“En los oscuros callejones y tejados de la ciudad, una figura con sombra felina cruza la noche. La ladrona de guante blanco más famosa de Gotham es ahora su mejor heroína.”
DC COMICS Y ACTION TALES presentan: CATWOMAN

Catwoman # 7
"Veneno. El recuerdo de siete vidas" - La conclusión
Escrito por Gabriel Romero:
Portada:
Fecha de publicación: Junio de 2008
Anteriormente
en Catwoman:
Selina
Kyle ha reaparecido en Gotham City, pero ahora
convertida en heroína, dispuesta a proteger su antiguo barrio, el East End. Ya no es la ladrona de antaño, y eso puede costarle
caro.
Su
antiguo socio, el mafioso Marko Esteven, ha urdido un
terrible plan para castigar a todos aquéllos que le encerraron durante una
década: ha decidido volar en pedazos las gigantescas canalizaciones que
suministran gas a toda la ciudad (devolviéndola así a la Edad de Piedra).
Planea de este modo vengarse de los héroes que decretaron su encarcelamiento,
de la cruel Hermandad Aria que le convirtió en adicto a la Droga Veneno, y de
toda Gotham que le dio la espalda durante una década.
Esta
noche, durante la fiesta que organiza el Alcalde Hull para la inauguración del
famoso Dirigible Finger, los socios de Marko, la temida Escuela Axura de Asesinos Ninjas,
han colocado un aparato explosivo bajo el Edificio Siracusa, sobre las enormes
canalizaciones del gas.
Cuando
Marko apriete el botón, la ciudad entera será pasto de las llamas…
Por
suerte, los héroes de Gotham han descubierto la
trama, y están preparados.
Batman
asiste a la lujosa fiesta en su identidad de Bruce Wayne, vigilando a Marko en
todo momento, mientras Catwoman se infiltra en el
Edificio Siracusa y pelea con Diablo, el cruel líder de la secta.
Pero
ni siquiera ellos pueden evitar que finalmente Marko haga uso del temido mando
a distancia. Batman grita impotente sus órdenes, y el tiempo se escurre despacio…
pero el mafioso aprieta el botón.
La tragedia no ha hecho más que empezar…
Despedida
Medianoche
en Gotham
Terminó
la cuenta atrás.
Era
el momento del Juicio. Marko Esteven miró por el
amplio ventanal del Dirigible Finger, y vio a sus pies la inmensa guirnalda de
luces y fiesta que era Gotham City. La grandiosa
marea de droga y corrupción, de caos y delito. Ya no había orden, ni dignidad,
y no se merecían más que la destrucción completa.
No
era como en sus tiempos, cuando él cuidaba de todos y mantenía las calles
limpias de droga. Era como un padre bueno, una conciencia de todos los que no
tenían conciencia. No era gratis, por supuesto, pero tampoco arruinó a los
demás a costa de su beneficio. Él se hizo rico, sí, pero regaló a Gotham una vida libre y en paz.
En
cambio, ahora sólo merecían la muerte…
Su
ciudad… su vida… se habían hecho añicos.
En
estos diez años, Gotham se había hundido más que
nunca en la depravación y el engaño, en su propia corrupción injustificada, y
en la barbarie.
Y
él sería el encargado de purgarla…
No
le gustaba tener que hacer esto. Volar todo en pedazos y salir huyendo como un
cobarde… pero Gotham ya no tenía salvación posible.
Había que derribar todo y empezar de nuevo.
Y
hoy, el plan que hace una década fue sólo una amenaza, ahora tenía que volverse
realidad. Lo que fue un medio para coaccionar al entonces alcalde y ganar sus
favores (y para el que quiso contratar a la ladrona Catwoman,
para que robara para él los planos del Edificio Siracusa, y averiguar dónde
poner las bombas para hacer auténtico daño), supondría en esta noche el final
de Gotham City.
Hoy
Marko tenía a los Axura a favor, y con eso le
bastaba. Ellos robaron los planos hace meses, y organizaron la misión de esta
noche. Atacar el Edificio Siracusa, colocar la bomba en el sitio justo, y salir
de allí a toda prisa. Dejando lista la trampa para la terrible medianoche. El
momento en que él accionaría el mando a distancia, y sumiría la ciudad en el
desastre.
Su momento… su redención…
Miró
por última vez al Alcalde Hull, y a la ciudad en que había nacido… y apretó el
botón.
Desilusión
Sonrió,
y esperó ver el terrible estallido demoliendo los edificios. Las canalizaciones
de gas, voladas en pedazos, llevándose consigo la mitad de construcciones de Gotham. El horror sobre el mundo.
Sonrió…
pero no pasó nada.
Su
cara se tornó pálida, inmóvil, y un frío inmenso recorrió su espalda, como si
el horror lo tuviera él realmente metido en el traje.
No pasó nada… No pasó nada…
No
hubo explosión, ni desastre. Todo seguía exactamente igual.
¿Cómo
era posible…?
Marko
tomó asustado el pequeño walkie–talkie que llevaba escondido bajo las ropas, y
presa del miedo, susurró encolerizado al ninja
que le servía.
–
¡Diablo! ¡Diablo, contesta! ¿Qué demonios ha sucedido? ¡Diablo!
–
¡Ah, señor Esteven! Me alegra volver a oírle – dijo
una voz risueña al otro lado.
–
¡Diablo! ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué no ha explotado la bomba?
–
Oh… bueno… digamos que he tenido una oferta mejor… Supongo que ya no trabajo
para usted.
–
¿De qué estás hablando? ¡Yo soy quien te pago, condenado traidor! ¡Y tus
órdenes eran colocar la maldita bomba para cuando yo la activara!
–
Sí, sí, ya lo sé, señor Esteven. Pero hay otra gente
que me ha ofrecido un trato mucho mejor. Resulta que he hecho un pacto… con el
FBI.
–
¿Q… Qué? ¿Qué dices?
–
Sí, como lo oye. Estoy de acuerdo, es una jugada fea, pero lo cierto es que
llevo desde el principio trabajando con ellos, informándoles de todos los
pormenores de su organización, y entregándoles documentos muy comprometedores.
Es como un as en la manga que siempre había guardado, por si las cosas no
salían todo lo bien que yo esperaba, y teníamos que buscar alguien que nos
protegiera en el último momento. Aun así, mi idea era hacer explotar su gran
bomba, se lo prometo, pero digamos que… Catwoman me
ha hecho una oferta que no he podido rechazar. No voy a volar Gotham para usted, señor Esteven,
sino que voy a entregarles su cabeza en una bandeja de plata. Temo que va a
pasar usted en la cárcel lo que le quede de vida…
El mafioso se estremeció.
Si
eso era cierto, su vida acababa de terminarse para siempre.
Diablo…
¿un traidor? ¿Un vendido? ¿Un infiltrado del FBI? No, era imposible… No le
cabía en la cabeza. Diablo era un hombre de honor, criado en los más altos
preceptos del ninjitsu,
que sólo tenía su palabra y su sable para enfrentarse al mundo entero. ¿Cómo un hombre así iba a traicionarlo?
Pero
entonces Marko se dio cuenta de algo crucial: un hombre de honor… pero honor
hacia los suyos, los Axura, a los que consideraba hermanos
de sangre… no honor hacia Marko. Al que no respetaba en absoluto.
Y fue en ese instante cuando supo que estaba perdido.
De
pronto, una mole inmensa cayó sobre él, cuando un fornido hombre vestido con
esmoquin le aprisionó por debajo de los hombros. La presa fue rápida, pero
terriblemente efectiva, hasta el punto de que el mafioso vio con horror que
estaba atrapado.
–
Ya es suficiente, Marko – le susurró una voz al oído –. No conviertas la fiesta
en tu propio espectáculo.
Y
aquello le sorprendió. Conocía bien esa
voz…
–
Qué… ¿Qué demonios? ¿Wayne? ¿Bruce Wayne?
–
Sí, viejo amigo. He oído tu conversación, y sé lo que pretendes. Parece que no
soy el único que actúa como confidente del Gobierno…
–
¿Cómo? ¿Tú también?
–
Los federales son buenos, Marko, mejores de lo que tú pensabas. La fiesta está
llena de infiltrados. Sé un buen chico y colabora… antes de que te hagan daño.
Pero
el mafioso estaba demasiado nervioso, demasiado desesperado, y no supo
reaccionar bien a la oferta. Ni él ni sus guardaespaldas, que hasta ese momento
seguían inmóviles, observando todo sin saber qué hacer.
–
¡Gino! – gritó, con la furia acumulada de diez años –. ¡Quítame a este idiota
de encima! ¡Tenemos que salir de aquí!
Un
gigantesco siciliano con aspecto de poco cerebro y mucho músculo agarró a Wayne
por debajo de las axilas, y lo apartó sin esfuerzo de su jefe. El millonario le
miró con una extraña sonrisa, consciente de la facilidad con que podría noquear
al estúpido matón sin apenas despeinarse… pero sabiendo que era mejor evitarlo,
en defensa de su fachada de play–boy.
–
¡Marko, esto acaba aquí! ¡Entrégate ahora, antes de que sea tarde!
–
Me crees estúpido, ¿verdad, Wayne? ¿Piensas que no me iba a dar cuenta de tu
farol? Si realmente trabajaras para el FBI, y hubiera cien infiltrados más en
esta fiesta, ya me habrían reducido ellos. No tendrían que esperar a que lo
hicieras tú, un imbécil millonario sin propósito en la vida. No… yo creo más
bien que has oído mi conversación con Diablo, y crees que ha llegado la hora de
hacerte el héroe del día, y detener a los criminales por ti mismo. ¿Es eso?
¿Quién te crees que eres, idiota? ¿Batman?
Wayne
le observó, inmóvil, sin decir palabra. El mafioso había descubierto parte de
la mentira, y si no hacía algo, se le iba a escapar entre los dedos. En medio
de la concurrida fiesta no había tenido ocasión de ponerse el disfraz, y lo
único que se le ocurrió para reducir a Marko por la fuerza era esa patraña de
que actuaba como infiltrado del FBI. Pero no coló…
Al menos Catwoman había
logrado desactivar la bomba.
Sin
embargo, ahora Marko era totalmente impredecible. Estaba furioso, y
desesperado, temiendo volver a la cárcel de por vida, lo que sin duda estaba
agotando la escasa cordura que ya le quedaba. Y eso lo hacía muy, muy
peligroso.
Y
Wayne no podía hacer nada contra él sin descubrirse como Batman…
Justo
en ese momento, una mirada glacial y misteriosa lució en los ojos del
traficante. Y se mostraba curiosamente tranquilo.
–
¿Sabes una cosa, Wayne? Nadie tiene nada contra mí. Diablo mintió. No hay un
solo agente federal detrás de mi cabeza, o ya habrían venido a buscarla. Pero
sí es cierto que le he dado a un traidor todas las pruebas que necesita para
delatarme, así que es mejor que me aparte un tiempo de los negocios sucios de Gotham. Me marcharé, iré a alguna de las muchas villas
secretas que mantengo para estas situaciones… conflictivas. Despareceré de la
vista de todos, como un fantasma. Y algún día volveré a esta ciudad maldita, y
veré sus huesos roídos y enfermizos. Hasta entonces, maldito héroe aficionado,
conténtate con una duda horrible: ¿la bomba que encargué poner a Diablo… es la
única que poseo en el subsuelo de la ciudad? ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!
Y
riendo a carcajadas, como un loco suelto en las calles, Marko Esteven abandonó el dirigible por la puerta principal,
acompañado de sus tres guardaespaldas. Montó en uno de los pequeños
helicópteros adheridos a los costados de la nave, y bajó a tierra.
Hacia la libertad…
Y
ése fue el instante que aprovechó Bruce Wayne para desaparecer y cambiarse de
ropa, mientras gritaba sus órdenes a través del comunicador.
–
¡Oráculo! ¡Marko está escapando! ¡La bomba no ha explotado, pero es posible que
tenga otras preparadas por si el plan salía mal!
–
No tengo constancia de ello – respondió una voz electrónica en su oído –. Catwoman ha obtenido la información directamente de la boca
de Diablo, y afirma no saber nada de un segundo plan.
Batman
se estremeció por un segundo. ¿Cómo había logrado la Gata poner a Diablo de su
parte? ¿Y cuál era realmente su parte?
¿Podía volver a fiarse de Selina…?
Pero
eso eran pensamientos para otro día.
Ahora
faltaba detener a Marko, aprovechar su nuevo y sorprendente aliado para
encerrar al mafioso entre rejas para siempre. Con el testimonio de Diablo, no
tardarían mucho en condenarle a cadena perpetua.
Sólo había que impedir que huyera…
De
pronto, Batman se quedó congelado, cuando oyó un trueno mayor que cien
tormentas, y una llamarada de luz que resplandeció como si se hubiera hecho de
día. Y al asomarse al ventanal, descubrió una realidad tan atroz que rezó por
que hubiera sido falsa: el East End había volado en pedazos.
–
¡Alerta! – gritó Oráculo sólo unos pocos segundos antes, con su extraña voz
distorsionada por computadora –. Marko Esteven ha
escapado del Dirigible Finger. Batman lo persigue en estos momentos.
–
Tranquila, nena – susurró la Mujer Gato, moviéndose por las silenciosas calles
de Gotham a más cien kilómetros por hora, a lomos de
su nueva y brillante Harley–Davidson
–. Diablo me lo ha contado todo. Sé hacia dónde se dirige…
Destrucción
El
mundo se estaba acabando para Marko Esteven.
El
plan se había arruinado, todo se estaba viniendo abajo. Gotham
no había explotado, Diablo estaba dispuesto a venderle al FBI, y hasta el
imbécil de Bruce Wayne intentaba hacerse el héroe a su costa. Pero aún le
quedaba un as en la manga…
Un
plan de fuga previsto hace años, una escapatoria muy elaborada, que le
permitiría salir de en medio y evitar que nadie pudiera atraparle.
Un
plan de ahorro en México que le garantizaba dos millones de dólares, un amigo
en la frontera que le ayudaría a cruzarla, un coche sin marcas en el que podría
perderse hacia el sur…
Y
algo con lo que distraer a los héroes mientras él desaparecía…
Rebuscó
en el bolsillo interior de su chaqueta, y sacó un nuevo mando a distancia.
Diablo era un estúpido. Realmente creyó que un zorro tan viejo como Marko Esteven no tendría un segundo plan de actuación. En todos
estos años en la cúspide del crimen de Gotham, sólo
había aprendido una cosa, pero era la más importante: nunca te fíes de nadie. Salva tu propio culo, porque nadie más
vendrá a salvarlo.
Observó
la ciudad, la misma que había vuelto a rechazarlo, y sonrió por primera vez.
Acarició el pequeño mando a distancia, y apretó el botón principal.
Y el East End explotó en
pedazos.
No
le había sido difícil, con Diablo y sus estúpidos asesinos ocupados en el
asunto del Edificio Siracusa, enviar a Gino y sus matones a colocar otras
pequeñas bombas por toda la zona pobre. La misma en la que nació Marko, y que
ahora gobernaba con mano de hierro.
Explosivos
diminutos, nada que barriera del mapa la ciudad, como la que sí encargó a
Diablo. Sólo una breve despedida, por si el plan A se estropeaba. Un
recordatorio de quién era el auténtico dueño del East End.
Desespero
Fueron
cincuenta explosiones en total, la mayoría en grandes edificios densamente
poblados. Albergues, casas de acogida, viviendas de protección oficial…
Restaurantes, consultorios médicos, y el pequeño hospital de caridad de la
Calle O´Neill.
Las
construcciones, en general viejas y de poca calidad, se derrumbaron al
instante, atrapando sin remedio a miles de personas que a esas horas estaban
durmiendo.
Las
víctimas fueron incontables.
Muertos,
heridos fatales y restos inidentificables se acumulaban revueltos sobre las
destruidas aceras, marcando con ríos de sangre el paso a lo que una vez fue el East End. Y
que nunca más volvería a ser…
El
asfalto se levantó como propulsado por un terremoto, abriendo enormes grietas
por las que se perdía media ciudad. Las conducciones del gas se convirtieron en
gigantescas llamaradas, consumiendo a su paso los restos de civilización del
barrio más pobre de Gotham.
Todos
murieron. Daba igual que fueran honrados ciudadanos que bandas callejeras.
Ricos en busca de sustancias con las que evadirse, o pobres sin destino que las
venden. Policías cobrando impuestos del crimen, o personas de la calle
condenadas a pagarlos. Niños o adultos. Viejos o jóvenes. Todos fueron
consumidos por el odio sin razón de Marko Esteven.
En
la vieja casa de la Avenida Finger, que una vez fue rica y elegante, Johnny
Solon preparaba las dosis que vendería esa noche, y calculaba de cabeza cuánto
podría ganar si tenía suerte. Siempre se le dieron bien los números, y su madre
decía que podría haber trabajado en un banco. Lástima que su padre fuera un
maldito borracho agresivo, que gastó en el juego el poco dinero que tenían. De algún modo tuvo que sobrevivir el resto
de la familia…
En
el número veintiséis de la Calle Adams, cincuenta inmigrantes rumanos malvivían
en un apartamento para dos. Soñaban con prosperar, con hacerse ricos, en “La tierra de las oportunidades”. Pero
de momento sólo ganaban la comida y el techo, trabajando en turnos de veinte
horas fabricando sudaderas de marca.
En
el tercer piso de una fábrica abandonada en el Bulevar Rucka,
Julie Simon intentaba recordar su propio nombre. La última dosis fue demasiado
pura, y es fácil que no llegara a ver la luz del día. Ya no se acordaba que
tenía que salir cada noche en busca de clientes, para pagar las deudas que
tenía con su camello, el inteligente
Johnny Solon. Ni era capaz de oír del llanto del bebé. El niño que le había
hecho Solon, y que luego repudió, llamándola puta, y asegurando que era de otro.
Julie
realmente estaba enamorada de él, pero nunca se lo dijo.
Ya no importaría…
Todos
ellos murieron, destrozados y mutilados sin remedio, con sus horribles
cadáveres esparcidos por el barrio. No quedó nada que inspeccionar.
Todas
sus historias se acabaron, todos sus mundos desaparecieron de un momento al otro.
Todos sus futuros volaron en pedazos.
Igual
que los yonkies
que deambulaban como muertos vivientes hacia el centro de ayuda, en busca de su
última dosis de metadona, antes de que el fuego los matase. Igual que los
veteranos de guerra ingresados en el diminuto hospital, locos o privados de
movimiento, que no pudieron escapar al ver las llamas. Igual que los agentes de
patrulla, condenados a surcar el asfalto en esta noche maldita. E igual que las
niñas venidas del Este o de África, que justo en ese momento tenían metidos en
sus bocas los genitales de los pobres
agentes de patrulla.
Todos
ellos murieron.
Y
nadie pudo nunca llegar siquiera a contarlos.
¿Y
qué había sido de su protectora?
¿Dónde
estaba entonces la Gata que juró proteger el East End hasta la muerte?
Daba igual: había fallado.
Catwoman circulaba a toda
velocidad en su nueva motocicleta, y buscaba venganza. Volaba en dirección sur,
bien informada por Diablo de los planes de su jefe.
Excepto
del más importante.
Fue
a mitad de ese viaje cuando sintió la explosión, y una gigantesca nube de calor
golpeó su espalda. El suelo tembló como una hoja al viento, y cayó de la moto.
Sólo tardó un segundo en estar de nuevo en pie, pero supo al instante que
tardaría una vida entera en olvidar aquella imagen. Su barrio… su mundo… hecho
pedazos y repartido por el cielo.
Vio
los edificios saltar tan alto como las nubes, y las llamas hacerse dueñas del
lugar. Vio los túneles subterráneos abandonados volando por encima de las más
altas torres, y las azoteas hundirse en el subsuelo. Vio su reino desaparecer
en la nada.
Y
no vio a nadie.
No
había personas en aquella imagen, ni en los edificios que volaban, ni en los
suelos que se hundían. No había ni un alma, y supo que eso era porque estaban
todos muertos. Su gente había muerto ya, y no había nada que ella pudiera hacer
para evitarlo.
Bajó
la mirada, incapaz de soportar tal agonía.
Pero
enseguida volvió a levantarla. No había nada que ella pudiera hacer… más que
asesinar al responsable de todo aquello. Y se obligó a recordar bien aquel
momento, y el nombre de la persona que había decretado el final del East End: Marko
Esteven.
Volvió
a montar en su Harley, y siguió su
camino.
Desenlace
El
pequeño helicóptero en que viajaba Marko Esteven descendió
poco a poco, enfilando el camino hacia una vieja pista de despegue al sur de Gotham. Desde allí podría volar libre hacia su destino: la
Banda de O´Malley, cerca de la frontera, donde
conseguiría el coche seguro con el que perderse.
Marko
respiró hondo un par de veces. Iba a
conseguirlo…
De
pronto, una moto a más de doscientos se cruzó en su camino, impidiendo que
aterrizara.
El
piloto la vio llegar en el último segundo, y levantó el morro a duras penas. Catwoman miró a su presa, y rió satisfecha al ver cómo
temblaba. Detuvo el vehículo, y preparó las armas.
El
helicóptero giró un par de veces sobre sí mismo, tratando de recuperar el
control y no estrellarse. Y al lograrlo, descendió como una pluma, suave y
sutil, en la vieja pista abandonada. “Desde
luego, ese piloto es un auténtico experto”, se dijo la Gata.
Marko
respiró sofocado, y saltó a tierra el primero. Estaba feliz de no haber muerto
de una forma tan estúpida. Y desenfundó enseguida su pistola, dispuesto a
acabar con quien fuera. Iba a conseguirlo,
no importaba cómo…
Pero
las sorpresas no habían terminado…
De
pronto, dos flechas de plumas negras volaron por el cielo nocturno de Gotham, y fueron a clavarse en la muñeca y el pecho de
Marko Esteven. La pistola que amenazaba a la Gata
rodó fláccida por el suelo, y el mafioso se derrumbó como un peso muerto. Los
guardaespaldas salieron raudos del helicóptero, mientras su jefe moría en
silencio sobre el viejo asfalto.
Pero
el ataque no había más que empezado.
Dos
largas cuchillas negras se hundieron en la garganta del primero de los
gigantes, mientras un duro látigo de nueve colas desarmaba a su compañero. Y
entonces la vieron aparecer…
La Gata… la vengadora… la mejor ladrona del mundo.
Catwoman surgió de las sombras como un espectro furioso, vestida con su letal
uniforme negro de cuero, y mostrando sus colmillos de felina. Y en la mano
derecha, fuertemente sujeta entre sus poderosas garras retráctiles, blandía una
espada. La ninjato,
la hoja corta y recta de los asesinos rituales. La buscadora de venganza…
No
se paró a gritar amenazas, ni tuvo contemplaciones.
De
un solo tajo cortó el cuello del único guardaespaldas que aún estaba armado, y
con la empuñadura golpeó en la sien de su amigo, hundiendo el hueso hasta
clavarlo en el poco cerebro que tenía. Luego introdujo el acero por la diminuta
ventanilla del helicóptero, segando la vida del piloto. Y en apenas un segundo,
había acabado…
Miró
al cielo, y gritó furiosa. Un chillido largo y prolongado, una agonía que
brotaba de su pecho, al fin libre y sin control. Un odio inmenso e infinito,
que nunca llegaría a su fin. Un alma que jamás tendría paz.
Observó
como en trance sus manos de cuero, y no supo si aquello había terminado por fin.
Aún chorreaba de ellas sangre fresca, y brillaba cruel la hoja de acero que llevó
la muerte a tres personas. Ya no era una mujer, sino un demonio… y ni ella ni
su barrio tendrían jamás su redención. Sólo les esperaba el infierno…
Pero ni entonces pudo respirar tranquila.
De
pronto, una mano gigantesca se cerró en torno a la cabeza de la Gata, y la
estrelló contra el suelo. Unos brazos inmensos la rodearon, lanzándola contra
una alta montaña de cajas vacías. El cuerpo flaco de Catwoman
destrozó las maderas, hiriéndola en un sinfín de lugares. Se levantó a duras
penas, notando con satisfacción que no tenía nada roto. Pero cuando levantó la
mirada, lo que vio la horrorizó tremendamente.
Era Marko Esteven.
Vivo,
y de pie. Furioso, con los ojos inyectados en sangre, y la ropa arrancada, con
el torso manchado de rojo. Y aún lucía en el costado una larga flecha de plumas
negras.
Enloquecido
por la Droga Veneno…
–
Hola, gatita – susurró –. Me alegro de volver a verte. Así puedo acabar con tu
despreciable vida por mí mismo…
Catwoman se puso en pie, y sostuvo
con fuerza la espada. Supo que no había nada que decir, ni tiempo que perder:
sólo la muerte vencería aquella noche.
Saltó
de nuevo, gritando su furia vengadora, y clavó la hoja en el vientre de su
enemigo, levantando la trayectoria, hundiéndola en su maldito corazón. Un golpe
mortal de necesidad…
Pero
Marko Esteven sólo se reía.
–
¡Je, je, je! ¿De verdad crees que podrás matarme así, ramera barata? ¡Yo soy el
amo de Gotham! ¡El Veneno corre por mis venas, la
misma sustancia que hizo a Bane el hombre capaz de matar a Batman! ¿Y tú esperas
vencerme sólo con una espada?
De
un solo manotazo la apartó, y a punto estuvo de romperle la mandíbula. Sangraba
por el labio, y tenía la máscara hecha jirones. Pero no se rindió. Catwoman volvió a levantarse, y golpeó a su enemigo con el
viejo látigo de nueve colas, con las largas cuchillas arrojadizas, con las
bombas de oscuridad… Nada.
No
había nada que pudiera dañar a Marko. Su organismo era una máquina de
supervivencia, un ejemplar perfecto e indestructible. Se había hecho un adicto
al Veneno, pero un adicto invencible.
Y
reía, con sus terribles carcajadas, y sus despreciables burlas de asesino.
–
¡Ja, ja, ja, ja! ¡Eres una hormiga a mis pies, niña! Al final yo he destruido Gotham, más allá de tus inútiles esfuerzos, de la traición
de Diablo, y de la persecución de Batman. Yo he ganado, y tú no significas nada
para mí. No voy a matarte, Catwoman, para que vivas
por el resto de tus días con el tormento de saber quién destrozó todo lo que
era valioso para ti. Igual que tú hiciste conmigo. Adiós, gatita. Te regalo el
peor de los infiernos… en vida.
Empujó
a Selina contra los restos de cajas, como quien tira a un lado una muñeca rota
e inservible. Se arrancó la espada y la flecha, y caminó eufórico hacia el
avión. El piloto había muerto, pero eso ya tampoco importaba. Él mismo guiaría
su ruta, su billete hacia el futuro.
Subió
la escalerilla, y se volvió una última vez a contemplar Gotham.
Al
fondo, sobre el cuadriculado marco de los rascacielos, se elevaba una alta y
roja nube de fuego. Su legado… Y más cerca, al otro lado de la valla exterior
del aeropuerto, diez coches de policía venían aullando, buscando su cabeza. La
Gata debió avisarles antes de llegar, pero tampoco eso le preocupó demasiado.
No les daría tiempo.
Marko
Esteven subió al pequeño avión, selló la portezuela,
y arrancó los motores.
Antes
de que la Policía pudiera alcanzarlo, el diminuto pájaro blanco se puso en
marcha, rodó cada vez más deprisa por la larga y vieja pista de despegue, y se
perdió entre las nubes.
Cuando
las Fuerzas del Orden se detuvieron, no había ante ellos nada que investigar.
Ni un mafioso escapando, ni una Mujer Gato que trató de vengarse. Sólo tres
cadáveres de matones a sueldo, que no les darían ninguna información.
Destino
Catwoman trepó hasta la más alta
torre de Gotham, y desde allí observó el pequeño
avión, alejándose en el cielo nocturno. Y sonrió.
Estaba
herida, y mortalmente cansada, pero satisfecha. Porque ella, a diferencia de
Marko, sabía cómo funcionaba la droga Veneno. Era consciente de la fuerza y
resistencia que confería a las personas, pero no las hacía invulnerables. Y las
heridas de Marko eran mortales de necesidad. Tal vez no muriera hoy, ni mañana,
ni ningún otro día mientras las catecolaminas en
sangre mantuvieran latiendo su viejo y dañado corazón… Pero sus heridas eran mortales. Y Catwoman
sabía que era cuestión de tiempo que se cumpliera su venganza.
Mientras
tanto… bueno, mientras tanto ella le deseaba que lo que tuviera de vida se
convirtiera en el más terrible de los infiernos.
Para eso estaba la pequeña sorpresa que había puesto
dentro del avión…
Marko
Esteven respiró aliviado.
Pilotó
de un modo salvaje, y tan deprisa como los pequeños motores le concedieron,
hasta que supo que estaba lejos de Gotham. A salvo…
Conectó
el piloto automático, y empezó a relajarse. Lo había conseguido. Había
destruido la ciudad, dejando una señal indeleble que nadie olvidaría, y luego
había logrado escapar. Por fin. Su plan maestro se había cumplido. Ahora sólo
quedaba volar hacia el sur, a la frontera con México, y desaparecer para
siempre.
De
pronto, una voz a su espalda le asustó.
–
¡Markie! ¡Ven aquí, Markie!
¿Por qué no vienes un ratito con nosotros?
–
¡Eso, guapo! ¡Ven a hacernos compañía!
Y
al instante supo quiénes eran. No le hizo falta escuchar la terrible carcajada.
El sonido que le había torturado durante una década.
La Hermandad Aria.
Los
mercenarios y asesinos que fueron sus compañeros de celda. Sus macabros
torturadores durante diez largos años. Los dementes que juegan con el dolor
propio y el ajeno, con el horror y las mutilaciones. Los únicos enemigos a los
que no podía vencer.
Y
entonces supo que ellos eran los auténticos ganadores.
Y que él sería su juguete en adelante…
Epílogo
–
Lo… lamento – dijo el hombre disfrazado de murciélago –. No consideré que
pudiera haber… otras bombas. Y por culpa de mi error han muerto miles de
personas.
–
No es tu error –contestó la Gata, con su rostro nocturno iluminado por los
fuegos –, sino el mío. Yo juré proteger este barrio, pero no hice nada para
evitar su destrucción. Me obcequé demasiado en la venganza… que al final han
sufrido otros.
Catwoman miró hacia el héroe, y
de sus ojos brotó un río de lágrimas. Caminó ansiosa por aquella antigua azotea
al borde del East End,
y no podía dejar de observar el
desastre.
– Yo no soy como tú, Batman, ni como el resto de los héroes