”Explora todos los rincones del mayor universo de ciencia ficción de todos los tiempos, su pasado, presente y su futuro.
Bienvenido al mañana...”
Gene Rodenberry y Action Tales presentan: Star Trek Universe
Escrito por Diego E. Gualda.
Redención Parte final
Sobre la medianoche, los bancos de phaser habían comenzado a escasear de manera alarmante del lado Maqui de la barricada. Del lado cardassiano, en cambio, las municiones parecían no sólo inagotables, sino cada vez más poderosas. Una andanada de descargas de un cañón carddie había demolido la parte superior de la barricada. El pequeño Gav había muerto, con una sonrisa triunfal, sepultado por los escombros. Los heridos eran ya demasiados como para que Val Shan pudiera atenderlos a todos y se había avocado a la ingratísima tarea de prestarle atención médica sólo a aquellos que parecían tener alguna posibilidad de sobrevivir.
“Esto es un acto
de crueldad”, protestó Enjoll Rex, “seguramente, los malditos tienen
un par de cruceros en órbita... no entiendo por qué no nos bombardean de una
buena vez con torpedos de fotones y acaban con esta batalla absurda”. Pero
ya nadie escuchaba al trill. De los que quedaban detrás vivos detrás de la barricada,
los que no se esmeraban por encontrar una vía de escape para salvar su propio
pellejo, luchaban frenéticamente contra un enemigo que sabían no podrían vencer
con su limitada capacidad de fuego.
Entonces, Marius Pontmercy cayó, severamente herido, a los pies de Val Shan. Era el momento que estaba esperando. No lo esperaba así. No esperaba que Marius se le entregara tan severamente lastimado, pero al menos lo tenía en sus manos. Lo cargó sobre sus hombros, abrió una escotilla en el suelo y se internó en las precarias y mugrientas alcantarillas de la colonia de Ronara Prime. No había terminado de cerrar la portezuela sobre su propia cabeza, cuando una violenta explosión dio por finalizada la batalla. Cambeferre yacía muerto a pocos metros de la entrada del bar. Enjoll Rex, directamente, había sido vaporizado por la descarga. Los escasísimos sobrevivientes, ya sin un líder, se habían desbandado. Corrían de un lado a otro buscando escapatoria, pero eran rápidamente cazados por las tropas de asalto cardassianas.
Mientras tanto, en las alcantarillas, Val Shan vadeaba, con las aguas servidas casi a la cintura y el olor nauseabundo taladrándole todos los sentidos, en busca de una salida que estuviera, al menos, lo suficientemente lejos del campo de batalla. En una bifurcación, notó que uno de los posibles caminos iba cuesta abajo e intuyó que eso lo llevaría hacia el río donde el alcantarillado desagotaba. Es muy probable que Val Shan, con el prometido de su hija a cuestas, haya estado sólo unos minutos bajo tierra, pero le pareció una eternidad inconmensurable. Cuando ya sus fuerzas comenzaban a abandonarlo, una luminiscencia al final del túnel lo llenó con esperanza.
La salida del desagüé daba a una pequeña playa sobre el río y, tras forzar la reja que la protegía, Val Shan y Marius salieron a la claridad de la noche.
Pero alguien los esperaba a la salida del túnel.
Era J’Vert.
Vistiendo su uniforme de la Orden Obsidiana y empuñando un arma de asalto, los hizo subir a un transbordador sin decir una palabra. Implacable, el Gul estaba dispuesto a hacer cumplir la ley pese a todo. El transbordador apenas se había despegado del piso cuando Val Shan decidió que era momento de romper el silencio.
- Muy bien, J’Vert, ya me tiene. Después de veinte años de perseguirme, me tiene.
- Y volverá a pudrirse en un campo de prisioneros, 24601 - sonrió J’Vert.
- Si eso lo va a hacer un hombre feliz, Sr. J’Vert… Pero este joven no tiene nada que ver en todo esto. Fue arrastrado detrás de la barricada por error. El no es un Maqui, es un pacífico oficial de la Flota Estelar cuyo único pecado fue perseguirme hasta este olvidado sistema estelar por el simple hecho de que está perdidamente enamorado de mi hija.
- ¿Y con eso qué? - preguntó con sorna el Gul.
- Ud. está en deuda conmigo, J’Vert. Le perdoné la vida. No le voy a pedir mi vida a cambio, porque mi vida no vale nada, pero la vida de este joven vale la felicidad de mi pequeña Cos Seth.
- ¿Y qué es lo que pretende que haga?
- Déjeme entregarlo en los brazos de mi hija. Luego, haga de mi lo que mejor le plazca.
El pequeño transbordador había aterrizado en mitad de la Calle de las Armas, prácticamente frente a la puerta de Val Shan. El bajorano descendió del vehículo con Marius en brazos. Cos Seth, que espiaba por la ventana, salió corriendo a su encuentro. Entraron a la casa y Val Shan puso al malherido Marius sobre su propia cama. Con una mirada tierna y sin mediar palabra, besó a su hija en la frente y se volvió hacia la puerta. Debía cumplir con su palabra, iba a entregarse a J’Vert.
Pero, cuando llegó a la puerta, el transbordador y su más siniestro ocupante, el temible Gul J’Vert, habían desaparecido.
Epílogo
Después de la batalla de Ronara Prime, Val Shan, Cos Seth y Marius habían regresado a New Berlin. La joven pareja se había casado y el oficial de la Flota se había retirado del servicio activo para dedicarse a los cultivos hidropónicos.
Val Shan había confesado su turbio pasado a su yerno, aunque no así a su hija,
temiendo quizás que esta lo amara menos por
ser un ex convicto.
Cosas de viejos, que les dicen. Sin embargo, desde el momento de la oscura confesión,
Marius -cargado, en el fondo, con los prejuicios típicos de su edad y de su
especie- se había mostrado algo reticente a recibir a Val Shan en su casa. Al
final, el contacto entre padre e hija se había vuelto muy poco frecuente y el
ex fugitivo bajorano, adivinando que incomodaba a la pareja, se había retirado
a una vida de soledad, conformándose con el hecho de haber sobrevivido y de
haber logrado que su amada Cos Seth se casara con un buen hombre.
Habían escuchado en las noticias sobre el suicidio del Gul J’Vert y sobre cómo, antes de descerrajarse un disparo de phaser en la cabeza, había dejado una extensa lista de recomendaciones al alto mando de la Orden Obsidiana, sobre cómo las leyes y los métodos cardassianos podían ser más eficientes. Y quizás, más justos.
Marius y Cos Seth vivieron felices. Val Shan, ya de edad avanzada, falleció pacíficamente mientras meditaba, una noche como cualquier otra, a la luz de sus viejos candelabros.
En su tumba, hizo grabar una insignia bajorana junto a la frase:
“EL ÚNICO CAMINO HACIA LOS PROFETAS ES AMAR A ALGUIEN”.
Diego E. Gualda