Y llegó el triste día en que el Héroe se retiró.
En el que, después de siete décadas de defender la verdad y la justicia
por todo el mundo,
decidió jubilarse.
Y el mundo nunca volvió a ser el mismo…
DC COMICS y ACTION TALES presentan
1938
“El pueblo no debe pensar en cuáles son sus derechos… sino por encima de todo, en cuáles son sus obligaciones. Del resto me ocuparé yo, y a mi lado, la Fundación Superman, que nace hoy con ese fin”
(Del discurso público del Hombre de Acero tras su Muerte y Resurrección, en 1992)
CUARTA PARTE
LA SERPIENTE EN EL PARAÍSO
Escrito por Gabriel Romero
Resumen de lo publicado:
Junio de 2008.
Un viejo y resentido James Olsen despierta en una Metrópolis que ya no es la suya. Que no se parece en nada a aquélla que conoció.
Pero al mundo no le importa su autodestrucción. Un rejuvenecido Perry White le encarga el que puede ser el último reportaje de su vida: una entrevista con Power Girl, en plena Fortaleza de la Soledad, sobre la larga y brillante Historia de los Héroes.
Por mucho que él los odie…
Prólogo
La Legión de Súper–Simios
Mundo Bizarro, Uno de Enero de 1978.
01:01 h.
Situación: La Familia Superman se enfrenta a una legión de clones de Titano (el Súper–Simio, dotado de una letal visión de kryptonita) junto a las ruinas de Htrae, el Mundo Bizarro, que ya han logrado destruir.
Misión: Hallar a toda la población de este extraño mundo, que fueron secuestrados por medio de un Boom Tubo.
Protagonistas: Superman, Superboy, Supergirl, Power Girl, Krypto el Súper–Perro, Ed Hamilton (el Coronel Futuro), y yo mismo, Jimmy Olsen, más conocido como “Mister Action”.
Ánimo: Más aterrorizado que nunca, pero sin dejar que mi héroe se dé cuenta…
Qué pasó después:
La gigantesca luz blanca y demoníaca del Boom Tubo aún se reflejaba en los ruinosos fragmentos de cristal y acero de Metropolis… o al menos, la Metrópolis Bizarro. Del enorme portal de mil metros de diámetro habían surgido no menos de doscientas formas monstruosas, bestiales, gorilas inmensos de andares torpes y fauces babeantes. Y sus pies del tamaño de ciudades se dedicaron a aplastar sin miramientos los ya derruidos escombros del Mundo Bizarro.
Había que detenerlos.
Ya.
Y fue la voz de Superman la que nos organizó a todos:
– ¡Escuchadme bien, porque no podemos permitirnos errores!
» Coronel Hamilton, ponga en marcha sus aparatos y mantenga abierto el Boom Tubo. Una vez que derrotemos a los Titanos, querremos saber quién está detrás de esto…
» Supergirl, tú te ocuparás del flanco derecho. Power Girl, flanco izquierdo. Superboy, conmigo por el centro. No os confiéis. La energía que emiten a través de sus ojos es verdadera kryptonita, de todos los colores: Verde, dorada, blanca, roja y azul. No me extraña que capturaran a Bizarro #1…
» Krypto, tú serás la última línea de defensa, y protegerás a Jimmy y al Coronel en el Centro de Investigación Espacial. Si los demás fallamos, tú serás la única esperanza de este mundo.
» ¡Adelante, Familia!
Y nos pusimos en marcha.
Hamilton y yo volamos de regreso a la alta torre astronómica en la que habíamos aparecido, y el coronel empezó a trabajar con sus ordenadores. Su papel sería uno de los más vitales en este asunto, pues resultaba obvio que la súbita aparición de los Titanos era poco más que una distracción, una cortina de humo que permitiera al villano de turno desaparecer por completo. Ahora bien, si Hamilton lograba mantener abierto el Boom Tubo, quizá después los héroes fuesen capaces de seguir el rastro… y averiguar qué estaba pasando.
Y por culpa de quién.
Quién…
¿Quién es tan poderoso como para secuestrar a los millones de habitantes que vivían en Htrae, y luego, cuando Superman acude a rescatarlos, enviar a doscientos clones de un Súper–Simio para entretenerlo?
¿Quién?
El nombre empezó a fraguarse en la base de mi cerebro, pero mi yo consciente se negaba a admitirlo.
Así que me entretuve mirando por la ventana, y el espectáculo llenó mis ojos y mi conciencia.
El Hombre de Acero y su contrapartida juvenil volaron recto como una poderosa guadaña, rompiendo en dos el temido avance de los gorilas y empujándolos hacia los lados, donde les esperaban las increíbles Jóvenes de Acero. Y les dieron una buena paliza.
Los puños enguantados de Power Girl zarandeaban a los monstruos como poderosos martillos que reverberan en el espacio. Los terribles sonidos llenaban el cielo. Mandíbulas rotas, brazos dislocados, cabezas chocando en el negro cielo de Htrae. La heroína no tuvo concesiones, y dado que los enormes Titanos, pese a su descomunal fuerza y tamaño, no eran invulnerables como los campeones de Krypton, no pareciera que iba a tener muchos problemas en domarlos.
En fin, eran todos machos… Qué se podía esperar más que verlos caer rendidos a los pies de la Doncella del Poder.
Power Girl gritó, y mostró al aire sus fuertes brazos y sus dientes apretados, como una salvaje proclama de guerra.
Mientras, en el flanco contrario, Supergirl esquivaba de manera grácil y cómoda los letales rayos de kryptonita, como si en realidad no fuese más que una elegante bailarina en “El lago de los cisnes”. Como si no se estuviera jugando la vida a cada instante…
Y al mismo tiempo no dejaba de mostrarse alegre y confiada. Un ángel maravilloso surcando el aire enmohecido, y plagándolo de luz.
Supergirl era sin duda el alma más pura y cándida del Universo.
Y por eso en este día cruzó la bóveda celeste como una sutil ráfaga de viento rojo y azul, ignorando el peligro siempre con una sonrisa en los labios, temeraria y segura de sí misma. A pesar de que externamente no parecía más que una jovencita de pocos años…
E intentó inutilizar a las bestias sin causarles perjuicios.
– ¡No les golpeéis! – Gritó la Chica de Acero –. ¡Ellos no son culpables de su estado! ¡Debemos hallar el modo de transformarlos de nuevo en simples animales!
Power Girl rió en alto, y lanzó a un enorme Titano albino sobre otros dos de color negro con mirada de kryptonita azul. Ella no tenía esos mismos miramientos…
Los berridos de las bestias lograban ensordecerme incluso a mí, que distaba varios kilómetros del lugar de la batalla (¡aunque la visión era perfecta!). Los héroes se mantuvieron inmóviles, flotando por encima de los restos inconscientes de los primeros Titanos. Aguardando la segunda oleada de monstruos.
Superman encabezaba la resistencia. Y no iba a permitir bajo ningún concepto que destrozaran Mundo Bizarro. Por encima de su cadáver…
Esperó en silencio, impertérrito, mientras los torpes simios babeantes caminaban sin habilidad sobre las primeras casas y hogares de las afueras de Metropolis. Los miraba, como si de un solo vistazo pudiera conocer cada entresijo del maligno cerebro que les dio vida. Y mantenía los labios cerrados, y la mandíbula apretada.
Más de cien Titanos aún seguían en pie.
Monos viejos y jóvenes, grandes y pequeños, de enormes garras sanguinolentas y pezuñas enfangadas. Blancos, negros y marrones, con sus fauces hambrientas buscando la carne de los héroes. Y sus letales ojos de pura energía láser intentando cazarlos.
No iba a ser nada fácil…
Aquellos seres inmundos seguían avanzando, pese a la derrota que habían sufrido sus congéneres. Decididos a triunfar o morir en la arena, los Titanos habían sido entrenados para devorar a sus víctimas con deleite, y ningún otro final podría saciarlos.
Los héroes aguardaban impasibles, como míticas figuras de un moderno panteón. Reteniendo en sus manos el más terrible poder del Universo, y a punto de liberarlo.
De pronto, el último de los simios llegó a la zona habitada de los suburbios…
Era el momento.
Superman se volatilizó en el aire apenas un segundo, y de pronto surgió bajo los pies de los monstruos una profunda sima de horrible negrura. El barrio entero se hizo añicos, y en su lugar apareció un túnel directo hacia las profundidades de la Tierra. Un pozo cuyo fondo sólo una mirada con visión telescópica podría adivinar. Los gorilas se hundieron bajo su temible peso, gritando su furia y su impotencia en la eterna caída sin final, mientras lo único que podían hacer era disparar sus rayos de kryptonita contra las lisas paredes de su encierro. Destruyendo así cualquier posibilidad que les quedara de salvarse…
Nadie hubiera dicho que el Hombre de Acero se había siquiera movido del lugar que le correspondía, al frente de la Familia Superman… pero en un solo segundo capturó a las bestias sin remedio.
Aun así, por si acaso, volvió el rostro hacia Superboy, y éste ya sabía cuál era su parte.
El Joven de Acero miró una sola vez a las lejanas montañas que bordean la ciudad, y sus ojos brillaron como si fueran volcanes en plena erupción. Y con eso era suficiente. Al momento, enormes truenos llenaron el aire, y un monstruoso alud de rocas y hielo llegó a toda velocidad desde las cumbres más nevadas. Algunas eran del tamaño de una casa, otras como estadios de béisbol, pero todas discurrían asombrosamente rápido por el ancho cauce tallado por la visión calorífica de Superboy. El inigualable torrente parecía más bien montañas enteras que acudieran a su llamada, como si los elementos obedecieran sin rechistar a los campeones de la S, igual que los humanos. Y un segundo después taponaron la entrada del pozo.
Y así, con apenas dos movimientos que difícilmente pude captar, la Familia Superman atrapó y sepultó a la Legión de Súper–Simios (como después les llamó el Daily Planet), y devolvió la tranquilidad a Mundo Bizarro.
O al menos eso parecía…
Capítulo 1
La ética y política de una mesonera
Aeropuerto Internacional de Kryptonópolis, Junio de 2008.
19:30 h.
El Aeropuerto Internacional de Superman es muy similar a cualquier otro del planeta. Grandes pantallas que anuncian tu vuelo, alegres señoritas en altos mostradores de facturación, y una permanente obsesión con el horario. Todo debe ser perfecto y en hora (otra cosa es que en la mayoría de sitios lo cumplan).
En algunos aspectos sí es muy diferente del viejo JFK: los suelos están siempre limpios, no hay vagabundos durmiendo en los bancos, ni guardias de seguridad patrullando los pasillos, y una gigantesca cúpula de cristal tallado cubre los cielos. Hay mármoles en los baños, y bajorrelieves con escenas de hombres y alienígenas, y una permanente sonrisa en todos cuantos aquí trabajan. Éste es el paradigma del Mundo Perfecto. Aquí todos son felices, y buenos, y honrados. No hay crímenes, ni enfermedad, ni padecimiento alguno que pueda manchar la permanente nube en la que viven.
Por supuesto, para un cínico como yo, esto es el Infierno.
En el mismo
momento en que traen mi pesada maleta, la veo: una preciosísima joven vestida
con traje de choferesa, y un cartel en su mano que anuncia mi nombre.
– ¿El señor Olsen? Mi nombre es Lya. La Corporación Star me ha enviado para llevarle a su hotel. Tiene usted cita a las veintidós horas con la Directora Karen Star. Acompáñeme, por favor.
Sonríe, con una dulzura que nunca he visto, y su voz es como de suaves campanitas. Se mueve con elegancia y encanto, cómoda en su papel de líder de esta extraña comitiva: una mujer chófer, un periodista con pecas y una maleta con ruedas automatizada. Sólo tiene un fallo, un diminuto detalle que estropea todo lo demás: es albina. Una Bizarro.
Malditos cabrones…
Desde el avance de la genética en los noventa, nunca se había visto nada tan perfecto como los que llamaron Humanoides: clones iguales en todo al ser humano, pero obedientes y leales, encargados del disfrute físico y espiritual de sus dueños, como modernas geishas hechas de tejidos sintéticos. La primera se llamó Eva, en el noventa y cuatro, basada en los diseños del pobre Bizarro y su mundo cuadrado, y desde entonces se han reproducido como la peste. A mí me sigue pareciendo una abominación, pero hay quien se acuesta con estos seres, y otros los compran para que les reciten las obras de Shakespeare. Hay todo tipo de degenerados en el mundo.
Reconozco que son idénticos a personas, incluso en el olor (y dicen que hasta pueden sudar y producir feromonas, si su dueño lo desea), pero yo no sería capaz. He caído bajo, pero no tanto.
Lo único en que realmente se diferencian (como una especie de error necesario en su producción) es que todos son albinos, igual que su padre, el clon imperfeto del Hombre de Acero. Resulta una extraña paradoja que, para lograr una textura igual a la de la piel humana, tengan que quitar la melanina. Como hacerlos más humanos a base de hacerlos menos. Bueno, en realidad nunca ha sido mucho problema, ya que el albinismo es un rasgo genético que se erradicó en el ochenta y nueve.
Supongo que no hemos avanzado mucho desde los sesenta, cuando nació ese triste especimen blanco y torpón, ni desde los ochenta, cuando murió para siempre. No, el mundo no ha cambiado lo más mínimo… por mucho que nos pese.
Y así fue como las calles de Kryptonópolis (y en menor medida del resto del mundo) se llenaron de albinos. Rápidos, diligentes, educados,… e inhumanamente silenciosos. Realizan sus tareas sin meterse en problemas, sin titubeos, y sin hablar más de la cuenta. Una verdadera asquerosidad.
Y al mismo tiempo, los verdaderos humanos se han ido enclaustrando en sus hogares, donde reciben todas las comodidades que precisan, y todos los caprichos que desean. Pueden comunicarse instantáneamente con cualquier lugar del planeta, recibir toda la información y el ocio que pidan, y disfrutar de una vida en la que cada vez se necesitan menos los unos a los otros.
Esto es lo que está convirtiendo a los hombres civilizados en ermitaños, y a las calles en patrimonio de los albinos… Por suerte, tales modernidades aún tardan en llegar al resto del planeta.
La maleta se carga sola en el coche, y la preciosa Lya me abre la puerta trasera.
– Acomódese, señor Olsen. El viaje durará unos quince minutos, hasta el Hotel Cataratas de Fuego, en la Ciudad de Kandor.
Me relajo, y observo a mi acompañante con una tónica en la mano. Recorro su cuerpo con mis ojos curiosos, sabiendo que su programación servil le impedirá ofenderse. Un hermoso traje negro ajustado, una minifalda muy corta, y unas largas y sinuosas piernas de un inmaculado color blanco. Bonitas vistas…
A veces puedo entender a esa gentuza…
– ¿En ese hotel es donde me alojaré? – le pregunto, buscando una conversación que me haga más llevadera la travesía.
– En efecto. La Corporación Star le reservó una habitación. Podrá permanecer los días que guste.
– ¿Y será allí la reunión con la Directora?
– No. Le alojaron en Kandor por la proximidad, suponiendo que estará cansado después del viaje. Pero la Directora General Karen Star se encuentra en la Ciudad de Kryptonópolis, la capital de toda nuestra nación. Hasta allí le conduciré yo misma esta noche.
– Por
lo que he visto hasta ahora, parece un lugar bonito.
– Kandor es preciosa – responde, risueña, como si en verdad pudiera tener sentimientos –. Es la más exterior de las provincias de Nuevo Rokyn, y se la conoce como la Casa del Mar. Sus ciudades se asientan alrededor de la costa, y forman bellos y grandiosos puertos marítimos que comercian con todo el planeta. Sus habitantes son expertos marineros, tal y como lo eran en el viejo Krypton, y se consideran hermanos de cuantos seres hay en la Naturaleza, especialmente los acuáticos. Crían millares de especies en sus gigantescas Ciudades Acuarios, han colonizado las profundidades por medio de la mítica Cadena de Pueblos Submarinos del Presidente Dev–Em (1), y poseen la mayor estación de control climatológico de todo el planeta. Kandor es la existencia natural, la vida en la costa, sintiéndose profundamente hermanados con el cielo y el mar.
– ¿Kandor no fue la ciudad donde estalló la Guerra de los Clones, y que resultó volatilizada por el artefacto de Zero Negro? ¿Y la que más tarde pusieron en una botella… (2)?
De pronto, la joven se vuelve seria, fría, y su respuesta corta como el hielo.
– Eso ocurrió hace muchos años, señor Olsen. ¿Es usted acaso responsable de la estrategia de Odiseo con el Caballo de Troya?
Touché…
Sí, señor, acabas de devolvérmela con saña, nena.
Y desde ese instante no vuelve a dirigirme la palabra, y yo tampoco me atrevo a preguntarle nada.
Genial, James, eres el mejor seduciendo a una mujer… ya ni siquiera puedes convencer a una robot.
Lo único que me sorprende es lo rápido de su respuesta… como si fuera una puñalada automática… aprendida.
Como si los tipos que programaron a esta belleza ya estuvieran acostumbrados a la pregunta…
¿Qué será para ellos, como una especie de… Pecado Original?
El Hotel Cataratas de Fuego es en realidad una de tantas pequeñas construcciones blanqueadas, de no más de dos plantas, que se acumulan unas junto a otras en perfecto orden cuadriculado, como en cualquier otra villa marinera.
Nunca pensé que Kandor se pareciera a eso…
(Después de que Superman lograra devolver su tamaño original a la primera Ciudad Embotellada de Kandor, y la situara en el hermoso planeta Rokyn, poco se supo más de aquellos kryptonianos salvados de milagro… hasta que el maligno Brainiac aprovechó su revuelta de villanos durante la Crisis en Tierras Infinitas para asesinarlos a todos. Sangre y muerte a discreción. Millones de víctimas sólo por el gusto de torturar al Hombre de Acero… que de pronto se convirtió nuevamente en el Último Hijo de Krypton.
Por eso ahora hay tanto resquemor con el asunto de Kandor… Por eso el héroe construyó en el Ártico este homenaje a su planeta perdido…
Y por eso lo llama Nuevo Rokyn…)
La dueña del hotel (aunque quizá sería más propio llamarlo posada, u hostal) es pequeña y rechoncha, de cara luminosa y sonrisa perpetua. Como una especie de madre universal, el tipo de mujer que sólo se preocupa de cuidarte, incluso por encima de ti mismo. Me explica tres veces los muchos servicios que ofrece su familia (el negocio, por supuesto, es familiar, llevado por su marido y sus hijos), y que estarán encantados de atenderme a cualquier hora del día o de la noche, sólo con que levante el teléfono y pregunte por ellos.
En estos lugares es donde alojan a los científicos y embajadores destinados a Kryptonópolis, y no me extraña que se vayan encantados. No tiene nada que ver con la mayoría de hoteles del mundo, gigantescos bloques de masas donde sólo eres un número de cinco cifras, y los servicios se prestan de modo sistemático e informatizado, como en una cadena de montaje. Desayunas, comes, pides una masajista o bajas a la piscina… todo organizado como en un inmenso cuartel del ocio, y gobernado por el típico sargento de infantería con sonrisa de anuncio de televisión… pero con la misma mala leche que le inculcaron en el Ejército.
Kandor es justo lo contrario. Atención personalizada, por tu nombre, y con la exquisita educación que aprendieron de Krypton. No debe haber más de cinco o seis huéspedes en cada de estas antiguas casas encaladas, y ellos se desviven por atenderlos, como unos maravillosos anfitriones más propios de otra época. De un tiempo menos deshumanizado.
Sin embargo, fue de Nuevo Rokyn de donde partió esa nueva sociedad moderna en la que vivimos. Fueron ellos los que nos trajeron el progreso, los avances, la evolución de la especie… ¿y de pronto llego aquí y resulta que ellos no lo practican? ¿Que precisamente son como nosotros dejamos de ser por su culpa…?
Malditos cabrones…
¿Me estás queriendo decir que la culpa fue sólo nuestra…? ¿Que ellos sólo nos dieron la tecnología pero no les importó cómo la usáramos? ¿Y eso no es más cruel que dejarnos hundidos en nuestra… incivilización?
La vieja señora me muestra la enorme
habitación que reservaron para mí, y sonríe orgullosa, con la inmodestia mal
disimulada de quien sabe el
tesoro que
presta. Y no puedo evitar la pregunta.
– Sí, la verdad es que resulta espectacular. ¿Es el periódico quien paga todo esto?
Y de pronto observo una mirada de incomprensión en sus ojos.
– No sé de qué me habla, señor Olsen. Nosotros no cobramos por alojarle, igual que con el resto de invitados. Es nuestro deber…
– ¿Deber? ¿A qué se refiere?
– Es usted un invitado del Consejo Científico de Nuevo Rokyn, y por tanto también nuestro. Es deber de todo kandoriano brindar la mayor comodidad posible para que realicen su tarea a gusto.
– Pero… ¿y el dinero? Alguien tendrá que resarcirles por esto. Por los gastos que tienen ustedes alojándonos, y para que les permita vivir.
– Creo que no entiende nuestra forma de vida, señor Olsen. En Rokyn cada individuo conoce su deber, y lo cumple, porque sabe que está obligado por la ley. Los kandorianos somos gente de mar, y como tales vivimos pacíficamente. Construimos barcos, y ciudades submarinas, y gigantescos acuarios en los que compartir la felicidad con aquellos hermanos que nacieron con aletas y branquias. Mi deber, y el de mi marido, es atender las necesidades de los invitados del Consejo. No fabricamos naves, ni bajamos a las profundidades del mar. Nuestro cometido es igual de importante, porque si no cumplimos adecuadamente con él nadie podrá navegar, ni bajar a las ciudades submarinas. ¿Comprende lo que le digo? En Nuevo Rokyn, tan importante como la libertad y los derechos de la persona, son sus obligaciones. Y el Consejo se encarga de que todos ellos se cumplan.
– Sí, leí algo parecido en los textos de Platón…
– Así es: “La justicia es que cada habitante cumpla su cometido”. Los verdaderos kryptonianos ya lo practicaban cuando el filósofo aún ni estaba en este mundo. Por desgracia, la que se hizo inmortal fue la ética de Aristóteles, que era débil, y daba importancia sólo a los derechos: “La justicia es dar a cada uno lo que se merece”. Así van las cosas…
– Bueno, a mí no me parece tan mal…
La mujer sonríe, con la expresión de eterna paciencia de una madre.
– Porque usted es parte de ese mundo, señor Olsen, y no puede verlo desde fuera. Pero una sociedad que sólo se recrea en exigir lo que le pertenece, acaba extinguiéndose, presa de su propia debilidad. Un pueblo debe ser fuerte, y entregado. Solidario, trabajador, decidido a luchar por el bien de todos, y a compartir lo mucho o poco que tengan con el resto de los suyos. Kandor no cultiva, ni produce alimentos suficientes para todos sus habitantes. Del mismo modo, la Ciudad de Argo no fabrica naves, ni es capaz de aventurarse en las olas o bajo ellas. ¿Deberíamos por eso dejarles inermes ante la fuerza de los maremotos, o ante el ataque de las inconscientes bestias marinas? ¿O deberían ellos dejarnos morir de hambre? Ésa es la fuerza de Nuevo Rokyn, señor Olsen: cada uno realiza la tarea que le corresponde, no pensando en el beneficio propio, porque no lo tiene, sino en el beneficio de toda la comunidad, porque es Rokyn como un todo quien se beneficia de nuestro trabajo.
» Todos nosotros somos personas que han roto con su viejo pasado, y hemos venido aquí para encontrar un camino nuevo. Yo misma nací en Orleans, antes de que Superman hiciera su primera aparición, y allí no tenía ni vida ni decencia. Trabajaba en la calle, señor Olsen, vendiendo mi cuerpo y mi dignidad por unas cuantas monedas. Parí seis hijos, y todos se los quedó el Gobierno, buscándoles unos hogares que estuvieran a la altura. En vez con una madre injusta y despreciable…
» Hasta que conocí el Programa de Ayudas Sociales de la Fundación Superman. Ellos me dieron un albergue, y ropa limpia, y una carrera universitaria. Ahora soy asistente social, aunque no lo crea, y elegí este destino como mi primera opción. Rompí con todo mi pasado, con la sordidez de mis recuerdos, y ahora soy feliz ayudando a los demás.
» Y si esta historia le sorprende, no quiera saber la que tiene mi marido…
Sonríe, con el mismo aire comprensivo, y ya no sé qué contestarle.
Esta anciana podría darle unas cuantas lecciones a la mayoría de políticos del mundo. Filosofía práctica de boca de una posadera. En este lugar, incluso los más modestos se convierten en gente cultivada, y hasta ellos saben la razón por la que luchan. El sentido de la vida:
Generosidad.
¿Es ése el secreto de toda la existencia? ¿El motor de las verdaderas sociedades eternas?
No lo sé, no tengo ni la más remota idea… pero esta mujer tiene claro que sí.
Quizá aún me quede mucho que aprender de la vida, y tal vez deba empezar ya.
Le doy las gracias por su dedicación (y por su magnífico discurso), y ella se marcha extrañada. Como si no entendiera qué demonios le estoy agradeciendo.
Detrás de la anciana viene la hermosísima Lya. Mi amor platónico. Sus andares son tan provocativos que apenas consigo no babear.
– ¿Está cómodo, señor Olsen? ¿Quiere que le ayude a deshacer la maleta?
– No, muchas gracias. Traigo pocas cosas, será una visita breve.
– ¿Desea que le ayude con algo más?
– Ehhh… no, de verdad, muchas gracias.
– Estoy a su entero servicio, señor Olsen. La Corporación Star me ha encargado que disfrute plenamente del tiempo hasta la entrevista, así que puede pedirme cualquier cosa que guste…
Y se queda plantada en el quicio de la puerta, esperando que responda. Maldita sea, ¿por qué me torturan de esta forma? No quiero caer en la tentación, pero me lo ponen tan fácil que…
La dulce Lya aguarda paciente, con expresión servicial. Seguro que entre los ricos y poderosos esto es un acto frecuente, y nadie duda en hacer que pase, desnudarla y penetrarla del modo más sucio que imaginen. Como una muñeca hinchable algo más perfeccionada. Aprovecharse de un programa informático que la obliga a acceder a todo para satisfacer sus ansias más indignas.
Pero yo no soy capaz. No puedo quitarme la idea de la cabeza de que realmente parece una persona… y de que eso sería violarla. Puede parecer muy moderno, pero no quita que la estés forzando.
En el coche intenté conversar con ella, y no hice más que cagarla. Ninguna mujer se acostaría conmigo después de eso. ¿Qué clase de hombre sería si me aprovechara de que es un robot para llevármela a la cama de todas formas?
Nunca podría volver a mirarme al espejo…
– No… muchas gracias, Lya, de verdad… ahora prefiero estar solo…
– Muy bien, señor Olsen – me responde, con la misma aceptación que si le pidiera un coito con serpientes –. Estaré en recepción hasta las nueve y media. Si cambia de opinión, sólo tiene que preguntar por mí y acudiré en el acto. Si no, le esperaré a esa hora para conducirle a su cita.
– Bien… bien.
Y se marcha, sola y tentadora, por el largo pasillo que lleva a recepción.
Y yo me quedo solo también, tumbado sobre la cama. Jodido.
Interludio
Cogidos por sorpresa
Mundo Bizarro, Uno de Enero de 1978.
01:35 h.
Pero las cosas no iban a ser tan sencillas.
La Familia Superman regresó en un parpadeo a la Torre de Observación desde la que el coronel Hamilton lograba mantener abierto el Boom Tubo. Y yo seguía haciendo fotos.
La primera sonrisa del Hombre de Acero fue para mí.
– ¡Hola, Jimmy! ¿Qué tal, conseguiste buenas imágenes?
– ¡Y tanto, Superman! Gracias al teleobjetivo, no me perdido ni un segundo de la batalla. ¡Habéis estado increíbles! Seguro que al jefe le va a encantar…
– Seguro… ¡mientras no le llames jefe!
Mientras, a mi espalda, Power Girl tomó la iniciativa y acompañó a Hamilton
en la supervisión de los indicadores del Tubo. Los humanos nunca hemos estado
acostumbrados a manejar una tecnología de este tipo, pues son artefactos de
dioses y no de hombres, pero la Mujer de Acero era experta
en telecomunicaciones
y dueña de una empresa de software… aparte del hecho de que contaba con
una Madre Caja entre su equipo habitual.
La exuberante Kara Zor–L puso el diminuto invento alienígena sobre la consola de mandos, y le dio las órdenes precisas para que arreglara absolutamente todo.
– Madre Caja, analiza e identifica Boom Tubo.
– ¡Beep! Analizando: Boom Tubo de energía masiva, con capacidad para la teleportación de seres de gran tamaño, tanto vivos como inertes.
– ¿Origen?
– Apokolips. El Palacio Imperial.
Y todos nos estremecimos al oírlo.
– Muy bien. Madre Caja, mantén abierto el Boom Tubo hasta que podamos atravesarlo.
– ¡Beep! Obedeciendo…
– Un momento – dije yo, con una súbita duda carcomiéndome el cerebro –. Tu Madre Caja habla. ¿No decían que sólo se comunican con pitidos?
Power Girl me miró incrédula, como si realmente ella fuera de otro planeta.
– Jimmy… Yo no soy un hombre, ¿sabes? Me gusta que me hablen y me expliquen las cosas, no sólo… pitidos.
Y en adelante decidí mantener cerrada la boca.
De pronto, un trueno llenó el aire, y la tierra se sacudió como dotada de vida, haciendo que todos rodáramos por los suelos. Superman fue el primero en volver a estar de pie, y sus ojos discernieron enseguida el peligro.
Me levanté a duras penas, agarrándome a la consola y las paredes agrietadas, y lo que vi me estremeció: cinco figuras, cinco dioses de un moderno panteón, con sus largas capas como banderas al viento. Sus brazos eran fuerzas de la misma naturaleza, sus manos podían cambiar el curso de los ríos y las órbitas de los planetas… y sus torvas miradas sentían la nobleza o vileza que hay en el corazón de los hombres.
Un hombre, dos mujeres, un niño y su perro. Los nuevos portadores de la Justicia Divina.
Y dos únicas palabras de su jefe bastaron para comprender todo cuanto sucedía:
– Han regresado…
Gateé, me arrastré como un poseso hacia el gigantesco agujero en la pared donde una vez hubo un ventanal, aunque mi alma gritaba que no lo hiciera. Y debí haberle hecho caso. Porque la visión que captaron mis ojos fue la más horrenda de toda mi amplia vida de aventurero.
Los Titanos habían logrado liberarse.
Una manada de doscientos seres horripilantes caminaban decididos hacia la alta Torre de Observación Espacial. Sus cuerpos eran deformes y monstruosos, heridos en cien sitios y sangrando a chorros, bañando Htrae a su paso con una repulsiva sangre negruzca y pegajosa.
Arrastraban sus miembros dañados sobre los altos rascacielos de Metropolis, hundiéndolos con desgana, pisando con sus mugrientas pezuñas por el sencillo placer de destruir. Gritaban, chillaban, con sus mandíbulas rotas y bañadas en mareas de sangre. Con sus fríos ojos destilando furia primitiva. Necesidad de matar para saciarse.
En ese momento lo supe con claridad: aquellos horrores de la naturaleza sólo se detendrían cuando nos hubieran matado a todos.
Y Superman también lo sabía.
Su rostro gélido e inexpresivo, sus ojos llenos de pena, decían más de lo que
hubieran expresado nunca sus palabras. Aquella pelea no iba a terminar fácilmente.
Esta vez no se enfrentaba a un científico loco y sus poderosos robots asesinos,
ni a un inocente animal mutado por la desaprensiva ciencia moderna… sino a la
auténtica maldad. A bestias primitivas cuyo único fin era desgarrar su carne
y partir sus huesos, mancillar su símbolo y
triturar los restos con
un hambre impía.
Los Titanos querían devorar a los héroes, y ningún otro alimento en el Cosmos les saciaría como la carne de Krypton.
Superman respiró hondo, y se preparó para uno de los combates más fieros de cuantos hubiera librado.
Y esta vez no bastaría con encerrarlos…
Krypto gruñía, mostrando sus enormes colmillos al aire, y se retorcía furioso, hasta el punto que Superboy pasaba apuros para contenerlo. Power Girl apretaba en silencio la mandíbula y los puños, disponiéndose a saltar de cabeza a una lucha que bien podría costarle la vida.
Pero la imagen más terrible de todas era sin duda la de Supergirl.
Por primera vez en toda su vida… la Chica de Acero había perdido la sonrisa.
Y fue en ese instante cuando el miedo hizo realmente presa en todos nosotros.
Por una vez nos dimos cuenta de que era posible que ninguno llegara vivo a contemplar el amanecer…
Capítulo 2
Flirteando con la lavadora
Kandor, Junio de 2008.
20:00 h.
¡Maldita sea, sé que actué correctamente!
Es lo que tenía que hacer, por mucho que la mayoría de gente me trate de loco. No estaba bien, no era digno ni humano. Era el acto de un vicioso, acostarse con una máquina fría y sin sentimientos, sólo porque parece humana y consiente cualquier cosa.
Sé que actué bien, sé que hice lo que debía. Hay un límite de cosas que siento que ni yo puedo hacer. Me parece repugnante, una degeneración más allá de lo sensato.
Y sin embargo…
Su olor está como pegado a mí, en la ropa, en el aire. Me ducho, y abro al máximo el grifo del agua caliente, ignorando el dolor, olvidando el chillido que desprende mi cuerpo. Eres un maldito ser repugnante, James Olsen.
No podría volver a mirarme al espejo si…
No, no quiero ni pensarlo, ni decirlo siquiera…
¿Hasta dónde vas a llegar, cerdo?
Me tumbo boca arriba sobre el precioso edredón con escenas bordadas, mientras las últimas gotas de agua aún discurren por mi piel. Su piel… Su dulce y tersa piel nacarada, con ese suave estremecimiento que tuvo al decir yo aquella estúpida inconveniencia en el coche… Sé a lo que huele, y no quiero volver a respirar nada más. Sé cómo suena su voz, tan bonita, tan cariñosa, y no quiero escuchar otra cosa en mi vida. Ahora me pregunto cómo sabe…
¡Dios, me doy asco a mí mismo!
Esto es repugnante. Es lo más horrible que he hecho nunca en mi vida. ¡Acostarme con una máquina! Es como si mañana me da por liarme con la tostadora…
Y pasado tendré una aventura con el aspirador.
Salgo a la terraza, con la enorme toalla blanca de algodón atada alrededor de la cintura, y observo el puerto. Un sol rojo y mortecino se esconde por detrás de unas minúsculas olas plateadas, por encima de las hojas brillantes de las palmeras, y lejos ya de los rechonchos edificios encalados que se agolpan, flanco a flanco, mirando hacia él. Los barcos han dejado de moverse, y no se distingue más actividad en la enorme zona de carga y descarga. Las máquinas descansan inertes, oscuras, como malas copias del frenético trabajo que las caracterizó hace sólo una hora. Los grandes mercaderes del puerto, y los capitanes de los barcos que pretenden comprar su mercancía, se han retirado juntos a alguna pequeña y ruidosa taberna donde olvidar sus trapicheos, matando las preocupaciones con zumos y bailarinas castas. ¿O tal vez haya incluso aquí garitos ilegales, donde beber y fumar hasta ahogarte en tu propio delito? ¿Habrá una salvación… hasta en el aburrido paraíso?
Vuelvo dentro, mucho más relajado. Al fin he aceptado las cosas como son.
Levanto el auricular y pregunto por ella.
– ¿Sí, señor Olsen? – responde la amable ancianita.
– ¿Está Lya?
– Sí, está aquí mismo. ¿Desea usted que suba, señor Olsen?
– Sí, por favor. Avísela. Estaré esperando.
– No se preocupe, estará allí en un momento.
Y cuelgo.
Enhorabuena, James… Al fin te has integrado en este sucio mundo.
Ya eres un ciudadano de pleno derecho de esta maldita sociedad degenerada.
No tarda más de un minuto en llamar a mi puerta.
Débilmente, como un suspiro que se fuga, unos pequeños nudillos blancos golpean en la sólida madera reforzada, y abro despacio. Nervioso. Con el corazón saltando en mi pecho como si fuera a salirme por la boca. Sonrío, e intento parecer tranquilo y confiado. Ella también lo parece.
Viste el mismo traje de antes, pero sin la gran gorra de plato. El pelo blanco y lacio está peinado hacia atrás, recogido en un moño redondo que suele esconder bajo la gorra. Ahora su rostro parece más luminoso, más dulce. Sus ojos brillan con los últimos rayos del sol de la tarde que entran por la ventana. Su sonrisa es tan hermosa que podría derretir al hombre más íntegro del mundo.
Está hecha
para que no te resistas a sus encantos, sino para que te dejes llevar…
– ¿Qué desea que haga, señor Silk? – susurra, y en la pregunta lleva implícita mi propia maldad.
Sabe a lo que ha venido. Seguro que no soy el primer degenerado que la hace pasar por esto, ni seré el último. El mundo se ha vuelto un lugar muy sucio…
– ¿Sabes dar masajes? – le pregunto, queriendo ganar algo de tiempo para no parecerme tan asqueroso lo que voy a hacer.
– Desde luego, señor. Soy experta en cincuenta clases diferentes de masajes. ¿Qué es lo que le gustaría que hiciera?
– Tengo el cuello agarrotado. Si pudieras ayudarme…
– Desde luego. Acuéstese en la cama, por favor. Yo me ocuparé de todo…
Me tumbo, y dejo que las cosas ocurran como tenga que ser.
Ella se quita la chaqueta, la deja suavemente sobre el respaldo de una silla, y se dobla las mangas. Toma un frasco de crema del baño, se lo unta en las manos, y se sienta en la cama, junto a mí.
De pronto, noto cómo una pluma tenue y cálida recorre mi piel, y sus manos breves y ágiles se hunden en mis pobres músculos falsamente contraídos. Sube, baja, y amasa mi espalda como si fuera barro al que darle forma. Pronto se da cuenta de que no estoy tan mal como aparento, y afloja la intensidad de los dedos, permitiendo que los profundos músculos de la columna se escabullan de su tenaza, y aplicando más bien suaves caricias relajantes por encima de la piel.
Me embadurna de crema, mientras el silencio me invade, y dejo que la cabeza se vacíe de pensamientos extraños. La relajación es completa, el mundo se queda fuera de esta habitación, y aquí el único sueño es mi absoluto descanso. Sus manos vuelan raudas por mis vértebras, mis costados, los brazos caídos a lo largo del cuerpo, y el nacimiento de los glúteos. Entregado a esta mujer, ninguna preocupación queda ya en mi cerebro, y lo único importante es cuánto la adoro. Olvido por completo la razón por la que vine a esta isla, mi trabajo, mis amigos, el horrible pasado que me ataca sin piedad, y hasta mis propias convicciones.
Y en ese instante, sólo quiero estar para siempre en sus manos…
Me giro rápidamente, rodeo su cintura con mis brazos aceitosos, me hundo en su mirada sorprendida, y la beso de pronto. Sin explicaciones, sin palabras… Echo mano a la vieja pasión que no sabía que aún quedara en mí, la que ni la zorra de Lucy (3) ni la pobre Joan (4) supieron provocar, y que llevo demasiado tiempo guardando.
Sus labios son húmedos y tibios, como soñaba que serían, y enseguida responde a mi pasión con la suya propia. Me agarra con sus brazos blancos, hunde en mi espalda sus dedos con la misma furia con que hace apenas unos segundos la masajeaba, y se entrega. Echa hacia atrás la cabeza, en actitud sumisa, y separa brevemente los labios. Lo justo para esbozar una guiño cómplice.
No dice nada… No es necesario.
Mis manos surcan ahora su cuerpo, temblorosas, ávidas, y desabrocho torpemente los pequeños botones de su blusa. Se nota que hace mucho que no desnudo a una mujer.
La tumbo sobre la cama, y actúo por instinto.
Mi sueño… mi amor platónico… la mujer con la que llevo soñando toda mi vida… por fin me pertenece.
A las nueve en punto, el teléfono de la habitación emite un breve zumbido. La adorable ancianita me espera al otro lado.
– ¿Señor Olsen? Son la nueve de la noche. Me pidieron que le avisara a esta hora…
Lya. Ella debió prepararlo todo antes de subir, para evitar que llegara tarde a mi cita. Dios la bendiga…
Cuelgo, y la observo junto a mí. Su cuerpo es un mito hecho realidad, es la perfección absoluta. Su piel parece hecha de perlas, y su vello se erecta cuando vuelvo a acariciarla sutilmente. Emite un dulce ronroneo, y se acomoda sobre las sábanas arrugadas, como un gato que duerme tras la pelea. Noto cómo todos sus músculos se relajan, perdidos en un profundo sueño, agotados.
Yo siento lo mismo…
Hacía casi una década que no experimentaba algo parecido. Me estiro y encojo con un delicado vaivén, y me duelen partes del cuerpo que ni sabía que existían. Pero de algún modo, estoy satisfecho. Esta mujer me ha llevado a lugares y sensaciones que nunca habría imaginado, y su afecto ha sido lo único realmente valioso que he tenido en veinte años. Desde la maldita guerra que nos destrozó…
Y en ese instante vuelvo a la realidad.
Se hace añicos la ilusión, y recuerdo otra vez los horrores que me acompañan. Camberra… la estancia en prisión (5)… Joan Dale y unos pocos supervivientes… las fotos viejas del niño de Ron y Lucy (6), al que ya no reconocería… La pretensión de seguir adelante cuando es obvio que ya todo se ha acabado.
Y con los recuerdos viene la sensación de culpa.
Culpa por estar vivo, por haber vuelto a casa, por disfrutar de los placeres de una mujer cuando otros quedaron en el campo de batalla… Culpa por intentar seguir adelante, como todos me dicen que haga, y volver a encontrarme con la misma pared.
La miro de nuevo, y de pronto su cuerpo me parece algo repulsivo. El éxtasis de que me apropié cuando mis amigos no pueden.
Y entonces el espejismo se deshace…
Entonces me doy cuenta de que todo era falso.
Lo que aparenta dormir sobre mi cama no es otra cosa que un maldito robot, igual que el exprimidor o la cocina eléctrica. Un robot engañoso, que fingió amarme porque yo así lo quería, y copió gestos aprendidos para satisfacerme. Sonreía con dulzura, cuando la dulzura es algo que esta cosa no entiende. Me besaba con furia, con pasión, porque eso es lo que le han enseñado que gusta a los hombres. Y se empeñó en amarme, haciendo cosas que yo nunca había pensado que se pudieran, entregándose, chillando… Fingiendo actos y sentimientos de humanos que este ser no comprende más que en lenguaje de computadora. Las caricias y susurros, el goce y el afecto, no son para esto más que bytes y conexiones. Un complicado sistema de archivos que emula comportamientos con la precisión de un ordenador, y sabe responder de manera justa a lo que cada hombre prefiera de su amante. No tiene reparos en nada, ni miedo, ni vergüenza. Siempre está disponible, siempre es voluntariosa y capaz. Obediente y fiel, cariñosa y servicial. Perfecta.
Malditos cabrones…
Realmente es igual en todo a una verdadera mujer. Su tacto es cálido, su piel es suave y tersa, su olor es embriagador. Aún puedo notar su delicado perfume francés, y el sudor que la bañaba en el momento del éxtasis. Aún escucho en mis oídos su jadeo prolongado, su respiración entrecortada, y sus chillidos agónicos. Aún puedo sentir entre mis manos su cuerpo tenso como una cuerda, y luego suelto y relajado, como una madeja de lana que cae profusa sobre mí.
Hijos de puta…
Sólo que no es una verdadera mujer. No es más que una mala imitación, creada por hombres según lo que creemos que es una mujer, pero diseñada sólo para satisfacer a otros hombres. No para tener voluntad propia, ni decisión… ni alma. Sólo es una muñeca hinchable con unas pocas frases grabadas, y nosotros, pobres ignorantes depravados, nos hacemos a la idea de que eso ya la convierte en una auténtica mujer.
De que la tenemos a nuestros pies.
Es la mayor vergüenza que he visto nunca, la mayor ignorancia. ¿De verdad me he podido sentir contento haciendo el amor con esta cosa? Ni siquiera se le puede llamar hacer el amor. Más bien… fornicando… como animales. Demostrando mi propia indignidad.
Y en ese momento me siento sucio.
Mi piel apesta a eso, al monstruo que pretende ser una mujer, y de pronto me parece que huelo a goma, a engranajes, a aceite de motor y metal retorcido. A venderme al enemigo…
Entro en la ducha, y vuelvo a someterme al agua más caliente, pero esta vez por otro motivo… para desembarazarme de todo lo que me recuerda lo que he hecho… todo lo que antes estaba deseando tener.
Me froto ansioso por el cuerpo, intentando borrar las señales de mi crimen, los rastros de la maldad, pero no salen. Estoy lleno de su saliva artificial, de sus feromonas sintéticas, de su despreciable aliento y su piel de caucho. Aún noto entre mis dedos sus falsos cabellos albinos, su pretendida textura de carne humana, su calor artificial. Sigo frotando, y frotando, hasta que agrieto mi propia piel y me hago heridas. Discurre mi sangre por la ducha, y el agua hirviendo y el jabón me hieren. Pero no me detengo.
Necesito expulsarla de mí…
Cuando por fin paro, ya no queda mucho que frotar. Mi piel tiene enormes erosiones rojizas, que escuecen y sangran como puñaladas. Pero no duran mucho. A los pocos segundos las heridas se cierran solas, y los riachuelos de sangre se desecan.
Malditos Factores de Crecimiento…
Ya no puede uno ni mutilarse en paz, sin que la omnipresente tecnología superior de Krypton venga a joderte la vida. Esto es lo que nos has regalado, maldito Kal–El… salud perpetua, juventud definitiva… tortura para siempre. La agonía, sin la posibilidad de morir y descansar.
Y allí quedo, sentado en la ducha, con las rodillas contra el pecho y la barbilla hundida. Esperando que la pesadilla acabe. Esperando que por fin me despierte.
¿Cómo pude ser tan estúpido?
Sabía que esto iba a pasar, me lo estaba repitiendo una y otra vez antes de llamarla…
Pero me dejé caer en la tentación, sin que nada me importara.
Soy un imbécil…
Soy tan cruel y degenerado como todos los demás, como los malnacidos que la fabricaron, como los cientos de clientes que tenga a diario, que sólo ven en ella una máquina servil para sus más oscuras fantasías. ¿Qué me diferencia de esa calaña? ¿Acaso yo la respeté algo más que ellos?
¿Y qué mundo trastornado es el que tenemos, para que se pueda crear una monstruosidad semejante? ¿Para que ésta sea la respuesta a todas nuestras fantasías?
¿Eso es lo que queremos de una mujer, lo que soñamos que fuera? Desde luego, dice mucho de nuestra comprensión, de nuestros avances, del respeto que tenemos hacia el sexo contrario. Sí, admitimos que se emancipen, y les dejamos que voten, e incluso que puedan opinar en asuntos públicos… pero la auténtica imagen que sigue presente de la mujer es la de un adorno vistoso que se mueva bien en la cama.
Su mayor virtud: el servilismo.
Sus valores éticos: los que dicte su hombre.
La pareja: posesión y mandato.
La mujer perfecta: la que puede comprarse a buen precio, cumple todas las órdenes que le dicten y nunca rechista.
Enhorabuena, planeta Tierra: has conseguido tu maldita Utopía.
REFERENCIAS
1.- Dev–Em: Adolescente
nacido en el planeta Krypton del Universo de Bolsillo, el temerario Dev–Em actuó
como delincuente juvenil y
causante
de algunos altercados contra el Gobierno, hasta que finalmente lo encarcelaron
en una nave de animación suspendida que debía permanecer para siempre en órbita
alrededor de Krypton, y gracias a la que pudo sobrevivir a la destrucción de
su mundo.
Al llegar a la Tierra, atacó al joven Superboy e intentó suplantarlo, sólo para ser vencido no sin dificultad. Después de esto, y a través del contacto con el Chico de Acero, decidió reformarse y buscar su propio lugar en el cosmos… que no fue otro que el siglo XXX de la primera Legión de Súper–Héroes. Dev–Em se unió al Cuerpo Interestelar de Contra–Inteligencia, llevando a cabo con éxito numerosas misiones, algunas de ellas junto a la poderosa Legión.
Sin embargo, su camino vital aún habría de ser largo.
Tras la Crisis en Tierras Infinitas, el conocimiento del terrible destino de todo su Universo (usado y destruido por la mano cruel del Señor del Tiempo, incluyendo la muerte de Superboy) enloqueció a Dev–Em. Pese al cariño y apoyo de sus compañeros, el joven sufrió repetidos brotes psicóticos que le hicieron dudar de su propia identidad (creyéndose un nativo de Titán llamado David Emery o un peligroso criminal Daxamita) y durante los que se enfrentó violentamente a la Legión de Súper–Héroes y al mismo Superman (que se hallaba atrapado en viajes continuos por el tiempo de los que era incapaz de liberarse).
Finalmente recuperó el sentido, y lloró con tristeza a los millones de personas que el Señor del Tiempo eliminó, y que ahora nadie sabe que existieron. Viajó de nuevo al siglo XX, donde fue acogido por Superman en Nuevo Rokyn (la nación independiente creada en torno a la antigua Fortaleza de la Soledad), e incluso nombrado Presidente de la Provincia de Kandor, donde entabló relación con la nueva Supergirl (Matrix), primera sólo amistosa, y en los últimos meses romántica.
Ahora vive feliz, después de tanto dolor y amargura, y es considerado uno de los pilares más valiosos de la moderna Familia Superman (a la que pertenecen también el nuevo Superboy, Supergirl–Matrix, el Erradicador, Power Girl y Acero).
2.- Tal y como se narró en el número anterior de esta serie.
3.- Lucy Lane: La antigua novia eterna de Jimmy Olsen, que en los noventa (tras la Invasión Alienígena) lo abandonó para siempre y se casó con el periodista del Daily Planet Ronald Troupe, con quien tuvo un hijo, Samuel. Sus relaciones desde entonces con Olsen han sido bastante lejanas.
4.- Joan Dale.
La antigua superheroína Miss América, miembro en los años cuarenta de la Sociedad de la Justicia y el All–Star Squadron. Tal y como vimos en el número anterior, resultó gravemente herida durante la Invasión Alienígena, y ahora vive con James Olsen, perdida en su propia psicosis alcohólica.
5.- Ver número anterior.
6.- Se refiere al hijo de Ron Troupe y Lucy Lane Troupe.