“Cuando un nuevo y misterioso enemigo, aparentemente imbatible, empieza a avanzar por esta zona de la galaxia, todos tendrán que unirse para combatirlo"

Gene Rodenberry y George Lucas presentan: Star Trek-Star Wars

Capítulo 1

Los Perros de la Guerra

 Primera parte

LLorenç Carbonell/ Portada: Sergio Fenoy

Nota: Esta maxiserie esta situada tras el capitulo 24 de la temporada 7 de Star Trek Espacio Profundo Nueve.

Espacio Profundo Nueve

Capitán Sisko, le necesitan en ops – le anunció una voz metálica desde su comunicador. Benjamin abrió los ojos y acercó la mano al comunicador que tenía encima de la mesilla de noche y contestó antes de que volvieran a llamarle.

– Ahora voy – dijo en voz baja para no despertar a Kasidy. Se fregó los ojos y tras desentumecer los músculos del cuello se levantó de la cama.

Poco después el ascensor le dejaba en Ops.

– Tiene un mensaje del General Velal – le informó el oficial de guardia.

– Pásemelo a mi despacho – replicó Sisko subiendo las escaleras que tantas otras veces había subido. Se sentó detrás de la mesa y levantó la pequeña pantalla de comunicación que tenía encima del tablero. El símbolo de la Federación desapareció para dar paso al rostro del oficial romulano de enlace.

Image:Velal.jpg

– Siento molestarle a estas horas, capitán – replicó este –. Pero he de informarle que he recibido órdenes de mis superiores de regresar a nuestras fronteras, con todas nuestras fuerzas.

– ¿Por qué? – fue lo único que pudo preguntar Sisko desconcertado.

– Nuestro territorio está siendo atacado. Lo lamento capitán. Pedí a mis superiores que dejaran alguna nave patrullando la frontera cardassiana, pero no pude convencerles – respondió Velal apesadumbrado –. Todo esto ha sido muy repentino.

– Entiendo – dijo lacónico Sisko sin recibir una explicación del romulano.

– Buena suerte, capitán – se despidió el romulano.

– Buena suerte a usted también – replicó Sisko antes de que en la pantalla volviera a aparecer el símbolo de la Federación.

Sisko cogió la pelota de béisbol que tenía encima de la mesa y empezó a darle vueltas en su mano. Los romulanos eran imprevisibles pero aquello era increíble. No podía creer realmente lo que Velal le acababa de comunicar: retirar sus naves de la frontera cardassiana. ¿Pero por qué motivo? No tenía sentido que ahora se apartaran de la guerra. ¿Habrían firmado un nuevo acuerdo con el Dominion debido al nuevo rumbo que había tomado el conflicto? Era difícil, pero tratándose de los romulanos, plausible.

– Póngame con el Almirante Ross en la Base Estelar 375 – pidió Sisko.

El Almirante Ross se encuentro en tránsito hace Espacio Profundo Nueve a bordo de la USS Sáo Paulo – respondió el oficial de guardia poco después.

– Contacte con él y pásemelo inmediatamente – replicó Sisko –. Ahora póngame con el Canciller Martok.

Muy bien, capitán.

– ¡Romulanos! ¡Nunca debidos fiarnos de ellos! – ladró Martok en la Sala de Guerra pocas horas después. También se encontraban allí el Almirante Ross, Worf, Kira y el Legate Damar, los dos últimos habían retrasado su viaje a Cardassia ante aquella nueva situación.

– Según nuestras informaciones desde hace unos días se han producido diversos ataques a lo largo del territorio romulano – explico Ross –. No sabemos con certeza quien es el responsable de esas incursiones, pero parece ser que la integridad del Imperio está seriamente amenazada.

– ¿Un nuevo ataque Borg? – preguntó Sisko.

– No lo creemos – respondió Ross –. El alto mando confirma que están retirando naves de otros sectores. De la Zona Neutral, incluso de la frontera Klingon. Se están reagrupando cerca de Romulus y otros planetas importantes.

– ¿Sabemos dónde se han producido esos ataques? – preguntó Kira.

– Por todo el Imperio. Los sensores de Espacio Profundo 6 detectaron el primer ataque en el puesto avanzado de Gamma Centauri. Poco después Talvath informó de un nuevo ataque antes de enmudecer. En pocos días teníamos informes de más incursiones en sectores interiores del Imperio. El último ataque parece ser Algorab, un puerto militar y una colonia con 187 millones de habitantes. Para entonces ya se habían retirado la mayoría de las naves de las fronteras romulanas. Los lugares atacados están muy separados unos de otros, pero todos se han concentrado en la última semana – respondió Ross.

– Lo importante es cubrir los agujeros que han dejado las naves romulanas en nuestras líneas del frente – indicó Worf.

– En ese terreno espero poder contribuir. He contactado con Gul Revok y el Legate Goris y se unirán a la resistencia – comentó entonces Damar –. Eso suma un millón de hombres. Compensaría la retirada de las fuerzas romulanas.

– Legate Damar será un honor poder contar con sus fuerzas – respondió Ross –. Su ofrecimiento es generoso y en estos momentos necesitamos toda la ayuda posible. Esos hombres serán muy valiosos para la victoria final.

– Muy bien Almirante – asintió Damar.

– Canciller Martok: ¿podría enviarnos más naves? – le preguntó entonces Ross.

– Por supuesto. El Flota Nor’cha puede desplegarse en las posiciones que ocupaban los romulano – respondió este con desprecio hacia estos.

– Por ahora no hay más que hablar. En el momento que haya novedades les serán comunicadas inmediatamente – dijo Ross levantándose dando por terminada la reunión. Los asistentes hicieron lo mismo y empezaron a salir de la Sala de Guerra –. Capitán Sisko quédese un momento, por favor.

– ¿Es grabe? – preguntó Sisko ya solos.

– Puede – respondió Ross volviéndose a sentar –. Hemos confirmado que el ataque no procede de los Borg. Lo cual es aun más preocupante porque nos deja sin enemigos conocidos. La Federación… no es. Los Klingons tampoco, están demasiado debilitados. Ni los Breen, ni los Tholianos, ni los Gorn o cualquier otra raza importante del cuadrante. Nuestros sensores de largo alcance indican que una de las bases romulanas atacadas son los astilleros Horodogii.

– Esa debe de ser uno de sus sistemas más protegidos, tal vez descontando Romulus – puntualizó Sisko.

– Otros objetivos que sabemos que han sido atacados son la base de Archernar, Zeta Pictoris en la frontera klingon o Rator junto a la Zona Neutral. También están acabando sus comunicaciones, atacan desde pequeñas estaciones de escucha, hasta planetas fuertemente fortificados. Se mueven muy rápido y no creemos que los romulanos puedan localizarlos.

– ¿Sabemos si ha habido algún contacto naval? – siguió preguntando Sisko.

– En Talvath sí. Creemos que también en Rator, es... era una base de personal y abastecimiento que los romulanos han utilizado para aprovisionar a sus naves que se dirigían a luchar contra el Dominion. Pero no lo sabemos con certeza.

– ¿Qué es lo que va ha hacer la Flota?

– El grueso de nuestras fuerzas está desplegada en la frontera cardassiana. Replegaremos las naves en espera de los acontecimientos – le respondió este y seguidamente relajó la preocupación de su rostro y cambió de tema –. Ahora es hora de hacer el traspaso de los códigos de la Sáo Paulo. Le reservo una sorpresa.

USS Enterprise-E

Las miradas de todos los oficiales superiores se clavaron en Picard cuando este entró en el Observatorio. Acababan de recibir un mensaje de máxima prioridad del Alto Mando de la Flota. Unido a que la retirada de las naves romulanas de los frentes de guerra se había extendido como la pólvora por toda la flota, tan solo cabía suponer que se estaba preparando algo importante.

– Tenemos nuevas órdenes – dijo sentándose en la mesa y les explicó la información que tenían sobre los ataques del territorio romulano y los que acababan de ocurrir en el imperio klingon. Cuando acabó un silencio sepulcral se apoderó de la sala, los presentes se miraban unos a otros con patente preocupación. Todos habían pasado momentos terribles: los ataques Borg; los combates contra el Dominion; la conspiración alienígena del 2364 y tanto otros que era difícil enumerarlos. Y aquello parecía tan sombrío como cualquiera de ellos –. El Alto Mando nos ha ordenado dirigirnos a la Zona Neutral romunala más meridional, cerca de la frontera Klingon.

– ¿Otra vez? – intervino Riker.

– Eso parece. Allí nos encontraremos con la Júpiter y la Tirpitz. Más adelante se nos unirá la Valkyre que en estos momentos ha ido en auxilio de los puestos klingons atacados. Nuestra misión es patrullar la zona e intervenir si detectamos actividad extraña u hostil. En un principio tan solo si esta amenaza a territorio federal, pero si es necesario también podríamos penetrar en territorio klingon. El nuevo canciller ha dado permiso. ¿Alguna pregunta?

Nadie dijo nada. Picard asintió y se levantó, dirigiéndose al puente con el resto de su oficialidad. Todos ocuparon su posición: Riker a su derecha, Deanna a la izquierda, Data en Ops, el teniente Daniels en tácticas, Geordi en la consola de ingeniería y Beverly detrás de él.

– Alférez Perim, ponga rumbo a la Zona Neutral Romulana – le ordenó Picard a la joven piloto trill, al tiempo que se estiraba el uniforme se acomodó en su asiento, alargó el dedo índice, y dirigiéndolo hacia delante dijo –. ¡En Marcha!

Espacio Profundo Nueve

Sisko estaba en su despacho, acababa de recibir una comunicación de Kira desde la nave del jem’hadar que iba a trasladar a esta, a Garak y a Damar a Cardassia Prime para unirse a las tropas del Legate Goris. Sus noticias no podían ser más desalentadoras. Poco antes de llegar a su destino habían captado un mensaje del Dominion anunciando la muerte de Goris y de la erradicación de un número indeterminado de traidores. Si hubieran llegado un poco antes ellos también habrían sido traicionados. Ahora regresaban a EP9 para reagrupar a sus fuerzas.

Pero para Benjamin aquel no era un día de buenas noticias. Cuando aun no había acabado de asimilar la noticia de Kira, Martok entró como un torbellino en su despacho.

– ¡Nunca debimos fiarnos de ellos! – gritó Martok lanzando encima de la mesa un padd klingon. Sisko lo cogió y leyó el informe transmitido desde el cuartel general en Ty’Gokor, un lugar que conocía bien –. ¡Nos han atacado! Tres puestos avanzados a lo largo de la frontera romulana han sido destruidos.

– Lo sé, me acaban de informar de ello – replicó Sisko con calma. En su despacho también estaba Worf, al que había llamado nada más recibir el informe del Alto Mando, sabedor que en poco tiempo Martok aparecería por su despacho –. ¿Está seguro que han sido los romulanos?

– ¿Quién sino? ¿Ese enemigo que dice que les ataca? Mentiras de esos… targs romulanos – Martok alzó el dedo furioso. Sisko no recordaba haberle visto tan excitado –, nunca debimos fiarnos de ellos. Han esperado a tenernos en la cuerda floja para volverse contra nosotros.

– Según nuestros informes el puesto avanzado romulano de Nequencia también ha sido atacado – explicó Worf.

– ¿Está seguro de eso? – ladró Martok desconcertado.

– Nuestras bases a lo largo de la Zona Neutral lo han confirmado – respondió Worf para intentar suavizar el estado de Martok.

– No nos precipitemos Canciller – intervino Sisko para tranquilizarle también –. La Flota me ha pedido que le diga que una de nuestras naves, la Valkyrie se encuentra cerca de su frontera. Se encuentra a pocas horas de sus puestos atacados y podría socorrerlos.

– Toda la ayuda será bien recibida, capitán – replicó Martok más calmado –. Por desgracia las circunstancias me obligan a regresar al Imperio y llevarme conmigo naves para proteger las fronteras.

– Le comprendo, Canciller – respondió Sisko –. Por ahora las fuerzas del Dominion están, a la espera. Como nosotros. Sé que si les necesitamos volverán.

– Sí capitán. De eso no tenga ni la más mínima duda – dicho lo cual saludó a los dos oficiales de la flota y se marchó del despacho.

– ¿Qué es lo que haremos? – preguntó Worf ya solos.

– Nos replegaremos. Y esperaremos a que este nuevo enemigo desvele su identidad. Lo único que nos falta saber es: dónde. Y cuando.

 

USS Enterprise-E

Las tres naves desaceleraron al entrar en el sistema. La Base Estelar 234 era una de las más importantes del sector: desde allí Picard había partido con una armada para realizar el bloqueo de la frontera romulana durante la última guerra civil klingon.

– ¿Qué indican los sensores? – preguntó Picard.

– Hay muchos restos flotando en el espacio – informó Data –. Corresponden al dique seco de la base y a la Antanike y a la Xoik. En la superficie del planeta las instalaciones han sido destruidas y las poblaciones civiles bombardeadas.

– ¿Supervivientes? – siguió preguntando Picard cada vez más tenso.

– No hay señales de cápsulas salvavidas en órbita – prosiguió Data –. Pero localizo muchas formas de vida entre los restos de la base.

– Doctora Crusher, prepare un equipo médico para bajar al planeta – ordenó Picard a través del comunicador –. Pónganos en órbita alférez.

La Enterprise se acercó al planeta de clase M y nada más entrar en el radio de acción del transportador el equipo de la doctora Crusher se materializó en la superficie.

Las instalaciones de la Base Estelar ocupaban una gran extensión en una de las planicies de la costa, no lejos de una de las ciudades más grandes del planeta... Además de los edificios administrativos y de mando contaban con un importante centro médico, así con otros de logística e ingeniería que eran parte del soporte planetario del dique orbital que se ocupaba de la reparación de las naves. También había de recreo y las viviendas de los miembros de la Flota.

Lo que vio la doctora Crusher y su equipo fueron todos los edificios destruidos. No había ninguno que hubiera salido indemne del fuerte bombardeo. Columnas de humo negro se elevaban de las montañas de escombros incandescentes en que se había reducido la base.

Tras un rápido vistazo a aquel desolador espectáculo Beverly cogió el tricorder que tenía en el cinto, lo abrió y empezó a buscar supervivientes. El resto de su personal médico, así como los miembros de seguridad que habían bajado con ella, empezaron a hacer lo mismo.

Otros grupos procedentes de la Júpiter y la Tirpitz se habían transportado también al planeta, el primero en la ciudad más cercana, también alcanzada en el bombardeo, mientras que el segundo lo había hecho al otro lado del perímetro de la base.

Beverly no tardó en encontrar al primer superviviente. Estaba en el edificio principal de la base, resguardado en el hueco de una escalera que se había derrumbado, protegiéndoles del resto de escombros. Por suerte tan solo tenían algunas contusiones y quemaduras superficiales, junto a un gran chock.

– No pudimos defendernos… – dijo uno de los heridos en un susurro mientras Beverly le regeneraba el tejido quemado.

– Ahora no hable teniente. Ha de recuperarse – le respondió con calma.

– Aparecieron de la nada. No teníamos defensas…

– Tranquilícese, es una orden. Descanse.

– Sí comandante…

 

Espacio Profundo Nueve

– Capitán Sisko, hemos recibido un informe inquietante de la K’Tumbra – empezó Ross al aparecer en la pantalla que tenía Benjamin sobre su mesa –. Según sus sensores se ha producido un ataque en el sistema Pelosa, en el Sector 507.

– ¿No es donde estaba ubicada la factoría de ketracel-blanco? – interrumpió Sisko.

– Así es – le confirmó Ross apesadumbrado –. Eso no es todo, la Base Estelar 234 cerca del Imperio Klingon también ha sido atacada. Y hemos perdido toda comunicación con Romulus. Cabe suponer que han atacado la capital del Imperio. Aun no tenemos más datos.

Sisko no supo que decir ante aquella nueva información. Ataques en el cuadrante Beta y en el Alfa simultáneamente. El Imperio Romulano con una actividad mínima que invitaba a especular sobre una aplastante derrota y ahora más ataques sobre los klingons, la Federación y también en territorio Dominion. ¿Quiénes podían ser tan poderosos como para iniciar una invasión a gran escala a aquella parte de la galaxia?

– Benjamin, en el momento que sepa algo más, le informaré.

– Gracias, Almirante.

– Ross fuera – dijo este y la pantalla se apagó.

Sisko se levantó de la silla y empezó a pasear por su despacho pensativo. Y recordó los siete años que había pasado en aquel lugar. Al que ya consideraba su hogar. Al principio había tenido que soportar las constantes provocaciones de los cardassianos. Luego apareció el Dominion y las tensiones que eso provocó en toda la galaxia. La invasión klingon y las posteriores disputas, para acabar con la llegada del Dominion a Cardassia. Y finalmente la guerra. Que se encontraba en un momento decisivo con la rebelión de Damar y la entrada en el conflicto de los Breen. Eso sin olvidar la enfermedad que en aquel momento estaba matando a la Gran Unión. La verdad es que palpaba el final del maldito conflicto que tantas vidas habían segado. Y ahora se manifestaba una nueva amenaza. Parecía que hubieran llegado en el peor de los momentos.

O por el contrario aquel nuevo enemigo había atacado precisamente entonces.

Sin el apoyo de sus recursos en el cuadrante Gamma, el Dominion estaba exhausto. Y en esos cálculos incluía a las fuerzas cardassianas que se encontraban muy debilitadas tras la invasión klingon del 2372 y la prolongación de aquella devastadora guerra. Eso lo demostraba la recién alianza con los Breen, a saber a que precio. Por otro lado la Alianza de la Federación, los Klingons y los Romulanos también empezaba a flaquear. Las pérdidas de Chin’toka: en total 311 naves había minado mucho los recursos de todos los bandos. Sin olvidar las pérdidas que los ya de por sí debilitados klingons habían sufrido hasta que se había logrado evitar el efecto de las armas de disipación de energía breen.

Y ahora aparecía aquella amenaza. ¿De dónde habrían salido? ¿Quiénes eran? Sus intenciones eran claramente hostiles. ¿Pero que habría detrás de esos ataques?

Tras pensarlo detenidamente salió de su despacho y se dirigió a sus habitaciones. Allí encontró a Kasidy.

– ¡Oh Benjamin! ¿Qué haces aquí tan pronto? – le preguntó al entrar este. Estaba radiante se dijo Sisko al verla. Y sabía que lo que tenía que decirle, no le gustaría.

– Quería decirte que… quiero que abandones Espacio Profundo Nueve

– ¿Por qué? – le preguntó sorprendida.

– Es peligroso – y le explicó a grandes rasgos lo que estaba sucediendo con los romulanos, los klingons y ahora con la Federación y el Dominion.

- Tan solo deseo que estés segura. Tú, Jake y nuestro hijo – le dijo casi en un susurro para acabar su explicación de la situación. Estaban estirados en el sofá, cogidos de la mano –. Y la estación no lo es. Por favor.

– Te quiero Benjamin – le replicó Kasidy besándole la nave –. Y creo que mi lugar es estar aquí. Contigo. Pero si te sientes mejor, me iré.

– Solo hasta que pase el peligro.

 

USS Enterprise-E

– Hemos encontrado ciento veinte supervivientes – le informó Beverly a Picard varias horas después en su despacho. La enfermería de la Enterprise estaba repleta de los casos más grabes, muchos de los cuales eran críticos y se debatían entre la vida y la muerte. Jean-Luc podía ver el agotamiento de su jefe médico en su cara –. La mayoría por quemaduras o por aplastamiento. El doctor Ferihd de la Jupiter me ha dicho que tiene los mismos casos. Aunque por suerte en la ciudad no alcanzaron el hospital y la mayoría de sus heridos están allí.

- Ha sido espantoso Jean-Luc – le dijo entonces Beverly acomodándose en su silla –. No recuerdo algo similar. La mayoría de los cuerpos estaban… carbonizados. Incinerados como… como ganado. Hombres, mujeres, niños. Más de dos mil muertos. Y esa cifra tan solo es en la base. En la ciudad son muchos más.

– Sé que has hecho un buen trabajo, Beverly. Pero tendrías que descansar – le recomendó Jean-Luc.

           

– Lo sé pero hay muchos heridos. ¡Incluso he tenido que activar por segunda vez ese maldito médico holográfico! – dijo esgrimiendo una leve sonrisa. Lo odiaba, y estaba segura que el siguiente paso sería suprimir al personal médico de las naves por aquellos infernales programas.

– ¿Puedo hablar con algún superviviente?

– Sí. Acompáñame – le respondió esta levantándose de su silla. Atravesaron la enfermería y se dirigieron a las instalaciones adjuntas, habían tantos heridos que habían tenido que colocar camas plegables en los pasillos, donde la enfermera Ogawa atendía en ese momento a un joven oficial.

Al ver a Picard el teniente intentó levantarse de la cama para ponerse firmes, pero Ogawa logró impedírselo. Aun llevaba su uniforme chamuscado por todo el costado derecho y se veían claramente las partes cicatrices de las quemaduras de su cuello. Según le había dicho a Beverly estaba en la sala de operaciones de la base en el momento del ataque.

– Descanse, teniente – le pidió Picard con amabilidad.

– Estábamos en alerta amarilla – empezó a explicar –. Pero aparecieron de repente. Como surgidos de la nada. No nos dio tiempo a alzar los escudos cuando ya estaban disparando contra el dique en órbita y a la Xoik. Toda su tripulación de benzites fue la primera en caer. Inmediatamente después empezó el bombardeo orbital.

– ¿Cuántas naves eran? – preguntó Picard.

– Según los sensores de la base eran ocho. La más grande medía novecientos metros. Las otras eran más pequeñas, otra creo que tenía seiscientos. Entonces me ordenaron ir al generador de la base porque había empezado a fallar. El impacto directo en el edificio me alcanzó en las escaleras.

– Gracias teniente. Ha sido de mucha ayuda – dijo Picard –. Ahora recupérese.

Dicho lo cual salió de la sala de observación junto a Beverly.

- ¿Hay alguna novedad? – preguntó esta antes de separarse.

– Hemos perdido contacto con Romulus – le explicó Picard –. Pero eso no es todo. Según los klingons se han producido más ataques en su territorio, entre ellos Ty’Gokor. Y la red de estaciones de repetición subespacial de este sector y de otros colindantes han empezado a callar.

– Una invasión a gran escala por todo el cuadrante.

– Más que eso Beverly. Parece que el Dominion también ha sufrido varios ataques. Pero no están confirmados. Puede ser el preludio de algo peor…

– ¿Tenemos ordenes? – le preguntó entonces.

– Todavía no. Pero no creo que nos mantengamos aquí mucho tiempo. Han empezado a reagrupar a la Flota en los sectores centrales de la Federación.

 

San Francisco, la Tierra

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Aquella reunión se celebraba en una de las salas del edificio que había salido indemne del ataque Breen que habían sufrido la Tierra hacia unas semanas. El almirante Paris, encargado del departamento de Búsqueda & Desarrollo de la Flota se sentó absorto en sus pensamientos. El trabajo le agobiaba: tenía diversos proyectos entre manos que le llevaban de cabeza, desde un motor más eficiente, a nuevos equipamientos médicos, pasando por sistemas de control atmosféricos planetarios y el proyecto Pathfinder, al que acababan de asignarle. Y todo ello tenía que conseguirlo con la reducción de recursos que la Guerra contra el Dominion había producido en toda la Flota Estelar.

A su lado estaba la almirante Alynna Nechayev responsable de las Operaciones de la Flota y a la que conocía desde hacia tiempo. Era más, él había tenido el honor de introducirla en los sabores de los canapés de bularian cuando aun no era capitán. Era una mujer de carácter duro y eso le había provocado cierta mala fama entre algunos sectores de la oficialidad. Pero también era uno de los pocos oficiales de alto rango capaz de coger la sartén por el mango y encargarse de las misiones desagradables.

Poco después entró el almirante Hayes promovido a Comandante Supremo de la Flota Estelar tras el último ataque Borg al sector 001.

– Acabo de hablar con el Presidente Jaresh-Inyo – dijo este al sentarse en la mesa –. La situación es grabe. Esto todos lo sabemos. Los ataques empezaron contra los romulanos, pasaron al Imperio Klingon y ahora han afectado a Cardassia y a la Federación. Y seguramente se extenderá por todo nuestro territorio. Del enemigo no conocemos su naturaleza ni procedencia, pero podemos suponer que son el inicio de una invasión a gran escala de la galaxia conocida.

- No sabemos cuales son sus objetivos, ni sus intenciones a medio o largo plazo. Pero por lo que conocemos ahora, hemos de prepararnos para lo peor…

En ese momento las puertas de la sala de conferencias se abrieron y uno de los asistentes de Hayes entró para entregarle un padd. Lo leyó con calma y tras asentir a su asistente, este salió de la sala.

– Caballeros, acabo de recibir un mensaje de la Sverdlov: la Base Estelar 74 está siendo atacada – un murmullo se alzó entre el resto de almirantes. Todos sabían que Tarsas III era con su dique espacial una de las bases de la Flota más importantes de la zona central de la Federación –. Con esta ya son 12 en el cuadrante Alfa y 26 en el Beta. Pero hay otro dato igualmente preocupante: según el último informe enviado por el capitán de la Sverdlov, se detectaron naves de desembarco planetario. Creo que ha llegado la hora para retirar a todo el personal no esencial de nuestras instalaciones. No solo eso, sino declarar de Código Factor 1, es decir: estatus de invasión a la Federación.

La reunión prosiguió con la exposición de los datos que se tenían, así como la estrategia a seguir por la Flota para defender a la Federación. La intervención final, estuvo a cargo del almirante Coburn sobre la importancia de proteger el sector 001 y los planetas del núcleo de la Federación con el despliegue de una flota móvil. Los ataques eran quirúrgicos allí donde se realizaban y normalmente eran objetivos militares: sobre todo puestos avanzados de abastecimiento, puestos de mando y astilleros. Según el embajador en Qo’noS el cuartel general de las Fuerzas de Defensa Klingon en Ty’Gokor había sido completamente destruido, a pesar que estaban preparados para un ataque inminente. En aquel momento uno de los lugares considerados más inexpugnables y fortificados de la galaxia era un amasijo de hierros fundidos y escombros flotando en el espacio en el centro del territorio klingon.

Al concluir la reunión Hayes pidió a los almirante Paris, Nechayev y Toddman, este último encargado de la seguridad del cuadrante alfa, no se marcharan.

– Les he pedido que se quedaran porque tengo que darles una orden… muy delicada. Creo que ha llegado el momento de activar el Operativo Omega.

Los tres oficiales se miraron entre sí. Sabían que la situación era grabe, para no decir desesperada. Sobre todo por el desconocimiento que tenían sobre aquel nuevo y por lo que parecía terrible enemigo que parecía haber surgido de la nada.

- A partir de este momento, no quiero saber nada más de este asunto – continuó Hayes

– Como ya saben, tienen la autoridad necesaria para llevar a cabo sus órdenes.

El almirante Owen Paris se sentó en su despacho del rascacielos del Centro de Operaciones de Comunicaciones y se acomodó en su silla. Encima de su mesa había un padd con el informe de resultados del proyecto Pathfinder. No lo leyó. Ya no había motivos para leerlo. El proyecto había sido anulado de golpe. En realidad todo había sido cancelado. Miró la fotografía que tenía encima de la mesa. Era su hijo Tomas cuando aun estaba en la academia. Su único hijo.

Nunca se habían comprendido, pero por desgracia se había dado cuenta de ello demasiado tarde. Asistió a los funerales de los tripulantes de la Voyager y por primera vez lloró por su hijo. De algún modo se había reconciliado con él. Luego como un regalo del cielo había sabido que no había muerto y desde ese momento se había sentido vivo de nuevo. Aunque estuviera perdido en la inmensidad del espacio sabía que aun vivía y eso le daba fuerzas y esperaba que hubiera leído su carta. Cada día se preguntaba si estaría bien. Si seguía con su infantil afición al siglo XX. Aunque estaba seguro que sí tendría la misma afición con las chicas. Era incorregible. No creía que hubiera ninguna capaz de llevarlo al redil en toda la galaxia… en todo el universo. E incluso en otros. El único consuelo que tenía era que allí donde estuviera estaba a salvo de todo lo que estaba sucediendo en casa. La capitán Janeway había sido su oficial científico a bordo de la Al-Batai, sabía que le cuidaría bien y sabía que le devolvería a casa. Si alguien era capaz, esa era ella. Aunque para entonces la cuestión era saber si abría un hogar al que regresar.

Pero aquel no era el momento para distraerse. Presionó los controles que había en su escritorio y llamó a su secretaria.

– Diga al comandante Peter Harkins que quiero verle. Ahora.

Sí, señor.

 

USS Daedalus

El capitán T’old regresó de su despacho y se sentó en la silla de mando. Acababa de recibir un mensaje del cuartel general de la flota.

– Aquí el puente a toda la tripulación – indicó tras presionar su comunicador –. Hemos recibido órdenes de dirigirnos lo más rápido posible a Tarsas III. Allí la Base Estelar 74 ha informado que está siendo atacada. Nuestras instrucciones son entrar en el sistema con nuestro sistema de ocultación y observar la situación para transmitir los datos al Alto Mando.

-  Sé que la nave es nueva y que muchos de nosotros no nos hemos acostumbrado a ella todavía – continuó para influir ánimos a su dotación –. Pero también sé que esta pequeña nave de la clase Defiant es capaz de enfrentarse a cualquier peligro. Y mucho más con esta buena tripulación que tengo. Que digo, la mejor tripulación de la Flota, para la mejor nave de la Flota.

– La nave está lista, capitán – indicó su primer oficial sentado en la consola de operaciones. Era un joven teniente comandante que T’old había tenido como oficial táctico cuando él mismo era el segundo a bordo de la Venture. Podía confiar en él.

– Alférez, rumbo a Tarsas III, máxima velocidad – indicó el tiburoniano.

La Daedalus aceleró y en segundos desapareció entre las estrellas.

 

USS Wounded Knee

– Los ataques a la Federación se han intensificado en las últimas horas – anunció el capitán Eugen Hank Eye a sus oficiales en la Sala de Derrota. Era un hombre alto, de facciones rectas y el pelo recogido en una larga trenza –. Tenemos conocimientos del ataque a las Bases Estelares 11, 156, 297 y a la 74. Que ha dejado de transmitir y se presume su destrucción y la ocupación del planeta.

- Desgraciadamente pocas de nuestras bases, colonias tienen defensas capaces de repeler ataques de la magnitud de los que estamos sufriendo o han sufrido los romulanos y los klingons. Por eso la Flota ha reorganizado sus fuerzas en todos los sectores y está agrupando las naves en los lugares de mayor importancia estratégica. Hemos recibido órdenes de dirigirnos al sector 001. ¿Alguna pregunta?

– ¿Sabemos algo más de estos nuevos… enemigos? – preguntó su jefe de ingenieros.

– No. La Base Estelar 297 envió imágenes de las naves antes que interceptaran las comunicaciones. El grupo de ataque estaba formado por una decena de naves, la más grande de 900 metros de largo y otras auxiliares. Pero nada de su identidad.

Beta Antares

Los pequeños y discretos astilleros de Beta Antares estaban situados en el mismo sistema que la gran factoría que había en órbita a Antares IV. Estos eran un gigantesco complejo que se extendía como una telaraña sobre el cuarto planeta del sistema. En cambio Beta tan solo tenía media docena de dique secos de forma romboide y un complejo de oficinas, aun en construcción, con los talleres y algún laboratorio en órbita a una pequeña luna.

Los tres primeros diques tenían las primeras naves de su clase. Una tan solo contaba con el armazón; la segunda tenía el casco ya ensamblado, con motores y deflectores instalados; mientras que la tercera la nave estaba casi completamente construida, tan solo faltaba acabar de instalar algunos sistemas internos. Los otros tres diques tenían tres naves que habían sido modificadas desde su casco original, algunas aun sin ensamblar, pero ya se encontraban en un estado avanzado de construcción.

Desde el complejo de oficinas el capitán Peter Harzel observaba los cercanos diques donde las lanzaderas y las cápsulas de trabajo no dejaban de sobrevolar las estructuras. Harzel pensó en la orden que acababa de recibir, cuando por el horizonte vio aparecer los dos cargueros que veían para su traslado.

Al girarse se encontró con los jefes de departamento de los pequeños astilleros que tenía a su cargo. Todos conocían ya las órdenes y aquella reunión era un trámite que no quería dejar escapar, tenía poco tiempo y se tenía que trabajar en grupo.

– Iré al grano. No creo que sea el momento de los discursos – empezó diciendo Harzel, que tampoco era un hombre muy hablador –. Hemos de evacuar. Recogeremos el material pesado y nos marcharemos con los diques secos.

– ¿Cuánto tiempo tendremos? – preguntó su segundo Hugo DeValois.

– No hay tiempo. Lo antes posible – respondió secamente –. Dentro de unas pocas horas llegarán los remolcadores de Antares IV. Para entonces ya deberemos tenerlo todo listo – un murmullo se levantó de entre los presentes –. Acaban de llegar dos cargueros en los que pondremos todo el material de nuestros almacenes. Jefe Ease Owyeung ese es su trabajo. Recambios, equipo herramientas, maquinaria, todo lo que usted crea oportuno para reanudar nuestro trabajo en otro lugar. Tenga en cuenta que no tendremos el soporte de la Flota o la Federación. Confío plenamente en su criterio. Estaremos solos.

– Sí señor – respondió este empezando a calcular lo que tenía que recoger.

– Teniente Swaol, prepare los diques secos para el traslado. Sé que ensayó esta maniobra el año pasado ante un eventual ataque del Jem’Hadar.

– No se preocupe, señor – replicó el halii asintiendo seguro.

– Comandante Millán, ¿cuál es el estado de la Pretorian?

– Hemos realizado los exámenes del rendimiento de la estructura y son perfectos, así como los de la eficiencia de los motores trabajando en conjunto y también son satisfactorias – respondió la supervisora de las pruebas de las naves en su fase final de construcción –. Los sistemas auxiliares ya instalados funcionan sin problemas, lo único es que no están todos. Faltan la mayoría de las cabinas, el equipo de la enfermería y el científico de los laboratorios, los lanzatorpedos…

– ¿La nave está en condiciones de navegar? – le interrumpió Harzel.

– Los motores y todos los sistemas de ingeniería, el ordenador y los sensores básicos, funcionan sin ningún problema – respondió rotunda Millán –. Precariamente pero está en condiciones.

– Entonces no hay nada más que hablar. Prepárela para llevárnosla.

– Entendido.

– Que los equipos de la Constitution y la Pathfinder hagan lo propio con sus naves. Por desgracia la Horatio tendremos que dejarla aquí. Hugo quiero que hagas una cosa muy importante – le dijo a su segundo, al que conocía desde los tiempos que los dos estudiaban ingeniería en la Universidad Politécnica de París, antes de que sus carreras les separaran: uno hacia la Flota Estelar y el otro a la ingeniería civil, para encontrarse de nuevo en aquel proyecto.

- He contactado con el capitán de la Clipper Maru, quiero que evacues en ella a todas las familias de los nuestros.

– Bien.

– Que el resto ayude a los demás en todo lo que puedan. El espacio será reducido, cojan tan solo lo esencial. Nos esperan momentos difíciles, pero si permanecemos unidos, todo saldrá bien.

Dicho lo cual los hombres y mujeres que tenía a su cargo se levantaron y salieron del despacho de Harzel que hacía a la vez de sala de reuniones. El único que se quedó rezagado fue DeValois.

– ¿Lo que he de hacer también estaba en tus órdenes? – le preguntó son tapujos.

– No – respondió este tras un silencio.

DeValois no dijo nada. Asintió y girando sobre sus talones salió del despacho. Una de las razones por las que no se había unido a la Flota era aquella manía en obedecer órdenes. No se consideraba un rebelde hacia la autoridad o un contestatario. Pero la rigidez militar por la que se regía la Flota le había llevado a no unirse a esta, por lo menos como oficial, ahora era un civil que trabajaba para ellos. Era un ingeniero excepcional y con eso tan solo bastaba.

 

USS Daedalus

La pequeña nave de la clase Defiant se había escondido tras su sistema de ocultación unos cuantos años luz de distancia de Tarsas y ahora se estaba acercando. El sistema tenía dos planetas de clase M, diversas estaciones en otros planetas y lunas y una población cercana a los nueve mil millones de seres. Era un importante puerto espacial del centro de la Federación, encrucijada de numerosas rutas de comercio que se extendían por todo el cuadrante Alfa y Beta. Por eso la Flota había escogido la Base Estelar 74 para construir el segundo Dique Estelar. Cuya infraestructura proporcionaba además de un puesto de mando y control, las instalaciones necesarias de reparación y abastecimiento de sus naves. También era un importante centro de investigación y entrenamiento y formación de oficiales y tripulantes, entre otros muchos servicios. Por lo que era sin lugar a dudas un objetivo de primer orden.

A máxima amplificación en la pantalla apareció Tarsas III: un planeta azul, muy parecido al Tiburon natal del capitán T’old. Pero pronto aquella relación desapareció de su mente al aparecer tras la curva del planeta el Dique Estelar. Aunque estaban lejos podían apreciarse claramente los efectos de ataque: la estación se había defendido con determinación a juzgar por los numerosos impactos en la estructura. Podía ver boquetes en el dique superior donde antes había estado una de las puertas de entrada. En otras partes del cuerpo se apreciaban más impactos: en la zona central y en la esfera inferior. Al aproximarse se veían muchos otros de menor importancia, las estructuras superiores parecían haber recibido un fuerte bombardeo. Según los sensores la energía principal había fallado, aun así la auxiliar mantenía el soporte vital en la mayor parte, así como de los campos de fuerza. También mostraba muchas formas de vida, al igual que descargas de armas de energía, lo que significaba que aun se luchaba en el interior del dique.

No lejos de este se agrupaba la fuerza de ataque. Estaba formada por medio centenar de naves, dos de las cuales, de forma triangular medían mil seiscientos metros de largo e increíblemente armadas. Junto a estas había otras tres mucho mayores, eran como tres grandes anillos y en el centro una esfera de tres mil metros de diámetro, de la que no paraban de salir lanzaderas y naves de desembarco. El resto eran naves más pequeñas: desde los seiscientos metros a lanzaderas que iban y venían de las naves, dirigiéndose al planeta o hacia el dique estelar. Pero lo que más le sorprendió fue ver aquellas pequeñas naves que volaban en pareja. Con la consola que tenía el asiento del capitán dirigió los sensores hacia un de aquellas diminutas naves formadas por una carlinga redonda y dos alas hexagonales. Cazas, pensó.

Era un espectáculo aterrador. T’old sabía que en Tarsas habían por lo menos una docena de naves de combate de la Flota, ¿dónde estaban? Claro que su ausencia solo podía significar su destrucción.

– Regístrelo todo, comandante – le ordenó a su primero, que hacía tiempo que escaneaba con sus sensores todo el sistema –. Céntrese en las naves enemigas.

– Sí señor.

– Detecto una nave que pretende salir del sistema – informó unos minutos después el oficial táctico.

– En pantalla – indicó T’old y el dique estelar dejó paso a un pequeño carguero rigeliano, algo desvencijado, pero capaz de trasladarse de un sistema a otro sin problemas una buena carga de mercancías. No lejos de ellos pudo ver como varias de las parejas de aquellos cazas se acercaban con una rapidez sorprende al carguero. Al llegar junto a este empezaron a dispararle.

T’old pensó en lo fácil que sería destruir aquellas pequeñas naves sin escudos con el poderoso armamento de la Daedalus. También pensó en los compañeros, oficiales, tripulantes y familiares de la flota que estaban a bordo del dique estelar. Pero luego recordó las naves enemigas que le superaban en número y potencia de fuego. Y finalmente en la misión.

 

USS Enterprise-E

La nave médica Crick se alejó de la pequeña formación compuesta por la Jupiter, la Tirpitz, la Enterprise, y la Valkyrie, que se les acababa de unir, cargada con los heridos de la Base Estelar 234.

Picard tenía delante de él las órdenes procedentes del Alto Mando de la Flota y tenía la sensación de que estaba reviviendo el pasado. La única diferencia era que en la mesa tenía sentados a otros tres capitanes de la Flota en la misma situación.

– Bien caballeros, estas son nuestras órdenes – dijo tras un largo silencio –. Permanecer en este sector con silencio de radio hasta nueva orden.

– Es de lógica suponer que el Comandando de la Flota nos está reservando por algún propósito especial – intervino Satelk de la Jupiter, sabedora del malestar que podía provocar aquella orden en el resto de oficiales.

– La cuestión es saber cual es ese propósito – replicó T’Yua, el capitán tiburon de la Tirpitz.

– Lo peor de todo es la espera – puntualizó la capitana Deborah Wenz de la Valkyrie –, sobre todo cuando nuestros compañeros y amigos están muriendo hay fuera.

– Pero no podemos hacer nada más que esperar – concluyó Satelk rompiendo el silencio que la intervención de Wenz había provocado en el observatorio.

 

USS Hood

Image:USS Hood, Encounter at Farpoint.jpg

Era la segunda vez que el Alto Mando le habían dado aquella misma orden: dirigirse inmediatamente a la Tierra y esperar órdenes. Era más, debía evitar todo contacto con otras naves, así como instalaciones de la Flota y la Federación, manteniendo un estricto silencio de radio. Y por segunda vez así lo había hecho.

El capitán Robert DeSoto estaba en el puente de su nave: la USS Hood.

– Recibimos una comunicación, señor – informó su primer oficial.

– ¿Está precedida por la palabra clave? – preguntó este.

– Así es señor. “Tornado” – le confirmó este asintiendo –. Nos ordenan preparar la nave para una evacuación.

– Procedan – ordenó DeSoto. Su primer oficial asintió de nuevo y salió del puente para acabar de disponer la nave. Como era la segunda vez que le requerían de aquella manera, la mayor parte del trabajo ya estaba hecho e incluso en aquel momento podían exceder del límite de evacuación si fuera necesario. La vez anterior había ocurrido todo con demasiada precipitación, por suerte la Enterprise había detenido a tiempo a la nave Borg procedente del sector Typhoon. Pero ahora el enemigo que amenazaba a la Federación… no tenía ni nombre.

USS Tempus Fugit

El almirante Minoru Genda estaba intranquilo mientras repasaba el informe de evacuación. La mayoría de su personal estaba siendo transportado a bordo de tres naves civiles: dos transportes y un carguero del tipo Norkova; así como a la joya de la corona: la nave estelar Tempus Fugit. Esta había sido su gran logro: la primera nave diseñada especialmente para servir en el Departamento de Investigación Temporal de la Federación, que él dirigía. En realidad era una nave de la clase Intrepid, pero se había construido en Utopia Planitia siguiendo las especificaciones de su departamento.

La información de sus ordenadores en la Tierra había sido transferida al de la Tempus Fugit y los de Roma ya habían sido incinerados. Nadie tendría acceso a los datos que su departamento había acumulado desde su creación en el 2155.

– El transporte Difur informa que ya están listos – le indicó el oficial de operaciones.

– Entonces es hora de partir. Alférez DeLorian, ponga rumbo al sector Deas – ordenó Genda. Segundos después las cuatro naves salían de la órbita terrestre.

USS Wounded Knee

El Capitán Hawk Eye observaba la flota que se había reunido junto al sector 001. En total más de seiscientas naves encabezadas por el prototipo de la clase Sovereing de mismo nombre, así diversas alas de ataque completas. No lejos de su posición podía distinguir al Yorktown y la Destiny entre muchas otras. Había naves de todos los tipos desde las veteranas Excelsiors y Mirandas, hasta las más avanzadas como la propia Sovereing, pasando por Akiras, Nebulas, Renaissance, Sabers.

Hawk Eye sabía que aquella iba a ser una batalla encarnizada. Había participado en otras muchas a lo largo de su carrera: en las Guerras de la Frontera contra los cardassianos y más recientemente contra el Dominion, como el ataque a Chin’toka hacía casi un año. Pero su instinto le decía que aquella iba a ser muy diferente. Allí se iba a decidir el futuro de la Federación: como lo había sido Wolf 359 o la Typhoon no hacía mucho tiempo. La única incógnita era saber quienes eran aquellos nuevos y misteriosos enemigos.

– Recibimos comunicación desde la Sovereign, señor – informó su oficial científico –. Es el almirante Coburn.

– En pantalla – ordenó Hawk Eye acomodándose en su silla.

Image:USS Hood, Sacrifice of Angels.jpg

– Comandantes de las naves estelares – empezó a decir Coburn –. He de informarles que acabamos de recibir una comunicación desde Vulcano. Han detectado la aparición de una fuerza hostil junto al sistema. Poco después las comunicaciones se han interrumpido. La Base Estelar 12 también ha dejado de transmitir y Alpha Centauri informa de posibles incursiones cerca de su espacio.

- La batalla será coordinada desde la nave estelar Galaxy y el mando de la armada estará a bordo de la Sovereing. Alerta roja, estaciones de batalla.

Fin de la primera parte