras internarse en este a gran velocidad había disparado sus diez cañones de iones sobre la base destruyendo sus defensas. Inmediatamente después lanzó su escuadrón de cazas TIE para escoltar a las lanzaderas de asalto Gamma cargadas de soldados Cero-G que penetraron sin perder tiempo en la base. Los combates se alargaron varias horas de lucha encarnizada y tras la muerte del último jem’hadar la base había caído para gloria del Emperador.

Broan se consideraba un hombre audaz, sin miedo a nada y mucho antes del final de la lucha se había trasladado al interior de la base de clonación junto a un escuadrón de stormtroopers para tomar posesión en nombre del Emperador.

Ahora observaba en el muelle de atraque como una corbeta antibloqueo corelliana alargaba un cordón de acoplamiento. A su alrededor los efectos de la lucha eran evidentes: cascotes del asteroide repartidos por el suelo, humo, incluso algunas llamas de los incendios aun no acabados de apagar y aquel dulzón hedor a carne quemada. La puerta hidráulica rodó y apareció un alto oficial de la inteligencia imperial acompañado por dos alienígenas, que tuvieron que inclinar sus cuellos para poder entrar. Broan tenía mucha curiosidad por conocerles, en realidad por verlos, desde que le habían ordenado planear aquel ataque y explicado la importancia de las instalaciones. Como humano se había criado a bordo de una nave de carga y había visitado infinidad de mundos, aun así desconocía la existencia de aquella raza de seres acuáticos. Sus movimientos eran elegantes, medían más de dos metros, poseían unos cuellos cortos y alargados, una piel violácea y unos grandes ojos oscuros.

– Capitán informe de la situación de las instalaciones – le pidió el coronel.

– Sí señor. El reactor está seriamente dañado, pero la energía está siendo transferida desde el crucero Sark. Las instalaciones de clonación fueron dañadas parcialmente por los técnicos vorta, pero el ordenador central está intacto. También hicimos cinco prisioneros entre los científicos. Parece ser que no aplicaron su implante de terminación.

– Excelente capitán – indicó él alienígena con complacencia –. Ahora me gustaría ver las instalaciones de las que me ha hablado tanto.

– Por aquí – indicó Broan y se internaron en el asteroide. Pronto empezaría a desmantelar las instalaciones y cargarlas a bordo del Sark bajo la atenta mirada de los dos kaminianos, expertos clonadores del imperio.

Base Estelar 153

Las instalaciones estaban desiertas, en el centro de operaciones tan solo estaba el comandante de la estación y varios oficiales voluntarios. Era la única base estelar que no había sido atacada en el sector, antes lo habían sido la 93, la 204 y la 127. Y tampoco había naves disponibles, tan solo la USS Wellington que había ido a proteger la base estelar 204 y que presumiblemente habría sido destruida junto a esta. Por tanto era lógico suponer que ellos eran los siguientes. Era un lugar sin mucha importancia: no tenía instalaciones orbitales: tan solo unos edificios en la superficie junto a la colonia tallarite. Se encargaba normalmente del soporte científico, con lo que estaban equipados con laboratorios biológicos y exobiológicos bastante buenos. Otra tarea que realizaban era de tránsito y abastecimiento, así como cierto apoyo básico para reparaciones de poca magnitud. Las defensas eran mínimas: escudos deflectores para las instalaciones, varios cañones phasicos planetrios y los módulos de armamento para las tres runabouts de la clase Robinson, así como armas para el personal, nada más.

Ante el inminente ataque el comandante Jordan había ordenado la evacuación total del personal de la base: ochenta y cinco personas y sus familias que se habían escondidas entre los ochenta mil civiles de la colonia.

– Detecto una nave descamuflándose – informó el oficial de seguridad –. Es un crucero klingon del tipo Vor’cha.

– Abran comunicación – ordenó Jordan.

– Aquí el capitán Klag, del DIlyum. Nuestra nave está seriamente dañada, solicitamos a la Federación soporte técnico – dijo el klingon que apareció en la pantalla.

– Estamos esperando un inminente ataque, capitán Klag – empezó a decir Jordan… pero entonces se dio cuenta de lo que representaba aquella nave –. Pero les ayudaremos en todo lo que esté a nuestro alcance. Transmita sus averías y enviaré a mis ingenieros.

– Gracias, comandante…

– Jordan – dijo este presentándose –. Mark Jordan. Por cierto, comandante Klag, hemos solicitado una evacuación de la base, pero no queda ninguna nave en el sector…

– Prepare a sus hombres para la evacuación, comandante – le interrumpió Klag para el cual no era difícil adivinar las intenciones del humano. Nunca olvidaría el primer encuentro que tuvo con un oficial de la federación a bordo del Pagh. Aquello reafirmó lo que había pensado hasta entonces de los humanos y de la Federación: eran imprevisibles. Pero Riker le había enseñado una cosa más: también eran honorables, a su manera claro está –. Y sus ingenieros para reparar mi nave.

– Así será.

Varias horas después el DIlyum permanecía en órbita mientras los ingenieros trabajaban a marchas forzadas en reparar el reactor principal. Los daños sufridos habían sido cuantiosos y el sistema de refrigeración se había resentido en exceso, al igual que una de las barquillas warp y otros sistemas menos vitales. Aunque lo peor había sido intentar combinar la tecnología klingon con los repuestos de la Flota.

– Creo que aguantará capitán – dijo el ingeniero klingon.

– Entonces, podemos marcharnos – replicó Klag que se giró hacia su navegante –. Sáquenos de órbita.

– Detecto puntos de distorsión dimensional – informó entonces uno de los técnicos klingons del puente. En su voz se podía notar cierto nerviosismo.

– Activen el sistema de ocultación. ¡Ahora! – ordenó Klag sin apartar la mirada de la pantalla. La iluminación del puente se oscureció y frente a él apreció un pequeño grupo de naves que Jordan nunca había visto –. Envían a las naves más pequeñas.

– ¿Usted cree que eso es pequeño? – le preguntó Jordan señalando a la más grande, que debía de medir 600 metros de largo, tanto como una nave Galaxy.

– Sí, comandante. Esa es una nave pequeña – replicó Klag, recordando la batalla que se había librado en Qo’noS –. Pequeña.

Segundos después el Dreadnaught se colocaba en órbita y empezaba a disparar contra las instalaciones de la Base Estelar 153 reduciéndolas a escombros.

– ¿Toda su dotación había sido evacuada? – se quiso cerciorar Klag.

– Toda gracias a Dios. Junto a las lanzaderas y aquello que nos puede ser útil.

Espacio Profundo Nueve

El almirante Vantorel se sentó en la silla que antaño habían ocupado Gul Dukat y Benjamin Sisko. Había estudiado las carreras de todas las personalidades del sector incluyendo a aquellos dos oficiales. Pero había sido Sisko el único al que había llegado a respetar. Si había algo que le diferenciaba de otros oficiales de alto rango de la Flota Imperial, sin contar por supuesto su ascendencia alienígena, era su afición a leer los informes de Inteligencia. Y cuando le informaron de cual iba a ser su misión en aquella macro invasión no cesó de pedir más y más informes sobre aquellos territorios. Y cada vez le fascinaba más y más.

Siempre había anhelado ingresar en el cuerpo de cartografía y explorar los rincones desconocidos de la galaxia, por eso se había enrolado en la marina imperial. Aunque no le había sido fácil y tan solo gracias a los contactos de su abuelo, antiguo oficial de la república había logrado que le dejaran alistarse. Todo porque su madre era medio alienígena. Aun así tan solo había podido llegar a técnico auxiliar y destinado a un viejo patrullero. Pero todo cambió durante un ataque de unas naves renegadas al sistema en que servía. Durante la batalla un disparo certero de un caza destruyó el puente de la patrullera, sin oficiales pero con el motor y las armas en funcionamiento. Él había tomado los controles y empezó a disparar contra los cazas que en aquel momento le daban la espalda. Destruyó cuatro antes de que estos pudieran reaccionar, el tiempo necesario para que la batalla se volviera a su favor. Aquel acto no pasó desapercibido para Lord Darth Vader que buscaba buenos oficiales para la marina en constante expansión y le envió a la Academia Imperial de Carida. Allí sus compañeros le habían hecho el vacío y había soportado estoicamente las burlas, las novatadas y el desprecio. Pero aquel menosprecio había forjado un carácter frío, fuerte, sin escrúpulos. Se concentró en la disciplina y de su promoción había alcanzado el mayor rango en el menor tiempo. Era el número uno.

Y ahora se encontraba al mando de un sector de una galaxia desconocida, con los poderes de un Gran Moff. Pero lo mejor de todo era que se encontraba en un lugar nuevo, misterioso y lleno de sorpresas.

– Almirante – le interrumpió la voz del capitán Adel –. Ya han llegado los prisioneros de Bajor.

– Perfecto, que pasen – ordenó irguiéndose en la silla. Escoltado por dos stormtrooper estaba el primer ministro Shakaar: un antiguo luchador de la resistencia bajorana, un hombre con el que tenía que tener cuidado. Estaba esposado, así que ordenó que le quitaran los grilletes y esperaran fuera –. Siento haberle traído de esta forma, primer ministro. Mis disculpas.

– ¿Quién es usted? – preguntó el bajorano con arrogancia. Shakaar tenía a un humano de facciones rectas y duras, con unos ojos de un azul profundo y mirada penetrante, con la gorra metida hasta taparle las orejas.

– Cierto, no me he presentado. Soy el Almirante Vantorel. ¿Quiere tomar alguna cosa? – le preguntó cortes.

– No. Lo que me gustaría saber de donde proceden.

– De una galaxia muy lejana – dijo Vantorel –. Ahora quisiera que como primer ministro de Bajor firmara la Carta Imperial. Para su información no es ninguna rendición, nosotros no tenemos ninguna disputa con el pueblo bajorano, todo lo contrario, deseamos su alianza. Este documento regula los derechos y las responsabilidades de los mundos bajo nuestra tutela. Entre los cuales está nuestra protección militar, derechos de paso por su sistema, utilización de los recursos, tributos y cosas por el estilo. ¿Firmará la Carta Imperial?

– Nunca.

– Me lo imaginaba. Para su información su sistema político y social, la seguridad interna, así como la administración gubernamental de Bajor y sus colonias permanecerán bajo el control total de su Gobierno. Exceptuando claro está, Espacio Profundo Nueve que quedará bajo nuestro control absoluto.

– Jamás firmaré algo semejante a eso – contestó Shakaar con determinación.

– Sabía que no lo haría, pero debía intentarlo. Pero no se preocupe, ya encontraré a alguien que lo haga. Buenas tardes primer ministro – se despidió Vantorel. Los dos soldados de armadura blanca entraron en el despacho y se llevaron a Shakaar. El almirante se dirigió a su ayudante –. Que traigan a Kai Winn.

USS Europe

La nave de la clase Nebula se puso en órbita alrededor del planetoide llamado Memory Alfa. Sus órdenes habían sido transmitidas a través del Código 47 por el capitán DeSoto. Debían dirigirse hacia la gran biblioteca donde se almacenaban todos los conocimientos históricos, culturales y científicos de todos los planetas de la Federación. Varios años atrás, la Europe había sido una de las naves destinadas a un programa de ampliación de memoria de su ordenador central. El programa estaba ideado para dotar a la flota con la capacidad de evacuar una importante capacidad de datos informáticos ante un desastre de nivel planetario, como había ocurrido en el caso de Bynaus en el 2364. Aun así, durante el viaje habían tenido que hacer espacio dentro del ordenador central para que toda la información de Memory Alfa pudiera caber.

– Comuníquese con la biblioteca y salúdeles – ordenó la capitana Nera Sul, una de las primeras comandantes bajoranas de la Flota –. Dígales que se preparen para volcar sus archivos en nuestro ordenador.

En la pantalla apareció un hombre menudo, un enano de amplia sonrisa.

– Soy Alexander, el administrador general de Memory Alfa. Todo está dispuesto para transferir los datos – indicó este.

– Gracias, señor Alexander – replicó Nera Sul –. No podemos perder tiempo. Que empezaremos inmediatamente. Solo quería decirle que si así lo desean podemos evacuar a su personal no esencial.

– Se lo agradezco. Y aunque yo y algunos técnicos nos quedaremos, empezaré a preparar el traslado de los investigadores que permanecen en nuestra instalación.

– Buena suerte, Europe fuera – indicó su capitán y en la pantalla volvió a aparecer las instalaciones de la superficie del planetoide.

– Controlaré el volcado para que no colapsen las conexiones – le indicó su primer oficial trill, saliendo del puente.

El proceso iba a ser largo y delicado, una sobrecarga en el sistema y el ordenador se podría colapsar y no serviría de nada todo el trabajo realizado.

– ¿Cuánto tiempo estima que tardará el volcado? – le preguntó a su oficial científico.

– Cinco horas, treinta y tres minutos – replicó Peter Garrot.

Stolen

– Las lecturas son correctas, no hay duda – dijo Seskal tras comprobar de nuevo los ordenadores –. Hemos encontrado a la Defiant.

– O alguna nave klingon… – puntualizó Garak con una de sus sonrisas sarcásticas. Damar se había acostumbrado a tratar con el antiguo torturador de la Obsidian Orden, aun así en ocasiones le gustaría asesinarle con sus propias manos. Tal vez cuando Cardassia volviera a ser libre.

– Comuníquese con la nave oculta – ordenó Damar y segundos después apareció en la pantalla el inconfundible rostro klingon del comandante Worf.

– Imaginaba que eran ustedes, pero no teníamos la certeza – indicó Worf.

– ¿La destrucción fue masiva? – preguntó Sisko sentado con el resto de sus oficiales y los dos cardassianos en el pequeño comedor de la Defiant.

– Calculamos que murieron más de ochocientos millones – indicó Damar.

– La Flota del Dominion fue completamente aniquilada – prosiguió Garak –. Ya fuera por la honda expansiva o por el ataque siguiente a la explosión.

Espacio Profundo Nueve también ha caído – prosiguió Sisko –, así como las naves que la protegían. Nosotros sobrevivimos gracias al sistema de ocultación. Según las últimas comunicaciones del Mando de la Flota, el sector 001 ha seguido la misma suerte.

– No puedo imaginarme quien ha podido causar tantos daños en tan poco tiempo – reflexionó Damar –. Los romulanos, luego klingons, y ahora la Federación y el Dominion de un solo golpe. ¿Qué es lo que pretende hacer ahora, capitán?

– Resistir – dijo Sisko con pesar –. No es posible que toda la Flota haya sido destruida. Seguro que otras naves han logrado escapar. Las buscaré y nos uniremos a ellas. No pienso quedarme con los brazos cruzados en este momento.

– Cuente con mi ayuda capitán – respondió Damar.

– Se lo agradezco, Legat.

El Verdugo

– No ha habido problemas salvo en Utopia Planitia – informó uno de los oficiales de enlace –. Parece ser que algunos técnicos sabotearon los ordenadores y reactores de los diques secos.

– Que empiecen enseguida las reparaciones. Cuanto antes empecemos, menos problemas tendremos – replicó el Gran Moff. El Verdugo estaba en órbita a la Tierra y sus naves de asalto ya se habían apoderado de todo el sistema.

Durante un tiempo se quedó mirando aquella enorme estación orbital que tenía forma de hongo. Había pensado de utilizarla como centro de detención, así como base suministros y de reparaciones para sus naves… Pero ahora que la miraba detenidamente le pareció demasiado bonita para acabar como una vulgar prisión orbital. Había algo que le atraía, una majestuosidad y una elegancia digna de un palacio en las estrellas.

– Capitán, ¿cómo están las operaciones de limpieza de ese dique espacial?

– Es una estación muy grande, tardaremos algún tiempo. Pero por suerte sus ocupantes no han opuesto mucha resistencia y nuestras tropas la están limpiando con rapidez – explicó este.

– Que me Informen cuando la estación esté completamente bajo nuestro control.

– Sí señor.

– Los prisioneros acaban de llagar, señor – le informó otro oficial.

– Perfecto. Llévelos a mi cabina. Que pase primero el almirante.

– Sí, señor.

Hayes entró escoltado por dos soldados que se quedaron en la entrada. La estancia era amplia, dominada por una gran mesa sentado detrás de la cual había un hombre de unos cuarenta años, con el uniforme gris verde y una mirada fría.

– Adelante almirante – le dijo este indicando que se sentara. Hayes así lo hizo.

» Sea bien venido al Verdugo. Mi nave insignia. Debo comunicarlo que estoy en proceso de ocupar la Federación y en el mismo tiempo estoy aniquilando a la Flota Estelar. La mayor parte de los planetas cercanos a la Tierra ya han caído: Vulcano, Andoria, Alfa Centauri. Muchos otros han corrido la misma suerte: Tarsas III, Tellar, Napea, Bynaus, Efros, Trill, Benzar, Bajor, Antares, Rigel y otros están a punto de caer en mi poder: Cait, Betazed, Betelgeus. Ya hemos dado cuenta de cerca de doscientas cincuenta de sus bases. La cifra de sus naves destruidas no es definitiva, pero más de mil ya han perecido. ¿Quiere que continúe?

– No hace falta. También conozco esas cifras – respondió Hayes.

– Entonces será mejor que vayamos al grano. Quiero que firme la rendición de la Flota Estelar. Para ahorrar vidas y sufrimiento.

– No puedo hacer eso – replicó Hayes tranquilo.

– Entonces sus oficiales morirán. Y sus naves serán destruidas, porque usted lo ha querido así, almirante.

– Los oficiales de la Flota lucharán hasta la muerte. Sería inútil mi rendición. Además de que todos supondrían que ha sido bajo presiones. Por tanto no tendría valor alguno y ningún capitán de la Flota se rendirá por ello.

– ¿Entonces que más le da? – replicó Daran sonriendo de oreja a oreja.

– No puedo, sencillamente.

– ¿O no quiere? Por el orgullo de su Flota destruida, mutilada. No haga esto más penoso de lo que ya es.

– Entonces no siga insistiendo – replicó Hayes.

– Quería probarlo. Para ahorrarnos trabajo, claro – dijo con un gesto de resignación –. Ahora tendré que hacerlo a las bravas.

Continuará…