Bienvenidos, pequeños míos, acomodaos en mi humilde morada, espero que la humedad y suciedad, y el hedor de los cadáveres en descomposición no os moleste.
El Tío Pennywise
va a pasar un rato con vosotros, voy a contaros dos aterradoras historias, que
estoy seguro de que os agradaran. Historias para sentir escalofríos en el Umbral
de
El cuadro
Escrito por Anika
La mujer observaba el cuadro con los ojos húmedos. Cada pincelada de aquella imagen era un recuerdo imborrable y lacerante en su corazón. Podía evocar años pasados, centrarse en aquel día concreto y vivir de nuevo la situación en que fue pintada por un joven que la observaba desde su casa. Ella no lo sabía; habían tenido que pasar veinte años para averiguar que mientras esperaba la resolución de aquel día en la orilla de la playa, un joven pintor la observaba y la dibujaba en su lienzo. El ambiente tormentoso era palpable, aquel cuadro tenía capacidad para producirle auténtico frío, y Amalia no sabía si era por lo logrado de su arte o por sus recuerdos.
Ella era una imagen casi de espaldas en la orilla, ataviada con su ropa oscura casi cubierta por una manta, soportando el aire y el frío, en espera de saber si el mar le devolvería a Alonso o se lo quedaría para siempre. Las greñas al aire, la manta en movimiento, el agua embravecida, la lluvia... no faltaba detalle.
Aquel día algunos curiosos la miraban con pena. Había quien no lograba zafarse de la furia que le había producido saber que Alonso, a pesar de conocer el peligro que significa adentrarse en el mar para un pescador, había abandonado a su esposa y había retado a la furia de las inclemencias.
Mientras algunas mujeres rezaban los hombres discutían sobre la posibilidad de buscar al pescador. La mirada de sus respectivas mujeres les obligaba a quedarse en tierra. ¿Por qué se había adentrado Alonso en el mar conociendo de antemano que el mar podía engullirle? ¿Era un suicidio?
Amalia era la única que conocía la verdad. Algunos sospechaban que tras una discusión familiar, el carácter fuerte de Alonso le había llevado a meterse en su barca y navegar contra corriente hacia un destino propio de un suicida; otros que, acuciado por deudas, había retado al mar en busca de sus tesoros... y mientras unos y otros hablaban y opinaban, Amalia trataba de controlar sus nervios con la mirada fija en el embravecido mar.
Si al final Alonso volvía ¿cómo debía reaccionar? Las gentes del pueblo eran pescadores y sus familias, gentes sanas que no tenían más preocupación que el trabajo de los maridos y el cotilleo local, único defecto endémico del lugar. Cualquier reacción de Amalia sería observada por sus vecinos, más aún teniendo en cuenta que no se sabía por qué Alonso se había adentrado al mar y sobre todo por qué ella no había querido dar razones de tan extraño viaje. Muchos lo veían como una huída. Los más inocentes sólo pensaban en la posible nueva viuda del pueblo y sufrían observando a Amalia a pie de playa esperar como una estatua bajo las inclemencias del tiempo... pero ni los hombres, ni las mujeres, ni los niños... ni siquiera Alonso sabían la verdad.
- Es muy bonito. –Dijo al fin.
El hombre mostró una sonrisa suave, limitada a propósito porque era consciente del final de aquel fatídico día que tantos años atrás retrató.
- ¿Por qué no me lo enseñó antes? –Preguntó Amalia.
- Disculpe... –el hombre se rascó la frente:- nada me hubiera gustado más que mostrárselo, pero sabía que le produciría dolor. No tuve valor.
Amalia asintió y suspiró.
- ¿Quizás he hecho mal enseñándoselo hoy? –Preguntó preocupado.
- No, no... –le tranquilizó ella.
Podría haberle confesado que le servía para tomar conciencia de sus actos pasados, que de ese modo podía enfrentarse a sus pecados... pero a ella también le faltó valor. Desde aquel día en que se convirtió en viuda, vivió como tal, aceptó los pésames, los consuelos, las compañías que trataban de animarla a seguir viviendo... pero lo que estuvo haciendo en realidad era vivir una mentira.
Ante aquel cuadro era consciente de ello.
Y dolía.
Más que su viudedad.
Más que ver el cadáver abultado de su marido devuelto a la playa tras la tormenta.
Pero no le dijo nada.
- Si lo desea, me gustaría regalárselo.
Amalia observó al hombre con lágrimas en los ojos y le dio las gracias. Sí. ¡Sí! Se lo llevaría a casa, lo pondría en un altar ¡y le pediría perdón de rodillas!
- Lléveselo, pues.
Afuera el tiempo era idéntico al día en que cometió el peor pecado que podía recordar haber cometido en toda su vida, porque el robo estaba mal, el engaño también, pero ningún pecado era comparable a quitar la vida a un ser humano, y ella, mediante sus actos, lo había hecho.
¡Qué divertido y fantasioso le pareció la primera vez que le hablaron de la meiga! .... y qué real le pareció el día que su fatal hechizo se hizo realidad.
Ahora, frente al cuadro donde estaba retratada esperando inútilmente a su marido, se arrodilló, dejó caer lágrimas ácidas, y se santiguó.
- Alonso... –susurró:- Te voy a contar lo que hice, Alonso. Quiero que sepas por qué abandonaste la casa y en un estado mental confundido, te adentraste en el mar para perder tu bien más preciado... la vida; y voy a hacerlo porque necesito tu perdón.
Amalia se secó las primeras lágrimas e hizo acopio de valor, porque contar su pecado en voz alta era más difícil que pensar en él.
- Yo te quería mucho Alonso, te quería obsesiva y enfermizamente. Tú sabías que mi amor era puro pero insano y me lo echabas en cara a diario, y yo me obcecaba asegurándote que nadie, jamás, te querría como te amaba yo. Y no mentía. Nadie te quiso en vida con la misma pasión y fervor con la que yo te amé. Nadie, ni siquiera tu madre, te adoraba como yo te adoré. Y sufría Alonso. Con cada mirada a otra mujer, con cada llamada de la pescadera para hacerte un pedido, con cada paseo que dábamos por el pueblo donde era testigo de tu atractivo hacia las mujeres... sufría. Y moría por dentro. Por eso Alonso, sólo por eso recurrí a una mujer capaz de provocar los hechizos más mortíferos, hipnotizarte en la distancia y hacerte entrar en un mar que ¡jamás te permitiría volver!
Amalia se derrumbó en el suelo y golpeó con sus puños el piso frío.
- ¡Madito el día en que te conocí, Alonso! ¡Maldito! Porque cada día que dudaba de tu amor moría por dentro. ¡Ay, infeliz de mí! En malvada mujer me convertiste amor mío, y tú, que nunca dudaste de mis intenciones, me diste un beso antes de salir de casa. Besaste a tu verdugo, Alonso.
Las lágrimas ya no eran importantes. Caían sin resistencia al suelo y sus gritos provocaban ronquera a sus palabras.
- ¡Me convertiste en una asesina y no puedo perdonármelo! Perdóname tú Alonso... –lloraba, rogaba...- perdóname.... ella me dijo que nunca revelara la verdad a nadie
Alonso, porque el hechizo se volvería contra mí... pero yo te la debía amor mío, y sé que me perdonarás... –las últimas palabras salieron de su boca en un suspiro, en un ruego onírico mientras caía en un sopor que la dejó rendida en el suelo.
Despertó. No se había dado cuenta de que se había dormido llorando. Se levantó del suelo, entumecida, dolorida y algo confusa. Alzó la vista y observó el cuadro frente a ella. Parpadeó varias veces y tuvo que hacer un esfuerzo tremendo por levantarse sin caerse nuevamente desmayada.
Si las meigas eran capaces de provocar hechizos fatales ¿por qué no los muertos podían enviar mensajes a sus viudas?
En el cuadro una pareja se abrazaba.
Ella podía reconocerse a sí misma con la misma manta con la que salió a esperar la resolución del hechizo. Y él... él era Alonso. Ni por un momento quiso dudarlo.
Se acercó al cuadro para observar a su marido y lo hizo sonriendo, creyendo que había sido perdonada al fin, y que podría vivir el resto de sus días en una verdad que llevaba tiempo deseando inconscientemente.
Y la tormenta que fuera se había iniciado cuando ella despertó provocó un relámpago que iluminó el rostro del hombre que la abrazaba.
Pero no era la cara de Alonso.
Aquel rostro desconocido provocó un grito de horror en Amalia.
Su corazón palpitó con violencia y una sensación de fuego subió por su garganta.
Bajo la capucha mojada del amante del cuadro asomaba
un esqueleto.
NOTA: Se llaman meigas a las brujas gallegas, no obstante se dice que sólo hacen conjuros buenos, sin embargo me he tomado la libertad de convertir a una de ellas en elaboradora de hechizos malos por el bien de la historia. Espero que os haya gustado.
(c) Con permiso de publicación de Anika
Pactar con el Diablo
Escrito por Chacal
Lionel Hurt es un hombre normal y corriente. Trabaja como contable en una pequeña
empresa. Su vida se podía calificar de rutinaria. Pero eso está a punto de cambiar.
El Sr.Hurt nunca ha fumado. El hecho de que durante años se haya advertido de
los perjuicios de dicho vicio le ha hecho concienciarse de que es absurdo gastar
inútilmente un dinero en un producto que fisiológicamente no te aporta nada,
te cuesta caro, y encima te provoca enfermedades o la muerte.
Pero el Sr.Hurt ha tenido siempre un problema, y es ser un fumador pasivo. Cuando
sale a la calle para ir a trabajar, se cruza con fumadores. Cuando está esperando
en el andén su tren, hay fumadores cerca la mayoría de veces (y encima con el
agravante de que se supone que en esos sitios está prohibido, pero la gente
pasa de las prohibiciones). Si es en las paradas de autobús, raro es que en
una semana no se cruce con más de uno, y de dos y de tres. Y en su trabajo,
tiene algunos compañeros que también fuman.
El Sr.Hurt se pone muy intransigente con esas actitudes. Él no prohibiría fumar,
pero está claro que quien fuma sabe a lo que se atiene, y el Sr.Hurt tiene muy
claro que si los fumadores desean matarse poco a poco, por él no hay problema,
pero le fastidia tener que respirar su fétido humo, con el riesgo que supone
de que él pueda padecer las mismas enfermedades que esos individuos... cuando
él no se ha buscado el problema.
Lionel Hurt está un día tan harto de esa situación, que se le pasa por la cabeza
un pensamiento absurdo: “Ojala pudiera hacer un pacto con el demonio de tal
manera que cada día cuando salga a la calle, no me muera si me cruzo con un
solo fumador. Así seguro que viviría eternamente”.
Esos pensamientos son peligrosos, como pronto descubre el Sr.Hurt. Esa noche
tiene un sueño, donde se presenta ante él un hombre trajeado con pinta de ejecutivo.
Le dice que ha escuchado su deseo, y que (como siempre en estos casos) a cambio
de su alma se lo concede. El Sr.Hurt accede. Sabe que cada día, vaya a trabajar,
comprar o pasear, siempre se encuentra fumadores por su camino. El Sr.Hurt sabe
que con ese trato vivirá para siempre. Eso le hace sonreír.
Pasa el tiempo y el Sr.Hurt se da cuenta de que se encuentra mejor que nunca,
pese a que cada día tiene que respirar el aire de los malditos fumadores. Pero
un día tiene que ir al médico a hacerse una revisión. Y le da la mala noticia
de que tiene un cáncer pulmonar. Lionel Hurt se sorprende, y le dice al médico
que eso es imposible, pero los resultados así lo confirman. Y la enfermedad
está tan avanzada que le dan poco tiempo de vida.
El Sr.Hurt está muy cabreado, y en la intimidad de su casa empieza a renegar.
Si se supone que hizo un trato para vivir eternamente, ¿por qué tiene una enfermedad
incurable? Pero cuando llega el tiempo establecido, el Sr.Hurt sigue vivo. Los
médicos que le atienden no dan crédito. Las pruebas demuestran que las células
han hecho metástasis. Lionel Hurt tendría que estar muerto, pero físicamente
continua.
Sigue pasando el tiempo, y Lionel Hurt empieza a notar que su cuerpo empieza
a enrojecerse y a enllagarse. La enfermedad ha encontrado la salida (por así
decirlo) y ahora es físicamente visible. El Sr.Hurt tenía que ser un cadáver,
su cuerpo poco a poco se está pudriendo y ablandándose por la multitud de purulencias
que le están saliendo.
Entonces el Sr. Hurt comprende el trato que hizo con el diablo. Efectivamente
nunca morirá, pero en ningún momento se dijo que nunca enfermará. El cáncer
son células malas que se van extendiendo, alimentándose de las células buenas
que encuentran a su paso. Día tras día, encerrado en su casa sin salir, Lionel
Hurt está consciente y ve como su cuerpo se va transformando en algo monstruoso,
hasta que finalmente son las células de su cerebro las atacadas por la enfermedad
y Lionel Hurt desaparece dejando sólo a una masa de carne pútrida e informe
que avanza arrastrándose por el suelo, quizás en busca de nuevas victimas...