“Cuentan las leyendas que hubo épocas anteriores a las registradas en la historia, donde civilizaciones nacían y caían, bajo los pies de hombres bárbaros y salvajes, que sólo hablaban con el acero que sus fuertes brazos sujetaban para abatir a sus innumerables enemigos. Eran épocas incivilizadas donde dominaba la ley del más fuerte.”
Action Tales presenta Relatos Salvajes:
Escrito por Alexis Brito Delgado / Portada: John Picaccio
WOLFGANG STARK : LA SANGRE DE DIOS
"Dijo Yahvé a Abram: «Salte de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre, para la tierra que yo te indicaré; Yo te haré un gran pueblo, te bendeciré y engrandeceré tu nombre, que será una bendición. Y bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Y serán bendecidas en ti todas las familias de la tierra»."
Génesis 12:1-3.
I
NOCHE INFERNAL
Año de Nuestro Señor 1.307.
El retumbar de los caballos llenó la noche, propagó su sonido a través de los campos negros y llegó al interior del castillo. En las almenas, vencidos por la curiosidad, los centinelas bajaron las lanzas, levantaron las viseras de los yelmos y observaron a los jinetes. ¿Qué motivo conducía a la Santa Inquisición a sus hogares? El cielo oscuro, cargado de nubes plomizas, amenazaba con desencadenar una tormenta sobre la tierra. Los pendones ondearon al viento, los cascos herrados repiquetearon, los escudos chocaron contra las sillas, las cotas de malla brillaron y las espadas prometieron tenebrosos designios, mientras la tropa de trescientos hombres, poderosamente armados, llegaba a las faldas de la fortaleza. Dentro del recinto, en lo alto de una torre, la Beaussant flotaba orgullosa bajo la luna llena. La hueste se detuvo ante las murallas del castillo. Uno de los jinetes que cabalgaba en primera fila se adelantó, ignoró el ulular del viento y rugió con voz autoritaria:
—¡Abrid las puertas! —ordenó—. ¡Traigo órdenes del Rey!
El jefe de la guardia, un italiano de facciones afiladas y modales soberbios, tomó la palabra:
— ¿Quién sois? —inquirió receloso—. ¿Y por qué venís a estas horas a importunar nuestro descanso?
El encapuchado dejó caer la caperuza sobre sus hombros.
—Soy Guillermo de Nogaret, confesor del Rey e inquisidor de la Madre Iglesia. ¡Obedeced!
Los centinelas murmuraron, nerviosos, ante la presencia de aquel hombre: uno de los individuos más odiados y temidos de Francia. La luz tenue de las antorchas bañó su rostro: cabellos hirsutos, piel sombría, frente hundida, nariz bulbosa, pómulos marcados y boca estrecha. Guillermo continuó:
— ¡Bajad el portón! —instó—. ¡Mi misión no admite demora alguna!
De improviso, en las almenas apareció el Maestre del castillo, medio adormilado, sus sirvientes lo habían sacado de la cama a horas intempestivas.
—Buenas noches, señor —saludó con condescendencia—. ¿A qué debemos el honor de vuestra visita?
El inquisidor enrojeció de rabia.
— ¿Debo seguir aguantando esta cháchara a la intemperie como si fuera un vulgar campesino, De Molay?
El hombre se revolvió.
—Por supuesto que no, señor.
Guillermo arrastró las palabras:
—Permitidme pasar —dijo con malignidad—. ¡O de lo contrario os pudriréis en una celda!
El jefe de la guardia susurró a su superior:
—Esto no me gusta nada, señor.
El Maestre replicó:
—A mí tampoco, Arnaldo, amigo mío.
Inquieto, Arnaldo señaló con el índice a los jinetes.
—Hay dominicos entre sus filas, señor.
La Orden de los Hermanos Predicadores, siervos del Papa Clemente V, encargados de erradicar el pecado y la herejía, eran conocidos en toda Europa por su crueldad y fanatismo religioso. Vestían hábitos blancos, capuchas, escapularios, capas azabaches, y llevaban bien visibles las cruces de Calatrava con el lema de su unidad: Laudare, Benedicere, Praedicare.
De Molay agitó la mano, indiferente:
—Esto no es una caza de brujas, mi buen Arnaldo.
Éste resopló:
—Preferiría no correr riesgos, Maestre de París.
Arnaldo estudió al pequeño ejército: caras hoscas, aceros centelleantes, expresiones ominosas, dedos engarrotados alrededor de los arcos, miradas ardientes... Un escalofrío recorrió su espina dorsal y le erizó los pelos de la nuca: intuía que algo terrible estaba apunto de suceder. El inquisidor real chilló como un poseso:
— ¡Estáis agotando mi paciencia! —amenazó—. ¡A su Majestad no le gustará saber que desobedecéis sus órdenes!
Aunque sólo el Papa tenía poder sobre ellos, De Molay prefería evitar conflictos diplomáticos con el Rey de Francia: la Orden había sufrido duros reveses durante los últimos tiempos, la opinión popular aún protestaba ante la pérdida de la Tierra Santa.
El jefe de la guardia tragó saliva.
— ¿Qué demonios querrá?
Su superior esbozó una sonrisa tensa:
—Pronto lo sabremos.
Arnaldo gritó a sus hombres:
— ¡Bajad el puente!
Con un chirrido, los pernos giraron, las cadenas se desplegaron, la superficie de madera descendió y tomó tierra firme al otro lado del foso. Segundos después, los jinetes espolearon sus monturas, avanzaron como una mareada lóbrega y traspasaron la estructura: el tronar de los corceles levantó ecos en la madrugada. El jefe de la guardia bajó al patio acompañado por el Maestre del castillo. Guillermo de Nogaret detuvo su corcel cerca de ambos hombres.
— ¡Infieles! —gritó—. ¡Habéis mancillado el nombre de Cristo!
La sorpresa los dejó sin habla:
—No os comprendo, señor —dijo Armando—. ¿De qué se nos acusa?
Los ojos del inquisidor chispearon como ascuas.
— ¡De blasfemia! —exclamó—. ¡Escupís sobre la cruz!
Colérico, De Molay llevó la mano a su cadera, para descubrir que estaba vacía: con las prisas había dejado la espada en sus aposentos. Su voz fue helada:
—Os ruego que os retractéis de vuestras palabras, señor. —susurró—. O la sangre empapará estos muros dedicados a la meditación y a la plegaria.
El inquisidor no le hizo caso.
— ¡Sodomitas! ¡Adoradores de símbolos paganos! ¡Arderéis en las llamas purificadoras del Señor!
El jefe de los centinelas desenvainó su arma.
— ¡Perro! —gruñó—. ¡Demostradlo ante un tribunal!
Guillermo sacó un pergamino de sus vestiduras.
—En el nombre de Felipe IV, con el consentimiento de su Santidad Clemente V, estáis todos arrestados por los delitos anteriormente aludidos.
— ¡Imposible! —Bramó De Molay—. ¡Somos buenos cristianos!
El inquisidor esbozó una de sus escasas sonrisas: un gesto capaz de helar la sangre en las venas al soldado más aguerrido.
—¡Mentira! —Hizo una señal a su gente—. ¡Prendedlos!
II
LA SANGRE DE DIOS
Inquieto, Wolfgang Stark abrió los párpados y buscó el pomo de su espada: el contacto del arma no lo tranquilizó. Después, apartó la manta que cubría su cuerpo y puso los pies desnudos sobre la alfombra: una pesadilla había des- velado su descanso. Sus anchos hombros temblaron, la estancia helada erizó los poros de su piel: tendría que pedir más leña a los hermanos legos para la chimenea. De forma inconsciente, intentó recordar sus sueños, pero su mente estaba en blanco; un débil consuelo que no le proporcionó la tranquilidad que necesitaba. Inmediatamente, abandonó la cama y se uniformó: ropa interior, cota de malla hasta los muslos, túnica con la cruz latina y botas de cuero. Su rostro taciturno, poblado por una espesa barba rubia, mostró signos de turbación: sabía que algo no iba bien. Acto seguido, ajustó la espada dentro de la vaina sin adornos y colocó un puñal en su costado: estaba listo para entrar en combate. Desde el exterior, el sonido de gritos llegó a sus oídos causándole un espasmo de aprensión: el castillo estaba bajo asedio. En sus ojos grises, fríos y melancólicos, destelló una llama acerada: los asaltantes iban a perecer por su osadía.
El germano se colocó el casco cilíndrico y salió de la habitación. En el pasillo, las lámparas de aceite iluminaron su figura y le proporcionaron un aspecto lúgubre. Stark cruzó el corredor de techo ovalado con grandes pasos y llegó a una puerta cerrada. Su puño enguantado aporreó la madera.
—¡Despertad, Constantin! —vociferó—. ¡Despertad, maldita sea!
El rostro somnoliento de uno de sus escuderos apareció en la entrada.
—¿Qué sucede, señor?
El caballero lo apartó a un lado e invadió la estancia a oscuras.
—Vestiros —indicó—. Alguien nos ataca.
Al anciano se le pasó el sueño de inmediato.
—¿Estáis seguro de lo que decís, señor?
—¡Apresuraos! —masculló—. ¡No hay tiempo para charlas!
Mientras su siervo se vestía, Stark se asomó a la puerta y escudriñó el pasadizo, con los músculos tirantes por la espera.
—¿Dónde está Armand? —inquirió.
Su escudero agachó la cabeza.
—No lo sé, señor.
El germano enarcó las cejas debajo del yelmo.
—¡Mentís como un bellaco!
El hombre titubeó:
—He escuchado rumores, señor.
Wolfgang encajó las quijadas.
—Explicaros, Constantin.
—Los hombres de las caballerizas comentan que suele visitar a las campesinas de los alrededores, señor.
Stark ahogó una blasfemia. En su mente cristiana no cabía peor pecado que los delitos de la carne. Armand no era digno de ser su siervo. Se encargaría de que el Maestre lo expulsara de la orden por lascivo.
—Ya hablaremos de esto...
Minutos después, el caballero y el anciano traspasaron una galería, en dirección al patio del castillo. Afuera, el sonido de la ofensiva arreció con el entrecruzar de los aceros, el gemido de los heridos, el crepitar del fuego, y los improperios de los soldados. Circunspecto, Stark adelantó a su escudero, empuñando el mandoble de doble filo. Descendieron una escalera de caracol, avanzaron por un pasillo cubierto de tapices, y llegaron a una vasta sala. Un hombre yacía en el suelo, circundado por un charco carmesí. El germano corrió y se inclinó sobre el moribundo.
—¡Arnaldo! —exclamó—. ¿Qué os ha sucedido?
El jefe de la guardia escupió unas gotas de sangre.
—Los hombres del Rey nos atacan —musitó—. Tened cuidado...
Stark se quitó el casco y comprobó la espantosa herida: era un milagro que continuara vivo.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Qué clase de locura es esta?
La mirada vidriosa de Arnaldo reconoció a su interlocutor.
—Wolfgang... Debéis huir... Todo está perdido...
El caballero lo zarandeó sin contemplaciones.
—¡Contestadme! —rugió—. ¿Por qué nos asedian los siervos de su Majestad?
El moribundo susurró:
—Nos acusan de profanaciones en el nombre del Señor...
Stark hizo acopio de paciencia.
—¿Profanaciones? ¿Cómo es posible?
Arnaldo no pudo contestar sus preguntas: su corazón había cesado de latir. Deprimido, el germano cerró sus párpados abiertos y oró una plegaria:
—Gratiam tuam quaesemus, Domine, mentibus nostris infude: ut, qui Angelo nuntiante, Christi Filii tui encarnationem cognovimus, per Passionem eius et Crucem ad resurrectionis gloriam perducamur —murmuró—. Per eundem Christum Dominum nostrum. Amen.
Constantin lloraba como un niño. Stark efectuó una promesa.
—Vengaré tu muerte, Arnaldo. Lo juro por la carne y la sangre que Cristo vertió para salvarnos. Dios es testigo de mis palabras.
El caballero se incorporó. Una expresión terrible desfiguraba sus elegantes facciones. Sus dedos apretaron la empuñadura del acero hasta que sus nudillos se tornaron blancos. El anciano se santiguó.
—Dios nos coja confesados...
Stark volvió a ponerse el yelmo.
—¡Vamos! —instó—. ¡Mi espada clama venganza!
En aquel momento, la puerta de bronce situada al fondo de la cámara se abrió: cuatro soldados armados con mazas de plomo y afilados machetes penetraron en la estancia. Uno bramó:
—¡Atrapadlos!
El germano no esperó a que tomaran la iniciativa. Su diestra agarró el cuchillo y lo arrojó hacia el hombre. El arma trazó una elipsis y se hundió en su garganta: su enemigo murió soltando un borbotón escarlata por la misma. De in- mediato, extendió las piernas, afianzó su posición y detuvo el primer ataque: chispas blancoazuladas saltaron al entrar las hojas en contacto. Stark retrocedió, esquivó un impacto dirigido a sus costillas y enterró la espada en el estómago de su rival. El soldado profirió un chillido, se llevó las manos al vientre y lanzó un insulto estrangulado:
—¡Que el Señor te maldiga!
Wolfgang lo despanzurró como a una res: sus entrañas salpicaron las baldosas de piedra. Su voz destiló un tono cínico y cruel, impropio de su persona:
—¡Arde en el Infierno, necio!
A su izquierda, su escudero luchaba contra dos adversarios, manteniendo a raya sus armas a duras penas. Con un grito, Stark embistió por detrás, el acero trazó un arco horizontal y una cabeza decapitada rodó por el suelo. Constantin reculó, sorprendido, con el pecho abierto por una espantosa herida. El caballero dejó caer el arma y cortó la mano del hombre: éste aulló como un endemoniado. Inmisericorde, remató al herido, una estela púrpura dividió su faz hasta los dientes. Stark limpió la espada en las ropas del cadáver, recuperó el puñal y corroboró el estado del anciano: nada podía hacer por salvarlo. Una sensación de derrota lo invadió: había visto a demasiados camaradas caídos. El germano lanzó una imprecación, no quedaban soldados jóvenes en el castillo, De Moley había destinado a los mejores hombres a la Isla de Chipre y a las provincias de Europa: sólo contaba con criados y viejos para defender la guarnición. La violencia se apoderó de su ser relegando sus emociones a un segundo plano: quedaban deudas por saldar. Wolfgang rogó con ojos férvidos:
—Permíteme que sea el adalid de Tu Cólera, Señor. Llevaré Tu palabra donde vaya y venceré a los pecadores con la fe que me has otorgado...
III
EL ÚLTIMO TEMPLARIO
Stark apretó los puños, controló la ira que palpitaba en sus venas y se arrastró en la oscuridad. Una docena de cuerpos prendían en las almenas, iluminados por el espejismo lunar. Impotente, lanzó un gruñido y ahogó un sollozo desesperado. El pesar lo cubrió como un sudario, los remordimientos que creía olvidados regresaron y quemaron su interior. El caballero había fracasado, sus camaradas fueron ejecutados ante sus narices, tendría que cargar para siempre sus muertes sobre su conciencia. El odio lo impulsó hacia delante. Su cara pálida estaba desencajada por la necesidad de venganza, terminaría con aquellos pecadores, costara lo que costara. Risas rasgaron el silencio sepulcral. Su agitación aumentó y borró cualquier atisbo de humanidad de su ser: Satanás hubiera retrocedido ante su presencia de tenerlo enfrente. El resplandor mortecino de las hogueras alumbró los muros: cadáveres retorcidos, mutilados y saeteados, corceles agonizantes, y armamento destrozado. La matanza, sádica y sangrienta, no había dejado a nadie con vida: Stark era el único superviviente. Wolfgang rodeó los cobertizos, silencioso como una cobra, con la intención de comprobar cuantos enemigos quedaban en el patio. Masoquista, miró los cuerpos de sus compañeros, horriblemente masacrados. De inmediato, apartó la vista, la tristeza lo abrumaba, haciéndole un nudo en la garganta. Seis hombres bebían alrededor de una fogata. El germano reconoció los muebles de los aposentos privados del Gran Maestre: habían sido troceados para hacer leña. Los soldados del Rey asaban lonchas de carne en la punta de sus cuchillos, dispuestos a pegarse un atracón. Un individuo se aproximó al fuego y arrojó un pellejo vacío a las llamas.
—Buen vino el de los templarios, ¿verdad, muchachos?
Sus hombres rieron, levantaron las botellas y brindaron con diversión.
—En el cuerpo de su Majestad no nos permiten beber en horas de servicio, sargento Léopold.
— ¡Cierto! —un soldado raso se llevó un pedazo de carne a la boca—. ¡Maldición!
Léopold fue burlón:
—¡Id con cuidado, Wilfried, os vais a quemar!
El gordinflón exclamó:
—¡Iros al diablo!
Otro añadió, sarcástico:
—La guarnición os ha ablandado, Wilfried.
Stark apuntó su rostro desfigurado por la viruela en su memoria: ojos porcinos, nariz aplastada y boca putrefacta. Las secuelas de la enfermedad habían convertido sus facciones en una máscara inmunda. Uno de los soldados tomó la palabra:—De Nogaret ha hecho una buena limpieza —comentó—. ¡Esta basura merecía perecer por su iniquidad!
De nuevo, carcajadas:
—Mañana regresaremos a Paris —declaró el sargento—. Debo pedirle un permiso al capitán Donatien.
—Dudo que os lo conceda —replicó el gordinflón con sorna—. La caza de los templarios sólo acaba de empezar.
—Ya veréis —terminó otro pellejo de vino—. Tengo buenos contactos en el ejérci...
Aquella fue su última frase, la punta de una espada asomó en su pecho, a la altura del corazón. El caballero pateó a su adversario y lo arrojó dentro de la hoguera: el cadáver chisporroteó al caer sobre las brasas. Los soldados intentaron levantarse. De un salto, Stark se situó entre los cinco hombres, osciló el arma sobre su cabeza y lanzó un alarido de guerra. Un enemigo murió con la nuez atravesada. Wolfgang sacó el arma de un tirón, efectuó una finta e introdujo la hoja por el hueco del brazo de una armadura: el acero mordió carne y extirpó otra vida. El germano giró, una espada chocó contra su cabeza y le arrancó el casco: el retumbar del acero lo atontó durante unos segundos. Furioso, dio un largo paso, flexionó la rodilla derecha extendiendo la pierna izquierda, introdujo el arma debajo de la faldeta de su oponente y desgarró sus genitales: el soldado berreó antes de caer inerte. Una maza le rozó el hombro, Stark se ladeó, desenfundó el cuchillo y lo hundió en el tórax del soldado: aquel hombre no volvería a darle problemas. Aterrorizado, Wilfried soltó el hacha y corrió hacia la entrada del castillo.
— ¡Cobarde! —Tronó el caballero—. ¡Os arrancaré las entrañas!
En diez zancadas, estuvo encima del gordinflón y lo embistió por la espalda. Su propio impulso lo hizo zozobrar, pisó unas piedras sueltas, y ambos cayeron dentro del foso con un sonoro chapoteo. El agua oscura y grasienta los rodeó con su masa. Stark elevó el puñal e intentó degollar a su adversario, pero el hombre le agarró la muñeca y buscó su propio cuchillo: el pánico proporcionaba una fuerza sobrehumana a sus movimientos. Los dos soldados forcejaron y levantaron remolinos de espuma. Wilfried le arañó la mejilla, el germano lanzó un gemido ahogado y lo apartó de un manotazo. Stark cambió de táctica, hundió a su oponente en las aguas turbulentas y lo impulsó hacia el fondo, utilizando todo su peso. El individuo se resistió y pataleó. El caballero le metió los pulgares en las órbitas y le estalló los ojos. El grito del gordinflón quedó silenciado debajo de la superficie burbujeante. Wolfgang apretó con dedos de hierro la cabeza, hasta que el cuerpo quedó inmóvil. Sin pensarlo, hundió el puñal en las facciones del cadáver y convirtió sus rasgos una masa sanguinolenta irreconocible: parecía que Lucifer se hubiese apoderado de sus actos.Stark salió del foso con dificultad y se dirigió a la fortificación: tenía frío, le pesaba la armadura, y le dolían todas las articulaciones del cuerpo. Un relámpago rasgó la madrugada, destelló en las tinieblas e irradió las figuras ahorcadas en las almenas. Una fría llovizna golpeó los hombros del germano. Wolfgang soltó un suspiro, se encontraba demasiado cansado para dilucidar, no quería sufrir más, bastantes horrores había presenciado hasta ahora. En el horizonte, las nubes comenzaban a clarear y mostraban los primeros destellos del sol matutino: la visión del cielo gris lo hizo inclinar la cabeza, abrumado por el pesar. El caballero se despojó de su manto manchado de sangre y de barro, le quitó las vestiduras a un cadáver y recuperó su yelmo; debía salir de allí lo antes posible. Después, registró los cuerpos de sus oponentes, les arrebató las escasas monedas que llevaban en los bolsillos y las provisiones de sus morrales; los muertos no las necesitarían. ¿Dónde estaban las huestes de Guillermo de Nogaret? Stark oteó la entrada del castillo, unas figuras cabalgaban en la lejanía, acercándose hacia la fortaleza. No podía continuar en aquel punto, tarde o temprano sus enemigos lo localizarían, había visto de lo que eran capaces; no albergaba muchas ilusiones en el caso de que cayera en sus manos. Con una mueca determinada, el germano se aproximó al lado oeste del patio, eligió una de las monturas de los soldados —un caballo blanco de mirada orgullosa y patas robustas— y se dispuso a huir para salvar su existencia.
En la salida, volvió su cabeza acorazada, apretó las riendas del animal y musitó con los ojos llenos de lágrimas:
—Lo siento, amigos. Que Dios de reposo a vuestras almas y castigue a los criminales que os asesinaron...
FIN
Alexis Brito Delgado
ETERNIDAD
Logré que se desvaneciera de mi espíritu toda esperanza humana. Salté sobre toda alegría, para estrangularla, con el silencioso salto de la bestia feroz. Llamé a los verdugos para morder, al morir, la culata de sus fusiles. Llamé a las plagas para ahogarme con arena, con sangre. La desgracia fue mi Dios. Me revolqué en el fango. Me sequé con el aire del crimen. Y jugué unas cuantas veces a la demencia. Y la primavera me trajo la horrible risa del idiota.
Arthur Rimbaud
1
LA AGONÍA DEL LOBO BLANCO
El desierto se extendía hasta el horizonte, bañado por los haces ardientes del sol, imbuido en un silencio sobrenatural. Una brisa estremeció las dunas susurrantes. Exhausto, el albino levantó la cabeza hacia el cielo y contempló la bóveda celeste que abarcaba el infinito: quedaba poco para que anocheciera. Con languidez, Elric estrechó la túnica alrededor de sus hombros, cubrió la palidez cadavérica de su rostro inhumano de los rayos abrasadores y comprobó que no había torcido el rumbo que seguía desde el amanecer. Quarzhasaat estaba cerca, diez kilómetros lo separaban de la ciudad, no le quedaba otro remedio que continuar adelante: había agotado las pócimas que lo mantenían durante la travesía a través del Desierto de los Suspiros. Apretando los dientes, el albino maldijo su propia estupidez. Aquel viejo ilmiorano lo había engañado, el mapa que señalaba la situación de la mítica Talenorn resultó ser un fraude: ahora tenía que pagar las consecuencias de su ingenuidad. Desalentado, Elric bajó una depresión entre dos grandes bancos de arena e ignoró el calor que consumía sus fuerzas, dispuesto a andar hasta la llegada de la noche. Lentamente, el albino adecuó sus movimientos al desierto, cruzó las dunas como una sombra y procuró conservar la poca energía que le restaba. Sin desearlo, su mente retrocedió al pasado y recordó a los viejos camaradas: Dyvim Tvar, Huesos Torcidos, Rackhir el Arquero Rojo y Smiorgan el Calvo. Todos aquellos que lo habían acompañado durante los últimos meses, desde que había decidido autoexiliarse para recorrer los Reinos Jóvenes, en busca una meta que no alcanzaba a comprender. Durante un momento, Elric extrañó al Sacerdote Guerrero de Phum, esperaba que hubiera encontrado Talenorn, donde se decía que los hombres hallaban el descanso. Un destello brilló en el horizonte, el albino hizo visera con la diestra, sus ojos carmesíes otearon el páramo inabarcable y contempló una pequeña caravana que probablemente se dirigía a Kaarlaak, dispuesta a comerciar lejos de los límites del Erial de las Lágrimas. Abatido, Elric siguió hacia el noroeste, no podía pedir auxilio a los nómadas, estaban demasiado lejos, nadie escucharía sus gritos demandando socorro. La espada murmuró en su cadera izquierda y lo apartó del lúgubre futuro que lo esperaba.
—¿Qué sucede, Tormentosa? —inquirió el melnibonés al acero con cierta ironía—. ¿No disfrutas del viaje?
La Espada Negra volvió a rezongar.
—¡Cállate! —exclamó Elric—. ¡No me molestes!
El albino atravesó las dunas candentes, sus piernas se enterraron hasta las rodillas y le impidieron avanzar con prontitud, mientras vigilaba los remolinos polvorientos que podían tragarlo con facilidad. La imagen de Cymoril llenó su memoria, el anhelo por tiempos mejores apretó sus entrañas y le hizo un nudo en la boca del estómago. Nunca podría regresar a Melniboné, dentro de poco su cadáver sería pasto de los buitres, traicionaría las promesas que hizo al partir de Imrryr: su estado no le permitiría alcanzar Quarzhasaat. Nuevamente, Elric odió su debilidad física, la sangre contaminada que recorría sus venas y lo convertía en un individuo enfermizo, en el emperador inadecuado para sentarse en el Trono de Rubí de la Isla del Dragón. Las cadenas hereditarias eran imposibles de romper, el albino sabía que jamás gobernaría su imperio como deseaban sus súbditos, detestaba el poder que oprimía su espalda, era demasiado distinto a sus antepasados, no encajaba en las tradiciones que se perdían en el polvo de los siglos. En aquel momento, después de tantos años, comprendió a su padre. Sadric estuvo condenado a pasar por lo mismo, rigió a una raza en decadencia, a unos individuos malévolos preocupados en disfrutar de sus sofisticados placeres: anacronismos que no aceptaban que los días gloriosos del pasado estaban muertos. Elric ambicionaba cambiar a su pueblo, convertir Melniboné en un punto de referencia para los Reinos Jóvenes, era la única manera que tenía su raza de sobrevivir, o sería conquistada por el declive que trae el paso del tiempo. Tormentosa vibró en su costado: su risa burlona barrió sus buenos propósitos y lo obligó a recordar lo imposible de su ilusión.
—Verás que tengo razón —afirmó el albino—. Demostraré que no me equivoco.
La frase murió en su boca. Se encontraba demasiado deprimido para albergar planes de futuro, no le quedaba ninguna esperanza de sobrevivir, su prima no le vería regresar dentro de un año. Elric se desplomó de rodillas, una lágrima descendió por su mejilla y dejó una estela en su cara manchada de polvo. Las dudas golpearon su mente nublada por el cansancio: ¿Acaso se engañaba a sí mismo? ¿Traería la destrucción a Melniboné? ¿Yyrkoon volvería a traicionarlo? ¿Merecía vivir en un mundo que lo repudiaba? El albino rodó por una duna y levantó una nube de tierra: el clima avasallador lo había vencido. La Espada Negra gimió y lo obligó a abrir los ojos almendrados: el cielo color índigo iba tornándose malva. Una ráfaga de aire lo estremeció, sudaba, si perdía humedad estaba acabado, el desierto triunfaría sobre su voluntad. Elric quiso incorporarse pero sus esfuerzos fueron vanos, su físico no le permitiría proseguir, estaba condenado a un final miserable...
2
ORLAND FANK
El príncipe albino abrió los ojos. Ignoraba cuanto tiempo llevaba inconsciente, una corriente de frío lo sacudió de la cabeza a los pies: la temperatura había descendido a un límite insoportable. La luna enrojecida bañaba los contornos de los bancos de arena y hacía brillar el desierto con una belleza mortífera que lo hizo dudar de su propia angustia. Inconscientemente, Elric buscó una pócima, pero el morral estaba vacío, no tuvo la oportunidad de reponerlas en Jadmar. Un zorro plateado cruzó la pendiente. El animal contempló al melnibonés con curiosidad, antes de continuar su caza nocturna. Tiritando, arrebujó la túnica de seda en torno a su esternón y respiró entrecortadamente a causa de la madrugada helada. La arena se clavaba como puñales de escarcha en su espalda. El albino aguzó los oídos, buscó la espada de manera automática y aferró el pomo con largos dedos blanquecinos: creía oír pasos en la negrura.
—¡Hola! —saludó una voz—. ¿Me escuchas?
Elric agitó la cabeza. Era imposible que alguien lo estuviera buscando, tendría demasiada suerte, cosa que nunca le acompañaba.
—¿Dónde estás? —continuó el desconocido—. ¿Hawkmoon?
El albino decidió guardar silencio, no se fiaba de los buenos propósitos de su inesperado visitante, aquellas tierras estaban colmadas de peligros: no volvería a confiar en nadie si podía evitarlo. Un hombre quedó iluminado por la luna. Sus ropas eran estrafalarias, desentonaban con la indumentaria de los habitantes de los Reinos Jóvenes: camisa de lino escarlata, calzones amarillos bombachos, gorra verde manzana y capa naranja doblada sobre su hombro. El joven estaba rodeado por una especie de aura intangible que circundaba su anatomía de forma irreal: parecía que no pertenecía a aquel plano. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro:
—¿Príncipe Elric? —Se detuvo lejos del alcance de la Espada Negra—. Me alegra haberos encontrado.
El desconocido le resultó familiar al albino. Lo había visto en alguna parte, un extraño nexo de afinidad los unía, el mismo que experimentaba con el Arquero Rojo.
—¿Quién eres? —susurró—. ¿Cómo sabes quien soy?
—Mi nombre es Orland Fank —dijo con una burlona inclinación de su cuerpo—. ¿No me recuerdas, Campeón?
—No.
Tormentosa estaba muda. Fank observó el acero con recelo, y acarició el hacha de doble filo que colgaba en su espalda, reacio a aproximarse al melnibonés.
—Me lo imaginaba —rió—. Suele pasar cada vez que nos encontramos.
Elric no podía sospechar del desconocido, no era un enemigo, la espada lo hubiera delatado, aunque no entendiera lo que le estaba diciendo.
—¿Vas a ayudarme? —inquirió—. No puedo levantarme.
—¡Claro! —Señaló con un dedo la hoja infernal—. ¿Me atacará?
—No.
Orland Fank lanzó una carcajada.
—¿Seguro?
—Te lo prometo.
Despreocupado, Fank se arrodilló ante el albino, agarró su cabeza y le introdujo una cantimplora entre los labios cuarteados por la sed. Elric bebió ruidosamente. Una oleada de energía envolvió sus miembros, calentó los huesos helados por el desierto y le devolvió una fracción de su antigua energía.
—Gracias, Fank. —Estudió a su salvador—. ¿No serás familiar de Rackhir el Sacerdote Guerrero de Phum?
—No, príncipe Elric. —Sonrió—. Aunque no descarto la posibilidad por completo.
—¿De dónde vienes?
—En teoría provengo del futuro —explicó—. Aunque no lo puedo afirmar con seguridad. El tiempo no sucede de idéntica manera en todos los ámbitos. Ahora mismo, el Imperio de Granbretan ni siquiera debería existir.
El melnibonés no entendía nada.
—¡Siento confundirte, Elric! —bromeó—. ¡No debería estar aquí!
—¿Por qué no?
—Pertenezco a otra época. Viajo entre los planos aleatoriamente ofreciendo mi auxilio al Campeón Eterno. Ahora mismo he sido trasladado desde las Islas Orcadas. Allí esperaba a vuestra futura reencarnación, Dorian Hawkmoon, que lucha contra las fuerzas del Imperio Oscuro.
Elric pasó por alto la explicación de Fank, aunque podía reconocer un nombre, estaba seguro de haber oído hablar de Hawkmoon, quizá en uno de los libros de la biblioteca de su padre, cuando era instruido para ser el Emperador de la Isla del Dragón.
—Debo irme, príncipe Elric. —La figura de Orland Fank empezó a difuminarse—. Mañana enviaré a Anigh a buscaros.
—¡Fank! —gritó Elric—. ¡No me dejes aquí!
—Lo siento, Elric —dijo apenado—. Volveremos a encontrarnos.
El silencio cubrió su partida. El albino se quedó solo, con la impresión de que había perdido a un buen amigo, antes de desvanecerse en el mundo de las pesadillas...
3
ARIOCH
—Elric...
—¿Arioch?
—Mi fiel esclavo...
—¿Señor?
El Duque del Infierno apareció sobre el albino: era un joven rubio de melancólica belleza, vestido con telas etéreas que cambiaban de color y enmarcaban todos los espectros del arco iris.
—¿En que lío te has metido esta vez?
—Señor, quiero llegar a Quarzhasaat.
Arioch sonrió con indulgencia:
—¿No te acuerdas del Hombre de Jade, Elric?
Su amo era rencoroso, no había olvidado los acontecimientos sucedidos en R’lin K’ren A’a, donde el albino lo obligó a cumplir su voluntad, desencadenando una guerra entre los Señores de los Mundos Superiores.
—No me quedó otra opción, señor.
—Tengo que dejarte, querido, asuntos importantes reclaman mi presencia.
—Arioch, por favor...
—Adiós, dulce carne, recuerda tu promesa, me perteneces, al igual que tu padre...
4
BAILARINES DEL FIN DEL TIEMPO
La Caverna de los Latidos lo circundó. Las paredes pulsantes se estremecían como la matriz de un monstruo, emitían un sonido desagradable y sostenían a las Espadas Negras, que flotaban en el centro de la estancia circular. Elric observó como su primo se acercaba a las hojas forjadas por el Caos, con un gesto codicioso en el rostro.
—¡No! —gritó.
El aire de la caverna oprimía sus pulmones. El albino deseó levantar su propia arma, la espada de Aubec era un hierro sin vida, pesaba demasiado para su mano debilitada por el viaje a través de Ameroon.
—¡No! —coreó Yyrkoon.
La superficie de los aceros estaban talladas con runas que no alcanzó a reconocer. Un zumbido emanaba de las hojas y reverberaba contra las paredes de su cráneo. El contorno de ambas irradiaba una radiación negra. El melnibonés anheló retroceder al pasado, cambiar la escena que sucedía, no empuñar a la Tormentosa, porque en el fondo de su corazón, sabía que la espada le traería la ruina. Todo desapareció con una salpicadura de veneno de dragón...
*
Varadia agonizaba en la Tienda de Bronce. El melnibonés dormía a su lado, acompañado por una mujer de hermosos rasgos, protegiendo a la joven de cualquier mal. Un nómada de aspecto bondadoso los vigilaba, intranquilo por el destino de sus tres vástagos, mientras recorría de un lado a otro la estancia cubierta por tapices y alfombras de vivos colores. Por alguna circunstancia, Elric pensó que aquel anciano bien podría ser su padre, no el neurótico amargado que lo educó sin sentimiento, obsesionado por la muerte de la única mujer que había amado. Entonces, el albino reconoció el futuro, contemplaba el mañana con una visión premonitoria que ignoraba que tuviera. Su bienestar no le preocupó, le daba igual vivir o morir, temía por la niña que deseaba salvar. Se enfrentaría a los Señores de la Entropía con las manos desnudas de ser necesario...
*
Elric luchaba sin cuartel. Tormentosa oscilaba de izquierda a derecha y detenía las embestidas de los engendros demoniacos que lo atacaban desde el techo. Una criatura con rostro de tigre se abalanzó sobre su cuerpo, la guadaña silbó cerca de su cabeza y rozó sus cabellos lechosos. El albino buscó una invocación, necesitaba un hechizo que lo sacara del apuro, pero su memoria estaba en blanco, sus poderes no funcionaban. Elric dominó el miedo y atacó al engendro. La Espada Negra no le proporcionaba poder. Arañó el muslo de la criatura sin hacerle ningún daño. Desesperado, el melnibonés observó a sus compañeros, un hombre luchaba a su costado: llevaba un casco cónico de plata, malla hasta las rodillas, túnica escarlata que ondulaba en torno a su físico, y mano izquierda con un guantelete con seis dedos en vez de cinco. Detrás, un corpulento guerrero de piel azabache, vestido con una piel de oso que cubría su armadura negra, combatía contra dos engendros a la vez con una espada similar a la Tormentosa, y resistía a duras penas las guadañas que querían matarlo. ¿Por qué experimentaba una sensación de empatía? ¿Reconocía a ambos desde siempre? ¿Eran hermanos encontrados después de largos años de ausencia? La escena deformó los recuerdos, desvaneciéndose, como una lluvia de lava...
*
Elric dormía entre los brazos de una joven de aspecto delicado. Asombrado, el albino contempló como los cabellos negros cubrían su torso desnudo. Sus labios pronunciaron el nombre de Cymoril. Aquella muchacha no era su prima, aunque experimentaba la misma ternura, una impresión que le costaba reconocer en su interior. Árboles retorcidos circundaban el claro del bosque, los troncos transmitían una sensación de pesadumbre, de pecados insondables anclados en la locura humana. El príncipe albino acarició los labios de la muchacha, satisfecho, tenerla a su lado calmaba la congoja que llenaba su pecho: los remordimientos no le permitían el descanso. El fuego de la hoguera se apagaba, el pasado había cesado de importarle, disfrutaba de una tranquilidad espiritual que creía perdida. Esperaba poder conservarla para siempre...
*
Las aguas cubiertas de niebla rezumaban angustia. Voces moribundas suplicaban desde el océano, rogaban clemencia a los dioses, entre los restos del naufragio. Elric estudiaba los despojos desde el castillo de proa del barco. La bruma no le permitía ver a los moribundos, que aullaban como almas en pena, consumidos por un terror imposible de explicar. El albino cerró los ojos color sangre y exhaló un suspiro lleno de contrariedad. No soportaba aquellos sonidos, le recordaban a la Espada Rúnica que colgaba en su cadera. La nave se movía a gran velocidad y surcaba los planos inmateriales, sin que pudiera distinguir cual era su rumbo. El albino apretó la cabeza de madera de un demonio. Tenía que salir de aquel barco, regresar a los Reinos Jóvenes, abandonar aquel mar diabólico donde los heridos agonizaban: no volvería a combatir por el Capitán Ciego. Morboso, Elric quiso averiguar lo que había pasado, saciar la curiosidad que lo diferenciaba de sus compatriotas, aunque temía las respuestas que pudieran ofrecerle. En determinados casos, la ignorancia representaba una virtud...
*
Cabalgaba entre las huestes del Infierno. Los cascos de su caballo aplastaban los cuerpos putrefactos, mientras utilizaba la espada como un ariete, cantando una canción salvaje propia de sus antepasados. Lleno de energía, el albino clavó los tacones en los flancos del animal, se aproximó hacia su rival, levantó la Tormentosa sobre el casco y desafió al Príncipe de los Condenados. Un jinete de metro noventa se acercaba de frente. Su figura estaba compuesta por un único bloque de acero, el símbolo del Caos brillaba en su pecho, las ocho flechas estaban embadurnadas de sangre. Ambos aceros chocaron. La espada de su enemigo robó el poder de la Tormentosa. Elric retrocedió con presteza y midió las fuerzas del hombre que había subestimado. Las Tres Hermanas, La Rosa, y Charion Phatt peleaban detrás de su espalda, superadas en número, cantando su propia canción de batalla, con la feroz alegría de los combatientes veteranos. El albino debía vencer a su adversario, o aquel ámbito sería conquistado, sometido como tantos otros, ante las fuerzas del mal. Gaynor reía como un poseído, complacido ante la inesperada debilidad del melnibonés, con ojos ardientes por los fuegos internos que lo consumían...
*
Colmillo de Fuego cruzaba el Desierto de los Suspiros. Sus poderosas alas cortaban la distancia como un cuchillo, conducían a sus hermanos de sangre y superaban la materia del Caos que corrompía la tierra. Elric no podía mantenerse erguido en la silla, alguien lo había atado con cuerdas, para que no se desplomara desde las alturas. Descendiendo, el dragón tomó un nuevo rumbo y abrió las enormes fauces llenas de colmillos afilados, dispuesto a soltar su veneno. El sol hizo brillar las escamas de la bestia y resaltó el tono metálico de su piel. Criaturas con forma de ballenas marinas que atacaban a los reptiles rezagados. Lentamente, el Campamento del Caos surgió en la distancia, destellando sobre el erial consumido por la guerra: los estandartes de los diversos Duques del Infierno ondeaban al viento. El peso del Escudo de Mordaga lo hacía desfallecer, necesitaba almas con las que alimentarse, o no podría aniquilar a sus enemigos. Restaban demasiadas deudas por saldar, su alma demandaba venganza. El príncipe albino extendió la Tormentosa, la Espada Negra acompañó el rugido de su dueño y desafió a los Señores de los Mundos Superiores, con una arrogancia nacida de la fatalidad...
*
Melniboné ardía. Las orgullosas torres de Imrryr eran consumidas por el fuego que ennegrecía el cielo lleno de cenizas en suspensión y derrumbaba unos edificios que nunca volvería a contemplar el mundo. Elric apretó los labios, un llanto amargo se agolpaba en su garganta, mientras el pasado flameaba a su espalda, consumido por la venganza irracional que había destruido a su raza. La culpabilidad quemaba su interior, nunca podría olvidar el crimen cometido, su conciencia no le permitiría el descanso, viviría atormentado por el resto de sus días. Sus hombres reían, complacidos, ante la hecatombe de la Ciudad de Ensueño, mirando las ruinas arrasadas por las llamas. El albino comprimió el pasamanos con los dedos. La torre de D’a’rputna se desmoronó con un crujido de piedras rotas y sepultó el cuerpo de Cymoril entre sus restos. El dolor aumentó, golpeó su alma agrietada, le arrebató la respiración y lo obligó a morderse los labios. Elric se sintió solo y miserable, era un renegado, un paria asesino de su linaje, no merecía seguir despierto. Al bajar los ojos, estuvo tentado en arrojar la Espada Rúnica por la borda. El odio que sentía hacia el acero superó sus remordimientos: Tormentosa no merecía ningún crédito; tenía que buscar la manera de deshacerse de ella. El asesinato de su prima carcomía su espíritu, la imagen de su pecho cubierto de sangre no lo abandonaba, velaría sus noches colmadas de pesadillas, impidiéndole encontrar respiro...
*
—¡Campeón Eterno!
La exclamación lo hizo temblar como una hoja, no iba a pasar de nuevo por aquella experiencia, estaba harto de combatir por una causa que desconocía.
—¡Despierta, Campeón Eterno!
Elric se revolvió en sueños y arañó la arena del desierto, al filo de la desesperación.
—¡Dejadme en paz!
—¡Debes acudir a la llamada, Campeón!
—¡No!
—¡Es tu destino!
—¡Nunca!
—¡Debes empuñar la Espada Negra!
—¡Odio a esa espada!
Un corro de hombres lo invocaba, sus rostros eran indistintos, cubiertos por sombras movedizas que no presagiaban nada bueno.
—¡Te necesitamos, Campeón Eterno!
—¡No quiero auxiliaros!
—¡Es tu obligación!
—¡No!
—¡Erekosë!
—¡Soy Elric de Melniboné!
—¡Corum Jhaelen Irsei!
—¡No!
—¡Dorian Hawkmoon!
—¡Soy Elric!
—¡Jerry Cornelius!
—¡No! ¡No!
—¡Earl Aubec!
—¡No!
—¡John Daker!
—¡Soy Elric!
—¡Mejink-La-Kos!
—¡No!
—¡Ghardas Valabasian!
—¡No!
—¡Konrad Arflane!
—¡Soy Elric de Melniboné!
—¡Urlik Skarsol!
—¡No!
—¡Ilian de Garathorm!
—¡Soy Elric!
—¡Clovis Marca!
—¡No!
—¡Oswald Bastable!
—¡No!
—¡Asquiol de Pompeya!
—¡No!
—¡Campeón Eterno, Soldado del Destino!
—¡No quiero escucharos!
—¡Debes luchar!
—¡No!
—¡Es tu obligación!
—¡No!
—¡Debes empuñar la Espada Negra!
—¡NO!
5
ANIGH
El albino se arrastró sobre la arena y buscó refugio ante el sol tórrido de la mañana: tenía huesos magullados por haber pasado la noche a la intemperie. No comprendía porqué continuaba con vida, no recordaba nada de lo sucedido la madrugada anterior, su mente era un pergamino en blanco, había perdido el conocimiento a la caída de la tarde. Elric no salía de su asombro, las murallas de Quarzhasaat se elevaban a menos de una milla, resguardando la belleza inmemorial de la ciudad de las tormentas del desierto, dignas de competir contra Imrryr la Hermosa. Consumido, Elric no fue capaz de disfrutar de los imponentes palacios, de los zigurats etéreos que parecían flotar en el aire, de los colores que tenían naturalidad propia, de los jardines cuidados por manos expertas y de las complejas terrazas de varias plantas de altura, cada una diferente a la anterior. Un muchacho se dirigía en su dirección, su silueta se mimetizaba con las dunas, confundiéndose con los bancos arenosos.
—¿Estáis bien, señor?
El joven lo miró con curiosidad, extrañado por el tono marfileño de su piel, atrapado por los ojos carmesíes que observaban la eternidad, consciente de la debilidad de la extraordinaria criatura que agonizaba a sus pies.
—Llévame a Quarzhasaat. —Le puso una esmeralda en la diestra—. Te recompensaré.
—Claro, señor. —El muchacho miró la piedra preciosa con avaricia—. ¿Quién sois?
—Elric de Nadsokor —mintió el melnibonés.
—Mi nombre es Anigh, señor, os pondré a buen recaudo.
Mientras el joven lo izaba del suelo, Elric fue consciente de que tenía una oportunidad, sin poder evitarlo murmuró a la espada:
—Lo hemos conseguido, Tormentosa, estamos a salvo...
FIN
Alexis Brito Delgado