"Frank Castle continua su guerra sin cuartel contra el crimen.”

Stan Lee y Action Tales presentan:

PUNISHER WAR JOURNAL

Escrito por Arkón

(Esta saga se sitúa justo antes de los acontecimientos del Punisher Anual 1 publicado en Action Tales)

PRÓLOGO.

Brooklin, Nueva York. Hace veintisiete años.

El joven Steve recogió la pelota de béisbol, que no había conseguido atrapar cuando su padre se la había lanzado. Cuando volvía a ponerse en posición se resbaló en la húmeda hierba y cayó de bruces en el suelo. Su padre seguí en su posición mirándolo y su cara no reflejaba sentimiento alguno.

-          Vamos, Steve. Devuélvemela. -  le ordenó.

La pelota volvió a las manos de Mark Golding que pronto se la volvió a lanzar. Estuvieron jugando casi una hora más hasta que casi era ya de noche.

En el parque, sentados en un banco podía verse la figura robusta de Mark Golding, vestido con un pantalón vaquero, una camisa de cuadros rojos y blancos, y una gorra  llena de grasa en la cima de su cabeza. Mientras hablaba con su hijo se veían los tres o cuatro dientes metálicos de los que se sentía en cierta forma orgulloso.

-          Steve, ¿Como dejaste que ese chico te quitase el dinero? - dijo cambiando radicalmente de tema del que hablaban.

-          Eran tres. Y prefiero no hablar de ello ahora.

-          Joder ¿Por qué no? Tienes que contarme esas cosas a mí y no a tu madre. Además se que hay algo que no me has contado.

-          ¿El que?

-          Tú lo sabes bien. No dejes que... esa escoria...

-          Ah. Si, bueno, los chicos eran negros. Pero... Somos todos iguales ¿No? No creo que sea...

-          ¿Qué? ¿Es eso lo que enseñan ahora en el colegio? Tú míralos a ellos y su asquerosa piel color de mierda. ¿Es igual que la tuya? ¡No, no lo es! Y esa mierda llena nuestras calles de droga, chico. Los sudacas trajeron la maldición de la cocaina, los negros se las pasan fumando hierba, y cada uno lo suyo. Cada uno en su lugar.

-          Ya, papá...

-          Y casi todos son unos delincuentes. Hijo, no quiero convencerte de nada, porque tienes que aprender a pensar por ti mismo. Pero te digo... que cuando uno de esos crios te quiera quitar el dinero del  bocadillo, primero necesitará que quites tu puño de su boca.

-          ...

-          Venga, vámonos. Te compraré algo de  comer por el camino.

Mark y su hijo se pusieron en pie y comenzaron a andar hacia la salida. Ambos iban callados.

-          Mira, hijo. Perritos calientes, ¿Quieres uno? - dijo señalando un puesto ambulante de comida rápida.

-          Claro.

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TE ODIO, Parte 2.

Harlem, Nueva York. Ahora mismo.

Lemar Hoskins se acercó lentamente por el callejón hasta Stephen Golding, que estaba de rodillas entre las bolsas y cubos de basura mientras emitía una pequeña carcajada.

-          ¿Sabes...? - comenzó a decir Golding - Tenía entendido que el Capitán América era blanco... se ve que desde que soy famoso todos quieren probar su suerte...

Se giró con rapidez felina y la pistola de su mano derecha cayó al suelo por una patada. Hoskins ya estaba su lado.

-          Maldita escoria asesina. Veamos que tal tu suerte.

El puñetazo de Stephen Golding se estampó en la palma de la mano de Hoskins. Antes de alzar de nuevo el brazo, Lemar ya le había hundido la cara contra los ladrillos de la pared. Puede que aparte de la nariz, también hubiese perdido algún diente.

-          Matas a inocentes e indefensos, pero no puedes conmigo, ¿Eh?

-          No... los últimos chicos, los del coche... no eran ninguna de las dos cosas...

El siguiente puñetazo hizo que la mandíbula del asesino crujiera de forma preocupante. Golding se limitó a cerrar los ojos y tratar de obviar el dolor.

-          Hoy no es tu día, asesino.

-          ¿Sabes? Hoy no entras en mis planes, negro... así que te aseguro que hoy no vas a morir...

-          En eso estamos de acuerdo.

-          ... a no ser que me obligues a matarte.

Golding golpeó el abdomen de Estrella de Combate con todas sus fuerzas solo para romperse algún nudillo. Era como una pared de piedra. Lemar solo tuvo que girar el brazo para lanzar a Golding contra la pared opuesta. Era notablemente más fuerte, más alto y más robusto. Además, estaba en mejor forma.

-          Ya sabes lo que dicen de los tipos duros... - dijo Golding empuñando un machete por la parte trasera del cinturón - ...siempre se toparán con alguien mucho mas duro que ellos.

La estocada rozó el pecho de Hoskins lo suficiente para que soltara un fino reguero de sangre, pero este atrapó la muñeca de Golding con las dos manos y las movió cada una en un ángulo contrario, doblándosela de forma antinatural.

-          AAAAHG! - gritó Golding por primera vez  - maldito saco de esteroides...

El metal de la puntera de la bota se clavó en la espinilla de Hoskins dándole el margen necesario para golpearle con fuerza la entrepierna. Mientras Hoskins se agarraba sus partes bajas, Hoskins buscó algo en el interior de la gabardina. Ese superhombre podía ponerse en pie en cualquier momento. Finalmente encontró lo que quería.

-          Como he dicho antes, socio... hoy no te voy a matar...  - Golding comenzó a dar pasos hacia detrás mientras Hoskins se ponía en pie muy despacio - ...pero mañana es un buen día para morir. JeJeJeJe...

La granada cayó en el pavimento produciendo un ruido que preludiaba el final de ese encuentro. Hoskins actuó eléctricamente y la explosión solo lo lanzó bruscamente de allí sacándolo del callejón y mandándolo casi hasta la calle principal.

Después de eso, no había ni rastro de Golding, pero Estrella de Combate iba a sacarlo de debajo de las piedras. “El fin justifica los medios” Solía ser su lema.

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Me muevo en el Mustang que hace minutos le he quitado a esta gente como si fuese el coche que estoy acostumbrado a conducir y en realidad no probaba uno de estos desde los tiempos de Micro. El aparcamiento de estos viejos almacenes se pinta de negro cuando doy un frenazo con el coche y la mitad de las ruedas se quedan en el suelo.

El tipo que iba aferrado en la parte delantera cae justo delante del vehículo y creo que se rompe la columna. Me giro y ya tengo detrás a los del gran furgón blindado. La M4 hace lo suyo y desde mi asiento barro a los dos que se bajan. Ahora doy marcha atrás y el coche es acribillado por al menos cinco de ellos. Mala idea. No me dan ni un disparo y con los cristales agujereados no verán por que puerta voy a salir. Quizá no salga.

El lanzagranadas va a ser lo mejor. Una explosiva revienta el cristal del furgón. Se que dentro del furgón quedan al menos dos más, pero a esos los quiero vivos.

Recargo la carabina con un cargador nuevo y abro la puerta del furgón. Vaya sorpresa. Tres y solo hay uno vivo. Los dos que están muertos son críos.

-          Creo que no tengo que explicar el procedimiento, ¿Verdad, escoria? Ambos lo sabemos muy bien...

-          N-No...

Este tío tiene alguna hemorragia interna, no para de vomitar sangre.

-          Es muy fácil. Solo quiero un nombre. Fácil, sencillo. ¿Por qué nadie habla de este?

-          E... es...

-          ¿Si?

-          Es... Estás muerto.

Vale. Sigo sin tener nada, pero reconozco que cada vez que desbarato una de  entregas me sale bastante rentable. Y encima estos tíos no toman ninguna precaución. Simplemente se preparan porque saben que iré a por ellos y se montan en un blindado.

En total, saco cinco Uzis, tres M16, varios machetes y un montón de munición. Dinero solo llevaban el maletín y es falso, pero tengo el Mustang azul. Las cajas de cartón que contienen la droga las descargo en el agua del muelle.

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Comisaría de policía de la sección de Chelsea de Manhattan.

El despacho del comisario Reynolds estaba vacío y Edgar Rodier aprovechó para entrar y salir en menos de un minuto. Sudando por la inseguridad y el miedo a que cualquiera lo viese cogiendo aquel archivo, salió del cuarto y fue directamente a su mesa, donde se sentó y tras dar el último trago al vaso de té, trató de relajarse. Se lo habían puesto muy fácil. Vio como el comisario le reservaba el caso a Jimmy Prenner y vio como este le dejaba la carpeta (ya revisada) sobre la bandeja. Había salido demasiado bien. ¿Y todo eso por Punisher? No, no quería pensar en ese momento en Castle, ni en lo que le movía a ayudarlo... pero este nuevo asesino llevaba casi cuarenta víctimas en apenas dos semanas, y esa misma semana casi treinta de esas cuarenta. No encontraba explicación, aparte de que el asesino estuviese loco. ¿Qué demonios quería conseguir con eso? ¿Acaso quería acabar el solo con toda a población de razas no blancas?

Edgar tiró el vaso de plástico a la papelera y se acercó a sus tres compañeros habituales. Uno de ellos era una chica, Sienna, alta, rubia y con el pelo recogido en una coleta, los otros dos eran Tom y Bruce, casi idénticos entre ellos, ambos rechonchos y casi calvos.

-          Hola, chicos. - dijo dirigiéndose a todos.

-          Hola Edgar. ¿Adonde vas a ir tú? - respondió la chica, Sienna.

-          No se, pienso darme una vuelta por Central Park con Tom, ¿Verdad?

-          S-Si, vale.

-          ¿Tu a donde vas, Sienna?

-          Yo me quedaré aquí en Chelsea. El tío puede estar en cualquier lado, recuérdalo - dio un puñetazo en broma a Edgar y le guiñó un ojo - Venga, chicos, me voy ya a dar “un paseo”

-          Chao.

-          Hasta mañana.

Edgar echó el brazo derecho sobre el hombro de Tom.

-          Entonces, ¿No te importa separarte de Bruce?

-          Claro que no, hombre.

-          Bien, pues salimos en cinco minutos. Bruce, tu hoy te quedabas en casa, ¿No?

-          Exacto.

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El coche de policía aparcó en la orilla de una calle y el agente Tom dejó el periódico sobre el asiento de atrás mientras cogía el último donuts de una arrugada caja.

-          Ahora vuelvo, Tom - dijo Edgar desabrochándose el cinturón  - Voy a dar una vuelta para que me de el aire. Abre los ojos.

-          De acuerdo, yo me quedo aquí. Por cierto, insisto en que no debemos estar nosotros con el caso...

-          Claro.

Edgar se bajó y cuando entró en un bar, sacó el teléfono móvil del bolsillo y marcó un número.

-          <<¿Si?>>  - contestó alguien.

-          Nathan, soy Rodier.

-          <<Hola, Edgar. ¿llamas para saber lo de la casa?>>

-          Si.

-          <<Pues bien. Han entrado y no había nadie. Mejor te paso el informe por fax, ¿De acuerdo?>>

-          Si. Claro.

Edgar cortó la llamada y se fue con pasos ciertamente ligeros hasta el coche y se adentró en él.

-          ¿Todo bien? - preguntó Tom.

-          Claro. Solo he ido a llamar por teléfono y eso.

Casi al minuto, una hoja se imprimió en el aparatoso fax del vehículo, donde figuraban los detalles de la entrada de la policía en la casa de Stephen Golding en Chelsea. La metió dentro de la carpeta junto al resto de datos sobre este asesino y arrancó el coche. No esperaba exactamente esas noticias de su compañero Nathan, quien le informaba con noticias frescas sobre ese caso. “Mierda, tendré que ir a hablar con Castle. Joder...”

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Stephen Golding siguió corriendo por el callejón, uno de los muchos por donde se estaba moviendo. La mano le dolía y no tenía ni idea de que hacer. Tiró la gabardina al suelo del callejón y salió a la avenida, donde había una cabina telefónica. Las monedas cayeron y pronto comenzó a sonar.

-          <<¿Quién es?>> - dijo una voz de mujer en el otro lado.

-          Soy... soy Steve.

-          <<Oh Dios mío, y estarás en una calle pública>>

-          Si, claro.

-          <<Sal de ahí ahora mismo, Steve, estás en busca y captura. Han sacado tu cara en las noticias y estoy segura de que eres el centro del universo ahora mismo>>.

-          ¿Qué? ¿Cómo que tienen mi cara...?

-          <<Si, Steve. Sales en una tienda comprando un perrito... y dicen que te has cargado a un montón de gente... Steve...>>

-          Oh Dios mió, ¡No! Tengo que salir de aquí, nena. Ya te llamaré si...

El teléfono cayó de sus manos y se las llevó a la cabeza revolviendo sus cabellos dorados y haciendo que el sombrero cayese al suelo.

-          Oh Dios... ¿Qué he hecho? - comenzó a decir en voz alta mientras se adentraba en el callejón - ¡No lo iba a hacer, joder! Mira lo que he hecho... Oh Dios...

-          Hola... hermano - dijo alguien sentado en el suelo - ¿Tiene unas monedas?

Era un mendigo tapado por una manta verde situado bajo un balcón. Era negro, y eso no era lo que Steve quería entonces.

-          No... no tengo... - trató de decir Golding. Automáticamente su mano derecha descolgó la escopeta de su espalda - ...No. No. ¡No!

-          Un momento... eres ese hijo de... ¡Eres ese asesino! Eres ese cabrón que mata a pobre gente como yo, y que viste así...

Ahora la cara de Steve mostraba una incredulidad notable. Sus ojos estaban abiertos en su totalidad. Tras las palabras de aquel hombre, se miró. Llevaba unas altas botas negras y unos pantalones grises con una franja amarilla. En el tronco un chaleco negro y en el cinturón llevaba un cuchillo y dos pistolas en los muslos. Además, tenía la cara llena de sangre. No se había dado cuenta de que le reconocerían en cualquier parte.

Comenzó a correr de nuevo. La muñeca ahora era el menor de sus problemas, y menos aún la nariz, que ya había dejado de sangrar. Por suerte, eran altas horas de la noche y no había casi nadie por la calle...

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El bar es lo mismo de siempre, solo que es normal que al amanecer no haya casi nadie. La camarera gorda me sirve el café con la misma cara de desprecio que siempre y me lo bebo con el mismo asco de siempre. Tengo que decirle a Edgar que cambiemos de punto de encuentro. Espero que hoy venga. Ya han debido de pasarle los informes, y todo cuanto yo tengo es lo que he visto en la tele esta noche, y los carteles de “Se Busca” que reparte la poli. A este tipo no le van a faltar los cazadores y ahora se va a convertir en la presa. Espero que sea bueno como para merecer eso.

Alguien me toca en el hombro y el olor a despacho lo delata. Edgar Rodier. El mismo traje de ayer y el mismo peinado. Seguro que hoy no ha dormido.

-          Hola, Edgar.

-          Hola, Frank. Te lo he traído... porque no lo hemos encontrado. Su casa estaba vacía.

-          ¿Casa?

Edgar deja la carpeta sobre la barra y se sienta.

-          Está todo ahí, Frank. Lo vas a flipar.

-          Digamos que no tengo mucho tiempo. Si eso esta noche podría echarle un ojo... pero si me cuentas las perspectivas mucho mejor.

-          No hay problema. - hace una pequeña pausa y se pide una cerveza. - ¿Has visto las noticias?

-           Si. Si. Pero hay solo dicen el nombre, lo que ha hecho, y lo que pagan por él.

-          Bueno. Tiene un piso de alquiler en Chelsea, el mismo sitio donde está la comisaría en la que trabajo. Ayer por la tarde, los de SWAT tumbaron la puerta y entraron a bocajarro, pero no había nadie. El tipo lleva un mes escaso en Manhattan. En el piso había lo típico: algún libro, algún video, ropa... y armas. Tenía munición para dar y regalar, algunos cuchillos y un armario con alguna escopeta y alguna repetidora... Al parecer apunta el número de sus víctimas y la clase social en una agenda.

-          ¿Quién es este tío?

-          Stephen Golding. Se quedó conmocionado por la muerte de su padre, de quien heredó los ideales racistas en su mayoría. A sus dieciséis años se cargó a su madre y al novio de esta... era negro. Al parecer este se emborrachaba a menudo y pegaba a Steve. Acabó con los dos al mismo tiempo. Los asesinó a sangre fría el hijo de... - Edgar para un instante y se bebe casi toda la botella en escasos tragos - Entonces, algún vecino llamó a la poli y allí lo cogieron, no trató de escapar. Estuvo en un reformatorio para menores hasta los veinte... donde hirió a dos compañeros... negros. Tras salir de allí, se alistó en el ejército automáticamente. No estaba arrepentido el cabrón. Allí, estuvo un tiempo y  parece que se especializó en el espionaje. Después de esto... hay un vacío. Durante unos diez años se desconoce el paradero. Y eso que la información la hemos sacado de un montón de fuentes.

-          Está enfermo. Sicótico. Un maldito lunático.

-          Puede...

-          Edgar, puedes llevarte el informe. No lo leeré. Solo dame la dirección de su casa e iré a ver.

-          No servirá de nada, Frank. Está todo revisado.

-          ¿Cómo anda la zona de policías?

-          Pues llenemos la casa de cámaras y micros por si vuelve...

-          OK. Puedes llevarte el informe. Pago yo.

-          Castle... yo no iría a la casa. Es una locura.

Salgo del bar y me meto en el Mustang. Recargo la Benelli con corredera  y me lleno los bolsillos de la gabardina de cartuchos. No son para él, porque estoy seguro de que no lo veré por allí... pero seguro que no será la policía la única que meta las narices.

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Chelsea, Manhattan. Horas antes.

Golding llegó hasta el barrio sin problemas. Había resultado ser demasiado fácil. Se había encontrado por el camino un periódico donde salía todo lo relacionado con él. Mientras estaba en Harlem, la poli descubrió la cinta de aquel vendedor chino.

Seguía con la misma cara de incredulidad. Parecí haber visto una visión o una aparición, porque estaba asustado de verdad. Un vendaje provisional echo con un trozo de su gabardina le calmaba el dolor de la muñeca y se sentía preparado para lo que viniera, pero cagado de miedo por lo que decían los periódicos.

-          ¿Yo he hecho esto? - dijo en voz alta. - No. No he sido yo... Joder.

Se movió rápido hasta la acera de enfrente. Su piso estaba al final de la calle. Sabía que habría alguien, y por eso puso a punto la metralleta de asalto Mac10. Además, entraría por detrás.

La calle estaba desierta, todo parecía estar preparado para algo. No le gustaba nada. No podía creerlo, Dios... había hecho eso. Sin motivos. Sin escrúpulos.

Desde el corredizo lateral, pudo ver el furgón. De policías seguro. “De esos llenos de pantallas y de altavoces. Seguro que tienen la casa llena de micros y cámaras ¿Qué va a ser, serpiente o tigre? Creo que tigre” Pensó.

Subió las escaleras tan rápido como pudo y no usó la llave para abrir; la cerradura se desarmó tras una ráfaga de plomo. El recibidor fue también acribillado pero  todo lo que había era silencio. No había nadie, demasiado extraño. Sin bajar el arma, se abrió paso hasta su cuarto. Todo había sido registrado. Las armas no estaban, y tampoco otras muchas cosas. Siguió apuntando el arma por el pasillo mirando hacia todos lados hasta llegar al comedor. En el sillón había un hombre vestido con un traje marrón y el pelo largo y castaño recogido en una coleta. Lo recordó en cuanto lo vio.

-          No. Tú no, Jack. Jack Scott...no... Tú aquí no... - balbuceó Stephen - Ahora no...

-          Ahora si - respondió y le apuntó con la pistola - Tira eso.

-          Pero... no es lógico... - dijo tirando el arma al suelo - No puede ser ahora, Jack.

-          Fue mucho tiempo el que estuvimos juntos, ¿Eh? Yo te enseñé todo lo que tenías que saber en el pelotón... te enseñé que representaban aquellos símbolos alemanes...

-          Déjalo, Jack. Tengo que terminar algo. Tengo que acabar con esto.

-          Estas loco, Stephen y ahora te has cargado a un montón... y seguro que tu única excusa es “el otro”. ¿O acaso es “el otro” al que yo conocí?

-          Déjalo. Para, Jack... ¿Qué haces aquí?

-          ¿No es obvio? Hay más de una recompensa por ti, pero no solo es por el dinero. Has perdido el control y quién mejor que yo para pararte los pies.

-          No... - Stephen bajó la mano para coger el arma.

-          Para el carro, Golding. Esto está lleno. En el camión de la poli, hay dos hombres. Míos. ¿Cuántos hay en el baño? ¿En la cocina? No quieres descubrirlo, ¿Verdad? Si vienes conmigo será lo mejor, Steve. Reconozco que lo estabas haciendo bien, pero a asesinos tan fraternales como tú... solo se les pilla cuando tienen un descuido como el de la cámara de la tienda. De todas formas yo sabía que eras tú...

La mano de Stephen alcanzó la metralleta pero recibió tres disparos en el pecho que lo lanzaron hacia una mesa.

-          No es un chaleco muy bueno, Steve... ahora no me hagas reventarte brazos y piernas, ¿OK?

-          No. Nada de “OK” - sentenció Golding.

La pistola se desprendió de su costado para pegarse a su mano y los dos disparos de Jack Scott solo dañaron la mesa. El movimiento de Golding había bastado para esquivarlos y  su disparo si fue contundente; el costillar de Jack escupió dos chorros de sangre y automáticamente soltó la pistola. Ahora no era momento de preocuparse de Jack Scott. La Mac10 ya era suya de nuevo.

La ráfaga redució la puerta de cristal que daba al balcón, por donde pensaba escapar. Un giro a tiempo hizo que las balas del arma barrieran a los tipos trajeados que venían tras él.

-          ¡No vais a ser vosotros! ¡No me vais a coger vosotros! ¡¿Oyes, Scott?!

Se adentró de nuevo en el salón y lanzó dos granadas por el pasillo hasta la cocina. Disparando sin apenas apuntar, corrió hasta su cuarto y abrió la ventana. Dos tipos aparecieron de pronto y le dispararon varias veces en el chaleco. Cuando parpadearon Golding se había tirado por la ventana.

-          ¡Mierda, se ha caído! - exclamó uno.

El que se asomó hizo que su compañero dudase el imitarle. Su cabeza fue perforada por tres balazos, dos en la frente y su cuerpo cayó a los pies de su colega. Antes de reaccionar una granada entró por la ventana y en la calle llovieron trozos de cristal, de carne y de vísceras.

Steve se puso en pie y se recolocó el tobillo sin llevar cuidado. Un cargador nuevo ocupó la recámara de la metralleta de mano y se quedó en pie. ¿Subir o escapar? La pregunta no era difícil de responder cuando vio que el camión de la policía había sido desocupado. Era su oportunidad.

“Harlem, hay que ir a Harlem... y prepararse para el Plan B”.

CONTINUARÁ...