“A la tripulación de la USS Asimov le es encomendada una importante misión, encontrar los 10 elementos básicos del universo, sin los cuales dejará de existir todo tal cual lo conocemos. Con la ayuda del embajador Aldouz, y la representante romulana M´Rel, deberán abrirse camino para cumplir su importante misión.”
Gene Rodenberry y Action Tales presenta: Star Trek UNITY
Episodio Historia de Guerra: Sebastián Castillo Parte 2
Escrito por Marplanauta
Portada: Israel Huertas
Temporada 2
Primera Parte: Vacunas
Bitácora del Embajador Aldouz:
He explorado bastante a la raza humana, pero nunca había visto a un hombre llorar desconsoladamente. Sebastián Castillo parecía rendido por la impotencia mientras me contaba su experiencia durante la Guerra del Dominio. Apenas podía continuar con su relato. Los humanos demuestran con lágrimas su pesar, aunque a muchos de ellos les cuesta dejarlas salir. El doctor Castillo parecía haber estado guardando esas lágrimas demasiado tiempo, y ahora fluían libres, lavando su pena al pasar. Castillo me estaba mostrando otra cara de la humanidad. Más allá de los actos heroicos y las batallas espaciales, los humanos eran criaturas débiles y sensibles. Ahí estaba el doctor, sufriendo como una victima más las decisiones de los poderosos. El precio que había pagado él era realmente caro.
“Fue muy difícil sobreponerme a lo que estaba viviendo. Mi pequeña hija estaba enferma, y a pesar de los años de práctica en la medicina que tenía, estaba casi impotente. En el momento en que la vi, extendiendo su brazo hacia mí, tomé una determinación. No importaba que fuera lo que sucediese a mí alrededor, no iba a detenerme hasta encontrar una cura.
Y así fue. Los siguientes días apenas dormí y comí muy poco. Julia me visitaba casi todos los días, pero podíamos comunicarnos poco a través del vidrio. Podía ver en sus ojos el terrible sufrimiento de no poder estar con nosotros, de no poder abrazarnos. Pero era imperativo que ella tampoco se contagiase. Belén la observaba desde la sección en cuarentena, y trataba de tranquilizarla. Ella estaba consciente de lo que le estaba pasando, y notaba que los síntomas de la enfermedad se extendían, pero no perdía la sonrisa de su rostro ni las ganas de aprender. De alguna forma, eso hacia que Julia y yo pudiésemos soportar un poco mejor todo ese calvario. Cada mañana Julia me hacia prometer que encontraría una cura y yo no dudaba ni un segundo. Eso era casi en lo único que pensaba.
Mi estado tampoco mejoraba. La mancha de mi mano ya cubría todo el brazo y parte del pecho, y apenas podía moverlos. El día anterior habíamos tenido la primera victima fatal, una anciana que solía atender la biblioteca de la colonia, pero trataba de no recordar eso. Según sus estimaciones, todavía teníamos poco menos de una semana para encontrar la cura. Nuestros cuerpos eran más fuertes y resistirían.
De alguna manera, podría decirse que tuve suerte en enfermarme. Al estar en la Cuarentena, tenía acceso a los enfermos y podía realizar mis estudios de primera mano. Si necesitaba una muestra de sangre, solo tenia que inyectarme un hipospray y conseguirla. Y por supuesto, tenía mas cerca a Belén. Ella se sentaba junto a mí mientras yo hacia estudios de muestras de cada enfermo nuevo que encontrábamos. Las diferentes razas reaccionaban de diferentes maneras a la enfermedad, aunque en la mayoría los efectos eran los mismos. Sin embargo, había algo en el sistema inmune de los Benzita que resistía la enfermedad. Un joven benzita había caído enfermo pero parecía estar recuperándose lentamente. Mi investigación se orientaba a descubrir que había en él que permitía que no sufriese las mismas consecuencias que el resto de los humanoides. Sentía que estaba cerca del descubrimiento que estaba buscando, y cada nueva vacuna que surgía la probaba inmediatamente en mí. No me movía de al lado de mi hija, pero tampoco dejaba de avanzar en la investigación. Cada minuto que pasaba era vital…pero el tiempo no fue suficiente.
Habían pasado cinco días en total desde el ataque de los Jem`Haddar, y las victimas ya se contaban en cientos, cuando finalmente me toco a mi. Estaba analizando los datos del benzita cuando sentí que mi corazón se detenía. Tomé mi pecho y pude sentir el latido, la enfermedad aun no lo había alcanzado. Mi corazón se había detenido por otro motivo. Frente a mí, a unos pasos, yacía Belén desmayada. Todos los días había estado junto a mí, silenciosa, observándome mientras trabajaba, y ahora yacía ahí, inerte. Corrí hacia ella gritando, pidiendo auxilio, tratando de retrasar lo inevitable. Comencé a hacerle respiración boca a boca y a masajear su pecho, tal vez así reaccionaría. Los doctores llegaron de inmediato, cubiertos con trajes protectores, y me apartaron del medio. Por más que quisiese, no estaba en condiciones de aplicarle los primeros auxilios. Desde una distancia que los doctores llamaron “prudente”, pude ver como intentaban resucitarla. Me arrodillé en el suelo, mareado. Había hecho todo lo posible y no era suficiente. Estire el brazo para acariciarla y me desmaye.”
Segunda Parte: Medicina de trinchera
Sebastián Castillo levantó el escalpelo láser, mientras intentaba sostenerse. La Asimov continuaba siendo atacada por fuerzas Al Grekôr y se sacudía intensamente. En esas condiciones se hacia muy difícil practicar una operación de ese tipo. Si la situación hubiese sido otra, hubiese podido utilizar el transportador quirúrgico, y el bebé hubiese estado sano y salvo en los brazos de su madre en cuestión de minutos. Pero lamentablemente debía hacer todo según la vieja escuela. Con la precisión que lo caracterizaba, el doctor realizó una incisión en el vientre de la Vulcana y comenzó la operación.
Los disparos en el pasillo se hacían cada vez más fuertes, pero el doctor no se dejo amedrentar. Esperaba no tener que utilizar el phaser que le había dado Hayes. El enfermero que asistía a Castillo miro hacia la puerta nervioso. Si los Al Grekôr querían ir hacia la Bahía Antitransporte, probablemente pasarían por la Enfermería. La puerta se abrió de par en par y todas las cabezas se voltearon para ver quien ingresaba. Afortunadamente, no eran los Al Grekôr, sino el Jefe de Ingeniería Moss, trayendo consigo a otro alférez herido. Desde el quirófano, Castillo respiro aliviado.
- Costó un poco llegar hasta aquí.- dijo Moss mientras se secaba el sudor de su frente.- Pero aquí estamos Doctor Castillo. La nave esta a la deriva, pero lo último que oí fue que la U.S.S. Zapata estaba cubriéndonos la espalda. Espero que lleguen lo antes posible. Los transportadores están fuera de línea, y me encontré con un par de Al Grekôr en el camino hacia aquí. Esos muchachos no nos dejan en paz…-
Cuando dijo esto, un enorme Al Grekôr apareció por la espalda desde el pasillo. A comparación del pequeño Boliano, el Iconiano parecía medir tres metros. Antes de que Moss pudiese reaccionar, el Al Grekôr levantó su garra y le dio un golpe que lo hizo volar varios metros dentro de la Enfermería. Otro Al Grekôr más ingreso junto con el en la Enfermería. Rápidamente, uno de los enfermeros saltó bajo una de las camillas y disparó su phaser sobre el hombro del Al Grekôr mas grande. El enorme Iconiano soltó su rifle por el dolor, y el enfermero aprovechó la situación para saltar sobre él, clavándole un hipospray que lo dejó inconsciente.
Mientras tanto, el segundo Al Grekôr ingresó en el quirófano con un rugido. Castillo giró sobre sí mismo y se encontró con una mole peluda avanzando sobre él. Ese no era un día rutinario como había pensado la noche anterior. Tratando de esquivar al Al Grekôr se movió hacia su izquierda, pero el Iconiano igual logró atraparlo. Antes de que el Al Grekôr pudiese lastimarlo, Sebastián Castillo tomo su bisturí láser y le atravesó el cuello con un corte de cirujano. La enorme mole de pelos se desplomó sobre un charco de sangre oscura.
El grito de dolor de T`Lara hizo que el doctor volviese en sí. Todavía tenia trabajo que hacer, a pesar del caos que reinaba todo a su alrededor. Se cambio los guantes y continuó con su tarea, como si nada hubiese ocurrido.
Tercera Parte: Paz después de la tormenta
“Desperté lentamente, como si hubiese dormido cientos de años. Pero al instante recordé lo que estaba pasando. Mire todo a mi alrededor desesperado, buscando una respuesta. Tal vez todo había sido una falsa alarma. Tal vez Belén todavía estaba por ahí, correteando, haciendo preguntas. Mire hacia un costado y pude ver la gran vidriera transparente. Del otro lado estaba el mundo verdadero, el mundo sano, donde todos vivían felices. De este lado estaba la peste, la muerte, la pena. Mirándome a través del vidrio estaba mi esposa.
Estaba sentada en el medio de la habitación vacía, con los ojos rojos de tanto llorar. En ese momento sentí que mi alma desaparecía. La mirada de Julia me dijo todo. Me acerque hacia la ventana, como buscando una explicación, una respuesta que me ayudase a sobrevivir. En los ojos de Julia había mucho dolor, pero había algo más que pude sentir. Además de dolor, había decepción. Ahora pienso que tal vez lo que vi en sus ojos fue un reflejo de lo que yo mismo pensaba en ese momento. Es decir, de lo que pienso. No había podido salvar a mi propia hija. Ya nada tenia sentido.
Tome mi cara entre las manos, mientras veía a Julia dejar la otra habitación. Otra vez recordé como se parecía a Belén. Con resignación miré mis manos y pude ver que la mancha parecía estar retrocediendo. Tal vez los prototipos de vacunas que había estado probando finalmente surtían efecto. Una broma cruel del destino.”
El llanto del pequeño Vulcano invadió la Enfermería de la Asimov. El pequeño niño de sangre verde aun no sabía que el llorar estaba mal visto entre su gente. Pasarían años de adoctrinamiento para que aprendiese a reprimir sus emociones y a guardar sus lágrimas. La alférez T`Lara lo tomo entre sus brazos, dándole protección. Los Vulcanos no mostraban sus emociones, pero por el brillo en los ojos de T`Lara, Castillo sabia lo que estaba sintiendo. Había llevado a cabo muchísimos partos en sus años de ejercicio, inclusive el de su propia hija, pero no dejaba de asombrarlo. El momento en que madre e hijo se veían por primera vez, sin importar la raza que se tratase, era siempre un momento mágico.
La nave parecía estar otra vez tranquila. En el pasillo ya no se oían los disparos de phasers, y la alerta roja se había apagado. Al parecer, la Zapata había llegado a tiempo y los Al Grekôr habían tenido que detener su intento de conseguir los prikmales. Era el momento de atender a los heridos, que llegaban en pequeños grupos a la Enfermería. Solo había un par de heridos de gravedad. La ofensiva Al Grekôr no había sido muy dura, y Eneas Hayes había logrado evitar que alcanzasen la cubierta de la Bahía Antitransporte. A medida que los heridos iban llegando, Castillo continúo con su trabajo, atendiéndolos.
Mientras llegaban los pacientes, el doctor se detuvo un segundo pensativo. Miró a la joven mujer con su hijo y recordó el nacimiento de Belén. Momentos como ese, el ver como había ayudado a que una nueva vida se iniciase, eran los que le ayudaban a sobrevivir día a día. Poder cambiar las cosas y evitar el sufrimiento de los demás, esa era su nueva razón de vivir.
Cuarta Parte: Epílogo
“Me quite las vendas de mi mano y seguí caminando por la calle principal de la colonia. Los edificios estaban siendo reconstruidos lentamente, pero no había nada para mí ahí, no había nada que pudiese reconstruir. Llegue al puerto espacial y presenté mis papeles al oficial del transportador. Una vez en el carguero, observé las nubes rodeando Nandrius 5, formando fantasmas sobre el planeta. Mi mente estaba oscura, nublada también por los fantasmas de mi familia destruida. Mi hija ya no estaba conmigo, y tampoco no podía seguir junto a mi mujer. Solo había un pensamiento en mi mente. Haría lo imposible por impedir que los bastardos que habían matado a mi hija lograsen su objetivo. La Flota Estelar me estaba esperando.
La nave dejo Nandrius 5, y recuerdo haber pensado en todos mis años ahí. Siete años invertidos en la colonia y en mi familia, solo para ser destruidos de la noche a la mañana. Tres cuartas partes de la colonia habían muerto, mis sueños junto con ellos. El Dominio podía considerarlo un triunfo rotundo. EL antídoto que yo había descubierto solo sirvió para salvar a unos pocos, incluyéndome. Pero yo ya no tenía vida. Ya no podía soportar ver a mi mujer, ella solo representaba un constante recuerdo del pasado que me lastimaba. Y estoy seguro de que ella sentía lo mismo. Lo mejor era irme, tal vez el destino nos volviese a unir algún día.
Y aquí estoy, ha pasado mucho tiempo, pero cada noche sueño con mi pequeña hija. Es una espina clavada en mi corazón. Pero ya no es sólo dolor. Ahora sé porque seguí vivo, mi hija me ayuda a vivir. Ahora sé cual es mi futuro. Si no pude hacer lo suficiente en Nandrius 5 para salvarla, debo asegurarme de hacerlo ahora que tengo otra oportunidad. Estoy en una posición donde puedo hacer la diferencia, donde puedo marcar la línea que divide la vida de la muerte. Ya he visto a muchos morir delante mío, no estoy dispuesto a que vuelva a suceder sin dar pelea.”