“Cuando Frank Castle vio morir a su familia a manos de la mafia inicio una cruzada contra el crimen. Convirtiéndose en juez, jurado y verdugo. Si eres culpable, estás muerto.”
Stan Lee y Action Tales presentan: Punisher
VELOCIDAD MAL LLEVADA
PARTE 2
Escrito por The Stranger/ Portada: Javier Benitez
Anteriormente en Punisher: John Crowley, la personalidad adquirida por Loki para moverse por la Tierra, ha estado jugando con Frank Castle. Ha curado a algunos de sus peores enemigos, quienes solo tienen una idea en la cabeza: venganza. De este modo, Serrucho planea atraer a Punisher hacia él, justo cuando se encuentra con Francotirador. Mientras ambos se unen para hacer frente al vigilante, éste se ha dedicado a perseguir a un organizado grupo de conductores de carreras clandestinas que llevan un negocio de robo de automóviles. Pero los problemas no acaban ahí para Castle. Jason Krueger, al que metió en la cárcel hace un tiempo, ha contratado al asesino a sueldo Jackie Dio, que está sobre la pista de Punisher.
Hace diez años.
Jackie Dio agarró a Vince por la barata camisa blanca. Soltó un veloz puñetazo sobre su cara, ya magullada por la serie de golpes que le había soltado hacía tan solo unos segundos.

La sangre se despidió de la boca de Vince. Parte de ella aterrizó en el sucio y maloliente suelo del callejón; la otra parte se agarró a los nudillos de Jackie, quien no notaría el esfuerzo de la paliza que estaba dando hasta unas horas más tarde, cuando estuviera pensando que había hecho lo correcto.
Soltó a Vince de un fuerte empujón. El criminal cayó de espaldas. Por suerte para él, no pensó en usar los codos para amortiguar la caída, pues, con la inercia tomada, se habría roto al menos uno de ellos. Y no le habría resultado nada agradable.
Dolorido, cansado, asustado y asistiendo a lo que creía sus últimos segundos en el mundo, Vince apenas podía moverse. Había recibido mayores palizas, así que, su mente le dijo que era el miedo lo que no lo dejaba reaccionar. También tenía mucho que ver que no había nada que hacer; su hermano y mejor amigo iba a matarlo, porque así era el mundo en el que se había movido, que le había alimentado y por el que había vivido desde hacía muchos años.
O te mataba la competencia. O acababas en la cárcel. O te mataba algún colega; normalmente, con el que más sentías más cerca. Existían otras opciones, pero eran menos recurrentes. Unas más agradables; otras, muchísimo menos.
Vince hubiese preferido otro final. Si tenía que morir, habría elegido que lo hiciera un desconocido, o acabar luchando, en medio de un tiroteo. Puede que con la policía de por medio.
La cárcel tampoco le había parecido nunca un mal destino. ¿Peor o mejor que la muerte? En ese instante, creía que mucho mejor. Además, siempre era un sitio del que se podía salir; en especial, si uno tenía amigos dentro o, como mínimo, carecía de enemigos.
Pero, que te matase tu hermano, era una gran putada.
Jackie fue a por él sin una mota de duda en sus ojos. Miró a un lado y a otro, durante una milésima de segundo, para comprobar que nadie entraba en el callejón y los descubría. Después de todo, aún era de día, y algún testigo podría cruzar en el momento más inoportuno.
Dio lo cogió del pelo entre pelirrojo y castaño, alzó su cabeza del suelo, provocándole un intenso dolor en ella al tirar de los cabellos, y sacó su pistola; una nueve milímetros que iba a usar para esparcir sus sesos por toda la maloliente callejuela.

El arma miró a la frente de Vince. Éste clavó sus ojos en los de Jackie Dio, no mostrando rabia o fiereza, sino miedo, pánico, terror y asombro, al comprobar que lo iba a hacer de verdad.
El dedo de Jackie acarició el gatillo. Lo presionó levemente, dispuesto a apretarlo del todo en un instante fugaz en el que todo habría acabado. Vince estaría muerto, como le habían ordenado, y él habría sido su asesino.
Sólo tenía que apretar el gatillo. La bala haría el resto. Era lo bueno de las pistolas: ellas trabajaban; tú sólo tenías que darle un empujoncito.
Para sorpresa de Vince, que saboreaba la sangre de su boca con fruición, saboreándola, sabiendo que era lo último que su lengua probaría, Jackie alzó la mano con la que sostenía el arma. Algo apareció en sus ojos. Algo parecido a la esperanza para Vince.
–Que Dios me ayude. Tendría que hacerlo, debería hacerlo de verdad –musitó Dio.
Soltó a su hermano de golpe. Cayó al suelo con un sonido sordo, tosiendo, escupiendo sangre, mientras notaba sus músculos totalmente petrificados, como si su cuerpo pesase una tonelada. No comprendía lo que estaba sucediendo, pero estaba vivo, y eso era lo único que importaba.
Destrozado, pero vivo.
Oyó el inconfundible sonido de un mechero. Levantó la cabeza lo que pudo, y observó cómo Jackie se encendía un cigarrillo tras guarda su pistola.
–En vez de eso, has perdido tus privilegios en Nueva York –sentenció Dio–. Te quiero fuera de la ciudad para ayer.
Le dio la espalda a Vince como si fuese basura. La mente de éste navegaba entre insultarle, escupirle y maldecirle por el gesto, o agradecérselo. Al fin y al cabo, seguía respirando.
–Te estoy dando una oportunidad, Vince –dijo Jackie, girándose.
Tomó su cigarrillo encendido con dos dedos y lo lanzó hacia Vince. El palito de cáncer le dio en la frente, rebotando y yendo a parar al suelo, justo a su lado, donde no tardó en apagarse, sobre un pequeño charco de sangre.
Cuando Vince tuvo fuerzas para gatear, Jackie Dio hacía media hora que se había largado.
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Ahora.
Serrucho y Francotirador bajaron, no sin esfuerzo, la pendiente que los separaba de la nave industrial donde los hombres del primero esperaban, sin saberlo, la muerte que se dirigía hacia ellos. En las sombras, a pocos metros de la entrada, la figura de Punisher se acercaba, sigilosa, dispuesta a convertir el interior del recinto en un infierno.
–Vamos, tenemos que aprovechar mientras está distraído con ellos –susurró Serrucho a su compañero, que intentaba recuperar el equilibrio ante el desastroso paisaje campestre en el que se movían; las sombras no facilitaban su travesía.
Antes de darse cuenta, ya estaba en el camino de tierra que conducía a la nave industrial. A la distancia en la que se hallaban no podían ser descubiertos, a pesar de que nada los tapaba. Sin embargo, ellos podían ver la silueta del justiciero rodeando el sitio, probablemente, a punto de entrar en él. Esperando el momento oportuno para ello.
De repente, Serrucho se detuvo de golpe. Francotirador no se dio cuenta de que su acompañante faltaba a su lado hasta que llevaba dados unos tres pasos.
– ¿Qué ocurre? –preguntó Von Burian.
– ¿Puedes alcanzarle desde aquí?
Francotirador lo miró sin saber a qué se refería. Uno de los dedos de Serrucho señaló hacia la silueta que seguía observando el interior de la nave industrial
– ¿Qué si puedo alcanzarle? –Repitió Francotirador–. Podría alcanzarle a una mosca en los huevos desde kilómetros de distancia. Por supuesto que puedo darle desde aquí. Un niño podría.
–Pues dispárale.
Von Burian creía haber oído mal. No podía estar escuchando aquellas palabras saliendo de la boca de alguien que quería acabar con Castle.
– ¿Estás loco? ¿Te estás rajando? –escupió Von Burian.
–Estoy muy cuerdo. Si conoces a Castle, sabrás que es capaz de darle la vuelta a la situación cuando menos te lo esperas. –Serrucho no dejaba de observar la oscura figura que seguía moviéndose entre las sombras–. Si podemos matarlo ahora, deberíamos hacerlo.
Francotirador fue a responder, pero algo saltó en su cerebro. Tenía razón. ¿Por qué arriesgarse a intentar matarlo en una refriega, o acercarse demasiado a él, y las tornas podrían dar la vuelta?
Lo había visto muchas veces. Gente como ellos, intentando disfrutar de los últimos momentos de sus victimas, que veían, sorprendidos, como la situación se complicaba lo suficiente como para convertirse, en cuestión de segundos, en las presas. Todo por no haber apretado el gatillo en el momento indicado.
Alzó el rifle. Antes de observar por la mirilla telescópica, lo pensó mejor y bajó el arma.
– ¡Hazlo! –insistió Serrucho.
–Mi historia con Frankie es lo suficientemente personal como para querer mirarle a los ojos cuando se le escape la vida –explicó Von Burian–. Tú puedes irte si no te quieres meter en esto, pero yo quiero olerle el aliento cuando le meta una bala en el cuerpo.
Francotirador continuó avanzando, justo cuando el sonido de disparos salió de la nave industrial. Serrucho, finalmente, lo siguió, sin dejar de escuchar el atronador sonido de las armas descargando sus mortales proyectiles.
No tardaron en llegar a la entrada del enorme recinto. Cada uno se colocó a un lado del iluminado umbral. Los disparos habían cesado, aunque podían escuchar la suplicante voz de un hombre pidiendo piedad.
Serrucho y Francotirador se miraron. Tras asentir, dejaron la seguridad que les proporcionaban sus puestos y se internaron dentro de la nave, cada uno cubriendo un frente. Lograron encontrar nuevos lugares defensivos tras unas pilas de cajas de incierto contenido. No tardaron en asomar la cabeza para observar qué ocurría.
A unos pocos metros, de espaldas a ellos, un hombre ataviado con una larga gabardina negra apuntaba a otro que se encontraba tirado en el suelo. Éste se sujetaba el hombro derecho, que sangraba profusamente. A su alrededor, los que minutos antes habían sido sus amigos, se hallaban desperdigados y completamente muertos.
Francotirador le hizo señas a su compañero para que le cubriese mientras él salía. Esperaba que, aunque no tuviese preparación militar, si poseyese el suficiente cerebro como para entenderlo; por suerte, así fue.
Salió de su escondite con el rifle en alto, apuntando en todo momento a Punisher, mientras éste observaba al hombre que se desangraba ante sus ojos. Una vez estuvo seguro de que tenía a su objetivo en el punto de mira, de un gesto invitó a Serrucho a unirse a él.
Justo cuando Punisher desperdigaba los sesos del criminal que tenía a su merced, Serrucho llegó hasta donde estaba Francotirador. En cuanto pudo, alzó su escopeta y la disparó contra la espalda del enemigo, que cayó al suelo, y no se movió de allí.
–Así estará calmado –sentenció Serrucho.
Von Burian estuvo de acuerdo, aunque no dejaba de dirigir su arma hacia el cuerpo caído en ningún momento.
–No se mueve –dijo Serrucho–. ¿Me lo habré cargado?
Se fue acercando hacia el inmóvil Punisher. Francotirador se colocó a su lado, señalándole el suelo con la punta del rifle.
–No hay sangre, eso significa que…
De repente, a la velocidad de una serpiente, Punisher se levantó y se giró hacia ellos. Francotirador fue a disparar, pero lo que vio le sorprendió tanto que, por primera vez en mucho tiempo, se quedó totalmente congelado.
–Tú no eres Frankie –musitó.
Efectivamente, el hombre que tenía ante sus ojos no era Frank Castle. De pelo rubio, barba de varios días, expresión cansada, y de menos altura que el original Frank Castle, vestía de los pies a la cabeza de negro, como éste. A sus pies, los restos de la gabardina oscura destrozada por el disparo de Serrucho.
Antes de que cualquiera de los dos criminales pudiese reaccionar, Punisher apretó el gatillo de su pistola. Ésta escupió balas que buscaron la carne de sus objetivos.
Francotirador, entrenado durante años, fue el primero en moverse, buscando un lugar tras el que parapetarse. Serrucho reaccionó más tarde, lo que causó que uno de los proyectiles le atravesara la pierna izquierda. Su huida fue más lenta, dolorosa y dejó un reguero de sangre tras él.
– ¡Agh! ¡Estoy herido! –chilló Serrucho tras su improvisada barricada. Fuera, Punisher seguía disparando–. ¡¿Por qué cojones no está muerto ese cabrón de Castle?!
– ¡Chaleco antibalas, genio! ¡Y ese no es Castle! –rugió Von Burian. El tono de su voz dejaba entrever la rabia que le embargaba en ese instante, provocada, no sólo por haber cometido un error de envergadura, sino por no haber encontrado a Frank Castle.
No, el Punisher que les disparaba no era Frank Castle. Se trataba de Thomas Dillon (1) que, desde que se había cobrado su venganza contra Howard Saint, seguía incrementando su lista de víctimas, con los criminales, delincuentes y demás calaña como sus principales objetivos.
– ¡Y quién cojones es! –aulló Serrucho, intentando negar el dolor que le recorría el cuerpo.
– ¡No lo sé, pero va a acabar pronto su carrera! –Francotirador apretó su rifle entre las manos. Señaló un hueco hacia la derecha de su compañero–. ¡Dispara tu escopeta por ese lado! Cuando se distraiga, atacaré.
Justo cuando Serrucho iba a presionar el gatillo de su arma, algo lo detuvo. Tanto él como Francotirador habían visto que algo, un pequeño objeto verde, había aterrizado en el centro de donde se encontraban. Al ver que era una granada sin anilla, salieron corriendo hacia el exterior de la nave, sin importarles las balas que podrían correr hacia ellos.
La explosión no los alcanzó. En cambio, la pequeña onda expansiva los lanzó por los aires, haciendo que comiesen tierra suficiente de los terrenos que rodeaban la nave, como para recordar su sabor durante unas semanas.
–Hijo de puta… –Von Burian se levantó, con los oídos pitandole–. ¡Hijo de puta! ¡Voy a vestirme con la piel de ese cabrón! ¡Voy a acabar con él!
Una vez en pie, y pese a la nube de polvo que había levantada, empezó a disparar sin control hacia todo lo que tenía frente a él. A su lado, Serrucho se incorporó, atontado, herido y casi sordo, imitándole. El atronador sonido de su escopeta se unió a las detonaciones del rifle.
Cuando todo se disipó, y sus balas se agotaron, cargaron sus armas. No había nada frente a ellos, sólo los restos de la destrucción ocasionada por la granada. Aún así, les dio tiempo a ver a una figura vestida de negro metiéndose en una pequeña habitación, en uno de los lados de la nave.
Los asesinos corrieron tanto como les dejaba la situación en la que estaban. Llegaron justo cuando la puerta de la estancia se cerraba ante ellos. Von Burian trató de abrirla, pero estaba cerrada por el otro lado, y era de metal, demasiado resistente como para abrirla a patadas.
– ¡Te has metido en un callejón sin salida! –gritó Francotirador.
Nadie respondió desde el otro lado.
–Vamos a dejarlo hecho un colador. –Von Burian se separó del lugar lo suficiente como para que no rebotasen las balas. Serrucho vio lo que hacía, y lo imitó.
No tardaron en disparar el contenido de los cargadores. Los casquillos volaron por todas partes. Los trozos de pared los acompañaron. Los cristales llovieron como mortales gotas de agua en una ventisca. La puerta de metal, antaño fuerte y recia, quedó hecha añicos, de tal modo que un simple soplo podría haberla tirado.
En vez de eso, fue una patada de Francotirador lo que acabó por desvencijarla. En el interior de la pequeña estancia, que no era más que una especie de cubículo donde en otro tiempo descansaba el guarda de la nave, no había nadie.
– ¿Dónde demonios está? –preguntó Serrucho, que se acercó cojeando.
Von Burian no respondió. No había sangre, ni ropa rota, ni armas… Sólo numerosos agujeros de bala, hechos por sus armas. Nadie podría haber sobrevivido a la destrucción que habían provocado. Absolutamente nadie.
Ni siquiera el autentico Punisher.
Algo llamó su atención. Una especie de puerta escondida tras tres percheros con montones de abrigos colgados. Al retirarlos y abrir la recién descubierta puerta, halló un pequeño servicio, con su lavabo, su retrete y una ventana abierta que daba al exterior.
–Ya sabemos por dónde ha escapado –certificó Serrucho.
Francotirador maldijo mentalmente, prometiendo encontrar y acabar con aquel que se hacía pasar por su más enconado enemigo.
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En otro lugar.
El hombre se metió el dedo en la nariz y escarbó con interés, buscando lo que le molestaba. A los pocos segundos sacó una pelotilla verde que se limpió en el mono de trabajo; tras la poca higiénica actuación, siguió revisando los papeles que tenía entre sus manos.
– ¡John! –gritó–. ¡John! ¡John!
No dejó de aullar hasta que oyó el sonido de pasos acercándose a su posición. Su compañero de trabajo, de aspecto delgado y barba de varios días, apareció, limpiándose las manos con un trapo llenó de grasa.
– ¡Qué cojones quieres, Barry!
– ¡Llevo dos horas llamándote, joder! –Escupió el hombre de prominente barriga–. ¿Has arreglado ya la Harley que de anoche?
– ¡En eso estaba, coño!
– ¡Pues dilo, cojones!
John escupió en el suelo. Se giró, dispuesto a seguir con su trabajo, pero decidió volverse hacia Barry.
– ¿Por qué no cierras las puertas? Hace frío y trabajo mejor en la intimidad.
– ¡Tenemos ordenes de Pierre de no cerrar las puertas! –Estiró uno de sus manchados dedos y señaló al fondo del taller mecanico–. ¡Ahí no hace frío!
– ¡Y encima tengo que aguantarte sólo a ti toda la puta noche! –John volvió a encaminar sus pasos hacia la motocicleta que estaba por arreglar.
– ¡Deja de quejarte, señorita! ¡Y a trabajar! ¡Por el dinero que cobras, deberías dar gracias de tener curro! –Uno de los dedos de Barry volvió a la nariz–. ¡Yo también tengo que soportarte toda la noche! ¡Deberíamos ser más, pero es lo que hay! ¡No nos han enviado a nadie, y tú vienes con quejas estúpidas!
El gordo mecánico abrió la boca para seguir soltando sus protestas e improperios, pero al mirar al frente, se encontró el cañón de una escopeta. Sus horribles palabras con olor a cerveza se le atragantaron. Notó temblar sus fofas piernas al ver la calavera blanca en el pecho del hombre que le apuntaba.
–John… –musitó.
Punisher, el autentico Frank Castle, disparó. El aire se vio lleno de trozos de hueso y abundante sangre adornada con fragmentos de cerebro. Antes de que el cuerpo de Barry tocase el suelo, Punisher se giró velozmente, y descargó una nueva dosis de plomo sobre la espalda de John, partiéndolo en dos. Para horror de cualquier persona normal, el hombre seguía vivo en el suelo, con el cuerpo prácticamente todo por la mitad. Punisher se acercó a él y acabó el trabajo.
“Es extraño”, pensó el vigilante.
Observó el taller. Ya había estado escrutándolo desde fuera, un buen rato, el suficiente como para asegurarse de los hombres que había dentro, asegurar todas las entradas que había, y tener claro los puntos de huida en el caso de que le hicieran falta.
“Los demás talleres estaban llenos de trabajadores. No los bastantes como para ser un problema, pero sí los suficientes como para no andarse con remilgos, pero éste…”
Revisó los vehículos robados. Varias motocicletas, y un buen montón de automóviles, la mayoría de alta gama, aunque había algunos bastante corrientes. Probablemente, sus auténticos dueños habrían sido asesinados o se verían privados de sus medios de transporte, a pesar de que sólo los iban a usar para sacar de ellos las piezas necesarias.
“Hay material de trabajo. Se nota que vienen aquí muchos trabajadores, pero esta noche no. Sólo estos dos, que ni siquiera iban armados, aunque sabían bien lo que estaban haciendo”
Algo se disparó en la cabeza de Punisher justo cuando estaba en el lado izquierdo de un cuatro por cuatro enorme y de color rojo fuego. Fue un par de segundos antes de que viese moverse por el taller, de manera sigilosa, a unos quince hombres armados.
“He sido lo bastante estúpido como para meterme en una trampa”
Se agachó tras el enorme vehículo antes de que una brutal lluvia de balas volase hacia él. El atronador sonido de los proyectiles saliendo de las armas inundó el aire, provocando que casi ni se oyesen las órdenes que Pierre daba a sus hombres.

Cristales y trozos de metal empezaron a volar por los aires. Aunque el cuatro por cuatro era bastante resistente, con la cantidad de castigo que estaba recibiendo se vería reducido a un amasijo de hierros y plástico en cuestión de minutos. Y eso si no le daba a alguno de aquellos malnacidos por acercarse lo suficiente para dispararle de cerca.
Punisher intentó buscar una vía de escape, al menos, para tener un ángulo mejor de tiro. Fue a alejarse del coloso con ruedas, pero varias balas le cortaron el paso, haciendo que volviese a su barricada.
Sabiendo que no podría alejarse demasiado sin ser herido, probó a hallar un hueco por el que disparar a sus enemigos. El flanco derecho estaba totalmente cubierto; el izquierdo, aún más y, si atacaba por la parte baja del coche, ellos se percatarían de ello y acabaría peor. Probablemente, mataría a uno o dos antes de que siguieran su ejemplo.
Eran demasiados, y lo habían pillado con la guardia baja. Y, por si las cosas no estuviesen lo bastante mal, había dejado su furgoneta bastante alejada del taller. En principio, sólo pensaba inspeccionar la zona, pero al ver a los dos hombres, le habían podido las ganas de atacar.
¿Se hacía viejo, o era más estúpido con el tiempo? ¿Más confiado? Ya tendría tiempo después de pasarse factura a sí mismo, siempre que sobreviviese.
Para su sorpresa, los disparos cesaron. Asomó levemente los ojos por la ventana de su lado del automóvil, que ya carecía de cualquier cosa parecida a un cristal. Pudo contemplar a los quince pistoleros a cuatro metros del cuatro por cuatro, quietos, pero dispuestos a descargar el resto de la munición sobre él a la mínima oportunidad. No parecía que se hubiesen dado cuenta de que los estaba observando.
– ¿Estás ahí, Castle? –Preguntó una voz joven–. ¿O la has palmado?
“Todos se ponen a hablar en momentos como éste”, pensó Punisher.
“Son aún más idiotas que yo”
Aprovechó que mientras hablasen no estarían atacándole, para intentar hallar la vía de escape que necesitaba. O, al menos, algún hueco por el que contraatacar sin peligro de que pudieran acosarle con su mayor número.
– ¡Sal y acabemos con esto!
– ¿Qué pretendes? –Se escuchó una voz diferente a la primera–. ¡Vamos a por él y acribillémosle!
– ¡Pretendo salir de aquí con vida!
– ¡Si pudiera con nosotros, ya estaríamos muertos!
Punisher dejó de buscar una salida. Le interesaba saber quiénes estaban discutiendo. Al fin y al cabo, si sobrevivía, tendría que poseer un par de caras a las que perseguir para hacerles pagar la trampa en la que había caído.
Poco a poco, asomó de nuevo sus ojos por la ventanilla del conductor. Pudo ver a un tipo enorme, un gigante rubio con sólo un ojo, gritándole a un hombre que le llegaba por la mitad. Un joven de aspecto callejero con tatuajes y pendientes, que parecía más salido de una discoteca de barrio que de una camada de criminales y delincuentes sanguinarios.
“Uno de ellos los dirige, pero no sé quién”
Observó con cuidado. El que había hablado había sido el joven, así que, concluyó que ese era quien encabezaba el grupo de pistoleros. Escrutando al coloso tuerto, algo no cuadraba en aquel escenario.
“¿Cómo puede dirigir ese chico a esa bestia? Sus movimientos, su ímpetu… Parece fuera de lugar al lado de ese mamón con menos edad que muchas de las balas que tiene mi arma”, pensó Castle.
“Sea quien sea ese chico, es importante”
Sacó, lentamente, una pistola de 9mm de su cinturón. La colocó sobre la ventanilla por la que observaba, dispuesto a matar a Pierre Savage, y cortar la cabeza de la serpiente que tenía pegada, pero se detuvo. Si disparaba, acabaría con el líder, pero también con lo único que detenía al enorme tipo rubio que solamente quería ir a por él, aunque para ello tuviesen que morir todos.
Además, si descargaba su arma en ese momento, no tendría oportunidad para irse y combatir en otro momento. Y quería devolvérsela a aquellos criminales de tres al cuarto. Oh, cómo quería acabar con ellos.
Guardó la pistola, para lo que tuvo que usar todas sus fuerzas. Ya podía imaginarse el olor a sangre en el ambiente cuando el arma volvió a ocupar su sitio.
– ¡Se acabó la discusión! –aulló Pierre Savage–. ¡Castle, sal de ahí y acabemos con esto! ¡Estás acabado! ¡Has perdido y punto!
“Si pierdo, no va a ser con un niñato como tú”, rugió Punisher en su mente.
– ¡No tienes nada! ¡O sales tú, o vamos nosotros!
Castle buscó en su equipo. Efectivamente, no tenía nada. La escopeta, la pistola y un cuchillo de caza. Nada más. Ni siquiera una granada, o gasolina con la que hacer un buen fuego.
Recordó los coches que había cerca de los criminales. No lograría asomarse y dispararles a los tanques de combustible con la suficiente pericia y rapidez como para hacerlos explotar.
– ¡Espero que tengas un buen lanzacohetes, porque vamos para allá! –amenazó Pierre.
Una pieza de metal que le ocupaba toda la mano llamó la atención de Punisher. La cogió, y se le ocurrió algo. Si eran lo suficientemente tontos como para caer, estaría a salvo. Y había visto que el cuatro por cuatro tenía las llaves puestas.
Los criminales cargaron sus armas para tenerlas llenas de balas, y avanzaron. Sorprendidos, vieron cómo algo salió despedido desde donde estaba oculto Punisher.
– ¡Una bomba! –gritó uno de ellos.
El efecto dominó no se hizo esperar. Los pistoleros empezaron a correr, despavoridos, sin importarles nada más que alejarse de lo que había caído a sus pies. James fue el único que se giró cuando llevaba dados un par de pasos, para observar lo que había arrojado Punisher.
– ¡Nos ha engañado! –aulló al ver la pieza de metal.
Antes de que pudieran recuperar sus posiciones, el cuatro por cuatro ya estaba en marcha. Los hombres empezaron a disparar al ya agujereado vehículo, pero éste siguió su curso, encaminando sus ruedas hacia la salida.
Los gritos y disparos fueron la banda sonora de la escapada del taller de Punisher. Un par de proyectiles lo alcanzaron, pero el chaleco antibalas que pocas veces no se ponía para salir a matar, evitó males mayores. Ninguna de las balas acertó a las ruedas, algo más difícil de conseguir que lo que contaban las películas.
Los delincuentes persiguieron el coche hasta varios metros fuera del taller. En pocos segundos lo perdieron de vista. A pesar de lo destrozado que estaba, había logrado alejarse de ellos lo suficiente como para escapar, y todo había pasado en cuestión de segundos.
Pierre fue el último en detenerse. James, nervioso y enfadado, se situó a su lado.
– ¡Cogeremos los coches y lo atraparemos! –rugió como el gigante que era.
–No –respondió el pequeño de los Savage.
– ¡¿Qué no?!
–No vamos a atraparlo. No lo alcanzaremos.
– ¡Si no nos movemos ya, no, idiota!
Pierre observó que el arma de James acababa de escupir su cargador. Aprovechó para apuntarle a la cara con su propio instrumento de muerte.
–Vas a obedecerme, James, o te disparo en la cara, y digo a mi hermano que te mató Punisher, ¿de acuerdo?
– ¿Te han salido huevos de repente? –bromeó James.
–Y a ti se te van a caer si no me respondes. ¿Estamos bien o no?
Aún en la oscuridad, James pudo escrutar los ojos de Pierre. En ellos ya no había el miedo que había captado durante años. No, estaban llenos de una terrorífica resolución que le sacudió el cuerpo.
–Lo que tú digas –murmuró el coloso.
–Así me gusta. Cuando estés con mi hermano, cuéntale lo que te convenga, pero ahora mismo, estás bajo mis órdenes. –Pierre retiró el arma, aunque no demasiado–. Volverá. He leído sobre ese tipo, y seguro que tú también, si sabes leer, claro. Punisher no es el tipo de hombre que suele huir y esconderse para encontrarte días después. Sabe que estamos aquí, así que, volverá en cuanto pueda y nosotros sabemos que lo hará, así que, prepararemos el taller, lo esperaremos y acabaremos con él.
Pierre dio una amistosa palmada en el pecho del hombre.
–Vamos –dijo, reuniéndose con sus hombres, a los que pasó a repetir lo dicho a James. Éste, por su parte, siguió al menor de los Savage.
– ¿Quién ha gritado lo de la bomba? –preguntó el tuerto.
Uno de los delincuentes, de aspecto hispano, levantó su mano derecha. Antes de saber qué ocurría, James había cargado su arma, sólo para descargarla sobre él.
–La próxima vez ten mejor ojo, basura –escupió James.
Todos se metieron en el taller, que se cerró casi al instante. Ninguno de ellos vio la figura que se parapetaba en una zona alta del lugar, con un rifle de precisión entre sus manos.
Jackie Dio dejó de observar por la mirilla del arma. Se mantuvo pensativo sobre los acontecimientos. Había llegado justo antes de que los quince hombres se pusieran a disparar sobre alguien a quien no vio hasta que estuvo mejor situado. Gracias a la precisa mirilla del rifle pudo comprobar que Castle estaba dentro y que era acosado por los asesinos.
La tentación llamó entonces a su puerta. Pedía entrar, ofreciéndole tomar su mano para apretar el gatillo y ayudar a Punisher. En cuanto saliese a ver quién era su salvador, le volaría la cabeza, y acabaría su encargo. Era un buen plan, pero para ello tendría que matar a los suficientes antes de que uno solo de ellos cerrase el taller a cal y canto.
Esperó entonces a que se matasen entre ellos. Luego, comprobaría que Punisher estaba muerto y se agenciaría el merito. Fin de la historia.
Sin embargo, no todo había salido bien. El vigilante había cambiado las tornas, y había huido; más que probablemente superado por el número de enemigos, que daban la impresión de haberle tendido una buena trampa.
Mientras huía en el destrozado cuatro por cuatro, Jackie pensó en matarlo. Era todo un golpe de suerte que se encontrase allí, en el camino de su rifle, justo cuando parecía que tendría que intervenir. La idea de buscar el taller había sido suya, claro, pero nunca había creído que encontraría a Castle tan pronto. Y, además, se le presentaba aquella oportunidad.
Vio que los criminales que querían su cabeza salían del taller, persiguiéndolo. Punisher estaba en su punto de mira, pero se lo pensó mejor. Los otros lo perseguirían y, con el cuatro por cuatro en movimiento, podría fallar. Pero le preocupaba más matar a Castle y que los criminales quisieran su cabeza como compensación. Era bueno, pero no estaba preparado para aquel pequeño ejército.
Así que, dejó escapar al justiciero, e ideó otro plan. Esperaría a que volviese, como parecía que iban a hacer los habitantes del taller. Mejor aún, los iría matando, uno por uno, silenciosamente, les tendería una trampa y, cuando Punisher volviera dispuesto a matarlos a todos, se encontraría sólo con él, escondido, y listo para reventarle la cabeza.
Dio sonrió. Después, se ocultó en las sombras.
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Hace diez años.
Jackie Dio se ajustó el elegante abrigo negro que llevaba. La bufanda roja se le deslizó levemente por el cuello, como una serpiente queriendo huir. Sus manos enguantadas la cogieron antes de que acabase en la nieve que mojaba sus pies.
–Te he dicho que no. Y no es que no, ¿tan difícil es de entender? –protestó por el obscenamente aparatoso teléfono móvil que sujetaba sobre su oído derecho.
Se acercó a la esplendorosa fuente de la plaza. Pensó en sentarse para seguir hablando por el aparato más cómodamente, pero vio a tiempo la escarcha que había en los bordes, y decidió seguir de pie.
–Podríamos haber hablado esto en otro momento; aquí me estoy helando los cojones. –Jackie observó toda la nieve que cubría la plaza. Varios copos aterrizaron sobre su cabeza, advirtiéndole que aún no habían acabado con él.

No había nadie por la zona. Dio lanzó una sonora maldición, una vez se hubo alejado el teléfono, indicando que todo el mundo era más listo que él. ¿Quién le obligaba a salir un día como ese? ¿Y a contestar al móvil?
–Los negocios son los negocios. Sí, no te estoy diciendo que hagas eso… No, no me has entendido, pero si te paras a pensarlo, lo que hablamos es la mejor decisión que puedes tomar. –Jackie esperó a que la otra voz le hablase–. Es posible, pero mucho más arriesgado, y no podemos…
De repente, cuatro coches patrulla salieron de la nada, y rodearon al criminal. De cada uno de ellos salió una pareja de policías que, tras las puertas abiertas de los vehículos, lo señalaron con sus armas reglamentarias.
– ¡Jackie Dio, está detenido! –gritó uno.
–Luego te llamo… –susurró Dio al teléfono, colgándolo al instante. Se volvió a los policías, con un gesto no demasiado amigable–. Odio a la pasma… ¡¿Cómo me habéis encontrado?!
– ¡Pon las manos sobre la cabeza, y ponte de rodillas! –ordenó el mismo agente de la ley.
–Odio a los policías –gruñó Jackie.
Los agentes se fueron acercando al criminal. Éste levantó las manos, dispuesto a entregarse. Estaba rodeado de policías, la mayoría de ellos con sus armas levantadas. Al menor movimiento acabaría como un colador. ¿Qué podía hacer? A veces se ganaba, y otras se perdía.
– ¿Cómo me habéis encontrado, cabrones? –gruñó.
Y entonces lo vio.

Se encontraba en el asiento trasero de uno de los coches patrulla. Disfrutando del calor del interior del vehículo, cómodo, relajado, confortable. Era Vince, su hermano. Aquel al que no había querido, o podido matar.
En cuanto sus miradas se cruzaron, Vince sonrió. No con una mueca agradable, o alegre, sino con un gesto cruel, malvado y mezquino. Quizá, si no hubiese sonreído de aquella forma, Jackie no hubiese hecho lo que había hecho.
Reaccionó velozmente, como una pantera. Prácticamente, ni siquiera miró al policía que tenía más cerca. Le agarró la mano con la que sujetaba su arma, y la lazó. Para su desgracia, el dedo del agente apretó el gatillo, haciendo que una bala acariciase el lado derecho de su rostro.

La sangre no tardó en resbalar por la cara del criminal mientras usaba al policía como escudo. Sus compañeros se negaron a disparar. Dio, en cambio, no tuvo tantos reparos. Apretó los dedos del agente, y estos accionaron el gatillo. Apuntó entonces la pistola hacia los demás policías, que cayeron muertos ante la lluvia de balas, que los pilló por sorpresa.
Cuando cuatro de sus enemigos ya habían caído, el que tenía entre sus brazos se revolvió, zafándose de su presa. Jackie terminó de descargar la pistola sobre él, un segundo antes de recibir varios proyectiles. Dos no le alcanzaron, pero los dos siguientes se clavaron en su hombro derecho.
Herido, pero notando como la adrenalina le aliviaba el dolor, y calentaba su cuerpo, corrió hacia los demás agentes, a los que arrojó la pistola vacía. El arma dio a uno de ellos en la cabeza; el otro se retiró, no de forma calculada, sino innata. Jackie aprovechó para arrojarse sobre ellos.
Al primero le sacudió una patada en la entrepierna que lo hizo caer sobre la nieve. Al segundo le rompió la nariz de un cabezazo que calculó mal, acabando él también por hacerse daño. Aún así, el policía cayó al suelo, junto a su compañero, ambos retorciéndose de dolor.
Rápidamente, Jackie cogió la pistola caída de uno de ellos. Se giró justo a tiempo de recibir una bala por parte del último agente que quedaba en pie. Aún así, logró disparar sobre las rodillas del hombre, dejándolo fuera de combate.
Jackie Dio observó la matanza cometida. Poco a poco empezó a notar las heridas recibidas, y supo que le esperaba una agonía indescriptible de la que no se acordaría, porque acabaría quedando inconsciente. Pero antes, tenía algo que hacer; la razón por la que había asesinado a cinco policías y dejado ko a otros tres: Vince.

Vio que su hermano seguía en el coche, mirando horrorizado el espectáculo. No le sorprendió que no huyese, no porque no fuese un cobarde, sino porque pensó que querría ver cómo era tiroteado por los agentes de la ley. Ahora, si salía del coche, acabaría muerto; dentro, aún tenía una minima posibilidad.
Dio escuchó un par de lamentos. Los policías noqueados empezaban a levantarse. O se daba prisa, o acabaría por tener más problemas de los que podía tragar.
Se acercó al vehículo. Observar el gesto de terror de su hermano que iba aumentando conforme se aproximaba, merecía todas y cada una de las balas recibidas.
Rompió una de las ventanillas traseras con la culata de la pistola. Vince se arrojó al otro lado del asiento, chillando como una mujer.
– ¡Por favor, Jackie! ¡Esto no es lo que parece! –gritó.
Dio le apuntó con la pistola. Su cara irradiaba decisión.
– ¡No me mates! ¡Soy tu hermano, Jackie! ¡No puedes matarme!
–Voy a hacer lo que tendría que haber hecho –sentenció el criminal.
Su dedo se acercó al gatillo. Justo cuando estaba a punto de presionarlo, algo se le pegó a la mano, envolviéndola por completo. Los ojos de Dio se abrieron por completo al observar una pegajosa sustancia.
– ¿Telaraña? –pudo decir.
– ¡Eso mismo, chico malo!
Jackie Dio se giró. En la parte superior de una farola cercana se encontraba una figura vestida de rojo y azul, observándole con sus grandes ojos blancos. Una enorme araña roja adornaba la espalda del recién llegado.

– ¿Se puede saber quién cojones eres tú? –rugió Dio, aunque no hacía falta preguntarlo.
– ¡Tu amistoso vecino Spiderman! –exclamó el superhéroe.
– ¡Quítame esta mierda de encima en cinco segundos o…!
No pudo terminar la frase. Spiderman se lanzó sobre él, sacudiéndole un fuerte puñetazo en la barbilla. Dio aterrizó sobre su espalda, mareado, contusionado y al borde del desmayo.
Mientras intentaba no ser tragado por la oscuridad, oyó como los policías supervivientes alejaban al trepamuros a base de amenazas y disparos. El arácnido, tras hacer un par de chistes malos, y pegar un par de saltos, se perdió en la jungla de cemento que era Nueva York.
Cuando estaba a pocos segundos de sumirse en un placido sueño, Jackie fue levantando por los policías, que lo metieron en la parte de atrás del coche patrulla, junto a su hermano. No tardaron en ponerle unas esposas, de forma brutal.
–Al final, me has alcanzado, Jackie –dijo sonriendo Vince–, pero no me has cogido y, me temo, que no lo harás en mucho, mucho tiempo.
Lo último que vio Dio fue la sonrisa sardónica de su hermano.
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Ahora.
Eran las nueve de la mañana cuando Francotirador tomó el segundo chupito de whisky en el solitario bar de carretera conocido como “El culo del Infierno”. Era un local bastante frecuentado, aunque siempre de noche, cuando caía la oscuridad sobre la larga e interminable carretera junto a la que estaba situado. De día era poco menos que una casa de fantasmas, habitada sólo por sus trabajadores y algunos de los bebedores habituales, que no se acercaban mucho antes de las doce del mediodía.
El barman y dueño del establecimiento se internó en la cocina, dejando la botella de whisky encima de la barra. Tenía cosas que hacer, y aquellos tipos, uno vestido con ropa de motorista y una siniestra máscara, y el otro trajeado de militar, se podían servir sin él. No les extrañó su aspecto; durante los veinte años que llevaba dirigiendo “El culo del Infierno” había visto cosas más raras.
– ¡Esto va a dolerme durante toda una semana! –rugió Serrucho al salir del cuarto de baño.
Von Burian echó un vistazo a su improvisado compañero. Vio que llevaba la pierna izquierda vendada por la parte en la que le había herido Punisher. Bueno, el hombre que se vestía como Punisher.
– ¿Te has quitado toda la bala? –preguntó Francotirador.
–Apenas había bala que quitar.
–Si no te lo curas bien, y te has dejado alguna esquirla, se te puede infectar.
– ¿Crees que no sé cómo curar una herida de bala?
Von Burian alzó las manos. Una sonrisa cruzó sus labios.
– ¡Eh! Sólo me aseguro que no se te cangrene la pierna y te conviertas en el serrucho con pata de palo. Dudo que en ese cuarto de baño hayas encontrado lo necesario para curártela bien. Deberías echarte puntos, desinfectártela bien…
Serrucho se acercó a la barra. Tomó el botellín de cerveza que se había dejado a medio terminar.
–No tendría la pierna jodida si no nos hubiésemos topado con… ¡Con quien fuese ese tipo!
–Lo dices como si yo tuviese la culpa –replicó Von Burian.
Serrucho no respondió. Se subió levemente la máscara, y se bebió lo que quedaba de cerveza.
– ¿Sabes que si no hubiese estado yo, habrías muerto? –preguntó Francotirador.
El criminal de la sierra lo sabía, pero se negaba a admitirlo.
– ¿Quién crees que puede ser? –Serrucho se sentó en un taburete a la izquierda de Francotirador al mismo tiempo que lanzaba la cuestión.
–Ni idea. Tu trampa ha atraído a un tipo que se viste como Frankie y que, como Frankie, se dedica a matar criminales. Hay mucho chalado por ahí. –Von Burian dejó escapar una seca carcajada.
–Pues está muerto. ¿Me oyes? ¡Muerto!
–Yo me voy. Tengo que buscar al autentico Frankie –afirmó, levantándose de su sitio.
– ¿No te vas a quedar para matar a ese desgraciado?
–Vine porque creía que era Frankie el que había caído en tu trampa. ¿Me jode no habérmelo encontrado? Sí. ¿Hace unas horas quería destripar a ese impostor? Claro, pero el tiempo que me pase buscándole, será tiempo perdido para encontrar al verdadero.
Von Burian sacó un billete de uno de los múltiples bolsillos de su uniforme militar. Lo puso en la barra, dispuesto a entregárselo al barman en cuanto volviese.
– ¡Yo sí voy a matarlo! ¡Me ha hecho seguir una pista falsa! ¡Y me ha dejado la pierna hecha polvo! –juró Serrucho.
–Que tengas suerte, amigo. Cada uno tendrá su ración de Punisher. –Francotirador buscó al dueño del bar con los ojos–. ¿Y ese tipo? Aquí sólo estamos nosotros, pero me extraña que no le preocupe que nos vayamos sin pagar.
Un extraño silencio flotaba en el aire. Los dos asesinos se miraron.
– ¿Cuánto hace que se fue? –preguntó Serrucho.
–Demasiado. Y está todo muy...
La puerta delantera se abrió. Thomas Dillon alzó su pistola y disparó varias balas que sacudieron la barra del bar, las estanterías llenas de botellas y algunos taburetes vacíos.
Aunque Francotirador fue el que más velozmente se movió, al estar cubriendo a Serrucho con su cuerpo, se llevó las descargas que iban para él. Una de las balas le atravesó un brazo, mientras que otra le abría un buen agujero en la palma de la mano izquierda.
Ambos criminales se cubrieron con las mesas del bar. Enseguida supieron que habían elegido un escondite que les iba a durar muy poco.
– ¡Maldito cabrón! –aulló Francotirador, intentando evitar no sentir dolor. Pese a su entrenamiento, sus terminaciones nerviosas chillaban como animales heridos–. ¡Me has agujereado la mano!
El antiguo enemigo de Frank Castle se rasgó partes de su traje para poder vendarse la mano. La herida del brazo era más superficial que la de la mano, que era más seria, y le estaba pasando factura; no podría coger un arma con esa mano.
–Tengo mis armas fuera, en la moto –murmuró Serrucho.
–Imbécil, te he oído –gruñó Thomas Dillon, desde una distancia prudencial.
– ¡Así que no eres Castle! –gritó Francotirador. Él sí poseía una pistola, aunque su rifle estuviese en el vehículo que había dejado en la parte trasera del establecimiento.
–No soy Castle, pero me da lo mismo, porque vais a morir. Si tenéis algo en su contra, merecéis morir –sentenció Punisher.
Serrucho buscó un modo de escapar. Desde donde estaba, vio la puerta trasera del local. Con su pierna herida, y el ángulo de tiro perfecto que tenía el desconocido, acabaría muerto con toda seguridad.
–Cuando vi que estabais aquí, le di bastante dinero al dueño del local para que saliese de aquí durante un rato –descubrió Dillon–. Ahora, salid de ahí.
– ¡¿Crees que he llegado tan lejos para ser asesinado por un puto aprendiz de Frank Castle?! –rugió Von Burian–. ¡Y una mierda! ¡Te volaré la cabeza aunque me acribilles! ¡He sobrevivido a un Punisher y te sobreviviré a ti, desgraciado!
Francotirador disparó al techo. Punisher se cubrió parcialmente con parte de la barra justo cuando entraba un motorista en el local, ante la sorprendida mirada del vigilante, que se lanzó a por él, dispuesto a parar las balas por él.
Los dos criminales aprovecharon para salir corriendo. En los pocos segundos que tardó Dillon en dejar al recién llegado, y volver al interior del local, sus enemigos ya no estaban.
Corrió tanto como pudo hacia la parte trasera, sólo para ver cómo se alejaban con sus vehículos, con el rabo entre las piernas y heridas que les recordarían que él era tan peligroso como Castle.
Pero aún faltaba una última lección. No iba a dejarles escapar tan fácilmente.
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Con las primeras luces del alba Jackie Dio comenzó a poner en marcha su plan. Se había pasado toda la noche vigilando el taller y, por lo que había visto, Punisher había dejado suficientemente acojonados a sus ocupantes como para que ninguno de ellos tomase, siquiera, una cabezada. Él tampoco había dormido, pero se mantenía alerta con la promesa de acabar con el trabajo e ir a por Vince. Y, para ello, debía tener todos sus sentidos puestos en sus enemigos, que eran muchos, estaban armados y eran peligrosos.
“Pero no son profesionales; no como yo”, pensó cuando el sol hizo su aparición.
En parte, llevaba razón. En cuanto los primeros brillos del astro rey inundaron el interior del taller, algunos de los criminales se fueron a dormir. Habían pasado la noche sin hacerlo porque pensaban que Punisher les atacaría en cuanto pudiese. Una vez fue de día, poco sentido tenía pensar que Castle iría a por ellos; probablemente, esperaría a que volviesen las tinieblas, como a él le gustaba.
Pierre se lo había asegurado a sus hombres. Aún así, James y él permanecían en pie junto a un pequeño grupo de hombres, dos de ellos vigilando el exterior del taller, con una uzi cada uno de ellos.
Dio coincidía con la opinión de los delincuentes. Punisher no atacaría de día, pero él sí. Esperaban a Castle, no a un asesino profesional que supiera moverse hasta dentro del taller hasta que fuera demasiado tarde para todos.
Colocó un silenciador en cada una de las dos pistolas que llevaba, y empezó a dirigirse hacia el taller, con sumo cuidado, con el trayecto aprendido de haberlo estado observando toda la noche.
Sigiloso como una pantera, se deslizó hacia la parte posterior del taller. Le llevó unos largos minutos, pero al final estaba donde quería: bajo una de las ventanas que conducían al interior del taller. Apretó la punta de una de las pistolas contra la ventana, pero ésta se encontraba cerrada.
Maldijo entre dientes. Tendría que probar por una de las que se encontraba en el costado izquierdo del taller. Eso significaba matar a uno de los dos hombres que daban vueltas alrededor. Y al segundo, por supuesto; si veía el cadáver de su compañero, daría la alarma, y no quería eso. Al menos, no por el momento.
Caminó hacia su objetivo. Justo en ese instante, el criminal le dio la espalda. Dio se acercó a él, le aproximó el cañón del arma a la nuca, y disparó. Un soplido, la sangre salpicó el aire y el delincuente estaba muerto antes de tocar el suelo.
Jackie agarró el cuerpo antes de que produjese cualquier sonido al topar con el suelo. Lo situó delicadamente junto a la fachada del taller, y se dirigió hacia el otro hombre armado. Repitió la operación, sin que le diese ningún problema.
“Quedan doce”, pensó Dio.
Tendría que matar a los máximos posibles antes de que se dieran cuenta de que los acosaba. La adrenalina le invadió el cuerpo cuando abrió, silenciosamente, la ventana que buscaba. Se introdujo en el lugar como un ladrón en la noche.
Reconoció el sitio como una especia de pequeño almacén. Tras dar un par de pasos, vio a varios hombres durmiendo en improvisados camastros; al lado de sus lugares de descanso, las armas descansaban placidamente.
Contó cinco criminales. Dormidos, no parecían ser capaces de matar ni a una mosca, pero Jackie sabía que eso era una pose. Si tuvieran ocasión, lo acribillarían sin piedad. Él no les iba a permitir tener ese lujo.
Apuntó al mismo tiempo sus dos pistolas a la frente de dos hombres. Disparó, con la suerte de que las balas no atravesaron las camas. Murieron al instante, dejando una enorme mancha escarlata alrededor de donde se encontraban.
Jackie señaló con sus armas a los otros tres hombres. Ninguno de ellos despertó. Ni siquiera roncaban. Cualquier persona que hubiese entrado en aquel momento en la estancia, hubiese pensado que estaban muertos.
Las piernas de Dio se movieron. Se aproximó a otros dos enemigos, y disparó contra sus cabezas. Luego, movió velozmente las pistolas hacia el último que quedaba, y las descargó como si fuese el fin del mundo. El cuerpo del hombre se movió como si estuviera bailando una macabra danza, hasta que la vida se le escapó.
El asesino prestó atención. Un aclarador silencio le rodeó. Nadie, fuera del pequeño almacén, había notado su siniestra incursión. Pronto, lo harían, aunque fuese sólo porque se dejase ver.
Pegó una oreja a la puerta que lo separaba del exterior. Oyó pasos, pero lo suficientemente alejados como para no encontrarse a su dueño en cuanto abriese la puerta.
Tomó aire y salió.
Se dio casi de bruces con un coche, tras el que se escondió. Contó cuatro hombres jugando al póquer en una mesa en el centro del taller. A los tres que quedaban no los podía ver desde donde estaba.
Asomó los ojos. Comprobó que la puerta del taller podía abrirse con un botón que había situado justo al lado. Tardaría en abrir, pero si necesitaba salir, no dudaría en usarlo para poder escapar o, al menos, replegarse.
De repente, en su campo de visión entraron los que faltaban. Se encontraban de pie, paseándose por el taller, con sus escopetas entre las manos, atentos a todo cuanto se movía a su alrededor.
Desde donde estaba no conseguiría matarlos sin que los de la mesa se alertasen, así que, desgraciadamente para él, tendría que entrar en combate directo con sus enemigos. Tomó aire, tragó saliva que le supo a infierno, y se puso en pie.

La primera bala que disparó alcanzó en el cuello a uno de los criminales con escopeta. Ésta cayó de sus manos. El siguiente fue él, que se sujetaba el cuello, intentando no desangrarse, algo que no conseguiría.
Antes de que el cuerpo tocase el suelo, Jackie ya estaba disparando varias veces a otro de los armados con escopeta. Cuando los proyectiles lo atravesaron, los de la mesa ya se habían puesto de pie.
Los ojos de Jackie Dio fueron del último que quedaba con escopeta, a los hombres de la mesa. Ese segundo de incertidumbre fue lo que les dio la oportunidad de sobrevivir.
Disparó sobre los criminales jugadores de póquer. La mesa saltó en pedazos. Las cartas volaron por los aires. El dinero con el que apostaban acabó hecho trizas por la fuerza de los proyectiles. Pero ningún alcanzó a los delincuentes, que corrieron a sacar sus armas y apartarse del camino de las balas.
Jackie se agachó justo a tiempo de evitar las postas de la escopeta del enemigo al que tenía que haber abatido. Las pistolas de los demás acompañaron la mortal canción que se cernía sobre el asesino. El coche tras el que se cubría era el blanco del ataque. La pared que tenía frente a sus ojos también se llevó algunos agujeros.
– ¡Quién es ese hijo puta! –gritó uno de los criminales.
– ¡¿Es Castle?! –preguntó otro, por encima de los disparos.
– ¡No es Punisher! –Rugió James–. ¡Es un mierda vestido de negro!
“Ya no hay respeto alguno”, pensó Jackie, cargando sus armas.
Una vez las tuvo preparadas, se movió. Observó que los de la mesa no se habían escondido. Eran como patos de plástico en la barraca de una feria.
Se movió hacia el de la escopeta. Estaba cargando el arma en ese mismo instante, habiendo disparado antes de pensar. Las balas lanzadas por las pistolas de Jackie le atravesaron el esternón, antes de que varias más le destrozaran la garganta y la cabeza. Una nube de sangre y pólvora fue atravesada por el asesino, que se acercaba a la entrada del taller.
– ¡Matadlo ya! –gritó James.
– ¡¿Y los demás?! ¿Dónde cojones se han metido? –aulló Pierre.
Jackie sonrió. No sabrían que sus amigos estaban muertos hasta que fuese demasiado tarde.
Corrió para esconderse tras otro vehículo, aún más cerca de la enorme puerta del taller. Escuchó pocas balas buscando su cabeza, por lo que supo que la mayoría de sus acosadores estaban cargando sus armas.
Salió. Disparó hacia los criminales, haciendo que se dispersasen. Aún así, dio a uno de ellos en una pierna, que fue dejando un instantáneo rastro de sangre hasta su escondite.
– ¡Estás muerto, seas quién seas! –aseguró Pierre.
– ¡Hablas mucho para ser alguien que se esconde! –exclamó Jackie. Conocía la mente del criminal común, y sabía cómo alterarlo para que fallase en su cometido.
– ¡¿Te envía Castle, mamón?! –preguntó James, situado cerca de la entrada del taller, en la misma línea que Dio.
– ¡No, pero voy a esperarlo tras mataros! ¡No es nada personal, sólo negocios!
Más balas sobre su cabeza, disparadas con una rabia que le hizo sonreír.
Lentamente, empezó a avanzar entre los vehículos y enormes cajas llenas de piezas robadas. Procuró no ser visto por los criminales, que disparaban sin apuntar, solamente para probar suerte, consumidos por una rabia que había hecho desaparecer la alegría de la noche anterior al cazar a Punisher.
Poco a poco, se situó frente a la entrada del taller. Se agachó más, apuntó bien, y situó un trozo del cuerpo de James en su punto de mira. Sonrió, tomó aire y se dispuso a disparar.
Entonces, oyó el motor de un vehículo. En realidad, sonaba como el infierno tratando de tragarse a alguien. Como si una enorme bestia estuviese a punto de devorarle las entrañas tras salir de un profundo bosque.
Dio se volvió. Miró la puerta del taller, y entendió lo que pasaba. Antes de que pudiera moverse, la furgoneta negra penetró en el taller, aplastándolo por completo. Los demás criminales no esperaron a que el polvo se disipase, y apretaron los gatillos, llenando el aire de balas.
James, cerca del morro del enorme vehículo, intentó huir. El monstruo negro avanzó hacia él, haciendo que cayese entre sus ruedas, con un grito de horror y dolor. Para horror de los demás hombres, uno de los neumáticos pasó por encima del gigante rubio, lentamente, aplastando sus piernas, que crujieron como ramitas, partiendo su columna en dos, y reventando su cabeza como si fuese una pasa.
Un escalofrío recorrió a Pierre Savage. Se convirtió en puro terror cuando vio a Punisher salir de la cabina del conductor, disparando como sólo podía hacer un profesional, y acabando con otro de sus hombres.
Sus aterrorizados ojos se dirigieron hacia un cuatro por cuatro que había cerca. Recordó que ese tenía las llaves puestas; pertenecía a un grupo de vehículos que las llevaba, por eso Castle había podido huir la noche anterior en uno.
Mientras Punisher tiroteaba al último hombre que quedaba, Pierre se metía en el coche, lo ponía en marcha y salía despedido del taller por el enorme hueco dejado por la furgoneta del vigilante.
“Pensé que me estarían esperando, pero supuse que creerían que iba a llegar de noche. Al fin y al cabo, es lo que suelo hacer”, pensó Punisher, metiéndose en la furgoneta para terminar con todo aquello.
“Tenía razón. Yo seré un viejo estúpido, pero ellos son basura, y la basura no piensa, sólo actúa”
Puso en marcha el coloso oscuro, y siguió a Pierre que ya le llevaba bastante ventaja. Por suerte para él, la carretera era totalmente recta, no había coches por el camino y, en poco tiempo, pudo recuperar algo de distancia.
El joven Savage no dejaba de mirar por el retrovisor. Sudaba copiosamente, le temblaban las manos encima del volante y apenas si podía respirar con tranquilidad. Cada vez que sus ojos divisaban el vehículo de Punisher, pensaba que estaba todo perdido, hasta que apretaba el acelerador y ganaba terreno. Él era mucho mejor conductor que el vigilante y, en pocos minutos, lo habría perdido de vista.
Sonrió. Ganaría. Sería él quien ganase.
Punisher, en el asiento del conductor, también lo sabía. No era sólo que tuviese un vehículo más pesado, sino que el criminal conducía mejor. Él no era un aficionado, pero estaba claro que su rival trabajaba robando coches no sólo porque le reportase dinero fácil, sino porque le encantaban los automóviles.
Iba a perder. Lo tenía claro desde el momento en el que Pierre se montó en el cuatro por cuatro.
De repente, al pequeño de los Savage se le apareció su hermano. Y James, asesinado de forma horrible antes siquiera de que supiera quién lo había tomado. Vio sus caras. Notó la decepción que les embargaba. Y, sobre todo, supo cómo iba a reaccionar su hermano.
Se volvería loco. Acabaría con él. Y luego con Castle. Él había planeado todo lo del taller. No había previsto que un asesino fuese buscando a Punisher y acabase con todo su equipo. Tampoco había previsto que Castle atacase de día. Él tendría la culpa. Su hermano se la echaría toda a él.
– ¡De eso nada! –rugió Pierre.
Dio un volantazo y volvió el morro del coche hacia la furgoneta de Punisher. Éste vio que lo hacía, y detuvo su transporte.
“¿Quieres jugar, chico?”, preguntó mentalmente Castle.
Pierre se preparó. Sonrió como un demente.
– ¡Vamos allá, viejo! –aulló–. ¡Vas a ver cómo se las gastan los Savage!
Apretó el acelerador. Los neumáticos quemaron goma. El cuatro por cuatro se lanzó a por Punisher como una enorme bala capaz de atravesar todo un edificio de lado a lado.
Castle imitó al joven criminal. La furgoneta inició su veloz ruta hacia la muerte de, al menos, uno de ellos.
Los dos automóviles recorrieron la carretera a toda velocidad. En apenas unos segundos, chocarían, si sus conductores no lo evitaban. De hacerlo, podrían tener un mortal accidente, así que, ninguno iba a ceder. Era un duelo de guerreros en sus caballos de metal.
“Eres bueno, chico. Y los tienes bien puestos, pero te falta algo muy importante”, pensó Punisher.
El cuatro por cuatro estaba tan solo a diez metros de la furgoneta. Nueve. Ocho. Siete. Seis. Cinco. Cuatro.
“Tú no quieres morir”
Tres. Dos.
“Yo ya estoy muerto”

En el último momento, Pierre Savage abrió por completo los ojos. El terror se dibujó en ellos. Dio un volantazo, esquivando la furgoneta, que siguió su camino, impasible.
El joven perdió el control del cuatro por cuatro, cuyas ruedas dejaron de tocar el asfalto. El coche salió volando, dando brutales vueltas de campana, llenando el aire del sonido del metal doblándose, y los cristales cayendo. Cuando hubo acabado su danza, el automóvil acabó siendo una bola de metal retorcido. Parecía mentira que hubiese sido un coche.
La furgoneta se detuvo. Dio marcha atrás y, cuando estaba a un metro del automóvil accidentado, Punisher salió de ella, con una escopeta en sus manos. Se acercó a los restos del transporte de Pierre Savage, al que encontró con medio cuerpo fuera; el otro medio estaba totalmente destrozado, dentro del vehículo.
–Eso debe doler. –Castle señaló los huesos que, rotos, rasgaban la carne de las piernas del chico.
–¡¡¡Cabrón!!! ¡Tendrías que haberte quitado! ¡Soy un Savage! ¡Soy un Savage! –aulló Pierre. Escupió sangre, y dejó escapar un largo grito de dolor, mientras intentaba arrastrarse.
– ¿Crees que eso tiene algún significado para mí, chico? No has ganado, porque yo estaba dispuesto a morir contigo. –Punisher se agachó, acercando su pétreo rostro a la sanguinolenta cara de Pierre–. Estrellándote podrías haber tenido una oportunidad. Ahora, te espera lo que a todos.
Alzó la escopeta y la apuntó contra la cabeza del joven, que empezó a llorar.
“Podría dejarlo vivir. Totalmente invalido, como mínimo. Lo violarían y matarían en la cárcel, solamente por diversión, como lo que ha estado haciendo él durante mucho tiempo. Quizás demasiado”, se dijo a sí mismo Castle.
“Es lo que debería hacer. Estoy aquí para castigar, y no hay mejor castigo para él que eso”
Dejó de apuntar con su arma. Pierre abrió los ojos, sorprendido. Intentó articular palabra, preguntar por qué, pero tenía la garganta dolorida por el accidente. Estiró una mano a la que le faltaban dos dedos hacia Castle, cuando éste le dio la espalda y se montó sobre su furgoneta.
“Pero no puedo hacerlo. No ahora”
Puso en marcha el gigantesco vehículo hacia Pierre, quien lanzó un atroz grito antes de ser aplastado por una de las ruedas, que salpicó la carretera con sus tripas y huesos rotos.
“¿Dejarlo vivo? ¿Para que Crowley o cualquier otro lo cure como a francotirador, Damage y a saber quién más? No. No soy tan viejo”

Continuó su camino. Por la carretera. En busca de aquellos que merecían castigo, tanto o más como el hombre que había sido el cadáver que dejaba atrás.
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Jackie Dio sintió la boca pastosa. Abrió los ojos, pero encontró que una tenue neblina cubría su visión. No pudo mover brazos y piernas y, poco a poco, supo por qué.
Intentó hablar. Algo le atenazaba la garganta, de la que sólo salió un gruñido inhumano. Lentamente, fue recuperando su visión y entonces comprobó que estaba en lo que parecía una cama de hospital. Una de las piernas la tenía en cabestrillo, totalmente enyesada. La otra, también se encontraba vendada, pero bajo las blancas sabanas.
–Qué… qué… –pudo pronunciar.
Los brazos también los tenía rodeados por fuerte yeso. Notó su cara hinchada, y vendas en la cabeza. Trató de mover el cuello, pero tenía un collarín que limitaba sus movimientos hasta hacer que no pudiera apenas practicar ningún movimiento.
–Tranquilo, chico. No trates de bailar un vals todavía.
Jackie divisó el rostro de un hombre de unos cincuenta y pocos años, con grandes entradas, el pelo echado hacia atrás, con más gomina de la que nunca podría haber imaginado en una cabeza. Vestía una bata blanca de médico.

– ¿Quién… quién… quién?
– ¿Quién soy? Disculpa que acabe la frase, pero no quiero pasar aquí la Navidad escuchándote –dijo el hombre con sorna–. Puedes llamarme Doc. Con eso vale, por el momento.
Se acercó a la mesa del asesino, y se sentó a su lado.
–Verás, Jackie, te pasó por encima un coche. O una furgoneta. O un tanque. Aún no lo sabemos.
– ¡Fue Punisher! –gritó Jackie. La garganta le dolió horrores.
–Eso pensábamos. Te encontró la policía entre los escombros de un taller, a un paso de la muerte. Tuviste suerte. Uno de los polis estaba a sueldo de alguien que puede que te suene: Jason Krueger.
Dio intentó seguir hablando, pero sus fuerzas se habían agotado con el último grito.
–No has cumplido el trabajo, y el señor Krueger quiere que lo acabes, pero Castle es un hueso duro de roer y, lo cierto es que, tienes todo el cuerpo roto, así que… –Doc sonrió–. ¿Qué te parece tener superpoderes?
EPILOGO
– ¿Está seguro que quiere ver el cuerpo? –preguntó el forense, sujetando la sabana que cubría el cadáver con dos dedos.
El hombre asintió. El profesional quitó lo que cubría los restos de Pierre Savage.
–Es él, sin duda –afirmó el hombre.
–Lo sabemos. Hemos reconocido los tatuajes. Y le hicimos un examen dental. –El forense carraspeó–. Le dejaré solo.
En cuanto se fue, el hombre acercó su rostro a lo que quedaba del joven Savage. Jamás había llorado pero, en ese momento, lo hizo.
–Atrapare a ese cerdo, Pierre. ¡Le arrancaré el corazón con mis manos y se lo sacaré por la boca tras metérselo por el culo!
Vincent Savage, con su cabeza sin pelo, sus tatuajes y una sombra de locura en los ojos observó cada centímetro de los fragmentos que habían sido su hermano.
–Punisher lo va a pagar.
1.- Ver Punisher #21-24 en Action Tales.