PROLOGO

Long Island, Nueva York.

El coche ascendió por el largo camino de tierra, flanqueado por miríadas de árboles silenciosos, hasta llegar a la enorme verja que anunciaba el final de aquella parte del trayecto y el comienzo de uno nuevo.

El chico pelirrojo que conducía el vehículo habló con su acompañante, quien asomó un poco la cabeza por la ventanilla del asiento del copiloto. Las cámaras de seguridad recogieron su rostro, la verja se fue abriendo lentamente, y el automóvil pudo continuar su travesía.

–Está muy apartado –se quejó el conductor.

El ocupante del asiento del copiloto observó con detenimiento las zonas boscosas, y las extensiones de terreno que les rodeaban. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había estado allí, y no pudo evitar una sonrisa, aunque no totalmente de alegría. Era como encontrarse con un antiguo amigo al que había echado de menos, pero que le amargaba la vida de cuando en cuando.

–La discreción y la soledad eran importantes para él –respondió.

–Creía que ahora lo hacía todo en la ciudad –respondió el pelirrojo sin retirar sus ojos de la carretera, perfectamente delimitada–. Desde un edificio inmenso, en pleno centro de Nueva York…

–Ya te conté que era algo…

–De carácter cambiante, dijiste. Antes de confesarme que sufría trastornos de personalidad.

–Veo que vamos a discutir incluso cuando estamos a punto de llegar –refunfuñó el copiloto mientras contemplaba la colosal mansión a la que se dirigían, recortada en el oscuro horizonte nocturno.

–Lo que cuentas de él, no es muy esperanzador. Y, con lo que acaba de pasar… –El conductor observó a su compañero y, al ver su expresión, decidió callarse.

En menos de cinco minutos llegaron a la gigantesca mansión Grant, también conocida como mansión Spector. Las decenas de ventanas que la adornaban parecían acecharles, como los numerosos ojos pertenecientes a un enorme insecto, que esperase en un infinito valle verde salido de una fantasía.

 El automóvil paró justo a la impresionante entrada, donde dos personas muy familiares para el copiloto les esperaban.

La anciana y el viejo mayordomo no evitaron sonreír al ver al delgado francés de pequeño bigote perfectamente recortado a juego con su perilla, y los pocos pelos que formaban un poco de barba.

           

–¡Señor Frenchie! –exclamó Samuels, dando un paso hacia delante.

Jean-Paul DuChamp, antiguo piloto del lunacoptero del Caballero Luna, y mejor amigo de Marc Spector, esgrimió una amplia sonrisa mientras se dirigía hacia sus viejos amigos. Al abrazar a Samuels, mayordomo de Marc Spector, no pudo sentir un gran ataque de añoranza al percibir su familiar olor a elegancia y finos modales.

–¡Nedda! –El francés se volvió hacia la vetusta sirvienta de Marc Spector–. ¡Estás estupenda! Por ti no pasan los años.

– ¡Adulador! –La mujer abrazó con fuerza a Frenchie sin luchar para que las lágrimas se quedasen donde debían estar–. Me alegro tanto de que estés aquí.

–Ha pasado mucho tiempo, des amis –Frenchie seguía con su característica manía de mezclar los idiomas.

Los tres se observaron de arriba abajo. Se podía respirar la autentica amistad que les envolvía, cuánto se habían echado de menos y los buenos recuerdos que surcaban sus mentes en esos instantes. Sólo faltaba entre ellos una persona, por la que Frenchie había vuelto a una mansión que despertaba en él tantas sensaciones.

– ¡Oh, disculpad! –El francés se giró hacia el conductor pelirrojo–. Os presento a Rob Silverman. Es mi… pareja.

Ni la mujer, ni el hombre se sorprendieron. Ambos mostraron su alegría abrazando más aún a Frenchie; como si fuese un hijo en común que se acabase de casar.

– ¡Qué gran noticia! –exclamó Nedda.

– ¿Cuánto llevan, señor Frenchie, si no es indiscreción? –preguntó Samuels, manteniendo su compostura.

–Cinco meses. Lo conocí al poco de… –Dolorosos recuerdos reflotaron en su mente–. Cuando dejé a Marc.

Un incomodo silencio voló por encima de sus cabezas. Rob Silverman tosió, dispuesto a romperlo, y darles permiso para continuar con su encuentro.

–Creo que os dejaré solos –ofreció Rob.

–Puedes entrar conmigo si quieres –añadió Frenchie.

–Necesitas estar solo con tus amigos, Jean-Paul. –Rob posó sus ojos sobre Nedda y Samuels–. ¡Un placer conocerles! ¿Dónde puedo quedarme con el coche?

           

–Si sigue el camino encontrará un pequeño aparcamiento que usan las visitas, señor Silverman –indicó el mayordomo.

–Muchas gracias. –Rob giró la cabeza hacia Frenchie–. Allí te estaré esperando. Intenta tomártelo lo mejor que puedes; recuerda lo que hablamos.

Frenchie asintió, se acercó a su pareja, le besó los labios y lo dejó ir. No se volvió hacia Nedda y Samuels hasta que no hubo perdido de vista el automóvil, que dejó una estela de polvo tras él.

– ¿Cómo va todo? –preguntó Frenchie.

La anciana y el mayordomo agacharon la cabeza unos instantes. Samuels fue el primero en abrir la boca.

–Mal, señor. Muy mal.

–Quizás no debería haberme ido –confesó Frenchie.

–Fue su decisión. Y a usted parece que le ha ido bien –dijo Nedda.

–Pero a vosotros no. –Frenchie negó con la cabeza. No sabía por donde empezar–. ¿Habéis seguido en la mansión desde que me fui?

–Por supuesto, señor –respondió Samuels de manera rotunda–. Es nuestro deber.

           

Jean-Paul Duchan sintió un fuerte puñetazo en el estomago. ¿Su enemigo? La culpabilidad, y no parecía que fuese a ser el único golpe que le iba a dar esa noche.

–Pensaba que Marc estaba en el centro, en la Torre Spector con los Caballeros –dijo Frenchie.

–Y así era, señor –afirmó Nedda.

– ¿Y os quedasteis en la mansión?

–Alguna vez se pasaba por aquí, saludaba y volvía a irse  –explicó Samuels.

“Y yo, mientras tanto, huyendo de los problemas”, pensó el francés.

De nuevo, la culpabilidad volvía a atacar. Y ni siquiera había visto a Marc y, mucho menos, a Marlene.

–Disculpe, señor, puede que sea algo indiscreto, pero… –Samuels señaló las piernas de Frenchie, que hacía tiempo que había perdido a manos del hermano de Marc Spector–. ¿Sus piernas?

Frenchie se miró las piernas. Las usó, mostrando la leve cojera que tenía; luego, se subió levemente los pantalones para mostrar que parecían dos piernas como las de cualquier otra persona.

–Me las envió Marc hace un par de meses –informó Frenchie, con una leve sonrisa–. Lo último en tecnología. Hasta que llegaron usaba las prótesis de siempre, nada del otro mundo. No quise usar las nuevas piernas, porque creía que Marc pretendía comprarme, hacer que volviese, con su dinero, pero no me llamó para preguntarme si me quedaban bien, o si me habían gustado. Desde que me fui no he tenido noticias de él.

El francés descubrió el bastón que llevaba y se golpeó las piernas, que sonaron de manera extraña.

–Cuesta mantenerlas, pero con el restaurante que llevo, puedo llegar a hacerlo. El día que no lo logre, me pondré de nuevo las prótesis. Si todo el mundo tuviese tanto dinero para costear chismes así… –Frenchie pensó en todos aquellos que habían perdido una alguna extremidad, se veían inmovilizados en una silla de ruedas o no podían salir de la cama, y en la cantidad de tecnología que podría curarles, sólo si tenían dinero–. A veces parece que son piernas de verdad. Más de una vez me he olvidado de lo que son en realidad.

–Nos alegramos mucho por usted, señor –asintió Samuels, con sinceridad.

Merci –dijo Frenchie.

–Cuando usted quiera podemos entrar –ofreció Nedda.

–Me parece  une bonne idée.

Jean-Paul siguió a los trabajadores de la mansión. Cuando el abrieron la puerta, descubrió que la vivienda le daba la sensación de ser más grande que nunca, y sólo estaba en el hall.

–Cuando cayó la Torre Spector, el señor Grant se dio prisa en trasladar lo poco que quedaba en pie hasta la mansión –explicó Nedda mientras caminaban por los elegantes e interminables pasillos–. Los compañeros del señor Grant también están aquí, por el momento.

–Puede que los salude si tengo tiempo –dijo Frenchie, aunque pretendía aprovechar el tiempo que estuviese en la mansión para hablar con Marc todo lo que pudiera.

–La enfermería está ocupada por uno de ellos, me temo –explicó Samuels.

Frenchie negó con la cabeza. ¿Qué había pasado exactamente? ¿Cómo habían acabado tan mal las cosas? Y, sobre todo, ¿hubiera podido hacer él algo al respecto?

– ¿Es cierto lo que le ha pasado a Marlene? –preguntó al fin el francés, recordando la conversación que había tenido con Samuels, y que le había llevado a estar donde se encontraba en ese momento.

–Totalmente, por desgracia –se quejó el mayordomo.

– ¿Y quién tiene la culpa ahora? –expresó Frenchie en voz alta cuando tendría que haber sido un pensamiento silencioso.

Ni Nedda, ni Samuelos le respondieron; tampoco lo sabían.

Tras unos minutos recorriendo la mansión, llegaron hasta una puerta que Jean-Paul sabía muy bien lo que ocultaba.

– ¿Está ahí dentro? –preguntó, aunque la respuesta era evidente.

–Metió dentro a la señorita Marlene en cuanto llegó y, desde entonces, no ha vuelto a salir –dijo Samuels.

–Le preparo el desayuno, la comida, y la cena, pero apenas toma nada de lo que le dejo –explicó Nedda.

Frenchie asintió. Golpeó varias veces la puerta que conducía a la habitación que Marc Spector usaba, normalmente, como templo para Khonshu. Alguna vez había entrado dentro y observado el altar que le dispensaba al dios de la venganza, pero jamás había pasado mucho tiempo en la estancia. En ella siempre se sentía observado, aunque Marc hubiera ya salido.

–Marc, soy yo, Frenchie –dijo con el mejor tono conciliador que supo conseguir–. Vengo a verte, Marc. Los amigos deben estar juntos en momentos así, y aquí estoy.

El silencio fue quien respondió.

–Marc, sé que estás ahí –insistió Jean-Paul–. Por favor, abre la puerta. Hablemos.

Más silencio.

– ¡No voy a irme sin verte, Marc! –Gritó Frenchie, golpeando la puerta–. ¡Marlene también era amiga mía! ¡Marc, déjame entrar!

Dentro, ajeno a los porrazos que propinaba su amigo, Marc Spector, sentado en una silla de ruedas, contemplaba la estatua que tenía frente a él.

Desaliñado, con la mirada perdida en la figura rocosa, su rostro era iluminado por la una miríada de velas que había colocado alrededor de la siniestra escultura, como si fuese un altar y él el sacerdote encargado de cuidarlo.

Mientras Frenchie continuaba peleando con la puerta, sin conseguir nada, los ojos cansados de Marc observaban la estatua de piedra en la que se había convertido Marlene Alraune, el amor de su vida, y su ex-amante.

La expresión de sorpresa que expresaba el rostro de efigie mostraba el último acto de la bella mujer, antes de que un monstruo desalmado la convirtiese en la estatua sin vida que era reverenciada y vigilada día y noche por Marc Spector.

Las lágrimas surgieron de los ojos del antiguo mercenario. Intentaba no escuchar la voz de su amigo; intentaba no pensar en su amante perdida por sus actos. Pero debía hacerlo.

Estar allí era su castigo. Y se lo merecía.

“Cuando reina el caos y los criminales campan por sus anchas, solo un grupo de solitarios héroes es capaz de hacer lo necesario para mantener la paz y seguridad urbanas. No salvan universos, ni planetas, ni al mundo...se dedican a salvar a la gente de a pie. No tiene nombre oficial pero nosotros les conocemos extraoficialmente como...MARVEL KNIGHTS

ANUAL FLASHFORWARD

LUNA ROTA

Escrito por The Stranger/ Portada: Carlos Ríos

Mientras Frenchie trataba de ver a su amigo, pudiendo solo imaginar el infierno por el que estaba pasando, en el muelle número veinte, la guerra estallaba.

Tres delincuentes, bien armados con escopetas, se ocultaron tras un montón de cajas, justo a unos pasos del mar, oscurecido por la noche que pensaban usar para cometer sus crímenes con mayor impunidad.

– ¿De dónde ha salido esa zorra? –preguntó uno de ellos, cargando su arma.

–No lo sé, pero sé adónde va a ir –prometió otro, respirando agitadamente y agarrando con fuerza su escopeta.

–Yo sé quién es, pero creía que Tarántula Negra les había dejado claras las cosas –dijo el tercero.

–Espero que no estemos pagando el marrón de ese tipo –se quejó el primero.

De fondo, el sonido de las armas de sus compañeros de negocio se escuchaba por todo el puerto. Poco a poco, conforme el tiempo avanzaba y sus enemigos hacían su trabajo, los estallidos de rifles, pistolas y metralletas disminuían, lo cual no eran buenas noticias; cuando no quedase nadie, irían a por ellos.

–Tenemos que salir ahora, cuando aún somos más que ellos –reflexionó uno.

–Son sólo dos; seremos más que ellos salgamos ahora o después –replicó otro.

–Ahora mismo están acabando con los demás y son muchos más que tres. ¿Qué crees que harán con nosotros? –Gruñó el que había propuesto el plan–. Mirad, saldremos ahora, y los pillaremos por la espalda. ¿Vale? Cuando cuente tres.

Los disparos continuaron de fondo, como una música escandalosa.

–Uno…

Los estruendos disminuyeron.

–Dos…

Un par de estallidos más.

– ¡Tres!

Los criminales salieron de su escondite. Frente a ellos, a cuatro metros, se encontraba Marta Plateada, apuntándoles con dos uzis que no dudo en usar cuando vio que sus rivales estaban armados.

           

Apuntando con una pericia que le daba su experiencia en el combate con armas, hirió a los delincuentes en hombros y piernas, lanzándoles al agua que tenían justo detrás.

–Un poco expeditiva, ¿no?

La mercenaria se giró. Estrella de Combate la miró con cara de pocos amigos, antes de acercarse al borde del puerto. En el agua tintada de sangre, no sin esfuerzo, nadaban los heridos criminales.

–Están vivos y aguantarán a la policía –anunció Estrella de Combate.

           

– ¿Desde cuándo te preocupas tanto por quienes cazamos? –preguntó Marta, volviendo a cargar sus armas.

–Desde que has perdido el control. No deberíamos estar aquí.

– ¿No deberíamos estar buscando a los asesinos de nuestros amigos?

Estrella de Combate negó con la cabeza, aunque no encontró contestación. En el fondo, la mujer tenía razón, pero él también al pensar que debían estar en otro lugar, lejos de la ciudad de Nueva York.

–Dentro de unas horas estaremos en Symkaria –insistió Estrella de Combate–. Deberíamos estar preparándonos para irnos. Necesitas descansar.

Marta Plateada se llevó un dedo a los labios.

–Quedan más. –La mercenaria prestó atención–. Tres más.

– ¿Me has escuchado, Marta?

–Sí. Prefieres que nos estemos quejando a desmantelar una operación de tráfico de armas que se trae Tarántula Negra. –Marta le miró con una furia en los ojos que nunca había visto–. El hombre que ha acabado con nuestros amigos.

La mujer echó a correr hacia una extensa agrupación de cajas que había justo al lado de un inmenso almacén cerrado a cal y canto. Marta, como si fuese invencible, entró en el laberinto de madera y olor a agua marina; cuando llevaba avanzados varios metros, dos de los criminales que perseguía salieron de sus escondites y dispararon.

Las balas de las pistolas impactaron en el pecho de Marta Plateada, haciéndola caer al suelo, al mismo tiempo que soltaba sus armas. Si no hubiese sido por el kevlar del que estaba hecho su traje plateado, hubiese muerto al instante.

–Ya no eres tan dura, ¿verdad? –rió uno de los delincuentes al ver la expresión de dolor de Marta.

– ¿Y si nos divertimos un poco con ella? –preguntó su compañero.

–Aún tenemos que acabar lo de las armas y, con todo el jaleo sería raro que la policía no estuviese aquí dentro de poco. ¿Y dónde está Lenny?

–Seguirá escondido.

–Pues se va a quedar sin su trozo de tarta –dijo el delincuente, apuntando a la cabeza a Marta.

– ¡Ni se os ocurra! –gritó Estrella de Combate saliendo de la nada.

Los criminales, instintivamente, dispararon contra su enemigo, el cual levantó su característico escudo, que paró las balas como si fuese gotas de lluvia.

Dispararon hasta quedarse sin balas. Entonces, el hombre conocido como Lemar Hoskins, tocó su escudo con cariño, mostrando una sonrisa de victoria.

–Adamantium, chicos –murmuró.

Los atacantes intentaron recargar sus pistolas. Antes de que lo consiguiesen, Estrella de Combate corrió hacia ellos; golpeó al primero en la cara con el escudo, dejándolo inconsciente incluso antes de caer al suelo; al segundo hombre le sacudió una patada en el estomago, antes de encajarle un derechazo en la cabeza.

Para su sorpresa, captó al tercer criminal por el rabillo del ojo. Velozmente, se volvió, semiagachado para evitar cualquier disparo, y lanzó un puñetazo al pecho del hombre, empujándolo hacia atrás. Una pistola cayó de sus manos; al intentar recuperarla, se encontró con una lluvia de balas por parte de Marta Plateada, que ya estaba recuperada y de pie.

El hombre recibió varias balas en el hombro derecho y el brazo del mismo lado. Algunas le atravesaron las piernas, haciendo que aterrizase en el suelo como un saco de ladrillos.

–No hacía falta –dijo Estrella de Combate a Marta Plateada, comprobando que los otros dos delincuentes seguían respirando. A pesar de los fuertes golpes que habían recibido, seguían vivos.

–Claro que hacía falta. –Marta miró a su presa con dos ojos como teas ardientes. Son asesinos. No habrían dudado en matarnos.

–Y casi lo consiguen contigo. ¡Has perdido el control! –insistió Estrella de Combate.

Marta se acercó al hombre caído. Intentaba arrastrarse lejos de quien le había acribillado, quejándose del terrible dolor que azotaba cada partícula de su ser. El reguero de sangre que iba dejando daba a entender que, de no ser atendido en un rato, moriría desangrado.

–Ahora es cuando voy a perder el control. –La mercenaria guardó las uzis en sus respectivas fundas, sujetas con correas a su cuerpo, y sacó una pistola de 9mm–. Vas a hablar, ¿verdad?

– ¡Déjame en paz, zorra! –chilló el hombre, sin poder esconder una mueca de dolor.

Marta dio una patada a las piernas sangrantes de su enemigo, quien aulló de agónico dolor. Estrella de Combate no intervino; quería ver hasta dónde llegaba su amiga. Y, en parte, comprendía toda la rabia que llevaba dentro; él también la transportaba, pero la contenía de mejor manera.

– ¡Habla, cerdo! –Marta apuntó al hombre con la pistola.

– ¡Agh! ¡Está bien, está bien! –El delincuente intentó recuperar el aire–. E-Estábamos recibiendo un envío de unas armas que…

La mercenaria pateó de nuevo al criminal, que dejó escapar nuevos gritos de dolor. Lo único que deseaba era desmayarse y no sentir más dolor.

– ¡Eso ya lo sabemos! –gritó Marta Plateada–. ¡También sabemos que os manda Tarántula Negra!

El hombre se quedó callado, como si pronunciar aquel nombre incluso le hubiese cerrado las heridas.

– ¡Dilo! ¡Admítelo! –ordenó Marta.

–N-No sé de qué estás hablando.

La mujer apuntó a la mano izquierda del tipo y disparó, desintegrándosela. Huesos, cartílagos y sangre volaron por todas partes, al mismo tiempo que el criminal gritaba como un animal sobrenatural.

– ¡Marta! –Exclamó Estrella de Combate–. ¡Qué demonios haces!

El hombre retrocedió ante los furiosos ojos de su amiga, que se agachó ante el espasmódico delincuente y le metió la pistola en la boca, tras golpearle con ella lo suficiente como para que escupiese algunos dientes.

– ¡Habla! ¡Maldita sea! ¡Habla!

El hombre empezó a llorar. Una mancha húmeda y caliente se extendió por el interior de sus pantalones agujereados.

– ¡Para, Marta! –Ordenó Estrella de Combate–. Para, o lo haré yo.

– ¿Vas a pegarme, Bucky?

A Lemar Hoskins le dolió aquello. Bucky fue el primer nombre clave que tuvo, pues era el nombre del compañero del Capitán América en la Segunda Guerra Mundial y él, como compañero del USAgente cuando sustituyó al Capitán América, tomó el apelativo de Bucky para sí mismo.

Sin embargo, lo cambió a Estrella de Combate cuando se enteró de que el nombre de “Buck” se usaba de forma peyorativa con los afroamericanos.

Marta conocía toda la historia y, si lo llamaba así, era para herirlo, simple y llanamente. Viniendo de otra persona le habría dado igual pero, de ella, le dolió más que mil balas.

–Si es necesario, sí –rezó Estrella de Combate–. Vas a cometer un asesinato a sangre fría y eres mi amiga; no puedo dejar que cruces esa línea.

Marta Plateada retiró, lentamente, la pistola de la boca del delincuente, que volvió a tomar aire para poder llorar con todas sus fuerzas.

– ¿A cuántos hombres hemos matado? –preguntó Marta.

–No es lo mismo. Vas a asesinar a ese hombre para vengarte; nosotros no somos así.

El criminal tosió una buena cantidad de sangre antes de hablar e interrumpirles.

–N-No sé mucho sobre Tarántula Negra –confesó–. Nos ha contratado a través de un hombre que contrató a otro que llamó a nuestro socio. ¡Nada más, por favor!

– ¡Dónde se oculta! –quiso saber la mercenaria.

–N-No lo sé. ¡Nadie lo sabe! Se está haciendo con la ciudad sin que nadie le haya visto. Aunque a sus hombres… Son los que vienen a matarnos, a no ser que le molestes mucho; entonces, se toma tiempo contigo, personalmente, o eso dicen. Nadie ha llegado a cabrearle tanto. Nadie de nuestro bando.

Marta soltó al tipo. Sabía que decía la verdad. Y conocía a gente que sí que había enfadado a Tarántula Negra. Gente que lo había pagado caro.

Su equipo, los Caballeros, y todos aquellos que formaban parte de sus vidas.

–Vámonos –dijo Marta, alejándose de su torturado, aunque antes, se giró hacia él–. Si Tarántula Negra o alguno de sus hombres te pregunta quién ha hecho esto, quién le ha costado cientos de miles de dólares en armas, dile que he sido yo.

Marta Plateada se guardó la pistola.

–Sabrá cómo encontrarme –sentenció.

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Mansión Grant.

Hobie Brown se encontraba en una de las habitaciones de la enorme vivienda, concretamente, en una de las que habían sido habilitadas para acoger a heridos como si fuesen las estancias preparadas para un postoperatorio. El dinero de Steven Grant proporcionaba los mejores equipos médicos, el instrumental más moderno y los últimos medicamentos del mercado e incluso algunos que ni siquiera estaban a la venta.

Al fin y al cabo, había un tiempo en el que Marc Spector usaba la mansión de Steven Grant como base de operaciones. No todo se reducía a salas de cuidados, enfermería y habitaciones para descansar, sino a salas de entrenamiento, cocina, comedores… Más que una mansión era una especie de castillo en el que residía un caballero blanco con todo lo que necesitaba para su cruzada al alcance de la mano.

Hobie Brown, como activado por un resorte, se levantó del sillón en el que había estado durmiendo los últimos días, y se acercó a la doctora y la enfermera que acababan de observar a su esposa, Mindy McPherson. Las dos mujeres que atendían a Mindy día sí, día también, pertenecían a la clínica privada de la llamada Enfermera de Noche, encargada de socorrer a los llamados superhéroes y justicieros cuando sufrían alguna que otra herida durante el transcurso de sus quehaceres. La discreción estaba asegurada, por lo que nadie debía temer por su identidad secreta si era atendido por la Enfermera de Noche y los suyos.

– ¿Cómo está? –preguntó Hobie, con ojeras del tamaño de pozos.

–Sigue igual, señor Brown –respondió la doctora Singer–. Está muy débil, y apenas se puede mantener despierta unos cuantos minutos. Es mejor así. Sé que no quiere escucharlo, pero es un milagro que esté viva aunque hayan perdido…

La enfermera que le acompañaba negó con la cabeza. La doctora entendió que no debía seguir, asintió a Hobie Brown y salió de la habitación, acompañada por su ayudante, que se despidió del hombre con una triste sonrisa.

Hobie acercó la silla de plástico que usaba para sentarse cerca de su mujer, cuando no se encontraba durmiendo unos pocos minutos en el sillón que había convertido en su cama.

Durante unos minutos no dijo nada. Simplemente, observó cómo dormía Mindy, como si fuese una estatua de hielo, tumbada, conectada a los cables que monitorizaban sus signos vitales, al mismo tiempo que la ayudaban a respirar.

Poco después, las lágrimas se agolparon en sus ojos. Luchaban por salir; ver a su mujer de aquella manera le destrozaba. Le destruía por dentro de tal manera que creía que se volvería loco. Alguna que otra vez, desde que ocurrió todo, pensó que ya lo estaba, sólo que no había nadie que se lo dijera.

Mindy era la voz de la razón de los dos. Y ya no estaba. Al menos, no como antes; como le habían dicho, podría mejorar, pero también empeorar. Necesitaba descanso, mucho reposo y un pequeño milagro para que saliese adelante.

–Por favor, Mindy ponte bien –suplicó Hobie, permitiendo llorar a sus ojos. Se pegó al cuerpo de su mujer, con cuidado, siempre con cuidado–. Sé que todo ha sido culpa mía, pero tienes que ponerte bien. No puedo vivir sin ti.

La mujer no contestó. Los aparatos conectados a su cuerpo, sí, con ligeros pitidos que indicaban que todo iba bien, al menos, todo lo bien que podía ir en una situación así.

–No puedo vivir sin ti –repitió Hobie–. Te necesito. Si vuelves yo… yo… yo… lo dejaré todo. Nos iremos de esta ciudad. ¡De vacaciones! Unas vacaciones permanentes. Al Caribe, Mindy. Pero si me quieres acompañar te tienes que despertar.

Más silencio por parte de la mujer.

–Fue culpa mía –insistió Brown–. Y-Yo he matado… a nuestro hijo.

El hombre también conocido como el Merodeador enterró su cabeza en las mantas que cubrían a Mindy, y se echó a llorar como hacía cada noche. Se quedó dormido junto al cuerpo de su mujer, aunque no tardó en despertarse.

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Chinatown, Nueva York.

La bella Zhing Tan paseaba con dos amigas igual de guapas por las calles del barrio chino. A pesar de las altas horas de la noche que eran, ninguna daba muestras de preocupación o miedo; para ellas, el peligro no existía, o eso decían las risotadas que dejaban fluir por sus gargantas en algunos momentos.

En cambio, para la figura que las observaba a varios metros, oculta en las sombras que proporcionaba la ciudad, el peligro era algo muy real, incluso tenía nombre y un cuerpo, o varios. Y era por eso que estaba vigilándolas aunque, en realidad, escrutaba a Zhing Tan, de pelo corto y negro como la noche y ojos tan verdes que iluminaban cualquier camino, por oscuro que fuese.

Las chicas se detuvieron junto a un taxi que había aparcado cerca de una cafetería que abría las veinticuatro horas. Hablaron durante unos minutos más; luego, dieron vueltas alrededor del vehículo, buscando al conductor que, en cuanto vio que tenía clientes, salió de la cafetería, aún con migas de pan en la cara.

El escondido personaje vio como las dos amigas de Zhing se metían en el taxi, que se alejó en cuestión de segundos mientras la joven china se quedaba en la acera, saludando a sus compañeras. Luego, se fue alejando, a buen paso, como si estuviese disfrutando la noche.

El hombre al que Zhing Tan conocía como Tommy Wan, pero que en realidad era Shang-Chi, el hijo de Fu-Manchú, gran maestro oriental del crimen, salió de las sombras del callejón que le ocultaba. Aunque se dejó ver durante unos minutos, no tardó en volver a abrigarse con la penumbra que le regalaba Nueva York.

Siguió a Zhing Tan, la mujer con la que salía oficialmente desde hacía unos meses, y a la que conocía desde hace mucho más tiempo, desde una distancia prudencial. Iba vestido de tal manera que tampoco le hubiese reconocido, aunque no podía decir que fuese disfrazado, no. Hubiera llamado demasiado la atención, y él era un experto en esconderse a simple vista.

Intentaba no sonreír al observar a la mujer que quería (aunque sólo se lo había admitido a ella) paseando por las solitarias calles como si fuesen suyas, como si diese un paseo a plena luz del día, con una expresión feliz en el rostro. Por unos segundos, no logró evitarlo, y sus labios se curvaron, compartiendo la felicidad de Zhing Tan, al mismo tiempo que sentía su propio bienestar al contemplar la belleza, interior y exterior de la mujer que veneraba.

Shang-Chi se puso tenso al ver a dos hombres caminando en dirección contraria a la de la chica. Eran de mediana edad, y parecían hablar entre ellos por medio de susurros.

Intentó no parecer atento a lo que hacían. Podían ser hombres de Tarántula Negra, o simples delincuentes callejeros, e incluso podría tratarse de transeúntes inocentes que no tuvieran nada que ver con su afán de protección hacia Zhing.

Aún con su mente atenta a los dos extraños, Shang-Chi pudo captar a otro hombre que esperaba en un coche cercano, leyendo un periódico. Una pareja de adolescentes charlaba animadamente cerca de una de las tiendas por las que tenía que pasar Zhing Tan.

El hijo de Fu-Manchú se preparó para actuar. Esperaba no tener que hacerlo aunque alguno de los presentes fuese un delincuente común. Más que nada porque estropearía la tapadera que llevaba a cabo desde hacía días desde que la Torre Spector había caído.

Zhing Tan pasó al lado de los dos hombres como si nada. La pareja de adolescentes tampoco reparó en ella. El hombre  del coche sí, pero más bien en su belleza, sin ninguna intención funesta hacia la chica.

Shang-Chi se relajó. Siguió caminando, con cuidado de no ser captado por la joven, aunque tampoco hubiera tenido problemas en ocultarse si se volvía hacia él. De todos modos, Zhing Tan iba demasiado embelesada con su camino como para darse cuenta de nada más.

A los pocos minutos, Zhing Tan llegó a su casa. En cuestión de unos segundos, ya estaba dentro del bloque de apartamentos. Shang-Chi esperó un rato más por si ocurría algo, observando las luces del apartamento de su chica y, en cuanto vio que se apagaban, se fue, no sin antes echar un rápido vistazo hacia atrás y escrutar la zona con cuidado; no quería dejar ningún fleco suelto.

Se detuvo al escuchar algo. Vigiló su entorno, pero no había nada que ver, más allá de lo que ya había observado. Pensó, detenidamente, si se estaba convirtiendo en un paranoico.

Muchas veces había sido atacado por su padre, o por criminales y asesinos tan terribles que habrían surcado las pesadillas de los mejores guerreros. Le habían perseguido seres que, para muchos, sólo existían en cuentos de terror creados por los escritores más imaginativos. Había sido testigo del mal en estado puro.

Y nunca había sentido tanto malestar. Una turbadora sensación que le hacía ver una amenaza tras cada esquina, pero no referente a él, sino a Zhing Tan, la única persona que le era apreciada, dejando a un lado a sus amigos y compañeros de los Caballeros que, al fin y al cabo, sabían cuidarse; la chica de ojos verdes, no, y menos a las amenazas que pendían sobre sus cabezas.

Antes de que Tarántula Negra atacase la Torre Spector, Shang-Chi había estado pensando en confesarle a Zhing quién era él en realidad. Mattie lo había hecho con su padre, y le pareció buena idea imitar a la adolescente.

Pero todo había cambiado. No quería que Zhing Tan acabase como el padre de Mattie Franklin. Ni como Marlene Alraune. Ni como Mindy McPherson. Ya le dolía que sus compañeros y amigos hubieran acabado heridos, en cuerpo y alma, por el ataque indiscriminado del demonio vestido de sombras que era Tarántula Negra, pero no podría soportar que algo le ocurriese a Zhing Tan, una persona que no tenía nada que ver con su otra vida; una mujer a la que quería por encima de todo y que era totalmente inocente.

Sabía que, vigilarla día y noche, podría acabar con la chica siendo atacada por sus enemigos, pero confiaba en sus dotes de espionaje y, hasta el momento, no había ocurrido nada.

Aunque nunca se sabía.

Se alejó del bloque de apartamentos y pensó que, quizás, Tarántula Negra no se hubiera parado a pensar que él tuviera seres queridos. Probablemente, había creído que, con dañar a sus compañeros de batalla, ya tendría suficiente. Una buena forma de recibir un mensaje que otros debían captar de diferentes modos. La mejor manera de matar a varios pájaros de un solo tiro. La forma perfecta de dañar a Shang-Chi, de tenerle en un estado que nunca había sentido.

Melancólico, preocupado y sintiéndose paranoico por primera vez en su vida, sintió que Tarántula Negra había acertado.

           

Al final, había vencido.

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Eddie Brock se plantó frente a la puerta que daba a la sala donde reposaba Mindy McPherson. Pensó en dar un par de golpecitos y pedir permiso para pasar, pero sabía que Hobie Brown, que no se separaba de su mujer, no le dejaría entrar; incluso podría no contestar.

Así pues, entró directamente en la habitación. La imagen de Hobie, con su aspecto desaliñado, cansado y vencido, al lado de su mujer, era desoladora. El penoso cuadro terminaba de pintarlo el cuerpo dormido de Mindy, como el de una triste princesa que aguardaba el beso de un príncipe que la despertase.

– ¿Hobie? Siento molestar, pero venía a ver a Mindy –anunció Brock, en un susurro.

El hombre también conocido como el Merodeador no respondió. Ni siquiera se movió un centímetro.

Eddie Brock se puso justo detrás. No sabía cómo reaccionar en esas situaciones. Ni siquiera sabía qué haría él si a un ser querido (y le quedaban pocos) le hubiesen hecho lo que sufría la esposa de Hobie. Pero, al fin y al cabo, Hobie Brown era su compañero, y algo muy parecido a un amigo.

En los últimos meses, había colaborado como uno más con los Caballeros. Había pasado de ser su enemigo, a ser uno más, pero para ello había andando un largo camino en el que había sido un paria, un asesino al que debían proteger y había acabado como un héroe más. Aún le miraban con cierta desconfianza, pero ya le respetaban, confiaban en él en el campo de batalla e incluso le miraban sin sentir vergüenza de estar a su lado.

Y él se veía empujado a devolverles el favor. No porque quisiera estar en paz con cualquiera que le tratase bien, sino porque se sentía lo suficientemente a gusto con ellos como para que sacasen lo mejor que tenía dentro.

–Perdí a mi mujer, ¿lo sabías? –Confesó Brock, a pesar del silencio que guardaba su compañero–. Se suicidó. Sé que no es lo mismo, pero me gustaría que entendieras que todos los que formamos parte del grupo sabemos lo que es una perdida.

Como esperaba, Brown no respondió. Le hubiese gustado decirle que él estaba allí para poder hablar, pero tampoco tenía tanta confianza; no podía cambiarse en meses algo que se había forjado en años.

–Te comprendemos, Hobie. Y estamos aquí. Encontraremos a los animales que han hecho esto y…

Brock se calló al comprobar que su compañero volvía la cabeza, antes de levantarse de la silla con una expresión de furiosa calma en el rostro.

– ¿Y lo pagarán, Brock? –Preguntó Brown, antes de abrir la puerta de la sala, y sacar a Eddie a empujones, con una fuerza que parecía imposible–. ¡¿Lo van a pagar?!

Hobie estrelló a Brock contra la pared más próxima, no sin antes cerrar la puerta de la habitación en la que yacía Mindy. Eddie Brock podría haber evitado el golpe, e incluso tenía el bastante poder como para alzar a su compañero por encima de su cabeza y hacerlo pedazos, pero entendía que necesitaba hacer lo que estaba haciendo.

Necesitaba desahogar su rabia y, si debí hacerlo con él, gustoso se prestaba a ello. Después de todo, era quien más lo merecía de todo el grupo.

– ¡He perdido a mi hijo, Brock! –Rugió Hobie–. ¡Mi mujer se debate entre la vida y la muerte! ¿Y me dices que lo van a pagar?

–Es lo justo –razón el ex-periodista.

– ¡Ahora no me importa lo que es justo! –Hobie intentó que las lágrimas no volviese a surgir; estaba harto de sentirlas–. T-Tú eres el gran Veneno… Te enfrentas a Spiderman, tienes poderes con los que muchos sueñan y das miedo a los demás monstruos que pueblan la ciudad. ¡Puedes proteger a tus seres queridos! Si los tuvieses, claro.

Brock no contestó. No deseaba recordarle a Hobie que su hermana también había sido amenazada. ¿En qué habría podido ayudarle el hacerlo?

– ¿Tu mujer se suicidó? ¡Sé por qué lo hizo! Mi mujer… Mindy no paraba de repetirme que esto no era buena idea. ¡Yo no dejaba de pensarlo! ¡No dejaba de decirle a Spector que nos calmásemos un poco! ¡Pero no! ¡Teníamos que ir contra Tarántula Negra a pesar de habernos avisado de lo que pasaría si lo hacíamos!

Hobie Brown cayó de rodillas, sin poder evitar el llanto.

–Y ahora, mi hijo está… está… Y Mindy…

Eddie Brock fue a hablar, pero no pudo. Intentó acercar sus manos a Hobie, pero éste le soltó un fuerte puñetazo en la cara y, luego, se metió de nuevo en la habitación, con su mujer.

Brock se quedó apoyado contra la pared, agarrandose el pómulo dolorido, sin nada que decir.

Ya había dicho bastante.

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Rochester, Nueva York.

La jovencísima Mattie Franklin se sentó en el borde de la cama con un cansancio que rayaba lo sobrenatural. No era sólo algo físico, sino también mental; sobre todo, mental.

Sus agotados ojos se pasearon por la enorme habitación que había sido su dormitorio de niña, cuando aquella era su casa. Poco a poco dejó de serlo y, aún con el cuerpo caliente de su padre próximo a enterrarse, no sabía ya lo que era.

¿Su hogar? ¿La casa de su padre? ¿La mansión familiar? ¿Un mausoleo? ¿Una fantasmal vivienda llena de recuerdas tanto alegres como dolorosos? ¿Una base de reuniones para todos aquellos que ganaban dinero gracias a su padre y que, ahora, esperaban conseguirlo gracias a ella?

Había conseguido deshacerse de los abogados y empresarios alegando que era tarde y necesitaba descansar. Ahora, ella era la propietaria de todo lo que poseía su padre y, al ser una menor de edad, el laberinto legal en el que iba a entrar no iba a ser ni corto ni gratificante.

Gracias a la ayuda de Richard, uno de los mayordomos más fieles a su familia y que la había cuidado desde que era una niña, había logrado que se tragasen que estaba cansada. El hecho de que, al día siguiente, tuviese lugar el entierro de su padre también había servido para convencerlos; si hubieran sabido que Mattie no podía cerrar los ojos y dormir, la habrían retenido abajo.

La chica sonrió levemente cuando, tras varios largos minutos sola en el dormitorio, sintió una presencia tras ella, en las sombras.

           

– ¿Estás bien? –preguntó Capa.

–Me han hecho tantas veces esa pregunta últimamente que a perdido su significado –respondió la joven.

Capa sintió un pinchazo en el estomago. Le dolía escuchar a su amiga como si, en vez de ser una adolescente, fuese una anciana.

–Puedo irme si quieres –ofreció el héroe.

– ¡No! Quédate –se apresuró a decir Mattie.

Su compañero le hizo caso, y se situó a su lado, pero sin sentarse, manteniéndose de pie, como una sombra más de la habitación apenas iluminada por los rayos lunares que entraban por la ventana.

–Creía que estarías en la mansión –dijo Mattie.

–No aguanto estar allí.

– ¿Cómo está Mindy?

–Igual que cuando llegó –informó Capa.

– ¿Y los demás?

–Microchip y Shang-Chi apenas pasan por la mansión, aunque sé que duermen allí, como yo. Hobie no se separa de Mindy. Spector no sale de la habitación que tiene, en la que guarda a Marlene. Marta Plateada apenas pasa por el sitio. Y Brock pulula por la mansión, como el más cuerdo de todos.

–Eso tiene gracia.

–Me pasaba por aquí porque hace días que no te veía y me preocupaba cómo estabas.

–Nos habríamos visto mañana en el funeral.

Capa pensaba que a la chica le hubiese sentado mal ver a sus compañeros en el entierro de Jeremy Franklin, pero al escuchar lo que había dicho supuso que, en realidad, los esperaba.

– ¿Quieres hablar? –preguntó Capa educadamente.

–No me apetece demasiado. –Mattie puso una mueca de desagrado al escuchar de fondo las voces de los abogados y hombres de negocios que discutían su futuro económico en la parte baja de su casa–. Me gustaría salir de aquí. Tener algo de… silencio.

           

–Eso puedo conseguírtelo.

Antes de que Mattie pudiese decir una palabra, Capa ya la había envuelto con su oscuro manto. En apenas una milésima de segundo ya se habían teleportado a una pedregosa región.

– ¿Dónde estamos? –preguntó la chica al comprobar que se encontraban encima de un montículo rodeado por un enorme precipicio.

–Estamos en las Rocosas Canadienses. No hay un lugar más tranquilo.

Mattie se acercó al precipicio. La oscuridad y el más absoluto silencio le saludaron. Capa tenía toda la razón: no se escuchaba un alma.

La joven se sentó en el duro suelo, y disfrutó la quietud que inundaba el lugar. El silencio era tan prominente que lograba oír la respiración de su amigo, situado a su lado, de pie, tal y como había estado en su habitación, momentos antes.

–Empieza a hacer frío –se quejó Mattie, acariciándose los brazos. A pesar de sus poderes, no era invencible, ni insensible a las inclemencias del tiempo.

Capa se agachó y Mattie vio que era Tyrone Johnson. No sabía aún cómo lograba cambiar con tanta velocidad, pero siempre le sorprendía estar observando al taciturno Capa en un momento y, al siguiente, estar riendo con el simpático Ty.

–Toma. –El chico pasó su capa negra y azul alrededor de los hombros de la joven.

– ¿No voy a adquirir tus poderes?

–Ja, esto no funciona así, tranquila.

Mattie se ajustó la capa y comenzó a coger calor. Tan a gusto estaba que se apretó contra el cuerpo de su amigo, disfrutando de las vistas, la tranquilidad y la paz que desprendía el lugar.

Fijó sus ojos en Tyrone y, cuando éste la miró, le besó los labios tiernamente, pillando desprevenido al chico, que no dijo nada aún cuando la joven se había separado de él.

–Gracias –susurró Mattie, apoyando su cabeza en el hombro de Tyrone que tenía más próximo.

El chico asintió. No había más que decir.

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Mientras tanto, en Nueva York, Microchip observaba con obsesiva atención los restos de la Torre Spector.

           

El edificio había sido totalmente destruido, desde sus cimientos hasta el tejado, donde aterrizaba el lunacoptero. Por suerte, había sido construido de tal manera que, de ocurrir un incidente como el que lo había aniquilado la primera vez (1), no afectaría a los edificios cercanos.

Por suerte para los Caballeros, Spector contaba con los suficientes contactos como para se anunciase una buena excusa para la caída del edificio. En cuestión de minutos, tras el ataque de Tarántula Negra, los restos de la Torre Spector estaban cercados. Los agentes de SHIELD no dejaron que nadie se acercase, hiciera fotos ni grabase nada y, en caso de que algún testigo quisiera hablar de algo, ya tenían una historia lo suficientemente convincente como para que a nadie le extrañase.

Los restos de las maquinas de Spector, ordenadores, incluso del lunacoptero, se explicaron por medio de los informativos. SHIELD y alguna que otra agencia más de seguridad se aseguraron de que se entendiese que en el aparente edificio de oficinas había también laboratorios de investigación; un escape de gas en uno de ellos había provocado el desastre. No había nada más que contar, pues la destrucción había sido tan absoluta que la mayoría de lo que contenía la Torre Spector había quedado irreconocible.

Linus Lieberman, el hombre conocido más por el apodo de Microchip, observaba lo que quedaba de su hogar  con añoranza, pena, frustración e ingentes cantidades de rabia que no podía desahogar con nadie cercano. Él no era como los demás, que insultaban a sus seres queridos, o culpaban a la gente inocente de lo que les pasaba; era lo suficientemente frío como para saber, incluso en aquellos momentos, que el único sobre quien debía descargar su rabia era el autentico responsable de tamaña destrucción.

La calle estaba totalmente vacía, y no era sólo porque eran altas horas de la madrugada. Muchos de los que vivían alrededor de la construcción habían decidido irse mientras continuaban las tareas de limpieza, que llevaban a cabo un equipo bien nutrido de agentes de SHIELD de paisano. No sabía bien cómo ni cuándo se había puesto Spector en contacto con la agencia, pero supuso que le costaría varias favores muy caros devolverle a SHIELD todo lo que estaba haciendo por él, y eso sólo a la agencia donde trabajaba Nick Furia. Micro no quería ni pensar en lo que tendría que hacer por otras agencias, alguna tan secreta que ni siquiera él conocía.

Debido a la quietud de la calle, Linus pudo escuchar llegar a Shang-Chi, a pesar de lo sigiloso que solía ser.

– ¿Cómo sabías que estaba aquí? –preguntó Micro, sonriendo de manera amarga a su amigo.

–Ha sido de casualidad. Estaba dando una vuelta cerca de aquí. –Shang no pretendía contarle la vigilancia a la que tenía sometida a su chica–. No soy tan bueno.

Ambos rieron, aunque con cierta desgana. Luego, se quedaron mirando el edificio destruido, en silencio, disfrutando de la compañía, pues compartían el conocimiento de lo que había ocurrido allí en realidad.

– ¿Por qué vienes aquí cada noche, Micro? –preguntó Shang-Chi tras unos largos minutos.

–Vengo a ver mi hogar –confesó Linus–. Cuando trabajaba con Frank, apenas paraba unos meses en un sitio. ¿Cuánto llevo con vosotros? ¿Casi un año? ¿Poco más? Pero la Torre Spector era mi casa, mi hogar, y alguien tiene que pagar por esto.

–Te comprendo. Algo así me pasa a mí.

Los dos se callaron. El silencio habló por ellos.

–Es curioso –dijo Microchip.

– ¿Qué?

–Es curioso. Hobie ha perdido a su hijo, y su mujer lucha por su vida; Mattie ha perdido a su padre; Marta ha perdido a todo su equipo; incluso Spector ha perdido a su ser más querido, y la base que nos había dado. Y no ha sido lo único; la paliza que le dio Tarántula Negra le va a ser difícil de olvidar.

– ¿Y qué es curioso? –quiso saber Shang-Chi.

–Nosotros no tenemos a nadie. En este “negocio” ya ni siquiera valen las identidades secretas para proteger a nuestros más allegados. Sólo hay dos opciones: no tener o tenerlos muy lejos, y sin que sepan que sigues vivo. –Micro miró a su amigo–. Brock tiene a su hermana al otro lado del país; Capa no tiene a nadie, bueno, a Puñal, pero está ilocalizable y… ¿Nosotros? Yo perdí a mi hijo hace años, y nadie iría a por Frank.

Shang dejó escapar una carcajada cargada de ironía.

–Has sabido proteger a esa chica tuya –dijo Micro.

–Mintiéndole y manteniéndola lejos, como dices –confesó–. Si no fuese tan bueno ocultando mi rastro…

–Pero sigue viva.

Shang-Chi se guardó para sí mismo las consideraciones sobre cómo había obrado Tarántula Negra para herirle. En realidad, para herirles a todos; eran un equipo, llevaban mucho tiempo juntos, más de lo que creía Microchip, y eran casi como una pequeña familia. Herir a uno era herir al resto y lo estaban comprobando todos.

–Puede que la única solución sea estar solo, o dejar todo esto –murmuró Linus.

–Estas cosas no se ven diferentes a la mañana siguiente –sentenció Shang.

–Cierto.

–Puede que varios días después.

– ¿Tú crees? –Micro negó con la cabeza–. Ninguno sabemos cómo va a reaccionar Marc. ¿Y Hobie? Probablemente se irá. Y la pobre Mattie… Una adolescente no debería ver cómo asesinan a su padre; una chica así debería estar saliendo con chicos, estudiando, preocupándose por fiestas y los grupos que hacen conciertos.

–Todo es posible. Sabes que la Torre Spector ya cayó, ¿verdad?

–Eso tengo entendido.

– ¿Sabes lo que pasó después?

–No –admitió Linus.

–Marc lo dejó, todos lo dejamos. ¿Y sabes qué pasó después? –Shang-Chi se frotó las manos, como si el recuerdo le hubiese dado frío–. Marc resurgió, nos reunió y formó los Caballeros, más fuertes que nunca.

Microchip lo entendió, y sonrió, más animado. Su amigo le devolvió el gesto, del mismo modo.

–Puede que dudemos, puede que tardemos, puede que algunos se vayan, pero resurgiremos. Marc no tiene poderes, salvo el de levantarse cada vez que se cae y nosotros –Shang asintió– estaremos con él en ese momento.

–Suena bien, amigo –dijo Microchip, mirando con otros ojos las ruinas que tenía frente a él.

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Symkaria, Europa.

Lemar Hoskins y Marta Plateada llegaron a Symkaria poco antes de la hora de comer. En menos de una hora, se encontraban en la funeraria, la más cara y profesional de todo el país.

Marta acarició con sus dedos los tres elegantes y caros ataúdes que tenía frente a ella, como si fuesen enormes teclas de piano, preparadas para emitir una macabra melodía.

La sala en la que se encontraban la mercenaria y Lemar Hoskins contenía un sepulcral silencio que casaba con la personalidad de la mujer; fría, controlada y obsesivamente alejada de toda emoción.

Intentó, con todas sus fuerzas, no pensar en los buenos momentos que había pasado con aquellas tres personas, pero no lo consiguió. Las batallas que habían vivido, las cervezas que se habían tomado después, las cenas realizadas para celebrar una victoria… Ya no habría más de nada; ni charlas, ni bebidas, ni comidas, ni risas. Estaban muertos, asesinados por alguien que se creía lo bastante poderoso como para alzarse por encima de los demás y hacer con ellos lo que quisiera.

Tras tocar los tres ataúdes, regresó al primero. Fue a abrirlo, pero Lemar Hoskins, que iba como ella, con traje de calle, se adelantó a agarrarle la mano, dispuesto a evitar un espectáculo que no tenía ganas de presenciar.

–Marta, no lo hagas –sugirió el hombre.

– ¿Crees que me voy a derrumbar? –Preguntó la mujer–. He cometido muchos errores estos días. Unirme al equipo de Marc ha provocado en mí que deje de lado lo que de verdad soy. Me he permitido sentir, he dejado en bandeja de plata a mis enemigos piezas elementales que tirar para hacerme daño. Eso es ha acabado; es hora de que vuelva mi autentica yo y, para ello, es necesario que vea los cadáveres, Lemar.

Hoskins no supo qué responder. ¿Era mejor la Marta Plateada obsesionada con su misión, fría como el hielo y dura como una piedra? ¿O la Marta Plateada con suficientes emociones como para sentir algo por Marc Spector y volverse loca por venganza?

Lemar dejó la mano de su amiga y se retiró unos metros, dejando que viese, en aparente privacidad, el cuerpo de los componentes habituales de la Banda Salvaje.

Cuando abrió el trabajado ataúd, pudo observar el cuerpo sin vida y profesionalmente preparado, de Carl Striklan. Antiguo marine, ex-policía y miembro de Hydra antes de unirse a su Banda Salvaje.

Marta se dirigió al siguiente ataúd. Al abrirlo, se dio de bruces con el cadáver de Amy Chen. Era tan guapa como cuando estaba viva; aún conservaba ese cierto tono de fiereza en el rostro, como si hubiese sido esculpido para siempre.

Con cierta pena, la mercenaria recordó que antes de estar en la Banda Salvaje había trabajado con su ex-marido, el hombre conocido como Forastero. Una sonrisa cruzó su rostro al rememorar que su antiguo amante había perdido una de sus mejores guerreras, que ella había ganado después.

Marta abrió el último féretro. Doug Powell le saludó con un mortal silencio pronunciado por sus labios secos. Aunque estaba muerto, a Marta le parecía poder escuchar sus bravuconadas, sus frases hechas y sus desvaríos de macho, que luego se traducían en una valentía propia de alguien que enmascaraba una personalidad heroica con comportamientos propios de un John Wayne pasado de rosca.

Los dos hombres y la mujer no eran los únicos miembros de la Banda Salvaje que había tenido. Algunos habían muerto antes que ellos, otros lo habían dejado y muchos otros iban y venían; pero aquellas tres personas, junto con Lemar Hoskins, eran los más fieles soldados que había tenido en su particular guerra. Ellos, más que ningún otro, habían pasado el tiempo suficiente junto a ella como para conocerla lo bastante bien como para saber que, sus muertes, no quedarían sin castigo.

–Quiero que me cuentes cómo fue –dijo Marta.

           

–Creía que no querías saberlo –respondió Lemar.

–Estaba en shock, y había otras cosas en las que pensar. Cuéntamelo.

–Fue un tipo llamado Rastreador. Es nuevo o, si no lo es, no logramos encontrar nada de él –explicó el hombre.

–Si hay algo que hallar, Microchip lo hará. ¿Cómo pudo encontraros?

–Ni idea. Nos atacó… ¿De verdad quieres seguir con esto?           

Marta asintió. Casi podía notar como se le volvía a endurecer el corazón.

–Estábamos con una misión recién acabada. ¿Recuerdas la de los hijos de esos nazis que se ocultaban en una aldea de África? Nos cayó encima como un torbellino. Disparaba unas balas que perseguían a su objetivo, y parecía controlar a las maquinas. –Lemar se calló unos instantes, deteniéndose a pensar en los detalles–. Creo que era una especie de robot, o un cyborg, o… Me dio por muerto por culpa de una explosión, de otro modo, habría un cuarto ataúd.

–Me alegra que estés vivo. –Marta cerró las tapas con furia contenida–. Digas lo que digas, voy a acabar con ese tipo, sea lo que sea. Y, después, con Tarántula Negra.

–Intentaré estar a tu lado –contestó Hoskins.

Marta no se lo agradeció. Estuviera o no, ella cazaría a los asesinos de sus amigos.

Tarde o temprano.

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Mansión Grant, Nueva York.

Eddie Brock se encontraba almorzando en una de las cocinas de la enorme vivienda, concretamente, en la más usada por todos desde que se habían mudado.

Nedda, muy amablemente y a pesar de sus reticencias, le había preparado un par de filetes al limón con una buena ración de patatas fritas. Todo acompañado por una buena cerveza fría y la promesa de un helado de chocolate que, probablemente, dejaría para la cena, si es que acababa tomándoselo.

Le quedaba medio filete cuando Microchip apareció en la estancia. El aspecto agotado y hundido que poseía era el mismo que tenían todos desde los últimos acontecimientos, así que no le extrañó nada.

–Buen provecho –dijo educadamente Linus antes de abrir la nevera y sacar una botella bien fría de agua.

–Gracias –contestó Brock.

Micro sacó un vaso alargado, se sirvió el agua, se la tomó, y después repitió la operación, no sin antes haberse sentado frente a Eddie Brock en la solitaria mesa en la que estaba comiendo.

–Es genial todo eso de la Enfermera de Noche, ¿verdad? –dijo Microchip.

–No sabía que los superhéroes tenían su propia sala de curación personal y discreta. Hay que dar mucha confianza para ir herido a un sitio de esos –expresó Brock.

–Bueno, cuando uno está herido y no puedes ir a un hospital, no hay mucho que pensar.

–Como los médicos de la mafia –añadió Brock.

–Algo parecido, sí. –Micro dio un sorbo a su segundo vaso de agua–. Dicen que no solo hay un centro de Enfermera de Noche en Nueva York, sino más por el resto del mundo, pero no tengo confirmación.

Eddie alzó los hombros y siguió comiendo.

–La enfermera de la doctora Singer me ha comentado esta mañana lo ocurrido anoche entre tú y Hobie –informó Linus.

– ¿Has dormido aquí esta noche?

–Un poco, pero no nos desviemos del tema –pidió Micro–. Me lo contó porque estaba preocupada. Supongo que conoce tu historial y…

El antiguo compañero de Punisher observó la reacción de Brock, que apenas si se inmutó.

–Yo sé por qué lo hiciste, Brock, y te lo agradezco.

–Yo no hice nada –replicó el ex-periodista.

–Sí, intenta escaquearte, pero yo te doy las gracias, porque Hobie no te las va a dar. Le diste algo a lo que golpear y, aunque no vaya a estar mejor, seguro que fue un momento en el que se desahogó lo suficiente como para dormir bien.

Eddie Brock volvió a alzar los hombros. Siguió con su filete, aunque no consiguió disimular la leve sonrisa que se dibujó en su cara. Microchip pensó que, si había una nueva razón para continuar con los Caballeros, Brock la personificaba; si Spector había logrado convertir a Veneno en uno de los “buenos”, podría conseguir cosas grandes, mucho más grandes.

–No entiendo una cosa, Brock –admitió Microchip.

–Dime.

–Tarántula Negra nos amenazó a todos, ya sabes, acabar con nuestros familiares, con nuestros seres queridos, incluso destruirnos para que viéramos a nuestros compañeros caer sin que pudiéramos hacer nada. Lo hizo para que le dejásemos en paz.

–Nos tenía miedo, y lo sigue teniendo. –Una ráfaga de rabia cruzó los ojos de Brock–. Y, ahora, tiene muchas razones.

–Te venció y eres uno de los más poderosos del grupo –recordó Micro.

–Estaba solo… Estábamos solos… Todos; mi simbionte y yo, vosotros… Deberíamos estar unidos la próxima vez pero, lo que ha hecho, ha conseguido separarnos más.

Microchip se mostró sorprendido. ¿Veneno hablando de equipo? Definitivamente, lo que había hecho Marc con el grupo era digno de admirar.

–Lo que quiero decir –continuó Linus Lieberman– es que, salvo a mí, a Shang.-Chi y a Capa, os amenazó a todos. Tenía datos concretos de vuestros familiares, de vuestros allegados… Bueno, yo no tengo a nadie. Capa sólo tiene a Puñal y sigue desaparecida (2) y sería inútil ir a por la familia de Shang-Chi.

–Tiene a esa chica china de la que nos habló.

–Shang sabe cubrir su rastro muy bien –explicó Micro, recordando la conversación que había tenido con su amigo la noche anterior–. Pero, es cierto; se le nota preocupado. A ti, en cambio, no, y amenazó a tu hermana.

Eddie Brock asintió, aunque sin darle demasiada importancia.

–No te mostraste preocupado –dijo Linus–. Ni siquiera ahora tienes pinta de que te intranquilice su estado, o eso, o eres muy buen actor.

–Tarántula Negra se marcó un farol conmigo –sentenció Eddie.

– ¿Cómo?

–Mi padre es fácil de localizar, pero mi odio por él es tan mutuo que amenazarlo sería inútil. De algún modo, Tarántula Negra lo sabía, por eso metió a mi hermana, a la que mantengo alejada para protegerla de quien quiera matarnos, a mi simbionte y a mí. Está totalmente ilocalizable.

–Y mucho, ni siquiera yo sabía que tenías una hermana –dijo Microchip–. Por eso me sorprende que Tarántula Negra la encontrase.

–Es bueno y tiene los recursos necesarios para encontrar a cualquiera, pero no a Mary. –Brock levantó un dedo al mismo tiempo que esbozaba un gesto de triunfo–. Verás, mi traje puede transformarse en cualquiera cosa, convertirme en quien quiera y disfrazarme de lo que quiera. Cada cierto tiempo la visito, para cerciorarme de que está bien y porque… la echo de menos.

Linus asintió.

–Tarántula Negra dijo que era pelirroja. Mary sabe quién soy y también sabe mantenerse oculta, por lo que cambia mucho de peinado, aspecto… Lleva dos años sin ser pelirroja.

Ambos dejaron escapar una carcajada de victoria. Microchip se levantó, guardó en le nevera la botella de agua que casi se había acabado y se dirigió a la puerta de la cocina.

–Esta tarde es el funeral del padre de la chica –anunció.

–Lo sé –contestó Brock.

– ¿Vas a ir?

–Creo que no sería lo adecuado.

–Vamos a ir Shang-Chi y yo. Los demás ya sabes dónde están y no creo que Hobie tenga en primer lugar en su agenda salir de la habitación donde está Mindy. Capa va y viene pero supongo que irá.

–No creo que el tipo que quería matar a su ídolo sea muy bien recibido –replicó Brock con una amarga sonrisa.

–Ya no eres ese. Ahora, eres su compañero –dijo Microchip, alzando un pulgar–. Deberías ir.

Antes de que Brock pudiera seguir, Linus ya estaba fuera de la cocina.

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La tarde estaba totalmente iluminada por los rayos de sol, que daban una irónica estampa a la escena que podía observarse en el cementerio, mientras el cura pertinente recitaba unas palabras en honor a Jeremy Franklin.

Muchos de los que estaban presentes pensaron que aquello era una broma de Dios. No siempre iba a llover durante un entierro, pero que hiciera aquel precioso día cuando tanta gente estaba reunida para despedir a alguien querido, era lo más parecido a una broma cósmica que iban a ver nunca.

Mattie se hallaba junto a J. Jonah Jameson y su esposa Marla. Alrededor, se hallaban los mayordomos y sirvientas más fieles de su padre, los más antiguos, quienes habían estado con ella desde que era una niña. Los socios de negocios se arremolinaban al otro lado del ataúd, no demasiado cerca, pero tampoco lo suficientemente lejos como para no verse envueltos con los más allegados; perfectamente situados donde nadie les confundiese con personas a las que Mattie conocía.

Entre la multitud vestida de negro se encontraban Tyrone, Microchip, Shang-Chi y Eddie Brock. Todos en un discreto tercer plano, especialmente Brock, que había usado su simbionte para cambiarse el color del pelo y colocarse un poco de bigote.

El funeral transcurrió sin ningún problema y cero incidentes. Mattie intentó no derrumbarse en ningún momento; cuando parecía que iba a hacerlo, sólo tenía que mirar a su tía Marla que, con su dulce mirada, la tranquilizaba. Intentó no darle demasiadas vueltas al hecho de que era su padre el que estaba en el cajón de madera que estaba siendo enterrado; también trató de no sentirse culpable, al menos, en ese momento.

Pero no podía evitarlo. Le habían asesinado porque ella hacía de superheroína y había muerto sabiendo que ella era Spiderwoman. Su padre, al final, había tomado su último sorbo de vida sabiendo que se iba porque los enemigos de su hija querían.

Cuando todo acabó, Mattie recibió personalmente el pésame de todas y cada una de las personas que habían ido al entierro. La chica divisó un par de cámaras de televisión que se fueron en cuanto lo jugoso hubo terminado.

–Vente con nosotros, Mattie –pidió Marla Jameson a la joven, cuando el cementerio volvió a la normalidad.

–Tengo cosas que hacer –murmuró Mattie observando la miríada de tumbas que poblaban la zona.

–Jonah te puede ayudar con el papeleo, si ese es el problema.

–Dale las gracias a tío Jonah, pero ya hay gente que me ayuda. No es eso, tía Marla, es que… necesito estar sola. Creo que voy a dar una vuelta y puede que esta noche me pase por casa. ¿Molestaría?

Marla la miró con cariño y la abrazó.

–En absoluto, pero ten cuidado.

Mattie asintió. Sonrió al ver a lo lejos a Jonah Jameson, al que no se le daba bien revelar sus sentimientos pero, sin embargo, había estado todo el rato con ella, callado como una estatua, pero con ella. Y eso era lo que importaba.

– ¿Te llevamos? –preguntó Marla.

–Tengo quien lo haga. –La chica señaló a un pequeño grupo de personas. Al ver el gesto intranquilo de la señora Jameson, trató de tranquilizarla–. Son de fiar.

–Bien. Ven esta noche y ya hablamos mañana.

La joven asintió y esperó a que la mujer se fuese para dirigirse a sus compañeros de los Caballeros.

–Creo que Jameson nos estaba mirando demasiado –se quejó Microchip.

–Si no me ha reconocido a mí, no os ha reconocido a vosotros –dijo Eddie Brock, recordando su pasado con el propietario del Daily Bugle.

Tyrone Johnson abrazó a Mattie, para que sintiese que estaba allí con ella. Los demás la rodearon, dándole a entender que estaban allí, como los compañeros y amigos que eran.

–Muchas gracias por estar aquí. –La chica miró a Brock–. A todos, de verdad. No sabéis cuánto os lo agradezco.

–No ha sido culpa tuya… –empezó a decir Eddie Brock, antes de ser cortado con una mirada por Microchip, indicándole que no era el momento.

– ¿Te vienes a la mansión con nosotros? –preguntó Linus.

–Quiero estar sola, y luego iré a casa de tía Marla. Hay muchas cosas que hablar sobre mi vida, pero una de ellas no es mi papel de Spiderwoman.

–Entendemos que lo quieras dejar –añadió Shang-Chi.

– ¿Dejarlo? –Mattie lo miró con cierta decepción–. Ahora es cuando no hay que dejarlo. Hay un monstruo ahí fuera que se quiere hacer con la ciudad. Nos ha apalizado, chantajeado y luego ha ido a por nuestros seres queridos. ¿No hará eso con la gente corriente? ¿No nos reunió para ayudar a esa gente?

Todos asintieron.

–Si ahora nos rendimos, habrá ganado –intervino Tyrone para subrayar lo dicho por Mattie.

– ¿Y Marc? –preguntó Micro.

–Si yo lograré levantarme, él también –sentenció Mattie.

De nuevo, todos estuvieron de acuerdo, al mismo tiempo que se sentían orgullosos al ver que dentro del cuerpo de la niña, había toda una mujer.

                                               EPILOGO

Mansión Grant.

Como si fuese tan de piedra como la estatua que observaba, Marc Spector no movía ni un solo músculo. Frente a él, la petrificada Marlene esperaba un milagro que no iba a llegar nunca.

El ex-mercenario no se acordaba del entierro del padre de Mattie Franklin. Tampoco pensaba en la hermana de Eddie Brock, ni en la chica de Shang-Chi, ni en cómo se sentiría la joven Spiderwoman. Mucho menos se detuvo a meditar sobre dónde estaba Marta Plateada, o los sentimientos que albergaba Microchip sobre la destrucción de la Torre Spector.

Él sólo podía pensar en Marlene. Sólo podía pensar en Tarántula Negra, advirtiéndole, entrando en la Torre Spector, venciéndole y, finalmente, volando por los aires el edificio. Sus recuerdos machacaban continuamente la imagen de la estatua de Marlene con la nota de Tarántula Negra diciéndole que le mandaba un regalo.

Marc se aplastó las orejas con las manos, como si intentase acallar unos gritos que, en realidad, no existían. Unos aullidos que ni siquiera escuchaba y que le decían, como pesadas bestias, que había fallado.

No había pensado en Marlene. No había pensado en nadie más que en él, y en su misión de venganza; en Khonshu y el traje que llevaba. Y todo lo demás, junto a la amenaza de Tarántula Negra podía irse al carajo.

Por enésima vez, Marc acercó su silla de ruedas a Marlene y acarició su fría y dura superficie. Procuraba no mirarle el rostro, porque eso le provocaba más dolor que todos los golpes que le había dado Tarántula Negra. Tenía analgésicos para aplacar las heridas, las fisuras, las costillas doloridas y los moratones, pero no los quería; deseaba sentir la agonía que no le dejaba dormir, porque se lo merecía.

–He captado el mensaje; ahora, haz algo –dijo Spector.

Nadie le respondió, pues nadie había con él.

–Sé que puedes hacerlo. –El líder de los Caballeros posó sus ojos en una enorme sabana que tapaba algo mucho más grande que él, cuando estaba de pie–. ¿Me has oído? Me resucitaste dos veces. ¡Me has dado poderes! Tienes que curar a Marlene. ¡He aprendido la puta lección!

Lo que se ocultaba bajo la sabana no le respondió. Spector puso en movimiento la silla de ruedas, se dirigió hacia el enorme objeto oculto y lo miró de arriba abajo con notable indignación.

– ¡Hazlo! ¡Cúrala! ¡Tienes que curarla!

Al no recibir contestación, empezó a golpear lo que había bajo la sabana. Mientras sus puños encontraban la dureza que escondía el blanco envoltorio, las lágrimas hicieron su indeseable aparición.

–Tienes que… devolvérmela… por favor… –suplicó Spector.

Agarró la sabana y tiró de ella, al mismo tiempo que se caía de su silla de ruedas. Una impresionante estatua de Khonshu se mostró.

           

–Lo he dado todo por… ti. Tráela de nuevo, te lo suplico… –repitió.

– ¿Por qué debería hacerlo?

Marc se giró hacia la voz chillona salida de las pocas sombras que contenía la estancia. Se quitó las lágrimas de la cara, para no revelar la debilidad que lo embargaba y se dispuso a encarar al intruso.

– ¡Oh, Marc! No estropees éste momento tan emotivo –se burló la estridente voz–. Por cierto, muy considerado al tener otra estatua aquí; no hubiera quedado bien rezarle a los escombros de la otra.

Marc Spector se puso en pie y, a pesar del dolor y que no debía usar demasiado las piernas, se fue acercando a las sombras. Entre ellas pudo ver una figura ataviada con una capa blanca con capucha, muy parecida a la de su propio traje de Caballero Luna. Unos ojos animales se movían en la oscuridad, acompañados por una siniestra sonrisa llena de colmillos.

– ¿Quién eres? –preguntó Spector.

Un brazo envuelto en tela blanca se alzó. Unos dedos cubiertos por un guante blanco señalaron la estatua de Khonshu.

– ¿Quién crees que soy? –respondió la criatura, antes de soltar una macabra risita.

–No… no… no puede ser…

– ¿No, pequeño Marc? ¿Quién te crees que te ha estado hablando, susurrando en la cabeza últimamente y apareciendo de cuando en cuando? (3). ¿Pensabas que era Tom Cruise?

Marc no respondió. No podía dar crédito a lo que estaba contemplando, a pesar de haber asistido a sucesos increíbles en toda su vida.

–O puede que sólo esté en tu cabeza, pequeño Marc –explicó el ser–. Puede que sea una alucinación. Es posible que hayas perdido la olla de una vez por todas, al ser totalmente vencido por ese Tarántula Negra y haber perdido a tu novia en el proceso. O puede que esté solo en tu cabeza pero sea real. Tantas opciones… y cuál elegir… Tic, tac, tic, tac.

– ¿Y qué debería creer?

La criatura se escurrió entre las sombras, jugando con ellas para no dejarse ver del todo. Sus colmillos refulgieron en la penumbra.

–Lo que te dé la gana, pequeño Marc, pero si crees que soy parte de tu chaladura de coco, no creo que podamos hacer nada por Marlene. –La figura rió al observar la estatua–. Sigue estando buena hasta en ese estado. ¡Me encanta!

–Haz que vuelva a la normalidad –ordenó Spector, tratando de convencerse que de verdad era Khonshu, de alguna forma.

–Veo que vas al grano. ¿Por qué debería hacerlo?

– ¡Por todo! He llevado la justicia, la venganza a quienes lo merecían; he creado este grupo, me deshice de Marc Spector…

–No, no, no –negó el ser moviendo uno de sus dedos de un lado a otro–. Yo aproveché el conjuro del Doctor Extraño (4) para poder eliminar a Marc Spector de la ecuación. Casi lo conseguimos, pero los fragmentos del pequeño Marc siguen por tu cabecita, e impiden que mi caballero salga a la luz por completo. No me entiendas mal, has hecho un gran trabajo; acabasteis con Matanza, con la Abominación, atrapasteis a Veneno, pudisteis con la Brigada de Demolición, y me serviste las victorias como un buen sacerdote. ¡Incluso has eliminado de Jake Lockley de la ecuación de tu vida! Usas a Steven Grant como el disfraz que siempre debió ser y lo de Marc Spector, es una gran máscara para moverte entre los demás, pero…

Khonshu sacó pecho y mostró la luna dibujada en su traje, igual al que solía llevar Spector.

–Ésta es tu autentica cara. No llores, pequeño Marc, estoy aquí para ayudarte a conseguirlo, claro. Huelo tanta venganza en ti que no he podido resistirme a bajar de una vez por todas y más sabiendo que ese servidor de Anansi (5). ¡Puagh! Ese dios araña está planeando algo, pero claro, desde ese crepúsculo de Loki (6) todo el reino sobrenatural está lo suficientemente alterado como para…

– ¡Cúrala! –rugió Spector.

La criatura perdió su sonrisa y salió de la oscuridad. Era exactamente igual que el Caballero Luna, salvo por el rostro. Lo llevaba al descubierto, y era el rostro desfigurado, masacrado y sanguinolento de una persona ya irreconocible. Sus colmillos y dientes, monstruosos, habían dejado de expresar su horrible sonrisa.

–No estás gracioso cuando te pones así, y yo tampoco –amenazó Khonshu–. ¿Quieres recuperar a Marlene?

–Sí…

– ¿Harás cualquier cosa que te diga?

Marc agachó la cabeza.

– ¿Pequeño Marc?

– ¡Sí!

–Así me gusta. Ésta va a ser la primera de una larga serie de charlas porque, oh, sí, tenemos mucho que hablar pero, antes de eso, tengo una pregunta que hacerte.

–Qué…

– ¿Qué piensas hacer contra quienes te han hecho esto?

Marc miró la estatua de Marlene, después la de Khonshu y luego a la aparición.

–Venganza –sentenció.

La criatura sonrió más ampliamente de lo que lo había hecho nunca.

–Ese es mi chico.

1.- Ver la serie Marvel Knights publicada por Forum.

2.- No saben que está viviendo con Peter Parker. Ver la serie Spiderman en Action Tales.

3.- Ver la mini-serie Marvel Knights: Crepúsculo en Action Tales.

4.- Ver Marvel Team-Up #4-6 en Action Tales.

5.- Se refiere al Dios Araña relacionado con Ezekiel Sims, Spiderman y otros héroes arácnidos.

6.- Habla del evento conocido como el Crepúsculo de los Dioses.