“A la tripulación de la USS Asimov le es encomendada una importante misión, encontrar los 10 elementos básicos del universo, sin los cuales dejará de existir todo tal cual lo conocemos. Con la ayuda del embajador Aldouz, y la representante romulana M´Rel, deberán abrirse camino para cumplir su importante misión.

Gene Rodenberry y Action Tales presenta: Star Trek  UNITY

El Zorro

Escrito por Marplanauta/ Portada: Rafa Navarro.

Nota: Esta historia esta situada antes de los acontecimientos que dieron con el exilio del canciller Martok en la serie StarTrek Stealh

Primera Parte: a ciegas en territorio enemigo

Brittany Jefferson viajaba ansiosa a bordo del pequeño runabout klingon. Cada minuto de ese viaje valía oro para el futuro de su tripulación y de la paz en el Cuadrante Alfa. Según había dicho Zhark, los klingon habían sido enviados a defender el sector Klagh. Si sus cálculos eran correctos, eso no quedaba a más de un par de años luz de territorio Romulano. El roce con los viejos contrincantes sería inevitable. Si los klingon utilizaban los prikmales para su beneficio, las consecuencias podrían ser terribles. Afortunadamente el general Zhark había sido razonable y había entendido que tanto ella como su tripulación eran víctimas de una traición. Si lograba hacerle entender lo mismo al alto consejo klingon, tal vez podía recuperar su libertad.

Mientras viajaba hacia Qo´noS observó la pequeña nave. Era bastante sencilla y, como toda nave klingon, sucia y oscura. El olor de los klingon cubría todo pero ya se estaba acostumbrando a él. Se levantó de su asiento y caminó un poco por el pequeño puente. Sin lujos ni grandezas, la nave ni siquiera tenía un replicador. El sistema de escudos era bastante débil y el sistema de armas solo contaba con viejos phasers. Se ve que Zhark no había querido invertir mucho en esta misión. No llegaría muy lejos si entraba en batalla con alguien. Sin embargo, no esperaba cruzarse con ningún enemigo camino a la capital del imperio. Brittany abrió un pequeño compartimiento y pudo ver dentro varios trajes. Al parecer habían quedado allí desde la última vez que la nave se había utilizado. Observó la extraña vestimenta klingon y de una ojeada la comparó con su uniforme de la Flota Estelar. “Si vas a Roma...” pensó, recordando un viejo refrán humano. Tomó el traje que más se asemejaba a su talle y comenzó a cambiarse. Si iba a andar entre los klingon sería mejor que no llamase mucho la atención.

Brittany Jefferson estaba a poco tiempo de cumplir 40 años, y sin embargo estaba en muy buena forma. Los años de entrenamiento militar en la Flota Estelar habían logrado que los músculos de su cuerpo estuviesen bastante desarrollados. Era una mujer muy rutinaria, que no dejaba un día sin entrenar tanto su cuerpo como su mente. El ejercicio matinal era para ella una obligación, y las prácticas en la holocubierta con Eneas Hayes se habían vuelto una costumbre. También trataba de encontrar el tiempo para practicar con su violín. Desde pequeña, su padre la había introducido en el mundo de la música, era una de las tantas cosas que le debía. La capitán ajustó contra su cuerpo el uniforme de cuero de targ y soltó su cabello rizado. Mientras estaba en la Asimov solía dejarlo recogido sobre su nuca, pero aprovechó la situación para liberarlo un poco. Tomó un d´k´tagh y la abrochó en su cinturón, y lo mismo hizo con un disruptor. Esperaba que no fuera necesario utilizarlo.

Y como si hubiera sido una profecía, mientras la capitán pensaba en la posibilidad de encontrar algún peligro en el camino, la nave se sacudió con fuerza.

- Humana, entregue la nave o será destruida.-

Era la voz del siniestro klingon K´Bure. Jefferson se estremeció por la sorpresa. Por alguna razón la había seguido hasta allí para intentar detenerla. Solo había una explicación posible: Zhark estaba muerto. Pero ella no estaba dispuesta a dejarse atrapar tan fácilmente. La nave de K´Bure era un poco mas grande, pero bastante similar a la de Jefferson. Todavía estaban a un par de horas de Qo´noS, pero sabiendo que las posibilidades de terminar hecha pedazos eran mucho mas altas en warp, la capitana bajó la velocidad. Dirigió entonces la pequeña nave a través del eje z de las coordenadas, esquivando el avance de su perseguidor. Pero los klingon no eran idiotas, y no tardaron en seguir su rumbo. Los disparos rozaban la nave, que se movía intentando distraer su atención. Era inevitable que la superasen, debía buscar un plan alternativo. Jefferson no conocía el sector, debido a que los Klingon nunca habían compartido los detalles de su territorio con sus aliados, pero pudo distinguir un planeta habitable en el sistema planetario mas cercano. Navegando entre numerosos planetoides, la pequeña nave logró un poco de ventaja ante su enemigo, pero K´Bure estaba determinado a impedir que lograse escapar con vida. El transbordador de Jefferson había logrado ponerse en órbita apenas unos segundos antes cuando la nave de K´Bure disparó un torpedo que la destruyó por completo.

Segunda Parte: la emboscada

Como había podido ver la capitana mientras se alejaba, la Asimov estaba en muy malas condiciones. Además del agujero que D´Raen había dejado en la bahía de carga, podía verse que los insistentes disparos de la Azetbur habían dejado su marca en todo el casco. Por otra parte, la explosión de los astilleros de Lupasa parecía haber provocado daños graves en toda la sección del platillo y en la barquilla warp derecha. Si la Azetbur le hubiera disparado un par de torpedos mas, indudablemente la hubiera destrozado.

El rayo tractor de la nave klingon la arrastraba a través del espacio, llevando su sagrado cargamento hasta el sector Klagh, donde aparentemente sería utilizado para el triunfo final de los klingon sobre los romulanos. Sin embargo, había una parada antes del sector Klagh. La Azetbur llevaba un grupo de prisioneros hacia Rura Penthe, donde enfrentarían su condena. Eran humanos y romulanos falsamente acusados de crímenes contra el Imperio. Rura Penthe estaba razonablemente cerca del sector Klagh, pero severamente custodiada. Una vez allí, las oportunidades de escapar de los prisioneros se reducirían casi hasta cero.

En una oscura sala de torturas, M´Rel evocaba los años de entrenamiento en la Milicia romulana para no sentir el dolor atravesando todo su cuerpo. No entendía como a pesar de haber tenido al traidor frente a sus ojos todo el tiempo, no había sabido descubrirlo. D´Raen había sido seleccionado por ella misma entre una lista de mas de cien candidatos para el puesto de Subcomandante. Pero en ese instante recordó un detalle. Había elegido a D´Raen porque su registro detallaba haber sido herido de gravedad en el frente breen junto a los comandos remanos durante la Guerra del Dominio. Todos sabían que el frente Breen había sido uno de los mas sangrientos para el Imperio durante la Guerra, y M´Rel había estado allí bajo el mando del capitán Poltek. Su elección se había basado en ese pequeño detalle, que había despertado su memoria emocional. Ahora no tenía dudas de que el Tal Shiar la había manipulado. Atada de pies y manos en aquella oscura celda, maldijo el día en que D´Raen se había cruzado en su camino, cuando de repente, todo alrededor suyo se sacudió...

En la bahía de carga modificada, el comandante trill Vreel Lexx trataba de pensar con calma. El hambre lo estaba invadiendo, pero no podía darse el lujo de pensar en comer en ese momento. Era imprescindible tratar de escapar de allí. Estaba sentado, con los brazos cruzados y las manos sosteniendo su barbilla, mientras miraba el suelo. Pudo ver en ese momento un par de zapatos exageradamente lustrados que invadían su espacio de visión.

- Se lo que esta pensando comandante.- dijo el teniente comandante Hayes.- Y le aseguro que tengo la misma obsesión que usted. No sabemos donde estamos ni dónde vamos. Pero no hay dudas de que los klingon querrán que paguemos por la destrucción de aquel astillero.-

- Debe haber alguna manera de salir...-

- El teniente Moss y yo intentamos todo lo que posible técnicamente. Los conductos de aire están sellados, los circuitos son inaccesibles, no tenemos ningún medio electrónico como para sobrecargar los sistemas. Estamos realmente aislados. Aunque aun hay algo que podemos hacer...- dijo el betazoide.

- Ya lo sé teniente, la única opción que nos queda es atacar a quien sea que nos traiga alimento o bebida, o simular un accidente para llamar su atención. ¿Pero que pasa si no nos traen comida ni agua hasta que lleguemos a nuestro destino? ¿Y que pasa si no les importa si simulamos un accidente? No olvidemos que ya más de la mitad de nosotros esta herido, y sin embargo no parece haberles importado en absoluto atendernos. Solo mire a la alférez Vek y comprenderá.-

Lexx señaló a la joven cardassiana, recostada en una esquina de la bahía. La herida no parecía estar sanando, y sin dudas era quien mas peligraba. Junto a ella, el Alférez Varad tenía sus dedos cruzados, en actitud de plegaria. Parecía estar invocando a sus amados Profetas para que ayudasen a quien, hasta unas pocas horas atrás, solía ser su mayor enemiga en la nave.

Pero la esperanza era lo último que el comandante Lexx estaba dispuesto a perder. Mientras decía esto, un sacudón hizo que el teniente Hayes tuviera que apoyarse contra la pared para evitar caerse. La nave parecía estar siendo atacada. Si Lexx hubiera podido volar hacia el espacio como el embajador Aldouz, hubiera visto que un escuadrón de avanzada de naves romulanas había interceptado a la Azetbur, que viajaba junto a una escolta de tres Vor´cha. Las naves romulanas habían entrado en fase frente a la Azetbur y habían desplegado un patrón de ataque intensivo sobre la enorme Negh ´Var, reduciendo en pocos segundos la capacidad de los escudos de la nave. Los cruceros Vor´cha, alertados por el ataque, dispararon su munición sobre los tres cruceros Valdore. Cada Vor´cha siguió una nave Romulana, alejándose de la Azetbur. Al parecer, el enfrentamiento entre las dos potencias ya había comenzado. La Azetbur había acercado su preciada carga demasiado cerca del sistema Klagh Pero las naves romulanas habían ingresado bien adentro en territorio klingon, lo que podía considerarse un acto directo de guerra. La Azetbur, abandonada a su suerte en el espacio, y con los escudos reducidos por el ataque sorpresa y la maniobrabilidad en jaque debido a que llevaba arrastrando a la Asimov, parecía una presa fácil. Ante la enorme nave Klingon se materializó de repente un intacto warbird Romulano. Habían caído en la trampa.

En la bahía de carga solo había confusión. Nada sabían los tripulantes de la Asimov sobre las complicaciones en las relaciones entre romulanos y klingons en las últimas horas. De repente, el ataque se volvió aun más feroz y las luces en toda la bahía de carga se apagaron. Eneas Hayes pudo sentir el miedo de los prisioneros rodeándolo, sentía que casi podía tocarlo. Pero él no estaba asustado, sabía que esa era tal vez la última oportunidad que tendrían para escapar de allí. Junto con las luces, los escudos que rodeaban la bahía de carga parecían haberse dañado. La luz rojiza de los escudos se encendía y se apagaba intermitentemente, a intervalos de menos de un segundo Un pensamiento se encendió como un faro entre el miedo de los heridos. Era la mente del comandante Lexx, que le ordenaba reunirse con él. Debían intentar atravesar esos escudos para salir de la nave klingon.

Vreel Lexx observó la luz intermitente y calculó con su mente el patrón. Tenía una única oportunidad de lograrlo, y no podía equivocarse. Eneas Hayes leía la mente del comandante y corroboraba los cálculos al mismo tiempo. Un solo pensamiento lo invadió: “¡Ahora!”. Los oficiales saltaron a través del escudo.

Tercera Parte: Man´ulokianuimonikakiajl

El rayo rojo del transportador materializó la esbelta figura de la capitana Jefferson en la superficie del planeta. El transporte de emergencia había sido exitoso. Estaba en medio de un frondoso bosque, pero a unos metros de distancia había un camino. Debía buscar una manera de obtener otra nave para seguir camino a Qo´noS. Además, seguramente K´Bure detectaría sus bioseñales humanas y la perseguiría hasta allí, por lo que debía esconderse en algún lugar bien poblado. De repente sintió el sonido de un carruaje cruzando el camino. Debía apresurarse. Olvidando, ante la emergencia, las obligaciones de la Primera Directiva, avanzó sobre el camino y se paró frente a la carreta, apuntando al conductor con su disruptor. Evidentemente, el conductor no era klingon. Sus orejas eran bastante grandes y peludas, y sus ojos estaban hundidos detrás de lo que parecían ser escamas en su rostro. Parecía ser bastante viejo y experimentado Ante la amenaza de la capitana, no pareció sorprenderse en lo absoluto.

- ¡Klingons!- protestó.- No saben nunca como pedir amablemente las cosas.-

- Necesito que me lleve al pueblo mas cercano.-

- Voy hacia la ciudad de Marxia, a vender un par de tarloks en el mercado. No me tiene que amenazar con ese disruptor para que la lleve conmigo.- dijo el viejo.

Brittany bajo el arma. Por alguna razón, el viejo le inspiraba confianza. Se acomodó junto al conductor y arrancaron hacia la ciudad. Tal vez allí podía conseguir un transporte hacia Qo´noS.

- Mi nombre es Man´ulokianuimonikakiajl. Pero puede llamarme solo Manoloki. Por mas que usted tenga esa ropa, no es más klingon que yo, ¿verdad?-

- Soy humana, en viaje de negocios hacia Qo´noS.- respondió la capitán, tratando de evitar darle muchos datos a Manoloki.

- ¿Y entre los humanos es costumbre amenazar a los transeúntes para viajar gratis?-

- Solo en algunas partes. ¿Qué planeta es este?- preguntó Jefferson

- Para ser negociante no parece estar muy bien informada. Estamos en Leninia, planeta anexado al Imperio Klingon hace mas de 200 años.-

- Entonces, de alguna manera, además de ser leniniano, usted también es Klingon.- reflexionó la capitán.

Mientras la carreta avanzaba a una velocidad sorprendente para los estándares terrestres de tracción a sangre, Manoloki suspiró resignado.

- Como bien debe saber usted, el Imperio Klingon esta formado por miles de mundos sometidos a la ley de Qo´noS. La Casa de Mulath controla este sector y tiene el derecho de extraer recursos de todos sus planetas, incluso Leninia, a cambio de darnos seguridad ante el ataque de cualquier otra potencia o incluso de otra casa klingon...-

- No parece estar muy feliz con ese trato.-

- Tengo más años de vida de los que aparento señorita, y le aseguro que en los 200 años de dominio klingon no hemos tenido mas seguridad y tranquilidad que cuando vivíamos libres e independientes. Pero así es la política.- el viejo Manoloki parecía estar resignado, sus años de esplendor habían pasado hace mucho.

- No debería hablar tan abiertamente. No sabe cuales son mis ideas políticas y podía terminar mal.- advirtió la capitana.- A ningún Klingon le debe gustar escuchar esa clase de opiniones.-

- No se preocupe señorita, se reconocer muy bien cuando puedo hablar y cuando no.- los ojos del viejo brillaron en actitud cómplice.

Mientras la carreta de Manoloki viajaba a gran velocidad hacia la ciudad, el rayo transportador materializó a K´Bure y los otros dos klingon. Como sospechó la capitán, no habían tardado en detectar sus signos humanos, pero los sensores no podían darles la ubicación exacta.

- La mujer tendrá que venir hacia aquí General K´Bure. No se nos podrá escapar.- le dijo uno de sus oficiales.

K´Bure se sintió satisfecho al escuchar su nuevo rango. Hacia mucho tiempo que se merecía el cargo de General, y ahora por fin lo había obtenido, asesinando al traidor de Zhark en el camino. Solo quedaba el inconveniente de la humana. Era muy improbable que lograse escapar de Leninia, pero mientras pensaba eso, recordó una frase de las sagradas escrituras de Kahless.

- qaStaHvIS wa´ram loS SaD Hugh SijlaH qetbogh Ilod.- exclamó.

“Cuatrocientas gargantas pueden ser cortadas en una noche por un hombre acorralado.”

Cuarta Parte: El camino a casa

Aldouz atravesó sin problemas el intermitente escudo que aun cubría la celda. No podían darse el lujo de cumplir la promesa de mantenerse encerrado cuando la Azetbur estaba siendo atacada. De un golpe corrió el guardia herido y desactivó por completo el escudo, permitiendo que el doctor Castillo saliese de la celda sin riesgos. Ahora solamente tenían que encontrar a sus compañeros.

Los klingons corrían de un lado al otro, excitados por la batalla. La nave parecía estar dañada y a la deriva, pero la sola idea de estar peleando por sus vidas les provocaba un sentimiento de energía por todo el cuerpo. Aldouz y Castillo cruzaron los pasillos tratando de evitar que los klingons los descubriesen. Intentarían llegar a una sala de transportación y desde allí tratarían de llegar a la Asimov. En esas circunstancias era algo casi imposible.

 

Desde la otra punta de la nave, el objetivo de Vreel Lexx y Eneas Hayes era también salir de la Azetbur, pero debían confiar un poco mas en su instinto. El trill y el betazoide no sabían que la Asimov estaba allí afuera, a la espera de sus viejos dueños, por lo tanto su única esperanza era encontrar un transbordador lo suficientemente grande como para cargar en él a la tripulación y huir lo mas lejos posible del campo de batalla. La nave se sacudía fuertemente producto de los golpes, y a cada paso algún conducto soltaba chispas o echaba humo. Con astucia, los dos oficiales atravesaron la sección de cargas y llegaron hasta la bahía de transbordadores. Un grupo de oficiales Klingon se estaba enlistando para subir a las pequeñas naves caza almacenadas en las entrañas de la Azetbur. Desde una escotilla, Lexx y Hayes observaron como una escuadra de 10 pequeñas naves klingon dejaron el hangar hacia el espacio. A través de la compuerta, cruzando diagonalmente podía verse la enorme silueta del warbird, disparando su carga sobre ellos. Apenas los klingons dejaron la bahía, los dos oficiales ingresaron en busca de un transporte para ellos. Pero la bahía estaba completamente vacía. La suerte parecía estar escabulléndose entre sus dedos.

Eneas Hayes se puso tenso de repente: sintió una mente detrás suyo. Lentamente los oficiales giraron sobre sus talones y pudieron ver a un enorme Klingon apuntándoles con su disruptor.

- Me parece que se equivocaron de bahía de carga...la escoria federal se almacena un par de puertas mas allá.-

Los oficiales lo miraron con desprecio. No permitirían que un klingon los insultase de esa manera, por más que hubiese un disruptor separándolos. El betazoide leyó la intención en la mente del comandante Lexx. Las posibilidades de vencer a ese contrincante eran escasas, pero eran mejores que volver a la bahía de carga. La decisión estaba tomada y estaban a punto de saltar sobre el Klingon, enfrentando su destino, cuando un rayo transportador los cubrió, dejando al desconcertado guerrero sin sus prisioneros.

 

Aldouz y Castillo estaban resignados. Habían tenido suerte en dejar la celda, pero era imposible que lograsen cruzar toda la nave sin ser descubiertos. Los klingon podían estar entretenidos con la batalla, pero no los dejarían escapar tan fácilmente.

- No podremos llegar a los transportadores. Es hora de aprovechar mis cualidades no corpóreas.- exclamó Aldouz, sonriendo aún con su forma Klingon.

- Esta bien, la Asimov debe estar a la deriva a unos cientos de metros de la Azetbur. Una vez allí, será más fácil que encuentre los transportadores. Solo queda el pequeño problema de transportarnos fuera de aquí con los escudos de la Azetbur arriba.- murmuró el doctor.

- Buen punto jovencito, pero la frecuencia de escudos es un dato fácil de obtener, más aún si tienes la capacidad de ingresar materialmente dentro de la computadora.-

El embajador Iconiano guiñó su ojo en señal de confianza. Parecía como si toda esa situación no fuera más que un poco de diversión para él. De un giro se transformó en la tradicional esfera rojiza y atravesó las paredes de la nave como si no existieran. Segundos después estaba en el espacio, con los datos necesarios para transportar a sus viejos amigos fuera de la nave.

Desde el espacio, el Embajador pudo apreciar la escena dantesca. La Azetbur disparaba sin cesar contra el warbird frente a él, mientras cinco pequeños cazas revoloteaban entre las alas del warbird romulano. Los cazas atravesaban fácilmente el escudo del warbird, disparando phasers y abriendo grietas en el casco a su paso. No parecía haber mucha esperanza para los romulanos. Sin embargo, una de las Valdore surgió desde el horizonte para ayudar a su compañera. Al parecer había logrado vencer a una de las Vor´cha y estaba dispuesta a seguir dando batalla contra la Negh´Var Azetbur. La batalla era dura, pero Aldouz sabía que mas tarde o mas temprano los Klingon terminarían venciendo. Estaban en medio de su territorio, y las posibilidades de triunfo para el ataque Romulano eran pocas. En ese momento Aldouz tuvo una idea. Tal vez la incursión Romulana había sido enviada allí para darles una oportunidad a los prisioneros de escapar. Al parecer estaban teniendo éxito por lo menos en eso. A unos cientos de metros, la U.S.S. Asimov estaba a la deriva, libre del rayo tractor que la había arrastrado apenas unos minutos antes.

Aldouz atravesó el casco de la nave federal e ingresó en los circuitos de la computadora. Estaba por fin otra vez en casa. Con facilidad acceso los comandos y localizó las formas de vida klingon en su interior. Eran siete, ubicados en el puente. Sin dudarlo transportó a los guerreros a la Azetbur, donde serían más útiles. Mientras la Valdore y el Warbird maniobraban escapando de los cazas y los disparos klingon, Aldouz moduló los sensores para atravesar los escudos y localizar a la tripulación humana en la Asimov. Con la mayor velocidad posible comenzó a transportar a los oficiales federales desde la bahía de carga hacia la Asimov. Apenas un minuto después, todos los oficiales estaban otra vez a salvo. Aldouz intentó entonces recalibrar los sensores para intentar detectar a los romulanos en la Azetbur cuando notó que ya no podía atravesar los escudos. Los klingons habían detectado su intromisión y habían modificado la frecuencia. No podría rescatarlos.

Vreel Lexx y Eneas Hayes, mientras tanto, no entendían lo que estaba sucediendo. Un segundo estaban a punto de abalanzarse sobre un Klingon y al segundo siguiente estaban otra vez a salvo en el puente de la Asimov. Pero no era el momento de hacerse preguntas. El Teniente Comandante Hayes tomó el timón de la nave y fijó el curso lejos del campo de batalla. La nave no estaba en condiciones de inmiscuirse en la escaramuza entre los klingons y los romulanos. La nebulosa Kilara, a orillas del sector Klagh, les daría la protección que necesitaban.

Quinta Parte: el callejón

Marxia era un mercado gigante y bullicioso. De todas partes aparecían Leninianos ofreciendo mercancías a precios que Brittany Jefferson no podía entender. A primera vista, los Leninianos parecían bastante pobres. Al parecer, estaban en una etapa tecnológica preindustrial, lo que hacía mas sencillo para los Klingon el mantenerlos controlados. Podían verse a Leninianos negociando precios con otros comerciantes, transportando mercancía de un puesto a otro o solamente gritando los beneficios de sus productos. Entre los mercaderes circulaban algunos oficiales Klingon, aparentemente aburridos por su tedioso trabajo. La capitán intentaba que los Klingon no la viesen en la carreta de Manoloki. Tal vez K´Bure les había advertido sobre su presencia.

- Bueno, estamos en Marxia.- exclamó Manoloki, deteniendo su carreta.- Me vas a decir finalmente cual es tu verdadera misión aquí. No he visto nunca un humano en viaje de negocios en Leninia.-

La capitán dudó por unos momentos. Era en verdad riesgoso confesarle su situación a Manoloki, sin embargo, debía obtener una nave, y sin ayuda sería casi imposible.

- En realidad, necesito salir de aquí lo antes posible. Necesito una nave para viajar a Qo´noS.-

- Ah, una nave warp...difícil para un pobre planeta como Leninia. Todo tiene precio- dijo Manoloki.

- Pero es muy importante que llegue a Qo´noS. Tal vez el futuro de la galaxia este en juego. - dijo la capitana, pensando en las posibles consecuencias de la guerra entre las potencias.

No terminó de decir esto cuando sintió un grito de alarma a unos cuantos metros suyo. Una mujer leniniana la señalaba mientras gritaba desesperadamente en su idioma. Había sido descubierta. Desde la carreta, Jefferson pudo ver a un Klingon avanzando dificultosamente entre los vendedores. De un salto bajo del transporte y miró hacia los dos costados, buscando una salida.

- Debes correr hacia allá.- dijo Manoloki.- Confía en mi, conozco algunas personas aquí, trataré de ayudarte.-

El viejo leniniano señalaba una oscura callejuela a su derecha. La capitana miró a los ojos escamados del viejo y no dudó. Ella también sabia en quien confiar. Atravesó la calle principal y comenzó a correr a través de la callejuela. El piso estaba muy embarrado y se le dificultaba correr a más velocidad. A los costados de la calle se levantaban las paredes de las casas hechas con ladrillos de barro, que apenas alcanzaban las dos plantas. La capitana corría lo más rápido posible, pero ya hacía mas de dos días que no comía, y si no fuera porque Manoloki le había ofrecido bebida, estaría también deshidratada. A su espalda sintió los pasos del Klingon persiguiéndola. No debía estar a mas de 50 metros detrás suyo. Grande fue el horror de la capitán cuando vio que la callejuela terminaba en una pared. No había salida.

Brittany Jefferson giró sobre si misma y vio la sombra del Klingon acercándose. Miró hacia arriba, tratando de encontrar una manera de escalar la pared para escapar de su perseguidos, pero las grietas eran escasas, y no estaba segura de que soportarían su peso. De un salto intentó agarrarse de una abertura a unos tres metros sobre el suelo, pero sus dedos la rozaron. Sin poder aferrarse. Era imposible. Mientras buscaba una grieta en la pared, pudo sentir que la textura cambiaba en una de las esquinas. Golpeó con suavidad y sintió que era hueco. Del otro lado debía haber una habitación. Golpeó con fuerza la puerta escondida, tratando de derribarla pero tampoco lo consiguió. Estaba fuertemente cerrada y revestida. Segundos después, un enorme guerrero Klingon estaba frente a ella. Debía medir el doble que la capitán, y su fuerza tal vez triplicaba la de ella.

- No creí que nuestra presa fuera tan pequeña. K´Bure me ascenderá a Capitán solo por llevarle su cabeza.- exclamó el Klingon, sonriendo.

- Bueno, parece que ya das por hecho que me atraparás.-

- Olvídelo humana. No tiene oportunidad frente a mi.- dijo el guerrero, sacando su d´k´tagh de su cinturón.

Jefferson recordó que aún tenía el disruptor. Con rapidez lo tomó de su cinturón e intento disparar contra su enemigo. Con horror, la capitana vio como el disruptor no disparaba. Como todo en la nave que Zhark le había dado, el disruptor no funcionaba. El Klingon estalló en una carcajada. Y volvió a amenazarla con su daga.

- No tiene otra opción más que pelear mano a mano conmigo p´tahk.-

En ese instante, Jefferson recordó los consejos de su padre. “Deberás superar su fuerza con tu astucia.” Lentamente se movió hasta quedar en la esquina del callejón, frente a la puerta escondida. El zorro enfrentaba al lobo.

- No esperarás que yo ataque primero, Klingon cobarde.- arengó Jefferson

El guerrero Klingon gruño furioso. Había llegado el momento de la verdad. Con todas sus fuerzas avanzó con su daga, apuntando al cuello de la capitana Jefferson. Nadie lo llamaría cobarde, y mucho menos esa hembra humana. La fuerza y la determinación del Klingon eran enormes, por lo que la capitán solo tendría una oportunidad. Espero inmóvil mientras el guerrero avanzaba cada vez a mayor velocidad contra ella, y una fracción de segundo antes de que la golpeara dio un pequeño salto a su izquierda. Con toda la fuerza de uno de sus brazos empujo la filosa daga, mientras que con el otro apoyó todo su peso sobre la espalda del Klingon. Había logrado esquivar el golpe, y el guerrero en lugar de descargar todo su peso sobre ella, había golpeado con fuerza la puerta de madera que la capitana había intentado abrir sin éxito. Ahora, el enorme Klingon yacía inmóvil, atravesando la puerta de madera y con su propia daga clavada en el cuello. La capitana había utilizado la propia fuerza del Klingon para darle su golpe, y había aprovechado también para abrir la puerta de escape fuera de ese callejón. Un oscuro túnel se extendía detrás de la puerta.

- Uf, parece que tuvo un poco de acción.-

Brittany Jefferson escuchó la voz de Manoloki saliendo desde el túnel.

- Nunca pensé que me enviaría a un callejón sin salida. ¿Qué hace allí dentro?- preguntó la humana.

- Bueno, es mi casa. La otra entrada estaba cubierta por oficiales Klingons, pero esta casi siempre esta libre. Nunca pensé que este maloliente la perseguiría hasta aquí. Aunque no parece haber tenido problemas con él.- dijo el leniniano, sonriendo.

La capitán respiró aliviada. Había logrado escapar de esa encrucijada, pero era muy probable que el Klingon hubiera advertido a sus compañeros. Debía salir de allí lo antes posible. Otra vez sin saber si estaba haciendo lo correcto, atravesó la puerta rota e ingresó en la casa de Manoloki.

- Sabe algo señorita. Esa puerta me la deberán pagar estos Klingons sucios, si señor.- dijo el viejo mientras arrastraba el cuerpo del Klingon fuera de su casa.

Sexta Parte: los tambores de guerra

La U.S.S. Asimov navegaba entre el hidrogeno de la nebulosa de Kilara. Desde allí, los sensores podían captar la imagen del sector Klagh, donde miles de naves Klingon estaban reuniéndose. Al parecer, la batalla aun no había comenzado. Utilizando los sensores de largo alcance, el comandante Lexx ordenó escanear los sistemas Nilio y Etipieus, del lado Romulano. Los sensores no detectaban ninguna nave allí, pero tratándose de Romulanos eso no era garantía de que una flota no estuviese protegiendo el sector, esperando el momento adecuado para dar su golpe.

En Romulus, la Pretor Donatra analizaba las lecturas de la frontera. Las naves Klingon parecían multiplicarse a cada segundo.

- Las cosas no se ven bien en el frente Centurión Zek´Kinar.- murmuró.

- Una guerra nunca se ve bien Pretor, pero las consecuencias de la inacción serían mucho peores. El Imperio Estelar Romulano no puede torcer su brazo ante los Klingon.-

Donatra estaba agobiada por la responsabilidad. Sola en el salón pretoriano, rodeada por los bustos de los famosos líderes que la habían precedido, los consejos de Zek´Kinar retumbaban en su mente.

- ¿Qué paso con la emboscada? ¿Pudieron liberarse los prisioneros?- preguntó Donatra

- Ese fue un gran riesgo Pretor. Sabe que no estaba de acuerdo con esa incursión dentro del territorio Klingon. No era más que una provocación.-

- ¡No le pedí su opinión Zek´Kinar! ¡Dígame si tuvo éxito!- gritó la Pretor nerviosa.

- Los últimos reportes informan que la escuadra de ataque no logró liberar a la Asimov. Al parecer, la nave en que viajaban estaba fuertemente custodiada. Todos fueron destruidos.-

La mente de Donatra se nubló con odio. Su última esperanza de triunfo sin llegar a la guerra había sido terriblemente derrotada. Ahora solo quedaba dar el golpe final, y la guerra contra los klingons comenzaría. Donatra sabía que seria una guerra dura y sangrienta, pero el dejarle a los klingon el poder de los prikmales era un riesgo que no podía correr.

- Si queremos ganar esta batalla debemos atacar.- murmuró Zek´kinar.- No podemos esperar a que los klingon sigan reagrupándose.-

En esa hora oscura. Los consejos venenosos de Zek´Kinar parecían razonables para Donatra. La orden estaba dada. El golpe sería preventivo.

  

El Alto Concilio estaba reunido en Qo´noS, analizando la situación. La última reunión de emergencia que habían tenido había sido el día anterior, cuando se habían enterado del golpe a los astilleros de Lupasa. Martok estaba sentado en la silla consejo, no le gustaba la idea de ir a una guerra con la Federación, y haría todo lo posible por impedirlo...pero los Romulanos en cambio se lo habían ganado. El consejero Korok tenía la palabra, y desde su silla gritaba:

- El Imperio debe golpear con fuerza a los traidores. No podemos darnos el lujo de dar una imagen débil a nuestros enemigos. Si no vengamos este acto de guerra, le daríamos luz verde a todos los que odian al Imperio. ¡Debemos defender a muerte nuestro honor!-

El consejero Mulath observaba a Korok desde la otra esquina del Alto Concilio. Él, como muchos otros Klingons, estaban dispuestos a dar su vida por el Imperio. Pero no estaba seguros de que las únicas intenciones de Korok fueran defender el honor Klingon.

- Consejero Korok, déjeme preguntarle algo.- interrumpió Mulath.- Hace unos días la Asimov ingresó en nuestro territorio para buscar unos...prikmales. Al parecer son unas joyas de gran valor y gran poder. ¿Qué sabe usted de eso? ¿Dónde están los prikmales que la Asimov llevaba consigo?-

- La Asimov, su tripulación y su carga están siendo trasladados a Rura Penthe. Esta en buenas manos, no se preocupe Consejero.- respondió Korok.

- Estaría en mejores manos si la carga estuviera a disposición del Alto Concilio, y no solo de la Casa de Korok.- agregó Mulath.

- ¡Esta dudando de mi honor Mulath!- gritó Korok ofendido.

Mulath observó al obeso Klingon. Podría atravesar su garganta antes de que pudiera levantarse de su silla de consejero. Martok observaba la escena con preocupación. El poder de los prikmales parecía estar corrompiendo a los Consejeros. Pero había algo más importante que tratar en ese momento.

- ¡Consejeros! No es momento de enfrentarnos entre nosotros. La defensa del Imperio es lo que importa ahora.- Martok  se levantó de su silla y camino hasta el medio del Salón.- Es la hora de la batalla. Hemos soportado los ataques Romulanos por demasiado tiempo, pero este acto de guerra no puede ser perdonado. Las naves ya están allí, ordénenle a sus guerreros que siembren el camino a Sto-Vo-Kor con sangre verde romulana.-

Dicho esto, Martok volvió a sentarse en su sillón. Korok podía ser un Klingon despreciable, pero tenía razón en el hecho de que un golpe al corazón del Imperio Klingon no podía darse sin represalia. Los Romulanos pagarían con los sistemas Nilio y Etipieus. Por ahora.

Séptima Parte: el mercado

- Ves allí, sobre la colina detrás del mercado. En ese hangar podrás encontrar la nave que necesitas.-

Manoloki señalaba a través de la ventana a un pequeño hangar de madera.

- ¿Como conseguiste una nave aquí Manoloki?- preguntó la capitana.

- Digamos que hay mucha gente influyente a quienes le gusta tan poco como a mi el tener a los Klingon en nuestro planeta, y que haría cualquier cosa por perjudicarlos.- respondió el viejo.

- No se como agradecerle.-

- Solo recuerde este planeta perdido cuando vuelva a la Federación. Tal vez desde allí podrá usar sus propias influencias para devolvernos este favor. Pero ahora no es momento de charlar, los Klingon que la buscan no tardaran en darse cuenta de que esta aquí.-

Manoloki abrió la puerta de su casa y Brittany Jefferson salió al exterior. El sol golpeaba fuerte en el mediodía de Leninia. Lo más rápido posible atravesó la calle y estaba a punto de ingresar en el gigantesco mercado al aire libre cuando sintió que una daga rozaba su rostro y se clavaba en una viga a pocos centímetros suyo. La capitana giró y vio que del otro lado de la calle estaba el general K´Bure. La había descubierto y ahora solo un par de metros los separaban. Los ojos de K´Bure echaban fuego, aún más que la última vez que se habían encontrado, en las mazmorras de la Azetbur.

Jefferson se apresuró e ingresó en el mercado. Apenas atravesó la entrada, un joven leniniano se le interpuso en el camino ofreciéndole su mercancía a un precio excepcional. Jefferson lo esquivó y tomó una callejuela adyacente al pasillo central del mercado. Se agachó por debajo de los puestos y comenzó a avanzar entre los pies de los lugareños. Solo debía atravesar el mercado, que tendría aproximadamente unos doscientos metros, para llegar al hangar y volar fuera de Leninia.

Manoloki había observado toda la situación. Su corazón se había paralizado al ver a K´Bure lanzando su d´k´tagh contra la capitán y avanzando detrás suyo hacia el mercado. De repente, una idea iluminó su mente. Cruzó con velocidad la calle y se acercó al primer vendedor que encontró. Con ademanes y exclamaciones le dijo un par de frases en Leniniano al mercader, que en seguida la transmitió a otro comerciante a unos metros suyo. Cada uno señalaba a su vez al general K´Bure.

K´Bure avanzaba en el pasillo central, buscando en cada metro a la mujer humana. No la dejaría salir de allí, mucho menos ahora que la tenía tan cerca. La muy cobarde se escondía, no era capaz de enfrentar una pelea. Eso demostraba que no era un rival honorable, y no merecía la menor piedad. Extendió su brazo sobre su espalda y tomó su bat´telh. Muchos enemigos habían muerto con el filo de esa espada, y el honor del Imperio había sido saldado otras tantas veces. Esta era otra ocasión para cumplir su razón de existencia. K´Bure sonrió. A pocos metros pudo ver la cabellera rizada de la p´tagh, escabulléndose entre los puestos de los mercaderes. Decidido, K´Bure intentó avanzar hacia ella, pero una multitud de mercaderes le cerró el paso.

- Pruebe estos Targs señor, son de lo mejor.- gritaba uno

- Este guante permite un mejor manejo del d´k´tagh, no encontrara ninguno así en todo el sector.- ofrecía otro

- No hay nada mejor que estos frutos de micayah, oh, gran señor.- prometía un tercero.

Alrededor del General K´Bure se aglutinaron muchos leninianos ofreciendo sus productos. Al parecer, Manoloki les había dicho que K´Bure era un comerciante adinerado en busca de los mejores productos de Marxia, para comprar toda la producción. No tardaron en rodear al general, abrumándolo con ofertas tentadoras e impidiéndole avanzar a través del mercado. La población de Marxia estaba realmente empobrecida, y la sola idea de vender toda su mercancía de un solo golpe despertaba su ambición.

Jefferson, alertada de que había sido descubierta, aceleró el paso entre los Leninianos desesperados por obtener la atención del Klingon. El General K´Bure se enfureció al ver que la humana estaba a punto de escapar. De un golpe, empujó al leniniano que tenía justo frente suyo. Con toda su enorme fuerza tomó el cuello de otro leniniano a su izquierda y lo lanzó sobre los aires. Sin importarle las consecuencias tomó el bat´telh y abrió el vientre de un comerciante de sandalias que le cubría el paso. Ante esa imagen, los Leninianos se desesperaron. Corriendo de un lado al otro, el mercado se volvió un verdadero caos. Ahora todos querían salir de allí, y le cerraban aun mas el paso al General K´Bure. El enorme Klingon tomaba a los leninianos por la espalda y los lanzaba fuera de su camino.

Mucho mas adelante, la capitana Jefferson había salido del mercado e ingresaba en el hangar de madera que le había señalado Manoloki. Dentro, la capitana pudo ver un pequeño transbordador, pero en mucho mejor estado que el que le había dado el general Zhark. Sin perder tiempo ingresó en la nave y encendió los motores de impulso. La nave se levantó sobre el suelo del hangar, provocando un huracán que hacía volar todo a su alrededor. Jefferson fijo rumbo y atravesó el techo, justo cuando el General K´Bure ingresaba en el hangar. Debía aprovechar cada segundo, porque K´Bure no tardaría en transportarse a su transbordador. La nave dejó la órbita de Leninia y continuó su camino hacia Qo´noS. Pero esta vez estaría mas protegida. Para sorpresa de la capitana, la nave de Manoloki contaba con un dispositivo de ocultamiento. Ahora el camino hasta la capital estaba asegurado.

Octava Parte: el ataque preventivo

El warbird Hiren, bajo el mando del Centurión Rumalak, lideraba la flota romulana camuflada. Los sistemas Nilio y Etipieus habían sido evacuados lo mas rápido posible, tratando de minimizar los daños del posible ataque klingon. Rumalak observaba el territorio que separaba los sistemas del sector Klagh, y trataba de no pensar que poco tiempo después ese territorio estaría cubierto con restos de naves. Su Pretor había sido clara, debían atacar primero. Sabía que había sido una mala idea dejarla sola en Romulus, a merced de la lengua venenosa de Zek´kinar, pero no había tenido otra opción. Él era el líder de la Guardia Imperial y su deber estaba en el frente de batalla... Levantó su brazo, que le resultó mucho mas pesado que de costumbre, y con un además le indico a su timonel que avanzara. La hora de la batalla había llegado.

 

Los cruceros de batalla klingon estaban alineados en la frontera, esperando la indicación para avanzar sobre los sistemas Romulanos, cuando de repente cientos de naves enemigas entraron en fase frente a ellos. Las alas de ataque Romulanas se desplegaban sobre los klingon, descargando su munición gruesa de un solo golpe, y volviendo a entrar en fase segundos después. Detrás de ella, los enormes warbirds maniobraban avanzando sobre los cientos de Vor´Chas, K´Tinga y Aves de Rapiña.

La respuesta klingon no se hizo esperar. Las aves de rapiña, volando en grupos de tres, atravesaban el frente enemigo e iban directamente contra los warbirds, que no podían hacerles frente con precisión. Mientras tanto, las otras naves se desplegaban en las tres dimensiones del escenario, tratando de cubrir el mayor espacio posible y evitar así que los romulanos quiebren su resistencia.

Los Klingon habían estado esperando esa batalla por mas de un día, invocando al sagrado Kahless para que les permita tener una muerte honorable. Como les había pedido su Canciller, la sangre de los Romulanos inundaría todo el sector.

 

Desde la Asimov, los oficiales observaban la situación con asombro. Ya habían pasado varias horas desde que se habían refugiado en la nebulosa, y habían visto como los Klingon se habían formado en la frontera, esperando para atacar. Nunca hubieran imaginado que el primer golpe vendría de parte de los Romulanos. Tampoco podían creer que todo eso se había desencadenado pro las acciones de D´Raen. Aldouz se materializó en el puente y observó la pantalla. Era increíble. Desde Gulas Wanthor que no presenciaba una batalla de tal magnitud, donde miles de naves se enfrentaban por su vida. Las explosiones no tardaron en sucederse, una tras otra. Romulanas y Klingons, sin que la tripulación pudiera hacer nada.

- Esto es increíble.- dijo Aldouz.- Han pasado miles de años y todo sigue igual.-

- Y podrán pasar otros mil sin que nada cambie.- profetizó amargamente el teniente Hayes.

- Entonces es nuestra responsabilidad impedirlo.- dijo Aldouz, y de un golpe dejó el puente de la nave, misteriosamente.

Novena Parte: el Palacio del Alto Concilio

Varias horas habían pasado desde que Jefferson dejó Leninia, y en el horizonte podía divisarse el planeta Qo´noS. La capitán fijo una órbita estacionaria alrededor del planeta y se preparó para transportarse. Tenía en sus manos el pad con la información que exoneraría a la tripulación de la Asimov de los crímenes por los que estaba siendo acusada. Nada sabía de que a varios años luz de distancia la batalla entre las dos potencias ya había comenzado.

El tráfico en Qo´noS era bastante agitado, por lo que no le fue difícil salir del camuflaje y ocultarse entre un par de cargueros galamites. Ingresó las coordenadas en el transportador y segundos después estaba en las escalinatas del Palacio del Alto Concilio. No podía creer que ya había llegado. La atmósfera en Qo´noS estaba muy viciada, con un fuerte olor a azufre, y el cielo estaba oscuro y tormentoso. A los lados del palacio había dos enormes hogueras que, según tenía entendido, honraban al Emperador Kahless y a Morath, héroes de la historia klingon. Sin distraerse más, ingreso en el enorme palacio.

Adentro, el ambiente no era mucho mas acogedor, el techo era muy alto, sostenido por columnas de un material similar al mármol. Al final de ese salón podía verse una gran puerta, donde estaba grabada la imagen de Kahless erguido señalando con su bat´telh hacia Sto-Vo-Kor y con su mano izquierda hacia Gre´thor, el infierno. A cada lado de la enorme puerta, un guerrero Klingon la custodiaba.

- ¿Qué asunto trae a una mujer humana al Palacio del Concilio?- preguntó uno.

- Necesito hablar con Martok, es preciso que me escuche.- dijo la capitán

- Nos habían advertido que vendría. Espere aquí.-

El oficial Klingon golpeó su brazo con su mano derecha, apretando su comunicador. Segundos después la puerta se entreabrió, y un obeso Klingon salió del Salón del Alto Concilio, donde al parecer las discusiones continuaban. Era Korok, pero no estaba solo. Detrás del gigantesco consejero Klingon, una figura conocida por la capitana emergió. Era el general K´Bure. Sabían que su destino era el palacio del consejo, y lo único que habían hecho era dirigirse hasta allí para esperarla. Habían sido mas astutos que ella.

- Llega tarde capitán.- exclamó K´Bure.- La guerra ya ha comenzado.-

- Pero nunca es tarde para demostrar mi inocencia.-

K´Bure soltó una carcajada que retumbó en toda la antesala.

- Esas frases lo único que conseguirán será darme más satisfacción a la hora de degollarla.- el enorme Klingon se acercó y apoyó su sucia mano en la barbilla de la capitana, que lo miró con desprecio. La ambición en los ojos del Klingon le confirmó que había asesinado a Zhark.

- K´Bure, despacio. No queremos importunar a nuestra...”invitada”.- dijo Korok

- Lo único que necesito es hablar con Martok, el sabrá reconocer la verdad.-

- ¿Acaso esta olvidando capitán, que ya fue declarada enemiga del Imperio?- preguntó Korok.- ningún enemigo del Imperio puede entrar en la Sala del Consejo.-

- ¿Acaso le teme a la verdad Korok? ¿Cuál es su beneficio en todo esto? ¿Qué es lo que gana con la guerra contra los romulanos?- preguntó la valiente mujer humana.

- Suficiente...llévenla a las mazmorras.- ordenó Korok, levantando su grasiento brazo.

- Un momento.- ordenó una voz detrás de Korok.- Creo que no es decisión suya consejero Korok.-

Era el consejero Mulath, que parecía haber estado escuchando todo. Nunca había confiado en Korok, y el hecho de estar tan ansioso por ocultar la información de Jefferson había despertado su curiosidad.

- Creo que es decisión de Martok el escuchar o no a esta mujer.-

Décima Parte: una decisión salomónica

Aldouz ingresó en la bodega antitransporte de la Asimov, donde estaban almacenados los prikmales. Detrás suyo, el Comandante Lexx lo había acompañado.

- No podemos permitir que se continúe con esta sangría.- dijo el Embajador.

- Lamentablemente no podemos intervenir en los conflictos entre otras razas. No es nuestra jurisdicción.- se lamentó el Comandante.

- Bueno, sea o no sea nuestra jurisdicción, yo intervendré igual. De alguna manera siento que todo esto es culpa nuestra, y haré lo imposible por detenerlo. Le aconsejo que no intente ponerse en mi camino Comandante Lexx...-

El Embajador Iconiano parecía estar hablando muy seriamente, por lo que el trill prefirió evitar enfrentársele. Ya habían visto antes los poderes de Aldouz, y podían ser muy convincentes.

Martok recibió delante del Alto Concilio a la capitana Jefferson. En una esquina, observando todo con el mayor de los desprecios, se encontraban el consejero Korok y el General K´Bure. Martok había estado analizando las lecturas que llegaban desde el campo de batalla, pero al ser informado sobre la presencia de la capitana Jefferson, no dudó en atenderla. Todo ese conflicto se había originado con la incursión de la Asimov, y sintió que merecía ser escuchada.

La capitán se inclinó ante Martok en señal de respeto, un gesto que al viejo Klingon nunca le había agradado.

- Fue muy valiente en venir hasta aquí capitán Jefferson.- dijo Martok.- Incluso se ha escabullido de las manos de uno de nuestros mejores oficiales.-

- Vine hasta aquí con el consentimiento del general Zhark, quien vio las pruebas que aquí presento y consideró que eran justas.-

- La traición al imperio es un crimen grave capitán, perdonarla sería algo excepcional.- intervino Mulath.

- Yo no pido un perdón señor. Yo vengo a decir que tanto yo como mi tripulación somos inocentes, y estas grabaciones pueden probarlo.-

La capitana avanzó hasta el sillón de Martok  y le entregó el pad con la información obtenida de la Asimov. Martok, como antes había hecho el General Zhark, observó asombrado las grabaciones. Pudo ver como D´Raen superaba las fuerzas de los oficiales Romulanos y de la Federación y llevaba a la Asimov hasta Lupasa, donde finalmente se inmolaba contra los astilleros.

- Esta información es realmente elocuente capitán.- dijo Martok.- Es increíble que no se haya presentado en el momento en que se la acuso de traición.-

- No se nos dio la oportunidad de defendernos, y la Casa de Korok manipuló la información que tenían a su alcance.-

- ¡Esta diciendo que somos engañosos como los Romulanos! ¡Esto es inaudito!- exclamó Korok.

- ¡Silencio!- gritó Martok, que ya conocía las maniobras de Korok.- Puedo darle el perdón capitán, pero ya no puedo detener la batalla. Fueron ellos los que la comenzaron. Puede ser que su tripulación sea inocente, pero los hechos ya han transcendido su esfera de influencia. El avance Klingon sobre el territorio enemigo es un hecho.-

En el sector Klagh, la batalla estaba en su apogeo. Las naves Klingon avanzaban de a decenas, superando ampliamente el ataque de los Romulanos. Los klingon habían esperado vengarse de los romulanos desde la época de la batalla de Khitomer, y esta era una excusa perfecta para conseguirlo. Naves que parecían estar destruidas se recuperaban rápidamente y continuaban su ataque, mientras los Romulanos no podían hacer otra cosa mas que retroceder. El territorio que habían ganado al golpear primero estaba siendo perdido a una velocidad asombrosa. En las naves Romulanas que se quedaban sin escudos, grupos de abordaje Klingon eran transportados y la masacre continuaba en el interior. Los klingon disparaban sus disruptores y avanzaban con bat´telhs y dagas asesinando a todos a su paso. Poco tiempo después habían cruzado ya la frontera que separaba los Imperios y se lanzaban hambrientos sobre la presa de los sistemas Nilio y Etipieus. El error de cálculo de los Romulanos era evidente.

Quedaban unos cientos de naves Romulanas defendiendo los sistemas, entre ellas la Hiren de Rumalak, cuando todo pareció detenerse en el tiempo. Las ráfagas de torpedos estaban congeladas en el espacio, camino a su objetivo. Los phasers estaban detenidos a medio disparar. Las naves en maniobras evasivas ya no avanzaban y las explosiones ya no se veían. En el medio del campo de batalla solo se movía una pequeña esfera rojiza.

Aldouz había utilizado el poder conjunto de los prikmales para detener la batalla. Utilizando sus conocimientos Iconianos había aprovechado los cinco elementos originales que la Asimov había recolectado hasta el momento para evitar que se extendiera la muerte. A diferencia de Korok y la Conspiración de los Dioses, que buscaban el poder de los prikmales para ampliar su dominio en la galaxia, Aldouz lo había utilizado para evitar la guerra.

Pero era un esfuerzo extraordinario, incluso para el Embajador Iconiano. De repente, la esfera rojiza comenzó a girar sobre si misma, difuminando su poder a través de los sistemas planetarios. Con gran precisión, cada nave Romulana fue separada de las naves Klingon. Aldouz transportó las naves Romulanas al sistema Nilio, y las naves Klingon al sistema Etipieus. La batalla llegaría así a su forzado final. Nadie mas moriría allí por culpa de los prikmales. El territorio sería nuevamente dividido.

Undécima parte: las muertes Romulanas

El Centurión Rumalak atravesó furioso el pasillo hacia el Salón Pretoriano. Cientos de naves habían sido perdidas en el frente de batalla contra los Klingons, y no iba a dejar que Zek´Kinar saliese sin responsabilidad. El había sido el que había recomendado reforzar los sistemas Nilio y Etipieus, desafiando a los Klingon, y el había sido el que había ordenado atacar preventivamente, engrosando así el número de bajas. Rumalak pasó entre los Guardias Pretorianos y se enfrentó a la Pretor Donatra , sentada en su escritorio junto al líder del Tal Shiar.

- ¡El Imperio ha sufrido su mas terrible derrota en años!.- exclamó Rumalak.- Y todo por culpa de usted Zek´Kinar.-

- Típica actitud del derrotado.- murmuró Zek´Kinar.- Culpar a los demás de su ineptitud.-

- ¡Es usted quien tiene la culpa de todo esto! Miles de guerreros perdieron la vida por su ambición.-

- ¡Se olvida delante de quien esta hablando Centurión Rumalak!.- intervino Donatra.- Si hay alguien que ordenó el avance fui yo.-

- ¡Pues entonces debe reconsiderar a quien tiene a su lado dándole consejos!- dijo Rumalak, en un estallido de ira.

El viejo Centurión dio media vuelta y salió del Salón Pretoriano, aún furioso por la inútil derrota que había sufrido y por la falta de atención de la Pretor. Si ella no lo escuchaba entonces el Senado si lo haría. Zek´Kinar lo miró con desprecio y se acercó al oído de Donatra.

- Esta ha sido una actitud por demás desafiante Pretor. ¿Esta segura de que quiere a alguien tan...insidioso al mando de su Guardia Imperial?- susurró.

Donatra escuchó las palabras de Zek´Kinar y reflexionó. Ese era un día negro para Romulus, y no necesitaba que un mísero oficial se lo hiciera ver. Con un además llamó a su guardia pretoriana. Rumalak no llegaría vivo a la salida.

 

Martok caminaba junto a la capitana Jefferson por los pasillos del palacio del Alto Concilio. La batalla del sector Klagh había terminado, gracias a la inesperada intervención del Embajador Aldouz. Sin embargo, el Imperio Klingon había avanzado varios años luz dentro del Imperio Romulano, anexando para si el sistema Etipieus. Muchas vidas habían sido perdidas, y el rencor entre ambas razas se había profundizado. Ese hecho parecía ser solo el comienzo de una serie de hostilidades entre las potencias. La única esperanza para evitar que se extendiese la guerra era la intervención diplomática de la Federación. Para la capitán, solo quedaba un tema más por tratar.

- Martok, le agradezco una vez más el haberme dejado presentar mi evidencia.-

- No se preocupe capitán. Durante la Guerra del Dominio tuve el placer de trabajar junto a oficiales de la Flota Estelar y se que en su mayoría son honorables. Era su derecho defender su nombre.- respondió Martok

- Exactamente. Pudo ver según la información que le di que somos inocentes de traicionar al Imperio. Sin embargo, a pesar de que todos los tripulantes de la Federación fueron liberados, aun no tengo noticias sobre los seis tripulantes Romulanos.-

- Ni las tendrá capitán. Después de lo que ha sucedido, las relaciones con el Imperio Estelar Romulano se han complicado. El Subcomandante D´Raen era romulano, así como la Comandante M ´Rel y sus oficiales. Aunque sea por eso, son en parte culpables. La Comandante M ´Rel y sus oficiales serán considerados prisioneros de guerra hasta que se aclare su participación en el asunto. Deberán cumplir su condena en las minas de dilithium de Rura Penthe.-

La capitana escuchó con dolor la sentencia del klingon. Le había costado mucho obtener el perdón para sus oficiales, y sin embargo no había podido lograr que liberasen a los Romulanos. Las minas de Rura Penthe serían casi como la muerte para los oficiales, no podía permitirlo. Pero ya no había nada que pudiera hacer. Romulus había decidido atacar a su viejo enemigo, y debería pagar las consecuencias.

El klingon volvió al Salón del Alto Concilio y se despidió de la capitana. Con resignación, Brittany Jefferson se subió a su transbordador y emprendió rumbo hacia el sector Klagh, donde se encontraría con la U.S.S. Asimov. Mientras dejaba atrás la órbita de Qo´noS, una enorme tristeza y el sabor amargo de la derrota la invadió. La astucia del zorro le había servido para triunfar sobre el General K´Bure, pero no le había alcanzado para salvar a toda su tripulación.

 Continuará …