Survival Horror y Action Tales presentan: Silent Hill
SILENT HILL
PECADOS PARTE 2
Escrito por The Stranger
Anteriormente en Silent Hill: Pecados: El joven Thomas, acosado por sus pecados, acaba llegando a Silent Hill, lugar ya conocido por él. Dos meses después, una pareja decide hacer un viaje de enamorados a Silent Hill. Mientras tanto, una esposa destrozada se replantea sus escarceos amorosos, y un padre destruido y a punto de suicidarse, recibe una llamada de su hijo pequeño, muerto hacía meses.
Jill Campbell-Stamford abrió la puerta de su hogar de dos plantas, jardín ejemplar, piscina trasera y, antiguamente, columpios por doquier, como guardianes vigilando el camino de piedras que conducía a la puerta que daba al interior de la casa. La oscuridad de la zona residencial ya la había saludado nada más salir del coche, y ahora tocaba el turno a las tinieblas de la casa. Jill las ignoró como hacía con cualquier otra cosa desde que había muerto su hijo pequeño Neil en un accidente de tráfico.
Cerró la puerta tras de sí, y se internó en la cocina, dispuesta a servirse un vaso de vino para tomarse con los antidepresivos que le tocaban a esa hora. Encendió la luz de la cocina, a pesar de que no lo necesitaba y de que, dentro de su mente culpable, sentía que dejaba a luz lo que acababa de hacer. Como si, con las bombillas de la cocina encendidas, cualquiera hubiese podida verla y adivinar que había estado engañando a su marido.
En ningún momento gritó el nombre de su marido, lo buscó por la casa, o intentó saber si estaba en el hogar familiar (que ya no era tan familiar). Cualquier esposa del mundo lo haría, pero ella no; incluso pensaba que, la única excusa por la que no se divorciaban era porque eran lo único que tenían ya en el mundo. No era verdad del todo, pero si era lo mínimo que tenía para no terminar de decidirse si suicidarse o no. No sabía si su marido pensaba igual, pero a lo mejor tenía aquella macabra idea en la cabeza más asentada desde que había tratado de acercarse a ella y le había rechazado.
Se llenó la copa de vino hasta que su contenido salió huyendo del envase donde no cabía más. Jill no se molestó en limpiarlo, simplemente, se metió las pastillas en la boca, tragó el vino de un sorbo e ignoró a la parte de su cerebro que le decía que aquello podría pasarle factura. Jill respondió mentalmente que le daba igual, y que no era la primera vez, y allí seguía; andando, trabajando, acostándose con Josh... Sin saber exactamente qué es lo que la mantenía en pie.
¿Bruce? ¿Y por qué le había rechazado? Por miedo, puro y simple miedo. Deseaba que se acercase a ella, volver a hacer el amor con él, ir de compras con él; en definitiva, volver a hacer una vida con él, superar todo lo que les estaba pasando estando juntos, y ser de nuevo feliz con él. ¿Entraba en sus planes? ¿Cómo podía entrar en sus planes si desde que su hijo mayor había desaparecido se estaba acostando con otro hombre, por el simple hecho de sentir algo que no fuese el dolor que la atenazaba cada día? ¿Cómo podía aceptar a Bruce de nuevo? ¿Y por qué no lo abandonaba del todo?
Llenó de nuevo la copa, se tomó otro vaso de vino, y destrozó el envase de cristal contra la encimera de la cocina; después, se echó a llorar, tirada en el frío suelo de la estancia que había vivido tantos desayunos con su familia. Se apoyó contra la nevera, aún abierta y que desprendía su suave luz amarilla, y dejó que las lagrimas se derramasen por la cara que había estado besando su amante una hora antes. Una cara que deseaba que su marido volviese a tocar y que no le había dejado hacerlo por el miedo, y los pecados que llevaba en la maleta de su alma.
Poco a poco, el desahogo, y los antidepresivos, fueron haciendo su efecto en la mujer. Al cabo de más de una hora, se levantó, limpió el desastre que había formado y salió de la cocina, dispuesta a ponerse el pijama, acostarse, y levantarse temprano para ir a trabajar. No recordaba que le habían dado una semana de descanso, pero ya lo haría en cuanto se levantase a las seis de la mañana y su mente se pusiera a trabajar lucidamente. Desde hacía ya tiempo, no tenía ningún problema para irse a dormir tarde y levantarse temprano; el sueño se había convertido en un desconocido para ella, al menos, el sueño profundo.
Subió los escalones con la lentitud que el cansancio, los medicamentos, y un rato de desahogo tanto emocional como sexual le proporcionaban. Entró en el dormitorio que aún compartía con su marido, aunque sólo algunas noches; el resto de ellas, Bruce Stamford dormía en la habitación de algunos de sus dos hijos. Fue al armario, lo abrió, y en apenas unos minutos se puso el pijama; sintió una punzada de vergüenza al oler el hedor a sexo que aún desprendía su cuerpo.
Se sentó en el borde de la cama de matrimonio. Echó un vistazo hacia atrás, y observó el sitio donde solía dormir su marido, al menos, las pocas veces que compartía esa cama con ella. Una nueva ola de tristeza la embargó, pero no causó ninguna herida; los antidepresivos se habían agarrado bien a su organismo.
Se levantó, y fue a la habitación de Neil para comprobar si Bruce estaba acostado allí. ¿Era curiosidad? ¿Añoranza? ¿Tendría valor en esa ocasión de pegar su cuerpo al de su marido, abrazarlo y confesarle que le echaba de menos? ¿Qué tenía miedo de mirarle a los ojos, incluso? Apostaba por la opción más normal: quedarse en la puerta, entreabrirla y mirarle un rato, mientras dormía.
Abrió la puerta de su fallecido hijo menor y no se sorprendió al no encontrar a su marido durmiendo en la cama con sabanas de Batman que habían pertenecido a Neil Stamford. Probablemente, esa noche, Bruce estaba reviviendo los buenos momentos vividos con su hijo mayor.
Sus pasos la llevaron hasta la puerta del dormitorio del hermano mayor de Neil, la abrió lentamente, hasta dejar una rendija por la que mirar, y la sorpresa le puso una zancadilla: su marido no estaba allí.
Sus sentimientos, como llevaban haciendo desde que Neil había perdido la vida en el hospital tras días y días en estado de coma, lucharon por abrirse camino y, durante el paseo, se volvieron a enfrentar. ¿Debía preocuparse? ¿Quizás estaba Bruce dándose un largo paseo? ¿Se encontraba en alguna cuneta, victima de un atraco o de un accidente de coche? ¿O estaba con otra? Eso le molestaba tan profundamente, que deseó tener las fuerzas para golpearse por ser tan hipócrita.
¿Y si había pasado algo peor? ¿Y si Bruce había acabado por no encontrar sentido a todo lo que estaba ocurriendo? Sobre todo, tras una semana intentando un último acercamiento. Sería culpa suya si Bruce estaba muerto; solamente, culpa suya, como había sido culpa suya que su hijo estuviera a unos metros de ella cuando lo atropelló el coche.
Decidió no darle más vueltas de las necesarias. No es que no quisiera, pero no podía; el cansancio mental y físico estaban haciendo mella en ella, y sólo pensar en todas las posibilidades que había para que su marido no estuviese en la casa, ya la acababa por cansar lo suficiente como para dormir durante una semana. Pero sabía que aún había algo de la Jill de siempre dentro de ella, y la parte que se preocupaba no iba a dejarla tranquila, al menos hasta que no se hubiese acostado.
Ganó la parte de ella que no le decía nada a Bruce; la que se acostaba con Josh; la que le había escupido a su marido que sin sus hijos él estaba mejor... y acabó por meterse dentro de la cama de su dormitorio, dispuesta a dormirse, despreocuparse, y encontrar a su marido, con su cara de muerto viviente desayunando en la cocina a la mañana siguiente.
Justo cuando las sábanas tocaban su cuerpo enfundado en el viejo pijama con el que dormía (atrás quedaron los tiempos de las camisetas y los calzoncillos de Bruce para dormir), sonó el teléfono del dormitorio. Desde donde estaba, podía escuchar también el teléfono de la planta baja. El reloj de su mesita de noche le indicó las pocas horas que faltaban para que amaneciera, y la lógica pregunta de quién estaría llamando a su hogar a esas horas, le llegó a la mente en un instante.
Dejó que sonase, esperando que la persona que estaba al otro lado, fuese quien fuese, se cansase. Le dio igual que quizá fuese su marido, herido en alguna parte, tras tener un accidente, el que llamase; ya estaba dentro de la cama, a punto de dormirse, y ese era su único momento real de paz que solía tener; cuando los párpados se cerraban y su mente se sumía en el profundo sueño reparador.
Para no acabar con las sorpresas de la noche, el contestador saltó, y una voz que le era muy familiar, le habló desde el otro lado.
-¡Jill! ¡Jill! Por amor de dios, no sé cómo voy a decirte eso...- la voz de Bruce Stamford parecía nerviosa y temerosa, al mismo tiempo-. Ni siquiera sé si te mereces... perdona... si te importa lo que te pueda decir yo a estas alturas.
La mujer se estiró, se incorporó, y esperó a que su marido terminase su verborrea insustancial antes de acostarse de nuevo. Probablemente, estaba borracho, en alguna parte, y se estaba desahogando con ella en la distancia, por la semana de atención que le había dado y por la que no había recibido recompensa alguna.
-Te va a parecer una locura...- Bruce carraspeó, tomándose su tiempo para intentar encontrar las palabras adecuadas que deseaba usar-. Ni siquiera sé si estás ahora mismo en casa... Eso sí que es una locura. Puede no importante lo que tenga que decirte, o puede que ni siquiera estés en casa. ¿Dónde estarás? ¿Dónde estás cuando no estás en casa? Prefiero no preguntar, pero espero que pienses... bien lo que estás haciendo, Jill.
“No hay de qué preocuparse”, pensó la mujer, pues parecía haber acertado en sus predicciones sobre lo que su marido tenía que decirle.
-Cuando entiendas lo que tengo que decirte o, cuando te lo creas, comprenderás que esta llamada es mi último acto de cariño, amor o como quieras llamarlo, hacia ti, Jill. Si no me importases, ni te habría llamado, sea verdad o no lo que me ha... ocurrido- Bruce tragó saliva sonoramente, y soltó un par de carcajadas que no le hacían parecer demasiado cuerdo-. ¡Ja, ja, ja! Esta noche, he estado a punto de suicidarme, Jill. Tenía la pistola, y sentía miedo de volarme la cabeza. Y entonces, fue entonces cuando... Dios mío, es increíble... ¡Es una señal del cielo, Jill!
La mujer se encontraba al lado del teléfono. Cuando había escuchado la palabra “suicidarme”, saltó de la cama, dispuesta a hablar con su marido, pero quería oír las razones que le habían llevado a no hacerlo. Si eran suficientemente fuertes, aún podría haber una oportunidad para ellos; al menos, si Bruce la ayudaba.
-¡¡¡Neil está vivo!!!- Bruce volvió a reír como un maniaco-. ¡Sé que eso es imposible porque yo... Porque él...! ¡Está vivo, Jill! ¡Me llamó y me detuvo! ¡Es una señal o algo, cariño! O me he vuelto loco, pero estoy dispuesto a averiguarlo... Está en Silent Hill... ¿Lo recuerdas? Y en vez de estar con él, estoy perdiendo el tiempo intentando localizarte. Sea verdad o no lo de Neil...
La llamada se cortó. Jill Campbell-Stamford no se movió de su sitio en los siguientes quince minutos. Tardo otros diez minutos en comprender que tenía los ojos muy abiertos, como faros en la oscuridad.
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Harry Cassidy fue despertándose poco a poco en el asiento del copiloto del vehículo. La oscuridad le dio la bienvenida justo a su derecha, a través del cristal que lo separaba de ella. El espejo retrovisor de su lado le mostró el camino solitario que acababan de dejar.
-¡Buenas noches, dormilón!- le dijo una voz femenina que conocía muy bien.
El abogado se incorporó, miró a su mujer, y sonrió.
-¿Cuánto llevo dormido?
-Casi una hora.
-Lo siento- Harry bostezó sonoramente y se estiró como si fuese un gato; un mínimo de casi ochenta kilos, y un trabajo de abogado que le permitía llevar una muy buena vida.
-¡Ey! Fui yo quien te dijo que durmieses- Jean le sonrió-. Tranquilo, que en cuanto lleguemos voy a estar durmiendo hasta la tarde.
-No quedamos en eso- Harry se acercó a ella y le besó la mejilla que le quedaba más cerca.
-¡Tú eres el que se ha dormido!
-¡Tramposa!
El hombre comenzó a hacerle cosquillas. Jean comenzó a reírse escandalosamente, de tal manera que tuvo que aminorar la velocidad para evitar que tuviesen algún problema con el coche.
-¡Cosquillas no, Harry!- protestó la mujer aún con una infantil sonrisa en la cara.
-¿Has dicho que en cuanto lleguemos?
-Al poco de dormirte tú pasamos un cartel que anunciaba que nos estábamos acercando- Jean observó las tinieblas que envolvían al coche, sólo rotas por las columnas de luz que despedía el vehículo por sus faros-. No tendríamos que estar lejos de otro cartel, supongo.
Harry asintió, mientras bostezaba de nuevo. Después, buscó bajo su asiento una botella de agua que su mujer había guardado cuando el que conducía era él, la agarró, la abrió, y bebió con avidez. Su garganta le dio las gracias al recibir el líquido que, aunque no estaba demasiado frío, sí era reconfortante.
-Si quieres puedo ponerme de nuevo a conducir- se ofreció Harry.
-Tonto...- Jean lanzó una carcajada infantil-. ¡Estaba de broma!
-Eres tú la que ha organizado este viaje, y eres tú la que está conducien...
-Uf, déjate de tonterías, anda. Tú has conducido desde que salimos de casa esta tarde, hasta hace poco- Jean cogió una de las manos de su esposo y la besó con un cariño que pocas personas habían conocido-. Si quieres, mantente despierto hasta que lleguemos, pero te quiero despierto durante las primeras dos horas que pasemos en el hotel.
-Si es que hay habitaciones.
-Es un pueblo que ni los mismos habitantes conocerán- Jean se encogió de hombros-. Precisamente por eso quiero ir.
-¿Para perdernos?
-Esa es la idea, amor mío- Jean le guiñó un ojo-. Perderme una semana con mi marido. Hay un hotel al lado del lago y... Creía que te parecía buena idea.
-Lo es- Harry miró hacia atrás; las bolsas y maletas que no habían cabido en el maletero le saludaron-. No me hagas caso; me acabo de despertar y suelo ser insoportable, ya lo sabes.
-Siempre eres insoportable- Jean rió ante el empujón juguetón de su marido.
-Creo que lo hemos organizado con mucha precipitación- Harry frunció el ceño ante la mirada descarada de su esposa-. ¡Ni siquiera llevaba un día en casa!
-Este tipo de cosas o se hacen así, o no se hacen. ¿Tienes miedo de que nos perdamos? Saqué el mapa de internet.
-Después de impedirme averiguar más sobre el pueblo.
-¿Vas a demandarlo si nos perdemos?- Jean observó la expresión enfadada de su marido-. Vale, eso no ha tenido gracia.
-Siempre acabas metiendo mi trabajo de por medio. El trabajo que paga la casa; el que paga...
-Muchas cosas, cariño, sí- Jean entornó los ojos-. Perdona que lo diga así, pero es que... Antes no nombraba tu trabajo sólo para picarte, sino para felicitarte.
-No voy a tener esta conversación en el coche, de camino a nuestras vacaciones.
-Que conste en acta que te han dado un mes de vacaciones- Jean sonrió, dejando ver que la broma no llevaba mala intención.
-Hasta acabaste pidiendo días de vacaciones al poco de decidir que íbamos- Harry negó con la cabeza.
-Y me han dado un mes, así que hay que aprovecharlo.
-Y tanto que lo voy a aprovechar- Harry sonrió y le tocó los pechos a su mujer, quien se retorció por las cosquillas, sin dejar de carcajear.
-¡Ja, ja, ja, ja! ¡¡Harry!!- la expresión de Jean cambió en pocos segundos-. Harry, mira...
El abogado mantuvo la vista sobre lo que señalaba su mujer con la mirada. Al principio, solo vio un poco de la espesa niebla que había fuera. Estaba a los lados del camino, como si se estuviera comiendo los árboles y matorrales que les rodeaban, como guardias conduciéndoles hacia su destino.
En apenas unos pocos minutos, la niebla empezó a ser más espesa, como si no se pudiese atravesar, hasta ocupar todo el camino por el que iba el vehículo. Jean pensó que se trataba de un muro blanco contra el que se podían estrellar en cualquier momento; algo dentro de ella le hizo reducir la velocidad hasta dejar el coche totalmente parado, en mitad de aquella carretera abandonada que iba siendo conquistada por la extraña neblina.
-¿Has parado?- Harry torció el gesto al pensar lo estúpida que era la pregunta-. ¿Por qué has detenido el coche, cariño?
-¿Estás viendo lo mismo que yo?- la mujer señaló el exterior del coche, rodeado ya por completo por la niebla, que no les dejaba ver absolutamente nada, ni siquiera la calzada sobre la que estaban.
-Lo mejor es cruzarla.
-¿Y estrellarnos contra cualquier cosa?- Jean tragó saliva-. ¿Es normal esto, Harry?
-Puede serlo, sí. ¿Recuerdas las películas inglesas donde la niebla lo ocupa casi todo? Puede que hayamos subido a demasiada altura y...
-Vamos en coche, Harry, no en nave espacial.
-Puede que el pueblo esté a demasiada altura, listilla- Harry intentaba disimular la confusión que sentía al ver el enorme bloque de niebla rodeándoles; él era el hombre, y tenía que mantener la compostura, a pesar de que su mujer pareciese que tenía la sangre más fría-. Aquí no nos podemos quedar.
-¡No puedo conducir sin ver nada!
-Se ve algo- insistió Harry.
-No voy a conducir así, cariño- protestó Jean-. Esperaré a que pase la niebla.
-Sí, antes te enviará un e-mail para avisarte- Harry estaba dejando ver su nerviosismo, así que decidió calmarse un poco-. Cariño, si nos quedamos aquí, corremos el riesgo de que otro coche nos embista.
-Si otro coche, por casualidad, pasa por aquí, se parará al ver la...- Jean suspiró; estaba hartándose de replicar-. Tienes razón, cielo. Avanzaré poco a poco.
-Yo te ayudaré- Harry se colocó de tal manera dentro del coche que tenía la cara situada directamente contra el parabrisas, de tal forma que podía ver cualquier cosa contra la que fuese a chocar-. Mierda, no veo demasiado. Puedo salir si quieres.
-Ni se te ocurra- Jean dio muestras de estar asustada-. Quédate conmigo, por favor.
-Está bien- Harry sonrió, no solamente porque su mujer le necesitase, sino porque al final daba muestras de tener sentimientos propios de una situación como la que estaban viviendo-. Ve a diez kilómetros por hora.
-Está bien- asintió Jean.
El vehículo empezó a avanzar lentamente, cortando el banco de niebla por la mitad, como un pez sumergiéndose en un mar oscuro, desconocido para él. Ninguno de los miembros del matrimonio habló durante toda la odisea por el interior de la niebla que parecía tener vida propia, pues en cuanto se detenían un poco, les engullía al instante, rodeando el coche de nuevo por todas partes.
Pasados unos largos minutos que fueron días enteros para Jean y Harry, sus ojos se abrieron ante la sorpresa de poder ver algo más allá de la niebla. Ambos sonrieron abiertamente al comprobar como salían de la blanquecina y espesa bruma, y los árboles y la carretera les daban la bienvenida.
-Lo hemos conseguido- Jean miró hacia atrás y el cristal trasero del coche se despidió de la niebla por ella-. ¡Tenías razón! ¡Por una vez! Cariño, tenemos que hacer una fiesta.
Harry la empujó; Jean le devolvió el empujón y, cuando se dieron cuenta, estaban besándose, totalmente abrazados.
-Habría que continuar- dijo Harry-. No podemos estar lejos.
-De acuerdo- Jean volvió a poner en marcha el vehículo, el cual había parado nada más salir de la espesura blanca y gris-. Allá vamos.
Dejaron atrás la niebla por completo. De nuevo, la oscuridad de la noche rodeó el vehículo. El olor de la naturaleza les inundó las fosas nasales; los matorrales volvieron a observar el movimiento de las ruedas del coche; los animales nocturnos les vigilaban desde sus madrigueras y escondites naturales. El viaje duró unos breves minutos más; no llegaron a cinco.
Tras una curva, el matrimonio vio de lejos el cartel que les esperaba, como una amante al soldado que volvía después de años de batalla. Conforme se acercaban pudieron leer lo que decía la estructura que les invitaba: Bienvenidos a Silent Hill.
-¡Llegamos!- Jean tamborileó los dedos contra el volante.
-Puedo denunciarles por esa niebla de bienvenida- bromeó el abogado sobre sí mismo.
-¡Me encanta cuando sacas tu sentido del humor!- Jean volvió la cabeza para recibir un beso de Harry; fue el segundo en el que todo se volvió del revés.
-¡Cuidado!- fue lo que gritó Harry al volver la vista sobre la carretera antes que Jean.
La figura estaba en mitad de la carretera. Parecía un niño y, conforme se fueron acercando, se dieron cuenta, sin ninguna duda, de que era un niño pequeño. Sin embargo, había algo raro en él; Jean pensó que estar en mitad de la carretera a esas horas, y en ese sitio, ya era lo bastante raro; Harry retuvo en su mente que el niño era transparente; de algún modo, estaba allí y a la vez no estaba.
Jean dio un volantazo por instinto, y el coche se dobló un poco, pero no lo suficiente como para no alcanzar al niño de lleno. Los extraños pensamientos de Harry sobre la figura infantil se hicieron realidad cuando el coche atravesó al niño, como si se tratase de la niebla que habían cruzado minutos antes.
El vehículo rebotó contra el guardarraíl de la derecha, salió despedido hacia delante, y comenzó a dar vueltas de campana, como una bola de metal dentro de un juego de pinball. El sonido de metal destrozándose llenó la carretera que llevaba a la entrada de Silent Hill, rompiendo el silencio sobrenatural que invadía la zona.
Las tinieblas se cernieron sobre los ocupantes del vehículo. La carretera buscó al niño que había provocado el accidente; no lo encontró.
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Jerry Sanders se adentró más aún en el arcén de la larga e interminable carretera al ser rechazada su última petición de que alguien le llevase en su coche. La noche hacía horas que se había cernido sobre él, pero en vez de buscar un sitio donde descansar seguía intentando que alguien lo llevase; así iba a continuar aunque se le cayese el pulgar que levantaba para dejar claro que buscaba quien le transportase.
Tenía frío por diversas partes de su cuerpo (las que no cubrían las harapientas y rotas ropas que llevaba); estaba cansado, tenía sed, hambre, y mucho sueño, pero no podía parar de andar; ni tenía un sitio donde pasar la noche, ni tenía dinero, aunque lo segundo no era una novedad en su estado.
Agradeció la abundante barba que tenía, pues minimizaba el frío que sentía en su rostro. Se ajustó la mochila a su espalda, que contenía lo único de valor material que tenía en su vida, lo poco que poseía. Sus pensamientos fabricaron una imagen de una apetecible botella de Jack Daniels que le hicieron no fijarse en que un coche había pasado a su lado a toda pastilla, destrozando la tranquilidad de la nocturnidad que le rodeaba. Otra oportunidad perdida, pero tampoco eso era una novedad en su triste vida.
No tener un lugar donde pasar la noche no era el único motivo por el que no había dejado de andar durante las últimas cinco horas por aquella carretera infinita. Jerry era un luchador; lo había sido en Vietnam y lo fue después, cuando a los soldados los recibían con escupitajos en vez de con vítores, algo que esperaban mientras combatían en el infierno verde. Cuando se volvió alcohólico perdió una batalla, como la perdieron los estúpidos de Washington contra el vietcong, pero no fue la única; la última guerra que Jerry Sanders no ganó fue cuando atropelló al pequeño Neil Stamford mientras paseaba con sus padres. Él era una de las principales razones de la odisea que había iniciado esa misma mañana.
Recordaba poco del día en el que había empotrado a Neil Stamford en el morro de su coche. Aún tenía un hogar, con una cama, con un frigorífico donde metía todas las botellas de bebidas alcohólicas que podía, que era prácticamente lo único que consumía su cuerpo, aún no tan desgastado por la edad y las dificultades de vivir en la calle, aunque el bebercio ya había hecho bastante mella en él.
Sus recuerdos de aquel día estaban fragmentados, seguramente, debido al consumo de alcohol, a la edad y, muy probablemente, a que el cerebro era listo y, en su caso, había borrado cualquier detalle para evitar que pudiese dormir durante lo que le quedaba de su vida. El alma, por otro lado, era otra cosa, y su conciencia le pinchaba cada día con el rostro de Neil Stamford antes de ser atropellado, y con el aspecto que presentaba días después, en el hospital, mientras estaba en coma.
El juicio lo recordaba bastante bien. Su abogado era un joven idiota que hizo todo lo que pudo para que no fuese a la cárcel, y lo consiguió. Siempre pensó que al precoz leguleyo le importaba más ganar, que su propio destino; si yendo él a la cárcel ganaba, lo haría. Llegó un momento en que, más que una creencia, era toda una certeza.
Después del juicio empezaron los remordimientos. Todos los días se sentía como si fuese observado por alguien aunque, seguramente, se trataba de su mala conciencia, que le miraba desde la lejanía, donde la había dejado, con prismáticos, dispuesta a darle su opinión sobre todo lo acontecido. En esos momentos, a Jerry le importaba poco lo que aquella zorra opinase sobre su persona o el hecho de atropellar a un mocoso que no sabía estar junto a sus padres. Ni le importaba su mujer, que le engañó mientras estaba en Vietnam, ni Neil Stamford, ni las miradas que le echaba el padre del chico durante el juicio, ni el estúpido abogaducho que apenas sabía lo que era una cerveza de apenas veinte centavos.
A su pesar, comenzó a importarle. No cuando el banco le quitó la casa, cuando acabó por perder el trabajo, o cuando se puso a mendigar, sino tras recibir una paliza y que otros dos sin techo le robasen las pocas pertenencias que habían conseguido sobrevivir al embargo de su hogar. Entonces, tras pasarse dos días sin comer, casi sin beber, llorando, y esperando su final, le llegó la luz; una iluminación que tenía el rostro de Neil Stamford.
Empezó a sobreponerse, hasta conseguir nueva ropa, un lugar donde cobijarse y comer diariamente, y algo de dinero extra mediante la mendicidad y algunos trabajos que hacía en una iglesia cercana. No dejaba de pensar en Neil Stamford y que todo lo que le estaba pasando era una factura tardía por los pecados cometidos. Incluso se hizo religioso, y las pesadillas se hicieron menos frecuentes, pero Neil Stamford seguía estando ahí. Por suerte, él no tenía pesadillas con Vietnam; por el contrario, sus malos sueños eran más reales y próximos que toda aquella mierda que muchos habían vivido en una guerra que estaba perdida antes de participar en ella.
Y fue entonces cuando pasó. Esa misma mañana, un enorme impulso le invadió, y mientras limpiaba el jardín alrededor de la iglesia, encontró un papel que parecía publicidad turística de diversos pueblos poco visitados de Estados Unidos. Echó un vistazo rápido al roído y estropeado panfleto publicitario, y vio el nombre de Silent Hill de pasada lo que le hizo pensar de nuevo en Neil Stamford. ¿Por qué, exactamente? ¿No había oído el nombre de Silent Hill durante el juicio? ¿O fue al padre en el hospital cuando él mismo visitó a Neil en un breve arrebato de arrepentimiento? ¿Por qué no podía recordarlo? No por el alcohol o, al menos, no lo creía así. ¿Y por qué creía que debía ir a ese pueblo?
Mientras terminaba de repasar el comienzo de su aventura para llegar a Silent Hill, oyó la atronadora bocina de un camión que llegaba por la carretera. Jerry se retiró lo bastante como para que el enorme vehículo parase en el arcén, en una zona bastante amplia del mismo, unos metros delante del sin techo.
El camión, como un gigantesco animal de metal, pareció respirar y contraerse al acercarse Jerry a él; era un desconocido para él y, ni su dueño ni él sabían seguro qué quería, allí parado a un lado de la carretera, con pinta de no dormir en paz desde hacía años. Jerry se acercó al coloso metálico a pesar de los sonidos que desprendía; sonrió bajo su barba cuando la puerta se abrió y el camionero le saludó con su gorra. Su camiseta a cuadros bajo un chaleco beige provocó una sonrisa a Jerry por lo tópico que le era.
-Hola, amigo- saludó el camionero.
-¡Hola!- saludó Jerry creyendo haber encontrado ya alguien amable que le llevase.
-Un poco tarde para hacer autostop, ¿no?
-Nunca es tarde para viajar.
El camionero sonrió. Jerry no supo qué captar en el gesto.
-Sé lo que es viajar hasta estas horas, amigo- el camionero asintió-. ¿Hacia dónde vas?
-A Silent Hill.
El camionero abrió los ojos, sorprendido, aunque Jerry eso no lo vio debido a la oscuridad de donde estaban.
-¿Sabe usted por dónde está?- preguntó Jerry, observando que el camionero no respondía.
-¿Eh?- el conductor salió de su pequeño trance-. Disculpe, amigo. ¿A Silent Hill?
-¿Lo conoce?
El camionero soltó una leve carcajada. Jerry se sentía como el tonto del grupo de amigos que no cogía un chiste con el que todos los demás se reían.
-Lo conozco muy bien. Hago repartos y eso, y alguna vez he tenido que parar en Silent Hill- el conductor señaló hacia delante-. Creo que no estamos demasiado lejos, pero si le parece, le dejaré cerca de un camino boscoso que lleva directamente al pueblo a pie. No tiene perdida. No puedo desviarme más de mi destino, lo siento.
-Me parece estupendo.
-Suba entonces, amigo.
Jerry Sanders así lo hizo, cerró la puerta tras de sí y en unos segundos estaba caliente en el vehículo, descansando sus agotadas piernas, y feliz porque su destino estaba próximo, aunque no supiera la autentica razón que le llevaba hasta el pueblo.
-Me llamo Jerry Sanders- el veterano de Vietnam estrechó la mano del camionero.
-Yo Travis Grady. ¿Puedo preguntar las razones de su visita a Silent Hill? No es precisamente un pueblo muy conocido y mucho menos habitado.
-Lo cierto es que...- Jerry no supo qué responder exactamente-. No sé exactamente por qué voy. Creo que a presentar mis respetos a alguien a quien hice daño.
-Eso suele pasar- susurró Grady.
-¿Cómo dice?
-¿Está seguro que tiene que ir, Jerry?- Travis Grady no dejaba de observar la carretera.
-Sí, siento... Creo que tengo que ir.
-Eso está bien. Si usted lo cree, tiene que ser verdad.
-¿Por qué dice que no está habitado?
-¡Oh, no! Habitado está- Travis rió por dentro al entender lo gracioso que resultaba decir eso y conocer el pueblo-. Se sentirá muy arropado, sobre todo, si tiene que ir a lo que vaya usted. Es un pueblo muy tranquilo; seguro que le irá bien.
Jerry asintió. Creía de verdad que le iba a ir bien.
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El hombre trajeado y de ancha espalda se paró frente a la puerta del despacho de su jefe, el mafioso Gregory Stall. Tomó aire y, antes de dar los consabidos golpecitos que le daban paso a la estancia, trató de oír lo que se cocía dentro; no era la primera vez que entraba cuando su jefe estaba ocupado con una o dos chicas, les interrumpía, y se llevaba la reprimenda del siglo en forma de amenazas veladas para con su salud física.
No se oía nada desde donde estaba, así que decidió golpear la puerta. Al cabo de unos segundos, una voz estridente le invitó a pasar dentro. El matón no se lo pensó dos veces, abrió la puerta, y entró en el despacho de Gregory Stall.
El despacho se encontraba solamente iluminado por la lamparita del enorme escritorio de madera de pino, y por las luces del acuario donde varios exóticos peces de colores tomaban su ración diaria de comida. Uno de ellos dio la impresión de acercarse al cristal de su transparente casa para saludar al matón que llevaba buenas noticias a Gregory Stall, sentado en su sofá de cuero negro entre las dos voluptuosas prostitutas que había contratado ese día.
El mafioso echó un rápido vistazo por el despacho, visto mil veces por sus ojos de color castaño. Las estanterías de libros que dudaba se hubiese leído Stall, le saludaron desde la parte derecha de donde se encontraba; las plantas que se situaban a los lados del enorme acuario le daban al lugar un aire más hogareño que no resaltaba demasiado con los cuadros extraños que decoraban las paredes de la estancia, probablemente comprados más por snobismo que por autentico amor al arte.
El escritorio era otra historia. Al matón le parecía demasiado grande, ordenado siempre en exceso, pero muy grande para el tamaño de Gregory Stall; si lo hubiese visto un especialista seguro que habría dicho que trataba de compensar algo, eso si Stall no mandaba que le rompiesen las piernas antes de terminar su análisis.
-Algo tarde, ¿no, Bruno?- protestó Stall, sentado en su sofá, como si fuese el rey del mundo.
-Disculpe si le molesto, jefe.
-Tranquilo, si ya habíamos terminado- Stall sonrió de forma lasciva, a la vez que se echaba hacia atrás con una mano el poco pelo rubio que aún le quedaba en la cabeza-. Lisa y Mary ya se iban, ¿verdad?
Las mujeres se rieron de manera complaciente, besaron las mejillas del mafioso con cariño, y salieron del despacho contoneándose frente al matón, dando a entender lo que se perdía o, quizás, invitándole a requerir sus servicios más adelante. A Bruno le hubiese gustado, pero sabía que, tras darle las noticias que tenían que llegar a Stall, no tendría tiempo de echar un polvo antes del desayuno.
-¿Cómo de importante es lo que vas a decirme, Bruno?- Stall se levantó, se acercó a su acuario y fingió estar interesado en sus bellos y coloridos peces; era una forma de hacerse el mafioso poderoso.
-Se trata de unas deudas que debe cobrar, señor.
-Empiezas bien, Bruno- Stall movió levemente el agua de la pecera con uno de sus dedos-. Actualmente, sólo me deben dinero tres personas, y a una de ellas ya la tenemos localizada.
-No se trata de Yelena, señor.
-Por supuesto que no. Yelena y yo tenemos un interesante acuerdo que consiste en que me defiende en cada juicio que tenga y yo le perdono las deudas a su sobrino durante tiempo... indefinido. Eso no significa que no me lo cobre todo algún día.
-Hablo del pequeño Charlie.
-¿El chivato?- Stall palmeó sus manos; a Bruno le recordó a un delfín feliz por haber conseguido algo de comida-. ¡Una gran noticia, joder! ¿Dónde está?
-Estaba a punto de llegar a la frontera de México cuando uno de nuestros polis untados lo vio en una cafetería.
-¿Sigue allí?
-Sí. Ahora mismo lo está vigilando.
-Llámale en cuanto salgas de aquí y dile que tendrá el doble de lo que le pagamos si lo trae enseguida. Si entra en México, le habremos perdido; nuestros hombres allí no son de traernos a los que buscamos de una pieza.
-Como usted diga, señor Stall.
-Estupendo, estupendo, estupendo- repitió el mafioso como si fuese un mantra secreto-. Entonces, habéis encontrado también al...
-Al listillo, sí.
El mafioso de baja estatura sintió una mezcla de rabia, repugnancia, y frustración que le subió desde el estomago hasta la garganta. Durante un breve instante, sintió que iba a vomitar, pero se contuvo, pues no quería dar ningún síntoma de debilidad ante su subordinado; no quería darle el gusto, allá donde estuviera a Thomas Stamford, al que él conocía como el Listillo.
Gregory Stall había construido sus negocios ilegales desde cero. Su padre, Herbert Stall, había sido un ladrón de poca monta a la que la policía había trincado en uno de sus muchos atracos, junto al propio Gregory, cuando empezaba a intentar hacerse un nombre en el mundo delictivo.
El joven Gregory se había salvado de la cárcel tras haber entregado a su padre, quien había muerto entre rejas, asesinado por un socio al que debía dinero. Gregory había salido limpio, con una simple advertencia, y dinero fuera que había estado sisándole a su progenitor tras cada golpe que habían dado juntos.
Lo que empezó siendo un pequeño antro de apuestas montado por Stall y algún que otro socio con más deudas que buenas apuestas sobre su propio futuro. El mafioso, pese a que nadie le tomaba realmente en serio, comenzó a ascender hasta conseguir varios locales por toda la ciudad y una fama que, aunque no demasiado buena, no era de las que se tomaban a broma. No trataba con drogas, no trataba con armas, ni siquiera con mujeres... Lo único que le importaba era el juego, los negocios ilegales de apuestas, y poco más; como mucho, algo de blanqueo de pasta en alguno de sus elegantes locales, pero nada más.
Y así, Gregory Stall perduraba mientras otros colegas criminales caían como naipes frente a un huracán. Nadie perduraba en su negocio perdonándole las deudas a quienes no podían pagarlas y, menos aún, a quienes podían pagarlas y no lo hacían. Y, de ese modo, tener a un moroso era algo improbable en él; pero Thomas Stamford era el moroso que más había detestado nunca.
Le odiaba tanto que recordaba cada momento en el que sus ojos se habían topado con su persona. Desde que había entrado en uno de sus locales para apostar, hasta la última advertencia que le había dado en su despacho, después de que dos de sus más fuertes matones le dieran la paliza de su vida; también recordaba sus momentos de triunfo, pero el chico no supo parar y acabó como suelen terminar muchos: perdiendo y debiendo dinero.
¿Por qué le había dado Stall tantas oportunidades? No era así como había conseguido su fama de mafioso sin escrúpulos, aunque él prefería ser considerado como un hombre de negocios sin escrúpulos, a pesar de intentar mantener la pose de mafioso de película de serie barata. Le había dado una última oportunidad porque, durante la paliza, había estado riéndose, como si quisiera que lo matasen allí mismo; Stall recordaba haber temblado por las risas del chico, y porque era la primera vez que alguien actuaba así ante los golpes de sus matones.
Stall degustaba los gritos de suplica de quienes le debían dinero antes de que sus matones acabasen con ellos. Thomas no le había dado ese placer, así que, decidió alargar su esperanza de vida, y que se tomase sus amenazas más en serio; el primer gran error de Gregory Stall, pues Thomas desapareció durante dos meses sin dejar ni rastro.
-¿Estás seguro, Bruno?- preguntó Stall acerca de lo que había dicho sobre Thomas Stamford.
-Uhmmm...- el matón no supo qué contestar.
-¿Qué significa eso?
-Le hemos localizado gracias a los pinchazos a los teléfonos relacionados con él. En concreto, por una llamada del padre a su casa, pero...
-No me gustan los peros, Bruno.
-Ahora mismo no estoy muy seguro de lo que...- el hombre sacó de su chaqueta unos papeles que amenazaban con arrugarse-. Le he traído la transcripción del mensaje que ha dejado el padre hoy en el contestador de la casa.
Gregory Stall tomó los papeles, los leyó con detenimiento, los volvió a leer, y los dejó encima de su escritorio.
-Habla de su hijo, pero no del listo de Tommy- gruñó Stall.
-Habla de su hijo pequeño, sí, pero está muerto- informó Bruno.
-Lo sé, por eso... ¿Qué coño quiere decir todo esto, Bruno?- algo pareció encenderse en el cerebro del mafioso-. ¿Es un truco?
-Puede, señor.
-Llevas conmigo aquí desde el primer día, Bruno. ¿Qué piensas?
-Todos estos meses han estado buscando al listillo y, al final, lo han encontrado, pero hablan en clave. O eso, o sabían que iba a huir pero no sabían donde...
-Sí, yo creo lo mismo- Stall abrió la boca, enseñando sus dientes blanqueados-. O eso, o el pequeño Neil está vivo. ¡Je, je! Menuda locura de familia, sí... De todos modos, el padre no es que haya estado muy cuerdo... ¿No?
-No, señor.
-Llama a Pérez y que venga con el coche para viajar- Stall se situó tras su escritorio, abrió un cajón, y sacó una pequeña botella de whisky de él-. Dormiremos un poco y, a primera hora de la mañana...- miró el caro reloj de oro de su muñeca y mostró un gesto de disgusto-. Mierda, falta poco. Dile a Pérez que saldremos dentro de unas cuatro horas aproximadamente.
-¿Hacia dónde...?
-A Silent Hill. Me da igual que esté en el culo del mundo, pero vamos a ir allí, y encontraremos a ese payaso suicida. No va a ser un encuentro agradable para él, y menos si su padre interviene; le apretaremos las tuercas con eso.
-De acuerdo, señor.
Bruno salió del despacho, dejando a su jefe con sus pensamientos.
“¿Dónde cojones está Silent Hill?”, se preguntó mentalmente mientras encendía su ordenador personal, dispuesto a buscar algo sobre aquel lugar cuya existencia había desconocido hasta leer la conversación transcripta.
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La niebla que cubría el 4x4 apenas dejaba pasar los primeros rayos de sol de la mañana. El vehículo, aunque era como un coloso, se queda en nada frente al banco de niebla que se lo llevaba tragando desde minutos antes de encontrar el cartel que le invitaba a entrar en Silent Hill; la estructura fue reconocida por los ojos de Bruce Stamford al instante, respondiendo con una sonrisa al verla.
La había dejado atrás y, aunque no encontraba explicación a la densa niebla que llevaba rato atravesando, le daba igual; él estaba allí por su hijo o, como mínimo, para descubrir la verdad sobre la llamada que había recibido justo antes de volarse la cabeza en un motel de mala muerte. Si era Neil quien le había salvado la vida, quería descubrir qué hacía allí, y cómo había logrado llegar, fuese mandato divino, o un regalo del lado contrario; si todo era una broma, o alucinaciones suyas, quizá tuviese la suerte de encontrar el valor necesario para que todo terminase allí mismo, en Silent Hill, el pueblo que tan buenos momentos le había dado a su familia.
Sonrió más ampliamente conforme la niebla fue perdiendo densidad, y las primeras casas del pueblo le dieron la bienvenida. No recordaba del todo bien que aquel camino de entrada condujese a la parte del pueblo en la que había acabado, pero supuso que el pueblo habría cambiado de múltiples maneras en los años que llevaba sin pasarse por él, aunque también podía deberse a que no lo recordaba del todo bien.
Entró por Bachman Road, y aminoró la velocidad del coche para poder observar cada edificio que evocaba recuerdos de tiempos mejores. La niebla se paseaba por la ciudad como si fuese suya, no de manera tan descarada como por la carretera antes de llegar, pero sí de forma que no pasaba desapercibida para nadie.
Dobló hacia la izquierda por Matheson Street, y sonrió más ampliamente al ver el Queen Burger y, justo frente al establecimiento de hamburguesas, la heladería que hacía los postres preferidos de Neil. No se extrañó de no llorar, puesto que ya había agotado su reserva de lágrimas por ese día o, al menos, eso creía por el momento.
Visitó por primera vez Silent Hill cuando Neil tenía tres años. Un fin de semana levantó a toda su familia de golpe, tras preparar unas cuantas maletas con ropa, comida, y algo más de equipaje necesario, y los llevó a hacer un viaje por algunos de los pueblos y bosques más desconocidos del país. Sin darse cuenta, llegaron a Silent Hill, un pueblo soleado, lleno de gente amable y humilde, establecimientos baratos, y que parecía estar escondido del mundanal ruido. La religión era algo muy importante en el pueblo, pero no tuvieron ningún problema con ello ni la primera vez, ni todas las demás que volvieron.
Bruce recordó el buen fin de semana que fue; risas, helados, comida en gran cantidad y bajos precios, conocer a nuevas personas, nuevos lugares, paseos... Incluso estuvieron en el parque de atracciones que poseía el pueblo, pudieron visitar el lago, y el faro que lo vigilaba. El resto de Silent Hill fue inspeccionado por la familia el resto de veces que habían acudido, que no habían sido pocas; dejaron de ir tres meses antes del accidente que mató a Neil.
El hombre paró el coche justo antes de llegar a Bloch Street, se bajó de él, y entendió que, si en algún lugar de la Tierra alguien había traído de regreso a Neil (cualquier explicación era posible en un caso así, o eso pensaba), tuviese que ser en Silent Hill, pues ninguno de los momentos que habían pasado allí, todos juntos, había sido malo, sino todo lo contrario.
“La más absoluta felicidad”, pensó Bruce recordando las palabras que había pronunciado su mujer tras la cuarta visita al pueblo.
Bruce observó lo que le rodeaba. En apenas unos segundos comenzó a tener malos presentimientos que no había sentido en el vehículo; no es que tuviese miedo por lo que podría significar que su hijo muerto se encontrase en aquel pueblo perdido de todo, no; siempre había sido un hombre de mente abierta y había reconocido la voz de su hijo por el teléfono. Además, la alternativa era que él estuviese loco y sufriera algún tipo de esquizofrenia, lo cual no le alegraba demasiado, pero haría más fácil terminar con su propia vida, al fin y al cabo.
Aunque las razones que le habían llevado al pueblo eran inquietantes, estaba demasiado emocionado por haber escuchado a Neil como para pararse detenidamente a sopesar todo lo que podría estar pasando. No, no era eso lo que le inquietaba en ese momento, sino la aparente y sobrenatural calma que se respiraba en el pueblo; en cada esquina; tras cada farola; en cada buzón de correos que había en sus calles; dentro de cada establecimiento aparentemente vacío... Había amanecido y no había nadie por las calles, solamente la niebla que se había erigido como reina del lugar.
Bruce, que hubiese podido asegurar de inmediato que no había nadie en aquel pueblo, comenzó a andar, dispuesto a descubrir lo que estaba ocurriendo allí. Después, buscaría a Neil, pero lo primero era investigar acerca de las tiendas cerradas, los coches aparentemente abandonados, y la mudez con la que el lugar le había recibido.
Encaminó sus pasos hacia el Queen Burger. Miró al interior a través de los cristales; la soledad más absoluta, acompañada de una inusitada semioscuridad para el lugar, le dijeron hola desde el interior.
Bruce decidió no darse por vencido, así que empujó la puerta un par de veces hasta que cedió, dejándole entrar. El hombre caminó entre el espacio que había entre la barra y las mesas, asombrado de lo aterrador que resultaba el lugar cuando no había docenas de personas comiendo sus hamburguesas y degustando sus patatas fritas. Para su sorpresa, todo estaba limpio y ordenado, al menos, aparentemente.
-¿Hay alguien ahí?- preguntó Bruce, esperando una respuesta-. ¿Hola? Por favor, busco a mi hijo. ¿Hay alguien ahí?
Ninguna respuesta. Bruce no percibió la leve sombra que se movía en el exterior del recinto mientras entraba en la cocina del establecimiento, esperando encontrar, al menos, una señal de que alguien siguiese trabajando allí.
La cocina, el lugar en el que se fabricaba la magia del Queen Burger, estaba tan vacía como la zona de comidas. Bruce abrió los ojos, sorprendido, cuando pasó un dedo por el metal cercano a las freidoras y no encontró ni una sola mancha de aceite, ni siquiera de polvo. No es que aquello tuviese la pinta de ser cuidado por alguien, es que le daba la impresión de que estuviese recién construido.
Se dio la vuelta, pensando si seguir investigando por la cocina, o salir al exterior y continuar su búsqueda por otros lugares, cuando algo sonó dentro de uno de los enormes frigoríficos. Su primera reacción fue salir corriendo de allí, pero hizo caso a la segunda, que consistía en averiguar si allí había alguien encerrado.
-¿Quién eres?- preguntó al enorme aparato congelador-. ¿Necesitas ayuda?
Aunque estaba dispuesto a ayudar a quien estuviese dentro encerrado, no le daba muy buenas sensaciones aquel sitio. No era sólo la quietud que le rodeaba, sino que, al mismo tiempo, creía estar siendo observado en todo momento. Eso sin contar el picor que sentía en su nuca, como si un insecto le estuviese alertando sobre lo mal que iban las cosas en Silent Hill.
Acercó su mano a la puerta del frigorífico muy poco a poco, centímetro a centímetro, como si fuese a cámara lenta. Cuando estaba a tan solo un centímetro de alcanzarla, los sonidos cesaron; Bruce no esperó a que se reanudasen, y abrió la puerta de golpe: encontró la más absoluta nada.
Las baldas donde se ponía la carne, y un profundo frío que le azotó el rostro. Un escalofrío, y no por la temperatura invernal del aparato, recorrió el espinazo de Bruce, el cual, al mirar bien el interior del colosal electrodoméstico, encontró una pintada en rojo en la parte inferior; el hombre se echó hacia tras al leer “Ayúdame” escrito con sangre.
En apenas unos segundos, decidió salir, al menos, del Queen Burger; una cosa era tener una mente abierta, pero algo no iba bien en aquel sitio, y no era algo bueno precisamente. Nadie escribía “Ayúdame” con sangre dentro de un frigorífico de restaurante para bromear y aún menos si, dentro del aparato, había algo que intentaba salir, pero luego no estaba.
Salió de la cocina a toda prisa, cruzó todo el Queen Burger como una exhalación, y llegó a la puerta que, minutos antes, había cruzado para entrar. Y fue entonces cuando vio a la criatura justo frente a él, a tan solo tres metros, como si hubiese estado esperando a que saliese de la hamburguesería.
Al principio, confundió a la cosa con un hombre, pero era algo normal, pues poseía dos piernas, y la postura erguida de una persona. Luego, su mente le dijo que era una persona desnuda, y que la niebla ocultaba su rostro, pero cuando se echó hacia atrás, y el ser entró en el Queen Burger, supo que estaba lejos de ser humano, aunque lo hubiese sido antes.
Su cara parecía estar derretida, como una vela, sin rasgos faciales reconocibles. Su pecho era anormalmente grande, como si el estomago hubiese subido a los pectorales y se hubiese hartado de comer. A pesar de no poseer, aparentemente, una boca, emitía unos gorjeantes sonidos que causaron en Bruce una sensación de asco que jamás olvidaría.
El hombre no gritó hasta que echó a correr, dispuesto a desandar sus pasos, y enfrentarse a la cocina misteriosa antes que aquel ser; dos brazos antinaturalmente largos surgieron de la barriga-pecho del monstruo, y agarraron los pies de Bruce, impidiendo su huida. La garganta de Bruce soltó varios aullidos más cuando en la cara de la criatura se abrieron dos cavidades por las que surgieron sus ojos, muy humanos, y llenos de odio.
Las garras apretaron las piernas de Bruce y sus gritos rompieron la tranquilidad de Silent Hill.
CONTINUARÁ...