Contagiada por su primo (Bruce Banner, alias El Increíble Hulk)
con la misma Energía Gamma que fluye por sus venas, ahora Jennifer Walters es
Vengadora, Heroína Fantástica, amiga y hermana de toda una comunidad de metahumanos. Pero también una de las personas más duras con las que te puedes encontrar.
STAN LEE y ACTION TALES presentan
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CAPÍTULO QUINTO
¡¡¡ INVASIÓN !!!
Escrito por Gabriel Romero/ Portada: Iván Sarnago
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Resumen de lo publicado:
Hulka trabaja ahora para una agencia secreta del Gobierno americano llamada El Proyecto Baxter, y su primera misión bien podría ser la última.
Una compleja trama urdida por Bentley Wittman (más conocido por Los 4 Fantásticos como El Mago) y su actual esposa, la traidora Skrull De´Lila (una peligrosa terrorista telépata que ansía el Trono del Emperador) han puesto a humanos y Skrulls al borde de la guerra. Con la ayuda no deseada de Kl´rt, el villano apodado el Super–Skrull (al que han convertido en su esclavo gracias a un chip de control mental del Mago), muchos espías de ambos planetas han sido horriblemente asesinados en las últimas semanas, y todas las pistas marcan el camino de la guerra.
Cuando por fin Hulka descubre la auténtica verdad detrás del asunto, y la peligrosa ciudad en las nubes sobre la ciudad de Tánger que sirve como refugio al Mago y su esposa (y a toda una legión de fieles seguidores llamada la Hermandad del Cielo), de pronto una pantalla muestra la horripilante verdad: Nueva York está siendo atacada por naves de guerra Skrull.
El plan ha funcionado.
La guerra empieza aquí…
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Prólogo
Hace diecisiete semanas
« Skrullos.
En muchos aspectos, un mundo maldito. En otros, la esperanza en un futuro mejor para una de las razas más belicosas de todo el Universo Conocido.
Origen primigenio de la especie conocida como los Skrulls (ver archivo “Skrulls”), pronto se convirtió en centro de su imperio, originalmente de tipo sólo mercantil. No fueron sino los primeros enfrentamientos con los primitivos Kree los que transformaron a los Skrulls en una raza temible y combativa.
Y los que obligaron a trasladar la capital al planeta Tarnax IV (ver archivo “Tarnax IV”), mucho más fácil de defender debido a su emplazamiento.
Y así fue durante muchos siglos, incluyendo en ese tiempo las primeras visitas Skrull a la Tierra (cuya antigüedad se desconoce, al no poseer acceso a los historiadores de su mundo, pero que algunos expertos humanos datan de la época de las Cruzadas). Aún se hallaba en Tarnax la capital durante los eventos relativos a la desaparición del grupo Primera Línea (ver archivo “Primera Línea –supergrupo–”), el primer intento de suplantación de nuestras personas (ver archivo “Los 4 Fantásticos conocen a los Skrulls del espacio exterior –caso–”) y la Guerra Kree–Skrull (ver archivo “Guerra Kree–Skrull –evento cósmico–”).
La imparable decadencia del temido Imperio Skrull llegó con la destrucción de Tarnax IV, por parte del único ser del Cosmos con poder suficiente para ello: Galactus (ver archivo “Galactus”). El Devorador de Mundos consumió la capital, y arrojó a sus millones de habitantes al olvido. Desde ese instante, muchas diversas facciones quisieron apropiarse del Trono del Emperador, haciendo uso de antiguos parentescos y derechos que nadie respetaba.
No fue hasta hace unas semanas, concretamente al término de la llamada Guerra Civil Skrull (ver archivo “Guerra Civil Skrull –evento cósmico–”) cuando el recientemente nombrado Emperador Talos (ver archivo “Talos I el Indómito”) unió bajo su mando a todos y cada uno de los Skrulls del Universo.
E instaló de nuevo la capital en el antiguo y abandonado mundo de Skrullos.
De esta forma, Skrullos se ha convertido ahora en una joya de incalculable valor en el tapiz del Universo, y en la representación de las promesas de paz y hermanamiento que tanto repite su nuevo Emperador…»
(Fragmento extraído del archivo “Skrullos”, perteneciente a la Biblioteca Reed Richards de Conocimiento Universal)
La pequeña nave unipersonal recorrió en silencio los oscuros cielos del Planeta Madre, con su destino firmemente grabado en la pantalla: el Edificio Dorrek, Cuartel General del Servicio Secreto Skrull. Quizá la más poderosa Oficina de Inteligencia de todo el Universo Conocido.
Y su agente estrella,
el terrible Kl´rt, sopesaba meditabundo cuál habría de ser la dura misión que
pensaban encargarle. Desde tiempos antiguos, él había sido indudablemente el
mejor soldado con el que nunca contó el Imperio Skrull, y prueba de ello fue
que lo eligieran hace una década para aquel experimento secreto que lo dotó
de poderes. Nadie estaba muy seguro entonces del resultado, si convertirían
a Kl´rt en un dios o lo perderían para siempre… y al final triunfó.
Se transformó en el Súper–Skrull, el más grandioso de todos sus congéneres.
El Skrull definitivo.
Mucho había ocurrido desde entonces. Grandes batallas, grandes derrotas, y en todos los momentos Kl´rt fue siempre fiel al Trono del Emperador. A los muchos que lo ocuparon en todo este tiempo.
Ahora por fin había regresado la paz al Imperio, con el gran Talos el Indómito al frente del Planeta Madre, y una nueva era de brillante historia se abría ante una de las razas más antiguas del Universo… y una de las más odiadas.
¿Para qué necesitaban entonces a Kl´rt? ¿Qué oscura amenaza podría cernirse sobre sus verdes cabezas? ¿Tan sobrecogedor era el futuro que les aguardaba…?
El espía miró a través
de la ventanilla, y se maravilló con la insultante belleza de su ciudad natal.
Los fornidos complejos de metal y cemento, las doradas agujas horadando el cielo,
los bruñidos chapiteles con inscripciones de héroes y villanos. Todo Skrullos
era un magnífico tapiz de luces y gentes, una
colmena de bronce tallado
en la que miles de millones de pacíficos Skrulls buscaban un nuevo rumbo a sus
vidas.
Ya habían pasado los tiempos de guerra silenciosa, de infiltración y muerte sistemática, de odio eterno. Ahora el Imperio sólo deseaba comerciar en libertad, y los cielos del Planeta Madre estaban plagados de naves–carguero, de transportes intergalácticos e incluso de algunas lanzaderas turísticas, sobre todo ocupadas por locos aventureros deseosos de conocer a los temibles Skrulls que aparecían en los comics.
“Eso es culpa de los Richards”, se dijo Kl´rt. “Desde que publican sus aventuras en la Tierra, los Skrulls hemos aparecido siempre como alienígenas odiados y poco dignos de confianza, que sólo buscábamos infiltrarnos en su mundo para luego conquistarlo… y no digo que no tengan su parte de razón…”
Entonces, ¿por qué volvían a necesitarle?
¿Qué habría pasado? ¿Qué?
Bueno, de un modo u otro, la respuesta le llegaría pronto: la diminuta nave automatizada estaba bajando ya hacia su destino.
Pocos instantes después, Kl´rt fue recibido en persona por el misterioso Director X, Coordinador General del Servicio Secreto Skrull. Famoso en todo el Universo, pero conocido sólo por unos pocos, el anciano general descansaba con aspecto iracundo en su enorme sillón de cuero con vistas al concurrido tráfico aéreo de Skrullos. Sus ojos eran fuego y lava, su verde piel había sido curtida en demasiadas batallas por su patria, su barba era blanca y frondosa. Un solo vistazo era suficiente para darse cuenta de aquel hombre no había nacido para estar sentado en una oficina, sino para abrir el frente de guerra con un arma en la mano. Para guiar miles de tropas en defensa de los suyos, para enseñar los valores militares a unos jóvenes reclutas… Para sacrificar su vida por una causa en la que creía.
Incluso el ahora Emperador Talos fue una vez alumno de este hombre, y nadie personificaba el valor y la rectitud como el temido Director X… aunque sólo el propio Talos conociese su nombre real.
Kl´rt penetró en la oficina con el respeto en sus ojos, y sabía con total seguridad que el sentimiento era mutuo.
– Adelante, adelante, Coronel. Siéntese, por favor.
– Encantado de volver a verle, Director, aunque temo que las circunstancias no deben ser muy propicias para que el Servicio Secreto haya tenido que llamarme.
– Supone bien. Existe una amenaza que puede poner en peligro nuestra precaria alianza con la Tierra, y el Emperador se encuentra enormemente disgustado. ¿Le suena de algo el nombre de Dar´lynn?
– Por supuesto, Director. El Comandante Dar´lynn del Tercio de Comunicaciones. Compartí con él un par de campañas en los viejos tiempos en el planeta Hala (1). Un buen Skrull. Fiel a su deber y sacrificado en todo momento.
– Sí. Veo que llegó a conocerle bien. En tal caso le apenará saber que ha muerto.
Kl´rt bajó la mirada, pero apenas un segundo. Ya le rezaría más tarde…
– ¿Cómo ha sido?
– El Comandante Dar´lynn murió en acto de servicio, como corresponde al deber sagrado de un Skrull. Se hallaba desempeñando una misión de crucial importancia cuando alguien terminó con su vida.
– ¿Sabemos ya quién?
– Oh, sí, eso lo sabemos, Coronel. La cuestión no es quién… lo que de verdad preocupa al Emperador es el porqué.
– ¿Señor?
– Le seré más explícito
y sin duda compartirá nuestro desasosiego. El Comandante Dar´lynn estaba llevando
a cabo una misión de infiltración y espionaje… en la Tierra.
– ¿La Tierra? Pero… Director… ¿Eso le parece prudente? Con todos los respetos, señor, sé que usted es el responsable de esta oficina… pero… ¿ese tipo de acciones no podría hacer tambalear nuestras precarias relaciones diplomáticas?
– Ahh, Coronel, Coronel… – y de pronto el Director X pareció adquirir un extraño tono paternalista en su anciana voz –. Veo que es usted demasiado joven. Ésta es nuestra naturaleza. Ésta ha sido la política del Imperio Skrull desde que tenemos conciencia. Infiltrarnos en una población haciendo uso de nuestros poderes metamórficos… conocerlos desde dentro mejor que se conocen ellos mismos… descubrir sus capacidades y, sobre todo, sus flaquezas… La única diferencia de lo que hacemos hoy con las tácticas del mal recordado Dorrek VII es que ahora ya no empleamos ese conocimiento para invadir a otras razas.
– No, claro. ¿Cuál es la política oficial: que servirá para comerciar con ellos en mejores condiciones?
– No intente hacerse el sarcástico conmigo: yo inventé el sarcasmo en el Ejército. Mire, Kl´rt, no pretendo que mis agentes parezcan santos, ni que esta Oficina sea un lugar de convenciones. Lo que sí puedo asegurar es que todavía queda mucho odio hacia los Skrulls en el Universo, y mi trabajo es que ese odio no se convierta en violencia. Y si se convierte, que estemos preparados.
– Sí… Supongo que lo entiendo. ¿Y cuál era el papel de Dar´lynn en eso?
– Pues bastante ridículo, ciertamente. El Comandante Dar´lynn debía ocuparse tan solo de establecer un nuevo puesto de comunicaciones en Camberra. Un lugar desde el que nuestros agentes de Oceanía pudieran direccionar sus informes hasta Skrullos.
– ¿Y por eso le han matado?
– Temo que no, Coronel. Cuando hallaron el cuerpo del Comandante Dar´lynn, había una auténtica fortuna en diamantes oculta en sus ropas.
– ¿Diamantes? ¿Para qué lleva diamantes un soldado Skrull?
– Para nada. Él nunca supo de aquellos diamantes, sino que los introdujo su asesino para que la Inteligencia Militar de la Tierra los hallara.
– ¿Y así creer que estamos traficando con diamantes en sus propias narices?
– Exacto. Ningún humano que conozca a los Skrulls pensaría que el Comandante Dar´lynn ha traicionado al Alto Mando, sino que su primera idea sería que el Alto Mando le ha ordenado comerciar ilegalmente con diamantes para ganar dinero.
– Pero eso es ridículo. Ni los diamantes ni el dinero humano tienen ningún interés para un Skrull. Podemos mimetizar perfectamente cualquiera de ellos.
– Lo sé, pero quien ha imaginado este plan está convenciendo a las autoridades francesa y americana. Hay recelos, desconfianza, y como sabe, está próxima la visita del Emperador a la Tierra…
– Antes me dijo que ya saben de quién se trata. Quién asesinó al Comandante.
– Sí, pero eso no hace que resulte más sencillo. Su nombre es Bentley Wittman. ¿Lo conoce?
– Sí, Director. En la Tierra le llaman El Mago. Un villano peligroso que aparenta ser un bufón para que nadie le tome muy en serio. Ha convertido sus duelos tecnológicos con Reed Richards en encuentros míticos.
– Sí, ésa es la información que tenía. Un humano a tener en cuenta. Sin embargo, la cuestión que más atañe al Emperador es que Wittman no está solo en su empeño para provocar una guerra. Está con él De´Lila.
Y un estremecimiento sacudió al Super–Skrull.
– De modo que la traidora vuelve a asomar la cabeza…
– Hasta que logremos cortársela. ¿Entiende ahora por qué le hemos llamado, Coronel?
– Pretende que vaya a la Tierra y acabe con esos dos.
– Justamente. Usted es quien más campañas ha realizado en el planeta, y quien mejor conoce su idiosincrasia. Vaya ahí y termine con esta desafortunada historia… antes de que tengamos un nuevo enemigo. La lista ya lo es lo suficientemente larga…
Kl´rt se puso en pie, y caminó orgulloso hasta la puerta. Su mundo había confiado nuevamente en él. No cabía mayor honor en la vida de un Skrull.
Pero justo al llegar al marco, la voz del Director X le detuvo. Y había un auténtico estremecimiento en ella.
– Por cierto… Lleve cuidado, amigo mío. Sabe lo mucho que nos jugamos en esto y… si algo le ocurriese… si lograran capturarle de algún modo… todo lo que hemos construido con las autoridades de ese planeta se vendría abajo. Tendríamos que negar toda relación con usted. Estaría solo. Completamente solo.
El Super–Skrull respiró hondo, y la respuesta llegó a sus labios antes incluso de haberla pensado.
– No se preocupe, Director. Soy un espía. Siempre he estado solo.
Capítulo 1
La Guerra
El cielo se oscureció
como anunciando el desastre. Inmensos relámpagos alumbraron la ciudad, como
una macabra aurora de muerte venida de otro planeta. Y con ella vinieron los
truenos, las llamas que caían sobre los hombres, el horror y las matanzas sin
sentido.
Los Skrulls habían lanzado su mayor ofensiva contra la Tierra de toda la Historia. Y las bajas ya empezaban a contarse por millones.
Surgieron primero en las grandes capitales. Cien mil naves de guerra ocultando las estrellas, cerniéndose terribles sobre una humanidad indefensa, brillando mortales en la noche. Asomaron impúdicos sus largos cañones de plasma, y arrasaron las ciudades.
El ruido fue ensordecedor.
Llamas, explosiones, edificios derrumbados como castillos de naipes. Del asfalto brotaban gigantescas columnas de fuego y lava, mientras horribles tornados de cien metros de altura paseaban por las calles segando vidas por miles. Las colinas se hundieron, los ríos se desbordaron, la crueldad fue infinita en este ataque inesperado.
Los Skrulls no estaban dispuestos a tomar prisioneros.
Londres fue tragado por el Támesis, Venecia se hundió en sus propios canales, California dejó de existir sacudida por un último seísmo. A Moscú la borró del mapa una furibunda lluvia de lava. Los mares cubrieron España, Francia, el norte de África y Alaska. México y su envenenamiento nuclear. Chile desertizado. La Argentina despoblada.
Muerte.
Sólo muerte.
La tecnología skrull llevaba siglos dedicada por entero a las formas más terribles de luchar. Y en este día aciago habían liberado todo su poder.
Ahora bien, ¿dónde estaban los héroes?
¿Cómo reaccionaron los pretendidos defensores de la Humanidad?
Por desgracia, mal, y tarde.
Las naves skrull habían
surgido de la nada sobre las cabezas de los ho
mbres,
protegidos hasta ese momento por algún sofisticado mecanismo de ocultación.
El Presidente americano y el Secretario General de las Naciones Unidas avisaron
rápidamente al número directo de Los Vengadores, pero hasta eso les cogió a
desmano. Iron Man y Thor surcaron los cielos al mismo tiempo que se descolgaban
los primeros Skrulls voladores, y pronto vieron claro que aquello era una legión.
Y ni siquiera sus inmensos poderes iban a ser suficientes…
El Capitán América guió a Los Invasores contra los primeros tanques skrull que avanzaban sobre Roma. Los 4 Fantásticos organizaban el rescate de las víctimas atrapadas en Varsovia. Spiderman echó una mano en Queens. Daredevil, en la Cocina del Infierno. Los X–Men en Europa del Este.
Nadie podía hacer nada contra aquello.
Desbordados, superados, sin posibilidad alguna de responder a toda una armada de asesinos sin conciencia.
Reed Richards elevó la vista al cielo, y por primera vez en su vida se estremeció de pavor.
Justo en ese instante, todas las televisiones del planeta se interrumpieron a la vez, y aquellos aterrados espectadores que contemplaban llegar su final por la CNN pudieron escuchar las palabras de su verdugo.
El Emperador Talos mostró su ira al mundo, y en su único ojo nadaba una serena crueldad.
– Despreciable gente de la Tierra, yo soy Talos I el Indómito, Señor del Imperio Skrull. Mi pueblo no va a soportar por más tiempo las humillaciones y desprecios a los que siempre nos sometéis. Nuestra paciencia ha terminado. Desde hoy mostraremos por fin las garras que nunca creísteis que tuviéramos. El fuego barrerá vuestras ciudades, la muerte se paseará inclemente por las calles… y todos, todos sufriréis. En este día no habrá piedad.
A los tres minutos exactos
se preparó la ofensiva.
Los tres minutos más largos de la Historia de la Humanidad. Un tiempo de agonía, de escalofríos en la noche, de indefensión y terror. Hasta que el Presidente Obama lanzó su mensaje al mundo desde el Despacho Oval:
– Gentes de la Tierra – y a propósito utilizó un término parecido al de Talos –, os hablo en esta noche para transmitir una luz de esperanza. El Secretario General Ban Ki–Moon y yo hemos coordinado una respuesta inmediata y decidida. No puede haber término medio ante este horror, es imprescindible una acción definitiva que termine con las matanzas. Se han movilizado ya tanto las fuerzas de SHIELD como las tropas armadas de las Naciones Unidas, y tienen orden de combatir esta amenaza con todos los medios de que disponen. Y puedo asegurarle al Emperador Talos que nosotros tampoco mostraremos piedad, si es eso lo que busca de los hombres. El tiempo de la diplomacia ha pasado, y no ha sido por culpa nuestra. Que quede claro que son los Skrulls quienes han empezado esta guerra, pero seremos nosotros quienes la acabemos. No perdáis la esperanza. La Humanidad triunfará.
Y así dio comienzo la segunda fase de la historia.
De las bases del Atlántico partieron los Harrier, los F18, los letales Tomcats. Pilotos expertos de las Naciones Unidas dispuestos a defender su planeta. Incluso los reputados “Ases del Cielo”, el mayor escuadrón de élite de entre los aviadores del mundo. Todos ellos coparon las nubes del mismo modo que los invasores, y en sus cabezas había un solo pensamiento: devolver el golpe.
El encuentro fue ensordecedor.
Misiles T400, cohetes de rastreo calorífico, bombas de racimo. Los gigantescos vehículos skrull empezaron a temblar invadidos por el fuego, y pronto cayeron a tierra desde su vertiginosa altura.
Los pilotos gritaron de euforia, y con ellos gritó la Humanidad al completo.
Y así, de esta manera atroz e innombrable, fue como dio comienzo la Guerra Intergaláctica Tierra–Skrull.
Capítulo 2
Villanos triunfantes
Y así lo vieron en sus pantallas los ocupantes de la misteriosa ciudad voladora de Laputa, la base secreta de Bentley Wittman. Tanto él como su innumerable legión de fanáticos celebraron sin tapujos el caos y la destrucción que les mostraba la imagen. Gritaban, festejaban, como sádicos dementes en una orgía sin final.
Habían ganado.
Y así lo retransmitieron
a la celda exclusiva que ocupaba Hulka en los sótanos de la ciudad. Un cuadrado
apenas más grande que su propio cuerpo esmeralda, limitado no por paredes, sino
por el indestructible campo de fuerza del Mago. Ni siquiera el mítico poder
de la Amazona de Jade era bastante para sacarla de allí. Y la contemplación
de ese horror, atrapada e indefensa en manos de su enemigo, la estaba quemando
por dentro.
– ¡Maldito seas, Wittman! ¡Cuando salga de aquí te voy a romper la cara! ¿Cómo puedes permitir una matanza como ésa? ¿Es que todo te da igual? ¡Son personas, Wittman, y están muriendo a miles! ¡Y sólo porque tú querías más dinero! ¡Rata nauseabunda! ¡Bastardo!
Y presa de esa ira que latía en sus sienes, golpeó con toda la fuerza de sus puños el inamovible campo de fuerza. Y el campo cedió.
Fue apenas un segundo, un brevísimo instante en el que las paredes se debilitaron, pero más que suficiente para arrojar a la heroína al suelo.
Hulka sonrió.
No iba a desperdiciar la oportunidad.
Se puso en pie de un salto, y corrió hacia los niveles inferiores de Laputa. Sabía con total precisión lo que tenía que hacer.
– Primera fase completada – dijo la voz cruel y satisfecha del Mago –. Es hora de enviar mensajes a ambos bandos ofreciendo mis servicios como suministrador. Que sepan quién les puede brindar las mejores armas en esta guerra.
– Nuestra victoria se acerca – musitó De´Lila –. Victoria sobre los despreciables humanos, victoria sobre el maldito Talos y sus ansias de poder. ¡En este día, la Hermandad del Cielo ha sido más poderosa que dos mundos enteros!
– Así es, querida mía, y aún nos faltan éxitos por obtener. ¡Súper–Skrull!
– ¿Sí, amo? – respondió la enorme figura oculta en un rincón.
– Vuela hasta Europa. Únete a la flota de guerra skrull y preséntate al Emperador. Que sepa lo bien que le has servido, y lo mucho que aún puedes hacer por él. Así tendremos un espía en la misma cúpula del ejército invasor.
– Como ordenes, amo.
El Skrull se prendió en llamas y salió volando de la sala de control. El Mago aún pudo ver en sus pantallas cómo la estela de su fuego se perdía en el horizonte.
Y rió feliz.
– ¿Lo ves, De´Lila? Nuestro plan no tiene fisuras, y sólo podemos triunfar. Con Kl´rt infiltrado en los Skrulls sabremos de primera mano todo cuanto piensen, y ya sólo falta que tú suplantes al Presidente Obama para que podamos acabar esta guerra, de una forma tan abrupta como empezó. Firmarás la rendición, y serán mis condiciones las que rijan el mundo en el futuro.
De pronto, una estridente alarma resonó en la cabeza de todos.
– ¡Señor, alerta de nivel cuatro en el Sector Delta–24–6! ¡Hulka está libre, y se dirige hacia el reactor!
Las apacibles facciones del Mago cambiaron al instante.
– ¿Qué? ¿Cómo es eso posible?
– Parece que hubo una mínima bajada de tensión, lo suficiente para que se interrumpiera el campo de fuerza que la retenía.
– Pero… eso es casi imposible… Toda esta ciudad es invento mío, y yo no me equivoco nunca. Revisa las cámaras, hijo mío, y también los ordenadores. Quiero saber todo lo ocurrido en esta fuga. En cuanto a Hulka… De´Lila, querida, ¿puedes ocuparte de esa indeseable?
– En un instante, amor mío – dijo el ave en que se había convertido la asesina skrull, y que desapareció volando por el fondo del pasillo.
Y el Mago quedó sumido en sus oscuros pensamientos.
– Un pequeño fallo… Un pequeño fallo… Cuando estoy tan cerca de la victoria absoluta, un minúsculo error puede ser el primer paso hacia la derrota más completa de mi vida. Humanos y Skrulls están en guerra por mi causa, he infiltrado a un espía en la corte del Emperador Talos, y ahora necesito a De´Lila para hacer lo propio con Obama. Sin embargo, Hulka es un elemento inesperado. Debí matarla en el club, pero sin duda logró que la subestimara. Ahora está libre. ¿Por qué? ¿Por qué? Mi plan no tiene fisuras. ¿Cómo ha podido superar mi campo de fuerza?
En ese instante, dos fatídicas figuras aparecieron justo a la espalda del Mago. Y el menos alto de los dos habló mientras sonreía.
– Por mi mano. Yo soy el que ha liberado a Hulka.
Capítulo 3
Las damas verdes
Un batallón de robots gigantes fue la primera medida de defensa que surgió ante la heroína. Enormes, oscuros, no menos de siete monstruosidades mecánicas armadas hasta los dientes, que salieron a su paso antes de que pudiera llegar al reactor.
Hulka sonreía. No creyó que necesitara más de tres minutos para acabarlos.
Puso en marcha el cronómetro de su reloj de pulsera, y saltó hacia la batalla.
Aún estaban gritando que
se detuviera cuando atravesó con su puño el pecho del primero de los robots.
Saltó, evitando un rayo láser que habría podido despeinarla, y el segundo golpe
provocó el derrumbamiento de tres de sus enemigos. Arrancó un brazo armado,
y lo usó como ariete contra la cabeza de un par de androides incapaces de contraatacar.
Volvió a sonreír. ¿Acaso iba a sobrarle más tiempo del esperado? ¿Es que ya
los genios malignos no sabían ni construir robots asesinos decentes? ¿Pero en
qué mundo vivimos?
Justo entonces, las cosas se pusieron mucho más serias.
Uno de los robots tuvo al fin un blanco claro, y llenó la espalda de Hulka con sus mortíferos rayos láser.
– ¡Estás acabada, invasora! – chilló con su maligna voz de pito.
El cuerpo de la Vengadora atravesó la pared con la fuerza de una bala de cañón, derrumbándose sobre ella una pesada pila de escombros de acero y plomo. Sus fuerzas parecían menguar, los brazos le dolían como atravesados por cuchillas, su torso pesaba unas veinte toneladas.
Se enfureció, y su rabia apartó la montaña de escombros. Emergió de entre los restos de la pared como un ave fénix con los ojos inyectados en sangre, desbordando una ira brutal y un salvaje poder gamma. Era el auténtico poder de su primo, Bruce Banner, El Increíble Hulk, y no había fuerza mortal sobre la faz de la Tierra capaz de enfrentarse a aquello.
Y presa de esta invencible energía, Hulka observó terrible a sus tres últimos enemigos.
– ¡Malditos canallas! ¿Sois conscientes de la ropa que acabáis de destrozar?
Saltó hacia ellos con las manos abiertas, deseosa de acabar cuanto antes la pelea, y estrujó ansiosa una cabeza y un brazo. Zarandeó a sus dueños como si no fueran más que títeres, y esparció fragmentos de robot por todo el pasillo.
Pero el último fue demasiado rápido para ella.
Antes de que pudiera terminar con sus otros compañeros, este androide de última generación la golpeó frenético, clavando sus puños de metal en la hermosa piel esmeralda de la heroína. La pisoteó, castigó sus costillas, hizo volar su cuerpo musculoso como si fuera una pluma. Y finalmente, Hulka sangró.
El androide actuó con inteligencia, y no le dio a su oponente ni un momento de paz para darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. No cesaba su ataque ni el instante necesario para contarlo. Estaba programado para matar, y no se desconectaría hasta tener el cadáver de su rival entre las manos.
Pero fue entonces cuando la Amazona Esmeralda notó en su boca el amargo sabor de su propia sangre mutada.
Y la Reacción Hulk se puso en marcha.
Sus ojos brillaron con un luminoso color verde, al tiempo que sus dientes rechinaban. Apretó los puños, fijó los pies con fuerza en el suelo, y notó su corazón latiendo con la furia de un reactor nuclear.
Y entonces se detuvo.
Ella no era Hulk, no era Bruce Banner, y no iba a sucumbir a la tentación de la rabia. La Energía Gamma había sacado a la luz lo mejor y lo peor que los dos llevaban dentro, les había convertido en individuos físicamente perfectos, capaces de adaptarse y sobrevivir en los ambientes más hostiles… y sin embargo guiados por sus instintos más bajos. Bruce se dejaba llevar por su ira, por su desesperación, por todas las vivencias reprimidas de una infancia tormentosa. Y Jennifer… bueno, Jennifer sólo tenía una desmedida ansia de aventura, de acción y misterio, de todo eso que se le había negado cuando no era más que una niña frágil y desvalida.
Pues ya está bien.
Ya era suficiente.
Si tanto su primo como ella se habían convertido en el siguiente eslabón natural del Hombre, en un paso más en la evolución de la especie, había llegado la hora de probarlo. De dejar de ser monstruos, y empezar a comportarse como héroes.
Respiró hondo, trató de olvidarse del dolor y el castigo, y concentró su cerebro en todo lo que la rodeaba.
¿Cómo era posible? ¿Cómo habría podido un simple robot de defensa vencer una de las mayores invulnerabilidades del mundo? Hay cosas que simplemente no están a su alcance…
Y entonces lo comprendió todo.
Miró otra vez al robot,
y sus labios esbozaron una confiada sonrisa.
Detuvo en el aire un puño de hierro, y sin esfuerzo lo arrancó y tiró por los suelos. Después agarró el cuerpo metálico de su enemigo, le dio unas cuantas vueltas en el aire y le aplastó contra la pared. La voz chillona del androide emitió un breve quejido lastimoso, y luego se calló para siempre.
Y Hulka notó cómo sus pequeñas heridas se curaban al instante.
– Muy bien, De´Lila, ya puedes aparecer – habló dirigiéndose al vacío –. Sé que eres tú la que ha montado este patético show, de modo que ten la educación de permitir que te vea.
Y entonces ocurrió. En un segundo, la peligrosa telépata skrull y dos jóvenes soldados se materializaron en el aire, justo frente a la heroína. Y no había más que sorpresa en sus rostros.
– ¿Cómo… cómo es posible? – balbuceó la terrorista –. Tú no tienes poderes telepáticos…
Y a Hulka le dio la risa.
– ¡Ja! Tranquila, nena, no eres la primera que me infravalora. La verdad es que ha resultado muy fácil darme cuenta, una vez que sabía dónde mirar. Tú estabas en París, igual que el Súper–Skrull, y fue tu poder mental lo que me hizo transformarme, no la máquina del Mago, que sólo tenía como misión distraerme y cubrir tus acciones. ¿Voy bien por ahora?
– Mmmmm…. Eres buena, realmente.
– Mi jefe lo sabía, siempre lo supo, pero no me lo dijo para evitar que lo leyeras al verme, que supieras que íbamos también a por ti. Pero a la vez procuró que recibiera entrenamiento de defensa telepática de manos del profesor Charles Xavier.
– Maldito…
– ¿Y esa chorrada de hacer que sangrara? ¿Por un simple robot? Oh, vamos, De´Lila, es obvio que no sabes un pimiento sobre mí y mi invulnerabilidad si pretendías que me tragara esa historia.
– Bueno, fue un buen intento…
¡Ahora voy a freírte el cerebro directamente!
La Skrull se concentró, y Hulka notó al instante como si un puñal atravesara su cráneo. Era fuego, ácido, un millón de puntas clavadas directamente en su sistema nervioso.
Flaqueó, y su rodilla tocó el suelo. El dolor era atroz, inmenso, el más horrible que había experimentado jamás. Sudaba, la vista se le nubló, y la cabeza empezó a darle vueltas descontrolada. No podría enfrentarse a aquello. Sólo encontraría la paz si dejaba que la matase…
Y poco a poco empezó a ver la muerte, cada vez más próxima, cada vez más deseada.
Al mismo tiempo, los dos soldados aprovecharon para utilizar sus armas. Los rayos láser castigaron la piel invulnerable de Hulka, bañándola en caos y agonía. El dolor se multiplicaba por mil, cien mil, un millón de veces, sin que hubiera una sola cicatriz externa que lo evidenciara. La cruda energía láser la envolvió en su amargo abrazo, zarandeándola, destruyendo los jirones de su ropa.
Y pronto Hulka se vio completamente desnuda, encogida y sufriendo, con el tormento más irrefrenable de toda la Creación.
Hasta que recordó la frase de Puño de Hierro, la misma que le había salvado el cuello en California (2):
– La voluntad humana es el arma más poderosa de todo el Universo. Nadie puede vencerla, pues es inacabable, y te llevará tan lejos como desees.
Sí. Voluntad. Deseo y empeño. Intención.
Ella no tenía poderes telepáticos, pero sí la más férrea voluntad del Universo. Por mera voluntad había sobrevivido a una transfusión de sangre contaminada con Células Hulk, que habría matado a cualquier otro. Por voluntad domó aquellas células, las sometió, las obligó a que la obedecieran, y reconstruyó por completo su modesto cuerpo de humana.
Eso era Hulka realmente: una idea, un poder salvaje y primario, un ideal. Podían cortarle un brazo, que ella haría crecer otro por mera voluntad de sobrevivir. Podían arrancarle los cuatro miembros y la cabeza, reducir su cuerpo a un amasijo de carne destrozada y órganos sueltos… que Hulka seguiría viviendo pese a quien pese.
De modo que ese ataque no era realmente nada para ella.
Miró a De´Lila, a través de la tupida cortina de horror y sangre, y al instante la había derrotado.
Las Células Hulk se comieron sus neuronas en segundos, eliminándolas, sustituyéndolas por una nueva red mucho más densa, más intrincada de lo que nunca fue, y completamente invulnerable a su enemiga. Se puso en pie, y ellos supieron que no podrían hacer ya nada para vencerla.
– Estáis acabados
– les dijo, con una voz fría de quien dista sentencia.
Pero aún los soldados pretendieron abatirla, y cubrieron su musculosa figura con una maligna lluvia de láser. Sin efecto alguno. El tiempo del ataque había pasado, y no volvería nunca. Hulka se movió como un rayo invisible, y pulverizó las armas en menos de un segundo. Después los hombres escaparon como ratas.
De´Lila la observó con auténtico miedo, pues nadie en todos sus años había logrado combatirla de igual a igual. Su poder telepático era inmenso, pero la capacidad de adaptación de las Células Hulk había resultado mucho mayor.
La heroína caminó hacia ella con una mezcla de odio y desprecio en sus ojos, y cuando habló, nadie habría podido contradecirla:
– Óyeme bien, Skrull, porque voy a decirte cómo haremos las cosas. Por la autoridad que me conceden las Naciones Unidas, te arresto bajo acusación de crímenes contra la Humanidad. Estás detenida, y pasarás el resto de tus días en una cárcel de máxima seguridad. Ahora bien, en este momento me hace falta ayuda para acabar con la amenaza de tu querido esposo, y tú vas a ser esa ayuda. Si colaboras, hablaré a tu favor ante un tribunal. Lo prometo. En cambio, si aceptas y luego aprovechas para huir, cruzaré el Universo entero si hace falta para volver a capturarte. No habrá una piedra ni un insecto en los que puedas convertirte sin que yo te descubra, ni un minuto de libertad que no pagues con creces. ¿Lo has entendido?
La telépata asintió, petrificada.
– Muy bien. Entonces dime dónde está el maldito reactor nuclear, y yo correré hasta allí sin una jodida camiseta que ponerme…
Capítulo 4
Radiación letal
La puerta del reactor era extremadamente gruesa y reforzada, pero no tardó más de cinco segundos en abrirla. Clavó las uñas en las bisagras, arrancó los mecanismos de la cerradura electrónica, y luego simplemente tuvo que tirar.
Tras ella había una amplia estancia de paredes metálicas, surcadas todas ellas por gruesos tubos llenos de agua helada. Entró, y el intensísimo calor le golpeó como un auténtico puño. Hulka nunca había sido una experta en Física Nuclear, a diferencia de su primo, de modo que aquel lugar no era para ella más que un montón de ruedas y visores de incierta utilidad. Pero una cosa estaba clara: tubos de agua fría en una habitación que está a cien grados centígrados sólo pueden servir como refrigerante.
De modo que se ocupó de destrozarlos.
La temperatura se disparó en segundos, y luego siguió rompiendo. Atravesó las paredes de hormigón reforzadas con plomo, deshizo entre sus manos las largas barras de acero borado que servían como control de la reacción en cadena, y finalmente llegó hasta los depósitos de dióxido de uranio enriquecido. Una gran masa de núcleos de Uranio235 y Uranio238, el verdadero combustible que alimentaba el reactor. El isótopo radiactivo que el ordenador central se encargaba de dividir en busca de energía. La más terrible energía que existe en la Naturaleza.
Respiró hondo, y liberó el peligroso material al aire de Laputa.
La radiación se extendió libre como un cáncer por toda la sala, y Hulka supo al instante lo que debía hacer. Sonrió, y empezó a absorber en su cuerpo toda la horrible descarga.
El Mago se giró en redondo
al escuchar la fatídica voz a su espalda, pero lo único que vio fue un enorme
puño enguantado golpeándole en la barbilla. El villano se derrumbó al suelo
como un fardo, y toda su cabeza parecía flotar en el aire. Y un segundo después,
flotaba realmente.
Consiguió abrir los ojos a duras penas y concentrar la visión, pero lo que acertaron a captar sus ojos no era demasiado halagüeño: el gigantesco hombre que le sostenía en vilo era nada menos que el Centinela de la Libertad, el Guardián de la Democracia por todo el planeta. El invencible Capitán América. Y tras él había un anciano pequeño y sonriente, un hombrecito bonachón vestido con traje de Armani.
El mundialmente famoso Noah Baxter. Profesor Noah Baxter.
El Vengador lanzó a su enemigo contra la luminosa consola de mandos, y una decena de muchachos uniformados corrieron a protegerle. Baxter alzó solemne la mano derecha, y con una sola mirada de desaprobación detuvo en seco a los guardianes.
– ¡Ha llegado tu hora, asesino! – bramó el Capitán América –. ¡La Justicia ha venido a buscarte!
– ¿De verdad pensáis eso? – rió el Mago, aparentemente sereno, aunque en su interior empezaban a desarrollarse imparables las dudas –. ¡Ni vosotros ni todos los superhéroes del mundo podrían detenerme ahora! ¡Mi plan se ha consumado ya!
En ese instante, una temible figura envuelta en llamas hizo su aparición. Un gigante de brillante mirada y rostro colérico, de piel de roca plagada de fuego, que a su paso llenaba la estancia de una risa cruel y vengativa.
El poderoso Súper–Skrull llegaba al puente de mando.
El Mago lo observó con la esperanza pintada en los ojos, y en sus labios se dibujaba una sonrisa.
– ¡Bienvenido, Kl´rt, en la hora más oportuna! – gritó riendo –. ¡Acaba ahora mismo con estos intrusos! ¡Es mi hora final, y no puedo perder el tiempo de este modo!
– Tienes razón en que es el final – bramó el alienígena, con un tono de voz ligeramente cambiado, extraño, gélido –, pero el tuyo, asesino.
Y con un solo rayo de fuego voló en pedazos los ordenadores centrales.
– ¿Qué demonios haces?
¡Tú eres mi esclavo!
– ¡Maldito iluso! ¿Realmente creíste eso alguna vez? Mi poder incineró tu sonda telepática en el mismo microsegundo en que la implantaste, y mi propia capacidad para la hipnosis evitó con mucho la telepatía de esa traidora. El Súper–Skrull es energía viva, una fuerza de la naturaleza. Nadie puede controlarme, y menos un patán de aldea como tú. Llevo semanas desempeñando un papel al milímetro, obedeciendo cada una de tus mezquinas órdenes, sólo para este momento.
El Mago se irguió herido en mitad de las llamas. Su tiempo se estaba acabando, y sus propios verdugos venían a visitarle.
– No… puedo creerlo. Así que estáis todos juntos en esto.
– Por supuesto, Bentley Wittman – dijo pausadamente el rostro benévolo del Profesor Baxter – . Tu estúpido plan ha llegado a su fin. Ya he consentido demasiado tiempo esos ridículos actos que pretenden traer el fin del mundo.
– Así que tú eres el líder de esta tonta operación de asalto – dijo el Mago con la furia de una bestia acorralada –. No… no pintas nada aquí, anciano. Márchate antes de que tenga que hacerte daño. No me asustas.
– ¡Je, je, je! Muy bien, niñato. Así que no te asusto. Entonces voy a explicarte de qué va esta historia. El Súper–Skrull nunca ha trabajado para ti, sino para mi organización y el Servicio Secreto de Skrullos. ¿Realmente pensabas que no tenemos ninguna clase de comunicación? En el mismo instante en que los Skrulls supieron que eras tú el causante de esta chorrada de plan, llamaron a mi oficina y me lo contaron… Y preparamos la forma de ridiculizarte.
– ¿Cómo? ¿Quién te crees que eres para hablarme así, Baxter? Yo soy el responsable de ese ataque en masa a Nueva York. Cuando la Historia cuente cómo los Skrulls diezmaron a la población de la Tierra, será mi nombre el que escriban a su lado.
Y de pronto, todos los asaltantes rieron a carcajadas.
– ¿Sabes?, nunca creí que fueras tan idiota – consiguió decir el Capitán América –. Reed me lo dijo muchas veces, pero creo que hasta hoy no me había dado cuenta de verdad…
El viejo profesor extrajo entonces un pequeño mando a distancia de su elegante bolsillo de marca, y al oprimirlo, la imagen en la enorme pantalla cambió para siempre: en lugar del caos y la muerte sobre los restos de Manhattan, lo único que se veía era el dulce verdor de Central Park, la magnificencia de sus gentes, la paz…
– ¿Qué? ¿Cómo… cómo es posible?
– Se llama imagen grabada – explicaba Noah Baxter, sin ocultar una sonrisa –. Teníamos tu sistema intervenido desde hace semanas. Una base aérea tan grande no podía pasar desapercibida ante mis satélites de vigilancia. Kl´rt introdujo un virus en tus computadoras que me permitió controlarlas desde el espacio. ¿Comprendes?
– Pero… pero… ¿todo era falso?
– Pero muy bien hecho. Mis ingenieros son expertos en crear imágenes por ordenador. ¿No te gustaron?
– Y… ¿los espías muertos?
– Oh, eso. Ciertamente, se me olvidaba.
Baxter movió una mano, y ante ellos se formó al instante, en el mismo aire de la sala de control, un enorme portal de energía, un receptor de teleportación. Y de él emergió un grupo de personas bien conocidas: el espía James Colt que murió frente al Louvre, el contable Skrull Kamal´R al que mataron en Londres, y el ruso Arkady Ourumov hallado en Central Park. Todas las supuestas víctimas de la conspiración del Mago.
– No… No… Yo los vi morir…
- murieron,
no te quepa duda. O al menos unos clones perfectos, a los que implantamos sus
exactas pautas cerebrales para que no hubiera diferencias. Ni siquiera un completo
análisis de ADN o la telepatía de De´Lila habrían podido notar el engaño.
– Eso es… De´Lila. Ella te matará, viejo. Esa Skrull no tiene piedad…
– ¡Je, je! Dios, cada vez me lo estoy pasando mejor. Muy bien, Kl´rt, cuéntaselo.
El Súper–Skrull caminó hasta el mismo frente del Mago, y sus ojos despedían llamas de auténtico odio.
– ¿De´Lila? Esa traidora ya no supone una amenaza. ¿Por qué te crees que liberé a Hulka poco después de abandonar esta sala? Ahora De´Lila está ya en una nave con destino a Kril´yn, uno de los mundos–prisión más alejados y terribles del Imperio Skrull. Mi gran señor Talos dará buena cuenta de su falta de respeto.
Bentley Wittman observó acongojado a aquéllos que le rodeaban. Estaba perdido. Absolutamente.
Ni una posibilidad de victoria, por lejana que ésta fuera. Todo su cuidado plan se había venido finalmente abajo, por mucho que lo hubiera pensado al principio. Y se vino abajo porque realmente nunca fue su plan, sino poco más que una pantomima que los héroes realizaron para él. Un engaño, en el que el Mago había caído como un chiquillo, como si fuera sólo un aprendiz de villano.
Respiró hondo, apretó los dientes, y tomó la única decisión plausible: huir.
Oprimió el botón oculto en su reloj de pulsera, y mientras generaba un impenetrable campo de fuerza alrededor de su cuerpo, gritó a los suyos para que le cubrieran.
– ¡Adelante, Hermandad del Cielo! ¡Acabad con estos indeseables!
Al segundo, veinte guardias de seguridad empuñaron sus rifles de asalto AKS–74U, haciendo hablar a sus potentes ráfagas de plomo. La sala se llenó de balas a discreción, mientras los pilotos de la base voladora huían a duras penas del lugar.
Los atacantes se movieron con la rapidez de cuerpos militares bien instruidos.
El Súper–Skrull repelió los disparos con la invulnerabilidad de La Cosa, mientras sus rayos de fuego destruían las armas e inutilizaban a sus enemigos. El Capitán América saltó en el aire con la ligereza de una pluma, protegiéndose tras su invulnerable escudo de barras y estrellas, para luego caer sobre los terribles mercenarios con todo el peso de la inevitable Justicia.
Y entonces llegó Hulka.
Primero fue sólo un rumor lejano, un temblor suave bajo sus pies. Después se convirtió en un terremoto, y finalmente en una horripilante figura radiactiva que emergía a través del acero reforzado del suelo como si éste no existiera. Las manos de Jennifer Walters atravesaron cientos de metros y decenas de niveles al tiempo que iba fundiendo el metal a su paso. Ya no tenía que romperlo, ni desgajarlo. La misma energía gamma que brotaba de su piel incandescente provocaba que todo cuanto tocase quedara reducido a pulpa, a escoria líquida.
Y no menos monstruosa era Hulka ahora.
Cuando los dos bandos en batalla contemplaron la enorme figura emergida ante ellos, sus miradas fueron de absoluto terror. Era una mujer, sí, pero de más de tres metros de altura, con rasgos que apenas podían considerarse humanos. Grotesca, plagada de una salvaje musculatura que brotaba de su tensa piel esmeralda, con largos cabellos desgreñados tapándole la cara, y unos torpes y rápidos movimientos de simio. Sus manos eran gigantescas, pero incapaces de ningún movimiento fino. Sus brazos y piernas eran larguísimos, pero únicamente dedicados al desastre. Trató de erguirse frente a ellos, pero su extraña espalda sólo podía mantenerla encorvada.
Y entonces gritó.
Un bramido bestial, una llamada colérica de su confusa naturaleza de animal. No era humana, no era mujer. Sólo podía tratarse de un horror nuclear, un monstruo desconocido. No era ni siquiera Hulka. Era la Mujer Masa, la atrocidad que surgió la primera vez de las células transformadas de una convaleciente Jennifer Walters. Cuando recibió la fatídica transfusión proveniente de su primo, y su pobre cuerpo de humana no supo qué hacer con tanta Energía Gamma.
Y su única reacción fue convertirse en un monstruo.
El Capitán América se quedó petrificado, con los ojos abiertos como platos y un mero susurro en los labios.
– Jen…
La bestia se movió como un rayo, destrozando las filas de mercenarios como trigo segado por una hoz gigantesca. Movía los brazos sin que nadie pudiera verlos llegar, y decenas de soldados volaban hechos pedazos. Sus armas y trajes reforzados se desgajaban en segundos, quedando perdidos e indefensos ante una mujer horrenda.
Sólo el Centinela de la Libertad hizo algo para frenar el desastre.
Saltó en su camino, irguiéndose dignamente
con su escudo a la espalda. Levantó las manos, mostrando que no ocultaba nada
en ellas. Y habló con toda la paz que pudo encontrar.
– Jennifer… Jennifer… Detente, por favor…
El monstruo contempló la luminosa figura de azul y rojo, y en su mirada no había más que odio. Sacudió una rota escafandra que hasta su propio ocupante había dejado atrás, y bramó de nuevo su cólera primitiva.
– Jennifer… soy yo, Steve… La batalla ha terminado.
Los brutales ojos esmeralda se encontraron con la hermosa mirada azul del Vengador, y ése fue el verdadero combate. La furia desatada contra la educada templanza. El horror atómico frente a lo mejor que puede dar de sí la Humanidad.
La Mujer Masa mostró la enorme dentadura. El Agente Azul sonrió tranquilo.
– Se ha terminado, Jennifer. El miedo. El dolor. Tú eres tu propia dueña. Puedes superarlo.
El monstruo se detuvo, y la ira se disolvió. El Capitán le transmitió su propia paz, su poder de voluntad ilimitado. La energía gamma se redujo, la radiación empezó a ser absorbida por las omnipotentes Células Hulk. Y dentro de su cerebro, la auténtica personalidad de Jennifer Walters consiguió por fin aceptarse a sí misma. A la niña sabionda, a la adolescente apocada, a la furia vengativa, y a la sensualidad provocadora.
En un segundo recorrió paso a paso todas las etapas que habían marcado su vida, y vio que no tenía nada de lo que arrepentirse. Había cometido errores, muchos, pero no más que otros. Y si pudiera volver atrás y enmendarlos, ciertamente no habría nada que cambiase. Ni su infancia triste, ni el accidente que le dio sus poderes. Ni el dolor, ni las inmensas alegrías que también disfrutaba. Su vida estaba completa al fin, con los fallos y los aciertos.
Y en mitad de su complejo cerebro de mujer, se hizo presente una forma extraña y desconocida. Era una nube esmeralda, una presencia brillante, un ser translúcido de impactante mirada.
Era la Energía Gamma, y su voz sonó potente dentro de ella.
– ¿Quién… quieres… ser?
La respuesta surgió automática en sus labios.
– Soy Jennifer Walters. Siempre lo he sido, en una forma o en otra. Y siempre lo seré. Haga lo que haga.
De modo que volvió a tomar el mando de sí misma, y cuando abrió los ojos, había recuperado su hermosa figura. Y su inimitable sonrisa.
– Hola, Capi… ¿Qué tal van las cosas por aquí?
Capítulo 5
Trucos de magia en una prisión alienígena
Para aquel entonces, todos los mercenarios habían escapado ya, o estaban en malas condiciones para seguir presentando batalla.
El Capitán América abrazó cariñoso a la Amazona (o más bien ella lo sostuvo en vilo contra su enorme torso esmeralda), y ambos sonrieron otra vez.
Y al mismo tiempo, un magullado Bentley Wittman fue arrojado contra las pantallas del fondo. Y tras él llegó un pletórico Noah Baxter, sonriendo y con las mangas subidas.
– ¿Se puede saber qué demonios ha pasado? – preguntó Hulka como despertando de un sueño –. Os dejo solos un minuto y destrozáis la sala de control.
– Este Mago es realmente idiota – se
carcajeó Baxter –. Pensó que podía ser rival para mí. Se quedó quieto dentro
de su ridículo campo de fuerza, como si yo no fuera a ser capaz de atravesarlo…
Al segundo, las pantallas volvieron a iluminarse, en medio de aquel infierno de llamas descontroladas, ordenadores destrozados y armas hechas pedazos. Y en la imagen surgieron cientos de helicópteros de combate, de cazas F–18 y modernos Harrier de las Naciones Unidas. Y esta vez no eran ficticios.
– ¡Flota de combate a base aérea ilegal! – sonó en la radio –. ¡Les habla el Coronel Nicholas Furia, Agente de SHIELD! ¡Están detenidos por cargos contra la Humanidad! ¡Desistan de cualquier actitud hostil y serán abordados pacíficamente! ¡En caso contrario, estamos autorizados para derribarlos del cielo y quedarnos con los pedazos! ¡Y no tendré ningún problema en dar las órdenes!
Noah Baxter no ocultaba su alegría.
– Todo acaba aquí, Wittman. Tu base está rodeada por las tropas de la ONU, y Hulka ha destruido tu reactor nuclear. No te queda energía para presentar batalla, ni tecnología que yo no pueda superar. ¿Lo has entendido? Jaque mate.
Los heroicos asaltantes rodearon a su víctima caída, observándole con furia. La desnuda Hulka, el honroso Capitán América, el violento Súper –Skrull, y el firme e impertérrito Noah Baxter.
Y en ese momento el Mago empezó a reír.
Primero en bajo, apenas un susurro malicioso. Después intensas y terribles carcajadas, que hacían temblar su cuerpo como castigado por el viento. Y sus captores sintieron un frío estremecimiento. El horror.
– ¡Ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Sois unos imbéciles! ¡Tan listo se cree el famoso Noah Baxter que ahora se ve atrapado en su propia y tupida red! ¿Acaso no puedes verlo, anciano? Evitaste que matara a los espías, y que tramara una invasión mortal de la ciudad de Nueva York… De modo que ahora no tenéis nada de lo que inculparme. Incluso el ataque a Ourumov en Central Park, que fue lo que inició todo, lo llevaron a cabo los rusos, y no yo. ¿Qué vas a hacer entonces, gran sabio? ¿Me detendrás por evasión de impuestos? ¡Ja, ja, ja, ja!
Y el viejo científico lo observó con tristeza.
– Realmente eres tonto. ¿Piensas que he venido hasta aquí para arrestarte? No, Bentley, no… He dejado mi hogar en el vacío para contarte lo que va a ser de ti. Los Gobiernos de la Tierra no pueden culparte de nada, así que por lo que a nosotros respecta, eres un hombre libre. En cambio, el Alto Mando Skrull quiere hablar contigo durante mucho, mucho tiempo. Y yo accedí a mandarte a Skrullos.
– ¿De qué… estás hablando?
Entonces fue el Súper–Skrull quien tomó la palabra.
– Mi nombre es Kl´rt, Comandante del Ejército Espacial de Skrullos. Y por la autoridad que el Imperio me ha concedido, procedo a detenerte, Bentley Wittman, por conspiración grave contra la figura del Emperador. Serás interrogado, y tu psique entera será volcada en un archivo de ordenador para estudiarla durante años. Después… bueno, digamos que dejarás de sernos útil.
Lo único que quedó en el cerebro del Mago fue terror.
Tardó apenas un segundo en darse cuenta de lo que le aguardaba. Una estancia eterna en manos de los Skrulls. Un castigo infinito que nadie impediría. El fin más terrible que podía concebir la mente humana.
Se arrastró por el suelo, con aire de vergüenza y lástima. Con el rostro surcado de lágrimas. Con los dedos clavándose en el suelo de metal. Y chillaba, como un niño destrozado.
– ¡Nooooooooooooooooooo! ¡No, no, por el amor de Dios! ¡No me hagas eso, Baxter! ¡No me condenes a una tortura semejante!
Pero las súplicas duraron poco tiempo.
El Súper–Skrull lo agarró con vehemencia, activó su propio teleportador personal y ambos se volatilizaron en el aire.
Los héroes quedaron solos y en silencio, hasta que el viejo científico agarró un comunicador.
– ¡Noah Baxter llamando a flota de combate! ¡El Mago está ya en poder de los Skrulls, y el Proyecto Baxter tiene la ciudad flotante en sus manos! Todo ha terminado, Nick. Hemos ganado.
Epílogo
Falsas verdades entre espías
Y mientras salían al exterior entre los restos amontonados de hierros fundidos, Baxter miró a Hulka, y ella no estaba muy contenta.
– Me engañaste, viejo. Me ocultaste información que tenías, y me pusiste en peligro de modo gratuito.
– No tuve otra opción. Si te lo hubiera contado todo, De´Lila habría podido leerlo tan fácilmente como en un libro de texto, y mis planes habrían tenido que adelantarse. Necesitaba a alguien que cumpliera con la pantomima de “Un agente secreto investigando las muertes de espías en Centroeuropa”. Y salió bien. Ahora todos han caído, y El Proyecto se queda con las ganancias. En estos precisos momentos hay un millar de naves de SHIELD atacando este horror que el Mago llamó Laputa, y mañana tendré una nueva base de mi propiedad. Los buenos triunfan.
– ¿Y yo? ¿Qué será de mí ahora?
– Bueno… creo que tienes una cita esta noche, querida Jennifer. Kl´rt me ha encargado que te diga que siente mucho lo que pasó en Estambul. Cuando fingió que estaba deseando matarte. Tenía que cumplir con su papel hasta que pudiéramos controlar la red del Mago al completo. No queríamos que nadie se nos escapara. Y como consecuencia, el Capi y tú lo sufristeis.
– ¿Una cita? ¿Qué clase de cita?
– Ah, veo que he logrado captar tu atención. Una cena, Jennifer, en París, donde empezó todo. En Chez Byrne, un pequeño restaurante del Barrio Latino. Kl´rt estará allí a las ocho de la tarde de hoy… con el rostro de George Clooney. ¿Te parece bien?
– Bueno… supongo que será más fácil de reconocer que si sólo llevara una rosa en el ojal, como se hizo toda la vida. ¿A qué estamos esperando? Sácame de aquí, Noah. Una chica verde de dos metros necesita su tiempo para arreglarse, ¿sabes?
“¡Últimas noticias!
Descubierto sobre Tánger un inmenso cuartel general volante
de la organización terrorista de Bentley Wittman,
el villano conocido como El Mago.
Wittman ha sido relacionado con una malograda conspiración
para causar una guerra entre los Gobiernos de la Tierra y los del planeta Skrullos, descubierta y detenida por la agencia SHIELD de la ONU.
Esta base voladora fue atacada hoy
por un ejército combinado de Cascos Azules y militares de SHIELD,
en una espectacular maniobra cuyas imágenes pueden ver en estos momentos.
Se cree que en la operación también intervino
la heroína californiana conocida como Hulka
(de la que no sabíamos nada desde el incidente en París
que la llevó a pasar una noche en prisión).
Imágenes obtenidas de las cámaras de seguridad del Mago
muestran a Hulka corriendo desnuda por los pasillos de la base.
Por cierto, hemos de añadir que ese vídeo en concreto de la Vengadora
se ha convertido en líder de visitas en YouTube.
Desde luego, no hay como una mujer verde de dos metros sin ropa para que los hombres se vuelvan locos…”
Segundo epílogo
Pieles verdes entre sábanas blancas
– Ummm… Ummm… Sí, sí, nene… Más fuerte, venga…
Hulka se abrazaba furiosa a la espalda pétrea del Súper–Skrull. La noche se escurría despacio sobre el tejado de la pequeña casita de campo a las afueras de París, la misma que el Servicio Secreto de Skrullos había mantenido desde hacía décadas como puesto de infiltración en la Tierra. Desde aquellos tiempos en los que la política oficial era la adquisición de puestos de responsabilidad en los Gobiernos y Ejércitos, para luego aniquilar a la raza humana desde dentro.
Justamente esta noche esa política iba a cambiar por completo, sustituida por unamucho más… íntima.
La cena había concluido rápidamente. El local era pequeño y agradable, en una de las zonas con más encanto de toda la Ciudad del Amor. Comieron poco y deprisa, embelesados por la fragorosa narración de sus mutuas aventuras. El Súper–Skrull (siempre con el rostro de George Clooney) contó aquella historia en la que él solo terminó con la revuelta de los asesinos de niños de Talkar VII (aunque en la realidad contó con el apoyo de todo el Ejército de Skrullos), y Hulka explicó detalladamente esa vez en la que salvó a Los 4 Fantásticos durante un viaje al Microverso (una historia que… bueno, distaba un poco de ser auténtica).
Luego pasearon junto al Sena, escucharon las baladas románticas de los músicos callejeros, y se miraron a los ojos. Y fue ella quien terminó por romper el hielo.
– ¿Sabes, Kl´rt? Eres un tío genial. Sé que el resto de superhéroes te tiene por un villano peligroso y todo eso (y no digo que no te lo hayas buscado), pero realmente me caes bien. El único problema es que eres terriblemente parado en tus relaciones con las mujeres. Es obvio que nos gustamos, nos hemos dado cuenta los dos en el mismo momento en que he entrado en el restaurante (claro, que con este vestido no me extraña…). Supongo que debo recordarte a una especie de súper–mujer de tu raza, y yo siempre he querido acostarme con un George Clooney multiforme. Así que, ¿se puede saber a qué demonios estás esperando?
El Skrull quedó paralizado de impresión.
– Uh… Eh… Bu… Bueno… Supongo… que no tengo mucha práctica en esto… Piensa que yo… me crié en un cuartel y…
– Sí, sí, ya me sé esa historia. El pobre niño que sobrevive a la dureza de los militares y se convierte en un soldado, pero pierde su inocencia. Yo también vi “Rambo”, ¿sabes? Hasta ese horror en el que sale de anciano, matando chinos con el andador. Pero eso no es lo que te estoy preguntando, Kl´rt. Lo que quiero saber es si tienes alguna casa en París donde podamos meternos, o también tengo que buscarla yo.
– Uh… Bueno… Hay… una casita de campo a las afueras… Es un piso franco del Servicio Secreto, pero ahora mismo está vacío…
– Perfecto, nene. Llévame allí… y tal vez sea buena contigo…
Hulka besó apasionadamente a George Clooney, y la piel de éste comenzó a ponerse verde, y sus orejas puntiagudas, conforme perdía su concentración. Años de entrenamiento militar para ser el soldado perfecto, y todo se vino abajo en segundos.
Y así fue como la noche se hizo eterna para ambos.
Cómo el Súper–Skrull descubrió lo que es el amor apasionado de una mujer de piel verde… pero humana. Y cómo Hulka entendió por fin lo que sentían Susan Richards, Alicia Masters y las mujeres Skrulls… todo junto y a la vez.
Y los dos fueron felices.
(Aunque a la casa ciertamente le faltaba un toque femenino…)
(Dedicado a Jerónimo Thompson, que dijo que no sería capaz de que la historia terminase con la heroína y el villano juntos en la cama… ¡Hombre de poca fe!)
REFERENCIAS
1.- Planeta Hala: Hogar de los Kree, enemigos jurados de los Skrulls durante eones, y escenario de algunas terribles batallas de este largo enfrentamiento.
2.- Ver Hulka nº 2 (Action Tales).