”Explora todos los rincones del mayor universo de ciencia ficción de todos los tiempos, su pasado, presente y su futuro.

Bienvenido al mañana...”

Gene Rodenberry y Action Tales presentan: Star Trek Universe

Redención Parte 3

Escrito por Escrito por  Diego E. Gualda

( www.joven-argentino.com.ar )

Capitulo 4: Kos Seth

Val Shan... o Madik... o como diablos se llamara... había cambiado tan profundamente de identidad que, a veces, le costaba recordar su propio nombre... necesitaba un lugar a donde esconderse; y dónde esconder a la pequeña niña de la furia y la testarudez de su perseguidor. ¿El mejor lugar que se le pudo haber ocurrido? El monasterio vulcano de P'Jem -el segundo o tercero en ser construido, tras las sucesivas destrucciones por parte de los andorianos- donde los hombres más sabios de orejas en punta se dedicaban a la meditación y la contemplación del universo. Además de al espionaje.

- Mi nombre es Fauvok - se presentó Madik bajo un pseudónimo.

- ¿Y quién es esta extraña criatura? - preguntó el monje, mirando las antenitas andorianas de la niña no sin cierto recelo.

- Es mi hija, Kos Seth

- ¿Su hija? - el monje se mostraba sorprendido.

- Si, mi hija... El producto de una edad oscura de mi vida en la que me vinculé carnalmente con el enemigo... Una etapa que quiero superar.

- ¿Y qué es lo que buscan en P'Jem?

- Buscamos refugio - comenzó Fauvok algo dubitativo - buscamos armonía y, ante todo, buscamos lógica.

- Entonces, sean ambos bienvenidos - sentenció el monje en tono monocorde - Nos encargaremos de que Ud. encuentre su tan anhelada paz, armonía y lógica... Y, por supuesto, nos encargaremos muy bien de que su pequeña sea criada en los valores y creencias de la milenaria cultura vulcana.

 

Val Shan era un hombre de fe. Seguía las enseñanzas de los profetas y buscaba convertirse en una buena persona, para compartir la vida después de la muerte en el Gran Templo Celeste. Madik, en cambio, era un hombre pragmático que, durante sus prósperos años como industrial en Vulcano, había hecho muy poco caso a todo tipo de credo. Fauvok, en cambio, y sin olvidar que hablamos siempre de la misma persona, era un fanático. Su estadía en P'Jem lo había convertido en un extremista del razonamiento lógico. Los años viviendo en la superficie del planeta no habían logrado convertir al bajorano en un vulcano. Pero P'Jem sí.

Kos Seth crecía rápido y, pese a que, de pequeña, era físicamente muy desagradable, parecida casi a una mala mutación, a medida que su adolescencia se fue acercando, fue ganando en belleza de una manera inusitada. Su piel azulada fue tomando un tinte más rosado y su antenas se volvieron cada vez más pequeñas, de modo que era sencillísimo ocultarlas entre el cabello. Ni sus orejas ni sus cejas eran tan filosas como las del vulcano promedio, pero sus rasgos habían obtenido una cierta armonía, una cierta coherencia.

En diez años que habían pasado de reclusión en el monasterio, Fauvok se había convertido en un devoto y Kos Seth se había convertido en una mujer. Una muy atractiva, por cierto. En diez años, también, Fauvok había logrado olvidar en gran parte a Madik y a Val Shan. La sombra del despiadado Gul J'Vert lo perseguía aún en algunas de sus pesadillas, pero la lógica vulcana lo había, al menos, alejado del pánico.

Así fue como, después de una década de purificación para él, de crecimiento para ella y de estar muy bien escondidos para la implacable ley cardassiana, Fauvok decidió que era hora de que su hija -porque ya la sentía como tal- conociera la galaxia. La visita de un grupo de antropólogos de la Universidad de Marte que visitó el monasterio a bordo de la USS McKintosh fue el boleto de salida.

Agradecido en lo más profundo de su mente -ya no podía agradecer con el corazón- Fauvok donó al monasterio una bolsa de lathinium que aún conservaba y la pequeña y destartalada nave Jem'hadar que había comprado al ferengi en Deneb.

Sólo dos cosas de su pasado viajaban con él: su hija y los candelabros de la Cai.

Capitulo 5: Marius

La casa de la calle Plummet, en New Berlin, era amplia y las ventanas miraban a los jardines de una de las más antiguas colonias humanas en la luna. Allí, el Señor Fauvok se había instalado con su hija, a la que ahora llamaba familiarmente C'Seth, en un intento un tanto desprolijo de que el nombre andoriano sonara realmente vulcano.

Ambos vivían una vida licenciosa y despreocupada, a costas del lathinium que el fugitivo Val Shan, convertido en Madik, había acumulado antes de convertirse en Fauvok. El caballero disfrutaba de sus larguísimas horas de meditación en su cuarto. La damita, adoraba los eternos paseos por los jardines, tomada del brazo de su padre. Porque la joven, que de alguna manera sospechaba que no había conexión genética alguna entre ella y Fauvok, lo sentía como su padre. Intentaba honrarlo con una lógica vulcana. Pero lo amaba con una pasión completamente andoriana.

En estos paseos por el parque, era inevitable que los oficiales de la Flota Estelar que recalaban en New Berlin repararan en la inexplicable y exótica belleza de C'Seth. La caminata por el parque implicaba que varias decenas de cabezas flotando por encima de decenas de uniformes rojos, azules y dorados, se dieran vuelta a su paso. Val Shan se sentía orgulloso. Madik temía que tanta exposición pública pudiera atraer la atención sobre ellos peligrosamente. Fauvok, en cambio, confiaba en que, quizás más pronto de lo que él hubiera querido, su hija encontraría el camino a seguir en brazos de otro hombre. En cierto sentido, tenía una amable pero amarga sensación de "misión cumplida". "He criado una gran dama", se repetía, "es hora de dejarla volar".

C'Seth no era del todo consciente de cuán atractiva era. Sin embargo, había notado que ella también estaba desarrollando ciertos gustos personales en materia de hombres. Hasta que una tarde, en una de sus caminatas, vio a Marius y sintió que la síntesis de todos sus gustos en materia de especímenes del sexo opuesto finalmente se concentraba en un solo ser.

Esa tarde, la que dio vuelta la cabeza para seguir mirando fue ella. Las miradas se cruzaron y, desde ese cruce de miradas, ya no podrían despegarse el uno del otro.

El Teniente Comandante Marius Pontmercy -hijo del famoso Capitán Pontmercy, de la USS Waterloo- era un joven y atractivo oficial de la Flota Estelar, con muy poco pelo en el pecho y demasiados ideales en la cabeza. A bordo de la USS Hugo, había patrullado la Zona Desmilitarizada que separaba a la Federación Unida de Planetas de la Unión Cardassiana durante los últimos meses y, sin quererlo del todo, había comenzado a simpatizar con la causa Maqui.

"La tierra debe ser de quién la cultiva", se repetía para sí mismo permanentemente, como si hubiera descubierto la pólvora, la penicilina o la propulsión warp. Pero, en el fondo, más allá de una cierta filiación política con los Maquis, más allá de los ideales, se sentía tremendamente atraído -justamente él, un chico formal y correcto, de una familia tradicional de exploradores del espacio, entrenado en la Flota Estelar- por el romanticismo de la cruzada. Veía a los Maquis no tanto como una banda de forajidos y terroristas descastados, sino como una legión de héroes que luchaban por la libertad.

En muchos aspectos, tenía razón. En muchos otros, se equivocaba tremendamente. De todos modos, no había tenido el valor para abandonar su vida, para romper el molde que la tradición familiar le había impuesto, y unirse a los Maquis. Hasta que conoció a C'Seth.

Cuando Fauvok vio la cara del temible Gul J'Vert en las noticias, sintió que iba a desmayarse. Y se lo veía tan sonriente, con esa mueca cínica, tan típica de los dictadores, saludando a un montón de Almirantes de la Flota Estelar, que no pudo evitar que una sensación gélida le recorriera cada hueso.

Hacía ya un tiempo considerable que los Maquis asentados en la Zona Desmilitarizada se habían vuelto quizás no exactamente una amenaza, pero por lo menos una molestia, tanto para la Federación como para Cardassia. Las bajas empezaban a contarse en cantidades considerables, tanto del lado carddie, como entre la flota, que aún intentaba superar el duelo de la reciente desaparición de la USS Voyager, que se extraviara, justamente, tratando de cazar una nave Maqui. Una cooperación entre ambas partes para eliminar a los Maquis hubiera sido una utopía sangrienta y los más conservadores dentro de la Federación jamás lo habrían aceptado. Pero un fluido intercambio de información podía ser beneficioso para todos... salvo para los Maquis, por supuesto. Exactamente eso fue lo que llevó al Gul J'Vert a visitar la Tierra y entrevistarse con el almirantazgo.

Para Fauvok, que vivía una vida relajada en la colonia lunar, la amenaza más directa a su fachada, a ser descubierto como Val Shan, el prófugo bajorano, estaba demasiado cerca.

El Café del ABC era un pequeño e íntimo -y, por lo tanto, muy mal iluminado- bar de estilo parisino en Greenwich, el barrio más bohemio de New Berlin. En el ABC se daban cita universitarios, artistas, exploradores e intelectuales de distintas especies y calañas. En sus mesas se debatía política interestelar, ideología social, historia de las civilizaciones, tendencias artísticas y mil temas más de esos que estimulan el alma, ejercitan la mente y contribuyen tan poco a cuestiones prácticas.

Marius, como todo un romántico, era cliente frecuente del ABC y, cada vez que su comisión con la Flota Estelar lo llevaba a la luna, no perdía la oportunidad de tomar un Calypso y reencontrarse con viejas amistades. C'Seth, en cambio, de una extracción social notablemente más humilde, y criada en el bajísimo perfil de los fugitivos, jamás había visitado el café parisino. Hasta que un día, el Teniente Comandante Pontmercy, ese muchacho cuyo nombre ni siquiera sabía, al que sólo tenía grabado en sus sueños a fuerza de cruzarse "accidentalmente" en los jardines e intercambiar miradas, le deslizó furtivamente una nota con las tres letras: ABC.

A C'Seth le tomó un tiempo entender qué significaba el mensaje. Pero, en cuanto lo supo -LCARS mediante- no lo dudó. Inventó una excusa inverosímil, que por cierto Fauvok no creyó, y se fue inmediatamente al encuentro de su príncipe azul.

 - Marius Pontmercy - dijo una voz al oído de C'Seth.

- ¿Cómo? - preguntó ella desconcertada, al tiempo que se daba vuelta para quedar frente a su interlocutor. Era él.

- Teniente Comandante Marius Pontmercy, oficial táctico de la USS Hugo, un placer conocerla, Mademoiselle - se explayó el caballero al tiempo que le besaba la mano - Pero aún no sé su nombre.

- Mi nombre es C'Seth - respondió sonrojándose como la niña que en el fondo era.

- Tu nombre suena a poesía, C'Seth... Simplemente, no sé más que decir.

- Entonces, no digas nada.

 Marius y C'Seth abandonaron rápidamente el Café del ABC y se dedicaron a una larga caminata por el parque. De esa caminata, de esa eterno y empalagosa conversación, nacería una devoción mutua tan romántica que era prácticamente enfermiza. Después de aquel encuentro, sabrían los dos perfectamente que nunca más podrían volver a separarse.

 Mientras tanto, en el bar, un trill joven y apuesto llamado Enjoll Rex recibía la noticia de la llegada del temible Gul J'Vert a la tierra y planeaba una rápida huída.

Continuará…