Encrucijada y Action Tales presentan: Sutura
¡LA HORA DE LAS RISAS! PARTE 2
Escrito por The Stranger/ Portada: Edgar Rocha
Anteriormente en Sutura: Una serie de brutales asesinatos en serie ha hecho volver a Sutura a Nueva York. Un salvaje asesino en serie está ocasionando estragos en el mundo de la mafia, masacrando a importantes jefes del crimen y arrancando sus corazones. Mientras los detectives Edland, Brayde, y Sparks, que ya trabajaron juntos en el caso Sutura, intentan encontrar pistas sobre la identidad del asesino, la propia Sutura tiene sus propias sospechas. Ninguno de ellos se acerca al asesino, que se descubre como el Clown, el más peligroso enemigo de Spawn.
A la mañana siguiente.
El detective Ray Sparks sacó su característica libreta de notas, su bolígrafo azul, y empezó a golpear con él la cubierta del objeto que nunca dejaba en casa cuando iba al trabajo. No recordaba de cuantos apuros le había sacado aquella libreta a la hora de recordar ciertos datos, pero debía darle las gracias más veces de las que lo hubiese hecho con algunas personas.
Se agachó ante lo que quedaba del cadáver de uno de los dos guardaespaldas, concretamente, el que estaba dentro del ascensor, y entornó los ojos al observar el agujero que tenía abierto en el pecho, a la altura de donde debía estar su corazón. El espacio vacío y sangrante le saludó.
-No tiene corazón- rezó Sparks sin dejar de mirar el espacio lleno de sangre, huesos rotos, y destrucción.
-Eres ya un detective de primera, ¿eh, Sparks?- bromeó Edland-. Por eso estamos aquí, chico; no tiene corazón.
-¿El otro cadáver tampoco?- preguntó Sparks levantándose.
-Tampoco- le respondió el viejo Brayde, situado junto al otro cadáver-. Descorazonador, ¿no os parece?
-Muy bueno, viejo- Edland apenas sonrió; aún así, el chiste le pareció lo suficientemente macabro como para comentarlo después, lejos de las miradas y oídos de los demás policías que inspeccionaban el lugar del crimen.
El largo pasillo del piso del no menos interminable edificio, parecía el escenario de una película de terror, con el ascensor abierto y parado con su interior lleno de sangre debido al cadáver que allí había. Si a eso se le unía el otro cadáver, totalmente masacrado, y cuyos restos decoraban todo el pasillo en sí, podía decirse que todo estaba convenientemente colocado para que comenzase el nuevo reconocimiento por parte de los detectives del nuevo crimen del caso que tenían entre manos: el misterioso asesino que se llevaba los corazones de sus victimas.
-Sabes que hay una chica, ¿verdad, Sparks?- gruñó Edland.
-¿Dónde?- preguntó el joven detective.
-Dentro del despacho privado de Smithers- respondió velozmente Brayde.
-Quiero verla.
-Y ella a ti, Sparks- dijo Edland entrando en las dependencias de Gary Smithers, dueño de aquel edificio, en especial, de aquella planta y el despacho en el que se estaban metiendo.
Atravesaron las dobles puertas abiertas que habían estado custodiando los dos guardaespaldas cuyos cuerpos sin viuda ya habían inspeccionado, pasaron por el espacio que usaba la secretaria de Smithers para trabajar, y llegaron al despacho del empresario y mafioso de más de ochenta años de edad.
-Aquí no hay nada- se quejó Sparks al ver la limpieza del sitio-. Eso sí, el tipo tenía estilo.
Las paredes eran blancas, los pocos muebles que había también eran blancos, así como las cortinas, las lámparas, los marcos de los cuadros... Solamente, el escritorio y la mayoría de las cosas que había encima eran de otros colores, pero para el detective Edland, aquello parecía la sala de un manicomio que fingía ser otra cosa.
-El señor Smithers tenía un despacho privado para esas cosas- Edland se acercó a una de las paredes cercanas al escritorio del empresario, tanteó por varios sitios, hasta dar con una especie de botón oculto que abría una puerta que conducía a la sala a la que se refería-. Voila. La cerramos antes de que llegases, para darte una sorpresa.
-¿Una sala secreta?- Sparks se acercó a la puerta recién abierta.
-No es extraño verlas en edificios como este, por parte de empresarios y mafiosos paranoicos- intervino Brayde-. He visto muchas de estas en escenas del crimen parecidas; no es algo tanto raro, y Smithers tiene fama de ser muy paranoico.
-¿Escenas del crimen parecidas a esta?- Edland señaló a la sala secreta.
Ray Sparks entró en la nueva habitación, totalmente roja; tanto los muebles, como las luces que la iluminaban, las sabanas de la enorme cama que ocupaba buena parte de la habitación... Creyó sentir un ligero mareo al pasar del blanco total de una estancia, al rojo fulgurante de aquella; el mareo se acrecentó cuando pudo observar el cadáver de la mujer encima de la cama.
Tenía los brazos arrancados, uno de ellos incluso sostenía aún una copa que antes estaba llena de licor; las piernas estaban llenas de heridas que asemejaban a arañazos; le faltaban los ojos, que alguien le había arrancando de la cara y colocado en una de las dos mesitas de noche que había a ambos lados de la cama; por supuesto, le faltaba el corazón, que no estaba en ninguna parte de la habitación.
-¿Una puta?- preguntó Sparks aguantando las nauseas con todas sus fuerzas.
-Laurie Kramer, de diecinueve años de edad- le informó Brayde-. Efectivamente, era una chica de compañía.
-¿Y esas marcas de garras?- preguntó el joven.
-El forense nos lo dirá todo, ¿recuerdas, Sparks?- intervino Edland-. Un forense.
-Siento tener prisa en coger a este jodido asesino, Edland- Ray Sparks salió de la habitación, totalmente asqueado.
-Nosotros también la tenemos, pero hay que seguir el procedimiento- le calmó Brayde-. Tranquilízate, chico. Sabemos que es duro mirar eso de ahí y...
-Era una chica; no “eso de ahí”, Brayde- replicó Sparks-. No es natural, por amor de dios.
-Dejemos las tonterías sentimentales por un rato, chico- gruñó Edland a su manera-. ¿Qué te parece lo que has visto?
-Veamos...- Sparks tomó aire, resopló, miró la puerta abierta de la estancia no tan secreta en ese momento, y alzó su libreta, cerrada en ese momento-. Tenemos tres cadáveres, los tres sin corazón. El asesino acaba con el del ascensor primero; después, mata al del pasillo, al que no le da tiempo siquiera de sacar su pistola, entra aquí, descubre la habitación de Smithers, y mata a la chica. Se lleva los corazones de los tres, y si te he visto no me acuerdo.
-¿Y bien?- preguntó Brayde.
-Falta alguien- Sparks señaló la entrada a la estancia oculta-. Gary Smithers.
-¡El señor Smithers, sí!- Edland dio palmas-. ¡Bingo!
-¿Está muerto, secuestrado o...?- preguntó Sparks.
-No creo que te hayas fijado bien, chico, pero hay un pequeño ascensor en el pequeño cuartito secreto de Smithers- Edland metió sus manos en los bolsillos de su gastada gabardina-. Creemos que el cabrón de Smithers huyó en cuanto vio algo de peligro, pero no logramos localizarlo.
-Gary Smithers, mafioso relacionado con la familia Tucci y empresario armamentístico- rezó Sparks-. Hablamos del mismo tipo, según veo.
-Con más casas, ordenes de alejamiento, y escondites que el puto Correcaminos- protestó Brayde-. Y aunque lográsemos localizarlo, no tenemos pruebas de que estuviese con la puta anoche en el despacho. El ascensor da a varios pisos vacíos que, probablemente, Smithers tuviese en ese estado para poder huir sin problemas.
-Un viejo con manía persecutoria...- murmuró Sparks.
-Gracias a eso ha logrado llegar a su edad, Sparks- replicó Edland.
-¿Y las cámaras de seguridad?- el joven policía no podía creer la mala suerte que estaban teniendo con aquel caso. ¿O era algo más?
-No están los videos de vigilancia; desaparecidos, por completo, y nada de huellas, ni nada parecido- informó el gruñón de Edland.
-Ocurrió anoche...- Sparks se acercó a las amplias ventanas del despacho, y movió las cortinas con cuidado, aún llevando guantes de látex-. Qué rápido nos hemos movido en esta ocasión.
-Los federales estaban tan encima de Smithers que casi podían ser novios- le informó Edland-. Vigilan casi todos los edificios que le pertenecen, a cierta distancia, con prudencia, y tenían un puesto de vigilancia en el edificio de enfrente. Cuando vieron los cadáveres de los guardaespaldas de Smithers, no tardaron mucho en dar la voz de alarma.
-Además de sigiloso, brutal, y salvaje; nuestro asesino es rápido- afirmó Sparks-. Interesante.
-¿Conclusión, chico?- le preguntó el viejo Brayde.
-Tenemos que encontrar a Smithers y demostrar que estuvo aquí- Sparks suspiró con cierta desgana-. Y si ha estado aquí, que es bastante seguro, tenemos que encontrarle antes que el asesino. Ese mafioso con canas puede ser nuestra única pista.
-Y tú que lo digas, nene- asintió Edland.
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Esa noche.
Sparks se pegó la gabardina al cuerpo, alzó las solapas, y salió del enorme edificio para darse de bruces con toda la lluvia que le escupía el cielo de Nueva York, como si estuviese diciéndole que se rindiese. Ray Sparks, joven, inteligente, y con un sentido del humor bastante cínico cuando cogía confianza, le negó el gusto al tiempo de la ciudad.
Edland y Brayde le esperaban junto al coche privado del primero; ninguno de ellos tenía cara de que hubiesen salido bien las cosas, y el rostro de Sparks no decía otra cosa.
-Nada de nada- gruñó el joven detective.
-¿Nada? ¡Ja!- Edland dio fuertes palmadas; el agua salió despedida de sus manos-. ¡Una gran mierda! ¡Eso es lo que hemos encontrado!
-Una sutil forma de expresarlo, compañero- murmuró Brayde, quien se escondía bajo un paraguas.
-Este es el último edificio propiedad de Smithers que hay en la ciudad- Sparks se volvió para observar el lugar-. ¿Qué queda ahora?
-Que los del FBI en Los Ángeles y Chicago nos digan algo de las propiedades de Smithers en esas ciudades- informó Edland-. Después de eso, tendremos que patearnos las calles para encontrar hasta el último informador que tengamos y que pueda saber algo de Smithers.
-O presionar a los que hacen negocios con él- añadió Brayde.
-El problema tiene tres letras- Edland alzó tres dedos-. FBI, chico. Son los principales interesados en Smithers desde hace años, y estamos bastante cerca de que nos echen a patadas de su terreno. Empezar a interrogar a los presuntos socios mafiosos de Smithers supondría meternos en un terreno cenagoso en el que no nos quieren ver.
-No me puedo creer todo el secretismo que hay con ese tipo- se quejó Sparks; no se había dado cuenta de que estaba calándose hasta los huesos, y si se había percatado, la frustración que sentía era superior a las molestias que le causaba algo de lluvia.
-La paranoia de Smithers funciona, según veo- comentó Brayde.
-¡Nos está jodiendo, eso es lo que pasa!- gritó Edland-. ¡El chico tiene razón! ¡Es increíble que no tengamos nada sobre ese viejo!
-¿Ni familia? ¿Ni amigos personales? ¿Conocidos? ¿Gente fuera del negocio?- Sparks no podía creerse lo que estaba pasando; no estaba acostumbrado a tal falta de información.
-Mirad, nenes, tenemos dos problemas claros, y ya los habéis nombrado- Brayde entendía la impaciencia de la juventud, aunque su compañero Edland, estuviese lejos de recordar lo que era ser joven-. Un viejo con manía persecutoria que tenía que proteger su tapadera de buen empresario, y el FBI, que nos escamotea datos para que no nos metamos en su investigación.
-Es decir, que todo el trabajo que hagamos no va a servir de nada- Sparks sacó las manos de los bolsillos de la gabardina, y las alzó al cielo-. ¡Increíble! ¡Impresionante! ¡Asombroso!
-Jodidamente asombroso, chico- gruñó Edland con su tono característico.
-Toca esperar a que ese asesino que roba corazones mate a más gente, o a que demos, por casualidad, con un viejo que, probablemente, esté ya en el Amazonas, escondido en alguna choza habilitada por alguno de sus grupos militares que recogen la droga- protestó Sparks.
-Esas son las opciones, chico- Brayde se encogió de hombros-. A menos que te quieras saltar las reglas.
-¿Saltar las reglas?- Sparks no entendió del todo la rase-. ¿Ir por libre? ¿De justiciero?
-No te enteras de nada- Brayde sonrió; sus arrugas le dieron un aspecto afable la sonrisa.
Edland soltó una leve risita seca antes de que su compañero y amigo cerrase su paraguas, y se metiese en el coche, evitando la lluvia que caía contra sus cabezas. Algunos de los coches patrulla que les habían acompañado ya se habían largado, mientras que los que quedaban, esperaban impacientemente a que se pusieran en marcha.
-¿Vienes, chico?- preguntó Edland.
-Pensaba consultar con un par de detectives de los buenos- admitió Sparks, a quien no le gustaba pedir ayuda externa; se sentía autosuficiente, pero aquel caso le estaba frustrando sobremanera-. ¿Recuerdas los del caso Sutura? Podrán ayudarnos, y creo que saben hacer su trabajo.
-Espabila, chico- Edland le dio un leve empujón en la espalda-. Esto podemos hacerlo nosotros. Si no me equivoco, no te gusta pedir ayuda; a mí tampoco, te lo puedo asegurar, y mientras podamos actuar por nosotros mismos, no la pediré, y cuando lo haga, será a Brayde, por bien que me caigan los apestosos de Sam y Twitch.
-No entiendo nada.
-¿Qué sabes de Brayde y de mí, chico? Aparte de que somos un par de hijos de puta amargados que son demasiado viejos para hacer nuevos amigos.
-Poca cosa.
-Somos los Sam y Twitch antes de Sam y Twitch; no aceptábamos gilipolleces de nadie, aunque fuese nuestro superior. Nada de tonterías de federales, nada de leyes que nos corten las alas, y si algo nos frustraba por el simple hecho de que existe demasiada puñetera burocracia, encontrábamos nuestro propio camino. Legal, sí, siempre legal todo, pero nuestro propio camino.
-¿Y qué quiere decir eso?
-Quiere decir, que eres la mascota de los antiguos Sam y Twitch, chico- Edland sacó un papel que cubrió con sus manos, y se lo pasó a Sparks-. No es verdad que Smithers no tenga familia; los del FBI tienen la dirección de la única ex-mujer que le queda con vida, y de sus dos hijos más pequeños. Brayde y yo tenemos contactos, amigos, mejor dicho, y aquí tengo el premio gordo.
Ray Sparks comprobó el papel en un segundo, y vio una dirección escrita en él. Edland no tuvo que decirle más.
-Brayde y yo tenemos que resolver mucho papeleo; recuerda que somos los detectives principales encargados del caso. Tú puedes quedarte en casa, descansa... O puedes ir a hacerle una visita a alguien que no existe.
-¿Por qué iba a estar aquí?
-Esa mujer tiene una orden de alejamiento contra cualquier cosa que huela a su ex-marido, pero sigue viéndole, no como amante, ni nada de eso, sino por sus hijos- Edland asintió con vehemencia-. Todo es por sus hijos, y las órdenes de alejamiento son por el FBI. Todo es una pantomima. Créeme si te digo que, si sigue en la ciudad, está allí.
Sparks miró por última vez el regalo de Edland, y se lo guardó. Su veterano compañero se tocó la nariz, en un gesto que le indicaba a Sparks todo lo que debía hacer.
-Se acabó la frustración, chico. Ya sabes donde llamar si hay algún problema, aunque no creo que los haya. Sigue tu camino, y hablaremos por la mañana si todo va bien. Si va muy bien, dentro de un rato nos llamaras, con más pistas sobre el psicópata que seguimos.
Edland entró en el coche, y se alejó del lugar con Brayde en el asiento del copiloto. Los demás coches de policía le siguieron, dejando a Sparks bajo la lluvia, frente a su propio vehículo, y decidido a dar su siguiente paso.
De algún modo, estaba harto de seguir las reglas, unas normas que le habían llevado a una sensación de frustración que no quería para nadie, y a un callejón sin salida en un importante caso donde alguien arrancaba los corazones de gente culpable e inocente; los importantes eran los segundos.
Abrió la puerta del asiento del piloto de su coche, se metió, introdujo las llaves, cerró la puerta, y apretó el acelerador, dispuesto a llegar hasta la dirección que le había regalado Edland.
Sin saberlo ninguno de los detectives, habían sido observados por una mujer que también buscaba al asesino que arrancaba los corazones de sus victimas. Una mujer que también sentía cierta frustración provocada por haber estado investigando la noche anterior una escena del crimen mientras el asesino continuaba su matanza en otro lado de la ciudad. Dicha investigación le había proporcionado información que la policía no tenía: el asesino devoraba los corazones de sus victimas, y prefería los corazones llenos de maldad.
Sutura asomó la cabeza entre las sombras del enorme edificio, viendo como Sparks se alejaba a toda velocidad del lugar. Había estado leyendo los labios de los detectives, y se había enterado de algunas cosas; no de todo, puesto que estaba a una considerable altura y no era algo que practicase a menudo, pero sí de lo importante. Algo que tenía que ver con un testigo de la última matanza, y un lugar donde encontrarle.
Mientras bajaba con cuidado y sigilo de su escondite, a varios metros del suelo, Sutura empezó a creer que, el asesino, no sólo se comía los corazones, sino que se divertía con la persecución policial que estaba teniendo lugar a su alrededor, y que había cierto elemento sobrenatural en todo el asunto; hubiese jurado que lo olía.
Se agarró a un saliente cercano, dispuesta a lanzarse contra otro que tenía cerca, sin dejar de pensar que, lo que sentía sobre la naturaleza sobrenatural del asesino debía ser verdad, pues... ¿No era ella una criatura del otro lado? ¿Un ser de las sombras, una entidad sobrenatural?
Los iguales se solían reconocer, y si podía identificar a asesinos en serie con la facilidad con la que un niño se comía un caramelo, podía captar lo sobrenatural allí donde estuviese.
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Ray Sparks miró hacia atrás justo frente a la puerta de la casa de la ex-mujer de Gary Smithers. Durante un instante, dudó sobre si lo que estaba haciendo estaba bien, incluso si era ético; siempre había sido un policía modelo, un poco de frustración en su trabajo, y ya se saltaba las normas, aunque, en realidad, no se las estabas saltando, simplemente estaba yendo por un camino que no se le había permitido.
Miró su reloj, confirmó lo tarde que era, y tragó saliva antes de pegar un par de golpecitos en la puerta de la casa de barrio residencial, deseó que Smithers no estuviera dentro. Todo el camino en coche había estado decidido a entrar, sacarle a la mujer toda la información que tuviese, y eliminar su frustración profesional; incluso había pensado en la escena, protagonizada por él, golpeando la puerta, sacando su pistola y apuntando a Gary Smithers para lograr que le diese toda la información que quisiera, como si de una película de acción de Michael Bay se tratase.
Nadie respondió a los golpecitos a la puerta, así que decidió pulsar el timbre repetidas veces; pensó que la mujer y los hijos de Smithers estarían durmiendo con toda probabilidad, al menos, si no estaba Smithers con ellos. Aunque siempre podía existir la posibilidad de que el empresario y mafioso estuviese, tranquilamente, durmiendo en la casa de su ex-mujer, a salvo de las miradas del FBI y de la furia de un asesino que arrancaba los corazones de sus victimas.
“O puede estar escapando ahora mismo”, pensó Sparks.
Sacó su arma reglamentaria, se separó de la puerta, y observó, con sumo cuidado, las ventanas que flanqueaban el sitio donde estaba situado. No vio sombras, ni movimiento alguno tras ellas, así que tuvo por seguro que nadie estaba observándole desde dentro de la residencia en aquel momento.
Divisó un pequeño camino de cemento que conducía hacia la parte trasera de la casa desde el primer escalón que había para subir al pequeño porque, adornado por un par de sillas blancas y algunas macetas. El detective siguió el camino, con cuidado y sigilo, siempre con su pistola en alto; aprovechó las sombras para ocultarla, y para resultar un blanco menos claro por si alguien salía a su encuentro. La paranoia de Smithers, si estaba allí, instaría al viejo a disparar antes y preguntar después, aunque cabía la posibilidad de que no fuese tan imprudente con sus hijos de por medio.
Flanqueando la casa, Sparks dio con una de las ventanas que daban al salón; la encontró abierta, no demasiado, pero si para que, con algo de esfuerzo, cualquier pudiese abrirla y entrar en aquel hogar familiar.
Guardó el arma, subió con cuidado la ventana, y cuando hubo el espacio suficiente para pasar, volvió a hacer que su pistola tomase el aire, y entró en la casa; se sentía como un ladrón que se metía sin permiso en el hogar de los demás y, aunque no fuese así del todo, sabía que tenía parte de razón. También se sentía un poco estúpido, pues pensó que encontrarse una ventana abierta no era muy buena señal; aquello significaba que Smithers le había visto nada más pegar en la puerta, y se había largado antes de que nadie se diese cuenta.
Sparks se adentró en las sombras del salón, teniendo especial cuidado a cada paso que daba. Varios sillones y un enorme y caro sofá le dieron la bienvenida; prestó atención a la elegante decoración de la casa, pero aún más a varias fotos familiares que hacían guardia encima de un mueble para la vajilla.
Gracias a la luz de la luna que entraba por las ventanas, el agente de la ley pudo ver a la ex-mujer y los hijos de Smithers. Eran dos, pequeños, de no más de diez años la niña, y no más de cinco el niño. Tenía sentido que Smithers no quisiera separarse de ellos, y cobraba más fuerza la teoría de que se encontrase allí, pero también la posibilidad de que la ventana hubiese sido abierta por el viejo para poder escapar.
Siguió inspeccionando la casa con total discreción, investigando cualquier sombra que se moviese un poco, cada rincón, cada habitación que veía. De este modo, llegó hasta el pasillo principal de la casa, donde dudó si ir antes a la parte de arriba, o revisar lo que le quedaba en la planta baja. Una puerta abierta, a unos pasos de donde estaba, le incitó a revisar el interior de la habitación que guardaba cuando estaba cerrada.
Mientras andaba hacia el cuarto, imaginó a la ex-señora de Gary Smithers, esperándole encima de la cama, sentada, con toda la tranquilidad del mundo, y con un gesto de aburrimiento en la cara, dispuesta a decirle que su marido no se encontraba allí, y lista para ponerle las cosas difíciles. Sparks pensó que, de ser así, tendría que volver a buscar a Smithers, el FBI acabaría por retirarle de esa pista, y el asesino de los corazones volvería a atacar, hasta que quisiera parar por sí mismo o tuviesen una buena pista y lo atrapasen.
Antes de entrar en la habitación, Sparks ya olía el característico olor a sangre derramada, y muerte; un hedor que la gente que lo conocía, lo identificaba bien al instante, aunque no pudiesen ver su procedencia. El detective no tardó en descubrir de donde venía el olor.
Al principio, creyó que había alguien sobre la cama, apoyado en el cabecero, mirándole fijamente. Poco a poco, se fue dando cuenta de que dicha persona no movía un músculo de su cuerpo; eso, y el hedor que le atravesaba sus fosas nasales, se lo dijeron todo.
Encendió la luz al instante, y observó, con estupor, el dantesco espectáculo que alguien parecía haberle preparado. El cadáver ensangrentado de los pies a la cabeza de Gary Smithers le dio la bienvenida; Sparks mantuvo la compostura, se fue acercando poco a poco al cuerpo, y mantuvo la pistola en alto, como si tuviese miedo de que la muerte no pudiese parar al gangster. O temiendo que el asesino estuviese cerca.
El cuello de Smithers estaba casi totalmente cercenado, de tal forma que, su cabeza, se doblaba hacia un lado de manera grotesca. Vestía un pijama, o lo que quedaba de él, señal de que, como había sugerido Edland, se estaba hospedando con su ex-mujer mientras la policía le buscaba. Le faltaba una mano, que había sido arrancada a mordiscos, y el interior del vacío pecho pareció guiñar al detective de manera macabra.
“Llego tarde, maldita sea”, se quejó mentalmente Sparks.
Un segundo después, un terrible pensamiento cruzó su mente: Smithers estaba allí, muerto, mutilado por el asesino que buscaba, pero... ¿Dónde estaban su ex-mujer y los niños?
Oyó un sonido tras él. Había sido muy leve, casi imperceptible, pero tan atento estaba a todo, que no había pasado de largo para sus oídos.
Se volvió a una velocidad increíble, y acercó su pistola a la cara de Sutura, que se encontraba frente a él, mirándole con sus helados ojos azules, escrutándole de arriba abajo, aunque, a la vez, también observaba el cuerpo destrozado del mafioso Smithers. Una de las manos de Sutura estaba cerca del interruptor de la habitación; Sparks la había atrapado antes de que pudiese dejarle a oscuras.
-¡Quieta y las manos en alto!- gritó Sparks, claramente nervioso por no esperar la presencia de la asesina.
Sutura no reaccionó, sino que siguió mirándoles a él y al cadáver; al final, prestó más atención al muerto.
-¡¿No me has oído?! ¡Manos arriba!- ordenó de nuevo el agente de la ley.
-Ha pasado mucho tiempo, detective- murmuró Sutura.
-¿Has sido tú? ¡Sí, has tenido que ser tú! ¡No te bastó con la sangría que montaste! ¡No!
-Usted sabe que yo no lo hice- Sutura podía sentir el cañón del arma del hombre en su propia frente llena de cicatrices que podían ser observadas, perfectamente, a la luz del dormitorio; eso le hacía sentirse algo incomoda.
-¡Cállate!- Sparks trató de calmarse-. Vas a venir conmigo a la comisaría, y vas a pasarte muchos años en la cárcel. Por la muerte de aquellos policías (1), por las muertes de los asesinos, por todo esta locura de los corazones...
-Sabe que no fui yo- repitió la asesina-. Le he seguido hasta aquí, para averiguar pistas sobre el asesino. Yo también le busco.
-Supongo que sí- Sparks asintió con vehemencia-. Para poder trocearlo y exhibirlo como un muñeco cosido. ¿Verdad?
-Una costura a tiempo evita nueve.
-No conmigo haciendo de policía. Vas a pagar por este crimen.
-Las limpiadoras... No las maté.
Sparks no había contado con las limpiadoras, personas inocentes que se vieron metidas en medio de la vorágine de violencia que había desatado el asesino de los corazones contra los mafiosos. No, había leído mucho sobre Sutura después de haberla visto en persona, y no mataba a inocentes; sus victimas eran asesinos en serie y, en menor medida, el resto de la basura humana que impregnaba el mundo con su violento hedor.
-Puede que tengas razón, pero te vas a venir conmigo, de todos modos. Tienes mucho por lo que responder.
-No puedo hacer eso- afirmó Sutura, de manera tajante-. Puede que quien haya hecho esto tenga a gente inocente en su poder.
“La familia de Smithers”, pensó Sparks.
-Voy a atraparle, y a matarle- sentenció la asesina.
-No, yo me encargaré de eso. Lo entregaré a la justicia, como un buen policía.
-¿Y está aquí siguiendo las normas?- preguntó la asesina con sarcasmo.
-No puedes entenderlo.
-No, yo sólo entiendo de muerte, de renacer, de revivir, y de acabar con escoria como la que trabajaba a su lado- Sutura dio un paso hacia él, obligándole a retroceder o a disparar; Sparks eligió lo primero-. ¿Qué pensó cuando se enteró de lo que sus compañeros le hicieron a Gretchen Culver? ¿Qué le pareció?
-Tú eres Gretchen Culver...
Los dos se miraron. El detective la miró de arriba abajo, observando todas sus heridas, cicatrices, cortes cosidos entre sí... Un bello monstruo de Frankenstein, habría afirmado sin tapujos. Algo en ella exudaba violencia, muerte, y belleza a la vez. Como ver a un ángel con una ametralladora, en el sentido más simple de lo que sentía.
-Partes de mí, lo son- dijo Sutura.
-No eran mis compañeros...- Sparks suavizó el tono, cuando pensó en lo que los policías le habían hecho a aquella mujer-. No puedo dejarte ir.
-Aquí hay mucho más de lo que usted cree; ninguno de los dos tenemos pistas, pero yo tengo la fuerza para coser este roto.
Sutura se movió con rapidez; se agachó, dejando sin objetivo a Sparks, usó uno de sus brazos para golpearle y que tirase la pistola, y de una leve patada en el estomago, lo lanzó encima de la cama, junto a los restos de Smithers. Sparks empezó a gritar de asco, notando la sangre del mafioso en sus propias ropas.
La asesina se agachó, cogió el arma del detective, la descargó, y la arrojó a un lado de la habitación. Después, se giró hacia la puerta de la habitación, dándole la espalda al detective Ray Sparks, quien no pudo hacer más que callarse, y observar como se iba la asesina.
Dentro de él, algo empezó a bullir; una mezcla de frustración por encontrar el cadáver de su único testigo, y la impotencia de saber que Sutura acabaría dando con el asesino y acabando con su vida, sin que él se enterase de su identidad.
Se sentía como si hubiese acabado segundo en un concurso, habiendo hecho trampas el primero. Y no sólo no le gustaba esa sensación, sino que no iba a dejar que acabase allí, ni mucho menos.
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El Bronx.
Uno de tantos grandes edificios abandonados.
Tras media hora de viaje entre callejones, tejados oscuros, y azoteas desiertas, Sutura llegó a la que consideraba su casa en Nueva York, el bloque de apartamentos en ruinas que hizo suyo cuando volvió como Sutura, tras ser asesinada como Gretchen Culver. Dejó los escombros ruinosos de los primeros pisos, y llegó hasta el corazón de toda aquella podredumbre a la que llamaba hogar: el enorme ático del edificio, abierto en canal hacia el cielo nocturno de Nueva York.
El gigantesco edificio, como ella, estaba lleno de grietas, visibles e invisibles; exteriores e interiores; se podía decir que era una extensión de su misma persona, hecho a su imagen y semejanza, con roturas, parches, cicatrices, y heridas por todas partes. Se sentía cómoda en aquel sitio que, en parte, era como estar en su propia mente; muchos criminalistas hubiesen coincidido en que, el lugar donde vive un asesino en serie es una recreación física de su propia mente; en el caso de Sutura, habrían acertado de pleno.
Lo único que le apetecía era tumbarse en alguna esquina, taparse con las mantas viejas y olorosas que había dejado allí en su última visita, y descansar hasta la siguiente noche. En apenas dos horas habría amanecido, y aunque la parte que aún le quedaba de Gretchen Culver deseaba ver la luz del sol, ese día no le apetecía demasiado; había un asesino suelto que se le escapaba, y no sabía bien las razones de ello. Bueno, el olor sobrenatural que expedía la llevaba a creer que se libraba de ella, de igual forma que ella lograba esquivar a quienes la perseguían.
Mientras andaba bajo la negra cúpula que era la mezcla entre trozos de techo, y el cielo de la ciudad, empezó a darse cuenta de que había algo diferente allí. No sabía decir qué exactamente, pero algo fallaba en el escenario que tenía frente a ella; como si hubiese un detalle salido de sitio, como el padre que observa su habitación y sabe que su hijo ha entrado en ella y ha rebuscado en sus cajones.
Aminoró el paso, sacó su brutal cuchillo ritual, y lo agarró con fuerza. Cuando le quedaban unos metros para llegar al lugar que le servía de descanso, comenzó a prestar atención a lo que le rodeaba con más ahínco; la enorme pared donde estaba escrita la leyenda “Lo que sobrevive”; las demás paredes que la rodeaban y gritaban de dolor con los innumerables nombres de victimas de asesinos en serie; y, a varios metros de donde estaba, a su izquierda, las muñecas de trapo recompuestas parecían observar cada paso que daba.
Justo cuando entraba en una zona claramente iluminada por los rayos de la luna que entraban por el techo lleno de agujeros, una risa surgió de las sombras que tenía frente a ella. Dos pequeñas luces rojas iluminaron parcialmente la negrura que se carcajeaba; cuando la pequeña figura salió de su escondite, Sutura se dio cuenta que, los leves brillos que habían visto, procedían de los ojos del extraño hombre que tenía delante.
Pudo discernir que aquello no era un hombre desde donde estaba, a primera vista. Sí, parecía un hombre, y aunque su aspecto extraño hiciera dudar de ello, no era más raro que los jóvenes que se tatuaban todo el cuerpo, las chicas que se disfrazaban para acudir a conciertos o aquellos que pertenecían a las llamadas tribus urbanas. No, no era su aspecto, sino el karma que desprendía, el hedor interior que volaba de su interior hacia ella; la cosa que tenía frente a ella no era humana; sus tripas le decían que no lo era, así de simple.
El hombre era exageradamente bajito, de pelo encrespado y gris, en pocas partes de su cabeza prácticamente clava; vestía como un motero, tenía la cara pintada de azul, de forma, probablemente, estratégica (2), y sus ojos rojos y brillantes la observaban con determinación y ansia animal. Una enorme sonrisa terminaba de decorar su cara azul.
-¡Vaya, vaya, vaya! ¡Menuda muñequita!- se burló el hombrecito, mirándola de arriba abajo-. ¡Sabía que eras especial, pero no que estuvieses tan buena!
Sutura no respondió. Simplemente, siguió mirándole, escrutándole, memorizando cada movimiento, cada detalle... Se dio cuenta de que, el payaso (porque era eso, un payaso salido del infierno), sujetaba la punta de una cuerda con una de sus manos. La asesina se percató de que, la cuerda, se perdía en las sombras del techo.
-¿No dices nada, nena? ¡Vamos, podemos ser buenos amigos!- el payaso hizo una grotesca reverencia-. ¡Me llamo, Clown! ¿Quién demonios eres tú?
La asesina dio el silencio como respuesta.
-Mujer de pocas palabras... ¡También me gusta, no te creas! ¡Siempre he preferido a las peleonas, pero de cuando en cuando me gusta estar encima de una que no esté todo el rato hablando! Ya me entiendes.
Clown rompió el sepulcral silencio con una serie de locas carcajadas. Sutura flexionó los músculos; aquello no le gustaba lo más mínimo.
-¡Tenías muchas ganas de encontrarme, y aquí estoy!- otra reverencia-. ¡Me encanta que las mujeres vengan tras mi culo! Siempre ha sido así, por cierto, aunque estoy acostumbrado a rostros más... angelicales. Y mucho más habladores que tú, por cierto. ¡Me paso dos días oliéndote, y notando tu presencia tras mi culo gordo de payaso, y te encuentro aquí! ¡Apestas a zorra sobrenatural, nena, y eso me encanta!
Sutura comenzó a entender aquel numerito: era el asesino de los corazones.
-¡Tienes mucho que aprender, claro!- Clown se mordió el labio inferior, mientras negaba con la cabeza-. Si no hubiese estado tan aburrido, no me habría dado por buscarte yo, ni hubiese ido a la casa de ese meapilas de Smithers, ni...
Tiró de la cuerda. Tres cuerpos cayeron del techo, sujetos por varias cuerdas, como si fuesen marionetas cogidas por los hilos de su titiritero; para horror de la asesina, sabía quienes eran esas personas: los hijos y la ex-mujer de Gary Smithers. Los tres estaban muertos, con los corazones arrancados, y heridas sangrantes por sus frágiles y fríos cuerpos. El resultado de la mezcla de inocencia y sangre en los niños creyó que la volvería loca.
-¡Habría matado a su familia! ¡Ja, ja, ja, ja!- la monstruosa sonrisa de Clown se hizo más ancha, si es que era posible-. ¡Prefiero los corazones llenos de maldad y bondad en exceso! ¡Un extremo, o el otro! ¡Son más dulces o picantes, según sea el caso! Hacía tiempo que no me divertía tanto con dos niños...
Mientras reía como un maniaco, Sutura sintió una furia fría e intensa en su interior que no recordaba desde que se dedicó a la matanza de sus asesinos. Lo único que deseaba en ese momento era hacer pedazos a aquel ser, y coser lo que quedase de él de la forma más horrible posible.
-¡Los hice reír y reír y reír! ¡Tanto que se les salió el corazón del pecho!
Sutura corrió hacia Clown, con el cuchillo levantado. El payaso asesino sacó su propio cuchillo, pero fue demasiado lento para Sutura, que esquivó la estocada del payaso, y le rajó un brazo con fuerza; antes de que Clown lograse reaccionar ante el veloz ataque de la asesina de asesinos, la mujer se colocó tras él, y le cortó el cuello de un lado a otro, proporcionándole una segunda boca al monstruo que mataba niños y se jactaba de ello.
Clown cayó al suelo con la garganta abierta, supuestamente muerto, haciendo un ruido seco al aterrizar de golpe sobre la madera carcomida que servía de suelo al ático del edificio. Sutura miró, con cierta satisfacción, el cuerpo caído del horrible payaso; esperó a que se moviese o volviese a atacar, pero tras varios minutos sin dar señales de vida, decidió dejarlo; probablemente, el carácter sobrenatural de aquella alimaña era más una pose que algo real.
Sutura se acercó a los cadáveres colgados de la familia del fallecido, y los observó, tratando de discernir la manera apropiada para bajarlos sin que perdiesen la poca dignidad que les quedaba. Una nueva oleada de rabia la invadió al comprobar de nuevo los cuerpos sin vida de los hijos pequeños de Gary Smithers; deseó estar haciendo pedazos a Clown, y cosiendo sus trozos uno a uno.
De repente, sintió un tremendo pinchazo en su pierna derecha. Cayó al suelo, con la extremidad dolorida, y cuando estaba ya en el suelo, vio que Clown estaba de pie, frente a ella, con la garganta escupiendo una especie de líquido verde brillante. Chupaba con fruición el cuchillo con el que acababa de apuñalar la pierna de su enemiga.
Sutura, sorprendida más por la herida que por la resurrección de Clown, se miró la pierna, mientras sacaba un fino hilo de pescar, dispuesta a cerrarse la herida allí mismo. Miró la herida, y vio la sangre que caía del corte. ¿Cuánto hacía que nadie la hería? ¿Cuánto hacía que no veía su propia sangre? Una parte de ella se alegró de poder ver que podía ser herida; eso significaba que, en parte, seguía siendo humana.
-¡Maldita zorra!- gruñó Clown escupiendo necroplasma (3) por su cuello, el cual empezaba a curarse poco a poco-. ¡He notado eso! ¡Mira mi chaqueta, totalmente manchada de esta porquería verde!
Sutura, con toda la rapidez de la que era capaz, se cosió la herida, proporcionándose una nueva sutura para su cuerpo lleno de ellas. Rápidamente, se levantó, y esgrimió su cuchillo ante el monstruoso payaso, aparentemente inmortal.
-Vaya, así que, efectivamente, eres una de esas superzorras que andan por ahí- Clown bailoteó grotescamente sin que desapareciera su gesto de furia de la cara-. ¡Todas creyéndoos mejor que nosotros, los tipos con po...!
Rápidamente, la asesina se acercó a él y le proporcionó una patada en plena cara. El necroplasma salpicó el cuerpo de Sutura, que lo notó resbaladizo y caliente, como si fuese sangre de verdad. Clown trastabilló, pero no llegó a caer, sino que, cogió impulsó, acercó sus manos a la pierna que le había golpeado, y la mordió con fuerza.
Sutura gritó de dolor, tiró de su pierna con fuerza, y se hizo más daño aún. Viendo que si seguía intentando recuperarla así, la acabaría por perder, usó su cuchillo para rajar uno de los hombros del payaso; nuevamente, el arma de Sutura se manchó de necroplasma verde, y probó la carne de Clown, quien abrió la boca para chillar de dolor, y se retiró de la asesina. Ambos se miraron nuevamente, midiéndose, los dos con claras heridas, aunque las del monstruoso payaso eran peores, y parecían ser mortales; Sutura no lo dio por supuesto, y se preparo para atacar de nuevo y terminar lo que había comenzado en el cuello de su enemigo.
-¡Maldita zorra monstruosa!- Clown pataleó como un niño pequeño-. ¡Se acabaron los juegos! Se terminaron las payasadas, engendro. Puede que tengas algo especial, pero yo he nacido donde las almas de los peores cabrones yacen.
Para asombro de Sutura, algo comenzó a cambiar en el payaso. Parecía estar creciendo poco a poco, segundo a segundo, sin prisa pero sin pausa. Los cortes estaban cerrándose paulatinamente, las extremidades le crecían, y la piel, en apenas unos segundos, empezó a amenazar con desgarrarse. La chupa de cuero, los pantalones apretados, incluso los calzoncillos sucios, empezaron a fundirse con el cuerpo del payaso.
-¿Te divierte rajarme, eh?- la voz de Clown también cambió, pasando de ser estridente y chillona, a gutural y ronca; mientras tanto, su tamaño seguía aumentando-. ¡No sé a qué tipo de cabrones te habrás enfrentado, tía fea, pero yo soy el cabrón de cabrones! ¡Soy el que se come los corazones de los niños para desayunar! ¡Soy el eliminador de Spawns! ¡Soy la razón por la que Oprah mira debajo de la cama cada noche!
La cara de Clown se estiro, cada músculo de su cuerpo se desgarró, dejando paso a otros nuevos; cada centímetro de piel empezó a ser de color gris, y diversas protuberancias crecieron en ella. Los brazos se le alargaron hasta parecer dos grandes palos que terminaban en dos grandes y temibles garras; con las piernas pasó algo parecido, creciendo hasta que convirtieron al Clown en algo mucho más alto que Sutura. Lo que más creció fue la boca del monstruo, hasta limites caricaturescos, vomitivos, y horripilantes; el aliento que salió de ella cantó una música mortal de sangre, cadáveres y miles de corazones devorados durante toda su existencia. Tres grandes cuernos terminaron de decorar la cabeza del monstruo que, hacía unos segundos, era un payaso medio calvo y ridículo, aunque asesino.
Unos enormes ojos rojos, como de insecto, observaron a Sutura; unos ojos que habían visto las cosas más horribles que cualquier humano podría imaginarse. La enorme lengua del monstruo pasó por los colmillos que poseía, grandes y terroríficos. Una carcajada seca, como dos cuchillos oxidados chocando entre ellos, salió de su enorme y larga garganta, si es que se le podía llamar así.
-¡Soy el hijo de puta más peligroso del infierno, zorra remachada!- el demonio rió a carcajadas; los insectos y animales callejeros que vagaban alrededor de un kilómetro a la redonda las escucharon y corrieron a esconderse-. ¡Soy... Violator!
Sutura, asesina y resucitada, la suma de las partes de una mujer normal y corriente, la violencia, la justicia y la venganza hechas una, tensó los músculos, agarró con toda su fuerza su arma, y sintió un extraño escalofrío que le nació en el estomago y recorrió todo su cuerpo. ¿Podría haber sido miedo? No, ella no tenía miedo a algo que ya conocía, como era la muerte, pero entendió que había que temer a esa cosa, aunque fuese un poco; era algo primitivo, antiguo, demoníaco... Pero ella también lo era, gran parte de ella, y también había que temerla.
Violator, usando sus largos brazos y grandes garras, cogió los cuerpos de sus victimas, aún colgados, y se los comió de un solo bocado gracias a sus enormes fauces. Un sonido asqueroso de huesos crujiendo contra carne partiéndose entre ríos de sangre, llegó a los oídos de la asesina, quien planeaba el mejor modo de combatir a aquella criatura monstruosa.
-Y ahora...- Violator se volvió hacia Sutura, relamiéndose la sangre de sus resecos labios-. ¡Vamos a por el postre!
Sutura le lanzó su cuchillo a la cabeza, clavándoselo con fuerza. Violator soltó un leve gruñido de disgusto, alargó dos de sus dedos hacia el arma, y se la sacó de un único tirón; la asesina comprobó, con horror, que apenas le había hecho daño.
-¿Quieres tu cuchillo?- el demonio arrojó el arma al suelo de madera que crujía bajo su peso-. ¡Yo quiero mi comida!
Finalmente, se lanzó contra su enemiga, quien fintó para evitar el brusco ataque. Violator no se paró, sino que siguió manoteando con sus garras, en busca de su presa que corría por todas partes, esquivándole como buenamente podía.
Sutura giró, esquivó otro de los ataques del monstruo por escasos segundos, se agachó, evitando una de sus garras, y rodó por el suelo, el cual crujía de manera cada vez más peligrosa, cosa que no extrañó a la asesina; la vejez inundaba aquel lugar que podía llamar hogar, y a cada paso que daban ambos, sobre todo el demonio, ponían el lugar en peligro y a sí mismos, puesto que se les podría caer todo el edificio encima.
El monstruo rompió, de pura furia, dos estropeadas vigas que sujetaban parte del techo, que enseguida comenzó a desplomarse sobre ellos. Sutura corrió hacia el otro lado del ático mientras los trozos podridos de madera se desprendían hacia abajo como una pobre imitación de una llovizna real. Violator rugió mientras se quitaba de encima los restos del techo, dio un veloz manotazo que alcanzó a Sutura, y la lanzó por los aires, hasta estrellarla contra una pared cercana, cuyos pedazos volaron por todas partes al sentir el choque del cuerpo de la asesina.
El techo dejó de caerse por unos instantes. Antes de poderse levantar, Sutura ya tenía encima a Violator, quien la golpeó duramente contra el suelo de madera que se resquebrajó casi al instante, como si hubiese estado esperando para hacerlo. La asesina apretó los dientes y negó al monstruo la satisfacción de escucharla gemir de dolor; sus huesos, en cambio, si cedieron al ataque, chasqueando varios de ellos en el interior de su cuerpo. La sangre empezó a caer de la boca de Sutura.
-¡Voy a comerme tu alma, pequeña...!
El demonio no pudo terminar su frase; Sutura le propinó una patada en uno de sus ojos, haciendo que lo cerrarse, y al mismo tiempo, que de su garganta saliese un quejido de dolor. La asesina se volvió a poner en pie, y sacudió dos fuertes puñetazos a la cara del monstruo; sus manos se movieron con la fuerza de martillos pilones, y con la determinación que el odio y la venganza producían en ella. La enorme criatura trastabilló hacia atrás, sorprendida ante la fuerza de los ataques de su enemiga. Sutura unió sus manos, y las estrelló, formando un puño, contra el flaco estomago del monstruo, haciéndole caer hacia atrás.
Debido al peso en seco de la cosa gris, delgada, y mortal, el suelo terminó de ceder, abriéndose un enorme agujero en él por el que cayó el demonio. Sutura, dolorida como estaba por los golpes recibidos, no pudo retirarse a tiempo antes de que el suelo se resquebrajase del todo bajo sus pies, haciéndola caer al piso que había justo bajo el ático, donde también acabó Violator.
En el suelo, con sus huesos gritando de dolor, su piel cubierta de polvo y arañazos, y su largo pelo gris y blanco lleno de trocitos de madrea y astillas, intentó ponerse en pie como pudo. Cuando lo logró, Violator salió de debajo de unas vigas derruidas sobre su cuerpo, gruñendo y chasqueando sus colmillos, poseído por una rabia sin precedentes.
-¡Eso lo he notado, zorra!- aulló la criatura.
Sutura sintió una nueva descarga de adrenalina en su cuerpo que provocó que siguiese luchando. De este modo, saltó hacia un lado, evitando los pedazos de suelo que Violator lanzó por los aires. Para su sorpresa, encontró su cuchillo tribal, el que creía perdido desde hacía unos minutos. Lo cogió al instante, justo cuando Violator la alcanzaba con una de sus garras, arañándole la espalda.
El grito de dolor que la asesina no pudo aguantar, llenó de satisfacción al monstruo, quien se movió sorprendentemente veloz para su tamaño, y volvió a alcanzar a su objetivo con otra de sus garras, manchando el piso en el que se encontraban con sangre de uno de los hombros de la asesina, la cual iba a darle algo de cancha a su enemigo a costar de aprovecharlo para su beneficio.
-¡Se acabó el juego!- Violator la agarró entre sus zarpas, a pesar de que Sutura pataleaba y manoteaba-. ¡Voy a probar tu carne cosida, guapetona! ¡Créeme, esto te va a gustar!
El monstruo salido del infierno escupió sus babas encima de la mujer, quien olió el aliento a muerte que despedía el demonio. La lengua del ser recorrió el cuerpo de Sutura de arriba abajo, disfrutando de cada centímetro de su piel cosida y llena de heridas. La mujer conocida anteriormente como Gretchen Culver, clavó sus dedos alrededor del mango del cuchillo tribal, y se permitió una leve y cruel sonrisa.
-Puedo asegurarlo.
Movió con extrema velocidad la mano en la que portaba el cuchillo, y hundió el arma blanca en el ojo izquierdo del monstruo. El aullido de la criatura llenó toda la zona, hasta el punto de que, probablemente, en apenas una o dos horas acudiría alguien para interesarse sobre lo que pasaba. Sutura no cejó en su empeño por dañar al monstruo; si era lo último que iba a hacer en su nueva vida, lo haría hasta el final, y con sumo placer.
Retorció el cuchillo dentro del ojo, haciendo volar el necroplasma, y produciendo un asqueroso sonido de succión, como si estuviese chupando una enorme gelatina llena de sangre que estuviese a punto de explotar de un momento a otro. Para acabar, movió el cuchillo de arriba abajo, y lo empujó hasta que la mitad de la empuñadura se perdió en la cuenca ocular del demonio, el cual soltó a la mujer en cuanto el dolor empezó a ser insoportable.
Violator se agarró la herida, sin dejar de gritar y gritar de pura agonía. Sutura comenzó a correr, alejándose de él, dispuesta a poner tierra de por medio para poder pensar en el siguiente paso a dar; su mente inició una alocada carrera en pos de un método para acabar con la criatura a la que había herido.
El monstruo volvió su enorme cabeza hacia la mujer, su deforme boca se cerró con rabia, y lanzó un enorme rugió de rabia, dolor y hambre no saciada. Sus piernas se movieron hacia alcanzar tal velocidad, que sus pasos retumbaban por todas partes, como un presagio de lo que le esperaba a la asesina que, por un momento, captó la gracia de haber creído vencer a un ser así.
“No se puede ganar siempre”, pensó Sutura al mirar hacia tras, y calcular que a Violator le quedaban sólo unos dos metros para alcanzarla.
El demonio alargó sus garras, y cuando estaba a punto de envolver con ellas a su objetivo, unas cadenas las ataron entre sí, desequilibrándole, y haciéndole caer de boca sobre el suelo de madera. Sutura, cansada, herida, y en las puertas de la derrota, cayó al suelo, sorprendida por primera vez en mucho tiempo, y buscando con su mirada de donde llegaban las cadenas.
De la oscuridad del techo destrozado, surgió una figura oscura, envuelta en una incomprensiblemente larga capa de color escarlata; parecía un hombre envuelto en un extraño traje negro con motivos blancos, y púas, clavos y demás protuberancias mortales alrededor de algunas partes, a modo de trozos de armadura. Sus ojos eran de un color verde brillante, y su rostro estaba envuelto en una máscara negra, y con señales blancas alrededor de sus ojos.

-¡¡¡Tú no!!!- Violator se libró de las cadenas de un solo golpe; parecía más decepcionado que enfadado o sorprendido ante la presencia del recién llegado-. ¿No hay más barrios que visitar, Spawny?
El hombre de la capa roja aterrizó entre Sutura y Violator, un viejo conocido suyo. Su capa se movía como si estuviese viva, al igual que sus cadenas. Se estiró frente a Violator, dándole a entender que no iba a poder coger a Sutura sin pasar por su cadáver.
-Te dije que te fueses de mi ciudad, Violator- gruñó el misterioso personaje.
-¡Oh, Spawny! ¡Sabes que no me puedo resistir a Nueva York! ¡Es una ciudad con magia!- Violator abrió la boca, amenazadoramente-. ¡Con corazón!
El ser conocido como Spawn se movió de un lado a otro, para confundir a su enemigo. Un tuerto Violator casi no vio llegar de nuevo las cadenas de Spawn, acompañadas en esa ocasión por su enorme capa viviente; en pocos segundos, el monstruo estaba atado de pies y manos, incluso la boca la tenía atada. Spawn lo arrojó con fuerza a través de una de las paredes del enorme edificio, provocando pequeños derrumbes en algunos pisos bajo sus pies.
Violator se incorporó poco a poco, solo para ver a Spawn justo encima de él. El Engendro del Infierno le recibió con varios potentes puñetazos; cuando el demonio se revolvió, le lanzó un fuerte rayo necroplasmico que le arrancó buena parte del hombro izquierdo, haciendo que el brazo de dicho lado quedase colgando, a menos que nada de caerse.
-¡Ya estoy harto de esta tontería!- Violator se acercó a una zona llena de vigas de madera-. ¡Esa perra cicatrizada no merece tanto esfuerzo! ¡Nos veremos en otra ocasión, Al!(4)
Tiró las vigas abajo, y varios trozos del piso de arriba que aún quedaban en pie, cayeron entre Spawn y él, cortándole el camino a su enemigo para que pudiese seguirle. Spawn se quedó mirando la zona obstruida, mientras, por un pequeño hueco, pudo ver como Violator huía, adentrándose en las tinieblas que conocía tan bien.
-Gracias- murmuró Sutura; se había colocado a su lado casi sin que se hubiese dado cuenta.
-No hay que darlas- respondió Spawn-. Violator es asunto mío. Tendría que haber llegado antes.
-¿Quién eres?- preguntó la asesina.
-Sé quien eres tú, Gretchen Culver- afirmó Spawn-. Tenemos que hablar.
EPILOGO
A la mañana siguiente.
El detective Ray Sparks se acercó a la puerta de la casa de aquel barrio residencial que parecía sacado de una postal que te invitaba a la urbanización por Navidad. Su determinación era intensa, absoluta; tenía la más firme certeza que aquello era lo que tenía que hacer. Dejando aparte la noche que había pasado consultándolo con la almohada, o la charla que había tenido con Edland y Brayde a primera hora de la mañana sobre los últimos acontecimientos sobre el caso del asesino de corazones, Ray estaba más que convencido sobre el camino que había elegido acercándose hasta el lugar.
El jardín que flanqueaba el camino de piedra que había cruzado, estaba bastante descuidado. Desde donde estaba, pudo comprobar que el porche estaba sucio, lleno de polvo, al igual que las sillas que había a ambos lados de la puerta de entrada a la casa. Pegó varias veces en la puerta, y al no recibir contestación durante unos minutos, comenzó a pulsar el timbre de la casa sin descanso, hasta que oyó pasos al otro lado de la puerta.
Sparks dio un leve paso hacia atrás justo cuando el rectángulo de madera que daba al interior de la casa se abrió, lentamente, aunque tan solo unos centímetros. La cabeza de un hombre afroamericano se asomó por la rendija que había entre el marco y la puerta misma.
-¿Se puede saber quién eres tú y qué haces en mi casa a estas horas?- gruñó el hombre.
-Soy el detective Ray Sparks de Nueva York, y son las dos de la tarde.
-En algunos países no- replicó el hombre.
-Estoy aquí por una cuestión de trabajo.
-Estoy de vacaciones...
-Está usted tomándose una pequeña baja que dura desde que fue a Nueva York, ¿verdad?- Ray pensó en su determinación, absoluta, autentica, y verdadera, y supo cómo actuar; se habían acabado las contemplaciones-. Creo que puede ayudarme a mí, y yo a usted, agente Simmons.
-Solo Marc, a estas horas, solo Marc- respondió el psicólogo forense del FBI, Marc Simmons, hermano de Al Simmons.
-Creo que puede ayudarme a atrapar a Sutura, y yo puedo ayudarle a descubrir quien mató a su familia.
1.- Ver la primera saga de la serie.
2.- Las pinturas de la cara de Clown, en realidad, son una gran “M” referida a Malebolgia, señor infernal al que obedece Clown cuando le parece. Malebolgia, entre otras cosas, fue quien hizo un trato con Al Simmons para convertirlo en el más poderoso de sus Spawn.
3.- El necroplasma, en pocas palabras, es la sangre de los demonios y Spawns. También se dice que es la materia con la que está hecha el infierno, y suele recoger la maldad en su interior, hasta el punto de que, una buena agrupación de necroplasma, a pesar de no tener recipiente en el que residir, puede moverse por si misma para encontrar uno.
4.- Al es el autentico nombre de Spawn: Al Simmons.