Bienvenidos, pequeños míos, acomodaos en mi humilde morada, espero que la humedad y suciedad, y el hedor de los cadáveres en descomposición no os moleste.

El Tío Pennywise va a pasar un rato con vosotros, voy a contaros dos aterradoras historias, que estoy seguro de que os agradaran. Historias para sentir escalofríos en el Umbral de la Noche

 

LA HUMANIDAD DORMIDA

Por Luis Bermer / Portada: Azramari

El Apocalipsis no fue como lo imaginamos.

 No fueron las bombas atómicas, ni los desastres naturales, ni una feroz pandemia vírica, no…no fue nada de eso. Nuestro final llegó con la alteración de un acto cotidiano: la humanidad quedó dormida.

 Inesperado para nosotros, pero largamente premeditado por ellos, nuestros genocidas, nacidos más allá del sistema Oberón. Cuando los primeros hombres caminaron sobre la tierra, ellos se hicieron presentes en los cielos. Así se convirtieron en dioses, luego en mitos, para implantarse por siempre en la tierna mente humana. Y durante generaciones, no dejaron de aparecer y desaparecer sus extraños objetos volantes, en su misión de modificar nuestros cerebros, preparándolos para el Día, y protegidos por nuestros inducidos deseos de contactar con civilizaciones extraterrestres.

24-Agosto-2012: Día del Juicio Final.

En el anochecer de este día, el plan milenario llegó a su culmen: todos los cielos de la Tierra se vieron cubiertos por sus artefactos. Millones de ojos estupefactos miraron hacia arriba por última vez. Y activaron los increíbles patrones lumínicos –un espectáculo sobrecogedor, inenarrable- que nuestros cerebros, condicionados durante siglos, esperaban para desactivarse, para caer en un sueño infinito. Y salvo niños, ciegos y algún ejemplar defectuoso como yo, todos cayeron. Después bajaron en sus naves recolectoras para llevárselos, como quien recoge filetes en un supermercado. Cruel destino del Hombre.

Por miles…millones. Una lluvia de insectos metálicos a cámara lenta, imagen de una plaga bella y siniestra, inconcebible, como un pasaje futurista extraviado del Antiguo Testamento. Un Apocalipsis silencioso.

Y, aterrado, contemplé su descenso de los vehículos de invasión. Ahora tengo la certeza de que Dios no existe, no puede existir. Y si no es así, si realmente vive el Creador de estas abominaciones, entonces estamos condenados para la eternidad, sin esperanza. Dios es una monstruosidad. A su imagen y semejanza.

En mi huida desesperada de la ciudad, mi mente grabó escenas que me torturarán hasta que me alcance la muerte, que apuesto cercana. A mí me ignoraron, tal vez sabedores de que no existe un solo lugar que pueda servir de refugio. Hambrientos tras su largo viaje, comenzaron pronto su festín macabro. En las calles, por las avenidas, en los parques, dentro de las viviendas, en los altos edificios…Nunca olvidaré aquellos gritos de los que despertaban, mientras eran devorados…

Gritos que duraron días, que el viento arrastraba a kilómetros de la ciudad. Con los ojos ahogados en lágrimas, yo escuchaba, golpeando el suelo, sangrando, enajenado. Testigo del infierno en la Tierra.

Después cayó el Gran Silencio. El anuncio de que el mundo era ya un inmenso cementerio, un desierto de vida.

Fue al anochecer del día siguiente, tal y como habían llegado, cuando emprendieron su viaje de regreso. Como una plaga de brillantes langostas, abandonaron el fértil campo de la ciudad aún iluminada, con sus bodegas cargadas con mis seres queridos. Mis hijos, mi mujer, mis padres y mis…millones de hermanos. Sí…porque mientras los veía elevarse hacia las estrellas lo comprendí en un segundo, una suerte de revelación: todos los humanos, sin excepción, eran mis hermanos. De sangre, de especie. Y ahora los perdía para siempre.

Sólo nosotros quedamos.

Niños, ciegos…y algunos extraños supervivientes.

 Como las semillas primigenias de la próxima cosecha de carne.

LA RATA

Escrito por Anika

Nacimiento del relato: Soy conocida en mis relatos por dos cosas, tener el récord de muertos, y hacer historias con tintes sobrenaturales y fantasmas. Es por eso que un día decidí escribir una historia de terror sin fantasmas ni muertos, y salió redondo. En aquella época estaba en el foro Ernest Valdemar, y recuerdo que me encantó leer lo que puso dado que dijo algo parecido a lo que yo quería expresar "se puede hacer un espeluznante relato de terror sin utilizar fantasmas".



LA RATA

Cuando era niña, quizás con seis o siete años, su cuerpo y su mente no habían soportado el dolor de ser objeto de los abusos de su padre, e inconscientemente creó un muro entre ella y las violaciones. Cada vez que escuchaba el sonido de las llaves de su padre, ésas que colgaban de un llavero con un muñequito cuya intención era “entretener” a la niña para que no se quejara, su cuerpo se tensaba y terminaba por desmayarse. Ella seguía despierta pero su cuerpo dormía anestesiado, incapaz de moverse o sentir dolor. Así, cada arremetida del padre era soportada por el cuerpo inerte de la niña que miraba llorando hacia la derecha, allí donde reposaba el llavero que ella jamás tocaba. Su padre no lo sabía, pero Carolina en aquellos momentos sólo podía mover la cabeza… el resto de su cuerpo tenía la coraza de la inmovibilidad. Paralítica como se quedaba, no sentía absolutamente nada. Lloraba de miedo.

Bajó las escaleras del sótano para llevar la ropa sucia a la lavandería. Desde que vivía en Los Ángeles se había acostumbrado a aquella extraña costumbre de no tener lavadora propia y cargar con su cesta escaleras abajo para volver un rato más tarde a casa con sus pantalones, camisetas y ropa interior seca.

Como de costumbre metió su ropa sucia en la lavadora-secadora y esperó sentada en el suelo con un libro abierto. Las frustraciones y el dolor de su infancia le llevaron a interesarse por la literatura con un fin concreto: vivir otras vidas y olvidarse de la suya. Tenía ya veintisiete años y seguía leyendo novelas con finales felices. Carolina se sentó en el suelo con un libro que, le habían prometido, acababa muy bien.

El ruido de la lavadora era su único acompañante. A veces se juntaba allí abajo con alguna vecina con la que charlaba el rato que necesitaba la ropa en quedar limpia y luego se despedía, pero aquellos eran los únicos momentos que compartía con sus vecinos. Carolina se había vuelto retraída y sólo hablaba cuando alguien le dirigía primero la palabra. Aquella noche bajó sola y no había nadie en el sótano.

Abrió el libro por donde había dejado su marca-páginas y se puso a leer.

Habrían pasado veinte minutos cuando escuchó un sonido que no pertenecía a las máquinas ni a su propia respiración. Era un tintineo. Llaves.

Sintió un escalofrío y se quedó inmóvil. A su mente llegó una imagen: el muñequito que colgaba del llavero de su padre. Se levantó asustada y miró hacia las escaleras. Volvió a escuchar las llaves y tragó saliva. Notó cómo se le secaba la garganta.

Dio un paso hacia atrás con los ojos prácticamente saliéndose de sus órbitas. No veía nada, pero presentía que no estaba sola. El libro cayó de su mano y el mismo golpe sordo que produjo le produjo un vuelco al corazón. Entonces volvió a escuchar el tintineo que le devolvía a su triste infancia y las piernas le fallaron.

Cayó al suelo.

Quedó inmovilizada.

Parpadeaba asustada porque era consciente de su situación. Ningún músculo de su cuerpo podía moverse. Ella había creado ese muro en su infancia y ahora no sabía controlarlo. Lo había olvidado hacía mucho tiempo y volver a sufrir la parálisis le produjo un terror casi más grande del que sentía cuando era visitada por su padre cuando estaban a solas en casa. Eran muchos años sin que su cuerpo utilizara la coraza que había creado y no estaba preparada para volver a pasar por ahí.

Le dolía la garganta. La tenía seca, como si no hubiera bebido durante meses y hubiera sufrido los calores del desierto. Los ojos se movían bailando en sus cuencas y continuaba parpadeando pero se sentía incapaz incluso de pronunciar una palabra de auxilio. Tampoco era capaz de llorar. Tenía pánico, sí, pero sólo sus ojos aterrorizados, la mueca contraída de su boca y su agitado corazón daban muestras de ello.

Entonces escuchó un ruidito y sintió un vuelco al corazón.

No era un tintineo de llaves.

Era una rata deslizándose hacia ella.

Sucia, enorme, con unos dientes podridos y afilados, caminaba olisqueando su cuerpo y se acercaba sigilosamente hacia Carolina. Ella gimió pero no pudo abrir la boca. Vio a la rata caminar arrastrando su asquerosa cola y le horrorizaron sus bigotes, su cara, sus ojos rojos…

Carolina comenzó a llorar. Tenía que levantarse, tenía que recuperar el movimiento. ¡Aquel no era su padre! Un esfuerzo… un esfuerzo…

Imposible.

El pánico la envolvía y no había retroceso. La única forma de recuperar el control era escapar de la situación. Estaba en manos de la rata. Si se marchaba podría volver a levantarse, si permanecía allí jamás sería capaz de mover un sólo músculo que no fuera su rostro, sus ojos o su boca.

Y ella, sucia y probablemente llena de enfermedades, retomaba el camino acercándose lenta y peligrosamente hacia su cara.

Gimió más fuerte, buscando fuerzas para chillar con el fin de ser escuchada por alguien. Y mientras luchaba por conseguirlo la rata llegó hasta su cara. Allí se paró y olisqueó un poco más. Alzó las garras y subió sus patas delanteras sobre la mejilla de Carolina.

Se iba a desmayar y no había nadie para ayudarla.

La sucia y enorme rata acercó su hocico a la boca de Carolina que la contraía en una mueca de terror sin atreverse a moverse hacia otro lado. Si lo hacía, probablemente la rata ante el movimiento le daría un bocado en el cuello. Se sintió presa del pánico más terrorífico que hubiera podido sentir. Ni en un millón de años pensó que habría algo peor que las violaciones de su padre, pero ahora, después de tanto tiempo, creía que había llegado al límite y estaba conociendo la tortura. Y su torturador no era de su familia.

Un ruido seco producido por la lavadora llamó la atención de la repugnante rata que giró la cabeza en dirección a la máquina, y mientras decidía si seguir su inspección sobre el cuerpo humano que olía a distancia a sangre fresca, unos pasos en la escalera le hicieron huir del sótano escondiéndose en el orificio de la pared por donde había salido.

Cuando la vecina entró en el sótano pensó que Carolina había sufrido algún tipo de ataque epiléptico, y lejos de abandonarla allí utilizó su móvil para llamar a urgencias, sin embargo no había cobertura y tuvo que salir de la estancia prometiéndole volver.

No, no… quiso decir Carolina.

La chica se marchó y Carolina volvió a quedar sola. En aquel mismo instante la rata corrió furiosa hacia su cuerpo con el olor de la sangre fresca en su memoria y mordió rabiosa el cuello de Carolina que apartó aterrorizada su rostro hacia la izquierda. Urgó urgentemente en el cuello blando y se marchó de allí con un trofeo a esconder en su hogar, y allí dejó a su víctima sollozando.

Tres años después Carolina aún no había conseguido hablar coherentemente. Los médicos no tenían muy claro si su locura se debía al episodio de la rata cuyos dientes y garras le dejaron una cicatriz terrible y unas infecciones que necesitaron cura o a algo más, pues Carolina a veces despertaba en sueños gritando “¡No, papá!”. La celda donde se encontraba no se parecía a su casa ni a su apartamento de adulta, pero no podría salir del psiquiátrico hasta que recuperara el control sobre su pánico. Según los médicos, eso sólo podría ocurrir si empezaba a razonar, y Carolina había perdido la razón.


 
© Anika