“Cuentan las leyendas que hubo épocas anteriores a las registradas en la historia, donde civilizaciones nacían y caían, bajo los pies de hombres bárbaros y salvajes, que sólo hablaban con el acero que sus fuertes brazos sujetaban para abatir a sus innumerables enemigos. Eran épocas incivilizadas donde dominaba la ley del más fuerte.”

Action Tales presenta Relatos Salvajes:

Escrito por Alexis Brito Delgado / Portada: C. Quilliams

BAJO LA BANDERA NEGRA

¡Abre la puerta

y escucha!

es el rumor amortiguado del viento,

el resplandor

de lágrimas alrededor de la luna.

E imaginados, los pasos

de unos pies evanescentes

ahí, en la noche de los muertos.

William H. Hodgson

I

TERENCE VULMEA

La vieja fragata de tres mástiles, de velas triangulares y doce cañones, cruzaba el mar en calma a gran velocidad. El sol destellaba como una bola de fuego, irradiando las olas coronadas de espuma, que se extendían en todas las direcciones. En lo alto del palo mayor del navío, Terence Vulmea oteaba el océano interminable con los ojos entrecerrados, disfrutando de la brisa que acariciaba su poderoso físico. Éste vestía botas de cuero hasta las rodillas, pantalones de tafetán negros, camisa con encaje de oro, y pañuelo de terciopelo alrededor del cuello. El irlandés extendió los pies sobre la verga sobrejuanete mayor y escudriñó las aguas cristalinas: creía haber vislumbrado una embarcación a varias millas de distancia. Abajo, en la cubierta del barco, la tripulación esperaba sus órdenes, ávida por entrar en combate. Vulmea ignoró el balanceo de la nave y sacó el catalejo que llevaba en la cintura: la silueta de un cascarón se recortaba en el horizonte. Una sonrisa se dibujó en sus labios: aquél era el primer barco que divisaban desde hacía semanas.

—¡Todos a sus puestos! —bramó—. ¡Vela por la amura de babor!

Exultantes, los piratas aullaron como lobos, listos para entrar en acción. Rápidamente, empuñaron las armas y prepararon los falconetes, olvidando el tedio que los había embargado durante los últimos días. Satisfecho, el irlandés alcanzó a escuchar el sonido de los pies descalzos sobre el retumbar de las olas: aquella era la oportunidad de conseguir un buen botín para no volver a Tortuga con las manos vacías. Vulmea era consciente de que las aguas del Caribe se habían convertido en un infierno. La Armada Británica, al hacer las paces con los españoles, se dedicaba a cazar a todos los piratas y bucaneros que encontrara en el camino. Hombres como el Capitán Harris o el Capitán Finn, colegas con los que había compartido más de una borrachera, al caer en manos de los ingleses, fueron ahorcados junto a sus tripulaciones sin miramientos de ninguna clase. El irlandés encajó las mandíbulas con fuerza: no pensaba correr el mismo destino que aquellos pobres diablos.

Media hora más tarde, alcanzó a distinguir el contorno del pequeño galeón, de unos cien pies de eslora y dieciocho de manga, que intentaba poner pies en polvorosa. Vulmea estudió las velas cuadradas, los castillos de proa y popa, la bandera que ondeaba en la mesana, y los seis cañones repartidos en cada banda. Se trataba de un barco mercante francés, uno de tantos que navegaba en dirección a Jamaica, dispuesto a entregar su mercancía. Viendo el aspecto miserable de la embarcación, supo que no hallaría gran cosa en el interior de las bodegas; tendría que conformarse con lo que encontrara. Pragmático, se encogió de hombros y se dispuso a bajar al puente de mando: al menos sus hombres podrían desempolvar las espadas. Con movimientos experimentados, dignos del mejor marinero, agarró las vergas y descendió a la cubierta en pocos minutos. Al llegar a su destino, atravesó el puente y dejó atrás la escalera de las bodegas, ascendiendo con grandes zancadas al mascarón de popa. El irlandés tomó el timón mientras contemplaba la fragata con cierto orgullo, sintiendo como la sangre se le encendía en las venas ante la cercanía de la batalla. Los piratas, una mezcla de soldados, marinos, desertores, esclavos huidos, delincuentes y asesinos, ajustaron los sables en las vainas, y empuñaron las pistolas y los mosquetes. Vulmea tarareó entre dientes el poema que uno de sus compatriotas había escrito antes de ser ajusticiado en Charleston:

Estaba en mis años mozos y de crecimiento

cuando me dediqué a esa práctica.

La de perpetrar la piratería, ya que sucias

ganancias busqué.

Todos nos volcamos en la perversión;

para nuestras ansias satisfacer,

robar en alta mar fue nuestra intención,

así como cometer toda clase de males…

Implacable, el Cacatúa cruzó el océano con las velas desplegadas, ganando terreno por momentos. El irlandés inhaló una bocanada de aire salado e hizo girar la rueda hacia babor, haciendo que los aparejos crujieran sonoramente. El capitán del galeón, al darse cuenta de que no tenía ninguna posibilidad de escapar, aminoró de velocidad y se dispuso a dar la cara. Vulmea vislumbró las figuras de la tripulación adversaria correr a estribor, intentando virar los cañones hacia su posición, espoleadas por las indicaciones que habían llegado demasiado tarde. Su carcajada rompió el silencio de la tarde.

—¡Habéis perdido unos minutos preciosos, idiotas! —rió de buen humor—. ¡Tendríais que haber lanzado al capitán por la borda hace rato!

El irlandés agitó la cabeza coronada por una hirsuta melena negra y comprobó que los piratas estaban listos para el abordaje. En sus ojos azules, fieros e indómitos, ardía una llama candente; la misma que tantos individuos habían visto antes de morir bajo el filo de su acero. Vulmea el Negro era un superviviente por naturaleza, había librado batallas y soportado penurias que pocos hubiesen resistido. Desde su temprana infancia, se habituó a una vida errante de saqueo y muerte. Había recorrido todos los océanos conocidos por el hombre, combatido contra toda clase de enemigos, y atacado cualquier nave que se pusiera a su alcance. En aquel momento, era capitán de una fragata y tenía a una dotación que lo seguiría hasta el fin del mundo. ¡Que el diablo se llevara su alma si osaba quejarse!

El segundo de abordo, un italiano de aspecto brutal cubierto de cicatrices, subió las escaleras que unían el mascarón de popa al puente de mando, y se dirigió a su persona con voz ronca:

—¡Maldita sea nuestra suerte! —exclamó—. ¡Dudo que podamos encontrar algo que valga la pena en esa carraca infectada de ladillas!

El irlandés volvió a reír sonoramente.

—Más vale algo que nada —repuso—. Quizá nos llevemos una sorpresa.

El italiano escupió al suelo.

—Tonterías —gruñó—. Los franceses no se arriesgarían a transportar ningún género valioso por estas aguas. ¡Lo sabes muy bien!

Vulmea fue irónico:

—Entonces no te importará que me quede con tu parte del botín, ¿no es cierto?

El segundo de abordo soltó una risotada sin humor.

—¡Ni lo sueñes, compadre!

El irlandés contempló a su camarada con sarcasmo: aquél italiano, sucio y pendenciero, valía su peso en lingotes de oro puro.

II

LUCHA SIN CUARTEL

Vulmea apretó el timón con sus fuertes manos y aulló a la tripulación:

—¡Todos a los cañones! ¡Preparad las espadas y las pistolas! ¡No quiero que quede un solo franchute con vida!

Los piratas se abalanzaron sobre los falconetes y los pusieron en posición de tiro. El ambiente cargado de electricidad podía cortarse con una navaja. Rostros sudorosos examinaron el galeón enemigo con ojos crueles; la compasión estaba de más en aquellas circunstancias. Lentamente, la fragata se puso a la altura de la nave francesa, dispuesta a descargar toda su potencia artillera. Los cañoneros se inclinaron sobre las mechas y esperaron la señal de ataque del capitán; los separaban unas pocas brazas de su objetivo. El rugido del irlandés fue similar a un trueno:

—¡Fuego!

Los cañones tronaron al unísono. La potente descarga reventó los mástiles y picoteó las velas, aniquilando a varios individuos diseminados sobre la cubierta adversaria. Gritos de agonía y maldiciones se alzaron sobre el humo blancuzco que cubrió el aire. Los piratas sortearon el retroceso de los falconetes y volvieron a cargarlos a gran velocidad. El olor de la pólvora inundó las narices de todos. La andanada apartó a los cañoneros franceses de su artillería y los obligó a buscar refugio en cualquier parte. Vulmea no desaprovechó aquella inesperada ventaja.

—¡Fuego al palo mayor!

La segunda salva barrió los pontones y partió el mástil principal como si fuera de papel. Con un crujido espantoso, el palo mayor se inclinó hacia un lado y se derrumbó sobre la proa, aplastando a los marineros que encontró en su camino. Un grito exultante escapó de la tripulación: todos sabían que el enemigo estaba a merced del Cacatúa. El irlandés cedió la rueda al italiano, desenfundó el sable de un tirón, y bajó a la cubierta sin cesar de dar órdenes.

—¡Empuñad las espadas y las picas! —bramó—. ¡Acabemos con esos bastardos!

Los garfios de abordaje volaron hacia el puente de mando del galeón. La primera oleada de piratas agarró las cuerdas y se descolgó hacia los franceses. Disparos aislados se escucharon entre los alaridos de guerra. Uno de los hombres de la fragata recibió un balazo en el pecho y se derrumbó entre el espacio que separaba ambas embarcaciones. Colérico, Vulmea agarró un cabo y traspasó el escaso margen que lo distanciaba de sus rivales. El aterrizaje sobre la cubierta recorrió su fisonomía de los pies a la cabeza. Inmediatamente, agarró un pistolón y disparó al primer individuo que se encontró por delante: los sesos de un oficial saltaron por los aires salpicando los tablazones del suelo. Sin pensarlo, soltó el arma y aferró el acero con las dos manos; un enemigo se le venía encima con una maza por delante, dispuesto a partirle el cráneo en dos. El irlandés esquivó el ataque y descargó el sable de izquierda a derecha: la hoja acarició el torso de su oponente y le tiñó el jubón de rojo.

—¡Pirata asqueroso! —gruñó el marinero—. ¡Pienso colgar tu cadáver del bauprés!

Vulmea se mostró arrogante:

—¡Inténtalo, merluzo!

El francés lanzó un chillido de rabia y atacó al pirata. Éste saltó hacia atrás y evitó la maza por escasos centímetros. El irlandés rechinó los dientes y levantó el sable sobre la cabeza con la intención de atravesar a su adversario, pero una detonación perforó el cuello del marinero, arrojándolo de espaldas como un guiñapo. El italiano sonrió desde detrás de una pistola humeante.

—No pensarías que iba a perderme la fiesta, ¿verdad?

Vulmea inclinó la cabeza:

—Gracias por la ayuda, compadre.

El segundo de a bordo imitó el tono de su capitán:

—Ha sido un placer.

Los piratas luchaban contra los franceses en un feroz cuerpo a cuerpo, utilizando las pistolas y las espadas, obligándolos a recular hacia el castillo de popa. La cubierta quedó llena de cuerpos atravesados por las balas y por los aceros. El irlandés hincó el sable en el corazón de un grumete que se interpuso en su camino: éste se desplomó escupiendo un borbotón carmesí por la boca. Efectuando estocadas de diestro a siniestro, se abrió paso entre el enemigo, secundado por sus hombres. Los marineros, individuos poco experimentados con las armas, sucumbían ante el ataque implacable su tripulación. Vulmea ladró exultante:

—¡No les deis cuartel, perros!

Con renovadas energías, los piratas reanudaron el asalto, sembrando la nave adversaria de cadáveres. Una figura acorazada apareció de improviso en el mascarón de popa, provista de un hacha de doble filo, lanzando imprecaciones estentóreas:

—¡Por todos los demonios del Infierno! ¡Luchad, ratas de agua dulce! ¡Plantadles cara u os arrancaré la piel a tiras!

Desesperados, los escasos supervivientes obedecieron las órdenes de la figura recubierta de metal; de no hacerlo terminarían siendo pasto de los peces. Vulmea se detuvo durante unos segundos, con la frente empapada de sudor y el acero embadurnado de rojo de la punta hasta el pomo. El sol llameante le golpeaba la cabeza como un martillo contra un yunque. Su tripulación sorteó a los vencidos y se dispuso a terminar con la veintena de franceses, nerviosos y atemorizados ante el fin que les esperaba, que aún ofrecía resistencia. Inesperadamente, un resquicio de piedad invadió el alma del irlandés: quería perdonarles la vida y permitir que volvieran a la seguridad de sus hogares. Aquellos necios no eran rivales para su tripulación, ninguno había sido entrenado en el uso de la espada. Sin ser consciente de ello, obvió cualquier atisbo de misericordia de su mente: los marineros podrían testificar en su contra si algún día era apresado por los numerosos capitanes ingleses que navegaban por los mares del Caribe.

—¡Qué demonios! —masculló entre dientes—. ¡Los tiburones también tienen derecho a llenar la tripa!

Ansiosos de sangre, los miembros del Cacatúa avanzaron con las armas en alto, sin ninguna duda sobre lo que tenían que hacer. Todos habían agotado los proyectiles de las pistolas y los mosquetes: los sables, las hachas, los cuchillos y las picas, realizarían el siniestro cometido de las balas y la pólvora. Los piratas atacaron el flanco de los franceses que parecía más débil, abriendo cráneos y cortando miembros, con una ferocidad nacida de las ansias de pillaje. Los marineros, con la fatalidad propia de los sujetos de su país, lucharon por conservar el cuello lo mejor que pudieron. Poco a poco, después de unos minutos encarnizados, fueron mordiendo el polvo. Vulmea se unió a la refriega, propinando mandobles dignos de un matarife. Un francés pereció ante sus botas con la cara convertida en una pulpa sanguinolenta; la hoja le había dividido la cabeza hasta los dientes. El irlandés apartó el cuerpo de una patada y alcanzó el primer peldaño de las escaleras que lo conducían a la rueda del timón. Un grito furioso rompió el estruendo del combate:

—¡Vulmea el Negro, hijo de mala madre! ¡Llevaba años esperando la oportunidad de abrirte en canal!

III

BAJO LA BANDERA NEGRA

Vulmea se detuvo en seco. ¿Por qué aquella voz le resultaba tan familiar? ¿Acaso se había encontrado con alguno de sus viejos rivales de la Hermandad Roja? Lleno de curiosidad, estudió a la silueta blindada que parecía ser el capitán el galeón. A pesar del casco metálico, reconoció las facciones repugnantes coronadas por una espesa barba negra: el mundo era un pañuelo, sin duda alguna. El odio abrasador exaltó la adrenalina producida por el abordaje: tenía ciertas cuestiones que saldar con aquel individuo; deudas que sólo podía pagar la sangre. El irlandés rechinó las mandíbulas.

—Continúas siendo una porquería de capitán, Francois. Tenías que huir con el rabo entre las piernas, como de costumbre, para no plantar cara al enemigo. ¡No eres más que un cobarde!

El francés enrojeció de rabia.

—¿Qué otra cosa podía hacer? ¡Estos imbéciles no detendrían ni el ataque de un niño!

Vulmea continuó ascendiendo hacia su oponente.

—¿Dónde está el barco que me robaste? ¿Qué fue de los piojosos que se amotinaron contra mí? ¡Quiero respuestas!

Francois lanzó una risotada cínica.

—Los vendí a la Armada Británica para conseguir que olvidaran todos mis crímenes de guerra —explicó—. Fueron ajusticiados en las Bahamas hace tiempo. ¡Sus despojos alimentaron a las gaviotas durante días!

El irlandés sintió como la bilis amarga se le agolpaba en la garganta: no era la primera vez que veía cadáveres ahorcados y encadenados, pudriéndose al sol, como advertencia para los demás piratas.

—Pagaras por ello —prometió—. Juro por Dios que no tardarás demasiado en hacerles compañía en el Infierno.

El francés le espetó burlonamente.

—¿Y me consideras un mal capitán? ¡Dormías la mona en aquella taberna cuando levamos las anclas dejándote tirado en el puerto de Tortuga!

Vulmea lo señaló con la punta del sable.

—Cometí la estupidez de confiar en ti y nos traicionaste a todos —repuso—. Un error que, ni yo ni nadie, volverá a tener…

El irlandés efectuó un movimiento imposible de seguir con la vista. La espada lamió el rostro de su rival y le cortó unos pelos de la barba. Sorprendido, Francois reculó hacia atrás; no esperaba que su antiguo capitán fuera tan rápido. Los aceros trazaron una madeja ensordecedora y levantaron centellas blancas y amarillas, buscando la vida del contrario. La tripulación hizo ademán de auxiliarle, pero Vulmea los detuvo en seco: no permitiría que nadie se inmiscuyera en sus asuntos.

—¡No quiero que intervengáis! —bramó—. ¡Esto es algo personal!

Ambos giraron en círculo, midiendo el temple y la habilidad del otro, con los cuerpos fríamente en tensión. El gigantesco francés, a pesar de llevar armadura completa, se movía con la velocidad de un gato. El hacha de doble puño destellaba en su diestra, prometiendo una muerte segura. El pirata en cambio, ni siquiera llevaba una miserable camisa de malla que le sirviera de protección. Dependía de su pericia y rapidez en el combate en alta mar; estaba en inferioridad de condiciones ante un oponente mejor pertrechado. Como buen espadachín, el irlandés conocía el estilo de Francois desde hacía años; éste era uno de los peores combatientes a los que podía enfrentarse. El hacha descendió trazando un arco relampagueante. Vulmea detuvo el ataque a duras penas: el impacto le hubiera arrancado el brazo a cualquier otro. Un rodillazo lo obligó a retroceder a trompicones hacia la toldilla: era un milagro que no tuviera alguna costilla fracturada. Los piratas contuvieron el aliento y apretaron las armas: parecía que su capitán iba a ser vencido. Irritado, el irlandés descargó cuatro mandobles seguidos sobre su oponente. El francés consiguió detener los tres primeros, pero el último le golpeó el casco, arrancándoselo de la cabeza.

—Había olvidado lo feo que eras, compadre —dijo Vulmea con sorna—. Tu madre, si la conociste, debía de estar muy orgullosa de ti.

Con un rugido animal, Francois se arrojó contra el irlandés, poniendo todo el peso de su cuerpo en el arma. Vulmea se ladeó hacia la izquierda, esquivando de refilón la hoja ensangrentada, que se hundió en el suelo de la popa con un sonoro crujido. El sable trazó un arco lateral y rebanó el cuello del francés de un lado a otro. Tambaleándose, su enemigo soltó el hacha y se llevó las manos a la garganta, intentando detener la horrible hemorragia. A pesar del odio que sentía hacia Francois, el irlandés admiró la voluntad que aún lo mantenía con vida; pocos hombres hubieran resistido una herida como aquella. Vulmea guardó el arma y ordenó al segundo de a bordo:

—¡Arrojadlo al mar! —exclamó—. ¡Que sea pasto de los tiburones!

El italiano subió al mascarón de popa acompañado por varios hombres. El francés, que yacía de rodillas circundado por su propia sangre, hizo un débil amago de resistencia al conocer el destino que le aguardaba. Sin contemplaciones, los piratas lo levantaron en vilo y lo lanzaron por encima del pasamano. Francois osciló en el aire durante un instante y rompió la serenidad de las olas al llegar al océano. El irlandés hizo un burlón gesto de despedida a la figura que intentaba mantener la cabeza sobre la superficie.

—¡Hasta nunca, puerco! —dijo—. ¡Creo que en breve tendrás compañía!

Varias aletas negras avanzaban desde poniente, espoleadas por el olor de la sangre, dispuestas a saciar su apetito con el francés. Vulmea ignoró el destino de su rival y se giró hacía el galeón que acababa de conquistar. La cubierta, llena de cadáveres de amigos y enemigos, parecía la antesala del mismísimo Averno. El irlandés descendió al puente de mando acompañado por el segundo de a bordo.

—Baja a las bodegas y comprueba el botín —indicó—. Veremos que trasladaban estos cretinos a Jamaica.

El italiano asintió y salió disparado hacia el interior del barco.

—Sí, mi capitán.

Un minuto más tarde, un bramido alborozado surgió de las bodegas; al parecer el combate no había sido tan infructuoso como Vulmea pensaba. El segundo de abordo colocó un pequeño barril sobre la cubierta y reventó la parte superior del mismo con el pomo de su espada. El vino, oscuro y embriagador, se deslizó por los tablazones cubiertos de cuerpos inertes. La tripulación levantó las armas y aulló como un solo hombre: por aquella recompensa hubieran luchado contra Satanás en persona de ser necesario.

—¡Abajo hay tantas barricas de vino como en el palacio de Su Majestad! —gritó el italiano lleno de júbilo—. ¡Tenemos fiesta para unos cuantos días!

El irlandés soltó una risotada.

—¡Adelante, perros! —bramó—. ¡Trasladad el botín y a los heridos al Cacatúa y enviemos esta carraca al fondo del océano! ¡Celebraremos una juerga que nunca olvidareis!

FIN

Alexis Brito Delgado

WOLFGANG STARK:  EL GIGANTE DEL ABISMO

"Después, tomando el sebo, como en sacrificio pacífico, lo quemará en el altar sobre las combustiones de Yahvé. Así le expiará el sacerdote por el pecado cometido, y le será perdonado".

Levítico 4:35

I

AGUAS NEGRAS

Año de Nuestro Señor 1.308.

En el horizonte, el sol era una rueda de fuego que iluminaba con sus primeros rayos la superficie impávida del océano. Stark contempló la distancia, silencioso sobre la cubierta del barco, e intentó atravesar las tenebrosas espirales de niebla que enrarecían el aire. El germano vestía sus habituales ropas negras: cota de malla con forma de caperuza, jubón sin adornos, pantalones estrechos, botas de cuero, capa de lana y guanteletes metálicos. De su cinturón colgaba una espada de doble puño envainada en una sencilla funda azabache y un cuchillo: armas suficientes para vencer a cualquier adversario. Stark volvió la cabeza, observó las velas hinchadas por la brisa y percibió que era el único pasajero que había abandonado su camarote. En lo alto del mástil, el vigía cabeceaba en su puesto, medio dormido, después de haber pasado la noche a la intemperie. El mar chocaba contra la quilla y rompía en remolinos espumosos, propagando su sonido fantasmagórico. Un escalofrío recorrió la columna vertebral del antiguo caballero templario: aquella tranquilidad le daba mala espina; todo estaba demasiado silencioso para su gusto.

Como de costumbre, Stark había sido incapaz de dormir, apenas logró disfrutar de unas horas de descanso antes de que el insomnio lo sacara de la cama. Desde la aniquilación de la Orden del Temple, negras pesadillas velaban sus noches, impidiéndole reconciliarse con un pasado que lo asediaba y lo obsesionaba a partes iguales. Deprimido, suspiró y apretó la barandilla hasta que le dolieron los dedos: daría su alma por una noche libre de sueños. A partir de aquel fatídico día, el germano había recorrido el mundo buscando una cura para aliviar su dolor. Sus viajes erráticos por Europa y la Tierra Santa no le proporcionaron el olvido que necesitaba. Su memoria era incapaz de borrar los hechos; cuando sus camaradas perecieron en manos de la Santa Inquisición, su alma quedó mutilada de forma irremediable. Sombríos pensamientos lo distanciaron del presente inmediato; nada volvería a ser igual. Era el precio que debía pagar por sobrevivir a sus semejantes.

De pertenecer a un círculo de hombres nobles, rectos y poderosos, Stark se había transformado en un mercenario, frío e individualista, que sólo se preocupaba por conseguir botín. Atrás quedaban el orgullo de los hábitos blancos, los votos formulados en nombre del Señor, la tranquilidad de portar la cruz patteé, las hazañas gloriosas por el bien de la cristiandad, o la fe indestructible que lo caracterizaba. Ahora, cada vez que se miraba en el espejo, el proscrito que vislumbraba le hacía un nudo en el estómago, le costaba aceptar a aquel individuo impasible, de helados ojos grises, con el que nunca podría congeniar.

A lo lejos, recortados en el horizonte, los acantilados abruptos del estrecho de Skagerrak eran una masa informe, velados por la bruma pastosa. Wolfgang se inclinó sobre el pasamano, observó los flecos de algas arrastrados por la corriente y sujetó fuertemente el pomo del acero: las aguas, lúgubres, le habían puesto la carne de gallina. Aterido, ajustó la capa en torno a sus hombros. Una flema se le atragantó en la garganta; jamás sería libre de sus pecados. El germano había escuchado rumores acerca de los templarios que lograron escapar de la traición de Felipe IV, Rey de Francia, alias “El Hermoso”, y del papa Clemente V, Padre de la Iglesia Católica. Al parecer, sus compatriotas optaron por el Sínodo de Maguncia, desafiando a los jueces y a los Señores que pretendían encarcelarlos y habían encontrado refugio en los Hospitalarios de San Juan. Una sonrisa amarga llenó sus labios: era un consuelo saber que los supervivientes continuaban con vida en alguna parte, cosa que no paliaba la soledad y el desarraigo que hacían de su existencia un infierno. En más de una ocasión, Stark había pensado en regresar al país que lo vio nacer, unirse a sus iguales y rehacer su vida, pero algo en su interior se lo impedía; quedaban demasiadas heridas por sanar. Su peregrinación por tierras extrañas, no concluiría hasta que el Todopoderoso lo considerada oportuno.

II

ENIGMAS EN LA OSCURIDAD

De repente, un sonoro chapoteo llegó a sus oídos, arrancándolo de sus reflexiones. Tenso, escrutó el océano con suspicacia, pero sus intentos fueron vanos: el mar no revelaba ninguna respuesta. Wolfgang cruzó la cubierta con grandes pasos, aproximándose al castillo de proa, dispuesto a examinar las aguas desde otro ángulo. Las líneas imprecisas del barco poseían un aspecto sobrenatural, que le recordaba las marismas de la Camarga, donde, meses atrás, huyendo de París perseguido por los Dominicos, fue testigo de espeluznantes sucesos, entre ellos, la aparición del fantasma de su difunto padre, el duque Joseph Stark.

¿Dónde estaría el centinela de babor? Una figura hizo crujir los tablones del suelo, tomó forma propia y frenó su avance. Stark reconoció la voz del noruego antes de apreciarlo a la luz parpadeante de un brasero.

—¡Qué asco de tiempo! —gruñó—. ¡Parece que ha llegado el Fimbulvetr!

Como siempre, el gigante hacía mención a las leyendas populares de su país: algunas supersticiones estaban demasiado arraigadas en la memoria de los hombres como para ignorarlas. El germano asintió, con la mano cerca de la espada. Durante un instante tuvo la impresión de que un demonio lo acechaba en la bruma. La falta de descanso pasaba factura a su imaginación.

—Cierto —respondió—. ¿Dónde está el centinela?

—Ni idea, amigo mío.

Harald había salido ataviado para la batalla: casco sin visera, malla de gruesas anillas asidas sobre una camisa de cuero, escudo de madera rematado con placas de metal y un hacha de doble filo de gran tamaño en su diestra. El germano no pudo evitar un gesto de admiración: el hombretón, que medía más de siete pies de altura, era una montaña de poderosos músculos; pocos soldados podrían aguantar un arma como aquélla, con una sola mano. El noruego enarcó las pobladas cejas.

—¿Qué os sucede? —inquirió—. ¡Estáis más pálido que de costumbre!

Stark sacudió la cabeza, molesto por su desliz: odiaba demostrar sus emociones ante terceros.

—Nada —masculló—. Juraría que he oído algo extraño.

Al escuchar sus palabras, Harald apretó el mango de roble del hacha: un brillo sagaz destelló en sus ojos azules.

—Vos también lo habéis oído, ¿verdad? ¡Pensé que había perdido la razón!

Wolfgang se irguió, alerta, con los nervios tirantes.

—¿A qué os referís?

El gigante resopló:

—Un sonido desveló mi sueño. Parecía que Lucifer arañaba con sus garras el casco de la nave. ¿Me entendéis?

Stark no dio importancia a sus comentarios.

—Tonterías —dijo con desdén—. Habréis tenido una pesadilla.

El hombretón bajó el tono de voz:

—Estas aguas tienen mala fama, amigo mío. Muchos bajeles han tomado esta ruta para no regresar. ¡Nadie volvió a ver a sus tripulantes sobre la faz de la tierra!

El germano fue pragmático:

—Habrán sido atacados por piratas —comentó—. Antes de partir, en el puerto de Londres, un mercader me contó que los gaélicos estaban asaltando los…

Harald lo interrumpió:

—¡No deberíais prestar crédito a los chismorreos de los comerciantes! —exclamó—. ¡La Serpiente Midgard vigila los bajíos del estrecho de Skagerrak!

Ambos hombres eran diferentes como las caras de una moneda. El noruego, con sus cabellos cerdosos, la barba tupida, modales vivaces y sonrisa de bebedor empedernido, difería del antiguo caballero templario, de pelo rubio albino, rostro pulcramente afeitado, conducta taciturna y expresión de asceta. Harald era producto de una tierra salvaje, descendiente de tribus guerreras, valeroso e indomable como las mismas colinas que lo engendraron. En cambio, Stark pertenecía a una noble estirpe, era un primogénito que cedió sus tierras a hermanos menores para abrazar la Beaussant; el cristianismo, la fe religiosa y la integridad, que definían su emblema personal. Aunque eran productos de una misma época, no podían ser más distintos. El gigante recordaba a las montañas llenas de nieve, la frondosidad de los bosques inexplorados y la barbarie de un país duro como el pedernal. Wolfgang evocaba a las iglesias dedicadas a Dios, los pergaminos cubiertos de oraciones y la morbosa rectitud de los clérigos.

Una corriente de viento envolvió el navío y a continuación, un nuevo chapoteo resonó en la oscuridad. Ambos hombres respingaron al unísono. El pánico a lo desconocido encogió sus almas. Stark desenvainó la hoja de un tirón.

—¡El centinela de estribor! —gritó—. ¡Alguien le ha atacado delante de nuestras narices!

De una rápida carrera, traspasaron la cubierta, rodearon el palo mayor y llegaron al otro costado de la nave: no quedaba rastro alguno del marinero.

—¡Os lo dije! —susurró el hombretón—. ¡Estas aguas son el coto de caza del Jörmundgander!

Wolfgang lanzó una exclamación:

—¡Cerrad la boca! —bramó—. ¡Despertaréis a los muertos con vuestra cháchara!

Un chillido horripilante sonó en el castillo de popa. El terror ascendió por la espalda del germano como una ráfaga helada. Harald se santiguó con expresión sobrecogida.

—Protégeme del mal que pueda atacarme, Señor —rogó—. Prometo ser un buen cristiano…

Stark no tenía tiempo de escuchar sus súplicas y echó a correr hacia la parte trasera del barco, con la espada por delante, sin esperar a su compañero. A mitad de camino, una silueta borrosa chocó contra su cuerpo e inquirió de modo desagradable:

—¿Qué demonios pasa? —Era el segundo de a bordo—. ¿Quién nos asalta?

De un empujón, el germano apartó al hombre derribándolo, sorteó los camarotes, alcanzó la escalera, saltó los travesaños de dos en dos y llegó al otro extremo de la embarcación. Nuevamente, el lugar estaba vacío; el timonel había desaparecido…

—¡Por los clavos de Cristo! —blasfemó—. ¡Esto es cosa del Diablo!

Resoplando, Harald se situó a su lado. Tenía el rostro enrojecido por el esfuerzo: la popa tembló bajo sus pasos.

—¿Qué es ese olor?

Wolfgang se tranquilizó e inspiró una bocanada de aire. Un hedor penetrante y nauseabundo impregnó sus fosas nasales. De inmediato, contuvo la respiración; la fetidez le había revuelto el estómago hasta casi vomitar.

—Es el aliento de Satanás —murmuró—. La pestilencia de las criptas del Infierno ha llegado a la superficie…

Los marineros salían de sus aposentos lanzando maldiciones mientras intentaban averiguar lo que sucedía. En un instante, la cubierta quedó invadida por hombres desarmados, a medio vestir, que se frotaban los ojos hinchados por el sueño. Colérico, el capitán Magnus los apartó, subió las escaleras y se aproximó a ambos. Su voz aguardentosa tronó en el aire:

—¿Por qué habéis dado la voz de alarma? ¡Juro por Dios que colgaré del palo mayor al responsable de este alboroto!

Stark no se molestó en ocultar su furia.

—¡Despertad, necio! —gritó—. ¡Vuestros hombres están cayendo como ratas de agua dulce!

Magnus se quedó sin habla:

—¿Cómo?

Un murmullo asustado se propagó entre la tripulación. El noruego intervino:

—¡Los centinelas y el timonel han desaparecido! ¡Tenemos que salir de aquí antes de que los demonios nos arrastren al abismo!

Expectante, Stark los ignoró y se aproximó a la rueda del timón: una fuerza misteriosa había reventado los ejes dejando extrañas marcas en la madera. Se inclinó sobre el suelo: las uñas del piloto habían horadado los tablones mojados, y un hilo de agua babeante desaparecía en la negrura. Una sensación de irrealidad lo invadió. Todo estaba sucediendo con lentitud, el frío aterrador le espesó la sangre en las venas. Temblando, se acercó a la borda: el pasamano estaba despedazado de principio a fin. Un sonido burbujeante llamó su atención. Wolfgang se detuvo paralizado por el terror. Abajo, en el océano en ebullición, dos grandes globos oculares amarillentos, llenos maldad primigenia, lo observaron sin alma desde un descomunal y espantoso cuerpo ameboide…

III

EL GIGANTE DEL ABISMO

Durante un segundo interminable, la visión de los ojos luminiscentes, petrificó los miembros del germano. Acababa de encontrar la respuesta a sus enigmas; se hallaba ante el mítico Leviatán, una criatura creada por el mismo Satanás que Isaías, los Salmos y Job mencionaron en sus libros. Una descarga de adrenalina invadió su corazón, reemplazó el horror cerval que amenazaba con enloquecerlo y encendió una llama fanática en su interior: el Todopoderoso había decidido ponerlo a prueba una vez más. Un enorme tentáculo rompió las aguas, chasqueó como un látigo y ascendió hacia su posición. Sin pensarlo, Stark se arrojó al suelo. El apéndice pasó por encima de su cabeza, avanzó a gran velocidad y se enrolló alrededor de Magnus. Un aullido surgió de la boca del capitán; sus costillas crujieron bajo la terrible presión, antes de desvanecerse en el interior del mar. Harald retrocedió, asustado, barboteando incoherencias.

—¡El Ragnarök ha empezado! —chilló—. ¡Odín ha decidido enfrentarse a Loki!

Los marineros se disgregaron en un estallido de histeria colectiva; gritos de pánico desgarraron la niebla; rostros desfigurados se elevaron hacia el cielo e imploraron clemencia Divina. El germano se incorporó, alzándose sobre la algarabía, controlando la situación.

—¡Armaros aprisa! —espetó—. ¡O Lucifer acabará con nosotros!

El bajel se inclinó hacia atrás, vencido por un peso infernal que desparramó a los hombres sobre la cubierta. Los palos temblaron, las vergas chirriaron, las jarcias se tambalearon y las velas vibraron. Un chasquido retumbó en el aire, el barco se ladeó a estribor y el mar penetró furiosamente en la sentina: el navío hacía aguas. Stark se volvió, empuñó el acero con ambas manos, pasó a través de las gotas de espuma y se dispuso a enfrentar al enemigo. Delante, diez apéndices verrugosos, provistos de gruesas ventosas, se extendían en todas las direcciones agarrando la parte trasera del navío. El miedo había desaparecido, Dios guiaba sus actos, estaba preparado para aceptar su destino: escupiría al Diablo en la cara. Un tentáculo osciló, golpeó la mesana y destrozó el mástil por la mitad. Herido de muerte, el palo se inclinó trazando una curva, para luego caer pesadamente, aplastando a los tripulantes desprevenidos en el recorrido y abriendo un boquete al aterrizar. Huesos rotos, vísceras y pedazos de carne salpicaron la cubierta.

El primero de a bordo levantó su lanza y el arma embistió uno de los brazos gelatinosos de la criatura sin producirle daño alguno. Acto seguido, el Kraken levantó al marinero por los aires estampándolo contra el mascarón de proa, convirtiendo su cuerpo en una masa sanguinolenta irreconocible. El noruego levantó el escudo, pero los ganchos que coronaban las ventosas del Kraken lo desbarataron arrancándoselo del brazo. Harald dominó el dolor de la piel lacerada y su hacha se clavó en un tentáculo, el cual esparció un chorro de sangre negra. Otro apéndice relampagueó y acometió contra el antiguo caballero templario. Wolfgang saltó a la izquierda, evitó la extremidad y descargó el arma con todas sus fuerzas: un tentáculo cercenado serpenteó ante sus pies. La criatura lo arrojó contra la rueda del timón: el impacto recorrió su anatomía como un martillazo. Magullado, Stark se levantó a duras penas. De un rápido vistazo, comprobó el destino de sus camaradas; no quedaba otra opción que abandonar el barco moribundo.

—¡Huid! —bramó—. ¡La nave está perdida!

Un tentáculo lo rodeó. El germano se quedó sin aire en los pulmones, las anillas de la caperuza se hundieron sobre su carne. El demonio lo levantó a peso, Stark pataleó, emitió blasfemias e intentó atravesar el brazo con su espada, pero la presa era imposible de romper. El hálito vomitivo del Kraken embargó sus sentidos, chispas carmesíes bailaron delante de sus ojos, la negrura se abalanzó sobre su persona: estaba cerca de perder el conocimiento. Su visión entrevió una boca umbrosa como la entrada del Infierno, circundada por colmillos mellados, que abría las mandíbulas preparada para devorarlo. Bruscamente, la extremidad cedió y el germano rebotó contra el suelo: el noruego le había salvado la vida. Con el rostro cubierto de sangre, Wolfgang se quitó el monstruoso apéndice de encima; la caída había abierto una brecha en su frente.

El bajel seguía ladeándose, remolinos blancuzcos salpicaron la cubierta, el vigía resbaló del mastelerillo, agitó los brazos y se abrió el cráneo contra el cuarto de los camarotes: sus sesos saltaron como una lluvia roja. Desesperado, Harald combatía contra la bestia. Un tentáculo lo impelió hacia la barandilla, y el choque le quebró la espina dorsal; su exclamación traspasó los tímpanos de Stark. El germano soslayó un brazo culebreante y cayó de rodillas cerca de su compañero. Una débil sonrisa apareció en los labios del gigante al reconocerlo.

—Todo ha terminado para mí, amigo mío.

Wolfgang no se dio cuenta de que las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

—Has luchado como un valiente, Harald —musitó—. El Señor te conducirá al Valhalla donde descansan tus antepasados.

El noruego estaba a punto de morir.

—Daré recuerdos a las valkirias de tu parte, Wolf…

No pudo terminar la frase, un estertor le escapó de la boca y la cabeza cayó sobre su pecho, exánime. El germano se puso en pie, iracundo, con una mirada asesina en los ojos: el Kraken pagaría sus crímenes; Jesucristo era testigo de su promesa.

—¡Patrem omnipotentem! —rezó—. ¡Salva nos ab igne inferiori!

El demonio había aniquilado a la mayoría de la tripulación. Los escasos supervivientes, una docena de marineros agotados y cubiertos de heridas, hacían lo imposible por mantener alejados los tentáculos. Stark abandonó la popa, evitó los cadáveres y los aparejos diseminados en todas las direcciones y se unió al estruendo de la refriega.

—¡Arriad los botes! —ordenó— ¡Tenemos que salir de aquí!

Un individuo vencido por el miedo replicó:

—¡Es una locura! ¡No tendríamos ninguna posibilidad!

El antiguo caballero templario le propinó una bofetada.

—¡Obedeced! —masculló—. ¡O le arrancaré la piel a quien no me haga caso!

Inesperadamente, los tripulantes se lanzaron sobre los botes, desesperados por salir del barco, con el único objetivo de salvar el pellejo. Stark utilizó el puño del mandoble, rompió varios toneles de brea y esparció su contenido por las planchas destrozadas. De inmediato, tomó un brasero y lo giró sobre su cabeza: los tizones inflamados pasaron del bermellón al blanco. El Kraken subió al navío, dispuesto a terminar su siniestra tarea; su cuerpo luminiscente, ancho y robusto, aplastó la madera. Wolfgang era el único pasajero, los marineros lo habían dejado atrás, tal como les había indicado.

Su mirada tropezó con la de la criatura. Dentro de los ardientes globos oculares residía un odio que se perdía en los eones del tiempo, una malevolencia visceral que superaba el paso de los milenios, un sufrimiento superior al del Ángel Caído ante la gracia del Altísimo. Hipnotizado, el germano no pudo apartar la vista de su oponente. Una profunda compasión se apoderó de su ser: ambos compartían una carga moral insoportable, eran hermanos unidos por una tragedia común, enfrentados por un destino inmisericorde. Stark lanzó el brasero al castillo de popa, los carbones encendieron la madera y levantaron una muralla de fuego que ocultó al Kraken. Las llamas se propagaron como una exhalación, subiendo por el trinquete, inflamando las velas, asando las carpas y finalmente, prendiendo la cubierta. A través del resplandor dorado-rojizo, Wolfgang atisbó los movimientos retorcidos del monstruo, que luchaba por volver a las profundidades de donde había emergido con un frenesí impío, imposible de soportar. De un brinco, traspasó la cortina flameante y se arrojó al agua: el peso de la armadura lo impulsó hacia el fondo. Frenético, pataleó intentando emerger, incitado por una energía sobrehumana. No pensaba perecer a aquellas alturas del viaje. Antes soportaría el Purgatorio por toda la eternidad. Al salir a la superficie, inspiró una bocanada de aire, se aferró a un tablón que flotaba en la corriente y se alejó del bajel. Atrás, la bestia agonizante formó un maelstrom, hundiendo consigo la carcasa del navío, esfumándose en el océano.

El sol apartó el manto de niebla y acarició las olas: aún quedaba esperanza. Exhausto, el germano apretó las quijadas y reunió las energías que le restaban. Le esperaba un largo camino hasta llegar a tierra…

FIN

Alexis Brito Delgado