“He tenido muchos nombres a lo largo de mi… vida. Para los técnicos y soldados que supervisaron mi creación, tan solo era el modelo operacional X-51, una máquina destinada a luchar por su país, una mera arma. Para los campeones de la Tierra, la opinión pública, y aquellos a los que ayudaba, era el Hombre Máquina, un misterioso androide miembro de los Vengadores del que nadie sabía prácticamente nada y al que la mayoría miraba con recelo. Y para unos pocos, incluido mí… padre, mi nombre era Aaron Stack, hijo de Abel Stack y su legado viviente. A día de hoy, después de tanto tiempo lejos del planeta que me vio nacer y al que considero mi hogar, no respondo ante ningún nombre. Y me siento solo.”

Stan Lee y Action Tales presentan: Hombre Maquina

Prólogo.

Hace muchos años.

-¿Y cómo piensas llamarlo?

El hombre, ataviado con una vestimenta de la más fina seda, y con los dedos repletos de anillos de oro y plata, observa lo que para él es lo único digno de mención en el interior de un, a sus ojos, destartalado y sucio taller.

-Yo no… No lo he pensado – Responde nerviosamente el muchacho dueño y artífice de todos los artefactos que les rodean. Viste un modesto peto gris, y pequeños rastros de grasa manchan su desgarbado pelo castaño.

-Mi ingenio Buhert… A veces pareces olvidar las más básicas lecciones que has aprendido durante estos años – Lentamente se dirige hacia la desastrada mesa ubicada en una esquina y acaricia uno de los planos que hay sobre ella apilados – Sería una auténtica pena que alguien se aprovechara del que puede ser el trabajo de tu vida por un mero tecnicismo.

-Puede estar tranquilo, señor, lo tengo todo bajo control – Buhert emplea el tono más desafiante que puede, pero no está seguro de conseguir el efecto deseado.

-Eso espero. Pero no perdamos más tiempo en cháchara inútil, muéstrame de lo que es capaz… esto.

Visiblemente molesto, y sin ningún ánimo de disimularlo, Buhert coge un mando de control, unido a un grueso cable, de la repisa de una de las estanterías, y oprime levemente un botón circular de grandes dimensiones situado en su centro. Apenas dos segundos después, comienza a oírse un zumbido, y el inconfundible sonido de piezas mecánicas moviéndose en perfecta sintonía.

Tanto Buhert como su invitado dirigen entonces su mirada hacia el origen de estos sonidos, y motivo de la visita de este último. Se trata de un torso, una cabeza y unos brazos prácticamente humanos, pero compuestos de una resistente aleación. Todo el conjunto cuelga de unos ganchos fuertemente asidos a los hombros, y por debajo de la cintura, sin piernas que la sustenten, asoman cables y partes de complejos engranajes.

En cuestión de segundos, sendas luces comienzan a emanar de los que serían los ojos del ser mecánico, y su cuello y su brazo derechos se mueven a la vez que chirrían. Mirando fijamente a los hombres que se hallan frente a él, mueve su boca articulada con una bisagra, como si tratara de decir algo, aunque le resulta imposible.

-Con el tiempo puedo conseguir que hablen. Y con un poco de suerte, podrían mantener debates y expresar sentimientos como cualquier ser humano.

-Buhert- Dice el otro hombre, sin apartar la vista del prototipo, que ahora trata de mover las otras partes de su cuerpo – Tu trabajo es crear herramientas que mejores nuestra producción y hagan que nuestro reino prospere.

-Pero…

-Escúchame – Le interrumpe – Eres un muchacho excepcional, y tienes un gran futuro por delante. Tienes en tus manos el potencial para cambiar el mundo, para ser recordado durante muchos años, quizá generaciones. Así que no lo estropees saliéndote del camino marcado. Se te recompensa por crear máquinas y artilugios, no lo olvides.

-Sí señor – Responde Buhert resignado.

-Muy bien. Hazme saber cuando tendrás esto completamente listo.

El hombre sube las escaleras de piedra, y abandona el taller, cerrando a su paso el gran portón de madera.

Durante unos largos segundos, Buhert mira fijamente los ojos de su creación, como si tratara de encontrar en ellos algo que difícilmente podría definir. Finalmente, pulsa de nuevo el botón del mando, y las luces se consumen poco a poco.

OCASO

Escrito por Hiperion/ portada: Israel Huertas

-¡No podemos quedarnos aquí quietos mirando! ¡Tenemos que avisar a toda la población! ¡Preparar una evacuación!

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Se llama Aaron Stack, el héroe conocido en el planeta Tierra como Hombre Máquina. Pero ahora está muy lejos de su hogar. Tras viajar durante mucho tiempo con los Celestiales, seres alienígenas de gran poder que experimentan con los habitantes de los planetas que visitan para después juzgarlos, ha llegado a un mundo llamado Raladi, que le ofrece todo aquello que ha soñado y por lo que ha luchado durante toda su vida, la convivencia idílica entre humanos y androides.

Y ahora todo eso puede desaparecer. Arishem, el encargado máximo de juzgar los planetas, ha realizado finalmente su veredicto: Raladi no ha pasado la prueba.

-Tranquilízate, Aaron Stack…

El otro androide presente en el desértico paraje se hace llamar Valki, e intenta calmar a su acompañante apoyando sus manos en sus hombros. Apenas lo conoce un día, pero ha sido tiempo suficiente para comprender que esa no es su manera normal de actuar.

-¿Cómo puedo tranquilizarme, Valki? – Se zafa de sus brazos – Esos que ves ahí son los Celestiales, para ellos sois como ratas en un inmenso laboratorio, y ahora han decidido deshacerse de todos. No podemos quedarnos mirándolos, hay que luchar.

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-Tienes valor, Aaron Stack, lo supe en cuanto te vi. Luchando contra aquel gusano de tierra gigante ayer. Pero ni todo tu valor ni el mío pueden hacer nada ahora mismo. Tengo miedo hasta cierto punto, lo admito, pero lo peor que podemos hacer ahora es perder el norte. Sugiero hablar con el Gobernador y…

-¿El Gobernador? ¿Y qué va a hacer él? Además… además… - Durante unos instantes duda, como dándose cuenta de lo exaltado que ha estado hasta ahora - ¿Dónde se ha metido? Estaba con nosotros hace un momento, y ahora…

-Debe haber vuelto a la base.

Aaron se gira para observar el gran complejo situado en la base del denominado Monte del Celestial, y en el cual iba a entrevistarse con el Gobernador, antes de que el veredicto de Arishem hiciera que todo enloqueciera por momentos. Dos guardias armados custodian el enorme portón metálico de entrada.

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-Voy a ir a hablar con él, Valki. Necesito saber si hay algo que él, todos nosotros, podamos hacer. Es mi deber. Siempre lo ha sido.

-Aaron Stack…

Pero, cuando se da cuenta, Aaron ya no está ahí. Gracias a sus piernas extensibles, llega hasta la entrada de la base con un par de calculadas zancadas, deteniéndose frente a los guardias.

-El Gobernador ha pedido no ser molestado por nadie, extranjero. Se te llamará cuando él lo requiera – dice uno de ellos, sin cambiar ni un ápice su serio semblante.

Sin mediar palabra, Aaron estira sus brazos y los coloca entre ambos guardias. Cuando estos apenas empiezan a darse cuenta de lo que pasa, Aaron mueve sus extremidades hacia los lados y lanza a ambos a unos metros de allí. A continuación, una vez sus brazos han sido replegados, empuja con todas sus fuerzas el enorme portón, el cual acaba cediendo tras unos segundos.

Mientras los magullados guardias se levantan, Aaron se introduce en el edificio, lenta pero seguramente. Valki lo observa todo desde su posición.

Es invierno. Las temperaturas han descendido vertiginosamente, y una borrasca arroja la mayor nevada de los últimos tres años.
Sin embargo, el interior del taller de Buhert se mantiene inalterado y totalmente ajeno a las inclemencias del tiempo, en parte gracias al previsor calefactor que su dueño diseñó y construyó hacer un par de meses.

-¿Y bien? ¿Qué te parecen? – Buhert da un largo sorbo a un tazón de chocolate caliente.

Frente a él, el primigenio autómata que había creado tiempo atrás alza su pierna derecha, para a continuación agitar su pie en el aire. Finalmente, lo deja caer pesadamente sobre el suelo.

-Mucho mejor, ¿verdad? – Buhert sonríe.

-Sí…

-Oh, venga, Hadam. No seas tan tímido. La boca que te di es para que hables. Lástima que a causa de eso descuidara tus piernas… Pero ahora creo que por fin he dado en el clavo.

-Yo te estoy… muy agradecido.

-Es mi trabajo, Hadam. Aunque otros no lo vean así. Es una lástima que de momento sea tan arriesgado salir al exterior, que no puedas probar todo el potencial de tus piernas.

-Me gustaría… ver exterior. Contigo.

-A mí también, Hadam. Y te prometo que un día lo haremos. Podrás caminar junto a todo aquel que desees.

Un nuevo sorbo recorre su garganta mientras ambos escuchan el amenazante aullido del frío aire que recorre el otro lado de los resistentes muros.

“Sistema de evacuación Beta. Prueba número dos. Preparando el lanzamiento”

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Las frías palabras proceden de una sofisticada computadora cuyos aparatos ocupan dos tercios de la amplia e iluminada habitación. Los dedos que manejan todo el sistema de botones y palancas con extrema precisión son los del anciano que se hace llamar el Gobernador. Su semblante es serio, con un pequeño destello de desesperación en sus ojos.

-Vamos, vamos… Debe funcionar…

De repente, un estruendo en el pasillo le distrae de su tarea, y durante unos instantes mantiene su mirada pegada a la entrada, protegida por una robusta puerta. Lentamente se dirige hacia una solitaria silla, dónde descansa su vara tallada.

-Por última vez, detente o…

Tras la frase interrumpida, y prácticamente comprendiendo qué es lo que está pasando, el anciano vuelve a dejar la vara sobre la silla, y simplemente espera a que suceda lo que está esperando.

Instantes después, sus deseos se cumplen, y la puerta cae con todo su peso hacia el interior de la habitación. Inmediatamente después, el visitante de más allá de las estrellas que ha acogido en su pueblo entra con paso decidido.

-¡Gobernador! – Espeta mirándole fijamente

-Aaron, no esperaba que fueses tan violento. Aunque debo admitir que no me sorprende que hayas logrado entrar, eres un modelo excepcional, a pesar de las taras que arrastras debido a tu largo viaje.

-Lamento los destrozos, Gobernador. No es propio de mí comportarme así, pero es que no querría ver cómo todo esto desaparece sin poder hacer nada. Y como habéis entrado aquí sin mediar palabra…

-La reunión que íbamos a tener, Aaron, ya no serviría para nada. Sabía que la llegada de los Celestiales iba a ser un momento crucial, pero no esperaba que emitieran su juicio tan rápido. Así que todo el tiempo que pueda ganar desde aquí no puedo perderlo en nada más.

-Pero en la Tierra sobrevivimos. Yo podría…

-Aaron, ya me lo has dicho antes. Salisteis victoriosos gracias a que realizasteis una ofrenda, a que seguisteis el guión y las pautas de este juego. Nosotros no podemos hacer eso. Ahora, si me disculpas…

-¿Qué quiere decir con eso? ¿Por qué no pueden hacer lo mismo que hicimos los terrícolas? ¿Es que acaso hay algo que no me ha contado?

-Ahora no hay tiempo para esas cosas, Aaron. Tú mismo lo has dicho. Si te quedas, tu ayuda será bienvenida. Pero ahora déjame trabajar.

Tras sus últimas palabras, el Gobernador se gira con autoridad y se dirige de nuevo al panel de control maestro de la computadora. Aaron no pronuncia ninguna palabra.

Valki se ha mantenido en el mismo lugar desde que su nuevo amigo, el que se hace llamar Aaron Stack, se adentrara en el complejo que hay a unos metros frente a él. Y en todo este tiempo no ha parado de ponderar la situación, mientras mira fijamente a Arishem el Juez, cuya postura no ha cambiado desde que emitiera su veredicto. Aaron Stack, el extranjero venido de más allá de las estrellas junto a los Celestiales está dispuesto a todo y más para ayudar a un pueblo desconocido a millones de años luz de su hogar. Y el Gobernador, amigo y consejero durante años, no se pronuncia.

-¡Valki!

Sus cábalas son interrumpidas por la esbelta chica de melena rubia que ha sido su compañera y amiga durante casi toda su vida. Aunque conserva el semblante adulto y serio que la caracteriza, Valki detecta un tono de preocupación en su mirada.

-Estelle. ¿Qué ocurre? ¿Has venido hasta aquí corriendo desde Kasmita?

-Eso no importa. Ha habido un temblor, creo que se ha originado en el mismo centro de la ciudad. Nuestra casa se ha venido abajo, hay muchos heridos y… estaba preocupada por ti.

-Yo estoy bien, Estelle. Vine con Aaron Stack a hablar con el Gobernador.

-¿Y dónde están? ¿Qué haces aquí fuera? La gente necesita al Gobernador, nos necesita a todos allí. No te imaginas…

-Estelle, mira el monte del Celestial. Hemos sido juzgados. Y creo que ya no nos queda mucho tiempo para nada.

El manto de nubes oscuras se acrecienta por instantes. La luz del sol ya no es más que un recuerdo. Empieza a llover con fuerza.

-¿Eso de ahí es Kasmita? – Aaron observa un par de monitores, que emiten imágenes en vivo de lo que sucede en la ciudad. Un almacén está ardiendo. En otro, un par de ciudadanos ayudan a sacar a un tercero de entre los escombros.

-Acciona esa palanca de tu derecha, por favor.

Aaron extiende su brazo derecho y baja la palanca como se le acaba de indicar. Un leve zumbido comienza a oírse, procedente de la computadora, y en una de sus múltiples pantallas se forma la imagen en tres dimensiones de lo que Aaron identifica como una especie de navío espacial colosal, acorde a las dimensiones que se indican.

-¿Qué es eso?

-Es una de las innumerables naves que he diseñado durante estos años – El Gobernador continúa manipulando botones, sin girarse – En cuanto a tu anterior pregunta, estamos tratando de conseguir una manera de huir del planeta.

-¿De huir…? ¿Y entonces por qué no avisa a todo el mundo? ¡Hay que hacer un llamamiento! ¡Convocar aquí a… a…!

Aaron enmudece. Una pequeña pero importante idea, escondida e ignorada hasta ahora en lo más recóndito de su mente cibernética aflora en ese momento como un poderoso torrente.

-¿Por qué se encarga usted sólo de algo de esta magnitud? ¿Por qué…? ¡En esa nave no puede haber sitio para toda la población de un planeta!

-Aaron, por favor, confía…

Las palabras que deberían seguir no se pronuncian, pues Aaron se abalanza sobre el anciano y ejerce una fuerte presa sobre sus hombros.

-Estoy harto de evasivas y pasividad. Esto es el fin del mundo, toda la gente ahí fuera puede morir de manera agónica y usted lo único que hace es engañarnos a todos. Puede que este mundo sea más parecido a la Tierra de lo que imaginaba.

-Aaron, entiendo tu descontento – Intenta utilizar el tono más tranquilo y conciliador que puede – Pero, por favor, observa esa pantalla.

Mientras el zumbido imperante en la sala alcanza su mayor magnitud, Aaron dirige su mirada al monitor que el Gobernador señala tanto como la presa que le atrapa le permite. En él, el bajel que aparecía en la otra pantalla, pero mucho más real e impresionante, se eleva desde un punto remoto de la superficie de Raladi, envuelto en una nube de humo blanco que dota a la escena de mayor espectacularidad. Gracias a su cegadora velocidad, alcanza los límites de la atmósfera en cuestión de segundos. Es en ese momento cuando, de repente, comienza a tambalearse para finalmente explotar en una escena tan vistosa como aterradora.

-Como puedes ver, Aaron, resulta imposible salir de Raladi con vida.

-¡No puede hacer esto! ¡Es mi trabajo, me pertenece!

Buhert, notablemente alterado, intenta arrebatar uno de sus aparatos mecánicos de las manos de un corpulento hombre de negros cabellos ataviado con una armadura. El forcejeo apenas dura unos segundos, antes de que Buhert caiga al suelo.

-No gastes tus energías futilmente. Aún podrías tener la oportunidad de usarlas provechosamente… Si te rindes.

-Jamás. Me habéis engañado, utilizado – Buhert descarga toda su rabia contra la figura que se halla en la escalera, a la cual el paso de los años no ha tratado mal en exceso. Su postura sigue siendo regia, pero las canas recorren su pelo.

-Estás agotando mi paciencia, Buhert. Y todo por un trozo de metal sin alma… ¡¿Dónde está?! – Su tono tranquilo se desvanece.

-Nunca lo…

-¡Silencio! Llevas años ofreciéndonos modelos defectuosos. No logramos reproducir tus diseños originales. Podrías tener una fortuna, un puesto destacado en mi gobierno, pasar a la historia… y renuncias a todo, ¿por qué? Por haberte encariñado con una máquina, una parodia de vida.

-Hay precios que no estoy dispuesto a pagar.

-Hemos encontrado trampillas y pasillos secretos, señor – Uno de los hombres armados les interrumpe – Pero no había nada en ellos salvo piezas y herramientas.

-Muy bien. Retiraos – todos los presentes en el taller lo abandonan, a excepción de él mismo y el joven dueño del mismo. Una vez están solos vuelve a hablar – Se acabó, Buhert. Márchate de aquí. Jamás volverás a ser bienvenido. Adiós.

Así, el hombre atraviesa la puerta y sale a la húmeda calle, donde sus soldados le esperan, sujetando sobre sus hombros unas pesadas armas de cañón amplio.

-Fuego – Es la única palabra que abandona secamente sus labios mientras camina sin darse la vuelta.

A su orden, un sinfín de bolas ardientes salen de las armas una vez su gatillo ha sido accionado. En cuestión de instantes todas se posan sobre el silencioso taller. Medio minuto después todo el conjunto ya arde sin freno.

A la mañana siguiente, un incendio provocado por un torpe mecánico es la comidilla de todos los ciudadanos.

-Hay algo alrededor de este planeta. Algo que desafía toda lógica, y cuya naturaleza no he logrado nunca discernir. Pero sea lo que sea, afecta a todo aparato que trata de adentrarse en el espacio. He probado con innumerables tipos de materiales, fuentes de energía y diseños durante años, pero el resultado, unas veces más temprano y otras más tarde, es siempre el mismo que has visto antes.

Aaron ya ha soltado al Gobernador, y ambos se encuentran de pie el uno frente al otro.

-¿Cómo debería interpretar que no sepa lo que pasa en su propio mundo tras tanto tiempo? ¿El hecho de que no haya contactado con nadie más en todo el globo? ¿Sus proyectos secretos que esconde a todos?

-No es necesario todo esto, Aaron. Sé que ya has logrado llegar a una conclusión. Al fin y al cabo, eres un androide, puedes procesar toda esta información y elaborar varias explicaciones.

-Quiero que me lo diga usted. Quiero que me diga la verdad.

-Está bien – comienza a caminar pausadamente por la sala – Tienes razón, te he mentido… en gran parte. Verás…

-¡Gobernador! ¡Aaron Stack!

Valki entra en la sala, pasando con estrépito por encima de la derribada puerta y seguido por Estelle.

-¿Qué ocurre, Valki? – Aaron ignora completamente al Gobernador y se acerca al androide.

-Es Kasmita. Estelle me ha contado que ha habido un temblor. Hay gente herida y atrapada. Tenemos que hacer algo, Gobernador. No podemos…

-No… ¡No, no, no! – Explota de repente el anciano – Todos, vosotros tres, creéis saber lo que es correcto, el rumbo que debería seguir. Y aunque todos tenéis razón, aunque una parte de mí desea estar ayudando a toda mi gente, a auxiliar a todos los que han caído y caerán… ¡No puedo! El precio es demasiado alto, y no estoy dispuesto a rendirme, a que se destruya el trabajo de toda una vida. Ahora, marchaos y…

-¿El trabajo de toda una vida? – Interrumpe Aaron.

El Gobernador hace un ademán de abrir la boca para replicarle, pero finalmente traga saliva y emite un leve suspiro. Dirigiendo la mirada al suelo, finalmente logra encontrar las palabras que buscaba.

-Kasmita… todo Raladi, no es más que una mentira. Ninguna de las dos cosas existe, es todo una farsa.

-Gobernador, no entiendo qué quiere decir. La ciudad existe desde tiempos inmemoriales, usted nos enseñó los escritos.

-Escritos de mi puño y letra, Valki. Todo para mantener la ilusión de que este era un paradisíaco oasis en el universo, un lugar donde seres de todo tipo y condición podían vivir en paz.

-Por eso no ha contactado con nadie más, ¿verdad? Por eso el Monte del Celestial está tan cerca de Kasmita – Aaron siente que crece una combinación de varias emociones humanas en su interior, desde la rabia a la impotencia, y aprieta fuertemente su puño derecho.

-En efecto… Raladi no es más que un planeta abandonado hace milenios. Sus habitantes…

-Los Eternos y Desviantes de este mundo.

-Sí… Fueran quienes fueran, murieron o abandonaron el planeta hace mucho. La capa que envuelve todo y que impide a mis naves funcionar es el último vestigio de su paso por aquí. Un experimento que salió mal, el resultado de una guerra… No lo sé.

-¿Y si los habitantes de este mundo ya no están, por qué los Celestiales han juzgado el planeta? ¿Quiere eso decir que lo que buscan es eliminar todo vestigio de vida y comenzar de nuevo con su tarea? ¿O que en algún punto queda algún habitante originario de Raladi? No… no sabía de ese comportamiento.

-Tú los conoces mejor que yo, por lo que sé. Pero has llegado a la misma conclusión que yo. Es una especie de borrón y cuenta nueva. Y yo he acabado poniéndonos a todos en mitad de todo.

-No entiendo, Gobernador. ¿Quiénes somos entonces? – Valki trata de procesar toda la información que está escuchando. Estelle se mantiene impasible a su lado, atenta a cada palabra, cada gesto

-Somos una colonia. Un grupo de renegados que abandonó su planeta natal hace varias décadas

-¿Décadas? – Estelle aparta a los dos androides y se encara con el Gobernador – Hay documentos… tenemos recuerdos de varias generaciones viviendo aquí.

-Tenéis que comprenderme… La adaptación a las nuevas condiciones de vida de este planeta, mis descubrimientos sobre él… Tenía que asegurarme de que todo iba a funcionar bien. Modifiqué un poco vuestros recuerdos, vuestras nociones. Todos aceptasteis ese trato cuando vinimos aquí, yo no hice nada que no desearais.

Las últimas frases hacen mella en Estelle, y en ese momento empuja al Gobernador contra la pared, dónde lo retiene con sus propias manos.

-Nos ha manipulado. Nos ha mentido. Nos acaba de decir que quizá toda nuestra vida no era lo que imaginábamos. Pero eso no es suficiente. Quiero saber toda la verdad, y quiero…

-No – Todo queda en silencio unos segundos, mientras se giran hacia Aaron – Se acabó. Lo importante ahora no es el ayer, sino el futuro. Voy a gastar la última oportunidad que nos queda para salvarnos a todos.

Estelle afloja la presa sobre el Gobernador, mientras este se deja caer sentado sobre el suelo.

-¿Qué pretendes?

-Usted agote sus posibilidades, haga uso de todos los modelos que le quedan. Pero no hemos probado todas las naves, Gobernador. Hay una que ayer demostró que puede atravesar la atmósfera del planeta. La nave en la que llegué yo. La nave de los Celestiales.

La nieve vuelve a azotar con vehemencia un frondoso bosque de altas coníferas.

Bajo las copas de estas y entre el tupido manto blanco que cubre el suelo, avanza una vieja y cansada figura que cojea, apoyada sobre una vara bellamente tallada. Sobre uno de sus hombros porta una bolsa de tela llena.

Tras recorrer varios metros en el más absoluto de los silencios, llega a una pequeña cueva, en el interior de la cual se puede ver la lumbre provocada por una modesta hoguera.

-Buhert – Le recibe una voz grave desde el interior – Empezaba a estar preocupado.

-Siempre dices lo mismo, Hadam – Responde mientras deposita su carga en el suelo – He encontrado comida para otra semana. ¿Y ese aspecto?

Observa de arriba abajo a su interlocutor, el cual tiene la piel más morena que ha visto en mucho tiempo, algo que no concuerda con la época del año. Su pelo es negro como el carbón y su cuerpo atlético y musculoso. Su torso está desnudo.

-Era uno de los que me quedaban por probar. No es muy adecuado, ¿verdad? – Mientras sonríe, y como por arte de magia, su piel y cabello comienzan a desaparecer poco a poco, revelando la forma robótica que subyace debajo.

-Me alegra mucho ver que mi dispositivo de disfraz te ha sido tan útil – Buhert se sacude la nieve de su frondosa barba blanca

-Tu capacidad para seguir creando durante tanto tiempo y en las condiciones en que vivimos siempre ha sido admirable… amigo mío.

-No tienes que darme las… - Sintiendo un leve mareo, Buhert se lleva la mano derecha a su pecho, y se apoya en la fría pared de la cueva.

-¡Buhert! ¿Estás bien?

-Sí… Creo que he hecho demasiado esfuerzo por hoy. Voy a echarme. ¿Podrías preparar lo que he traído en la bolsa? Lo haría yo mismo, pero…

-Por supuesto. Descansa.

Mientras el anciano cojea hasta su humilde pero cómoda cama, Hadam lo observa en silencio. Ese hombre fue su creador hace mucho tiempo, sacrificó toda su vida y todo lo que tenía, se ha pasado la vida entera huyendo, por él, por un sueño. “Si solo pudiera encontrar el modo de pagárselo”, se pregunta, como tantas otras veces.

La lluvia continúa cayendo sin cesar. Y, en un punto determinado del hace unas horas apacible valle, las gotas de lluvia se mezclan en su caída con chispas de calor.

-Creo que ya está – Valki se apura en soldar una junta de una pequeña placa que Aaron tiene en un costado con el calor que emana de uno de sus dedos – No soy experto en este tipo de sistemas, pero creo que podrás volar por fin un poco.

-Gracias, Valki. Ahora no podemos perder más tiempo. Nos ha llevado dos horas llegar hasta aquí, hemos tenido demasiada suerte de que no haya pasado nada grave, pero puede ser cuestión de minutos.

-¿Entonces vamos a entrar ahí?

Mientras Estelle habla observan la imponente nave que trajo a los Celestiales a este planeta hace apenas un día, mientras flota totalmente impasible al cada vez peor clima. Es enorme, continúa hasta dónde alcanza la vista, y las formas que adquiere en algunos de sus puntos se escapan de toda lógica. Frente a ellos y a muchos metros de altura, se halla una gigantesca escotilla de salida, que Aaron ha estado empleando para salir de ella e investigar cada mundo que ha visitado en su travesía con los gigantes cósmicos.

-No, Estelle, tú tienes que quedarte aquí. No podemos arriesgarnos a que te reconozcan como un intruso y los Celestiales nos descubran.

-¿Y tú qué vas a hacer, Valki?

-La parte que he copiado del software de Aaron debería bastar para que pase desapercibido el tiempo que necesitemos. Tranquila, estaré bien. Volveré contigo y salvaremos a todos. Tú solo ten cuidado.

-Tranquilo. Si uno de esos gigantes intenta entrar lo lamentará.

Valki sabe que su amiga ha hecho esa afirmación tan arriesgada totalmente en serio, y dedicándole una leve sonrisa sigue a Aaron, quien ya flota hacia la escotilla.

El hombre conocido como Gobernador ha permanecido sentado en su silla prácticamente desde que Aaron, Valki y Estelle se fueran.

Se ha sincerado con ellos, piensa, y ha revelado su plan maestro, el plan que realizó por el bien de tantos… y eso solo le ha reportado desconfianza y rencor. Si él, si su gente se salva del desastre inminente que se cierne sobre ellos, probablemente le reciban no como un salvador sino como alguien que debe ser rechazado.

“Esperando orden para ejecutar”. La fría computadora interrumpe sus pensamientos por enésima vez. Debe decidir un rumbo de acción.

-Activa la nave que queda. Llévala a Kasmita y haz un llamamiento general. Diles a todos que suban. Diles que su Gobernador ha hecho todo lo posible por salvarlos. Y cuando todo acabe, si es que lo logramos… cuéntales toda la verdad sobre mí. Toda la historia que grabé en los archivos, sobre un hombre con un sueño llamado Buhert. Y pídeles mi perdón.

Tras esta última orden, y derramando una pequeña lágrima, el anciano abandona la sala. Los soldados presentes en el complejo, temerosos de lo que está sucediendo en Kasmita, hace largo rato que se fueron.

Tras atravesar los fríos pasillos, llega al exterior, y como si de una lluvia de un material ácido se tratase, su piel empapada comienza a desaparecer. La ilusión de un holograma mantenido durante décadas desaparece, y la forma robótica que una vez fue llamada Hadam mira fijamente a los Celestiales en la lejanía.

-Lo siento, Buhert. Lo intenté. Traté de mantener vivo tu sueño, traté de ser como tú y guiar a nuestro mundo a una era dorada. Pero fracasé. Espero que puedas perdonarme.

Sus pensamientos a partir de este momento quedan para él solo, y sus palabras abandonadas al viento.

-Es…

-¿Apabullante?

-Creo que es un término apropiado.

Valki trata de no colapsarse mientras se habitúa al interior de la nave Celestial. Cada punto que mira es diferente al anterior, el propio aire y su composición cambian a cada paso. Las luces, los colores, los estímulos eléctricos… Todo es como una impresionante mezcla de sensaciones aturdidoras.

-No te esfuerces demasiado. A mí me llevó bastante acostumbrarme a todo, es un proceso costoso. Aunque no recuerdo demasiado aquellos momentos, si te soy preciso.

-Tranquilo, creo que mis sistemas se ponen en orden poco a poco.

-Bien. Mantente lo más cerca de mí posible. Necesitamos llegar a la sala de control maestro, dónde viajan los propios Celestiales y dirigen la nave. Una vez allí, solo nos queda esperar que sepamos qué hacer sin venirnos abajo.

Así, Aaron acciona su recién reparado sistema de vuelo. Titubeante en un principio pero decidido finalmente, se eleva sobre el suelo, adopta una posición en horizontal respecto a este y comienza a propulsarse a toda la velocidad que puede. Valki repite los mismos pasos como si de un ritual se tratara y le sigue tan de cerca como puede.

Pasan segundos y minutos mientras recorren innumerables pasillos, puertas y pasajes. A pesar de haber vivido aquí durante no sabe cuánto, Aaron sigue viendo cosas que desconocía, lugares por los que no recuerda haber pasado jamás. Maquinaria, artefactos y energías desconocidas van quedando atrás mientras el sistema de orientación de ambos llega a su límite. Altas temperaturas casi producen averías en su sistema, y seguidamente otras bajo cero ralentizan su rendimiento poco a poco. Cada metro que avanzan es inesperado, y por momento un suplicio. Pero en sus mentes computerizadas solo hay un pensamiento que les guía. Y en su interior desean que no sea demasiado tarde, que mientras viajan por la nave no se desencadene fuera el fin del mundo.

Tras una cantidad de tiempo que ni siquiera sus sistemas pueden computar llegan hasta una sala de enormes dimensiones, dónde cabría sin ninguna dificultad una ciudad pequeña de la Tierra.

-Es aquí – Dice Aaron mientras frena y se mantiene flotando en el aire – Es ahora o nunca.

-¿Qué vamos a hacer exactamente?

Aaron utiliza su mira telescópica para observar con detalle todos los elementos posibles de entre todos los que hay en la sala.

-Hay varias computadoras que pueden ser la que buscamos. Voy a enviarte todos los datos de los que he dispuesto en mi tiempo en la nave. Trata de hacerte con el control de ellas y conseguir acceder al motor, o lo que la haga funcionar.

-No veo ningún registro de defensas en tus archivos, Aaron Stack.

-Por lo que sé los Celestiales no tienen ninguna. Quizá esa confianza en sí mismos sea una baza a nuestro favor. Buena suerte, Valki.

-Buena suerte, Aaron Stack.

Con una mirada cómplice, todo lo cómplice que sus casi humanos rostros les permiten, ambos robots activan de nuevo sus sistemas de vuelo y se dirigen a lados opuestos de la sala.

Valki vuela a toda velocidad mientras se pregunta cómo estarán todos sus conocidos y allegados de Kasmita. Qué habrá sido del Gobernador. Pero, sobretodo, se preocupa por Estelle.

Sin apartarlos a todos de su mente por completo, llega a su objetivo de manera decidida. Una enorme computadora se yergue frente a él, pero eso no le achanta. Con una simple orden mental, una pequeña placa en su pecho se abre, y de ella extrae varios cables de tonalidad verde.

Cautelosamente, conecta todos y cada uno de ellos a todos los orificios posibles que le ofrece el ordenador, y sin saber muy bien qué hacer a continuación, trata de acceder al mismo mediante pulsos de información. Tras varias pasadas, utilizando todas las encriptaciones disponibles, su sistema recibe una señal de alerta. En cuestión de microsegundos, comprende que esa computadora no es más que un banco de datos de los viajes de los Celestiales.

Millones de años, centenares de miles de mundos, millares de galaxias, cientos de experimentos y mucho más es bombeardo a una velocidad inimaginable para cualquier máquina pensante que haya existido jamás. Antes de que el flujo colapse su sistema y este último se apague piadosamente para protegerse a sí mismo, un único pensamiento recorre su mente. En esa fracción de segundo tan solo puede preocuparse por Estelle.

Aaron, totalmente ajeno al destino de su aliado, llega al otro extremo de la sala. Al contrario que en el caso de este último, ha decidido desechar de su normalmente muy activa mente cualquier otra cosa que no sea cumplir con su misión.

Una vez junto a una de las computadoras, y sin ser consciente de ello, comienza a realizar el mismo protocolo que su compañero ha hecho. De una placa emerge un conjunto de cables que toma en sus manos.

Pero en ese crucial momento, en un instante inapreciable, Aaron comprende que si pudiera sentir escalofríos, experimentaría uno.

Instintivamente, se gira. Y lo que ve lo deja atónito. Su mano suelta los cables y su sistema se empieza a sobrecalentar. Lo que siente en su interior es un cúmulo de las sensaciones más humanas con las que su padre lo dotó. La rabia, la ira, la impotencia y la frustración le atacan de repente, todas juntas.

Tras él, los Celestiales se acaban de teleportar al interior de la nave. Tan silenciosa e imperturbablemente como siempre.

-No… ¡No! ¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!

Sus dientes artificiales son apretados con fuerza. La misma potencia con la que cierra sus puños hace saltar varios remaches de su cuerpo.

Totalmente cegado por su muy humana reacción, Aaron se lanza con estrépito e inconscientemente hacia Arishem, el Celestial más cercano. Pero antes de alcanzarle, antes de acercarse remotamente a él siquiera, una esfera de energía lo rodea y para su marcha en seco. La bola cae pesadamente al suelo, con él en su interior. Los golpes que le propina a continuación no parecen hacer mella en la anómala forma de energía.

-No… No no no… - Balbucea mientras finalmente desiste en su empeño.

Instantes después, como una última burla de los Celestiales, uno de los monitores de la sala se enciende súbitamente, aunque sus dueños no parecen remitirle la más mínima atención. Aaron alza la vista, y aunque todo su sistema, toda su mente y su corazón le piden que no lo haga, observa el inmenso monitor.

En él puede ver la aniquiladora acción de los Celestiales. Aquello que ha estado tratando de evitar con todas sus fuerzas. En una vorágine de muerte, destrucción y desastre, expresados en una forma que desquiciaría a cualquier mente humana, Aaron contempla el proceso de purificación que los gigantes cósmicos llevan a cabo.

Con su sistema fuera de control, y una lágrima cayendo por uno de sus ojos, Aaron Stack contempla los últimos instantes de Raladi. El fin del mundo.

Epílogo. Varias décadas atrás.

Una leve tos es lo único que reverbera por toda la cueva. Junto a una fuerte hoguera, una figura se sienta en el suelo, junto a otra recostada y tapada por mantas.

-Mi tiempo se acaba, Hadam… - Tose nuevamente

Seguidamente, el crepitar del fuego es lo único que evita el completo silencio.

-He… vivido muchos años. Más de ciento cincuenta. Si te soy sincero… deje de contarlos hace mucho. No me hacía falta.

-Buhert… ¿Te arrepentiste alguna vez? ¿En algún momento has querido…?

-Hadam – acerca su mano a una de las de su compañero –Jamás. Eres mi mayor creación. Mi vida y mi legado. No lo cambiaría por absolutamente nada. El Buhert que pudo ser… bueno, es mejor no pensar en ello.

Un fuerte ataque de tos pone en alerta a Hadam, pero poco a poco desaparece como apareció.

-Adiós, Hadam. Abandono este mundo feliz. Tú estás en él. Y contigo aquí sé que mis sueños se harán realidad con el tiempo. Sé que gracias a ti, viviré para siempre.

Fuera de la cueva, unos tenues rayos de sol se escabullen entre las nubes, anunciando el fin del invierno.