”Explora todos los rincones del mayor universo de ciencia ficción de todos los tiempos, su pasado, presente y su futuro.

Bienvenido al mañana...”

Gene Rodenberry y Action Tales presentan: Star Trek Universe

Redención Parte 6

Escrito por Escrito por  Diego E. Gualda

( www.joven-argentino.com.ar )

Episodio VII

Rojo y negro

Lo llamaban cariñosamente el bar, pero en realidad era una especie de comedor comunitario construido con un viejo contenedor de transporte de carga. Sobre una de las callejuelas de la colonia Maqui de Ronara Prime, el bar era el único lugar -fuera de la propia casa- donde se podía comer, ver quizás alguna novela holográfica en una recámara de dudoso origen y que nunca funcionaba del todo bien y sociabilizar con los vecinos.

Val Shan, acostumbrado a la vida de prófugo, en el hábito permanente de ocultar su identidad, no iba al bar precisamente a hacer amigos, sino más bien satisfacer su concupiscencia por la sopa Plomek, que el cheff telarita del lugar preparaba casi acertadamente y casi remotamente comestible.

Una noche, estaba el bajorano devenido en vulcano sentado en una mesa solitaria bebiendo su sopa, cuando un ruidoso grupo de jóvenes comenzó una acalorada discusión política justo en la mesa de al lado. Hablaban de libertad, igualdad y fraternidad como si estuvieran descubriendo nuevos conceptos. En mitad del griterío, que se hacía cada vez más obvio, el líder del grupo, Enjoll Rex, alzó la voz por sobre los demás:

“Es hora de que decidamos quiénes somos”, los instó, “¿Estamos acaso luchando por el derecho a una noche en una holosuite? ¿Se han preguntado acaso cuál es el precio que deberán pagar? Esto no es un juego de niños... El color de la política en el cuadrante cambia día a día. El cuadrante se vuelve rojo, como la sangre derramada de nuestros compañeros Maquis. La galaxia se tiñe de negro, como los argumentos políticos, tanto de la Federación como de los Cardassiano. No estamos luchando por ser burgueses federacionistas y obreros de la Unión: estamos luchando por la verdadera LIBERTAD”.

La pequeña multitud, que no excedía la decena, estalló en un aplauso. Val Shan no pudo resistir tanto alboroto y, tomando su tazón de sopa con mala cara, se puso de pie y buscó lugaren la única otra mesa, en un rincón oscuro, a la que le quedaba un asiento libre, junto a dos humanos. Sin pedir permiso, se sentó y continuó con su cena. Pero los oídos no tienen párpados, y no pudo evitar oír la conversación.

- Escucha a Enjoll Rex hablar de rojos y negros, amigo Cambeferre – dijo uno de ellos, visiblemente afectado por la cerveza romulana de su vaso - Así es como me siento, “rojo y negro”.

- Eres todo un poeta, amigo Marius, pero no entiendo - respondió el otro, igualmente borracho.

- Si la hubieras conocido, entenderías. Si hubieras visto alguna vez la belleza de mi amada, sabrías por qué mi corazón está rojo por el fuego que me quema y negro por como veo el futuro sin ella.

- Marius, Marius, Marius... estás borracho y enamorado… y en medio de una revolución. Créme que son tres males que no le deseo a nadie - respondió Cambeferre entre risotadas - Y dime: ¿Cómo se llama esta amada misteriosa?

- Su nombre es el sonido más dulce del universo, pero ya no volveré a oírlo. Su padre la alejó de mi, escapando vaya uno a saber de qué. Jamás veré nuevamente su mirada angelical. Jamás volveré a sentir una caricia suya. Jamás volveré a saber de C’Seth.

Val Shan derramó la sopa. Al levantar la vista, reconoció al ahora ex Teniente Comandante Marius Pontmercy, el muchachito que había estado cortejando a su hija en New Berlin y al que jamás hubiera esperado encontrar justamente ahí, entre prófugos.

Se puso de pie precipitadamente y salió del bar.

La presencia de Marius, definitivamente, cambiaba las cosas para la pequeña familia de exiliados.

 Mientras tanto, a bordo de la “Gellar”, un crucero liviano cardassiano, Gul J’Vert leía un reporte, cortesía de la Sección 31 y producto de la nueva “cooperación” entre esta rama de la Flota Estelar y la Orden Obsidiana. El reporte hablaba de un carguero Selay que, según informes de inteligencia, transportaba un grupo de Maquis que huían del Sistema Solar.

“Bitácora Personal del Gul J´Vert”, monologó ante la computadora, “Allá afuera, en la oscuridad del espacio, una banda de descastados huyen de la mano de la ley, de mi ley. Pero no me rendiré hasta encontrarme cara a cara con estos Maquis. Son hábiles, saben moverse en las sombras, pero yo me muevo a la luz de la gloriosa y siempre justa ley de la Unión Cardassiana y los que siguen el camino de la ley obtienen su recompensa. Allá afuera, en la oscuridad, están las estrellas, frías y precisas en su ubicación, como un paradigma del orden. Así debe ser la ley, fría y precisa, y mantener siempre su curso y su objetivo. La ley debe ser implacable y perfecta, como lo son las estrellas. Y juro por estas estrellas que veré a todos esos malditos, irrespetuosos de la ley, en un campo de prisioneros. Nos dirigimos ahora al planeta Ronara Prime, donde según reportes de inteligencia hay un asentamiento Maqui”.

Episodio VIII

La barricada

Val Shan, turbado aún por los sucesos del bar, acababa de entrar precipitadamente en su casa cuando se oyeron las primeras explosiones. La Gellar, desde la órbita, bombardeaba el pequeño asentamiento con torpedos de fotones: polvorines, depósitos de combustible, hangares... todo lo que podía ser útil a los Maquis para resistir una embestida cardassiana, volaba en mil pedazos bajo el fuego incesante de los torpedos.

Enjoll Rex, Cambeferre, Marius y una docena más de rebeldes que al momento del bombardeo estaban en el bar, salieron a la calle precipitadamente. En pocos minutos, la información sobre la devastación de la ciudad y la destrucción de sus escasísimos recursos les llegaba desde los cuatro puntos cardinales. Gav, un pequeñuelo boliano que solía vagar entre los Maquis en busca de aventura, llegó corriendo desde el lado sur.

 

- Los carddies están desembarcando cerca del lago- gritó.

- ¿Cuántos son? - preguntó Cambeferre

- Conté cerca de cincuenta - dijo pequeño Gav - Pero los transportadores continuaban bajando soldados a la superficie cuando corri a avisarles.

- ¡Todos a las armas! - aulló Enjoll Rex.

C’Seth no entendía lo que sucedía. Sólo sabía que su padre le había ordenado esconderse. Como tantas otras veces. Sin saber del todo de qué se ocultaba, a joven se había atrincherado en el sótano de la casa de la Calle de las Armas, una de las más afectadas por el bombardeo, a esperar a Val Shan, quien había salido a la calle precipitadamente, no sin antes tomar un antiguo rifle de plasma que tenía guardado.

Val Shan sabía que los cardassianos no tendrían piedad con los Maquis. También sabía que el amado de su hija, el tal Marius, el motivo de todos los males del corazón de su pequeña, estaba entre los insurgentes y que, seguramente, sería ejecutado -o despedazado por el fuego de armas pesadas- en cuestión de horas... quizás de minutos. Una sola idea ocupaba la mente de Val Shan: rescatar a Marius de las garras cardassianas, para felicidad de su pequeña y amada C’Seth.

Instintivamente, volvió al mismo lugar donde había visto por última vez al Teniente Comandante Pontmercy; el bar. La calle había sido bloqueada por ambos extremos con pilas enormes de chatarra, contenedores, cajas, puertas, muebles, basura y restos de edificaciones derrumbadas en el bombardeo. Los Maquis planeaban resistir hasta el final y, para eso, habían improvisado una barricada a mitad de la calle, una trinchera en pleno centro de la ciudad, desde donde repelerían el ataque cardassiano hasta que la última carga de phasers se agotara, hasta que la última vida se sumiera en la oscuridad.

Val Shan trepó la barricada con la destreza de un gato y con una agilidad inusual para un hombre de su edad. Al otro lado, sobre una mesa, Enjoll Rex planeaba la estrategia y repartía órdenes a sus más confiables asociados. Gav había tomado una gran tela roja de un cortinado del bar y, atándola a un poste caído, había improvisado una bandera. El chiquillo, orgulloso de su creación, trepó la barricada y plantó la bandera en la cima, pero pronto, una ráfaga de fuego cardassiano lo obligó a retroceder, dejando el estandarte derribado en la parte más alta de la improvisada muralla.

Cambeferre, equipado con un tricorder un tanto anticuado, no terminaba de entender la situación. Según sus scanners, baterías cardassianas se habían apostado todo a su alrededor, con suficientes hombres y poder de fuego como para borrarlos de la superficie del planeta en cuestión de minutos. Sin embargo, desde que habían armado su curiosa fortaleza a mitad de la calle, sólo habían recibido algunas tímidas descargas de phaser que no había provocado más que algunos escasos daños materiales y ninguna baja entre los Maquis.

“No van a atacarnos, no aún”, dijo alguien. Todos se dieron vuelta para ver quién hablaba. Era un personaje sombrío y misterioso. Llevaba una capa al mejor estilo romulano, con una capucha que le cubría la cabeza y proyectaba una sombra que ocultaba su rostro. “Nos están sitiando”, continuó el extraño, “pero no habrá ataque esta noche... quieren hambrearnos, que nos quedemos sin provisiones, que se acaben nuestras municiones... y, sí, podrían destruirnos de un solo golpe, pero no quieren eso... Nos quieren vivos, para sacarnos información y luego dejarnos a que nos pudramos en un campo de prisioneros”. Los rebeldes se miraban entre sí y miraban a su interlocutor desconcertados. La información era razonablemente buena, pero no podían confiar en un desconocido. Enjoll Rex dio un paso al frente y confrontó al enmascarado. “¿Y se puede saber quién es Usted?”, preguntó de forma muy poco cortés. El extranjero se quitó la capucha para dejar al descubierto un escamoso rostro cardassiano. Un segundo después, media docena de armas le apuntaban a la cabeza..

“Mi nombre es Garak”, dijo, “y créanme, estoy de su lado”.