”Explora todos los rincones del mayor universo de ciencia ficción de todos los tiempos, su pasado, presente y su futuro.
Bienvenido al mañana...”
Gene Rodenberry y Action Tales presentan: Star Trek Universe
Más allá de la última frontera
Escrito por Luis Capote
- El Embajador me ha pedido que le diga que le espere aquí, Almirante McCoy.
- Mpf - gruñó el aludido - Dígale que no tengo todo el día.
- Así lo haré, Almirante.
Vulcanos - pensó Bones para sí - Todos igual de estirados. Nunca me acostumbraré del todo a ellos. Ni aunque viviera... - Iba a decir "cien años" pero hacía mucho que el buen doctor había superado esa legendaria cifra. No hacía mucho, acababa de cumplir su centésimo trigésimo séptimo aniversario. Era viejo, mucho más viejo de lo que había pensado que iba a llegar a ser nunca. Había sobrevivido a casi todos sus amigos. Su mirada perdida se posó en una vitrina donde reposaban varias armas de fuego que, según explicaba la placa holográfica, databan del período conocido como Edad Moderna (S. XV-XVIII) pero si bien oía el soniquete de la disertación, su mente escuchaba una frase bien distinta: "Vuelve, Jim. Antes de que te conviertas en una de tus... antigüedades". Sonrió, sin poder reprimir la punzada nostálgica.
Miró hacia otro lado y encontró otra vitrina en la que estaban expuestos varios uniformes, todos ellos correspondientes al S. XXIII, y que abarcaban los grados entre Capitán y Almirante. Parecían tan antiguos, casi tanto como él...
- Buenas tardes, Almirante. Confío en que la ceremonia de ayer haya resultado de su agrado.
- ¡Demonios! - respondió el aludido, dando un respingo - A ver si pierde esa condenada costumbre de aparecer cuando menos se lo espera.
- Usted me estaba esperando, Almirante, luego en caso de tener una "condenada costumbre" no estaría haciendo honor a ella. Es lógico ¿no cree?
- Usted y su lógica... Cuando he llegado a considerarle casi humano, me recuerda usted que es medio vulcano, Spock... Pero sí - añadió con gesto más relajado- ha sido una buena ceremonia. La nave es magnífica y la tripulación estará a la altura de las circunstancias.
- El capitán Picard es un oficial sumamente competente - respondió Spock, mirando los uniformes- si hay que hacer caso a los informes que he recibido del Cuartel General del Alto Mando. Lo definen como un nuevo modelo de oficial, adaptado a los tiempos modernos, al S. XXIV.
- Un nuevo Capitán, un nuevo Enterprise. Le hace a uno sentirse muy viejo, Señor Spock.
- Un sentimiento muy acorde con la realidad, Doctor, teniendo en cuenta la edad que ha alcanzado.
- Pff - gruñó McCoy - ¿Sabe que en la tripulación hay un tipo que es igual que usted, señor "sólo-lógica-y-ningún-sentimiento"? Creo recordar que se llamaba Data...
- He leído su hoja de servicios ¿Insinúa usted, Doctor, que tengo los mismos sentimientos que un androide humaniforme?
- Casi apostaría mi brazo derecho a que él es capaz de sentir algo más que usted. Por cierto ¿cómo sigue Saavik?
- Tan bien como su insolencia, Doctor. Se encuentra en Vulcano en estos momentos. ¿Quiere pasar a mi despacho?
Los dos viejos camaradas atravesaron la inmensa sala plagada de recuerdos. Sobre sus cabezas rotaba parsimoniosamente una holo-maqueta de la nave en la que ambos habían servido. Ni siquiera alzaron la vista, porque en honor a la verdad, ambos conocían el material expuesto de memoria. Una puerta se abrió y dejó paso a una habitación espaciosa, amueblada de forma austera en la que destacaban dos sillones y una mesa, sobre la que reposaba una botella bien repleta de un líquido azul y dos vasos.
- ¿Cerveza de Rómulo, Spock?
- Sí, Doctor. Es ilegal, pero puede obtenerse por... prescripción médica.
- No seré yo el que empiece a criticar las decisiones de mis ilustres colegas - respondió sirviendo los vasos y tendiendo uno al vulcaniano, brindó - Por Jim, donde quiera que esté.
- Por Jim, donde quiera que esté.
Ambos apuraron los vasos y volvieron a llenarlos. Otra tripulación había ocupado su lugar. Su mundo era ahora aquella habitación, aquella sala llena de recuerdos. Al lado de la puerta que acaba de cerrarse, un busto presidía la exposición:
Almirante / Capitán James Tiberius Kirk
"Llegó donde nadie antes había llegado"
Escrito por Diego E. Gualda
( www.joven-argentino.com.ar )
-¿Cómo llegamos hasta aquí?-Preguntó el Capitán Picard. Estaban en medio de un bosque, en una especie de caricaturesco campamento.
- Doblando en la segunda estrella a la derecha.-Respondió Q con una gran carcajada, mientras flotaba sobre las cabezas de los oficiales y al tiempo que se sacaba con una mano el gracioso sombrerito verde con una pluma y desenvainaba una daga con la otra.
No era la primera vez que Q convertía
a oficiales de
-Devuélvanos a nuestras naves en forma inmediata Q- El capitán Sisko estaba realmente furioso, aunque su furia se veía opacada por lo chistoso del atuendo, una especie de pijama a lunares.
-¿Sisko? ¿Benjamin Sisko?- Preguntó Picard.
-¡Capitán Picard!-El comandante de
Q no pudo resistirse a la tentación
de interrumpir la charla: -¿No saben a dónde están? Oh, vaaaaaaaaamos, mes amis...
¡Están en
-¿Y Usted vendría a ser Peter Pan?-Preguntó un tercer hombre que estaba sólo a unos pasos de Sisko y Picard. ¿Y Ud vendría a ser...?-Preguntó Sisko a este tercer hombre.
-Capitán James...- había comenzado a decir, cuando Picard completó la frase... Tiberius Kirk, USS Enterprise.
Kirk estaba desconcertado, pero Picard no tardó en explicarle: Usted y yo nos conocimos... o nos conoceremos, en realidad, en otro tiempo... es una larga historia, capitán.
-¡Un momento!-Gritó un cuarto personaje mientras se acercaba a los otros tres, ¡El capitán del Enterprise soy yo!
Kirk, Picard y Sisko se miraron entre sí sin terminar de entender.
- Capitán Jonathan Archer, USS Enterprise.
Q seguía flotando por sobre las cabezas de los tres capitanes y no paraba de reír. Pero aquí falta alguien-Pensó en voz alta. Y, al tronar de sus dedos, un hada de poco menos de treinta centímetros se materializó entre los cuatro capitanes.
- Capitán Picard, capitán Sisko, Capitán... ¿Kirk?, el hada los había reconocido de inmediato, ¿capitán Archer? ¿Jonathan Archer? ¿Cómo diablos llegamos hasta aquí?- el hada estaba más divertida que asustada. Al darse vuelta, vio a Q y su expresión divertida se volvió una expresión casi de odio.
- Oh, vamos, Kathy... ¿O debo llamarte Campanita?-La provocó Q.
- Puede llamarme capitana Katherine Janeway, Q.- Respondió el hada ya furiosa.-Creo que sería del agrado de todos estos caballeros que nos explicara qué demonios estamos haciendo aquí.
El omnipotente aterrizó entre los cinco capitanes y explicó. -Sólo estaba aburrido y decidí salir a jugar con ustedes un rato. De ahora en adelante, ya no me llamarán más Q... a partir de hoy, soy Peter Pan... y ustedes... ustedes son mis Niños Perdidos.
En tantos años de encuentros ocasionales con el más desfachatado miembro del Continuum, Jean Luc Picard había aprendido que, muchas veces, la única forma de ganarle era seguirle el juego.
- Y supongo, entonces, que debemos derrotar al malvado Capitán Garfio.-Explicó.-Tan sólo para su entretenimiento y que nos deje en paz.
La cara de Q se iluminó con una sonrisa.
‑ ¡Siempre tan perspicaz, Jean Luc!
Picard no pudo evitar una sonrisa.
-¡Garfio tiene secuestrada a Wendy y debemos ir a rescatarla!- Los urgió Q al tiempo que levantaba vuelo. Jean Luc Picard dio un pequeño saltito y descubrió que también podía volar. Sisko y Kirk lo siguieron. Archer, sin embargo, seguía en el piso.
- Oh, vamos, mon Capitain... ¡pensamientos felices! -Lo provocó Q, una sola idea feliz, y estarás en el aire, Johnny.
Pese a sus esfuerzos, el capitán
del NX-01 no lograba levantar vuelo. Entonces Q tomó a Janeway por las alas
y, sacudiéndola sobre la cabeza de Archer, aunque no sin protestas por parte
de la capitana de
No hay una palabra exacta para
definir a la tripulación del Jolly Roger creada por Q. ¿Exótica? Quizás ¿Heterogénea?
Por cierto ¿Ridícula? Seguramente. Los Niños Perdidos de
Colgando del palo mayor, encerrados en una jaula, estaba Wendy. Una niña, de no más de trece o catorce años, rubia y hermosa, con unos brillantes rizos platinados colgándole de la cabeza. Estaba en camisón y se la veía asustada.
El Capitán Garfio salió a cubierta.
- ¡Déjense de haraganear, pandilla de bucaneros de pacotilla!-ordenó Garfio.
Desde una nube, Peter Pan, Campanita y los Niños Perdidos observaban atónitos. El malvado capitán del Jolly Roger era ni más ni menos que... ¡Q!
- Oh, vamos, amigos ¿Qué significa esa cara de sorpresa?-Los inquirió sonrientes Peter Pan.- ¿O acaso no se imaginaban que, siendo omnipotente, también podría ser omnipresente?
Y, zambulléndose desde la nube, se
lanzó volando a la carga contra su archienemigo, su más temida némesis... se
lanzó contra sí mismo. Los capitanes de
De repente, todo se hizo silencio
sobre la cubierta. Una vez más, los capitanes de
- ¡Los mataré antes de que abandonen la tierra de Nunca Jamás!- Gritó Garfio.
-Rápido, Señoritas...- Peter
Pan se dirigía a los oficiales de
Todos volaron al mismo tiempo hacia la jaula pero, al abrirla, no vieron a Wendy.
Cada uno vio lo que quería ver. O lo que podía ver. O lo que Q quería que vieran ¡Vaya uno a saber!
Para James Kirk, Wendy era Janice Rand.
Para Jean Luc Picard, la que estaba encerrada en la jaula era Vash.
Para Benjamin Sisko, Cassidy Yates era la imagen de la prisionera.
Para Katherine Janeway, era la imagen de Mark, a quien nunca había podido olvidar, pese a que él había seguido su propio camino cuando la creyó perdida.
Para Jonathan Archer, su perrito Porthos, su único gran amor, era el prisionero dentro de la jaula.
-Sigan a la segunda estrella a su derecha y volverán a casa.-les gritó Peter Q mientras todos ellos iniciaban la huída y al tiempo que seguía su cruenta lucha contra sí mismo,
-Y admítanlo, mes capitains... ¡Son humanos!
Un Sol Muy Rojo
Escrito por Diego E. Gualda
( www.joven-argentino.com.ar )
Pese a ser una vieja y destartalada
nave estelar clase Akira,
La alférez Heather Hunt se había quemado una mano cuando su panel voló en pedazos, pero así y todo intentaba poner a funcionar los sensores. El capitán Gorek, como todo vulcano, detestaba no saber con absoluta precisión dónde se encontraba. Ella lo sabía. Era conciente de que no tenían idea de dónde estaban. Ni de "cuándo" estaban. Sabía también que no hay nada más temible que la siempre medida ira de un vulcano, por lo que se apresuró, a pesar de su herida.
-Debería ir a la enfermería, alférez.-le dijo Argon Rex, el primer oficial trill de la nave.
-No es nada, comandante.-Respondió Hunt con la mejor sonrisa que las circunstancias le permitían.-Listo... sensores de largo alcance en línea, Señor.
El teniente comandante Paul Harrison, oficial táctico, vio su panel encenderse como un árbol de navidad y comenzó a ingresar datos, tratando de que la computadora le devolviera una idea más o menos remota de la posición de la nave. De repente, una sonrisa de satisfacción se instaló en la cara de Harrison quien, tras darle un último toque con la puntita del índice a su pad, hizo que apareciera en la pantalla principal una carta astrométrica que señalaba la posición de la nave.
Estaban casi al borde de la galaxia, en un territorio casi inexplorado, en la frontera entre los cuadrantes Alfa y Beta. -Esa estrella no debería estar ahí.-Pensó en voz alta el capitán Gorek. La alférez Hunt había ya abierto la boca para preguntar a qué se refería, cuando Gorek se explicó a sí mismo, siguiendo con su lógica implacable:
- Esa estrella se convirtió en una supernova, explotó y desapareció hace más de trescientos años. No debería estar ahí, si estuviéramos en nuestro tiempo. Ahora, si la estrella está, es porque hemos retrocedido más de tres siglos. Es bueno que estemos bastante lejos de cualquier civilización conocida, porque se evita un gran riesgo de contaminación temporal. Teniente Harrison, pida a la computadora que, en base a la posición e intensidad de las estrellas más cercanas, calcule la fecha actual.
Harrison había empezado nuevamente a teclear frenético sobre su panel cuando un molesto blip blip blip retumbó en el puente.
-Estamos recibiendo una llamada de auxilio, señor -Anunció el oficial táctico.- La comunicación viene en una onda de baja frecuencia desde el segundo planeta de la estrella que usted acaba de señalar como que no debería estar.
El capitán se quedó en silencio, mirando el mapa de su posición en la pantalla principal. Fueron unos segundos, pero pareció eterno. Gorek dudaba. Estaba tratando de decidir desde una lógica absoluta si era correcto responder esa llamada. Estaba tratando de aplicar la primera directiva temporal a esta situación extraña en la que se encontraban.
- Ignórela, Señor Harrison.-Respondió finalmente el capitán.
El comandante Rex saltó de su asiento, enfurecido.
-¡¿Cómo ignora una llamada de
auxilio, capitán?!- Gorek trató de explicar, en su siempre pausado tono vulcano
las implicancias de hacer un primer contacto con una civilización desconocida
que, para colmo, se encontraba en otro tiempo. Pero Rex no escuchaba. Gritaba,
gesticulaba y, entre su griterío, se lograba distinguir cada tanto un cierto
concepto sobre el deber como oficiales de
La computadora calculó una fecha estimada... la fecha estelar está en números negativos.- Harrison parecía no entender muy bien los datos, mientras seguía tipeando en su tablero.
- Ahora sí... estamos a mediados del año 1936 del calendario terrícola... ¿Instrucciones, capitán?-
Gorek meditó otros tres o cuatro segundos en silencio, con la vista fija en el vacío:
- Harrison, investigue esa llamada de emergencia. Trate de obtener toda la información posible sin involucrarse demasiado. Los demás oficiales, a mi sala privada de reuniones.
La sala de reuniones era un remolino de ideas, gritos, murmullos, aplausos y abucheos. La moral daba vueltas y vueltas y más vueltas alrededor de ideas como "primera directiva", "deber moral", "preservación de la vida", "primer contacto" y "primera directiva temporal". Los oficiales discutían enardecidamente mientras el ojo clínico (y quizás un tanto cínico) del capitán observaba, incapaz de algún tipo de pasión, y tomaba nota mental de lo que le pareciera relevante de todo ese desorden de opiniones encontradas. Los ánimos habían empezado a caldearse cuando Paul Harrison irrumpió en la sala con su informe:
Es una civilización muy adelantada. Tienen avances considerables en materia de comunicaciones. Son concientes de la existencia de otras formas de vida en otros planetas, aunque no han tenido contacto directo aún con ninguna otra especie. Dominan algunas formas un tanto extrañas del viaje espacial, aunque la exploración estelar no pareciera ser una prioridad de esta cultura. Su tecnología warp aún está en etapa experimental, pero la están desarrollando. En lo que concierne al planeta... su estrella, un sol rojo clase H, está a punto de convertirse en nova. La proximidad del planeta y su constitución geológica han hecho que el núcleo se recaliente y es muy probable que, en cuanto la estrella se caliente unos miles de grados kelvin más, el planeta explote de manera espontánea. Esta situación ha generado una fuerte división política entre los habitantes del planeta. Hay quienes quieren quedarse a morir en su hogar y hay quienes quieren evacuar el planeta y buscar una nueva residencia en otro punto del espacio, pero no cuentan con la tecnología para hacerlo. Esta última facción es la responsable de la llamada de auxilio... nos piden que los ayudemos a evacuar el planeta.
Harrison bajó la vista. Lo perturbaba
la idea de ver una civilización extinguirse delante de sus propios ojos, aunque
eso, de hecho, ya hubiera sucedido tres siglos atrás. Los oficiales se habían
quedado mudos después de escuchar el relato. Todos comprendían las implicancias.
Todos sabían de memoria las directivas de
Los vulcanos no creen en la predestinación, por lo que Gorek decidió creer que lo más sano para el orden del universo era que la historia no fuera alterada. Por más que pidieran auxilio, los habitantes de ese planeta estaban condenados. Lo comunicó a sus oficiales, que recibieron la noticia con dolor, pero presuponiendo que era la más lógica. Quizás no la más agradable. Quizás ni siquiera fuera moralmente aceptable. Pero era lógica, y eso era más que suficiente para un capitán vulcano.
Sin embargo, para Argon Rex, la respuesta no era lo suficientemente buena. Y, de ser necesario, iba a tomar el caso en sus propias manos...
Desde su camarote, abrió una frecuencia encriptada y se comunicó con la superficie. Se contactó con un hombre. Un político. Un científico. Un hombre de familia, casado y con un pequeño hijito recién nacido. Un notable dentro de su sociedad. Y, para regocijo del comandante, un desertor, deseoso de abandonar el planeta.
Tramar el complot no fue muy difícil. Rex, aunque nadie en la flota lo sabía, había estado con los Maquis y sabía unos cuantos trucos. Engañar a los sensores no fue una gran dificultad. La nave estaba bastante maltrecha, por lo que simular algún pequeño accidente no era gran cosa. Así fue como "accidentalmente", una cápsula de escape se desprendió de la nave "por su propia cuenta" y fue a dar a un punto en el cual el Primer Oficial ya había acordado con su nuevo amigo en el planeta que agonizaba. La cápsula no era muy grande ni tenía mucha autonomía, pero alcanzaba para que este pequeño núcleo familiar pudiera volar unos cuantos parsecs y se radicara en un planetoide clase M no muy distante, aunque lo suficientemente lejos como para no sufrir los efectos de ese sol tan rojo convirtiéndose en una supernova.
Antes de que la cápsula se perdiera en el infinito, el Comandante Rex recibió, por supuesto en forma clandestina, una última carta de gratitud de la familia fugitiva que decía:
“-Mi esposa, mi pequeño hijo y yo le estaremos eternamente agradecidos por la posibilidad que nos dio de renacer, de continuar con nuestra especie en un nuevo hogar. Quiero decirle también, para su tranquilidad, que teníamos un plan alternativo. Yo había construido una cápsula capaz de viajar a la velocidad de la luz, pero sólo tenía capacidad para un ser vivo. Si usted no hubiera venido en nuestro auxilio, habría puesto a nuestro pequeño hijo en esa cápsula y lo hubiera enviado a través del espacio hasta el tercer planeta alrededor de un sol amarillo; un lugar cuyos habitantes llaman Tierra. Pero por suerte y gracias a usted no fue necesario separar a mi familia y ahora viviremos felices y juntos. Me pregunto qué habría sido de la vida de nuestro vástago en ese nuevo mundo y cómo, quizás, su presencia alienígena habría afectado a ese planeta. Pero eso ya no importa. Ahora estamos a salvo, gracias a usted. En deuda con usted, desde lo más profundo de mi ser, lo saluda el Senador Jor El, del extinto planeta Krypton".