Atrapado en el corazón de una explosión nuclear, víctima de los rayos
gamma, el Doctor Banner sufre una mutación que lo transforma en los momentos de
tensión, miedo o ira, en la criatura más poderosa que jamás piso
Anteriormente en Hulk: Tras salir del mundo subatómico de Jarella, totalmente victorioso, Hulk se embarca en una aventura espacial con el grupo de jóvenes superhéroes conocido como los Nuevos Guerreros. Poco después, se ve envuelto en el enfrentamiento entre Defensores e Invasores, quienes fueron manipulados por fuerzas externas. Tras perder el control en la realidad nazi, durante la lucha contra Hitler y sus oscuras fuerzas, Banner decide dejar los Defensores por miedo a perder el control de nuevo como Hulk y provocar una catástrofe.
PROLOGO
Tras cinco largas horas atravesando caminos de tierra, carreteras secundarias sólo usadas por granjeros y habituales de la zona, y zonas frondosas alejadas de la carretera y los coches que la cruzaban, decidió acercarse a una de las vías por las que cruzaban velozmente los diferentes vehículos cuyos dueños no apartaban la vista, atentos en lo que tenían frente a sus ojos, listos para llegar a su destino.
Llevaba un total de cinco días de viaje. No le faltaba el dinero; no se trataba de huir, sino de llegar y descansar. Serenarse, más bien. Y, ¿qué mejor que un paseo para aclarar las ideas? Aunque, en su caso, era una expresión muy suave para lo que en realidad le estaba pasando.
Así que echó a andar. Se compró un par de mapas, para conocer las zonas menos pobladas por las que podría ir paseando, y puso en movimiento sus pies.
Dormía en moteles, donde apenas se dejaba ver más allá de para pedir la llave de la habitación y comprar un refresco en la maquina –si la había– junto a las puertas de las diferentes habitaciones. Luego, en cuanto los primeros rayos de sol entraban por su ventana, tomaba una ducha, comía algo de lo que compraba en las tiendas de comestibles que iba encontrándose por el camino, y volví a ponerse en marcha. Echaba de menos tomar un buen desayuno; un poco de beicon recién hecho, con unas tostadas y algo de café caliente, pero hasta que no llegase hasta su destino, no podría disfrutar de lujos tan apetitosos.
Después de tantos días sin hablar con prácticamente nadie, y sólo usar sus pies como medio de transporte, decidió hacer autostop. La noche empezaba a cubrirle la cabeza cuando tomó la decisión; tardó en hacerlo, pues antes de comenzar su periplo se había prometido que haría lo necesario para resistir la tentación de levantar el dedo pulgar en el arcén de una carretera. Pero ese día se había distraído, empezaba a oscurecer y aún no había hallado ningún motel en el que pasar la noche.
Meditó la opción de dormir al raso, pero podrían robarle, e incluso pararle la policía y acusarle de desorden publico, o aplicarle alguna de esas absurdas leyes que usaban para justificar su sueldo molestando a pobres mendigos o los sin techo. En realidad, el autentico problema no era encontrarse en una de esas situaciones, sino… su otro yo. No quería arriesgarse, prefería incumplir su promesa e intentar que algún coche le parase y llevase hasta el motel más próximo. Tampoco es que fuese la más segura de las opciones; hacer autostop siempre era un riesgo y, al fin y al cabo, lo que estaba haciendo era pasear. Como el padre que se enfada con su hijo adolescente y decide darse una vuelta por el barrio para refrescar sus ideas; como la esposa que, enfadada con su marido, determinaba que necesitaba reflexionar sin que nadie le dijese lo que tenía que hacer.
En su caso también era diferente. Si no se tranquilizaba, si no encontraba la razón de la ira que llevaba dentro, los heridos serían los demás. Ya había sido testigo de ello, y no aguantaría ser de nuevo un enemigo para todos los que confiaban de él, y mucho menos causar dolor a más gente inocente que no tenía que ver con él.
Durante una larga media hora no vio ningún coche. Supuso que se encontraba en una zona poco transitada, algo que confirmó al sacar uno de sus mapas. Siguió andando por el arcén, hasta que, otra media hora después, varios automóviles pasaron. Ninguno de ellos paró, aunque todavía no tenía razón para preocuparse; mientras hubiese algo de luz en el cielo, no tenía que intranquilizarse. En cambio, si caía la noche, ya podría comenzar a pensar sobre qué hacer; las probabilidades de que algún coche parase a un autoestopista en la oscuridad eran mínimas, y más en una zona tan abandonada.
La suerte le sonrió cuando las tinieblas cayeron del todo sobre la carretera. Un enorme camión se detuvo, con cuidado, a su lado; llevaba quince minutos sin ver ningún vehículo, así que, supuso toda una sorpresa que el coloso de metal se parase.
– ¿Qué tal, amigo? –le saludó el conductor tras abrir la puerta del copiloto. Era un camionero vestido con la típica camisa de cuadros rojos y negros; una barba de varios días le decoraba su cara de expresión afable y ojos amistosos.
–Algo cansado, pero bien –respondió el viajero.
–Te he visto haciendo dedo y no he podido resistir a pararme. Se está haciendo de noche, no suelo recoger a nadie, pero pareces buena persona –dijo el camionero. Se tocó la frente con un solo dedo–. Tengo una habilidad especial para saber quién lo es y quién no, ¿sabes, amigo?
–Te creo. Conmigo has acertado –respondió, sonriendo.
–Tengo un itinerario del que no me puedo apartar, así que, si nuestros caminos coinciden, podría llevarte, siempre que quieras, claro. No tienes que confiar en mí.
–Voy al condado de Monongalia.
– ¿Virginia Occidental? ¡Pero si estás en Pensilvania, amigo! ¿Pensabas ir andando?
–Lo cierto es que sí –afirmó con rotundidad–. Quería pasar la noche en un motel, pero me he despistado.
–Los tienes bien gordos –asintió el conductor–. Yo voy al sur de Kentucky para entregar mi carga, así que me pilla de camino. ¡Sube, amigo! Nos haremos compañía, y te puedo dejar en una zona que te pille cerca.
El paseante subió al camión, tomó asiento y cerró la puerta.
–Muchas gracias. Si puedo hacer algo para agradecérselo…
–Para empezar, puedes decirme tu nombre.
El desconocido se quitó la gorra de béisbol que llevaba sobre la cabeza, dejando a la vista el rostro del doctor Robert Bruce Banner.

–Me llamo Eric Norton –mintió.
–Un placer, Eric. Yo soy Samuel Chiklis.
El camión se puso en marcha y reanudó su camino.
RABIA PARTE 1
Escrito por The Stranger/ Portada: Borxa
–No hace falta que me acerques a donde voy; con dejarme en cualquier motel estaré bien –dijo Bruce Banner a su acompañante, tras hora y media de charla sobre carreteras, autostop y envíos en camión.
– ¡Tonterías, Eric! –Replicó el camionero–. ¡Voy de camino!
–Lo sé, pero en realidad mi plan no era ir sobre cuatro ruedas.
Samuel Chiklis no respondió. Se quedó mirando al frente, con una sutil sonrisa en la cara. Bruce no supo qué estaría pensando realmente, pero estaba claro que no le iba a dejar salir del coche para andar durante cientos de kilómetros.
–Un paseo de vez en cuando está bien, pero lo que estás haciendo es algo exagerado, ¿no? –dijo al fin Samuel.
–Lo necesito –confesó Bruce.
– ¿Problemas? No parece que huyas de nada. –El camionero echó un rápido vistazo a su invitado, sin soltar en ningún momento el volante–. No, no huyes.
–Todos huimos alguna vez, pero no, no huyo de nada –respondió Banner. En realidad, era sincero; no escapaba, simplemente, iba en busca de una solución para su problema.
– ¿Eres una especia de trotamundos? ¿Alguien que se está planteando alguna cosa? –siguió preguntando el conductor.
–Sí, podría decirse que sí. Vengo de Nueva York. Me pasó algo… en el trabajo. –Buscaba las palabras exactas para contar lo que le ocurría, sin dar demasiados detalles–. Y pensé que era el momento oportuno para volver a una cabaña que tengo en plena naturaleza.
–Un lugar propio donde relajarse, ¿verdad? –Samuel tocó varias veces la bocina del camión al ver que una motocicleta se le había cruzado a toda velocidad sin encender los intermitentes–. Malditos locos. Pocos accidentes hay para la cantidad de imbéciles que tienen un vehículo.
–Sí. Exactamente es eso –asintió Banner, ajustándose las gafas.
–Eso está bien. Yo tengo algo así cada vez que paro el camión y me detengo durante media hora en alguna estación de servicio. Pero siempre hay que continuar trabajando; es la cara mala de la moneda. Supongo que tú no vas a trabajar.
–Tengo la suerte de que no me falte el dinero, así que voy a rodearme de tranquilidad, nada más. Sin preocuparme de nada más.
– ¡Qué envidia! ¿Hay un hueco en ese paraíso de paz? –Rió Samuel–. ¿Y qué ocurrió para que intentes aislarte?
Bruce Banner calló. Necesitaba tiempo para explicar lo que él mismo había sacado. La curiosidad de aquel hombre era natural, lógica, puesto que él iba en su camión y la charla, tarde o temprano, hubiera versado sobre quiénes eran ambos, a qué se dedicaban y hacia dónde iban.
En silencio, maldijo no haber mentido con su destino igual que lo había hecho con su nombre.
–Entiendo que no quieras contestar –soltó el camionero, sacando a Banner de sus pensamientos.
–No es eso, es simplemente que me da algo de vergüenza.
–No hace falta que me des explicaciones –insistió Samuel.
–Tengo ataques de ira –fue lo único que se le ocurrió decir al científico.
– ¿Ataques de ira? –preguntó el conductor sin aparte su mirada de la interminable carretera, iluminada solamente por los faros de la bestia de cuatro ruedas que conducía.
–Sí. Un compañero de trabajo no me dejaba en paz. Día tras día me molestaba hasta que le golpeé. Me diagnosticaron ataques de ira, así que, me tomé unas buenas vacaciones y aquí estoy.
–No sabía que la ira fuese una enfermedad.
–Ahora parece ser que sí –dijo Banner, restándole importancia al asunto.
– ¿No te enviaron con uno de esos medicuchos? Uno de esos loqueros que tratan estas cosas.
– ¿Un psiquiatra?
– ¡Sí! Uno de esos.
–Ya estuve una vez con uno. –Bruce sonrió al recordar a Leonard Samson–. No funcionó, así que, voy a tratarlo a mi manera.
El científico observó al conductor. No lo había notado hasta ese momento, pero le encontró tenso, mucho más alerta que cuando le había recogido.
“Seré estúpido. ¿Cómo he podido ser capaz de decirle a este hombre que puedo ser peligroso?”
–No creo que tengas que preocuparte por mí –dijo Banner, intentando quitarle hierro al asunto–. Llevo bien muchos días. Fue un caso aislado, pero mejor prevenir que curar.
El camionero miró a su invitado por el rabillo del ojo. En ellos, tras sus gafas, podía ver que era sincero. O, al menos, un gran actor.
– ¡Uf! Creo que me he quitado un pequeño peso de encima –aseguró Samuel, tomando aire de forma escandalosa–. ¡No quisiera vivir uno de esos momentos tuyos de cabreo en mitad de la noche, mientras conduzco!
Ambos rieron. El ambiente volvió a ser calmado, apacible y relajado. Charlaron un poco más sobre sus familias. Samuel habló más que Banner, que apenas sí contó nada sobre sus allegados más próximos. ¿Sobre quién iba a hacerlo? ¿Sobre su padre, el asesino alcohólico? ¿Sobre Betty, su esposa muerta? ¿Sobre su suegro, Trueno Ross que sólo buscaba su muerte? ¿Sobre quién iba a hablar él? Su autentica familia eran personajes como el Doctor Extraño, Rick Jones, el Capitán América, Hulka… No podía hablar de ellos sin delatarse, y eso no debía pasar.
Ni en ese instante, ni en cuanto hubiese llegado a su morada de paz.
Antes de darse cuenta habían llegado a una estación de servicio en la que Samuel paró, pues debía ir a los lavabos. Bruce quedó en comprar algo de comida para el camino, a pesar de que el camionero había insistido en que no hacía falta, pues él llevaba todo lo necesario para no pasar hambre y sed durante unos cuantos días.
Uno vez hubo comprado algunos bocadillos, botellines de agua, algunos refrescos y unas pocas chucherías como postre, Bruce Banner salió del establecimiento, que estaba vacío, con excepción del dependiente y unos padres y su hijo de apenas cinco años.
Bruce se quedó en el aparcamiento. La noche era refrescante, como si hubiese una playa cerca, pero él sabía que no era así; los mapas que llevaba lo dejaban bastante claro.
“No me gusta mentir a nadie, y menos a Samuel, pero no puedo contarle la verdad. No es que yo sea una celebridad, pero sí lo bastante conocido como para que, al menos, le suene mi nombre”, pensó Banner.
“¿Y qué podría decirle luego? Bastante miedo le he metido ya hablándole de mis “ataques de ira”… ¿Y si llega a saber que soy Hulk? ¿Le explico que estoy perdiendo el control sin saber cómo ni por qué?”
Los recuerdos llenaron la cabeza del antiguo marido de Betty Ross.
“Ocurrió en la última batalla librada en la realidad nazi donde Adolf Hitler había vencido, y estaba a punto de convertirse en el amo de todo el planeta (1). Yo, como Hulk, me desaté, destruyéndolo todo a mi paso, desde soldados nazis, hasta tanques, pasando por criaturas que muchas personas sólo verían normales en sus pesadillas. Y pasó; la rabia, la ira, el odio, la violencia nublaron mi pensamiento, mi raciocinio, dejando paso a… Hulk, en su máxima expresión”
“Durante un simple instante, durante un solo segundo, noté que desaparecía. Ya no estaba yo, sólo Hulk, pero no como otras veces; no se trataba del Hulk infantil que puede ser convencido, no, ese no habría hecho lo que hice; tampoco era el Hulk gris, ni siquiera la parte más negativa de mí, ese Hulk que me odia, lleno de rabia pero, al fin y al cabo, consciente de sus actos. No, el Hulk que apareció durante un momento era lo que más temo; poder inmenso, rabia pura, ira personificada. El fin de todo”
“El problema es que, estar con los Defensores me había proporcionado cierto control sobre Hulk. Su cuerpo era el mío, y él no estaba, sólo mi mente. Controlaba a Hulk al fin, y así fue durante bastante tiempo pero… algo ocurrió allí. Pensé que era por el calor de la batalla y que, lo que se había desatado era mi lado humano; esa parte que todos tenemos oculta, por alguna y otra razón. Pero siempre llegaba al mismo lugar: esa parte, en mí, es Hulk. Y trataba de salir, más fuerte, rabioso y enfadado que nunca. Nada de inteligente, nada de infantilismos; sólo una furia capaz de partir el mundo en dos”
“Aún así, no estaba seguro del todo. ¿Qué había ocurrido? Sentía que algo no iba bien. Por vez primera con Hulk, no sabía exactamente qué estaba pasando. ¡No tenía respuestas! Sólo sensaciones, un negro presentimiento y el recordatorio de ese breve segundo en el campo de batalla. No me podía arriesgar a estar con mis compañeros Defensores, en el edificio Tempo, así que decidí irme. ¿Qué mejor lugar en el que descansar, e investigar lo que me está ocurriendo que la cabaña que compré hace unos meses por si pasaba algo parecido?”
“Por ahora todo va bien. No tengo arranques de ira. Llevo prácticamente una semana sin ser Hulk, pero la sensación de que hay algo que va mal no se separa de mí ni un solo segundo. Es como si fuese los controles de una bomba atómica y alguien estuviera acariciando el botón rojo que lanza los misiles, dispuesto a apretarlo en el peor momento”
“Supongo que todo irá mejor en cuanto llegue. No me gusta ir en un camión con alguien más, pero no parece que Samuel vaya a hacer que Hulk salga. Nada de excesos, nada de enfados, tranquilidad absoluta y podré llegar a la cabaña sin convertirme en Hulk”
Banner echó un vistazo al interior de la tienda. Los padres del niño que había visto dentro recogían, con mueca de desagrado y vergüenza, unos botes de caramelo que el crío había arrojado al suelo, puede que por accidente, puede que a propósito.
“Aunque, desde mi despedida de los Defensores, no he vuelto a ser Hulk. ¿Por qué no me transformo para probar qué tal? Podría hacerlo; por unos instantes convertido en mi poderoso alter ego no creo que vaya a ocurrir nada malo”
Negó con la cabeza mientras observaba como los padres pagaban sus compras y pedían perdón al dependiente.
“No me puedo engañar. Tengo la sensación de que si cambio pasará algo malo. No sé qué pasa, pero cada día estoy más preocupado. ¿Cómo he podido pasar de controlar perfectamente a Hulk a creer que si sale va a provocar una catástrofe? Quizás debería haberme quedado en el edificio Tempo, y que me hubieran ayudado…”
Los pensamientos de Banner se detuvieron en mitad de la carretera de su mente. Observaba, preocupado, cómo el padre del niño le zarandeaba de un lado a otro en el aparcamiento, a unos diez metros de donde se encontraba. La madre parecía no querer saber nada, y hacía que metía las bolsas en el coche. El pequeño, por su parte, no dejaba de lloriquear.
Bruce se puso tenso cuando el hombre golpeó al niño con fuerza. La bofetada dejó al niño uno de los mofletes rojo y silenció sus gritos por el momento. En cambio, el padre no se tranquilizó, sino que siguió chillando, regañándole, hasta que volvió a pegarle.
–Esto se ha terminado –murmuró Banner al comprobar que aquello era más que un simple castigo a un niño travieso.
Empezó a andar y, cuando llevaba recorrido la mitad del camino, algo saltó. Notó que las manos le sudaban copiosamente de repente; sintió que su corazón iba a mil por hora; podía hasta percibir que su presión sanguínea aumentaba. La adrenalina comenzó a danzar por su cuerpo como una adolescente en plena fiesta de fin de curso. Su respiración aumentó, y sintió que la piel le picaba, al mismo tiempo que la boca se le secaba y algo parecía golpear en su cerebro.
Hulk.
Se giró hacia las cristaleras de la tienda y vio su reflejo. Tenía el aspecto de alguien a quien le amenazaba un ataque al corazón, salvo por lo ojos, que despedían un inquietante brillo verde.
Desanduvo los pasos dados, hasta volver a su sitio, dándole la espalda al crío. Notó como su cuerpo, por sí solo, una vez alejado de la tensa situación se relajaba.
–No era asunto tuyo, Eric.
Banner se volvió hacia la voz. Frente a él, Samuel Chiklis miraba con frustración al padre que metía a su hijo dentro del coche a empujones.
–Los trapos sucios pertenecen a cada familia –sentenció el camionero.
El científico no respondió. Estaba intentando recuperar el aliento, y volver a su situación original.
– ¿Te ocurre algo? Tienes mal aspecto –dijo Samuel.
–Me ponen enfermo esas cosas.
–Sí, tienes razón, pero has hecho bien al no meterte, de verdad.
“Yo no estoy tan seguro”, pensó Bruce con desgana.
Se miró en el espejo retrovisor de uno de los pocos coches que había, probablemente perteneciente el dependiente. Su cara había recuperado la normalidad; ya no daba la impresión de que fuese a vomitar la cena de los últimos años.
–Por poco –musitó.
– ¿Has dicho algo?
–Que nos podemos ir ya, si quieres.
– ¡Perfecto! –exclamó Samuel con una sonrisa.
Mientras se aproximaba al camión, Bruce Banner no pudo evitar echar una última mirada al coche familiar que se alejaba. Pudo ver, antes de que se perdiese en la noche, como el niño maltratado le observaba, como si le acusase a él más que a su propio padre.
Bruce sintió una cuchillada de culpa en sus tripas.
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Ninguno de los dos ocupantes del camión habló durante los siguientes minutos. No fue hasta que perdieron de vista cualquier atisbo de civilización y se internaron de nuevo en la oscura carretera cuando Samuel abrió la boca.
–Me alegra que no hayas hecho lo que pensabas hacer.
Bruce Banner le miró, estupefacto. ¿Era posible que hubiera descubierto su coartada? ¿Acaso había notado en lo que se estaba convirtiendo mientras se encaminaba hacia el padre maltratador?
–A mí tampoco me gusta que le peguen a los niños, al menos, no así, pero era un asunto de ellos –repitió el camionero.
El científico respiró tranquilo. Simplemente, su amable compañero quería dejar clara su postura sobre lo que había sucedido.
–No me gustaba lo que estaba viendo; sólo era eso –murmuró Banner.
–No te confundas, amigo. No me gustan los líos, pero tampoco lo que ha pasado, pero entiende que…
–No era asunto nuestro –imitó Bruce.
–Sí. –Samuel sonrió, sin apartar las manos del volante–. Me da que eres de los que se meten en los asuntos de los demás.
Bruce sonrió. Observó la masa oscura de árboles y sombras que guardaba el paso del enorme vehículo. Por un momento le pareció que eran las dos únicas personas que quedaban en el planeta; sintió envidia por Samuel, una envidia sana, por poder disfrutar de tanta soledad durante tanto tiempo. Se le pasó en cuanto entendió que, probablemente, el conductor envidiaría su vida llena de peligros, aventuras y amigos superpoderosos.
Si supiera de ella, claro.
–Bastante más a menudo de lo que debería –respondió Banner.
–Y encima con un problema de ira, ¡menudo elemento! –Bromeó el camionero, arrancando una carcajada a su compañero–. Es de alabar.
– ¿Disculpa?
–Hoy en día la mayoría de la gente no se mete en los asuntos de los demás. Eso está bien, como ya te he dicho, salvo cuando hace falta que los demás nos preocupemos por los demás. Algo peor que la maldad es la bondad que no es usada.
–Los hombres buenos que no actúan; lo había oído –asintió Bruce.
–Exacto. –Samuel sonrió antes de bostezar sonoramente.
–Podemos parar a descansar sí…
–No, tranquilo. Son restos de la enorme siesta que me di antes de encontrarte; me durará bastantes horas. –Samuel le miró de arriba abajo; luego, volvió sus ojos hacia la carretera–. Tú, en cambio, pareces bastante cansado.
–Cierto. He mantenido un horario bastante ajustado estos días, por bien de mi viaje.
–Ahora que te llevo, puedes echarte un rato. –El camionero levantó su mano izquierda de manera inocente–. Puedes fiarte de mí, amigo.
Bruce no respondió. Sabía que podía confiar en él; había pasado mucho, mucho tiempo rodeado de criminales, delincuentes, gente malvada que sólo quería matarle, controlarle o usarle como arma. Después de tantos años había adquirido la habilidad –o maldición– de saber distinguir a las personas, de saber si alguien quería hacerle daño, o no.
Samuel parecía un buen tipo. No quería meterse en problemas, pero admiraba a quienes se preocupaban por los demás. Si él podía hacer algo por un semejante, lo llevaba a cabo, de ese modo le había recogido, para llevarle a su destino, sin saber siquiera quién era, ni hacia dónde iba; un extraño ayudando a otro extraño. Y él hacía lo mismo; como Banner y como Hulk.
–Creo que echaré una cabezada.
Se quitó la gorra de béisbol, que colocó en su regazo, guardó sus hagas y se echó sobre la puerta de su lado. No tardó en dormirse profundamente; antes de hacerlo pensó que soñaría con muerte, rabia, destrucción y, en especial, con Hulk.
Al final, ni siquiera soñó. O, al menos, no recordó el qué cuando Samuel le despertó suavemente.
–He parado para comer y beber algo –murmuró el camionero–. Puedes ser durmiendo, amigo.
–No, en realidad… –Banner abrió la boca, bostezando como un niño pequeño–. En realidad, me gustaría estirar las piernas.
Samuel asintió y salió del camión. Bruce observó a través de su ventana la nueva estación de servicio en la que se encontraban. El vehículo se hallaba junto a una hilera de camiones de similares características, en una zona dispuesta concretamente para ellos.
En cuanto puso los pies en el suelo, se estiró ruidosamente. No tenía que mostrarse cauteloso con sus modales, pues apenas había gente por la zona. Supuso que la mayoría de los ocupantes de los camiones estaba en el interior de las bestias de metal, descansando. Desde donde estaba, al ponerse las gafas, pudo ver a varias personas saliendo de la tienda de comestibles, antes de dirigirse a sus respectivos coches.
Notó que tenía ganas de orinar, así que fue a los lavabos. Una vez hubo terminado, y mientras se lavaba las manos, notó que no olía demasiado bien, así que, sacó un pequeño frasco de colonia que esparció sobre su cuerpo; no acabaría con el hedor, pero al menos lo disimularía durante un tiempo.
Banner se miro en el espejo de los servicios. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al observar sus propios ojos con interés. Temía ver un brillo verde en ellos, porque sabía lo que eso significaría; luego iría el dolor, los huesos recomponiéndose, los músculos aumentando su masa, el cambio de color de piel, la ropa desgarrándose y, finalmente…
Se echó agua en la cara hasta que tuvo mojado incluso el pelo, que se cubrió velozmente con la gorra. No había rastro de su alter ego, al menos, de momento y siempre que se mantuviese lejos de cualquier problema. Siempre que no se enfadase.
“Espero que quede poco para llegar a la cabaña”, deseó mentalmente.
Salió de los lavabos. Pudo ver que Samuel se encontraba comiendo algo pegado al camión. Le saludó con la mano, y el camionero le devolvió el gesto de manera amigable.
Entonces, antes de que pudiera andar hacia él, Banner vio algo dentro de la tienda de comestibles que le dejó sin aliento. Al principio, creyó que los cuatro chicos situados alrededor del mostrador estaban comprando algo, pero cuando vio un movimiento violento de uno de ellos hacia el dependiente, tuvo claro que allí estaba ocurriendo algo.
Sin pararse a pensar en lo que estaba haciendo, Banner entró en el establecimiento. Anduvo varios metros hasta poder oír las amenazas y burlas que proferían los cuatro jóvenes, que no debían tener más de veinticinco años, como mucho.
– ¡Cerdo! Estaré en esta tienducha el tiempo que quiera –aseguró uno.
– ¡Y si quiero leer las revistas, las leeré! –sentenció otro.
– ¿O puede que quieras que nos llevemos unas cuantas cosas gratis?
– ¡Sí! Creo que eso es lo que quiere.
Desde su posición, Banner pudo observar que el dependiente era un hombre extremadamente delgado de unos cincuenta y pocos años de edad. No daba la impresión de sentirse amenazado ni aterrorizado, pero estaba en clara desventaja si aquellos chicos pensaban poner patas arriba el sitio, o robar.
Miró a un lado y a otro. Salvo por ellos y él mismo, la tienda estaba completamente vacía; los ocupantes de los vehículos que esperaban fuera o descansaban en ellos, o simplemente no se habían dado cuenta de lo que ocurría. O, peor aún, lo ignoraban a propósito.
– ¡Creo que me voy a llevar esto como compensación por las molestias! –exclamó uno de los molestos jóvenes, que llevaba un gorro rojo y varias cadenas alrededor del cuello. Alargó la mano hacia un pequeño estante repleto de chocolatines; se retiró en cuanto el dependiente le sacudió una sonora bofetada que los dejó a todos boquiabiertos.
– ¿Crees que soy un viejo indefenso? Maldita escoria. –El hombre se agachó, sólo para agarrar un bate de béisbol que guardaba tras el mostrador.
Uno de los chicos intentó quitarle el arma. El dependiente, con una agilidad impresionante para la edad que aparentaba, contraatacó, golpeando con el bate la cabeza del joven, que cayó al suelo, presa del dolor. Sus compañeros, al ver la herida abierta en su cabeza, se lanzaron a por el hombre, que sólo pudo resistirse levemente antes de verse elevado por encima del mostrador hasta el suelo de la tienda.
Bruce pensó en intervenir. Y, entonces, vio su mano derecha; estaba temblando, como si tuviera algún tipo de tic que aumentaba en intensidad conforme pasaban los segundos. Sintió que le apretaba la ropa, que los pantalones no le dejaban respirar y que el corazón se le aceleraba, como había ocurrido horas antes con el asunto del niño.
“No puedo hacer nada. S intervengo, saldrá… él”, pensó.
Se retiró, acosado por las risas de los gamberros. Observó que su victimas se defendía bastante bien. Probablemente, podría volver las tornas y encargarse de aquellos chicos; después de todo, si él se metía por medio, el problema podría convertirse en algo peor.
Recordó las palabras de Samuel sobre entrometerse en los asuntos de los demás. ¿No era él experto en hacerlo? Ya había pasado de largo con el tema del niño; no era un hombre de cometer dos veces el mismo error, al menos, no si había otras personas por medio.
– ¡Eh! –gritó Bruce, girándose hacia los jóvenes. Estos dejaron de molestar al dependiente, que se quedó gratamente aliviado al ver que allí había alguien más con quien podía contar–. Dejadle en paz.
Dos de los chicos rieron. Otros dos no supieron qué decir exactamente. El quinto seguía dolorido por el golpe del bate.
–He dicho que lo dejéis en paz –repitió Banner, acercándose a ellos.
– ¿Y se puede saber quién eres tú? –logró decir uno.
–Alguien que no ve bien una pelea de cinco contra uno –replicó Bruce.
– ¿Y qué vas a hacer si no le dejamos en paz? –se encaró otro.
–Espero que no tengamos que llegar a eso. Podría enfadarme y no os gustaría verme enfadado.

“Ni a mí tampoco”, pensó.
–A mí me gustaría verte enfadado –sonrió uno de ellos.
Sin saber de dónde había salido, Bruce se dobló ante un veloz puñetazo en el estomago. En el suelo, una patada en un hombro le empujó hacia atrás; había recibido golpes peores en su vida, pero esos le habían pillado desprevenido.
– ¡Agarrad a ese idiota! –Ordenó uno de los jóvenes a otros dos, refiriéndose al dependiente–. Los demás vamos a divertirnos con el canijo que se cree muy duro.
El científico experto en radiación gamma comenzó a retroceder a gatas. El dolor había pasado a un segundo plano; otra cosa había ocupado su lugar.
Boom, boom.
Podía escucharlo en su mente. Tratando de salir, empujado por la rabia que sentía hacia quienes le habían hecho daño, listo para demostrarles a esos idiotas quién era el más fuerte.
Boom, boom.
Banner podía verlo al cerrar los ojos, mientras avanzaba hacia la salida del establecimiento. Grande, enorme y lleno de furia. El salvajismo hecho carne, envuelto en capas y capas de represión fabricadas por su mente.
Boom, boom.
Se miró las manos. Temblaban de manera descontrolada. Podía sentir su corazón a punto de salir desbocado de su pecho; la mandíbula se le movía de arriba abajo, poseída; sus ojos amenazaron con escapar de sus cuencas. Si volvían a golpearle sería demasiado tarde; el monstruo saldría y, lo que estaba luchando por evitar, pasaría.
Descubriría qué ocurría con la bestia que guardaba en su interior.
–De… de… dejadme en paz… –balbuceó Banner.
– ¡Ya no eres tan valiente! –exclamó uno de los gamberros entre risas. Sacó una navaja–. ¡Contigo me voy a poner serio!
De repente, el chico se quedó helado, al igual que los dos amigos que le acompañaban. Más atrás, sus compañeros soltaron al dependiente, sorprendidos por lo que estaba viendo.
Samuel había entrado en la tienda y les apuntaba con un revolver de gran tamaño. Su rostro no expresaba simpatía alguna, sino todo lo contrario; parecía estar deseoso de una oportunidad para descargar el arma.
–Creo que no voy a tener que decir nada, ¿verdad? –dijo el recién llegado con la más absoluta tranquilidad.
Sin esperar a que ninguno de sus atacantes dijese nada, el dependiente les golpeó en el estomago, antes de apartarse unos metros, para estar seguro de que no le devolvían el golpe. Bruce Banner aprovechó para levantarse, tratando de darles la espalda a todos, para que no viesen su aspecto nervioso. Intentaba tranquilizarse, al mismo tiempo que Samuel seguía apuntando a los chicos.
–Tú, deja la navaja en el suelo.
– ¿Y si no lo hago, abuelo? No tienes cojones de dispararme.
Samuel echó hacia atrás el gatillo del revolver. Los amigos del joven retrocedieron, asustados, con las manos alzadas.
–Hijo, acabas de amenazar a mi amigo con un cuchillo. No tengo que matarte; te volaré una pierna y diré que ha sido en defensa propia. Ese pobre hombre de ahí, y aquí mi colega Eric respaldarán mi versión, ¿sigues teniendo huevos para decir que voy de farol? –escupió el camionero.
Las miradas de ambos rivales se enfrentaron. El joven supo que iba en serio, así que soltó su arma, y se echó hacia atrás; sus compañeros le dieron la bienvenida.
–Y ahora, fuera de aquí escoria –gruñó el hombre.
Los alborotadores salieron de la tienda lanzando miradas repletas de odio y miedo. Una vez fuera, protestaron, libres de la amenaza que suponía el revolver del camionero.
– ¿Estás bien, amigo?
Bruce Banner no podía escuchar a Samuel. Seguía pensando en tranquilizarse. En su mente apareció un calmado océano, el sonido de las olas, el calor del sol sobre la arena… Poco a poco consiguió calmarse, volver a la normalidad y notar como la furia se alejaba.
Al menos por el momento.
–Eric, ¿estás bien? –insistió Samuel.
–Estoy bien, gracias. –Banner forzó una sonrisa–. ¿Dónde ha quedado eso de no entrometerse en los asuntos de los demás?
–Yo creo que amenazar a un amigo es un asunto mío.
–Muchas gracias –intervino el dependiente.
–No hay de qué –dijo Chiklis–. Si no fuese por mi amigo Eric aquí presente… Mierdas como esos existen en todas partes.
–Pero no gente como vosotros. Si os puedo dar algo –ofreció el amable hombre.
–Me gusta pagar lo que compro, pero muchas gracias –dijo el camionero.
– ¿Y esa pistola? –preguntó Bruce, poniéndose en pie al fin.
Samuel observó el revolver. Lo guardó inmediatamente bajo su chaqueta, como si se avergonzase de él.
–Paso muchas horas en la carretera, y últimamente no basta con un cuchillo. –El camionero se mostró serio, como si en realidad no le gustase el arma–. Tengo licencia, por cierto.
Tras despedirse del dependiente y ayudarle a ordenar un poco los desperfectos ocasionados por los chicos, salieron del establecimiento en dirección al camión. Samuel no pudo evitar una sonrisa al ver que los jóvenes estaban usando una cabina de teléfono para llamar a una grúa.
–Parece que alguien les ha pinchado las ruedas.
– ¿Quién habrá sido? –preguntó Banner con una sonrisa.
– ¡Hay tanta mala gente en el mundo! –Rió Samuel, dándose por aludido–. Por cierto, ¿qué te pasó ahí dentro? ¿Era uno de tus ataques? ¿Eso es lo que te pasa cuando te ocurre… lo que demonios te ocurra?
Bruce tuvo que pensar unos segundos a qué se refería. Al final, cayó en la cuenta de que le había contado a su compañero de viaje que vivía ataques de ira.
– ¡Ah! Sí, eso es lo que me pasa, sí.
–Hubiese estado bien verte en acción.
–No para ellos, te lo aseguro –dijo Banner.
–Lo entiendo. No te gusta la violencia, ¿no?
–No me gusta en lo que me convierto cuando ocurre. Podría ser… peligroso.
–Has tenido suerte de que estuviera allí –añadió Samuel.
–Mucha suerte. –Bruce miró hacia atrás, al establecimiento–. No sabes cuánta.
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Samuel Chiklis dejó que Bruce Banner –Eric Norton para él– se bajase de su camión cuando llevaban media hora en el condado de Monongalia. Insistió repetidas veces en llevarle hasta Morgantown, la sede del condado, al menos, para que pudiera recibir la mañana con una buena cama en algún hotel, pero el científico se negó; desde su último intento de ataque de rabia deseaba andar, caminar en solitario para poder evaluar lo que le estaba ocurriendo, y lo que había sentido en las últimas situaciones de estrés.
Ambos hombres se despidieron como si fuesen amigos de la infancia. Samuel le agradeció la compañía, su educación, sus buenas formas y lo que había hecho en la tienda por el dependiente; Bruce no supo cómo agradecerle todo lo que había hecho por él, así que hizo algo que nunca había esperado de sí mismo: le pidió su número de teléfono. No podía darle uno porque, en ese instante, no tenía, pero prometió que en cuanto tuviera, le llamaría.
El camión de Samuel se alejó, perdiéndose en el horizonte como un espejismo. Bruce no dejó de saludar con la mano hasta que lo perdió de vista; después, se giró hacia el bar de carretera en el que su nuevo amigo le había parado y entró cuando quedaban un par de horas para que las primeras luces del sol aparecieran.
Le sorprendió el olor a limpio que desprendía el establecimiento. Los taburetes de color rojo, el suelo de azulejos blancos, los sillones escarlata y las mesas debidamente ordenadas y limpias le dieron a Banner la impresión de estar en una especie de restaurante de los años cincuenta sacado de una película al más puro estilo Hollywood de Humprey Bogart.
No había demasiada gente en el lugar. Banner identificó a un hombre que supo señalar como camionero por su vestimenta sentado al fondo, bien alejado de la puerta, degustando con interés una enorme hamburguesa; en la otra mesa que había ocupada se encontraba una pareja de más de cincuenta años que charlaba animadamente. Le dio la impresión de que llevaban casados mucho, mucho tiempo, pero eso no les impedía sonreírse con amor y cariño.
En uno de los taburetes, junto a la barra, se hallaba un hombre de casi sesenta años, cuya chaqueta marrón estaba en el asiento de su izquierda. Los pantalones, los zapatos, su reloj… A Banner le extrañó ver a alguien tan elegante a esas horas en un lugar como aquel, pero al observar sus ademanes supo que era una persona refinada a cada minuto del día.
Tras la barra vio a quien parecía el dueño del sitio, un hombre fornido, sonriente, vestido de cocinero, que charlaba animadamente con el hombre distinguido. De la puerta que daba a la cocina salió una mujer de más de treinta años, con graciosas arrugas alrededor de los labios, pelo moreno arreglado en una cola y una atractiva figura.
– ¡Buenas noches! –saludó el dueño cuando se dio cuenta de que Bruce estaba en la puerta–. ¡O casi buenos días, como guste!
–Buenas noches está bien. –Banner se puso nervioso cuando notó que las pocas personas del sitio le observaban atentamente. Incluso el camionero que hacía unos segundos parecía tan ocupado con su hamburguesa como para considerarla un familiar directo.
– ¡Pase, pase! Tiene suerte; aquí estamos abiertos las veinticuatro horas. No los mismos, pero siempre abiertos –explicó el encargado.
Bruce encaminó sus pasos hacia uno de los taburetes. En cuanto lo ocupó, todo volvió a la normalidad.
–Me llamo Laura y voy a ser su camarera –saludó la mujer, acercándose–. ¿Qué puedo ofrecerle?
No pudo evitar sonreír ante el amable gesto de la camarera. Creyó ver en sus ojos cierto brillo de atracción hacia él, pero enseguida desechó la idea. Llevaba mucho tiempo sin sentir la autentica y sincera sonrisa de una mujer y confundía las señales.
–Quería saber cuánto hay de aquí a Morgantown.
–Unos cuantos kilómetros señor…
–Me llamo Eric –mintió. No sabía a ciencia cierta si reconocerían su autentico nombre, pero no pensaba correr riesgos con ello–. Eric Norton.
–Señor Norton…
–Si yo voy a llamarte Laura, tú puedes llamarme Eric –dijo con sincera simpatía.
La mujer soltó una carcajada. Banner la recibió con agrado.
–Está a unos cuantos kilómetros de aquí.
– ¿Podría llegar andando? –preguntó el hombre.
– ¡A todos partes se puede llegar andando! –respondió ella con entusiasmo.
Ambos rieron ante la frase. Bruce notó cómo el dueño y el hombre elegante les observaban con una ligera sonrisa, al mismo tiempo que cuchicheaban, probablemente sobre ellos.
– ¿Merecería la pena comer algo y ponerme a andar? –quiso saber Bruce.
–La verdad es que no. Pero estamos cerca de Blacksville, un encantador pueblecito que le puede dar cobijo si desea pasar la noche, o el día, allí.
–Usted vive allí, ¿verdad?
Laura alzó los hombros. Se señaló con los pulgares.
– ¡Pillada! –respondió con una gran sonrisa.
–Pues creo que me lo pensaré. Estoy bastante cansado y me encantaría acostarme ya, pero tengo tanta hambre que creo que les podría dejar sin existencias.
–Has elegido un buen momento para venir. En unas cuantas horas, en cuanto amanezca, esto se llenará. De gente del pueblo, sobre todo –explicó la camarera.
–Pues entonces, que no se diga. –Bruce estiró un dedo hacia la carta–. ¿Qué me recomiendas?
– ¿A esta hora? La sopa de pollo es deliciosa y reconforta, y la hamburguesa especial de Al lleva todo lo necesario para que puedes ir a la cama sin desfallecer antes –informó Laura.
– ¿Al? Es él, ¿no?
–Estás en el Café de Al. ¡Claro que es Al!
–Ni me había fijado. –Banner se sorprendió al comprobar que estaba realmente cansado–. Lo siento. Creo que me va a venir muy bien esa sopa.
– ¿Y qué te pongo de beber?
–Café bien cargado –asintió Bruce con una leve sonrisa.
– ¡Marchando!
Laura se dirigió hacia Al tras guiñarle un ojo. Bruce sonrió para sus adentros, olvidándose por un simple instante de las razones que le habían llevado hasta donde se encontraba. Se dio la vuelta y, disimuladamente, observó el sitio; todo el mundo seguía en sus asuntos. De repente, se sintió muy cómodo allí, lo suficiente para pensar en reposar la comida en cuanto la hubiera devorado y darse un relajante paseo hasta Blacksville.
Cuando estuviera descansado, asesado y en forma, tomaría el camino hacia Morgantown y, desde allí, alcanzaría la naturaleza salvaje, donde le esperaba su cabaña.
Empezó a pensar que todo iba mejor de lo que podría haber soñado cuando la sopa tomó su lugar frente a su cara.
– ¡Aquí está la sopa! –anunció Laura con una simpatía incapaz de creer en una camarera a esas horas de la noche.
–Tiene una pinta fantástica –aseguró Banner.
–Y el sabor es aún mejor. –La mujer esperó a que tomase una cucharada–. ¿Qué te parece?
–Que podría pasarme toda la vida comiendo esto. –Miró, sorprendido, la cuchara que acababa de vaciar–. ¡Está estupenda!
– ¡Muchas gracias! –exclamó Al desde el otro lado de la barra, la escuchar las amables palabras del recién llegado–. ¡La hacemos aquí!
–La hace él personalmente –murmuró Laura.
–Pues mis felicitaciones –insistió Banner–. Si me quedo en Blacksville, seguro que vuelvo por aquí.
Al respondió asintiendo con una afable sonrisa. Siguió charlando con el hombre elegante en cuanto pudo.
–Y, ¿de dónde vienes? Quiero decir, si no molesto… –Laura se guardó las manos en los bolsillos del uniforme.
– ¡En absoluto! –El científico se limpió las comisuras de los labios antes de hablar–. De Nueva York.
– ¡Vaya! Yo he estado un par de veces. Muy bonita, pero también muy ruidosa.
Banner dejó escapar una carcajada mientras intentaba tragar sopa, la cual amenazó por salírsele por la nariz, para sorpresa de Laura.
–Esa es Nueva York, sí.
–Tenía entendido que estaba llena de superhéroes y criminales con superpoderes, pero cuando estuve allí no vi a ni una sola capa, y ni una sola malla –contó la camarera.
Bruce tragó con cuidado. Le reconfortó lo caliente que estaba la comida, pero más aún el hecho de estar tranquilamente charlando con otro ser humano sin preocuparse por nada más.
Y lo mejor era que aquella mujer le gustaba.
–Es un mito de Nueva York. Hay superhéroes, sí, pero no son fáciles de ver –explicó Bruce–. Es como ir a Los Ángeles y no encontrarte con un famoso. Es una ciudad llena de ellos, pero pocas personas que vayan de turismo se encuentran con alguno.
– ¿Y qué hace alguien de Nueva York por aquí, a estas horas? –preguntó Laura. Se echó hacia atrás un paso, disimuladamente, dando a entender que no le gustaba que pudiera pensar que era una vulgar cotilla.
–Voy a una cabaña que tengo cerca de Morgantown, en lo más profundo del bosque. Quiero pasar una temporada en soledad; arreglar mis pensamientos y esas cosas –explicó Banner, intentando no revelar demasiado.
–Suena muy bien. ¿Puedo ir?
–Estás automáticamente invitada –rió Banner, aunque realmente lo decía en serio.
– ¿Te sirvo la hamburguesa ya?
El hombre comprobó que se había acabado la sopa apenas sin darse cuenta. Asintió y, en apenas unos minutos, estaba masticando la jugosa hamburguesa acompañada por un buen café hecho por Laura, regado todo con una relajante conversación entre los dos, que le sirvió a Bruce para conocerla mejor, saber que vivía en Blacksville, que estaba soltera desde hacía poco debido a una mala relación y que se sentía muy a gusto y feliz viviendo en el pequeño pueblecito.
Pudo comprobar que no sólo era guapa, encantadora y simpática, sino también inteligente, interesante y culta. Tenía proyectos fuera del restaurante, pero le encantaba trabajar con Al y servir las mesas de la mayoría de sus vecinos. Sí, de vez en cuando paraba alguien desagradable, pero era lo suficientemente raro como para ni siquiera tenerlo en cuenta.
Cuando llegó el postre, unas tortitas tan deliciosas como el resto de la comida, Laura estaba sentada a su lado, escuchando pequeñas aventuras y vivencias que no tenían nada que ver con superhéroes, aunque no pudo resistir la tentación de contar que había conocido a gente como Estela Plateada o el propio Capitán América.
Bruce Banner ya ni siquiera recordaba quién era Hulk cuando la puerta del establecimiento se abrió escandalosamente. La presencia de un enorme hombre de abundante barba, ropa de leñador y gorra de béisbol hizo que todo el mundo se girase.
– ¡Laura! ¡¿Se puede saber qué mierda haces aún en el trabajo?! –gritó el recién llegado.
–Oh, Dios –musitó la mujer–. ¡Frank! Estoy trabajando, ¿vale?
“Frank, su ex-novio”, pensó Banner, recordando lo que le había contado un rato antes, mientras saboreaba la hamburguesa.
El gigante se acercó a Bruce, quien le observó con detenimiento, sin apartar sus ojos de los suyos, a pesar de estar cubiertos con sus gafas.
– ¿Así trabajas? ¿Hablando con los clientes? –rezongó Frank.
– ¡Hola, Frank! Podrías saludar antes de gruñir y espantar a quien nos dan dinero –intervino Al.
– ¡No me jodas, Al! –rugió–. ¡No te metas en esto! ¡Vengo a por mi mujer!
El encargado fue a salir de su lugar de trabajo, pero el hombre elegante le miró con cautela, instándole a que siguiera donde estaba. Así lo hizo; no quería darle el gusto a aquella busca líos.
–Laura lleva aquí más rato porque Lenna está enferma. Jennifer viene a sustituirla, pero al pillarla desprevenida no ha tenido tiempo de compaginar su turno en el hospital, así que, llegará un poco más tarde. –Al le señaló–. Además, Laura no es tu mujer ya.
– ¡Cómo me vuelvas a hablar así, te quemo este puto antro! –amenazó Frank.
Al calló. Bruce se levantó con la mano derecha estirada.
–Hola. Me llamo Eric Norton, y siento si mi charla con Laura le ha molestado de alguna manera –dijo con tono conciliador.
Frank le miró como si fuese un unicornio con alas sobre el que iba montado un enano verde. Después, cuando confirmó que no era una alucinación, escupió una grave carcajada.
– ¡Ja, ja, ja! ¿Este es el tipo que te trajinas mientras arreglamos lo nuestro, Laura?
–No hay nada nuestro ya, y este señor es un cliente –replicó la mujer.
– ¿Un empollón educado de alguna ciudad en el culo del mundo? –Frank tocó las gafas de Bruce–. ¡Delgaducho y con gafas!
–No me toque, señor.
– ¿Y si lo hago qué vas a hacer? –Frank empujó al cientifico–. Vamos, gallina. Si quieres a mi mujer te vas a tener que emplear a fondo.
Bruce sintió que empezaba a hervirle la sangre. El monstruo había encontrado la puerta entreabierta, y pensaba aprovechar el momento.
Sus ojos buscaron ayuda. Ni Al, ni el hombre elegante, ni la pareja madura, ni el camionero tenían pinta de ir a socorrer a nadie en ese momento. Daba la impresión que ni siquiera dirían una sola palabra.
– ¡Déjale en paz! –gritó Laura, agarrando uno de los brazos de su ex.
En cuanto le tocó, el gigante le sacudió una fuerte bofetada en la cara. La camarera cayó al suelo, dolorida. Inmediatamente le empezó a sangrar la nariz.
Y eso fue lo que hizo temblar a Banner.
Boom, boom.
La furia apareció de nuevo. La rabia, el poder, la fuerza. Demostrar que él era el más fuerte de todos; enseñárselo al ser infecto que se carcajeaba ante él, mientras todos los demás observaban sin hacer nada.
– ¡Levántate, zorra! ¡Esta noche vas a tener ración doble de golpes hasta que vuelvas conmigo! –aulló Frank.
–Ni la toques.
El bruto se giró hacia Banner. Éste respiraba con dificultad, mientras la bestia en su cerebro golpeaba, intentando salir.
– ¿A ti qué te pasa? –Frank quiso golpear a Bruce, pero una extraña sensación le embargó; en ese tipo ocurría algo raro.
“Tengo que retirarme”, pensó Bruce. “Tengo que dejarlo; no puedo arriesgarme a que aparezca”
“Pero Laura está en peligro. Si no hago algo, se la llevará. Este maldito maltratador le dará la paliza de su vida simplemente porque puede hacerlo. Sólo me desaté en el mundo nazi; no aquí. Puede que esté equivocado, puede que todo lo que sienta sea falso y sea simple estrés post-traumático por la batalla. ¡Si no intento convertirme no lo sabré!”
Bruce no se movió de donde estaba, a pesar de que Frank levantó uno de sus puños.
“Pero no me puedo arriesgar. Si pasa algo…”
La rabia. La furia. El poder.
Boom, boom.
El monstruo. La bestia. La criatura. El más fuerte de todos.
– ¡Te voy a enseñar a meterte en mis asuntos! –gritó Frank.
– ¡No, Frank!
El gigante miró por encima de Banner. Al le apuntaba con un rifle de caza que guardaba desde hacía diez años en el establecimiento por si surgía algún problema grave; nunca antes lo había sacado de su escondite.
– ¿Me vas a disparar, Al? ¿Vas a hacer eso?
–Conozco a tus padres, conozco a tu hermano, conocí a tus abuelos, y me alegro que ninguno de ellos siga vivo para ver en lo que te has convertido. Estoy harto de ver a Laura llegar día sí y día también llena de golpes; cuando te dejó, sólo pudo aplaudirle, pero no paras, Frank. Te crees que nos vamos a quedar todos callados y a llevarte a hombros.
Frank sonrió de manera nerviosa. Estaba preparado para todo menos para lo que estaba ocurriendo.
– ¿Y tiene que venir alguien de fuera para plantarte cara? –Al negó con la cabeza–. Fuera de aquí, o te reviento los pies y te saco a patadas.
El ex-novio de Laura fue a decir algo, pero observó los ojos del encargado y lo que vio en ellos le confirmó que lo haría. Le dispararía. Toda la rabia acumulada durante años estaba allí, dispuesta a salir contra el hombre adecuado.
–Ya nos veremos –amenazó Frank mirando a Al, aunque en realidad, lo dijo por todos.
Salió del restaurante como una exhalación. En cuanto se alejó con su camioneta, Bruce se agachó para ver qué tal estaba Laura.
– ¿Estás bien? –preguntó.
–Ahora sí –respondió ella. No necesitó forzar una sonrisa; salió con naturalidad.
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Bruce entro en el servicio para hombres como una locomotora. Le hubiera gustado quedarse y recibir los tímidos acontecimientos de quienes se encontraban en el local, pero necesitaba soledad; un poco de agua fría en la cara, y montones de soledad.
Cerró la puerta con pestillo, abrió el grifo del lavabo y, sin apenas esperar a que el agua cayese, colocó las manos y se echó lo que pudo coger sobre el rostro. Mientras el grifo seguía expulsando su contenido, continuó mojándose la cara. Cuando se quiso dar cuenta, vio que llevaba puestas las gafas y la gorra, así que las dejó a un lado, listas para ser secadas más tarde y puso la cabeza bajo el grifo
“Tranquilízate, tranquilízate”, pensaba.
Seguía notando que la bestia intentaba salir, aunque ya no se encontraba nervioso. Era una sensación extraña; como percibir que iba a vomitar y no estar seguro de cuándo saldría la repugnante ola.
Conforme fueron pasando los minutos, el agua helada le calmó. Se sintió de nuevo sereno, casi en paz. Decidió mirarse en el espejo, contento por haber pasado una nueva crisis.
Y, entonces, vio sus ojos: verdes.
–No, no… –susurró–. Me he calmado. Por favor, me he calmado… ¡Estoy calmado!
De repente, lo sintió. Un mazazo desde dentro de su estomago. Oyó sus músculos estirándose, sus huesos recolocándose y su ropa rasgándose por diferentes lugares. Mientras se transformaba, pudo observarse en el espejo; la visión de su paso hacia el monstruo hubiera vuelto loco a cualquiera.
Su cuello se estiraba, al mismo tiempo que su masa muscular aumentaba. Los trozos de ropa cayeron al suelo como palomas muertas, testigos del sobrenatural cambio que estaba ocurriendo. Los pies crecieron hasta asemejar los de un gigante. El tono de la piel del científico se fue alterando con una rapidez inhumana, casi al instante; de un rosado casi blanco, hasta un verde reptil.
La bestia rugió cuando estuvo casi completo. Oyó voces fuera del servicio, que destruyó sólo con dar un par de pasos hacia el exterior, donde los clientes y los trabajadores del establecimiento aguardaban a su héroe. En lugar de a éste, descubrieron un horrible monstruo sacado de la peor de las pesadillas.

Al, el dueño, disparó sin rechistar. Las balas apenas arañaron la piel de uno de los seres mortales más poderosos de la Tierra. Cuando el cargador estuvo vacío, el hombre gritó a los demás, quienes le acompañaron, a toda prisa, hacia la salida.
La criatura rugió con tal fuerza que algunos cristales se quebraron. Alzó sus poderosos brazos, gruesos como troncos, y descargó sus fuertes puños sobre el blanquecino suelo del restaurante. Lo hizo con tanta potencia que la onda expansiva lanzó por los aires a la mayoría de los allí presentes. Los dos componentes de la pareja madura cayeron sobre las mesas con un ruido sordo; ninguno se volvió a levantar, debido a la infinidad de huesos rotos que poseían.
De un golpe, el monstruo lanzó al hombre elegante por una de las ventanas del lugar. Cayó al suelo, sujetándose el cuello en el que se le había clavado un enorme trozo de cristal; perdió sangre tan rápidamente que murió en pocos segundos.
El enorme ser siguió su mortal avance. De un solo golpe destrozó la cabeza del camionero cuyo estomago aún no había terminado de digerir la sabrosa hamburguesa que hacía rato había devorado. Al intentó distraer a la amenaza verde para que Laura escapase, pero el ser le sacudió un gancho que le hizo atravesar el techo, dejándole al borde de la muerte.
Al final, la única que quedaba era Laura, que había logrado llegar al exterior. Totalmente envuelta por el pánico no vio el cadáver del hombre elegante, con el que tropezó. Cuando quiso darse cuenta ya tenía frente ella al coloso asesino.
–Por favor… por favor… –suplicó.
La respuesta de la bestia fue levantar sus brazos, al mismo tiempo que lanzaba un rugido sobrehumano. La mujer logró ver una infinita rabia asesina en sus ojos antes de que la oscuridad se cerniera sobre ella.
– ¡Eric! ¿Estás bien?
Bruce Banner dio un respingo en el cuarto de baño. Su reflejo apareció ante sus ojos, el espejo. Era él, en carne y hueso; todo lo que había vivido había sido mentira, un embuste provocado por su mente alterada.
–S-Sí, estoy… bien –logró murmurar–. ¡Estoy bien! De verdad, estoy…
Se observó minuciosamente en el espejo. Allí sólo estaba él, Bruce Banner, científico, marido, hijo, hombre. Pero en el fondo, no tan en el fondo como le hubiera gustado, estaba él. Ansioso por salir, en cualquier momento; en el mismo instante en el que bajase la guardia y, últimamente, la bajaba demasiado.
Salió del servicio de caballeros, dispuesto a abandonar su propio reflejo. Sabía que nunca lo conseguiría.
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Bruce recibió los agradecimientos con reticencia. No tenía tiempo para pararse con quienes estaban ansiosos por mostrarle su infinita gratitud; en realidad, no es que se le acabase el tiempo, sino que cada vez más se sentía a punto de explotar.
Sin embargo, aunque logró librarse de sus nuevos amigos, no pudo conseguir deshacerse de Laura, quien insistió en llevarle hasta Blacksville para que se hospedase en un bonito y modesto hotel que allí había. ¿Qué fue lo que terminó por convencerle? ¿La intervención de Al? ¿Lo cansado que se encontraba, tanto física como mentalmente? ¿O la sonrisa de Laura?
“Estás cometiendo otro error. No dejas de cometerlos desde que comenzaste este viaje”, se dijo Bruce al montarse en el coche de la camarera, quien se despedía en ese instante de su jefe y los clientes.
–No quiero molestar, de verdad –repitió Bruce–. Y menos si tienes que hacer el turno de una amiga.
–Después de lo que ha ocurrido, me merezco un descanso. Y Al ha dicho que se encarga de todo, así que, relájate.
Bruce la miró. Un moratón empezaba a formarse en una de sus mejillas, debido al golpe recibido por Frank.
– ¿Estás bien? –preguntó Banner.
–Los he recibido peores. –Laura sonrió, quitándole importancia. Se tocó la herida, sintiendo que no le dolía tanto como parecía–. Al me ha curado un poco. Le pondré algo de hielo en casa y listos.
Hablaron de frivolidades hasta que llegaron a Blacksville. De nuevo, Bruce sintió bajar sus defensas. Estaba muy cómodo charlando con Laura, y no le apetecía parar. Otra vez, sus problemas habían desaparecido; la bestia que guardaba en su interior era cosa del pasado, a pesar de que sólo hacía unos largos minutos había soñado despierto con él.
Una vez llegaron al pueblo, Laura se ofreció para darle un rápido paseo por él. Banner accedió, aunque estaba cansado. Le pareció que la amable oferta llegaba más porque su nueva amiga estaba interesada en él que por pura educación de su parte.
Blacksville no era diferente a cualquier otro pueblecito de Estados Unidos. Tranquilo, apacible, con pequeñas casas dispuestas de manera ordenada, tiendas de suministros, barbería, algún que otro supermercado… Pronto lo recorrieron por completo, mientras Laura hacía de improvisada guía turística y relataba divertidas anécdotas que alejaron más a Bruce de su autentico cometido: llegar a la cabaña.
Antes de que se dieran cuenta, ya habían visitado todo el pueblo, y se hallaban frente al hotel en el que una habitación esperaba a Bruce.
–Bueno, ya ha terminado la visita. –Laura señaló el edificio.
–Muchas gracias por todo.
–Mañana podríamos vernos para tomar un café, si te apetece. –Bruce comprobó que la mujer se echaba levemente hacia atrás; era un gesto al que había comenzado a acostumbrarse.
“Comenzaste este viaje para estar solo, para meditar, para pensar en lo que te estaba pasando”, se recordó Banner.
“Y todo empezó bien, hasta que… Samuel, lo de aquel crío, el asunto con el dependiente, lo que ha ocurrido donde Al… Violencia, violencia y más violencia. ¿Cómo puedo calmarme rodeado de ella? A veces pienso que sería mejor dejar de resistirme y soltar a…”
–Será un placer tomarme ese café –asintió Banner.
Laura esbozó una enorme y deslumbrante sonrisa que casi consiguió derretir el corazón del científico.
–Será mejor que me vaya –dijo Banner ante aquel incomodo momento. Fue a abrir la puerta, pero una de las manos de la mujer le detuvo.
–Puede que sea algo directa pero, no sé cómo decirlo… –Parecía angustiada, como si quisiera explicar algo para lo que no encontraba las palabras adecuadas–. Nunca nadie me ha ayudado. Ya te he hablado de Frank, pero que hayas tenido que verlo, yo… Nadie me había ayudado nunca, ni fuera ni dentro de este pueblo. Y menos dentro de este pueblo, repleto de secretos. Has tenido que llegar tú para que Al dijese algo sobre Frank. ¡Y le ha hecho caso! No me lo creo…
Bruce comprendía lo que le estaba confesando. Al fin y al cabo, él sabía muy bien lo que era guardar secretos, ser un cobarde y huir de los problemas. Como hacían en aquel pueblo donde, seguramente, los malos tratos de Laura eran uno de los cientos de problemas que tenían.
–No quiero pasar sola esta noche –afirmó laura.
El científico sintió, en cada fibra de su ser, que debía negarse. Ya se había arriesgado demasiado, estaba en la cuerda floja, aguantando dos pilas de platos mientras, bajo sus pies, se encendía una gran hoguera que esperaba su caída, que ocurriría tarde o temprano.
Tendría que haber dicho que no. Pero los ojos de aquella mujer le recordaban a otra época, a otro amor.
Le recordaban a Betty.
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Bruce se sentó en el borde de la cama, se colocó la ropa interior y se levantó, dispuesto a entrar en el servicio. Tenía calor, y le promesa de refrescarse la cara se le antojaba muy apetecible.
Antes de entrar en el cuarto de baño del dormitorio de la bonita casa de Laura, echó una mirada a la cama. Allí reposaba la camarera, envuelta en sus sabanas, desnuda, de espaldas a él, durmiendo con una expresión de felicidad en su rostro pintado por el golpe de su ex-novio.
Bruce sonrió. Era feliz. No había pasado nada; ni rabia, ni ira, ni furia… Sentía que conocía a la camarera desde siempre, un sentimiento reconfortante, nuevo y que no le gustaba tener que dejar atrás. ¿Por qué iba a hacerlo? Quizás le era fácil pensar en ello porque acababa de hacer el amor, y toda la química de su cerebro le proveía de la felicidad que tanto ansiaba. Quizás porque era verdad. Quizás ya no necesitase estudiar lo que le ocurría.
Mientras pensaba que empezaba a dejar de razonar como el científico que era, se dirigió al cuarto de baño sin abrir las persianas de la habitación. No sabía cuanto tiempo llevaba dormido, pero seguramente sería ya de día.
Cerró la puerta tras de sí, abrió el grifo y se echó agua en la cara. Una vez hecho, se miró en el espejo. Vio a un hombre nuevo, relajado, contento, liberado y, sobre todo, calmado e incluso feliz.
¿Y si lo que necesitaba era simple y llanamente un momento de felicidad? Encontrar a alguien, dejarse de preocupaciones, de líos; pasar una buena noche, dormir hasta el mediodía, relajarse, en definitiva.
Siempre había pensado que en el negocio de los superhéroes el estrés era un componente continuo. Enfrentamientos, peleas, batallas, muertes, enemigos, contrincantes… Piezas que formaban un puzzle mental que ninguno de ellos pasaría. Probablemente, ni siquiera el Capitán América.
¿Qué efectos podría tener en la mente de alguien la muerte de un familiar, o de alguien cercano a manos de alguien que se hace llamar tu enemigo mortal? ¿Y las continúas peleas? ¿Y los repetidos combates para salvar el mundo, a los demás o la propia vida? Era eso, sí; un descanso total, era lo que había necesitado.
–Tú solo no puedes psicoanalizarte –susurró a su reflejo.
Se permitió soltar una carcajada. Y fue cuando ocurrió.
Lo sintió de golpe, como un potente puñetazo en el plexo solar. Se quedó sin aliento, las piernas se le doblaron, las manos le temblaron y le siguió su alma cuando observó el color que tomaban sus dedos.
Verde.
–No puede ser –logró gruñir–. N-No puede… no puede… Calmado, estoy calmado… es un sueño. Soñando, estoy…
Supo que no estaba dormido cuando una de sus manos agarró con fuerza el lavabo, lo partió en dos y los trozos se le clavaron, haciendo aparecer la sangre. En unos segundos, su piel se volvía verde y la herida se curó, como si nunca hubiera estado ahí.
Su cuerpo se hinchó. Los músculos comenzaron a desarrollársele como si no tuvieran límite. No oyó el sonido característico de la ropa al rasgarse ya que no llevaba, salvo los calzoncillos, que sabía que aguantarían.
– ¡Laura! –gritó–. ¡Sal de a-aquí! ¡Sal de…! ¡Sal…!

Sus palabras se convirtieron en bramidos conforme se acercaba a la puerta. La transformación le sacudió el cuerpo, mientras dejaba de pensar con claridad; mientras Bruce Banner se perdía en un mar de furia, rabia, ira, dolor, desolación, destrucción.
La bestia surgió como nunca lo había hecho. Aulló mientras lo destrozaba todo. La metamorfosis se había completado.
Boom, boom.
Boom, boom.
Boom, boom.
Al fin era Hulk.

CONTINUARÁ…
1.- Ver Los Defensores #16 en Action Tales.