Bienvenidos, pequeños míos, acomodaos en mi humilde morada, espero que la humedad y suciedad, y el hedor de los cadáveres en descomposición no os moleste.

El Tío Pennywise va a pasar un rato con vosotros, voy a contaros dos aterradoras historias, que estoy seguro de que os agradaran. Historias para sentir escalofríos en el Umbral de la Noche

EL TUNEL

Escrito por Anika

Entró despacio. Primero el pie derecho, luego el izquierdo. Llevaba la linterna encendida porque ya era de noche y el túnel estaba oscuro. Si no entraba con luz probablemente tropezaría con restos de basura, latas oxidadas o ratas. Se preguntó cómo había llegado hasta allí y un pensamiento furtivo le hizo detenerse. Fue un flash, un retroceso al pasado, al inicio de todo aquello.

Lara tenía 20 años y una vida por delante, hasta ahí todo estaba bien en su vida. Tenía hermanos, sus padres estaban sanos, compartía piso con una compañera de Universidad y gracias a la Bolsa –oficio al que se dedicaba su padre- disfrutaba de un sueldo para sus gastos. Un día cruzaba la calle para hacer unas fotocopias cuando fue atropellada por un coche viejo. De aquel armatoste salió un viejo que se lanzó a tomarla entre sus brazos. La gente se acercaba mientras ella miraba a su alrededor al tiempo que aguantaba un fuerte dolor de cabeza y caderas. Era como un mal sueño y se sabía la protagonista. En el mismo momento en que creyó que iba a desmayare, el anciano hizo una cruz en su frente, besó su propio dedo y luego posó éste sobre el corazón de Lara. Entonces llegó el sueño y perdió el conocimiento. No volvió a despertarse hasta que ya estaba ingresada. Cuatro meses después Lara estaba recuperada y el juicio se llevaría a cabo... en cuanto encontraran al anciano. Ella no lo recordaba demasiado, apenas sus ojos azules, tan claros como el cielo, tan llorosos como el mar, y algunos rasgos más. La gente que atestiguó ante la policía lo describió e incluso dieron la matrícula del anciano cuando éste huyó del lugar del accidente. Según la policía, el coche no existía, y el físico más cercano al descrito por los testigos era el de un cura que había estado en una comisaría de policía cercana anunciando que un asesino que llegaba de otra ciudad estaría en Valencia matando muchachas. Le habían tomado por loco. Fue fruto de la casualidad y de un retrato robot que se relacionara a ambos viejos. En la comisaría de policía no les constaba que el anciano cura hubiera llegado en coche, pero la memoria fotográfica de la mujer que le atendió sirvió para descubrir que podían ser la misma persona.

El juicio no tenía sentido sin el anciano, y se atrasó hasta encontrar al hombre que había atropellado a Lara. Ella siguió su vida ya recuperada de las lesiones y trató de olvidar.
 

Una noche vio sus ojos. Terminaba de tumbarse y en la semipenumbra de su habitación abrió los ojos durante un segundo. Aquel cortísimo espacio de tiempo le provocó uno de los sustos más grandes que había sufrido en su vida. Los ojos acuosos y cristalinos del anciano la miraba a un palmo de su propia cara. Gritó y se tapó la cara. El chillido despertó a Elena, su compañera de piso, que corrió hasta su cuarto para ver que le ocurría.
- Te juro Elena que era ese hombre que me atropelló.
- Pero aquí no hay nadie Lara ¡Nadie!.
A pesar de eso Elena miró a todas partes y se atrevió a recorrer el piso entero en busca del intruso que había asustado a Lara.
- Lo siento cariño, estamos solas. Ha sido una pesadilla.
Lara trató de relajar su agitada respiración y miró a Elena con pánico en los ojos:
- Elena, las pesadillas se tienen cuando se está dormida. Yo estaba despierta.
Elena abrazó a Lara y aquella noche compartieron cama además de piso.

Durante una semana todo siguió con normalidad. Una noche Lara llegó cansada de la biblioteca de la Universidad. Había estado elaborando un trabajo que le llevaría como mínimo semana y media pero ya llevaba hecha dos cuartas partes. Llegó destrozada a casa y se metió en la bañera. Allí se dejó mimar por el agua caliente y el relax que le producía aquella temperatura en su cuerpo. Cerró los ojos. Qué maravilla. No había ni un solo sonido. Su respiración era lenta y relajada. Aparte de ésta, no se escuchaba nada más. Su cuerpo se relajó tanto que parte de él se escurrió y el agua le llegó lentamente hasta la barbilla. Permaneció así, disfrutando de la tranquilidad.

[¿No te parece raro que no esté aquí tu amiga?]

La frase la habían pronunciado en su oído, tan cerca de su oreja que quien lo dijera debía estar allí, en el mismo cuarto de baño, sentado sobre la bañera y agachado hasta su rostro. Lara saltó en la bañera ahogando un grito de terror. El agua se revolvió, chapoteó buscando una esquina donde esconderse, y comenzó a tomar aire cuando se creyó más alejada de la voz. Las gotas que caían sobre los ojos dejaron de molestarle y entonces se percató de lo sola que estaba.
- ¡Elena! ¡Elenaaaaa!
Su grito no sirvió de nada. Estaba sola.
- Mamá.... – aquello no fue más que un sonido casi gutural, un gemido de pánico.

¡Había sido un hombre! Estaba segura, era la voz de un hombre. La voz había surgido de la nada y aunque estaba sola en casa ¡¡¡la había escuchado!!!. Estaba tan preocupada por la experiencia que no se percató del significado de lo que había oído. Al saberse sola en el cuarto de baño salió y se envolvió lo más rápidamente posible en una toalla. Se le salían los ojos de las órbitas, no se atrevía a cerrarlos. Temblaba. La temperatura caliente del agua había desaparecido, ahora tenía frío y la carne de gallina.
    Se calzó unas zapatillas de rizo americano y salió del cuarto para inspeccionar el resto de la casa.
- ¿Elena? –llamó.
    Su compañera no contestó, ni siquiera estaba en la casa. Hubiera llamado a sus padres si no fuera porque le preocupaba más la ausencia de Elena que la voz que había escuchado.
    El pánico por la experiencia sobrenatural dio paso a una preocupación más lógica –algo a lo que prefería agarrarse- por Elena. Corrió hasta su habitación, cogió el móvil y comenzó a llamar. Primero a la propia Elena, y como ella no contestaba, a otros amigos comunes y compañeros de Universidad. Nadie sabía nada.
    Por último llamó a la policía pero era demasiado pronto para justificar un secuestro o una desaparición, de modo que se puso el pijama y se sentó en la cama con un libro entre las piernas que no consiguió leer a la espera de escuchar el familiar sonido de las llaves y la puerta al abrirse.

Pero se durmió con el libro entre las piernas.
En algún momento de aquella noche tuvo un sueño que la despertó cuando aún no había amanecido. Ella estaba en el cauce del río Turia, una zona de Valencia capital que antaño poseyó un hermoso río y hoy disfrutaba de bellos edificios, jardines cuidados y otras zonas menos respetadas. Se encontraba en la parte más lejana del cauce seco, allá donde también los edificios a izquierda y derecha desaparecían. Conocía el río en la vida real, pero desconocía la zona que veía en el sueño. Allí vio acercarse una silueta oscura y delgada. Llevaba pantalones y zapatos. Escuchaba el golpe cansado de estos sobre el suelo. Lara no tenía miedo a lo que veía. Ese es el poder de los sueños, lo que puede darte pánico en la realidad, no tiene por qué asustarte en un sueño. La silueta dio lugar a un anciano de claros ojos azules que le pedía que se acercara con la mano. Lara dio unos pasos hacia él y el hombre se giró hacia la izquierda para llegar hasta una de las paredes del río. Allí sólo había hierbajos, piedras, arena y basura, y algún que otro graffiti en las paredes. Lara le siguió hasta una enorme boca oscura en la pared. Era circular.
- Ve a por Elena. –Dijo el hombre.
    Lara estaba mirando el agujero cuando el anciano pronunció aquella frase. Al girarse hacia él vio que había desaparecido, pero donde había estado el hombre, se veía una cruz etérea tan grande como el anciano, como un celo transparente cuya característica borrosa lo hiciera visible a los ojos de Lara. Tras unos segundos la cruz se disolvió en el aire.
    Un chillido histérico proveniente del agujero negro la hizo despertarse agitada. De un bote saltó de la cama. El libro salió disparado, igual que sus pies, que corrieron hasta la habitación contigua en busca de Elena. Al no verla gritó su nombre por la casa y luego, en un momento de decisión donde no valía la razón y sí la necesidad de encontrar a su compañera, cogió una linterna, la metió en el bolso y salió a la calle.
 

Llegó hasta el cauce y aparcó para bajar por las escaleras. Tuvo que andar durante media hora para llegar hasta el punto donde se suponía que estaba la boca en la pared. Era de noche, hacía algo de frío y las luces de la ciudad no eran suficientes para quitarle el temor a la oscuridad en la que se estaba adentrando. Pero Elena estaba allí, y debía encontrarla.
    Se agarró fuertemente a su bolso donde continuamente metía la mano para comprobar que estaba su móvil. Sabía que lo necesitaría. Rogó que la linterna tuviese suficientes pilas porque a aquella altura del río ya necesitaba encenderla. Caminó con más miedo que precisión y estuvo a punto de caerse dos veces. Tuvo tiempo de asustarse cuando un gato abandonado se le cruzó entre los pies. Tras gritar y recuperar la compostura siguió caminando.
    Al fin lo vio. Era circular, estaba oscuro y allí sólo debía haber ratas o jeringuillas sucias. ...Y Elena si su sueño era una visión como sospechaba.
 

Dentro del túnel la oscuridad era aún más densa y el olor resultaba desagradable. Se subió la camiseta hasta la nariz para tapársela y aguantar más tiempo dentro. Caminó con desespero, llamando a Elena tras la tela de su camiseta y rogando a Dios encontrarla. No solo encontrarla con vida... encontrarla, porque de lo contrario ¿qué hacía allí? ¿Estaba loca?.
    No se equivocó cuando pensó que habría ratas. Echó de menos al gato abandonado que se cruzara antes porque le daban pánico no sólo las ratas si no también las enfermedades que producían los mordiscos de éstas. Logró que su primer y único encuentro con esos seres no fuera un enfrentamiento y siguió caminando en la oscuridad. Miró hacia atrás y vio que el agujero se había hecho más pequeño. No sabía cuánto había caminado pero comenzó a escuchar un goteo rítmico dentro del túnel. Prestó toda su atención al sonido y estaba tan concentrada que escuchó algo más: una esforzada y casi muda tos.
    Lara paró en seco. Allí había alguien. ¿Elena? Corrió más que andó hasta un lugar donde el túnel se ampliaba y se convertía en un habitáculo cuadrado.
- ¿¿¿Elena???
    La linterna llegó hasta un cuerpo que se movía ligeramente. Era Elena, estaba atada con una cuerda a una sucia columna por las manos y el cuerpo, sentada en el frió y húmedo suelo. Su pelo caía sudoroso y sus ojos estaban rojos de tanto llorar. Aquello debió haberle provocado que estuviera a punto de ahogarse más de una vez porque bien es sabido que cuando mucho se llora, la nariz se tapona, y Elena tenía una cinta adhesiva en la boca que le impedía hablar. De ahí que Lara sólo escuchara una tos esforzada. Como cuando ella llamaba a Elena tras su camiseta, tosía su amiga, a través de una cinta.
    Corrió a desatarla y quitarle la cinta de la boca. Antes de que consiguiera hacer cualquier cosa por salvarla, Elena ya estaba llorando y temblando.
- Elena, Elena, Elena... –Lara no dejaba de repetir su nombre, como si temiese que aquello fuese irreal o si al dejar de nombrarla fuera a desaparecer de entre sus manos.
    Elena hubiera querido preguntarle cómo le había encontrado pero sólo se atrevía a pensar cómo salir de allí antes de que volviese su secuestrador.
- Va.. Vámonos... –rogó.
    Lara la cogió de los brazos y la ayudó a levantarse. Elena había estado sangrando por varias partes de su cuerpo... brazos, piernas, costado, frente, nariz. Le habían pegado una paliza.
- Llevo el móvil Elena, en cuanto salgamos llamo a la policía.
- Llama ahora por favor... él volverá. –suplicó.
- Estamos en un túnel cariño... aquí no hay cobertura. Vamos, vamos, vamos... –con todas sus fuerzas casi arrastró a su amiga.

Elena apenas se quejaba y tenía motivos para hacerlo. Todo su cuerpo estaba dolorido, entumecido, su aspecto era lastimoso y sucio, y el miedo no le había abandonado todavía. Si acaso, con la huida, se había acrecentado por miedo a ser descubierta.
    Cuando ya estaban a mitad de camino se dieron cuenta de que una sombra avanzaba hacia ellas.
- Es él... –aquello fue un suspiro de terror.
- Dios... –susurró Lara.

En cuestión de segundos debían decidir si volver hacia atrás o enfrentarse al hombre, pero el mismo miedo les provocó una parálisis a ambas. Lágrimas y pánico se apoderaron de ambas y perdieron toda posibilidad de escapar del hombre. Elena se orinó encima y casi se dejó caer. Lara se agitaba confusa pensando qué decía hacer. Perdió todo su tiempo mirando adelante, atrás y al suelo, donde Elena se había dejado caer en su impotencia y terror.
    Entonces vieron algo. Delante de la figura que se acercaba más rápido con el fin de alcanzarlas a tiempo, una cruz etérea, como un celo transparente y borroso, se formó ante ellas. El hombre no dejó de caminar, ni siquiera era capaz de ver la forma celestial que se había colocado entre él y sus víctimas. Soltó una risotada imaginándose el final de aquella truncada escapada. Ya ni siquiera se daba prisa. Las imaginaba muertas de terror. Elena, caída en el suelo y su amiga, tirando de su brazo, eran muestra de ello.
    El asesino llegó a un metro de las chicas. Parecía no ver lo que ellas tenían delante. Sonrió maléficamente, con una perversión que el cruce de linternas hizo más terrorífico. Mostró su sucia dentadura y les señaló con el dedo.
- Idiotas. –Dijo.
    Dio un primer paso que provocó un retroceso en Lara hacia atrás y que Elena sintiera una convulsión de terror. Entonces la cruz se hizo más blanca, más reluciente, más grande... se convirtió en un fulgor que golpeó al asesino pillándolo desprevenido.
- ¿Qué...? –logró articular.
    La cruz se convirtió en un hombre delgado de pelo ralo, anciano, con pantalones y zapatos.
    Lo que vio el asesino fue un cura.
    Una mano de la silueta celestial se disparó en un puñetazo contra el corazón del asesino y le provocó un paro cardíaco. El tipo cayó contra el suelo horrorizado sujetándose un dolorido brazo izquierdo y soportando un infierno de calor que subía de su pecho a su garganta.
    Elena se desmayó y Lara presenció la muerte del asesino. El hombre volvió a darse la vuelta y ella vio de nuevo aquellos ojos que hicieron un día la cruz en su frente y besaron su corazón con uno de sus dedos. Los mismos ojos que la visitaron una noche en su casa. Entonces habló la misma voz que le susurrara al oído en el cuarto de baño.

[Sal de aquí y llama a una ambulancia]

Elena salía del hospital recuperada de sus contusiones pero no de su shock. Necesitaría de un psiquiatra para terminar con el terror que había sufrido, pero la compañía de Lara y de su propia madre al salir por la puerta del hospital fueron vitamina suficiente para salir sin miedo.
    En la misma calle, nada más salir del hospital, se encontraron con un policía que las buscaba.
- No quisiera que se marcharan de aquí sin echar un último vistazo a este retrato robot. –Dijo.- Según Lara –la señaló con la carpeta que llevaba en la mano- el hombre que la atropelló accidentalmente y desapareció fue el mismo que apareció en el túnel y las ayudó a escapar. Me gustaría que Elena también echara un vistazo.
- Ella se desmayó. –Avisó la madre de Elena.
- No importa. Mírenla, por favor.
 

Le pasó la fotografía a Lara que asintió nada más verla.
- Es el ángel. –Dijo con una sonrisa.
    Elena lo miró y frunció el ceño.
- Sólo puedo decirle que me suena su rostro. Lo siento. No estoy segura de qué.
    La madre de Elena se acercó a la fotografía:
- ¿Qué significa esto?
- ¿Perdón, señora? – se excusó el policía.
- Este hombre.... este hombre es el hermano de mi padre. Era cura. Falleció hace quince años. Era el padrino de Elena.

Y colorín, colorado, este relato se ha acabado. Todos tenemos a alguien que nos protege ¿no lo sabíais?
FIN.

(c) Con permiso de publicación de Anika

Te Estoy Viendo

Escrito por Anika

Un día me dijo que era vidente, y no es que no le creyera, pero me muestro generalmente bastante incrédula respecto a estos temas. Lo que no veo, no existe para mí. No digo que debiera haberle creído sólo porque le estimaba ya que en mi opinión la amistad y la confianza son muy importantes, pero simplemente hice un esfuerzo y le di el beneficio de la duda. ¿Y si era yo la que estaba equivocada?.

No volvimos a hablar del tema hasta que un día volvió a aparecer en el chat donde estábamos hablando y me envió un privado. Era una de esas ventanitas que sólo podíamos ver ella y yo. Absolutamente privado.

ELLA> Hola, ¿seguimos el tema?

YO> ¡Vale! Pero no creo que puedas convencerme, ya sabes... me cuesta creer estas cosas.

ELLA> No pretendo convencerte de nada, pero nací con ciertos dones y tampoco tengo intención de ocultarlos al mundo.

YO> Eso debe estar bien.


En realidad no sabía qué decirle. ¿Estaba bien? En fin... poco podía decir yo al respecto.

ELLA> Está bien, pero no siempre. Cuando tengo una visión acabo agotada.

YO> ¿Te supone un esfuerzo?

ELLA> Sí, bastante esfuerzo.

YO> ¿Y por qué lo haces?

ELLA> No es algo que se elija, se nace con ello.


Hubo un silencio en el que ninguna de las dos parecía saber qué decir. Miré el canal donde nos habíamos conocido siete meses atrás. Estaban hablando de las próximas vacaciones de verano.
 

ELLA> ¿Sigues ahí?

YO> Sí, ¿no puedes verlo? .-Bromeé.


Entonces dijo algo que me asustó.
 

ELLA> Sí, puedo verte.


Tragué saliva y pensé, vaya, me está tomando el pelo y yo caigo como una tonta. Sentí un escalofrío pero decidí presionarla.
 

YO> ¿Ah, sí? Pues dime... ¿con quién estoy?

ELLA> Sola


Bueno, eso podía haberlo comentado antes en el chat y que ella lo hubiese leído. Decidí seguir con aquello como si se tratara de un juego.
 

YO> Dime algo que me sorprenda. Algo que veas en mi habitación.

ELLA> Veo que tienes algunas de las teclas de tu ordenador borradas. Tecleas rápido.

YO> Ya, pero eso puede pasarle a cualquiera. Las letras de los teclados se borran.

ELLA> Tú tienes borrada la A, la S, la L y la M.


Miré mi teclado más curiosa que horrorizada, pero de la curiosidad a la ansiedad hubo tan sólo un instante. Ya no me hacía tanta gracia el juego. Mi condición de incrédula, no obstante, me hizo ir más allá.
 

YO> Amiga... estoy segura de que casi todos tenemos las mismas letras borradas. Dime algo que sorprenda de verdad.

ELLA> ¿Por qué quieres seguir con esto si no me crees?


Buena pregunta, pensé.

 
YO> Igual para conocerte un poquito más, o para experimentar algo que no haya experimentado antes.


En ese momento supe que ella sonreía desde su lado del monitor. Internet es un sitio curioso. Estás en tu casa, en camiseta de tirantes y pantalón corto, descalza y con el ventilador puesto cuando al otro lado de la pantalla alguien te habla abrigado hasta el cuello, con un par de calcetines y la estufa puesta porque tú estás disfrutando del inminente verano y ellos aún están pasando el clima del invierno.

Mi amiga se había mostrado siempre amable, abierta, simpática y con un buen sentido del humor. Se podía decir que coincidíamos en todo menos en este tema. No nos gustaba el fútbol, adorábamos las comedias, nos encantaba Oscar Wilde, ambas habíamos visitado Orlando, a las dos se nos había muerto el padre... ¡eran tantas cosas las que nos acercaron y nos hicieron grandes amigas!.
 

ELLA> ¿Cómo llevas el libro? –Preguntó de pronto.

YO> ¿Qué libro?

ELLA> El que tienes encima de la mesa... déjame ver... La fuerza bruta, de John Steinbeck.


Miré a mi derecha con los ojos como platos. ¿Se lo había dicho? ¿Le había dicho que lo había empezado o que iba a leerlo? ¿Le había dicho que solía poner los libros en mi mesa porque me encantaba mirar una y mil veces las portadas de los libros que me estaba leyendo? Evidentemente, la respuesta debía ser sí.
 

YO> Acabo de empezarlo.


Lo escribí sin dejar notar nada sobre mi –todavía- sorpresa.

 
ELLA> Yo no lo he leído.

YO> Ya te diré qué me parece.


En el chat general el tema de conversación giraba en torno a las lanchas motoras. No me pareció más interesante que mi conversación en privado y me puse a pensar qué podía preguntarle para descubrirla o rendirme a sus pies definitivamente. Pero habló ella.
 

ELLA> Alguien va a llamar a la puerta.

YO> Ah, pues ve, te espero.

ELLA> No. Es en tu casa.


Sonreí incrédula. Iba a poner una risa (jajajaja) cuando sonó el timbre. Miré hacia la puerta de la habitación. Mis ojos volvieron a la frase premonitoria de mi amiga.
 

YO> Ahora vengo.

ELLA> Ok.


Llegué hasta la puerta y miré por la mirilla. Un vendedor de alfombras.
- No me interesa. –Dije para no tener que abrir.
El chico dijo algo que sonó despectivo y se marchó a otro piso.
Volví al chat.
 

YO> ¿Cómo lo sabías? Era un vendedor de alfombras.

ELLA> Te he dicho que puedo verte.


Sopesé la posibilidad de que tuviera razón pero mi sensatez lo negaba una y otra vez. No había nacido yo para creérmelo todo, y menos aún aquello que escapaba a la lógica. Mi amiga no sólo estaba en su casa, sino que estaba en otro país y teníamos distinta franja horaria.
 

ELLA> ¿Sabes? Algo me dice que debo seguir mirándote. No te asustes pero...

YO> pero???????

ELLA> Es que no sabría explicártelo. Generalmente tengo visiones premonitorias, otras veces, como hoy, puedo provocar el verte. Aparecen imágenes frente a mí y te veo, veo tu habitación, pero esto supone un gran esfuerzo. Me duele la cabeza.

YO> Ya, pero... ¿y el “pero” que decías?

ELLA> Es que no quiero asustarte pero presiento algo raro.

YO> Ahora sí que me estás asustando.


¡Pero qué poca firmeza tenía, por Dios! ¡Ahora estaba asustándome de verdad! Yo, la incrédula, la que si no ve, no cree. Me sentía agitada. Quizás se debía a que eran pasadas las diez de la noche ya, estaba sola en casa y la última persona que había visto había sido un desconocido poco amable desde una mirilla. Al menos aún podía escuchar el volumen alto de un televisor. Era mi vecina, una viejecita que estaba algo sorda.
 

YO> No sé pero... quizás deberíamos cambiar de tema.

YO> No es que me hayas convencido pero...

ELLA> :) No te preocupes, te entiendo. ¿Tengo tu permiso para seguir observando?

YO> Claro, pero que conste que no tengo tan claro que puedes verme. Mi sesera me impide creerte. :)


Miré de nuevo el chat para ver si surgía algún tema en el que pudiera involucrarme pero estaba parado. Había unos siete miembros en el chat y ninguno de ellos hablaba. Todos estaban en privados. Miré la ventanita del privado de mi amiga.

Iba a escribir algo cuando ví que ella se me había adelantado.
 

ELLA> Cielo, ahora no te asustes pero, no estás sola.


Sentí un escalofrío en mis piernas y mis brazos. Tanto se erizó el vello que me dolió. ¿Cómo se podía calificar a una de “cielo” para luego decirle que no estabas sola en la habitación?.
 

YO> ¿Qué quieres decir? Me estás poniendo nerviosa.

ELLA> No puedo identificarle pero está detrás de ti

YO> Por favor para

ELLA> No se mueve casi, no te asustes, déjame observarle.

YO> Estoy asustada


Ahora sí que lo estaba. Miraba la ventana. Oscuridad total. No me atrevía a girarme hacia atrás. ¿Y si veía algo que no quería ver? ¿Y si allí estaba mi amiga? ¡u otra persona! Eso aún era peor... comencé a notar un nudo en la garganta. Hubiera querido ser más valiente o más cobarde y llorar, pero estaba estancada en mi propia lucha para creer o no creer.
 

ELLA> ¿Notas frío a tu alrededor?


Su pregunta me llegó casi cuando estaba a punto de apagar el ordenador y encender la luz del techo para meterme rápidamente en la cama y olvidarme del tema.
 

YO> Estamos a más de 30 grados.- Le informé.

ELLA> Ok. Es que no consigo entrar en él.

YO> ¿¿¿EL??? ¿entrar??

ELLA> Se muestra como una estatua por eso no me deja descubrirle. No sé si es bueno o tiene malas intenciones. Sólo sé que está ahí, estático.

YO> Yo no veo a nadie... esto no me gusta.

ELLA> Ya te dije que no te asustaras, cielo. Además, yo estoy contigo.

YO> Sí, a miles de kilómetros de distancia.


Entonces lo noté. Una especie de roce helado, como si hubieran puesto una mano sobre mi brazo. En la zona donde la sentí el pelo de mi brazo se erizó. Completamente en alto. El resto de mi cuerpo no notó nada.
 

YO> ¡Está pasando algo!

ELLA> ¿Qué??

YO> He sentido un frío helado en mi brazo.

ELLA> Tranquilízate.

YO> Se me ha erizado el pelo, tengo una extraña sensación.


Comenzaba a ser pánico.
 

ELLA> Cielo, tranquila, hazme caso.

YO> Esto es muy raro

YO> Estoy asustada

YO> Necesito tranquilizarme, estoy.... joder!

YO> joder joder joder joder joder

ELLA> ¿Quieres dejar de escribir?

YO> joder joder joder joder joder

ELLA> Te va a dar una taquicardia, tranquilízate.


Y entonces noté un soplo frío en un mi cuello, como si me hubieran tirado el aliento.
 

YO> ¿Qué significa el frío del que me hablabas?

ELLA> El frío lo transmiten los muertos cuando se acercan, generalmente algo enfadados o...

YO> ¿OOOOOO??????????

ELLA> violentos

YO> ¿VIOLENTOS?????

YO> Joder ayúdame, qué hagooooooooo?????

ELLA> Tranquilízate, yo no lo he visto moverse.

YO> ¡Haz algo!

ELLA> Cielo ¿quieres tranquilizarte?

YO> ¡Hay alguien conmigo joder! Tengo un muerto tirándome su aliento en mi espalda, estoy acojonada estoy asustada estoy llorando

ELLA> Cielo.... ¿te importaría escucharme? Deja de escribir y lee esto


Hice un esfuerzo. Para mí escribir suponía no mirar atrás y leer palabras, ya fueran suyas o mías, sentirme menos sola en mi habitación.
 

ELLA> No hay nadie, cariño.

YO> Lo dices para tranquilizarme.

ELLA> NO HAY NADIE

YO> Está aquí, lo siento, lo presiento lo notooooooo

ELLA> Ok. Escúchame. Era broma.

YO> ¿Broma????

ELLA> Quería demostrarte que no existen los incrédulos, cálmate por favor. Yo no veo nada, es cierto que a veces tengo visiones premonitorias, como cuando han llamado a la puerta, pero no puedo obligarme a ver a nadie.

YO> pero yo siento algo
 

Esto último lo escribí con lágrimas en los ojos y más asustada que nunca.

Sus palabras no me tranquilizaban. Las lágrimas a veces me impedían leer bien pero me las quitaba restregándome en segundos los ojos o apretando los párpardos para que salieran disparadas y dejaran de molestarme.
 

ELLA> Voy a llamarte por teléfono.


Pocos segundos después sonaba el timbre del teléfono. ¿Había hecho ella misma una conferencia para convencerme de que no existían las videntes ahora que ya me lo había creído?. Fui a descolgar pero ocurrió algo que congeló mi mano en el aire.
 

ELLA> Cielo, no puedo llamarte sin desconectar esto. Sólo tengo una línea. ¿Puedo llamarte o prefieres que sigamos aquí?


Cuando ya tenía puesta la mano en el auricular ví su privado. ¿Cómo podía escribirme y llamarme a la vez? Miré el identificador de llamadas antes de descolgar. No había número, era anónimo. No era ella. Eso lo tenía claro después de haber visto el privado.

Respiré hondo y dudé entre contestar al privado o descolgar el teléfono. Me decidí por la llamada.
- Dígame.
- Tu amiga va a a morir mientras tú escuchas este mensaje.

Jamás había sentido tanto miedo y jamás en mi vida mi corazón había dado un vuelco tan grande ni mis piernas –aún sentada- me habían fallado con tal rapidez. Me hice de mantequilla. Comenzó a darme vueltas la habitación y luché por recuperar el aliento.

De pronto la línea se cortó y comenzó el molesto pitido de “comunicando”.
Solté el auricular como si me quemara en las manos.
Volví rápidamente al chat, al privado. Tecleé tan rápido que lo escribí todo mal.

YO> ?ESta`s ahí´?
YO> respondeeee!!!!
YO> responde por favvor!!!!
YO> ¿no me lees¿¿¿
YO> DI ALGOOOOOOOO


Histérica, cogí mi agenda y marqué su número de teléfono. Yo sí tenía dos líneas y podía permitirme permanecer en internet mientras le llamaba. Conseguí comunicación con el extranjero y esperé... esperé nerviosa, mordiéndome el labio, más agitada que entera, más asustada que nunca... prácticamente bailaba en mi asiento.

Pero no contestaba.

Colgué furiosa pegándole tal golpe al auricular que pensé que me habría cargado el teléfono. Volví al privado y traté de que mi amiga respondiera. No lo hacía. Al final apareció un mensaje en mi privado. En su ventana.
 

ELLA> Ahora sí te veo. No tengas miedo. Sólo me quedaré un momento.


Sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. El chat me indicó que tras escribir esa última frase, mi amiga había salido del chat. Ya no estaba allí. No se había despedido de nadie, ni de mí, ni del resto de los miembros del chat. Había desconectado.

Miré fijamente la pantalla que sólo se movía ahora en el chat general. Ni siquiera sé de qué estaban hablando. Para mí todas las líneas no tenían significado, sólo podía mirar su último comentario del privado. “Ahora sí te veo. No tengas miedo. Sólo me quedaré un momento”.

Entonces lo entendí.
Comencé a llorar desesperada.

Mis manos corrieron a mis ojos y lloré sofocada, entendiendo que mi amiga había muerto, que era yo la que había tenido el presentimiento y la premonición, y que ahora ella estaba a mi lado. Esta extraña comprensión me hizo girarme y mirar mi habitación vacía. No quería creer que no estuviera allí. No podía, no después de todo....

Una caricia, tan suave que apenas era como un suspiro, acarició mi cabeza. Transmitió tal cantidad de paz que lejos de asustarme me relajó. Mis lágrimas continuaron cayendo por las mejillas. Ya no las secaba. Miraba al vacío sabiendo que ella estaba frente a mí.

- ¿Qué te han hecho? . –Pregunté al aire.
- Pssss.
Respiré hondo al escuchar ese sonido. Era como cuando era pequeña, tenía miedo y mi madre ponía su dedo en la boca y soplaba para que olvidara el tema y pensara en cosas bonitas.

Ladeé triste la cabeza. La paz de su caricia no me abandonaba pero sabía que éste sería nuestro primer y último encuentro sin el ordenador de por medio. Me tembló el labio.
- Te echaré de menos.

En ese momento en el ordenador hubo un movimiento general. Se minimizó el chat, se abrió solo un tratamiento de textos, y apareció una corta frase en una página en blanco:

Y yo a ti.

FIN.

(c) Con permiso de publicación de Anika