Bienvenidos, pequeños míos, acomodaos en mi humilde morada, espero que la humedad y suciedad, y el hedor de los cadáveres en descomposición no os moleste.

El Tío Pennywise va a pasar un rato con vosotros, voy a contaros dos aterradoras historias, que estoy seguro de que os agradaran. Historias para sentir escalofríos en el Umbral de la Noche…

La Tercera Vía

por Jerónimo Thompson

La señora Halloway decidió que compraría las chirimoyas ella misma.

Así que ni corta, ni perezosa, saltó de la cama con una energía impropia de su edad; con tan mala suerte, que tropezó con el orinal que reposaba junto a sus zapatillas, y fue a dar de cabeza contra la esquina del tocador.

Lamentablemente, murió en el acto.

-Qué forma más estúpida de morir –reflexionó en alto para sí misma, observando su cuerpo caído sobre el suelo del dormitorio. Si bien es cierto que no tiene mucho sentido decir que reflexionó en alto para sí misma, cuando: 1) estaba muerta, y 2) los muertos no hablan en alto (en todo caso, cuchichean).

Valga decir entonces, que el espectro de la señora Halloway pronunció estas palabras en lo que ella pensaba que sería un volumen alto, a pesar de que no llegó a abrir la boca siquiera.

-Ninguna muerte es estúpida, si llega en el momento oportuno –sentenció una voz masculina a su espalda (espalda espectral).      

Con cierto sobresalto, la recién fallecida se volvió hacia el origen de la voz encontrando, con no poca sorpresa, a una pareja de jóvenes elegantemente vestidos con trajes oscuros, muy sobrios, como de empleados de una funeraria.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Y cómo han entrado en mi casa? –preguntó con suspicacia, sin pararse mucho a pensar en lo ridículo que resultaba preocuparse por aquellas cuestiones en su actual situación.

El hombre, de pelo moreno y rasgos poco definidos, sonrió antes de contestar, mostrando dos hileras de lo que parecían ser pequeñas piezas de porcelana.

-Estimada señora… -.

-…Halloway –apuntó su compañera en un susurro, tras hojear una diminuta libreta que llevaba guardada en el bolsillo de la chaqueta.

-Señora Halloway, por supuesto –afirmó el otro con rotundidad. –Permítame que le entregue nuestra tarjeta-.

La desconcertada mujer-espectro recibió de manos del joven una tarjeta rectangular de material flexible, similar al cuero, y color verde oscuro. En ella, pudo leer las siguientes frases escritas con letras doradas:

“Ni Cielo, ni Infierno”. “Otro no-mundo es posible”. “Elija la Tercera Vía”.

La señora Halloway giró la tarjeta, buscando en el reverso una posible explicación al texto. Al no hallarla, alzó de nuevo la vista hacia aquel hombre tan extraño, que la estaba importunando en un momento que, sin duda, se prestaba a otro tipo de encuentros y ceremonias.

-¿Le importaría explicarme que significa esto, caballero?-.

-No se impaciente, señora Halloway. Sé que aún se encuentra un poco confundida por lo ocurrido, pero créame, es importante que nos escuche ahora. Antes de que lleguen… los otros-.

La venerable mujer se limitó a estudiar con creciente impaciencia el rostro del supuesto empleado de funeraria; y no sacando nada de ello, también el de su acompañante, la señorita de pocas palabras. Sin embargo, ésta última se encontraba muy ocupada tratando de pasar lo más desapercibida posible, silbando y mirando hacia otro lado, como si no quisiera tener nada que ver con lo que allí estaba pasando.

-Pero vamos a ver… -dijo la señora Halloway algo irritada. -¿Se puede saber qué es lo que quieren ustedes de mí?-.

-Estimada señora –volvió a sonreír el otro, inasequible al desaliento. –Creo que la tarjeta lo deja bien claro: venimos a ofrecerle una alternativa a su actual situación. “Ni Cielo, ni Infierno”. Nosotros somos la Tercera Vía-.

-¿Tercera Vía? ¿Han venido hasta aquí para llevarme al Limbo? –se atrevió a aventurar el espectro de la mujer.

-Te lo dije –le reprochó la joven a su compañero en un tono de voz muy bajo (y no volvamos a discutir sobre el volumen que puede o no puede tener la voz de un muerto, por favor). –El slogan es confuso-.

-Este no es el momento… –repuso el hombre, dirigiéndose a continuación hacia la impaciente señora Halloway: -No señora, nosotros no tenemos nada que ver ni con el Limbo, ni con ningún otro… “lugar sobrenatural” –subrayó, indicando el entrecomillado con sus propios dedos. –Lo que le estamos ofreciendo es la opción libre y humanista de hacer con su no-vida lo que usted desee, y no lo que sus creencias, posiblemente caducas, le marquen-.

Por difícil que pueda parecer, el rostro espectral de la señora Halloway reflejó aún más confusión de la que había estado mostrando hasta ese momento.

-¿Cómo?-.

-Nosotros, los miembros de la Tercera Vía, negamos la existencia de cualquier visión romántica del Más Allá, ya la quieran llamar Cielo, Infierno o Nirvana, y animamos a los recién fallecidos a permanecer aquí, en el mundo terrenal. El único que existe-.

-Pero ustedes… También están muertos, ¿no?-.

-Efectivamente-.

-¿Y aún así niegan que exista el Más Allá?-.

-Señora mía, la muerte no es más que un simple cambio de perspectiva. Radical, es cierto, pero no necesariamente traumático. La vida, o existencia si lo prefiere, continúa. Y no tenemos por qué marcharnos a ningún otro sitio, como si de repente nos hubiésemos convertido en inquilinos desahuciados-.

La señora Halloway rumió toda aquella información con esforzada diligencia.

-Entonces, ¿qué debo hacer ahora que estoy muerta?-.

-Nada en absoluto. Quédese aquí, en su casa, y siga adelante con su no-vida como si nada hubiera ocurrido –sentenció el otro, sin perder en ningún momento su eterna sonrisa prefabricada.

-¿Pero eso no me convertiría en… un fantasma?-.

El joven chasqueó la lengua con evidente gesto de desaprobación.

-Por favor, señora, no utilice esa terminología acuñada por los medios de desinformación. Créame: éste es su sitio, y no hay ninguna razón por la que tenga que marcharse de aquí-.

Mientras el inesperado visitante terminaba de soltar aquel discurso, pronunciado sin duda en multitud de ocasiones, su compañera empezó a olisquear el aire arrugando la nariz, como si algo se estuviera quemando allí mismo.

-Azufre… -indicó solícita.

-¿Azufre? Vaya, quién lo hubiera dicho, señora Halloway. En fin, nosotros tenemos que irnos ya, pero recuerde amiga mía: la decisión está en su mano. “Elija la Tercera Vía”-.

Acto seguido, como si de un mal sueño se tratase, los dos personajes se desvanecieron en el aire sin dejar el más leve rastro tras de sí. Sólo para verse sustituidos de inmediato por otra pareja de lo que sólo podría calificarse como demonios: piel roja, cuernos de cabra en la cabeza, cola puntiaguda…

El más alto de los recién llegados se dirigió a la fallecida haciendo gala de unos modales exquisitos:

-¿Señora Halloway? Me temo que ha llegado el momento de que nos acompañe hasta su próximo destino. No le voy a engañar: es el Infierno –aseguró el demonio de ojos verdes y refulgentes.

La venerable mujer permaneció pensativa durante unos instantes, valorando sus opciones, hasta que finalmente respondió:

-Lo lamento, caballeros. Pero creo que voy a elegir… la Tercera Vía-.

El demonio mostró en su rostro una expresión que mezclaba la sorpresa con la decepción más absoluta:

-¿Ya han estado aquí esos ateos?-.

-Es la cuarta vez que se nos adelantan esta semana… -añadió el segundo demonio.

-¿Puedo… quedarme aquí? –preguntó la señora Halloway.

-Usted misma, señora, pero nosotros no vamos a volver otra vez a por usted, ¿lo entiende?-.

-Sí…-.

-¿Y aún así está segura de que prefiere quedarse aquí?-.

-Sí…-.

-Nos vamos, entonces –murmuró el demonio con aire ofendido, desapareciendo en el aire junto a su compañero como ya hiciera la anterior visita.

La señora Halloway se quedó muy quieta durante unos momentos. Después se volvió para mirar su cuerpo caído sobre el suelo. Finalmente, salió del dormitorio en dirección a la frutería de la esquina.

Había decidido comprar las chirimoyas ella misma.

Escenas de Matrimonio

Por Jerónimo Thompson

-¡Papá! –gritó la niña desde su habitación, en mitad de la madrugada.

-Te llaman… -murmuró la madre medio dormida, al otro lado del pasillo, propinando un ligero codazo a su marido para que reaccionara.

-Hoy te toca a ti… -respondió el hombre con una voz salida de lo más profundo de su sueño, mientras tiraba de la manta hacia él.

-¿Ha dicho mamá? Yo no he oído que haya dicho mamá… –repuso la mujer dándose la vuelta.

-¡Papá! –repitió la niña.

-Voy, joder. Ya voy –masculló al fin el padre con aire resignado, mientras buscaba las zapatillas, tanteando el suelo del dormitorio con los pies. Salió al pasillo escasamente iluminado por la luz que llegaba desde la calle, y se dirigió aún aletargado hacia la habitación de su hija.

-¿Qué pasa, cariño? ¿Tienes sed?-.

La niña estaba sentada en su cama, con las piernas encogidas sobre el cuerpo.

-Papá, hay un monstruo en el armario –dijo señalando al mueble de madera, apenas visible bajo el ténue resplandor de una lámpara de mesa. –Está haciendo ruido-.

-Pero cariño, eso es imposible… -respondió el hombre mostrando toda la seguridad que debe transmitir un padre a su hijo cuando trata de aplacar su miedo. –Mira, verás como tengo razón-.

El hombre se aproximó al armario; abrió sus puertas y echando a un lado las diferentes prendas de ropa que colgaban de las perchas, observó detenidamente su interior. Entonces, justo en el momento en que se disponía a volverse hacia la niña para decirle “¿lo ves?”, una mano sucia de aspecto gangrenado surgió de las sombras del fondo agarrándole fuertemente por su brazo izquierdo.

-¡Mierda! –gritó el padre forcejeando hacia atrás, mientras trataba de deshacerse de aquella cosa. Desde lo más profundo del armario, le llegaron una serie de gruñidos inarticulados que parecían felicitarse por la presa cazada.

Al girarse entonces desesperado hacia su hija para pedirle ayuda, se encontró con que la niña ya había corrido hasta su lado, y le ofrecía con diligencia la pequeña hacha que descansaba sobre su mesita de noche.

 Sin cruzar una palabra con ella, cogió rápidamente el arma que de sus pequeñas manos y arremetió contra la muñeca de aquella cosa, con la efectividad que proporciona la práctica. Seguidamente, cerró de golpe las puertas del armario, ignorando los gorgoteos dolientes que le llegaban desde el otro lado, y aseguró las mismas colocando un escritorio frente a ellas.

El hombre se tomó unos segundos para recuperar el aliento, y a continuación, se volvió hacia su hija, que le observaba con ojos expectantes:

-Bueno, cariño, esto ya está arreglado –dijo mostrándole la extremidad putrefacta que aún se aferraba a su brazo. -¿Ves? Ahora el monstruo no tiene mano para cogerte-.

La niña asintió, sonriendo tímidamente a su padre.

-Mañana clavaré unos tablones ahí dentro para que no vuelvan a salir, ¿vale? Pero ahora hay que dormir: venga, a la cama-.

Después de darle un beso a su hija, y arroparla cuidadosamente, el hombre tiró la mano en una papelera situada junto a la puerta de la habitación, y se volvió hacia su cuarto, donde su esposa aún dormía.

Se sentía realmente agotado, y se metió bajo la manta sin más dilación.

-¿Qué es lo que quería? –preguntó la mujer con tono somnoliento.

-La niña decía que había un monstruo dentro del armario y… bueno, era cierto-.

-¿Cómo? –exclamó ella volviéndose hacia él.

-No sé, supongo que habrá algún hueco entre la pared de su habitación y la del cuarto de baño, y han subido por ahí-.

-No me lo puedo creer. Esta es la tercera vez que ocurre algo así en los dos meses que llevamos aquí-.

-Lo sé, cariño, pero es posible que sea algo temporal y… -.

-Temporal, y una mierda. El barrio entero es una cloaca. ¿Sabías que a la familia que vivía en la casa de enfrente se la comieron hace dos noches?-.

-Seguramente fueron descuidados y…-.

-Ni hablar. Lo que ocurre es que esa gentuza de la agencia inmobiliaria nos ha estafado: garantizaron que toda esta zona se encontraba dentro de los límites estándar de infestación, y sin embargo…-.

-Ya lo hemos hablado antes: esta casa es lo máximo a lo que podemos aspirar con nuestros sueldos. ¿Crees que no me gustaría vivir a mí también en una de esas mansiones de las afueras, blindadas con acero? Pues lo siento, pero esto es lo que hay-.

-No te enfades… Lo único que digo es que… Está bien, da igual. Mañana llamaré a los del seguro para que se encarguen de la reparación de esa pared lo antes posible-.

-Yo mismo puedo llamarles desde el trabajo, no te preocupes por eso. Y ahora durmamos, que mañana no va a haber quien nos levante –concluyó el hombre dándole un beso fugaz a su esposa.

-Buenas noches-.

-Buenas noches, cariño-.

Mientras tanto, al otro lado de las verjas de protección de la casa, los zombis deambulaban por la calle como era su costumbre, a la luz de la luna.