“A la tripulación de la USS Asimov le es encomendada una importante misión, encontrar los 10 elementos básicos del universo, sin los cuales dejará de existir todo tal cual lo conocemos. Con la ayuda del embajador Aldouz, y la representante romulana M´Rel, deberán abrirse camino para cumplir su importante misión.

Gene Rodenberry y Action Tales presenta: Star Trek  UNITY

Episodio Historia de Guerra: Sebastián Castillo

Escrito por Marplanauta

Portada: Javier Cuevas García/ Color: Sergio Segarra

Temporada 2

Primera Parte: Mala noche

Un pequeño avión planeaba por el cielo de Nandrius 5. Con movimientos tranquilos sobrevolaba una pradera verde, descendiendo lentamente. Sebastián Castillo se acercó a la avioneta y la tomó entre sus manos. Era el juguete preferido de su pequeña hija Belén. La niña se acercó corriendo, mientras reía a carcajadas. Detrás de ella, su esposa los miraba sonriendo, con una enorme tranquilidad en sus ojos. La pequeña Belén rodeo las piernas de Sebastián en un abrazo. Su padre había rescatado el pequeño aeroplano. Era su héroe.

De repente, el cielo comenzó a oscurecerse. Sebastián Castillo miró hacia arriba, tratando de descubrir la nube que les había ocultado el sol. Pero no era una nube. Miles de insectos cubrían la estrella de Nandrius, transformando en noche el día. De repente, vio como Belén se alejaba de él. En un segundo estaba a cien metros de distancia. Sebastián corrió para alcanzarla, pero cada vez se alejaba más. La pequeña gritó y estiró sus brazos hacia su padre. Ante los ojos de Sebastián el cuerpo de Belén Castillo se fue desmembrando, como si fuese una estatua de cenizas enfrentándose al viento huracanado. En segundos ya no quedaba nada.

-Computadora, luces.- dijo el Teniente Comandante Castillo.

El oficial medico en jefe de la Asimov se sentó en su cama y se refregó los ojos. Esta era otra de esas noches. Se acercó al replicador y pidió un vaso de leche tibia. Tal vez así podría volver a conciliar el sueño. En el borde de su cama recordó el sueño que lo atormentaba desde hace años. Había intentado de todo, pero siempre volvía. Tomó un sorbo de su vaso y pensó, mirando las estrellas atravesar su ventana a gran velocidad. Tratando de dejar de lado los recuerdos, analizo en su mente el día que le esperaba. La alférez T´Lara tenia programado un chequeo, debería prepararse para cuando la nave ingrese en la nebulosa clase J y analizar los registros de los suboficiales para las evaluaciones de ascenso…y el Embajador Aldouz le había pedido otra vez una entrevista. Castillo tomó otro sorbo y apagó las luces de la habitación. Tardaría otra hora en dormirse. Tal vez hablar con el Embajador no sería tan malo después de todo.

Segunda Parte: Nandrius 5

Bitácora del Embajador Aldouz: Desde mi llegada a la Asimov hace poco mas de un año, he encontrado muy difícil acercarme al Dr. Castillo. Ni siquiera el desconfiado Teniente Hayes ha sido tan esquivo conmigo. Cualquier intento de acercarme al doctor ha sido diplomáticamente rechazado. Sin embargo, en este año pude hacerme una idea de cómo es él. Sumamente dedicado a su trabajo, el doctor Castillo puede olvidarse de todo si de atender a sus pacientes se trata. Durante los incidentes con los Klingon, Castillo demostró su valor, defendiendo por si solo a la capitán. Según pude averiguar, su hermana es muy cercana a él, pero su paradero es desconocido luego de que se uniese a los Nuevos Maquis. Sus antecedentes en la Flota Estelar son pocos, pero su curriculum como civil es impresionante.

Fue grande mi sorpresa cuando esta mañana el doctor aceptó finalmente tener una entrevista conmigo. Continuando con mi estudio antropológico, era hora de conocer las experiencias del doctor durante la Guerra del Dominio. Nuestro encuentro terminó siendo mucho más personal de lo que me habia imaginado. Adjunto la grabación de nuestra conversación:

“Nandrius 5 era una colonia como cualquier otra en los planetas interiores de la Federación. Cuando fui a vivir allí con mi esposa Julia, la colonia estaba en su apogeo. Habían sido descubiertos depósitos de tricobalto, y la Flota Estelar estaba bastante interesada en esa sustancia. El planeta era tranquilo y rebozaba de vida. Estaba cubierto en su mayor parte por extensas praderas donde se esparcía la escasa fauna local. El clima era generalmente templado, salvo durante la temporada de lluvias, cuando aprovechábamos para ponernos al día con todos los papeleos. Nandrius 5 era el lugar ideal para tener una familia, y ese habia sido siempre mi sueño. Durante los primeros años me dediqué a fundar junto a unos colegas de Flota Estelar Medical un pequeño hospital. Me había graduado de la Academia poco tiempo antes, y cuando nació Belén decidimos establecernos allí indefinidamente. Nunca me había interesado la vida en una nave estelar, siempre había preferido la estabilidad y tranquilidad de una colonia.

Los primeros 7 años transcurrieron sin problemas, el hospital funcionaba muy bien, y las minas de tricobalto no dejaban de producir. Belén creció como nunca hubiese imaginado. Era la viva imagen de su madre, con su pelo negro azabache y unos ojos enormes que parecían querer abarcar todo el universo. Era una niña muy inteligente y astuta. Una tarde durante la temporada de lluvias, se me acercó mientras yo terminaba unos análisis y se quedó observándome. Comenzó a preguntarme que era lo que estaba haciendo y no se detuvo hasta tener una idea sobra la razón de ser de mis análisis ribonucleicos.

Poco iba a durarme esa tranquilidad. Fue una noche, mientras cenábamos, cuando el Noticiero Interestelar nos sacó de nuestro mundo ideal:

Hoy es un día lamentable en las crónicas de Guerra. El enemigo ha logrado alcanzar Betazed, a pesar de los esfuerzos increíbles de la Flota Estelar para evitarlo. Al parecer, cientos de naves de la Federación no fueron suficientes para detener el avance del Dominio…

Fue suficiente. Sabíamos que la Guerra estaba complicándose, y se escuchaban historias de todo tipo en los cargueros que llegaban al planeta, pero esa noticia nos dejo fríos…Nandrius 5 estaba a apenas 3 años luz de Betazed.”

Tercera Parte: Paraíso Perdido

Sebastián Castillo se levantó de su escritorio en la Enfermería de la Asimov para recibir a la alférez T´Lara. Las vulcanas eran las mejores pacientes durante sus embarazos. Ninguna queja, ninguna muestra de dolor, solo una simple determinación y mucha tranquilidad. Desde pequeñas eran adoctrinadas con técnicas de meditación para soportar el embarazo, que según los estudios médicos era uno de los más dolorosos entre los humanoides, con un gran peligro para la vida de la madre. Con esto en mente, el doctor Castillo le había ordenado desde un principio chequeos semanales.

La alférez se acostó en la camilla lentamente. Le quedaban pocos días para parir, pero apenas podía notarse. El doctor oprimió un par de comandos en la biocama, que comenzó a cerrarse alrededor de la joven Vulcana.

- ¿Cómo están mis análisis Doctor?- preguntó T´Lara.

- Exactamente como los esperábamos. El pequeño sigue bien, preparándose para el parto. Tengo que aconsejarle otra vez que podríamos inducir el parto en cualquier momento que desee.-

- Ya lo se doctor, pero prefiero que sea naturalmente. El bebe nacerá cuando este listo, ni antes ni después. Esa es la manera Vulcana.-

El doctor se encogió de hombros y continuó con su análisis, cuando notó algo inesperado.

- T´Lara, tengo buenas noticias. Al parecer ha comenzado tu ciclo de parto. Según la fisiología Vulcana, deberías tener a tu hijo en las próximas 24 horas.-

- Fascinante.- dijo la joven arqueando una ceja.- Deberé cancelar mi turno de trabajo en Exobiología.-

- Sin dudas. Y no dejará la Enfermería. Esta por pasar por uno de los momentos más emocionantes de su vida.- dijo el doctor con una sonrisa.

La joven Vulcana se acomodó y miró seriamente al doctor.

- Me imagino que no hablará en serio. El parto es solo un evento más en la vida de cualquier Vulcano. El hecho de que sea el primer acontecimiento no tiene porque hacerlo mas importante.-

- Yo solo le aviso que le será bastante difícil reprimir sus emociones cuando vea a ese pequeño de orejas puntiagudas entre sus brazos.-

- No se preocupe por eso doctor. ¿Tiene usted hijos?-

Castillo tomó uno de los hipospray y preparó una dosis de calmante, por si era necesaria durante el parto. T´Lara observó al doctor mientras hacia esto, esperando su respuesta. El doctor tragó saliva y respondió amargamente:

- No alférez, lamentablemente no tengo hijos.-

“A la mañana siguiente salí a trabajar como todas las mañanas. No iba a dejar que el ataque a Betazed cambiase mi vida. Pero Nandrius 5 estaba peligrosamente cerca del frente de batalla ahora, y eso se sentía en las calles. Algunos comercios parecían cerrados indeterminadamente, y los transportes hacia la Tierra estaban completos. En la central local de la Flota, muchos de los civiles se estaban enrolando como voluntarios, ansiosos de defender el planeta ante un eventual ataque del Dominio. Los reportes desde Betazed apenas llegaban, y se suponía que tal vez no eran del todo verídicos. Había rumores de que todo el sector había sido abandonado a su suerte, mientras la Flota Estelar se dedicaba a proteger intensamente los mundos internos de la Federación. Cuando llegue al Centro Medico, vi que varios de mis compañeros doctores ya no estaban. Habían decidido prestar servicio en las naves que protegían el sistema Nandrius. La idea me pareció desesperada. Si el Dominio decidía atacar lo haría de cualquier manera. Mi investigación estaba primera. Me senté en mi oficina a trabajar, tratando de hacer a un lado los pensamientos negativos. Sin embargo, era casi imposible. Desde el momento en que había escuchado el Noticiero Interestelar la noche anterior, sabia que el paraíso donde creía estar viviendo había cambiado para siempre. Mis investigaciones eran importantes, pero pensé en mi pequeña hija. Tal vez era hora de volver a la Tierra y pasar un tiempo junto a mis parientes en la Patagonia. Estaba pensando en esto cuando el sonido de las sirenas de emergencia me sacó de mi ensueño.

Salí a la calle junto a las enfermeras y pude ver a la gente entrando en pánico. El sonido de las sirenas solo podía significar una cosa: Nandrius estaba por ser atacada. Las pocas naves que habían podido juntarse debían haber sido superadas por la oleada de ataque del Dominio. Tendría que haberlo sospechado. Las minas de tricobalto eran un objetivo estratégico para el Dominio, y tarde o temprano las golpearían. Intenté llegar hasta el transportador del Centro Medico, para poder ir lo más rápido posible hasta mi casa, pero no era el primero a quien se le había ocurrido eso. Muchos estaban esperando su turno para transportarse, y yo no tenía tiempo para esperar. Salí a la calle y busque cualquier forma de transporte. Desesperado corrí hacia mi casa, a varios kilómetros de distancia. El ataque me sorprendió a medio camino.

Las naves Jem`Haddar invadieron el cielo, como un enjambre de insectos oscuros. Sin importarme tomé uno de los vehículos estacionados junto al camino. Debía estar con mi familia. Mi intercomunicador sonó y pude oír a mi esposa, desesperada por saber donde estaba. Trate de tranquilizarla, estaría con ella en cualquier momento. En ese instante la comunicación se interrumpió, y al mismo tiempo sentí una enorme explosión peligrosamente cerca. Las estaciones mineras estaban siendo atacadas, y cualquier nave que intentaba dejar el sector era un blanco seguro para los Jem´Haddar. Lo que apenas un día antes era una colonia tranquila de la Federación se estaba transformando de a poco en un Infierno.

Cuando llegue a casa abracé a mi mujer y mi hija y nos ocultamos en el sótano. No se que pensé en esos momentos, no había nada para hacer. Si salíamos de ahí podríamos ser atacados por los soldados. Pero si nos quedábamos ahí también éramos un blanco fácil. No había salida, solo esperar. Nos sentamos los tres juntos, abrazados fuertemente en la oscuridad del sótano, mientras oíamos las explosiones acercarse de a poco…”

Cuarta Parte: El primer golpe

Castillo estaba trabajando, como casi siempre, cuando recibió una comunicación desde el puente.

- Doctor, estamos por ingresar en la nebulosa clase J.- dijo la capitana.- Es probable que experimentemos algunas turbulencias, así que prepárese para recibir algunos heridos.-

Las nebulosas clase J invertían la polaridad del escudo y hacían que los amortiguadores de inercia fallen esporádicamente. Las naves clase Verne estaban protegidas contra esos efectos, sin embargo, nunca estaba de mas prepararse ante cualquier eventualidad. Según había oído en el Agujero Negro esa mañana, la Asimov viajaba hacia el sector Kzinti, donde se habían reportado ataques Al Grekôr, y el Embajador debía darles a los Kzinti un instructivo sobre sus ancestros.

Desde la pequeña ventana de la Enfermería, el doctor pudo ver la nebulosa rojiza envolviéndolos. Podían ser peligrosas, pero las nebulosas clase J eran las mas hermosas de todas. Mientras terminaba de prepararse, sintió el primer sacudón. Al parecer los nuevos sistemas no eran tan efectivos. Pero sin embargo algo no estaba bien. Luego del primer sacudón vino otro y otro más. Esas no eran consecuencias de la nebulosa. Estaban siendo atacados.

Los tres enfermeros que lo asistían se pusieron en guardia. Los heridos llegarían en cualquier momento. Las luces de la alerta roja se encendieron y las puertas de la Enfermería se abrieron de par en par. Era hora de entrar en acción.

“Pasaron muchas horas de tranquilidad hasta que decidimos dejar nuestro refugio. Lentamente abrimos la puerta del sótano y la luz del sol nos encandiló. Me cubrí con la palma de mi mano para intentar ver mejor, pero la imagen me dejó helado. La ciudad estaba a medio destruir. Los principales edificios, que hasta el día anterior eran fácilmente visibles desde mi casa habían desaparecido. La gente caminaba como si no tuviese rumbo, muchos de ellos heridos. Los Jem´Haddar, al parecer, habían desaparecido.

Fuimos con mi mujer y mi hija hasta el Centro Médico, donde seguramente necesitarían nuestra ayuda, solo para confirmar nuestras sospechas. Afortunadamente el Centro no había sido destruido, pero los heridos se agolpaban a su alrededor, esperando atención. Corrí hacia ellos y comencé a atender al que estaba mas cerca mío. Le aseguro señor Aldouz que hasta ese momento no había visto en mi vida algo más horroroso. La gente estaba aturdida y golpeada, sin poder entender que les había pasado, o intentando saber si sus seres queridos estaban bien. Me considere afortunado de tener en ese momento a mi mujer y mi hija conmigo. Pude verlas a una corta distancia ayudando a un joven que lloraba desconsoladamente.

Comencé a curar la frente herida de uno de los pacientes cuando noté el primero de los síntomas. Junto a la herida se extendía una mancha rojiza, parecida a una telaraña. La mancha parecía surgir desde las venas del pobre hombre, como si la sangre se agolpase y quisiese encontrar una salida de su cuerpo. Saque mi tricoder y analice el cuerpo del joven. Tenia manchas como esa por todo su cuerpo. El tricoder me confirmó lo que sospechaba, ese hombre estaba infectado con alguna especie de virus. Pero eso no era todo. El virus parecía estar desarrollándose a una velocidad asombrosa, y antes de que pudiese reaccionar, la mancha de la frente ya abarcaba buena parte de su cara.

Intenté tranquilizarme y acerque el tricoder a mi cuerpo, tratando de ver si el hombre me había contagiado. Al confirmar que todavía estaba sano llamé a los otros doctores y les informé la situación. Estábamos ante una posible epidemia. Las fuerzas de Starfleet estaban ocupándose del reordenamiento de la colonia, por lo que les informé inmediatamente. Toda esa área debía ser aislada para evitar que la epidemia se extendiese a todo el planeta.

Debía haberlo sospechado desde un principio. Los Jem´Haddar nunca dejaban viva a su presa. Si habían atacado Nandrius 5 no era posible que hubiesen dejado sobrevivientes. Ahora sabia cual había sido la verdadera causa del ataque. Mi colonia estaba sufriendo en carne propia un ataque bacteriológico del Dominio.”

Quinta Parte: La sangre en mis manos

El doctor Castillo oprimió el hipospray contra el cuello de uno de los pacientes heridos por el ataque. Todavía no estaba seguro de quienes los habían atacado, pero tenía sus sospechas. Los heridos eran varios, pero aun ninguno de gravedad. Mientras pensaba esto pudo ver que Eneas Hayes ingresaba en la Enfermería. Tenía un rifle Phaser en sus manos y traía consigo a otro herido. Grande fue la sorpresa de Castillo cuando se dio cuenta que el herido era la alférez T´Lara. Había dejado que fuese a buscar unas lecturas en Exobiología cuando había comenzado el ataque. Sin perder tiempo se acercó a la joven embarazada y analizó al pequeño Vulcano. Afortunadamente el bebé estaba bien, pero el parto estaba a punto de ocurrir.

- Encontré al alférez apenas consciente en uno de los pasillos.- dijo Hayes

- ¡¿Qué esta sucediendo?!- preguntó Castillo mientras acomodaba a T´Lara para prepararse para el parto.

- Fuimos emboscados por los Al Grekôr en la nebulosa, cuando nuestros escudos estaban bajos. Sufrimos golpes directos en las cubiertas 10 a 13. Estamos siendo abordados en varias secciones…será mejor que se prepare para lo peor Doctor.- Hayes dijo esto mientras le acercaba un phaser de mano.

- Supongo que la ayuda estará en camino.- dijo esperanzado Castillo

- Hemos emitido señales de auxilio en todas las frecuencias, la ayuda no tardará en llegar, pero debemos evitar que los Al Grekôr lleguen a la Bahía Antitransporte. Cuídese la espalda.-

La última frase del Jefe d Seguridad apenas se oyó mientras dejaba la Enfermería a toda velocidad. Poco le importaban a Castillo los Al Grekôr o los prikmales. Su única preocupación ahora era T´Lara. Había sufrido varias heridas y su condición hacia más critica la situación. El bebé estaba bien, pero el parto debía realizarse inmediatamente o ambos podrían morir. No había un minuto que perder.

No terminó de pensar esto cuando el doctor sintió disparos en el pasillo fuera de la Enfermería. Los Al Grekôr parecían estar acercándose…

“El equipo de Sarfleet actuó con gran rapidez, aislando toda la zona. Los enfermos que mostraban síntomas fueron separados del resto y ubicados en el ala este del Centro Medico, mientras el resto era puesto en severa cuarentena.

Los pacientes se multiplicaban con el correr de las horas. Al parecer, la enfermedad era muy contagiosa. Tratando de encontrar una respuesta, busque en la base de datos de la Flota los antecedentes de ataques bacteriológicos del Dominio y pude encontrar los datos de una epidemia encontrada por el Doctor Julian Bashir, de la EP9, en el Cuadrante Gamma. Al parecer, el Dominio había infectado la población de un planeta con una enfermedad virtualmente incurable, que presentaba síntomas muy similares a la que estábamos enfrentando en Nandrius 5. El Doctor Bashir había encontrado una manera de contrarrestar la enfermedad, pero solo era posible lograr que los descendientes de los enfermos naciesen inmunes. No había esperanza para los infectados. Si esto era cierto, buena parte de mi colonia moriría.

No había terminado de analizar estos datos cuando recibí un llamado de una de las enfermeras del Centro Medico. Sospeché por su tono que se trataba de algo serio. Tal vez me encontraría con la primer victima de esta terrible enfermedad. Nada me podría haber preparado para lo que encontré. Frente a mi, a través de una pared de aluminio transparente pude ver a mi propia hija. Su pequeña mano se acercó hacia la mía, tratando de acariciarla a través de la pared. En su mejilla se extendía una telaraña oscura.

No recuerdo muy bien lo que paso en ese instante. Por algún motivo, tal vez por negación o por autodefensa, la mente tiende a olvidar estas cosas. Algunos me han dicho que mis gritos de dolor se sintieron desde muy lejos. Lo que si recuerdo es como forcejee con uno de los guardias de la cuarentena. Debía entrar a ver a mi hija, no podía ser que ella estuviese infectada. Era mi culpa por haberla llevado conmigo a Centro Médico la mañana anterior. ¿Porque estaba ella infectada? Había sido yo el que había estado en contacto directo con los enfermos, no ella. La situación no podía ser más injusta. Con fuerza golpee los vidrios hasta que sangraron mis manos. Estaba desesperado. Me arrodillé en el suelo e intenté calmarme. Creo que algunos de los médicos se me acercaron para ayudarme…pero de repente todos se alejaron. Me limpié los ojos llorosos y observé mis propias manos. Bajo los nudillos manchados con sangre, podían verse los síntomas de la enfermedad del Dominio.

Continuará…