”Explora todos los rincones del mayor universo de ciencia ficción de todos los tiempos, su pasado, presente y su futuro.
Bienvenido al mañana...”
Gene Rodenberry y Action Tales presentan: Star Trek Universe
Redención Parte 2
Escrito por Escrito por Diego E. Gualda
( www.joven-argentino.com.ar )
Capitulo 2: Madik
En pocos años, el Sr. Madik se había vuelto uno de los empresarios más prósperos de Vulcano. Había llegado a la Capital desde, según decían, una pequeña aldea, en una cierta fecha que nadie lograba precisar, y había instalado una planta productora de chips isolineares. Pese a que Madik era un absoluto desconocido tanto para los círculos académicos y científicos como para el mundillo de la industria vulcana, había demostrado ser un hombre increíblemente ingenioso. Las modificaciones que había implementado en los replicadores industriales de su planta eran completamente innovadoras y había logrado que, con el mismos personal que cualquiera de sus competidores, su fábrica produjera poco más del triple.
Y, por supuesto, pese a que la adquisición de riquezas no es una prioridad dentro de la cultura vulcana, Madik se había vuelto un hombre increíblemente rico. Y tanto como era de adinerado era de generoso. Su puerta siempre estaba abierta para el peregrino que necesitara una tazón de sopa plomek y sus empleados eran los mejores pagados de la ciudad. Era un hombre severo con la disciplina, pero justo y razonable, aunque un tanto apasionado para los parámetros de su especie.
Sentía además, una gran identificación con los desposeídos, marginales y socialmente inadaptados. El ejemplo más claro era el de P'Tine, su secretaria personal, una bella y blonda dama de orejas en punta que, durante tiempos oscuros, había tenido un tórrido romance con un oficial del ejército andoriano, que su sociedad natal jamás le había perdonado.
Madik cultivaba el perfil bajo, como si se escondiera de algo. Pero, sin embargo, su poder económico lo convertía en una eminencia contra su propia voluntad y había ciertos compromisos sociales a los que no podía escapar.
Aquella noche, había sido invitado, pese a su reticencia, a una fiesta en la embajada del Imperio Klingon en Vulcano, donde se celebraría que el Primer Secretario del Alto Consejo había emprendido un honorable viaje a Stovokor tras una diferencia de opiniones con el Canciller. No quería juntarse, ni esa noche en particular, ni ninguna otra noche de su vida, con el ambiente diplomático de la capital vulcana. Pero tampoco podía rechazar una invitación de la embajada klingon cuando hacía sólo unos pocos meses que había cerrado un importante contrato con una firma de K'onos que comenzaría a utilizar sus chips.
Y, para empeorar las cosas, P'Tine estaba muy enferma. Había estado cuidándola en su lecho todas las noches y detestaba la idea de fallarle a su más fiel empleada, por lo que tuvo que luchar con su propia conciencia para ponerse su mejor traje y presentarse en la embajada para la recepción.
"Permítame presentarle a uno de nuestros más prominentes empresarios", dijo el Secretario de Asuntos comerciales, mientras ponía una mano en la espalda de Madik. El industrial se dio vuelta sobre sí para enfrentar al Secretario y saludar a la persona que intentaban presentarle. Se puso pálido y sintió que las piernas se le aflojaban. El secretario continuó como si nada: "Señor Madik, permítame presentarle al nuevo Agregado Militar de la embajada cardassiana en nuestro planeta, el Gul J'Vert". El cardassiano, amable, le tendió la mano con una amplia sonrisa, pero Madik estaba lívido y a duras penas pudo tomar la mano del guerrero en un tenue apretón.
- Su cara me resulta familiar - dijo el militar cardassiano - ¿Ha estado Ud antes en Cardassia Prime?
- No... Jamás es he estado en Cardassia - respondió Madik, visiblemente incómodo.
- ¡Qué extraño! Porque yo jamás había estado en Vulcano y, sin embargo, nunca olvido una cara.
- Tengo una cara muy común - respondió el vulcano, cada vez más pálido.
- Sin embargo, estoy tan seguro de conocerlo...
- ¡Eso es imposible! - Madik acababa de sonar algo imperioso
- Está bien, no se sulfure, mi amigo vulcano - contestó entre carcajadas J'Vert - tan sólo le dije que su cara me resultaba familiar... pero no soy infalible.
Madik había comenzado a relajarse un poco ante la situación y se proponía abandonar a esta poco grata compañía en busca de otro vaso de vino de sangre, cuando el misterioso Gul volvió a enfrentarlo:
"¡Ya lo sé!", prácticamente le gritó, "Ud me recuerda a un prisionero bajorano que tuve a mi cargo durante los tiempos de la ocupación. El maldito violó su libertad condicional y está prófugo. Y, como todos los prófugos de la Unión Cardassiana, hay una jugosa recompensa para quien lo atrape. Pero no... Tiene Ud. razón, no puede ser, él era bajorano y Ud es vulcano, por lo que es imposible que sean la misma persona... ¡Pero qué asombroso es el parecido!"
El empresario vulcano se había puesto pálido nuevamente. "Salvo que haya alterado quirúrgicamente su fisonomía... ¿Está seguro que usted no es el prisionero bajorano 24601, conocido como Val Shan?", increpó el diplomático cardassiano.
Madik sintió que, esta vez sí, se iba a desmayar, pero las sonoras carcajadas de su interlocutor lo sacaron del sopor, y fingió que el peculiar sentido del humor del Gul le causaba gracia y rió tímidamente. "Por supuesto que no", respondió, "no conozco al tal Val Shan".
Al salir de la fiesta, se dirigió raudo a la casa de P'Tine. Estaba ansioso por saber de su salud. Ella estaba en la cama y parecía relajada. Había estado meditando a la luz de las velas, que estaban puestas en los candelabros que su empleador le había llevado en calidad de préstamo, para que pudiera meditar.
Los candelabros eran altos, dorados y hermosos, de un tipo de artesanía que no era típica del lugar. Lo que P'Tine no sabía era que estaba meditando ante un par de candelabros muy especiales; ante los candelabros que su jefe recibiera ni más ni menos que de las santas y venerables manos de la Cai Leela. En otro lugar. En otro tiempo. Antes de la alteración quirúrgica de su aspecto. En un tiempo en el cual Madik aún se llamaba Val Shan, prisionero 24601.
P'Tine agonizaba. Val Shan -Madik, para ella- lo sabía. Estaba perdiendo a uno de sus más grandes afectos y no sabía que hacer para confortarla. Se acercó a la cama y la tomó de la mano. La bella mujer abrió los ojos y lo miró profundamente.
- Gracias por venir a verme, Señor Madik.
- No desperdicies tus fuerzas charlando conmigo, mi niña.
- Usted sabe que estoy por irme, Señor.
- ¡Pero no hables insensateces! - Madik se puso emocional.
- No es insensato, Señor, es lógico. Es el curso natural de la Fiebre de Ángeles. Voy a morir.
- Quisiera hacer algo para que este camino fuera más fácil - Madik había olvidado su impostura de vulcano y su legítima sangre bajorano hacía que las lágrimas le rodaran copiosamente.
- Ante todo, no llore, mi estimado Señor. No puede hacer nada por mí, ni aquí ni ahora, pero podrá hacerlo cuando me haya ido. Este es mi gran secreto: Hace mucho tiempo, durante una etapa oscura de mi vida en la que mis emociones no estaban bajo control, tuve un amorío con un oficial del ejército andoriano. De esta relación nació una hija, cuyo padre repudió, por ser mitad vulcana. Yo tampoco podía traerla a casa, porque era mitad andoriana. La dejé al cuidado de un Señor Thenarg, un caballero ferengi que regentea un puesto de reabastecimiento en el sistema Deneb. Desde hace cinco años le envío lathinium a este caballero para que atienda a todas las necesidades de mi pequeña Kos Seth. Ahora, que ya no voy a estar, quisiera que Usted, mi estimado Madik, vea que a mi niña no le falte nada.
El bajorano camuflado como vulcano lloraba ahora desconsoladamente. Estaba a punto de abrazar a su secretaria y prometerle por los Profetas que él se encargaría de su retoño, cuando notó que sus ojos se habían cerrado y su pecho había dejado de moverse. Se estaba poniendo de rodillas al lado de la cama para una plegaria, cuando la puerta se abrió violentamente, producto de una patada.
Cuatro enormes cardassianos, encabezados por el Gul J'Vert y armados hasta los dientes acababan de irrumpir en la habitación. Madik... Val Shan... tomó los candelabros y, saltó por la ventana atravesando el cristal. Sintió el calor de las descargas de phaser pasándole muy cerca y los aguijonazos del vidrio roto en la cara, pero no se detuvo. Corrió desesperadamente calle abajo, llevando un candelabro en cada mano, hasta su fábrica.
"Computadora, anule protocolos de seguridad, autorización Madik24601", gritó mientras ingresaba en la planta. "Protocolos desactivados", respondió una voz metálica que venía de ninguna parte. "Computadora", continuó el ahora fugitivo empresario, "inicie plan de evacuación Val Shan 002". Una pared holográfica se desintegró en la penumbra de la planta desértica para dejar ver un vetusto transbordador Clase F, de los que la Flota Estelar había sacado de servicio hacía casi cien años.
Abordó la pequeña nave y el techo de la planta se abrió ante el rugido de los motores de impulso. "Computadora, inicie curso al sistema Deneb", ordenó enérgicamente. En su pequeña balsa, tenía raciones de emergencias y una bolsa con una cuantiosa cantidad de lathinium que había reservado para una ocasión como esta. Sabía que, tarde o temprano, su fachada caería y había previsto una vía de escape. El único efecto personal que llevaba consigo eran los candelabros de la Cai Leela, que por casualidad tenía consigo al momento de huir.
Para cuando los cardassianos irrumpieron en la fábrica, el techo se había cerrado y la pared holográfica había vuelto a su lugar, cubriendo todo rastro de la frenética huída.
Capitulo 3
Thenarg
"The Marshall" no era exactamente una estación espacial. En realidad, era un puesto de abastecimiento, algo así como una taberna en el medio de la nada, construido sobre los restos de la sección del plato de una nave estelar clase Excelsior (que alguna vez se habría llamado USS Marshall Islands, de ahí el nombre del puesto) que, adosada a ciertas piezas de chatarra cardassiana conformaban algo así como una pequeña isla con no más de cuatro puestos de atraque para naves espaciales de pequeña envergadura.
El Señor Madik había atracado su vetusto transbordador a una de las bahías del precario puesto y había entrado al salón principal con mucha cautela y no sin algo de miedo. En una de las mesas, un enorme naussicano, que ni se molestó en mirarlo, tomaba de un jarro metálico haciendo mucho ruido. Salvo por el naussicano, parecía no haber nadie más en la habitación, hasta que, repentinamente, un chillido agudo lo sobresaltó:
- Buenos días, Señor Vulcano... Mi nombre es Thenarg y soy el administrador de este pacífico antro de comercio sano y honorable ¿En qué puedo serle de utilidad al caballero? - dijo un ferengi pequeñísimo que acababa de salir de detrás de un mostrador.
- Estoy buscando un artículo muy preciado y muy especial.
- Pues aquí lo tenemos todo, mi buen señor. Y, lo que no tenemos, lo podemos conseguir, a un precio más que razonable, por supuesto. Nombre Ud. cuál es su necesidad, y este humilde mercader se la cumplirá.
- Hay una pequeña nave Jem'hadar allí afuera ¿Es suya? - preguntó Madik.
- Y está a la venta, mi amigo, como todo lo que hay aquí.
- Entonces... ¿Todo está a la venta?
- Todo.
- Absolutamente todo.
- Absolutamente - el comerciante ferengi comenzaba a impacientarse.
- ¿Cuál es el precio de la nave?
- Son quince mil barras de oro lathinium prensado - exageró el ferengi, esperando tener margen para un posible regateo.
- ¿Y funciona correctamente? - continuó interrogando el falso vulcano.
- Bueno... ejem... en realidad... tiene quemados un par de relevadores de plasma... En ese estado, dudo que pueda volarla a más de medio impulso.
- Y los repuestos cuestan...
- ¡Otras quince mil barras! - aulló Thenarg, definitivamente decidido a estafar a su flamante cliente.
- Está bien - dijo Madik calmadamente, al tiempo que ponía sobre el mostrador una pesadísima saca llena de barras de lathinium - Le daré cincuenta mil barras de lathinium - el ferengi había abierto los ojos más grandes que sus propios lóbulos, pero su interlocutor continuó explicando sin detenerse - Le daré las quince mil barras que pide por la nave, más otras quince mil por los relevadores de plasma, aunque sea una estafa. Además, le daré otras quince mil barras por una pequeña niña, mitad vulcana, mitad andoriana, que sé que vive aquí; y cinco mil barras más por su silencio más absoluto.
De debajo de una de las mesas, asomó una pequeña criatura. A primera vista, parecía una vulcana con la piel ligeramente azulada, aunque si se miraba atentamente entre su pelo amarillento, se distinguían dos pequeñas antenas, que la damita había aprendido a ocultar entre el cabello.
Había sido una etapa difícil en la vida de P'Tine. Era joven e imprudente. Estaba en esa época de la vida en que los seres inteligentes, por inteligentes que sean, pueden permitirse el lujo de malgastar los sueños. Así fue como, durante una conferencia sobre el crecimiento del Imperio Romulano en la Capital de Aicilog Prime, conoció a un joven, apuesto y azulado oficial de la flota andoriana. Del enemigo. De "esos otros" con los cuáles el odio -del que, en teoría, los vulcanos son incapaces- era ya ancestral.
Joven y rebelde, amparándose en la lógica de que debía probar nuevos caminos e intentar nuevas experiencias que la enriquecerían como persona, decidió involucrarse con el caballero en cuestión. Guiada por el prejuicio de que andorianos y vulcanos eran genéticamente incompatibles, obviaron de común acuerdo todo tipo de precaución en el control de la natalidad, por considerarlo innecesario. Pero, justamente, todo el asunto de la incompatibilidad era una fantasía popular que, en este caso, demostraría empíricamente su condición de delirio absoluto.
No podía volver a casa con esa "carga". Definitivamente, no podía. No había forma de que pudiera insertarse en su sociedad con una hija, pequeña, preciosa, muy vulcana, aunque ligeramente azulada y con unas incipientes antenitas, a la que había bautizado Kos Seth. Por un tiempo, se quedó en el exilio. Vivió en Aicilog durante varios meses, hasta que las autoridades locales detectaron su estado y, dado que las leyes y la infraestructura médica del lugar los imposibilitaba de atender un parto alienígena -y, cuánto más, un parto "híbrido"- decidieron invitarla amablemente a abandonar el planeta.
Estaba desamparada y con una hija poco convencional a cuestas cuando decidió que intentaría luchar contra el stablishment de su cultura y volvería a Vulcano. Pero, en el camino, el vetusto carguero katharian en el que viajaban tuvo que hacer una escala de emergencia en una estación de reabastecimiento en el sistema Deneb. Fue allí donde la desesperada P'Tine creyó encontrar la solución a sus problemas.
Thenarg le había parecido un hombre amable, pese a ser ferengi. Y la efusividad con la que contaba sus históricas hazañas durante la batalla de Wolf 359, el realismo con el que describía cómo había noblemente salvado al Capitán Pontmercy de la USS Waterloo de ser asimilado por los borg, lo hacían un ser casi entrañable; aunque fuera perfectamente imaginable que un ferengi en Wolf 359 sólo pudiera estar saqueando los restos de las naves de la Flota Estelar abandonadas y semidestruídas; y que el rescate el tal Pontmercy hubiera sido un accidente, la mera casualidad de un acto de pillaje convertido en un acto de heroísmo.
Las reparaciones del carguero katharian tomaron suficiente tiempo como para que P'Tine tuviera oportunidad de contarle a Thenarg la historia de sus miserias y para que el mercader, viendo delante de sí la posibilidad de obtener mano de obra gratuita para mantener su comercio, se ofreciera generosamente a hacerse cargo de Kos Seth.
"Yo podría cuidar de la niña por Ud.", había propuesto el pequeño hombrecito de enormes lóbulos, "mientras Ud. regresa a su planeta, logra establecerse y vence los prejuicios de su sociedad... Entre tanto, deberá enviarme cincuenta barras de lathinium por mes para los gastos de manutención... Ud. entenderá, mi querida Señora Vulcana, que no es fácil criar un hijo en este cuadrante tan hostil, y los gastos médicos y de educación pueden ser un tanto arduos de sobrellevar para un humilde comerciante como yo, honesto y respetuoso de las Reglas de Adquisición".
P'Tine estaba tan absorta por sus propias disyuntivas que no vio la estafa cernirse sobre ella ni por el rabillo del ojo y accedió a la propuesta de Thenarg sin demasiadas preguntas.
Como era esperable, el ferengi cumplió a duras penas con su promesa de mantener a la niña. Para cuando Val Shan llegó a rescatarla, estaba flaca, sucia y harapienta. Además, se le notaba en la mirada que, durante los casi dos años que había pasado bajo la tutela del ferengi, había vivido en condiciones de esclavitud. Kos Seth se comportaba como un gatito asustado. Desconfiaba de todo y de todos.
Entre tanto, el falso vulcano había ordenado se reparara la pequeña nave Jem'hadar que había adquirido y, cuando estuvo lista para partir, llevó a la damita por una ducha sónica, le procuró rompa limpia y partieron. "¡Vaya fugitivo resulté ser!", se lamentó Val Shan (o Madik, como se prefiera) para sí mismo, "No sólo huyo del maldito cardassiano sino que someto a esta pobre criatura a huir conmigo... Pero no puedo condenarla... Tengo que encontrar un lugar donde pueda criarse en paz y armonía".
Una violenta descarga de phaser hizo que la puerta de la oficina de Thenarg se abriera de par en par. Cuatro impresionantes cardassianos, armados hasta los dientes, irrumpieron en el antro.
El ferengi no era tonto y había notado los emblemas de la Orden Obsidiana en sus solapas, por lo que sabía que no debía intentar nada extraño si quería seguir manteniendo sus lóbulos en su lugar. De entre la tropa, asomó quien parecía ser el jefe de este pequeño escuadrón.
- ¡Dígame si ha visto a este hombre! - gritó el cardassiano, al tiempo que activaba sobre la mesa del ferengi un pequeño emisor holográfico.
- Ja...ja...ja...jamás lo he...he...he...he...he visto, mi Señor - tartamudeó en pánico Thenarg ante la figura holográfica de un joven bajorano al que nunca había visto antes.
- ¿Está seguro? ¡Mírelo bien! - volvió a aullar el Gul, tomando al pequeño comerciante por una oreja y acercándolo violentamente al holograma.
- Si... no... Si... puede ser... creo haberlo visto por aquí... ¡Pero no era bajorano! ¡Era vulcano! - sentenció finalmente el ferengi con un aire de victoria.
- Eso es exactamente lo que quería escuchar - se regodeó el oficial - ¡Dígame a dónde fueron!
- No lo sé, mi señor, no lo sé... Sólo puedo decirle que le vendí un cacharro Jem'hadar en cual no llegarán muy lejos y que me compró a mi pequeña esclava, una niña mitad vulcana, mitad andoriana... Pero no sé nada más, mi señor, le juro por la Gran Bóveda Celeste que no sé nada más.
El cardassiano estaba más que satisfecho con el resultado de su pequeña pesquisa. Con un gesto ordenó a su tropa que era momento de retirarse. Cuando ya todos estaban de espaldas y marchando, Thenarg preguntó tímidamente: "¿Y no hay una recompensa para este humilde servidor de la Orden Obsidiana?".
El temible hombre a cargo del interrogatorio, ni más ni menos que el despiadado Gul J'Vert, se dio vuelta, miró con ternura al ferengi y, de un sólo disparo de phaser en máxima potencia, lo vaporizó.
Continuará…