”Explora todos los rincones del mayor universo de ciencia ficción de todos los tiempos, su pasado, presente y su futuro.

Bienvenido al mañana...”

Gene Rodenberry y Action Tales presentan: Star Trek Universe

 

ADIOS
(una triste despedida trek)

Escrito por  Diego E. Gualda

( www.joven-argentino.com.ar )

Durante la guerra con el Dominio, cuando los recursos eran pocos y las bajas eran muchas, el Holograma Médico de Emergencia se volvió una de las "herramientas" más populares a bordo de las naves de la Flota Estelar. Inclusive, a pesar de los gruñidos y las protestas, un puñado de unidades fueron instaladas en naves Klingon.
A pesar de que, en un acto de narcisismo casi vulgar, el Dr. Lewis Zimmerman creó al Modelo 1 a su imagen y semejanza, las versiones subsiguientes dejaron de ser calvas y malhumoradas, para tener otras características, tanto físicas como emocionales. El Modelo 8 del Holograma Médico de Emergencia fue el primero en tener la apariencia de una mujer. Se instaló por primera vez a bordo de la USS Wellington, cuyo oficial médico en jefe era el Dr. Jonathan Stewart.
La tripulación de la Wellington reducía su tripulación en cada batalla. El comando de la Flota Estelar prometía relevos que nunca llegaban; nuevos tripulante para reemplazar a los muertos y heridos que jamás se reportaban a bordo simplemente porque no había suficientes. A lo sumo, sólo llegaba algún enjambre de alférez asustadizos que recién habían cortado, un poco por la fuerza, el cordón umbilical con la Academia. Para cuando el staff médico de la nave se vio reducido a una sola persona, el Dr. Stewart, el uso del Holograma se convirtió en práctica habitual.
Algunos médicos trataban a sus hologramas con un sentimiento de superioridad aún más desagradable que el que tienen reservado para sus pacientes. Como si se trataran de bestias de carga o de simples herramientas. Para muchos, un holograma no era mucho más valioso que un bisturí láser o un tricorder. Otros, un poco más emotivos, o quizás un poco más afectados por el stress post-traumático, los trataban como si fueran personas; inclusive -muchas veces- con el respeto con el que se trata a un colega. Algunos hasta les dieron nombres, una sutileza omitida por el Dr. Zimmerman en el diseño original. El Dr. Stewart había bautizado al Holograma Médico de Emergencia de la Wellington con el cariñoso apodo de Suzie, en homenaje a una dama que había conocido en Risa y que más o menos se le parecía.
Suzie era joven. La modelo que le dio el cuerpo debería tener unos treinta o treinta y dos años. Rubia, no muy alta, agradable sonrisa, ojos claros, cuando empezó a operar, su carácter no difería mucho del huraño estilo Zimmerman.

 Sin embargo, como estos programas aprenden tanto como la capacidad de su holomatriz les permita almacenar, en algo más de dos meses había adquirido más velocidad y destreza; un repertorio de lugares comunes con los que reconfortar a un oficial herido (a falta de consejero a bordo, cualquier paliativo era bueno); un cierto gusto por la ópera Klingon e inclusive una respetable serie de respuestas ingeniosas bastante aproximada a lo que los humanos conocen como sentido del humor.
El Dr. Stewart se había encariñado con su asistente holográfica. Inclusive, solía hacerle bromas con una connotación ingenuamente sexual. Suzie, con el tiempo, aprendió también a responder al flirteo de su superior con la gracia y elegancia de una dama. Pese a la patética situación, en la enfermería de la Wellington -gracias al esfuerzo conjunto de Stewart y Suzie- se respiraba un ambiente agradable, un aire de familia.
Una noche, mientras el doctor dormía, la alerta roja sacudió a la nave. El encuentro accidental con dos naves Jem'Hadar había iniciado un ida y vuelta de phasers durante el cual la Wellington -al menos a juzgar por cómo se sentían los golpes en la enfermería- no parecía estar llevando la mejor parte. Suzie, que así había sido programada, se había puesto en línea automáticamente al sonar la alarma y preparaba el lugar para recibir a los heridos cuando el capitán dio la orden de evacuación. La Wellington estaba herida de muerte y la tripulación debía abandonarla con urgencia.
El doctor tomó un tricorder y un maletín de emergencias y se dirigía a la puerta cuando escuchó la voz de Suzie:

- ¿Vas a dejarme, doc? - sonaba preocupada

- No puedo llevarte conmigo, Suzie

- Pero...

- No hay suficiente tiempo para descargar toda tu holomatriz - se disculpó balbuceando Stewart

- Voy a extrañarte, doc - ahora el holograma sonaba legítimamente triste

- Yo también, Suzie

El médico apoyó el maletín en el suelo y abrazó a Suzie. Ella lo acarició. Él la besó. Se separaron despacito, tratando de aprovechar cada segundo. Cuando el Capitán hizo el último anuncio de evacuación, el Dr. Jonathan Stewart salió de la enfermería corriendo, dejando olvidado su maletín en el piso y sin mirar atrás.

Una pesada lágrima holográfica rodó por la mejilla se Suzie.

La Wellington estalló un segundo después de expulsar la última cápsula salvavidas y millones de fragmentos se esparcieron en varios parsecs alrededor de su última posición.

QUE ASÍ SEA
(un relato bajorano sobre la inevitabilidad de las cosas)

Escrito por  Diego E. Gualda

( www.joven-argentino.com.ar )

No había sido fácil conseguir una entrevista. La Kai era una dama muy ocupada. Y no era para menos. Al fin y al cabo, guiaba los destinos espirituales de toda una raza. Por un momento llegó a pensar que entrar en diálogo directo con los mismísimos Profetas sería más fácil que hablar con la Suprema Sacerdotisa del pueblo bajorano. Inclusive contempló la posibilidad de enviar un mensaje a la Flota Estelar y pedir audiencia con el Emisario. Pero no había sido necesario. Finalmente, después de tanta espera, tendría su entrevista con la Kai.

"Viniste a preguntar por tu marido", le dijo la Kai ni bien la vio entrar, inclusive antes de saludarla. Luego, la abrazó con ternura y la invitó a sentarse en la amplia sala de audiencias. Geria no podía contener las lágrimas de emoción. Estaba en presencia de la Kai. Estaba lo más cerca de los Profetas que jamás había llegado. Y la Kai ya sabía. Con sólo verla, ya comprendía el motivo de su dolor, la razón de su angustia, el móvil de la consulta ante la máxima autoridad religiosa de su raza.

"Mi marido es Klingon", comenzó Geria, pero la Kai la interrumpió. "La raza no es importante", explicó la Kai con una sonrisa, "el problema con tu esposo no es que sea Klingon, sino que es un hombre violento... es un alma violenta... sería violento de todas maneras, aunque fuera Cardassiano, Humano, Bajorano, Ferengi... tu hombre causa daño a quienes lo rodean... ¡y te causará daño a ti!". Geria estaba espantada y aliviada a la vez. Espantada por el horror al que debía enfrentarse. Aliviada, porque ahora sabía que no estaba loca, que no era una afiebrada idea en su mente la violencia de su marido, sino que era cierto. Su vida corría peligro. La Kai se lo había dicho. "Te causará daño a ti", habían sido las palabras textuales de su condena. "¿Y qué debo hacer, Kai?", había preguntado con los ojos llenos de lágrimas. "Eso nos lo dirá el Orbe de las Profecías", respondió la sacerdotisa.

Las dos mujeres bajaron por una larga escalera de peldaños de roca hasta llegar a una habitación subterránea, a un templo bajo tierra. Geria no había escuchado nunca de la existencia de este lugar, aunque se le ocurrió que, si la Kai se lo mostraba, no podía ser un lugar del todo secreto. Caminaron por la nave central del recinto y, a medida que avanzaban, antorchas se iban encendiendo a su paso, iluminando el lugar con un fuego azulado que transmitía tranquilidad.

"Que la paz de los Profetas nos ilumine y que su luz nos marque el camino de lo que vendrá", oró la guía espiritual, mientras abría un cofre empotrado contra el muro de piedra. El cofre abierto dejó ver el Orbe. Geria había visto una vez el Orbe del Tiempo... en realidad, no lo había visto... le habían mostrado una reproducción en una holosuite. También tenía presente la imagen del Orbe de la Paz, porque su hermano había servido en una nave de carga que llevaba ese nombre y lo había visto dibujado en distintas insignias. El Orbe de las Profecías no lucía muy distinto a los otros dos. Sin embargo, la luz que emanaba, de un exótico verde con vetas rojizas, era una luz turbia. No era una luz reconfortante como la del Orbe de la Paz. Era una luz que no podía traer nada bueno.

La Kai cayó de rodillas ante el Orbe y entró en trance. La joven la miraba, entre esperanzada y presa del pánico. Varios minutos después (a Geria le pareció una eternidad y media, pero fueron sólo unos poco minutos) la Kai se puso de pie y guió a su compañera de regreso a las habitaciones sin decir una palabra. "Tu marido va a matarte", dijo la gurú, "debes huir... el Orbe de las Profecías me mostró tu muerte... una muerte violenta y dolorosa, a manos de la ira de tu esposo... debes huir muy lejos, donde él no pueda encontrarte".

La carta no decía mucho. Sólo decía que se iba. Que temía. Que el matrimonio había sido un error. Que nunca debía haber sucedido. Geria pedía disculpas, aunque sin precisar del todo porqué. ¿Pedía disculpas por abandonarlo? Quizás, aunque no estaba del todo segura qué efecto podía tener sobre un Klingon un pedido de disculpas. Sólo decía que se había ido para siempre, recomendándole su destino a los Profetas.

La colonia minera de Sigma III era un lugar pacífico, por no llamarlo sencillamente aburrido. La escasa población era mayoritariamente humana (muchos de ellos, ex maquis fugitivos), aunque había algunos bolianos, un denobulano y una pequeña colectividad vulcana. No había un sólo Klingon, eso sí... y ese hecho la tranquilizó. El recurso humano era escaso en un lugar tan poco amigable del cuadrante, por lo que había conseguido empleo en la planta purificadora de agua de la colonia inmediatamente.

Varios meses de tranquilidad en el exilio pasaron sin que nada digno de ser contado sucediera.

Hasta que una noche, mientras dormía, el ruido de metal retorcido la despertó. Se incorporó rápidamente y vio cómo la puerta de su cuarto se deformaba y destrozaba, dejando ver por entre los jirones de duranium la figura de un Klingon enfurecido que azotaba la puerta con un bat'leth. Pronto, mucho antes de que ella pudiera reaccionar, mucho antes de que ella pudiera alcanzar el disruptor romulano que tenía en su mesa de luz para su protección personal, su ex esposo había acabado con la puerta y se había instalado en la penumbra del cuarto. La miraba con odio. La escudriñaba y la estudiaba como un depredador a su presa. Geria temblaba del pánico y no atinaba a moverse de la cama.

"Un Klingon no perdona la deshonra", ladró el intruso, "Y tu has me has deshonrado a mi, a mi casa y a mi pueblo al abandonarme, maldita... ¡BL'HEGH!" (*)

El bat'leth cortó el aire de la habitación con un ruido sordo. El filo llegó veloz al cuello de Geria. La sangre corrió rauda por la almohada y chorreó hasta llegar al piso.

La profecía del Orbe estaba cumplida.


(*) BL'HEGH: "You will die" o "Morirás", en Klingon.