Encrucijada y Action Tales presentan: Sutura
Escrito por Stranger.
Portada e ilustraciones interiores: Nememo.
PROLOGO
El detective privado Twitch Williams abrió el dossier y entrecerró los ojos ante la foto. Era delgado, trajeado, rubio, ya con alguna que otra entrada, grandes gafas y un pequeño bigote que le hacía bastante fácil de reconocer entre una multitud de gente.
Suspiró. Afuera llovía a raudales. Lo consideró oportuno, sobre todo por la foto que estaba viendo. La mujer rubia y guapa le sonreía desde la fotografía, en la cual, en grandes letras rojas, podía leerse “desaparecida”. Así es como estaba, aunque no exactamente. Twitch sabía la verdad, la amarga verdad.
¿Cómo empieza una pesadilla? ¿En la oscuridad? ¿En la lluvia? ¿En los ojos de una mujer, brillando de esperanza y de futuro? Ojos que han visto la más horrible de las muertes. La más primitiva. Y mientras el mal desentraña el tejido de nuestra tenue existencia, hay quien lucha por mantener tirantes las fibras. Cerradas las costuras. Tensas las suturas... por todos los medios posibles.
CARNAVAL DE ALMAS PARTE 1
New York.
Un mes antes.
Un día como otro cualquiera. Las personas pasean por las concurridas y frías calles de una de las ciudades más grandes del mundo. Cada persona, tiene un destino, cada persona, unas preocupaciones. Ojos que miran hacia delante, ni a derecha ni a izquierda, porque ahí, en la oscura periferia, hay cosas que no deseamos ver, así que se mueven con rapidez, cada una de esas personas, a través de la tormenta y la siempre temible oscuridad.
Cada persona es una mente diferente a las de los demás, cada persona, un mundo y cada mente tiene sus trampas, sus propias calles traseras llenas de basura, donde escondemos lo que no queremos que los demás sepan. John Mawbley sabía de esas calles.
Apretó un poco más el lápiz sobre su diario y la punta se rompió. Le solían gustar los lápices, tan puros, tan naturales, tan limpios... sin embargo siempre se acaban rompiendo.
John Mawbley era delgado, un hombre maduro, con pequeñas gafas que parecía estar usando desde siempre, pelo largo y cano y una expresión siempre seria y sombría. Tomó un trago de su amargo café y miró con repugnancia las tostadas untadas de mermelada. No pensaba probarlas, pero debía pedirlas. No quería que nadie sospechase.
John se veía a si mismo como un alienígena, atrapado en un mundo hostil, pero él comprendía, él sabía la verdad y veía lo que los otros no podían. Se sentía afortunado por ello y sentía pena por esa masa sumisa que no veía lo que él sí podía ver, sin embargo, no pensaba convencerlos de nada. Él era único, sabía la verdad y era algo que se guardaba para si mismo.
Para él, el mundo le miraba con desprecio ya que él sabía y por ello tenía que dejar un testamento escrito de todo lo que hacía, de su combate contra la bestia, el adversario definitivo, el enemigo absoluto, el monstruo hecho legión, lo que la gente corriente definiría como maldad.
La camarera de cara amargada se acercó a Mawbley.
-¿Desea algo más?- se sorprendió de que no hubiera probado las tostadas.
John Mawbley se levantó, sacó sus dos revólveres y comenzó a disparar. La camarera murió instantáneamente, con varios orificios en la cabeza. Una madre y su hijo adolescente también cayeron ante los disparos, gritando y chillando de dolor. Una pareja de ancianos se cubrieron con las manos, mientras Mawbley se acercaba hacia ellos y les disparaba a bocajarro. Un hombre intentó acercarse a aquel chalado, pero su trayecto terminó con dos balas en el pecho y cayendo al suelo escupiendo sangre antes de morir. John Mawbley mataba a los lacayos del enemigo, del adversario absoluto... o eso creía él.
Mawbley no escuchaba los disparos, no veía la sangre chorreando por los orificios abiertos, no oía los gritos ahogados que pedían piedad. Solo escucha el sonido de la limpieza, de la cobarde retirada de un mal que solo él ve, el sonido de las lamas liberadas de su cruel e involuntario servicio.
Es metódico, así que tiene que dejar todo bien en su sitio. Fue a los servicios y vio al joven de diez años. La cara del joven era de un estupor que no pegaba en la cara de un niño de esa edad. Su expresión se volvió terrorífica cuando Mawbley le apoyó el cañón de una de las armas en la frente.
-Es necesario- susurró Mawbley disparando el arma.
Una vez muertos todos, se acercó a la puerta de la cafetería y colocó el cartel de cerrado. Sacó un bisturí de su maletín de trabajo. Era el momento de recolectar las almas. Los ojos son el espejo del alma, así que... es fácil de imaginar que haría.
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No muy lejos de allí.
La Cocina del Infierno.
Los detectives privados Sam Burke y Twitch Williams, subían las carcomidas escaleras del edificio.
-El olor de la escena de un homicidio nunca se olvida, ¿verdad, Twitch?- dijo Sam a su compañero.
-No, señor. La pesada fragancia de la muerte ha sido tatuada para siempre en mis fosas nasales.
-Eso mismo- dijo Sam sonriendo ante el lenguaje de su compañero.
Ambos eran amigos y compañeros desde hacía tanto tiempo que ya prácticamente ni lo recordaban. Daban por supuesto que se conocían desde siempre y que siempre habían sido amigos.
Sam Burke era gordo, tenía una buena envergadura, pero a la hora de moverse, disparar e ir corriendo tras un criminal no lo parecía. Su aspecto grande, daba paso a que los criminales terminaran por confesar en la mitad de tiempo que lo hacían con sus otros compañeros... eso claro, cuando había sido policía. Su pelo negro aún no escaseaba y siempre iba peinado con un gracioso flequillo a lo Elvis.
Sam y Twitch habían sido policías, hasta que ciertos errores burocráticos y la corrupción de su jefe de policía, les hizo caer en desgracia y de esa manera acabaron siendo detectives privados. Su trabajo no era exactamente el mismo que el de entonces, aunque ahora eran sus mismo jefes. Lo que importaba era que tenían un trabajo que les gustaba, no tenían que soportar gilipolleces de arriba y estaban juntos.
En pocos minutos llegaron a la habitación acordonada por la policía. Un agente esperaba junto a la cinta policial, procurando que no cruzase ningún periodista o algún vecino con ganas de cotillear.
-No molestéis, privados- dijo sonriendo a los detectives-. Ahora que sois privados, sois como algo que no consigo rascar de mi recogemierdas. Sois como flotadores que no flotan.
No habían sido muy populares en el cuerpo de policía y de vez en cuando, algún agente listillo se lo recordaba a los dos.
-¿A qué huele?- el agente fingió oler algo-. Oh, privados. No toquéis nada. ¿Vale?
-Claro amigo, entendido- dijo Sam con toda la calma del mundo, algo no muy habitual en él. En otro tiempo, estando en el cuerpo, se hubiera limitado a pegarle una paliza a aquel chaval con aires de grandeza.
-Bien, pasad. Edland y Brayde os esperan.
Sam pasó primero, dirigiéndose a los detectives que los esperaban, sin embargo, Twitch, una vez que su compañero se había alejado, saltó hacia el agente como una mangosta: rápido, sigiloso y feroz.
-Un aviso amistoso, agente- Twitch empujaba al agente contra la pared, el chico estaba aterrorizado-. Opiniones demasiado radicales sobre los demás pueden llevar a falsas y, a veces, injuriosas conclusiones.
El agente vio la expresión feroz del detective. Si ese había reaccionado así, no deseaba ver reaccionar al otro, que era más grande.
-Un error... que no volverá a pasar.
Twitch le soltó.
-Eso espero- dijo antes de soltar al agente y dirigirse junto a su compañero, que le esperaba con los demás policías.
Sam Burke estaba ya con los detectives de homicidios, Edland Y Brayde, el primero, pequeño, casi siempre de malhumor y con grandes entradas en su pelo negro. Brayde, en cambio, siempre con su semblante serio, un gran bigote blanco, alto y con su sombrero que casi siempre ocultaba sus ojos. Twitch ni se inmutó ante el cadáver, o lo que quedaba de cadáver, que veía frente a él.
Había sido una mujer y lo que quedaba, estaba colgado del techo. El cadáver estaba envuelto en esparadrapo, le faltaba la cabeza y en su lugar alguien había clavado una rosa. Bajo el cadáver, había una sierra quirúrgica. El olor de la sangre seca y despojos se combinaban con el tufo del reciente vomito de un policía. El ambiente era insoportable... salvo para aquellos hombres que veían demasiado a menudo lo que contemplaban en ese momento.
-La victima ha sido atada con una cadena de moto y abierta por la mitad, desde la entrepierna al cuello y envuelta en esparadrapo, seguramente para mantener los trozos unidos- era Brayde quien hablaba, mientras los demás hombres seguían atentos su explicación de experto-. La palabra “rosa” está escrita en la victima, con su sangre. Es la número cuatro en pocas semanas.
-No duermo desde la primera- gruñó Edland.
El fotógrafo de la policía comenzó a hacer su trabajo, mientras los cuatro detectives seguían observando la brutal carnicería.
-Esa de ahí, según sus huellas, es Hillary Reece- Edland se dirigió a Sam y Twitch-. Era una antigua cliente vuestra... ¿no, chicos listos?
-Sí, una mujer encantadora- contestó Burke metiéndose un donut en la boca-. Vino a nosotros para que averiguásemos si su ex estaba metido en... um... ¿cómo era, Twitch?
-Culto sexual de humillación, señor- contestó su compañero con su excelente educación para con él. Siempre le llamaba “señor”, por puro respeto y amistad. Le había considerado su referente desde que se conocieron.
-Sí, mearse y cagarse encima de alguien. Esas cosas- Sam Burke terminó de comerse e donut de dos mordiscos-. Bueno, su marido lo estaba. Tomamos fotos, nos pagó y se acabó el trabajo. Hace una semana. El martes.
Edland sacó unas fotos de su bolsillo y comenzó a mirarlas.
-Tenemos las fotos. Momentos inolvidables- hizo un gesto de asco mientras veía las fotos-. ¿Tenéis algo más? ¿Algo que ella dijera? ¿Conoció a alguien? ¿Problemas en el trabajo? ¿Alguien la seguía? ¿Robo de bolso? ¡Lo que sea!
Sam fue quien notó claramente la frustración del detective ante la falta de pistas y sospechosos. Le recordó a su propia frustración cuando estaba en el cuerpo y le pasaba exactamente lo mismo.
-No, lo siento- contestó Sam a sabiendas de que con esa respuesta el Edland podría explotar... casi literalmente.
-¿Sabes, Burke? Tu y tu compinche cara de rata fuisteis buenos pasmas, pero miraos ahora... - Sam sabía que ahora vendría la parte donde el detective de homicidios descargaba sus frustraciones en la persona más cercana-. Sois un par de errores. ¿Sabes que sois? Detectives privados idiotas que rascan debajo del barril en el que se sientan. Los gusanos tienen más dignidad.
-¿Ha terminado?- preguntó Twitch.
-Sí, largaos. Seguro que alguna puta adicta al crack necesita un par de privados para que le busquen un nuevo cliente.
Los dos detectives salieron de la habitación, mientras las risas de todos los demás agentes les perseguían.
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El chevy rojo del 55 circulaba por una de tantas calles de New York, entre la incesante lluvia que parecía azotar a la ciudad aquel día nuboso.
-Hora de comer- dijo Sam Burke a su compañero que iba en el asiento del copiloto-. ¿Cómo te sientes?
-Creo que he perdido el apetito, señor.
Sam Burke sabía sus razones.
-¿Dejas que esos cerdos te afecten? Sólo están cabreados porque tienen cuatro fiambres y ninguna pista ni sospechosos. Cuando un caso se me atravesaba, solía descargar mi frustración sobre cualquiera que me mirase un poco raro. Tu lo sabes mejor que nadie.
Twitch sonrió levemente. Él más que nadie había aguantado los cabreos de Sam, pero eran amigos. Para eso estaban.
-Olvídate- dijo Sam.
-No es eso señor, es... – Twitch vio a la mujer rubia que cruzaba peor fue Sam el que gritó.
-¡Aaahhh!
Frenó en seco y los neumáticos chirriaron. El coche quedo un metro frente a la guapa mujer rubia de traje rosa. Sam Burke se asomó por su ventanilla para disculparse con la mujer.
-¡Lo siento, señorita! No le vi las piernas... esto, no le vi hasta que estaba casi encima de usted... uh... quiero decir...
La mujer levantó levemente su paraguas y esbozó una tímida sonrisa.
-Está bien.
Los detectives continuaron su camino en el coche rojo, dejando a la mujer con sus propias preocupaciones. Se llamaba, Gretchen Culver.
Gretchen era una mujer rubia, de pelo corto, unos intensos ojos azules y una expresión dulce y amable en el rostro. Estaba cerca de los treinta años. Era la encargada de una editorial y su vida era perfecta, todo lo perfecta que podía ser para alguien tan normal como ella. Se interesaba por sus compañeros de trabajo, mantenía un contacto continuo con su familia, en especial con su madre y estaba a punto de casarse con un hombre maravilloso.
La chica sacó el móvil de uno de los bolsillos de su elegante y atractivo vestido rosa. Con cierta habilidad, marcó el número de teléfono de su prometido, Wayne, mientras trataba de que no se le cayera el paraguas. La lluvia parecía estar amainando, aunque todavía caía en una considerable cantidad. A Gretchen le saltó el contestador automático del móvil de Wayne.
-Hola cariño- pretendía dejarle al menos un mensaje-. Soy yo... ¿estás ahí? Bueno, esta noche, había pensado cenar en el Café des Artistes. ¿Y qué hay del concierto que mencionaste el domingo? Sea como sea, llamaré después de la reunión. Es con un escritor nuevo en la cafetería del Dive. Y antes de que s eme olvide, llama a tu padre, está aterrorizando a todos los agentes inmobiliarios de la ciudad por nosotros. Parece ser que quiere conseguirnos una casa aunque sea lo ultimo que haga. Te quiero.
Gretchen colgó y se dispuso a entrar en la cafetería donde había quedado con el nuevo escritor. No vio el cartel de “cerrado”. Si lo hubiese visto, todo hubiera sido diferente.
La chica abrió la puerta de la cafetería y vio una escena que le confirmo que el Infierno existía... y estaba allí en ese mismo instante. Una fila de cuerpos desnudos alineados frente al mostrador, todos ensangrentados, con agujeros por donde les salía abundante sangre. Entre ellos, andaba John Mawbley, trabajando en los cuerpos con un extractor oftalmológico, liberando las ventanas del alma de aquellas pobres personas. Los ojos de los caídos.
Un gritó se ahogo en la garganta de Gretchen, mientras observaba aterrada, como Mawbley metía los ojos en probetas estériles y las colocaba en una bandeja limpia, perfectamente preparada para tal uso, dentro de su bolsa. Con horrible precisión. Se notaba, que había hecho eso muchas más veces.
-Hola- saludó Mawbley metiendo varios ojos en una de las probetas y levantándose para ir a por Gretchen, que seguía parada en la puerta como un ciervo ante los faros de un cuatro por cuatro.
-No tengas miedo. Sólo hago mi trabajo- John Mawbley fue acercándose lentamente a Gretchen, mientras sacaba un revolver de su gabardina-. Es necesario.
La siniestra y lenta voz de Mawbley, puso en movimiento a Gretchen y despertó de improviso su instinto básico de supervivencia. Salió de la cafetería mientras gritaba y escuchaba a Mawbley hablar tranquilamente.
-Espera, por favor. ¡Tienes unos ojos tan bonitos!- Mawbley salió parcialmente de la cafetería y comenzó a disparar a Gretchen-. Deben ser liberados. Tu debes ser liberada... de tu infección.
Gretchen corría y corría para alejarse de aquel horror, de aquel monstruo humano que cogía los ojos de los demás. Sentía las balas pasando a su lado. Tanto corría y tan ensimismada estaba en su huida, que no vio que se adentraba en la carretera y mucho menos, al coche de policía que se la atropelló, con un sonido seco y brutal. La chica sintió el dolor recorriéndole el cuerpo y después, la oscuridad la envolvió.
El coche patrulla y otro que iba también tras él, se pararon y los policías salieron de ellos, dirigiéndose hacia el cuerpo inconsciente de la chica.
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John Mawbley guardó sus armas, cogió su bolsa de trabajo con todos sus ojos recolectados, todas las almas liberadas y salió rápidamente de la cafetería. Más tarde anotaría la trágica perdida de un par de brillantes ventanas, de dos bellas ventanas. Esa chica tenía que ser liberada y le entristeció hasta lo más profundo de su negra alma, no haber sido él quien la liberase.
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La ambulancia tardó veinte minutos en llegar. Gretchen Culver seguía sin despertar. Los policías procuraron ponerla lo más cómoda posible mientras llegaba la ambulancia. De poco iba a servir.
-Muy bien. ¡Alto!- indicó uno de los policías antes de que la ambulancia se acercase más a la chica-. ¡Eh! ¿Es que la quieres aplastar o qué?
Los dos enfermeros salieron de la ambulancia y pusieron un collarín a la chica, después de comprobar su pulso y sus constantes vitales.
-Muy bien, agentes. Denle unos golpes más y remataran el trabajo. dijo enfadado uno de los enfermeros.
-¡Ey! Apareció de la nada. ¿Qué diablos íbamos a hacer?- contestó uno del os policías. Se notaban que todos se conocían, ya que el otro enfermero les saludó y hablaban de cosas más bien banales, mientras subían a la chica a la ambulancia, con cuidado.
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A una manzana de allí, más testigos y policías se reúnen ante un fantasmal espectáculo de horror. Azules y blancos llegan de ambas direcciones. Los periodistas no tardarían mucho en llegar a la cafetería.
Mientras los murmullos de los ciudadanos asombrados inundaban el exterior de la cafetería, dentro, el novato detective de homicidios, Ray Sparks, se encarga de la situación lo mejor que puede.
-Mantened alejadas las cámaras de los tiburones de la prensa- decía a un orondo agente de policía-. No tengo ganas de salir en las noticias de las cinco. La gente vomitaría su comida de microondas sobre sus suelos de linóleo.
-Vale- respondió el policía.
-¿Qué hay de ese choque de más abajo? ¿Hay alguna relación?
-No. Solo era una oficinista atropellada. No tiene nada que ver- dijo el policía equivocándose sin saberlo.
-Oh, bien- dijo Ray Sparks tomando nota de todo.
Ray Sparks era joven, aunque no inexperto. Su pelo largo y castaño le daba aún un aspecto más juvenil. Su corbata de vivos colores tampoco servía de ayuda. Sin embargo, su forma de hablar, de moverse y de actuar, daba una imagen mucho más adulta que la esperada. Había sido trasladado de antivicio a homicidios por un déficit de agentes. Había respondido al teléfono y ahora estaba a cargo de un homicidio múltiple. Ya no podía salir del caso.
-¡Eh! ¿Alguien ha visto a los forenses? Estos tipos no van a seguir frescos todo el día- añadió Sparks mirando los cuerpos sin ojos que estaban alineados frente a él.
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No muy lejos de allí.
Sam y Twitch tomaban su almuerzo en uno de tantos locales grasientos del centro de New York.
-El décimo es bueno- dijo Sam rascando su boleto de lotería, mientras masticaba su bocadillo grasiento-. ¿Seguro que no quieres un poco, Twitch? Este es el mejor salami-sorpresa de toda la ciudad.
-¿Qué estamos haciendo, señor?
-Llenando la caldera. Matando el gusanillo.
-No. Digo con nuestras vidas. Trabajando así, al margen del sistema como investigadores privados. Esos comentarios que hizo el detective Edland fueron mordaces, por decirlo suavemente. ¿Qué conseguimos con casos de disputas conyugales?
Sam comprendía a su compañero. Tenía una amplia familia, siete hijos y una mujer. El sueldo a su casa llegaba bastante justo. Él, en cambio, vivía solo y seguramente seguiría así durante mucho tiempo.
-Apenas podemos pagar la oficina cada mes, nuestro teléfono funciona o no, igual que si dependiera de un interruptor, comparto mi mesa con toda una comunidad de cucarachas- siguió diciendo Twitch-. No es lo que pensaba para nosotros, señor.
-Mira, sé que es difícil. Rayos... ¿crees que me gusta pillar a cualquier don nadie con ropa interior de cuero? ¿O a los maridos con sus novios en plena faena? Diablos, no, pero yo no confío e la policía y nunca volveré a hacerlo. Eso es un hecho.
Sam pegó otro gran bocado a su bocadillo antes de ponerse a hablar de nuevo.
-Yo sólo sé que, si un caso, uno sólo, sirve para hacer un bien, para mí ya habrá merecido la pena haberme arrastrado por la mierda.
Twitch sonrió. Sabía perfectamente que bajo sus cien capas de colesterol, el corazón de Sam Burke se preocupaba de los inocentes. Daba igual todo el mal genio, todos los días en los que estaba de mal humor, todas las palabras mal sonantes... él era un buen hombre y era eso lo que más admiraba de su “jefe”.
-Tiene razón, señor, como siempre. Aunque, por desgracia, ese altruismo no pone comida en la mesa de mi familia.
-Bueno... deja de quejarte, Twitch, esta semana pago yo esa comida- dijo sonriendo Sam y enseñándole el boleto premiado-. Doscientos pavos. Cortesía de la lotería estatal de New York. El trece de la suerte. Así es, compañero, quizá sea el próximo caso la solución que esperamos.
Fuera del local, pasó una ambulancia a todo gas, con las sirenas encendidas, seguida por dos coches de policía. Algo familiar en aquella ciudad. Sin embargo, sin saber por qué, Twitch se llevó la mano a la sobaquera, en busca de su 44 de cañón largo. Estaba mirando, sin saberlo, la ambulancia que llevaba a Gretchen Culver.
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La ambulancia llevaba a Gretchen Culver a través del Lower East Side. Los dos coches patrulla la seguían de cerca. En cada uno de ellos iba un policía. Los otros dos policías que faltaban estaban dentro de la ambulancia, acompañando a Gretchen, observándola... quizás de forma demasiado intensa.
Los dos policías que iban en la ambulancia eran, el veterano sargento Doug Halliday y su novato compañero, Kenny Osborne.
Doug Halliday era de complexión fuerte y casi calvo. Llevaba casi veinte años en las calles. Había visto muchas cosas... y había hecho otras tantas. Por su parte, Kenny era delgado, tenía el pelo corto y rubio y siempre una expresión nerviosa en el rostro.
-Mamá tiene una buena percha. ¿No crees, Kenny?- dijo Doug sonriendo de mala manera mientras miraba atentamente el cuerpo inconsciente de Gretchen, que estaba en una camilla, recibiendo oxigeno.
-¿Señor?- murmuró Kenny temiendo haber confundido las palabras de su superior.
-Ya lo creo. No sería un hombre si esa preciosidad no le sacara punta a mi lápiz. Seguro que tu potro se ha levantado sobre sus patas traseras. ¿Verdad?- el sargento Doug Halliday guiñó un ojo a su compañero-. Va. Echa un vistazo.
Kenny escuchó las risitas de los enfermeros en los asientos delanteros de la ambulancia. No entendía exactamente lo que estaba pasando. Su primer pensamiento fue que se trataba de una broma, pero pronto comenzó a comprender que aquello estaba lejos de ser algo gracioso.
-Je je je- rió el enfermero que estaba en el asiento del copiloto.
-Dele unos calmante. Eso la dejará a punto, sargento- dijo el otro también entre risas-. Como mucho, estará semiinconsciente.
-Lo bastante para disfrutar del paseo- añadió el sargento Doug.
Kenny comprendió la horrible verdad, lo que estaba pasando. Lo que estaba pasando, era algo que llevaba pasando demasiado tiempo... y ahora él se veía inmerso en aquello. Y al parecer, llevaba mucho tiempo sucediendo. Los enfermeros conocían al sargento y ese a ellos y seguramente conocían a los policías que iba en los coches de detrás.
Las luces y sirenas de la ambulancia y su escolta se apagaron y giraron hacia un callejón que ya habían usado con anterioridad. Los agentes que iban en los dos coches patrulla, Deke, el bajito y delgado, con expresión cruel y Michelli, el más alto y con pelo al cero, ya hacía mucho tiempo que participaban en aquel juego. Todos trabajaban en la misma comisaría, del mismo distrito. Eran compañeros, amigos y cómplices desde hacía ya tiempo... y el sargento Doug era el que lo dirigía todo.
-Menuda suerte, ¿eh?- rió Deke-. Justo delante de nuestro coche. Bam, hooooola, mamá.
-Espero que no tengamos que esperar demasiado nuestro turno-añadió Michelli-. ¿Has visto los faros que tiene ese bombón? ¡Bada-bing! ¡Bada-bum!
Kenny escuchaba las bromas y risas de sus compañeros. Parecían más un grupo de adolescentes salidos que los protectores de la sociedad que parecían ser.
-Sargento... uh... señor... ¿No estará diciendo que... violemos a esta mujer?- Kenny temía equivocarse, es más lo esperaba, pero mientras no hiciera las pregunta de forma clara, no lo sabría.
-¡Ey, hay que aprovechar la oportunidad cuando se presenta!- a Kenny le apreció, por la forma de hablar, que su sargento hacía aquello todos los días... lo cual estaba pensando a creer que podría ser verdad-. Nunca tendrás crema como esta en tu café, Osborne. Bébetelo mientras está caliente. Ella nunca lo sabrá.
-¡Nosotros sí!- replicó el agente Kenny Osborne indignado-. ¡Y no quiero participar en esto! ¡Es de enfermos!
La sonrisa de su sargento no tranquilizó en nada a Kenny.
-¡Oh! Eres parte de esto, chico. ¡Vas a ser el primero! Si no lo haces, pasará que cualquier día llegaremos tarde para cubrir tu limpisimo culo... o que te veras atrapado en un fuego cruzado y uno de tus hermanos de azul te disparará por error. Así de sencillo. Siempre ocurren accidentes.
Kenny Osborne estaba a punto de echarse a llorar. Su sueño de ser un policía, un buen policía se estaba yendo al garete, su sueño estaba siendo pervertido por alguien al que admiraba hasta ese momento. Lloraba de impotencia.
-Regla policial número uno: solo puedes confiar en tus compañeros, Kenny- dijo el sargento furioso-. Jodenos y ya nunca más podrás sentirte a salvo. Nunca. ¡Y ahora, corta el rollo y sal antes de que me cabree de verdad!
Los dos policías salieron de la ambulancia. Deke y Michelli les esperaban, se encontraban un poco apartados.
-¡Eh! Fuera de aquí, rata de cloaca- gritó Deke a un sin techo que había cerca de allí, durmiendo entre cartones-. Es asunto policial.
-No hay nada que ver aquí. Lárgate- añadió Michelli.
Ya no había nadie cerca. El espectáculo podía comenzar y los tres policías esperaban que su joven compañero comenzara. Kenny Osborne cerró los ojos, pidió perdón a Dios y a su familia en silencio y entró en la ambulancia para terminar cuanto antes. Los enfermeros ya habían terminado de preparar a Gretchen y le sonrieron al bajar. La chica tenia el vestido subido hasta la cintura y las bragas bajadas. Kenny pudo ver su sexo desde donde estaba. Decidió terminar cuanto antes y sin abrir los ojos.
En cinco minutos, Kenny ya estaba afuera, subiéndose los pantalones, miraba al suelo avergonzado, no deseaba mirar a aquellos hombres que le habían obligado a convertirse en un monstruo porque no querían ir solos al Infierno.
-Mirad, al novato parece que se le ha puesto mal color- bromeó Deke-. ¡Eh, Kenny! Saca el pajarito. Se nos acabó la virginidad, ¿eh?
Kenny Osborne no pudo más y vomitó todo lo que tenía en el cuerpo, hasta que ya no pudo más. Pensaba que lo que vomitaba no era comida ya digerida o bilis, sino su conciencia. Ya no la quería para nada.
-¡Oh, sí! ¡Eso es un diez!- rió Michelli.
-Un hombre te enseñará como se hace, novato- dijo Michelli subiendo a la ambulancia-. ¡Oh, sí! Ven con papá.
-Vamos, vamos, Deja algo para nosotros- dijo uno de los enfermeros mientras Michelli violaba a una inconsciente Gretchen Culver.
-Primero yo y luego tu- dijo su compañero-. La ultima vez fuiste el primero.
Todos violaron a Gretchen y ninguno tardó tan poco como Kenny Osborne. Se ensañaban con su cuerpo, lo aprovechaban, sin pensar en las consecuencias, en lo que le estaban quitando aquella mujer, a aquel ser humano... no hay maldad tan oscura, tan cruel, tan indigna, como la que nos perpetramos los unos a los otros. Como se dijo una vez, la ocasión, es la madre de todo mal.
Tras Kenny, Michelli violó a Gretchen, tras él, fue Deke y tras él, los enfermeros. El ultimo fue el sargento Doug, el cual pretendía disfrutar del cuerpo de Gretchen durante todo el tiempo que le fuera posible.
Entonces, a pesar del dolor, a pesar de las drogas, a pesar de la oscuridad, algo en el interior de Gretchen sintió el frío, la amenaza... y se despertó.
Gretchen Culver comenzó a chillar y a patalear, a rebelarse, ante la atónita mirada de los policías y los dos enfermeros.
-¡Pensaba que estaba medio muerta!- dijo Deke.
-¡Le dimos drogas para dormir a un elefante!- replicó uno de los enfermeros.
-¡Que se calle!- gritó Michelli.
Gretchen continuo dando patadas, arañando, dando golpes, mientras sentía la adrenalina inundando su cuerpo. Batallaba para proteger lo único y exclusivamente suyo en su vida: su sexo.
-¡DÉJEME!- gritaba Gretchen aterrorizada.
-¡Maldita sea! ¡Sujetadme a esta perra!- gritaba el sargento Doug entre las piernas de la chica, aún sin penetrarla-. ¡Cogedle las piernas! ¡Sujetádmela hasta que termine!
La mano de Gretchen fue hacia el revolver del sargento Doug Halliday, sin saber siquiera lo que es y apretó el gatillo por pura suerte. La bala alcanzó a Michelli, que se encontraba tras el sargento, seccionándole dos dedos de su mano izquierda como si fuesen de mantequilla.
-¡SOCORRO! ¡Ayúdenme!- gritaba Gretchen mientras seguía pataleando con Doug y Michelli chillaba de dolor.
-¡Cállate, maldita seas!- gritaba Doug cogiendo su porra.
Comenzó a golpear a Gretchen con suma fuerza, una vez y otra y otra y otra, mientras la sangre saltaba por todos lados y manchaba su impoluto uniforme de protector de la ley y el orden.
-¡Cállate! ¡Cállate! ¡Cállate!- gritaba mientras golpeaba a la indefensa chica.
Al final, se hizo el silencio, como el sargento Doug Halliday quería.
-Oh, tío. Está muerta. La ha matado- susurró uno de los enfermeros-. ¿Qué has hecho, Doug? Dios, ¿qué hacemos ahora?
-¿Muerta?- dijo confundido el otro enfermero.
-Cierra el pico- el sargento se volvió hacia ellos con su rostro perlado de sudor y con una expresión furiosa-. Esto se va a arreglar. ¿Me oyes? No pasa nada. Nos vamos a librar del cuerpo. Tranquilo.
En el suelo, Michelli, seguía sollozando ante la perdida de sus dedos. Nadie sollozaba por Gretchen Culver. Solo comenzaron a hablar de deshacerse del cuerpo, de tirar las pruebas. No podían ir a la cárcel. Eran protectores de la ley y el orden.
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El lugar estaba junto a las fétidas riberas, llenas de cloacas, del East River. En un viejo muelle que languidecía entre los almacenes en desuso.
-¿Qué hacemos aquí, sargento?- preguntó Kenny, ya sin extrañarse de nada.
-Callate- ordenó Doug Halliday.
Alguien salió del edificio cuando el coche patrulla paró frente a él y Kenny y Doug Halliday bajaron del vehículo. Era un hombre enorme, si es que de verdad era un hombre, muy voluminoso, con unos brazos musculosos, calvo, vestido con una roída camiseta blanca y unos sucios vaqueros. Tenía a mirada distraída y se tenía la nariz cubierta de mocos.
Jeremiah “Sharpie” Euden había sido boxeador de peso pesado en un tiempo pasado. Lo dejó o mejor dicho, fue expulsado al matar a un contrincante a golpes, hasta dejarlo hecho un amasijo de materia gris y sangre negra. Tanto los golpes que le había propinado su padre desde pequeño, como los golpes que había encajado de sus rivales en el ring, finalmente le habían dejado ligeramente retrasado. Pasó cuatro años en la prisión de Ryker, donde se afilaron sus habilidades naturales y su mente amoral se concentró en el trabajo que tenía en ese día.
-¿Qué tienen esta vez para mi, agentes?- su voz era tosca y gutural. Kenny tembló cuando el gigante pasó a su lado y más aún por sus palabras. No era la primera vez que su sargento hacía tratos con aquel ser.
El sargento Halliday abrió el maletero, enseñando el cuerpo aparentemente sin vida de Gretchen Culver.
Sharpie contempló durante un buen rato el regalo que le había traído el sargento. El escultural cuerpo de Gretchen había sido golpeado con saña. Eso le daba igual. Miró a Gretchen Culver como un escultor mira un pedazo de mármol.
-Vale- dijo mientras se esforzaba en que las babas y los mocos no se le cayeran, un objetivo bastante difícil de cumplir.
-Sin huellas, como siempre- añadió Halliday mientras Sharpie cogía con facilidad el cuerpo de Gretchen y se lo llevaba al interior del almacén.
-¿Qué va a hacer con el cuerpo?- preguntó Kenny entrando en el coche y sentándose en el asiento del copiloto. Preguntó más por curiosidad que por otra cosa. Todo el daño que podía hacer, estaba hecho.
-Créeme. No quieras saberlo- le contestó su sargento mientras encendía el coche y se alejaba de aquel lugar de pesadilla gobernado por un gigante monstruoso.
Dentro, el viejo muelle era un oscuro cubil de trozos podridos de botes, aparatos y equipo. Sharpie llevó el cuerpo de Gretchen hasta una usada mesa de trabajo.
De repente y de forma inesperada, Sharpie escuchó un jadeo, un suspiro, una tos de dolor... proveniente de Gretchen. Milagrosamente, seguía viva, a duras penas, pero viva.
Gretchen contempló a través de sus ojos borrosos, el aspecto de Sharpie, su aspecto monstruoso, su rostro adornado de mocos y alguna que otra cicatriz. Los ojos muertos del coloso, centellearon de lo que se suponía que era alegría.
-¿Viva? Uh... uh... uh... mucho mejor- susurró Sharpie.
Gretchen, boca arriba en la mesa de trabajo, chilló asustada al ver el techo repleto de cabezas decapitadas. Todos cráneos de mujeres, pequeños, delicados. Algunas aún conservaban la carne y un poco de pelo. Todos estaban rodeados por ramos de rosas en flor. Los gritos de Gretchen fueron ahogados por el sonido de la sierra quirúrgica que llevaba Sharpie Euden.
Los gritos se elevaban por encima de una ciudad que no la escuchaba. Era un alma en transición. Asesinada y renacida. Un alma que sabe que los que ahora la destrozan, un día recogerán con gran agonía lo que con tanta despreocupación han sembrado.
CONTINUARÁ...